Se hace necesario un intento de definición sobre qué era lo que se pensaba en la Edad Moderna de la Alquimia. En la actualidad, la Historiografía tiende a describir a la Alquimia como un remanso de saberes que alcanzó desde la Edad Moderna los siglos posteriores, y quedando como una fuente de saber nostálgico, de conocimientos anómalos y con cierto tipo de romanticismo en cuanto a sus ideas generales se refiere. Nada más lejos de la realidad, ya que la distinción es artificial y no podemos considerar que ésta fuese efectiva entre sus protagonistas, al menos, hasta el siglo XIX, o fines del siglo XVIII. Es cierto que muchos de los que aquí se han tratado, o se tratarán, divergían en sus opiniones, realizaron prácticas de laboratorio con técnicas superiores a las que pudiera haber usado Arnau de Vilanova o Alejandro Quintilio. Pero el marco general de sus creencias, el molde por el que movieron en sus especulaciones apenas se resquebrajó. La creencia en una metalogénesis viva, con unos movimientos en los componentes de la materia que obedecían a unas leyes no del todo cognoscibles, la fe en un cierto tipo de influencias sólo percibidas por sus sentidos una vez que generaban su efecto, el remontarse intelectualmente hacia la causa, fueron piezas indispensables para todos ellos.
La Alquimia, como método operativo les facultaba para ver realmente la confirmación de los devaneos a los que su pensamiento les llevaba. Y dicho pensamiento no puede ser circunscrito en otro sitio que no sea la Filosofía Natural y en su parte que ellos llamaron Filosofía Química o Hermética, que para ellos venía a ser lo mismo. Aún más, fue de uno de estos elementos de donde pudieron surgir muchas otras ideas, que, una vez desarrolladas, sí que se pudieron agrupar bajo otro nombre, bajo la Química. Me estoy refiriendo a que se sentían libres en un espacio por el que pudieron pulular, cual era el que existía entre la corta realidad que le llegaba a través de sus sentidos y otra, mucha más grande, la que estaban dispuestos a conmensurar, a la que se adentraron bajo muchas otras perspectivas, la ignorada pero investigable, la que sabían que existía pero que no dominaban.
En el más de siglo y medio que va desde la muerte de Paracelso hasta la de Carlos II se pueden leer textos cuyos autores nos hablan, de una forma u otra, de Alquimia; bien sea de un aspecto concreto, de varios o en general. También podemos ver ideas muy cercanas a las de la Filosofía Hermética, incluso compartidas, sin que el emisor de las mismas se declare como tal en ningún momento. Del mismo modo hemos visto que, por ejemplo, algún destilador consultaba textos alquímicos pseudolulianos y se inspiraba en ellos en alguna de sus operaciones, o tomaba como base algún concepto emanado de dichos textos. Todas estas personas sólo pueden ser agrupadas de un modo: como fuente para el estudio de las ideas alquímicas en la Edad Moderna. Así, podemos encontrarnos con destiladores, médicos, boticarios, paracelsianos, paracelsistas, filósofos naturales, médico-químicos, químico-médicos y espagiristas. Todos ellos, además de los propios alquimistas, son los depositarios de un conocimiento, de un saber. Con mayor o menor acierto en su forma de entenderlo, con polémicas o no, pero, al fin y al cabo, la historia de la Alquimia nunca debe olvidar a estos grupos.
La Historiografía de la Ciencia también agrupó a un sin fin de tipos diferentes de personas interesadas en la preparación de medicamentos químicos, aún cuando quienes los hacían podían ser cualquiera de los dichos arriba, bajo el nombre de iatroquímicos, resultando ser una amalgama confusa y caótica, ajena completamente a nuestras intenciones. Es cierto, no obstante, que todos ellos tenían relación, de una forma u otra, con la Medicina. Lo que aquí se intenta es clasificarlos, unos respecto de los otros según su grado de acercamiento a la Alquimia, ya que este ejercicio permite saber con un rango mayor de certeza quiénes eran y cómo desplegaron sus ideas entorno a ella. Evidentemente la referencia es la propia Alquimia. He aquí el primer problema a salvar: ¿cuál es el modelo idóneo? ¿Cuál es el alquimista perfecto? Para ello hemos recurrido a la sencillez más extrema y hemos considerado alquimista a aquél que todas sus operaciones prácticas, obviando los componentes ideológicos y filosóficos, tienen por fin último alcanzar lo que ellos llaman la Medicina Universal, o la Piedra Filosofal. Sólo a quien, entre sus textos, deje claro dicho fin será considerado como tal. De esta cuestión vuelve a surgir otro problema: la referencia a la Alquimia no se nos presenta nunca como algo inmóvil en el tiempo, va cambiando en su desarrollo, a pesar de sus muchos elementos invariables e inalterables. Especialmente difícil ha sido fijar la distancia de cada uno de los tipos que vamos a relacionar tomando como referencia algo cambiante. En un símil gráfico, podríamos decir que podemos saber fácilmente qué distancia nos separa, por ejemplo, de Londres, si volamos desde Roma a Lisboa. Pero saberla calculándolo a través otro avión en vuelo que viaje desde Frankfurt a Moscú es más complicado. No obstante, en ambos casos, no es imposible y sólo requiere que, en el ejercicio, apliquemos más variables y algunos cálculos añadidos.
Esta posición, algo rígida, de considerar como alquimista al que persiga el fin antes indicado puede llevarnos a decir que, entonces, ninguno, o casi ninguno de los tipos que vamos a clasificar, pueda ser considerado como tal. Y es que, en realidad, así es. Que un boticario haga destilaciones siguiendo las palabras de un alquimista, y que lo haga con minerales, pero con una finalidad distinta a la de conseguir la Piedra Filosofal, como puede ser un preparado de mercurio sublimado o de “espíritu de vino rectificado” no implica que debamos considerarle alquimista. Ni tampoco podemos hacer lo mismo con un paracelsista o un médico-químico; y, sin embargo, todos estos saben sublimar el mercurio, como los alquimistas; pero sus fines eran bien distintos. Para estos últimos, la transmutación de un metal en oro o en plata sólo significaba la buena marcha de la cocción en su camino hacia la Piedra, con lo cual podían seguir adelante tranquilamente. Para algunos otros, ése era el fin último, el sentido que daban a la Alquimia, cuando sabemos que para nuestro grupo de referencia no era así ni mucho menos.
Sendivogius, 1566-1646
¿Pudo, en ocasiones, confundirse que la elevada meta que perseguía el alquimista, el beneficio obtenido en caso de éxito, especialmente en la salud, obteniendo un producto realizado mediante unas operaciones (calcinación, destilación…), y por medio de un flujo simpático desconocido, impregnar de “bondad” y “virtud” a esas mismas operaciones y al trabajo con los metales y minerales pero hecho todo ello por no alquimistas? Si la respuesta es afirmativa, entenderemos entonces fácilmente la alta consideración que alcanzaron sus métodos y el uso de unos “materiales” hasta entonces obviados por destiladores, boticarios y, especialmente médicos. Estos nunca pretendieron alcanzar la Medicina Universal, pero quizás pensaron que las propiedades terapéuticas de un medicamento eran mejores si se preparaban “alquímicamente”, o al modo alquímicos. En tal caso, nada descartable, estaríamos hablando de una Alquimia “light”, un sucedáneo, algo de segundo orden respecto de su origen, aunque, evidentemente, con una tremenda realidad histórica a sus espaldas. Además, los textos de un Bernardo de Treviso (1406-1490)[1], de Wenceslao Lavinio de Moravia (1550-1610)[2] o de Miguel Sëdzivój (Sendivogius, 1566-1646)[3] no son, en nada, semejantes a los de muchos que vamos a tratar aquí. Durante los siglos XVI y XVII, de la Alquimia se aceptó, primero uno de sus métodos de trabajo, la destilación, y, seguidamente, algunos de sus postulados, aunque de forma parcial[4]. Con todo, los hombres del siglo XVII usaron indistintamente Alquimia y Química para referirse a lo mismo, y sólo hicieron esfuerzos de clarificación cuando pretendieron separar a los que sabían de los que no.
Hemos de suponer que alguien pudiera haber pensado que, ya que con el uso del plano operativo más práctico de la Alquimia se obtenían medicamentos nuevos[5] y de eficacia probada (recientemente probada), ¿por qué razón no se pueden aceptar como válidas algunas proposiciones, incluso de las de tipo filosófico, de la Alquimia? Para que dicha aceptación fuera posible, había de inscribirse en un ambiente adecuado, con unos condicionantes favorables, como deseos de renovación, en un entorno innovador y con una libertad ideológica suficiente, capaz de permitirla. Este paisaje fue el que, efectivamente, se dio, no ya en el Renacimiento, sino también en el Humanismo y en el Barroco. A nuestros ojos podemos verlo, incluso, como una oportunidad para una Medicina, una disciplina que presentaba ciertos rasgos de «esclerosis», de la cual hay que excluir algunas de sus «ramas», como , por ejemplo, la anatomía. Pero no a la cirugía, ya que hay «chirurgo-chimicos» y encontramos interpretaciones alquímicas entre muchos de ellos[6]. Suponiendo que quien mirase retrospectivamente fuese un médico del siglo XVI ¿qué había de innovador, qué era lo novedoso y lo más próximo?
Ya sabemos del dominio de Hipócrates y Galeno y del inmovilismo a que se aferraron los opositores a la introducción de medicamentos químicos usando a estos dos pilares indistintamente como escudo protector y arma de ataque. Frente a esta situación sólo cabían dos opciones, que fueron las que se desarrollaron. La primera era una reinterpretación de la Medicina basada en Galeno e Hipócrates. Según el grado de necesidad u oportunidad de esta reorientación a manos de los conocidos como «médicos humanistas» nos permite un punto de duda sobre su tratamiento historiográfico hasta preguntarnos si estos desarrollaron dicha tarea bajo el Humanismo, con el Humanismo, o, simplemente, en el Humanismo, por pura coyuntura temporal. Sólo si no fuese en el último caso, estaríamos hablando de una de las mayores y más profundas alteraciones sufrida por un campo de conocimiento científico en el menor espacio de tiempo conocido, el de las tres décadas de Humanismo. Incluso el mayor ataque a la Terapéutica y la Sanidad de su tiempo jamás realizado, el propuesto por Paracelso, tuvo unos efectos observables a partir de la tercera década de su muerte, en 1542. La segunda era la que tuvo como origen a la Alquimia. El desarrollo medieval de la Alquimia y de la Medicina árabe no debía parecer tan lejano en el siglo XVI al médico como los textos de Galeno. Además no podemos ignorar que su reconocido prestigio fue tan fuerte como el de sus detractores. Si, por otro lado, recurrimos a sus propias palabras, veremos que, por ejemplo hubo «galenistas» que llamaron antiguos (!) a los «averroístas», como también hubo tanto galenistas anti-alquimistas como «galeno-chymicos».
¿Eran alquimistas los espagiristas? ¿Pensaron aquéllos que la Historiografía ha llamado «iatroquímicos» que estaban practicando la Alquimia? ¿Lo podemos pensar nosotros también? ¿Puede ser que la Alquimia más ortodoxa, la medieval, en vez de renacer tras el empuje paracelsiano, por el contrario desapareciese cuando la Terapéutica y la Sanidad se vio desbordada por los que preconizaron el uso de preparados metálicos con unas interpretaciones ya extrañas a su propio origen alquímico? Entonces, si ello fue así, y por último ¿estamos llamando Alquimia a algo que en realidad no lo es?[7] Si lográsemos una confrontación de todas las operaciones que practicaban cada uno de los tipos que vamos a clasificar[8], al final de todo ello veríamos, indefectiblemente, a la Alquimia y a los alquimistas, por mucho que nuestra intención fuese la contraria. Se puede afirmar que todos, o una inmensa parte de los métodos y operaciones que describen los textos alquímicos fueron reproducidos por las demás personas que no son alquimistas. ¿Cuál es, pues, la diferencia? Hay varias, pero las más destacadas son la ya dicha sobre el fin de sus prácticas (la Medicina Universal o un remedio terapéutico) y otra, ésta menos nítida.
Se ha conocido tras la comparación de las prácticas, tanto de unos como de otros. La diferencia respecto de la Alquimia es que ésta, o, si se quiere, el proceso de la Piedra Filosofal dividido en tres partes (Primera, Segunda y Tercera Obra) descrito por sus seguidores, puede ser reproducido en laboratorio, con mayor o menor exactitud, hasta la «Segunda Obra». Al llegar a la última parte del proceso, donde, según ellos se realiza «la unión indisoluble de las partes del mixto» es cuando no hemos encontrado nada semejante descrito en los textos «médico-químicos». Por el contrario, la multitud de operaciones previas, como la calcinación del vitriolo, la extracción de la «sal de Marte», etc. pueden encontrarse fácilmente descritas en los siglos XVI y, especialmente, XVII. La Primera obra, la de preparación de los elementos a usar, y si se nos permite la terminología, podría llamarse «química analítica», mientras que la Tercera sería considerada como «química sintética», siendo la segunda una fase intermedia. La importancia de esta fase intermedia para la historia de la Química aún no ha sido calibrada con exactitud, ya que concuerda perfectamente con todas las operaciones de los espagiristas y sus postulados.
¿En qué se diferencian unos y otros de los setenta y dos tipos diferentes de relaciones posibles?[9] Para intentar averiguarlo se ha usado un método inicial por el que iremos sustrayendo y eliminando las posibilidades que existen entre ellos, sean del tipo que sean. Es decir, un destilador no tiene porqué ser necesariamente un boticario. Al revés, tampoco un boticario es siempre un destilador, ya que sus trabajos también incluye la elaboración de productos hechos mediante otras técnicas, como la píldora, el aceite, jarabes, etc. Cuanto menos, ya tenemos algunos elementos diferenciadores. Profundizando en otros de otra naturaleza podemos llegar a plantearnos cuestiones como ¿Por qué nunca un espagirista se llamó a sí mismo paracelsista, aún cuando unos fueron los sucesores cronológicamente inmediatos de otros en cuanto a la Medicina química se refiere? O bien ¿qué fue lo que ocurrió para que, cuando los novatores[10] fueron atacados por ser paracelsianos, lo hicieran unos que se autodenominaban espagiristas?
Podría argumentarse mucho más sobre el trasfondo alquímico en buena base del pensamiento médico y terapéutico durante el siglo XVII en cualquier nivel. A inicios del mismo observamos en toda Europa, y especialmente en Francia, unos debates en torno a la Alquimia, que son un buen instrumento para medir el citado trasfondo. Son muy interesantes las continuas referencias a la filosofía antigua, la crítica a la forma de enseñar, en el plano académico, la nueva forma de elaboración de medicamentos y, por último, el enfrentamiento entre la Alquimia y la racionalidad. Esto último llevó a una ingente labor para determinar los criterios que demarcasen las líneas divisorias y definitivas entre la Química y la Alquimia, algo que duraría todo el siglo XVII.
Hemos insertado una tabla, a modo orientativo, donde proponemos la mayor vigencia de unos y otros en el periodo 1500-1700. Debajo de cada tipo se adjunta una fila cuyo inicio cronológico obedece a la aparición de un autor que se llame a así mismo como dicho tipo, o bien que exista algún texto que explicite dicha condición. Creemos necesaria una revisión en la clasificación de todos los protagonistas a la vista de los nuevos datos existentes y en concordancia con nuevas investigaciones que explican que fue la Alquimia lo que había detrás de todos ellos. ¿Son galenistas aquéllos que, siendo clasificados como tales, alaban las propiedades del antimonio? ¿Qué validez tenían, en su tiempo, las bases de sus apoyos, tales como Galeno o Hermes? ¿Se trató de reivindicar las propiedades de ciertos componentes o de establecer toda una nueva disciplina, no ya médica, sino científica? Como resultado de todas estas preguntas y la búsqueda de sus respuestas se constata la carencia de solidez en cualquier tipo de clasificación. Hasta tal punto esto es así que, cuando hemos querido analizar en profundidad lo ocurrido en las dos últimas décadas del siglo XVII en la Península, algo que se expondrá más adelante, nos ha resultado difícil unir en una categoría a varias de las personas que hemos tratado.
Como podemos observar, consideramos que existen alquimistas durante todo el periodo, como ocurre con la aparición de textos de la misma índole. Ya veremos más adelante que la Alquimia tuvo parte de su desarrollo ajeno totalmente a su relación con la Terapéutica y la Sanidad. Igualmente hemos considerado a los boticarios y a los destiladores.
En definitiva, lo que aquí se propone es una nueva clasificación de todas las personas relacionadas, de una forma u otra, con la Alquimia, y durante los dos siglos que van desde el año 1500 al año 1700. Es evidente que la mayoría de ellos, excepto los propios alquimistas, estaban relacionados con la Terapéutica y la Sanidad y muchos de ellos fueron médicos, destiladores y boticarios. De todos ellos, nos hemos centrado, principalmente en cuatro tipos diferentes (paracelsistas, espagiristas, médico-químicos y químico-médicos). Creemos que en ellos se contiene todo lo acaecido entre los alquimistas y los químicos, entre la Alquimia y la Química. En la tabla hemos incluido a los novatores para precisar gráficamente su posición. Ya serán analizados en su lugar correspondiente. Esta secuencia de cuatro tipos entendemos que permite un estudio secuencial y cronológico basado en un proceso según el cual se puede observar cómo se iba desprendiendo la carga mágico-mística en cada uno de los protagonistas y cómo la práctica iba cobrando importancia.
2. Paracelsistas
Establecer unas relaciones más o menos nítidas entre los paracelsistas y los demás tipos ha de iniciarse obligatoriamente con una constante que nunca debemos olvidar: el carácter tremendamente homogéneo de sus seguidores. Esta variedad es lo que más resalta, encontrando desde sus más firmes seguidores, ya estudiados por Thorndike en su Paracelsian revival, los que se esforzaron por popularizar sus ideas a partir de la explicación de sus conceptos[11] hasta sus detractores a lo largo de más de un siglo y medio o a aquellos que le citan en sus obras como uno más, sin el resplandor ni la intensidad de los primeros años del «efecto Paracelso», efecto que vemos tanto en Europa, por ejemplo en el alquimista Borri[12] o en la Península, en el caso del boticario Gerónimo de la Fuente, ambos con dos años de diferencia. Este último presentó seguidas muchas preparaciones de varios autores y no tuvo ningún reparo a reunir en el mismo texto las de Fragoso, las de Fernel, las de Beccher o las de Paracelso, sin un atisbo de incongruencia por su parte[13].
Tyrocinio pharmacopeo ;compuesto por Geronimo de la Fuente Pierola … boticario, y vezino de esta villa de Madrid … En Zaragoza, en la oficina de Manuel Román, 1698
El profesor Bernard Joly, de la Universidad Charles de Gaulle, analizó la cuestión de los paracelsistas con gran acierto[14]. Acorde con sus ideas, otros investigadores, como Ana María Alfonso Golfarb, de la Universidad de Sao Paulo, exponen la no diferenciación entre la química y la Alquimia en el siglo XVII, tal y como se ha planteado aquí. Es cierto que aquéllos que rechazaron la Alquimia en dicho siglo, rechazaron también la Química. El ejemplo más claro fue el de Descartes, quien, negó la posibilidad de la transmutación a la vez que dejó a la Química fuera de su organización de las ciencias. Por otro lado, no existe una oposición clara entre quienes defienden a la Química y la Alquimia. Al contrario, los postulados de la segunda son revigorizados, sus conceptos y doctrina retomados y no hubo reparo alguno en aceptar que dichos conocimientos tienen en Hermes y el Hermetismo su base originaria. Esto lo veremos en cualquiera de los tipos que vamos a analizar. Hemos detectado también que la oposición de los galenistas tuvo un efecto contraproducente. Para muchos, eso que rechazaban no hizo sino fomentar el estudio de la filosofía hermética y de la Alquimia.
Tomas Erastus (1523-1583)
Respecto de sus detractores, el más afamado de ellos fue Tomas Erastus (1523-1583), suizo y profesor de Medicina de Bâle, a quien la Historiografía ha tomado como el principal abanderado contra la «nueva Medicina de Paracelso»[15]. Él la atacó de una forma muy especial, ya que añadió ataques desde el aspecto teológico, combinados con los de la filosofía de la naturaleza[16]. Más tarde el propio Erastus sería el blanco de los reproches de los paracelsistas, como fue el caso de Claveo Gasto (alias «Dulco»), recién iniciado el siglo XVII[17], aunque éste se centró en los aspectos puramente alquímicos[18]. Pero ni Erastus fue el único[19], ni Paracelso no sólo fue atacado estrictamente por sus proposiciones novedosas en Medicina, también sobre sus opiniones respecto de la propia Alquimia, como fue el caso de Alex de la Tourette, todo un alquimista antiparacelsista[20]; incluso sobre la Astrología, como hiciera Jacques de la Fontaine[21].
Sea como fuere, sus seguidores se lanzaron a una tarea que no fue reconocida en su tiempo: la de conjugar la Alquimia paracelsiana con la Medicina. Tomemos de ejemplo a David de Planiscampy (1585-1644). Para él, el médico trabaja con los cuatro principios que causan la enfermedad por alteración de sus cuatro cualidades (frío, húmedo, cálido y seco). El chimico (el alquimista) es capaz de utilizar los elementos de todo mixto (azufre, mercurio y sal) y administrarlos en el interior del cuerpo humano de tal forma que sus virtudes hagan que las cualidades desajustadas vuelvan a su orden normal y, por tanto, que el enfermo recupere la salud. Su interés por dejar patente que no había contradicción entre lo que decía Paracelso y las máximas de Hipócrates y Galeno es realmente curioso:
David de Planis Campy
«Lors que Paracelse dit que les semblables sont quaris par leur semblables. Il ne contrarie pas à la maxime d’Hippocrate, ny á l’opinion de Galien, d’autant qu’il n’a esgard aux premiers ni secondes qualités ains seulement aux substances & vertues, ausquelles il tache de dormer ayde & secours…»[22]
El caso de Planiscampy también es muy curioso, ya que nos confirma que el paso de los paracelsistas a los espagiristas también existió entre algunos sin rupturas ni traumas, y, además, tampoco lo fue el de la Alquimia al paracelsismo. De tal manera que este autor llega a afirmar que
«ayant montré par la theorie quels sont les principes de l’alchymie & comme il ne son nullement contraries aux principes hippocratiques. […] Que les maximes d’Hippocrate & de Paracelse ne sont contraries & comment de la solution & principes de la Chymie & que les medicaments spagyricament preparez son plus salubres que les vulgaires & communes.”[23]
No fue el único que propuso la conjunción de las ideas tradicionales y las modernas. También lo hicieron Jean Beguin[24], Etienne de Clave y Joseph du Chesne (Quercetanus). Sin embargo, siempre queda claro que Paracelso es tratado por todos ellos como el introductor del elemento /sal/ como componente del mixto y tercero de toda materia para los preparados por destilación y espagíricos.
La expresión «como vemos en Paracelso», por ejemplo, se puede encontrar en prácticamente el resto de la tipología que aquí se establece y durante el siglo XVIII. Sin embargo, el sentido que se desprende en unos y otros es muy diferente, como es lógico en los dos siglos que van desde su muerte hasta mediados del siglo XVIII. La Historiografía nos dice que la primera generación (y la única) de paracelsianos ocupó, aproximadamente, el medio siglo posterior a su muerte en 1541, o algunos años más. Estudiados las más veces en conjunto, sus nombres nos suenan (Toixites, Bodensteint, Dorn…). De su labor conjunta destacan varios aspectos comunes: sus obras son el esfuerzo por hacer llegar las ideas de Paracelso a la Medicina, como se dijo arriba, de interpretarlas de forma accesible a los médicos «tradicionales», comentar sus libros, incluso explicar cada una de las palabras de su «maestro»[25].
Daniel Sennert (1572-1637)
Con todo, la primera obra completa de Paracelso no vio la luz hasta el año 1589, sin que podamos determinar con exactitud si sus seguidores, mediante la labor que desarrollaron, aceleraron o retardaron su aparición[26]. No podemos olvidar que estos fueron considerados como un grupo y de forma peyorativa. Daniel Sennert (1572-1637), que ya evidenció un cierto distanciamiento con respecto de la «sal» paracelsiana[27], al dar las opiniones existentes hacia los años veinte del siglo XVII, nos dijo, sobre Paracelso:
Recordemos que Sennert, nacido en Breslau, es considerado como un químico progresista y que sus objeciones a la Alquimia eran las tradicionales (números de elementos, etc.) y sus críticas a Paracelso se refieren a que no creía en una Medicina Universal, aunque sí en la transmutación[29]. Sus lentos pasos a la modernidad resultaban ser el equilibrio frente al hechizo de la Alquimia; un hechizo que aún no estaba quebrado en muchas mentes instruidas, como Livabius, Glauber, Kunckel, Stahl y otros. Esto le llevó a rechazar a los galenistas por resistirse al progreso de la Medicina debido a su obstinado conservadurismo, igual que hicieran Fr. Esteban de Villa, los novatores más tarde, o Bernardo Dessenius ya en 1573[30].
3. Espagiristas
En el año 1611, el plagiador y espagirista galo Henry de Rochas, quien estudiaba Alquimia desde hacía ocho años antes, puso unidos los grabados de los retratos de tres personas. Uno de ellos era Galeno, otro Hipócrates y el tercero, Paracelso[31]. Era otra prueba de que todos tenían un origen común. La propia Alquimia. La Espagiria es, ante todo, un método de trabajo cuya parte inicial es la destilación, razón por la que podemos afirmar que todos los espagiristas eran destiladores. Además, en la segunda parte de su método, el espagirista daba un paso más y, con los restos que quedan tras la destilación, unidos al propio líquido destilado, realizaba una serie de destilaciones, con el fin de purificar el «cuerpo» todo lo posible. Es decir, el espagirista daba un segundo paso a la labor del destilador. La propia etimología de la palabra, de origen griego lo dice: span (unir) y ageiron (separar). Además, también podemos decir que la espagiria es vista como la aplicación de los métodos alquímicos en Terapéutica, una de la más cómoda forma de resumirla de forma muy general con acierto.
Para definir este grupo hemos de utilizar las palabras de personas que convivieron en el mismo espacio de tiempo, pero que sus escritos difieren entre sí bastante. Así, hemos de considerar qué era la Espagiria para los alquimistas y qué era para toda una serie de médicos interesados en los preparados químicos, ya que estos últimos vinieron a sustituir cronológicamente, en el desarrollo de la Medicina química, a los paracelsianos. No obstante, este método de la Espagiria, ya viene descrito, aunque no como tal, en muchos textos previos a las fechas que tratamos. Con todo, la Espagiria es entendida en este trabajo como la Alquimia aplicada a la preparación de medicamentos, o si quiere, una suerte de Alquimia medicinal, término que, a nuestro entender comprende mejor a los primeros espagiristas que si usamos otros como Medicina química o alquímica, más apropiados para años posteriores.
¿Cuál fue la labor más importante que hicieron los médicos espagiristas? Sin duda fue la de dar un orden, una carta de principios y operaciones a la química y una presentación de la misma a la Terapéutica y la Sanidad de forma que resultase útil e inteligible a la Medicina y a los médicos. Es decir, fueron los médicos quienes, otra vez, se interesaron en preparar y disponer adecuadamente los principios de un «arte», el «químico», para que, así, pudiera ser utilizado por ellos. ¿Por qué no hicieron esto los alquimistas? Porque ése era «su» arte y no necesitaban explicárselo a ellos mismos. Sin embargo, para los médicos, este grupo de conocimientos era de origen ajeno a su disciplina, por lo que su conocimiento precisaba de unas formalidades, las cuales se encargaron de realizar los médicos interesados en los preparados químicos, o espagiristas no alquimistas. De hecho, para estos médicos, se podía ser espagirista sin tener que conocer la Alquimia, afirmación que realizara el citado Planiscampy.
Otro resultado, o efecto, fue el asentamiento de dos tipos de medicamentos: «les médicaments spagiricament preparez» frente a «les vulgaires & communes». Por supuesto, esto nos lleva a afirmar la existencia de dos tipos de «medicinas»: la antigua y la «nueva», aunque esta última hubo de sufrir muchas más contrariedades hasta su aceptación. En concreto, nos estamos refiriendo a su corpus de pensamiento, a su marco conceptual, a la «nova paracelsica», que, en realidad nunca fue aceptada como tal, con dicho nombre, aunque sí que lo fue tras el tratamiento de maquillaje dado por los médicos autollamados espagiristas. Para ello, como veremos, incluso renegaron de los principios defendidos pocos años atrás por Paracelso y sus seguidores, con el fin último de conseguir todo lo contrario: su aceptación.
Otra novedad de los espagiristas es que, a diferencia de sus predecesores, conocían muy bien el trabajo de separar «las partes del mixto» de cualquier tipo, ya fuera vegetal, animal o mineral. Es decir, además de saber preparar las medicinas al uso, también conocían los métodos alquímicos; pero siendo, como eran, todos médicos (y/o boticarios), resultaba que, para el resto de los ejercientes en Medicina, eran ahora unos «de la profesión» los que hablaban de Alquimia, o, mejor dicho, de la elaboración de medicamentos químicos según métodos alquimistas. Así, que estos llamados espagiristas hablaran sobre las propiedades terapéuticas del oro y editasen textos con una ingente cantidad de descripciones sobre la elaboración de este tipo de medicamentos, pues no podía resultar tan heterodoxo a la Medicina oficial como lo fue cuando lo hicieron los paracelsistas.
Uno de los primeros trabajos realizados sobre las propiedades curativas del oro desde la perspectiva espagírica fue el del médico de París François Rousselet (1539-1607), publicado en unos años donde la polémica de los paracelsistas estaba en pleno auge. Él abogó por considerar la triple división de la materia según Paracelso, pero se alejó muy elegantemente de las controversias, asentándose en una posición neutra[32]. Por cierto, que Rousselet dedicó su ejemplar al cardenal Granvela, para más datos sobre la presencia del paracelsismo entre españoles[33]. Desde este médico hasta fines del siglo XVII, las ediciones de textos de Espagiria desde la Terapéutica y la Sanidad fue in crescendo, especialmente en Francia y Alemania. Sólo la categoría y reconocimiento de estos no puede dar una idea de la implantación del ars spagyrica en el ámbito aquí tratado. Por ejemplo, la Pharmacopea spagyrica de Pedro Poterio[34], el Viatorium spagyricum de Herbrandt Kansthaeler[35], todos los textos del famoso médico de Montpellier Jean Pierre Fabre (m.1650)[36], la Pharmacopoea Spagyrico-medica de Johan Daniel Mylius (1585-1628)[37], las farmacopeas espagiricas de Glauber (1604-1667)[38], Johan Zwelfer[39] y Johan Schröder (1600-1664)[40], sin olvidar los completos manuales de las primeras décadas del siglo XVIII, ya incluso sin una relación expresa ni exclusiva con la Medicina, como los textos de André el bretón[41] o el de pseudo-Hermógenes[42].
Viatorium spagyricum de Herbrandt Kansthaeler
Si leemos los textos de todos estos autores citados, podremos ver que, aparte de ser todos médicos y cirujanos que aceptan las virtudes de los preparados terapéuticos de origen químico, conocen muy bien las técnicas de destilación y los principios de la Alquimia, con los cuales coincidían, especialmente en las ideas sobre la generación de los metales (metalogénesis). Hasta tal punto esto fue así que llegó a ser considerado como una de sus características diferenciadoras para los «extraños» en el siglo XVIII[43].
Otra precaución que debemos considerar al realizar cualquier estudio sobre los espagiristas es, como ya se ha apuntado arriba, ver cual era la posición de los propios alquimistas y qué eran lo que ellos decían al respecto. Elaborar cualquier distinción debe contar obligatoriamente con un ejercicio de ponderación de las palabras de todos los protagonistas, estos últimos también. En este caso, una ingente y heterogénea cantidad de opiniones no hacen sino dificultar nuestra tarea. Encontramos posiciones que van desde aquéllos alquimistas que definen a los espagiristas y a la Espagiria por todo aquello que no tiene por fin la elaboración de la Piedra Filosofal y siendo, por tanto, todo el grupo de operaciones, experimentos y las personas que lo llevan a cabo dentro de un horizonte que vas más allá de la «química oficial» pero en cuya meta no está la Piedra Filosofal, hasta aquellos que reniegan de ellos, como fue el caso de Miguel Sédziwój (1566-1646), alias «Sendivogius» o «el cosmopolita»[44], quien llegó a afirmar en su Nueva Luz Química[45] que renegaba de muchos espagiristas porque, a diferencia de Lulio o Geber, sólo eran «químicos vulgares que han comprendido mal los escritos de los filósofos».
Uno de los posibles motivos del rechazo de ciertos alquimistas hacia los espagiristas es la imagen de «usurpadores» que pudieron generar los últimos respecto de los primeros, ya que evolucionaron y acabaron asentándose en procedimientos de tipo mineral, lugar donde siempre han estado los alquimistas, a pesar de dejar siempre claro que su técnica era válida para los otros dos reinos. Pero afirmar esto con rotundidad es difícil, especialmente si nos situamos en el otro lado, en el de los espagiristas, ya que entonces, la Alquimia puede ser vista como parte integrante de la Espagiria, emanando una de otra. Además, si añadimos que muchas de sus operaciones eran similares, la confusión aumenta notablemente. Que alguien describiese cómo se preparaba, por ejemplo, un disolvente ácido, que obtuviese posteriormente una solución salina (previa acción del primero sobre una base metálica) y que todo ello fuese presentado en un lenguaje similar al de aquellos que se llamaron Filósofos Herméticos, o alquimistas, no implica que, necesariamente, fuesen alquimistas. Todo ello debido a que estos hombres, los espagiristas, que creyeron haber conocido la Alquimia mediante su afán, casi atormentado, de investigar y aprender, ayudaron a que la química llegase a nosotros como la conocemos, sobre todo por extender al máximo las posibilidades, la variantes operativas y procedimentales, una actitud que resultó ser efervescente y esplendorosa para la Historia de la Química en las décadas centrales del siglo XVII. Pero veamos, pues, sus palabras. Muy explícitas, pero nada clarificadoras fueron las de Johan Joachim Beccher (1635-1682)[46] en su Oedipus Chimicus[47]
“La Filosofía Hermética contiene en verdad tres partes: Espagiria, Química y Alquimia. La Espagiria enseña a separar los cuerpos y a dividirlos, de modo que se hagan aptos para el manejo de los residuos de dos modos; de donde la Espagiria es la antigua Química & Alquimia. La Química enseña a secar el jugo y la mejor substancia de las cosas, a purgarlas y perfeccionarlas, tanto para su uso medicinal como para la generación de las cosas; de donde la Química no trata sólo los metales, sino también los vegetales y los animales. La Alquimia sólo versa sobre el oro y sobre la preparación del magno Elixir.»[48]
André le bretón, en sus ya citadas Claves de la Filosofía Espagírica, ni siquiera permitió la distinción entre la Alquimia y la Espagiria al englobar todo como la misma cosa:
«I: La verdadera Química, la Espagiria o la Alquimia, separa la substancia pura de cada mixto y todo lo que él tiene de impuro o extraño.»[49]
Esta definición, aunque confusa, parece haberse asentado a principios del siglo XVII, alcanzando, incluso, a médicos, como fue el caso de Godefroy Roussel, un parisino entusiasmado con la faceta medicinal de la Alquimia. Para él, el arte de destilar se llamaba Alquimia «o Espagiria»[50]. También pensó lo mismo otro médico, en este caso alemán, llamado Johannes Pharamundus Rhumelius[51], y muchos otros más. Aún mayor se hace el problema sobre la definición de la Espagiria si atendemos a los propios términos usados. Juan Tagault usaba, como una de sus opciones de sus preparados metálicos, los destilados «par l’art Chymistique»[52]. Estos «chymistas» fueron para los espagiristas lo que nosotros llamamos hoy alquimistas, lo mismos que los médicos del siglo XVII usaron semejante término para calificar a algunos espagiristas. Incluso hubo quien supo distinguir a unos y a otros, como fue el caso de Juan Jacobo Wecker (1528-1586). Él también los llamó así[53], aunque usó otro término, el de philosophos, para distinguir unos de otros, aunque dando más importancia al segundo[54]. Incluso por los primeros sintió tanto desprecio que los llamó idiotas:
Por su parte, el paracelsista Pedro Poterio (1581-1640) también supo distinguir a unos y a otros, aunque usando términos diferentes a los de Wecker, como «chymici» y «pseudochymici», rechazando, hacia 1622 a los segundos porque decían poder transmutar el plomo en plata[56], algo que nunca aceptaron los seguidores de Paracelso. Dos años antes, en la edición de 1620 de La sua chirurgia[57], podemos ver que el médico Gabriello Fallopio (1523-1562) no pareció tener tantas dudas cuando, en la lista de los autores citados incluyo a los «alchimisti». Evidentemente, no debió de considerar la opinión de Tagaulcio al respecto, a quien también leyó.
Desconocemos cómo fueron las opiniones a lo largo de todo el siglo XVII, pero sí sabemos que, a principios del siglo siguiente, siguieron las dudas y la variedad de las mismas, como podemos ver en la de André le Bretón, ya expuesta arriba. La cuestión no parece ser debida a una evolución cronológica, ni delimitarse a un área geográfica concreta. Si Poterio diferenciaba a los «químicos» de los «pseudoquímicos», el médico inglés Mathew Gwinne (1558?-1627) lo hizo con los «chymistis», «chymicus» y «chymistis pseudochymicus», todo un alarde de clarividencia[58] por su parte. Por ejemplo, para Gwinne, Andreas Libavius (1546-1616) fue un «chymista», no un «chymico». En fin, fueron los paracelsistas los que, a diferencia de los demás, y en un primer momento, llamaban «chymicos» a los que hacían operaciones alquímicas, como hemos visto en Potier y como podemos en las obras de Anselmo Boetius de Boot (1550-1632), de origen bega y otro médico alquimista que trabajó para Rodolfo II[59].
Anselmo Boetius de Boot
En la Península la cuestión no se diferenció del resto de Europa, y tampoco avanzaremos mucho en la tarea aclaratoria. Si acaso se deduciría que la nomenclatura usada no tuvo su origen en posibles lecturas previas de los autores en que prestemos atención. Veamos un ejemplo. El jesuita gaditano Hernando del Castrillo (1583-1665), en su Historia y magia natural, del año 1649, conoció y usó los términos «archimistas» (que debemos considerar como un más que posible error tipográfico) y «alquimia», aún cuando entre sus lecturas se encuentran autores como Andreas Mattioli (1500-1577), quien solía usar expresiones como «chymica arte» o «chymici»[60].
Como dije antes, parece que podemos conformarnos con aquélla acepción más generalizada de Espagiria según la cual es un método por el que se pueden separar las impurezas del mixto. En el Diccionario hermético de Joseph Antoine Pernety (1716-1796)[61] podemos leer:
“ESPAGÍRICA (filosofía): Ciencia que enseña a dividir los cuerpos, a resolverlos y a separar sus principios con ciertas vías, sean naturales o violentas. su objeto es, por tanto, la purificación y la perfección de los cuerpos, es decir, su generación y su medicina. Por la solución puede alcanzarse pero no podría tenerse éxito en ella si se ignora su construcción y sus principios, porque estos sirven a esta disolución. Han de separarse las partes heterogéneas y accidentales, para tener la facilidad de reunir y volver a juntar íntimamente las homogéneas. La Filosofía espagírica, propiamente dicha, es lo mismo que la Filosofía Hermética.»[62]
Pero, de nuevo, intentar separar la Espagiria de su «hermana» mayor, la Alquimia o chymica es bastante complicado, más aún cuando se otorgaba a una y a otra, indistintamente, la misma finalidad. Y no sólo en un momento cronológico determinado, sino durante el siglo XVII y en toda Europa. Veámos aún otro ejemplo, el del médico de Módena Carlo Lancilloti, coetáneo de nuestros primeros novatores:
«Vedendo il gran progresso che si cava dalla Nobilissima Arte della chimica per li celebri rimedii, che per mezzo di lei dalli Corpi misti si estrarmo, separando, il puro dall’impuro, il non capacde di corruttione dall’corottibile.»[63]
Por último, nos remitimos a las palabras de Conrad Gesner, quien compuso uno de los tratados de destilación más influyentes del siglo XVI, su Tesoro de los remedios secretos, quien corrobora nuestra idea de la no distinción entre Química y Alquimia durante la mayor parte de la Edad Moderna:
«L’Art Chymistique […] que diversement à appelle Chymie, Alchymie, Alkimie, & Chemie et Alchemie…»[64]
Así pues, por este camino la definición se nos complica y sólo podemos dejar establecido que la diferencia entre los espagiristas y los alquimistas radica en dos puntos. El primero es que los primeros eran todos médicos, mientras que los segundos no. El segundo punto es que, según las definiciones que dan los alquimistas y hermetistas de la Espagiria, ésta se confundiría con la propia Alquimia. Mientras, según las definiciones de los espagiristas-médicos, la Espagiria no implica su pertenencia a la Alquimia. Esta última definición resulta, a nuestro entender, clave para poder establecer una segunda diferencia entre unos y otros. Los médicos espagiristas hubieron de realizar una labor añadida a sus propuestas y principios para establecer y asentar los mismos. En otras palabras, hubieron de estructurar, organizar y definir a la chymica, para poder, así, separarse de los principios de la Alquimia que eran rechazados por la medicina oficial. Y, en efecto, la llevaron a cabo.
Desde principios del siglo XVII aparecen textos de médicos que proclaman la validez de los postulados espagiristas a la vez que ofrecen en sus textos una completa organización del ars chimicae; por supuesto, según los principios de la citada Espagiria. Como tal, todas las operaciones para preparar los medicamentos químicos se dividen en dos. Solución de las partes del mixto y coagulación de las mismas.
Veámos un ejemplo, el expuesto por Jean Beguin (m. 1660), el ya citado farmacólogo de Lorena con indiscutibles conocimientos de Alquimia. El motivo de esta elección es prácticamente obligado por dos motivos: sus múltiples referencias posteriores en otros autores y las sucesivas reediciones de sus textos durante todo el siglo XVII. La ordenación y clasificación de lo que el llamó las operationes chymicae principales podemos encontrarlas en sus dos textos más afamados: su Tyrocinium chymicum y Les éléments de chymie.
El primer texto no es más que una colección heterogénea de recetas para la preparación de remedios químicos, un libro sin teoría, aunque, en muchas ocasiones bastante interesante, como por ejemplo, cuando describe la digestión del minio con vinagre y expone la reacción entre el sulfuro de antimonio (Sb2S3) y el sulfato de mercurio con una ecuación similar a la actual[65]. Su influencia en la Península también fue de gran magnitud, hasta tal punto que incluso el censor de la Inquisición no tuvo reparos en ejercer su labor cuando Beguin hablaba sobre la sangre humana[66].
El segundo texto es todo un alegado a favor de la Espagiria, o de la Química, ya que usa indistintamente ambos términos. En él se queja apenado del mal tratamiento «que soufre la chymie de ceux mesmes qui semblent avoir juré sur les oracles d’Hippocrate», arremete contra aquellos médicos que ignoran «le beneficie de l’extraction spagyrique» y solicita que la Medicina emplee toda la serie de buenas virtudes de los minerales. Eso sí, toda vez que, por las reglas de la chymie, son purgados de sus «mauvauses conditiones & qualites veneneuses»[67]. Analicemos las operaciones descritas, que son idénticas tanto en Les éléments de chymie como en el Tyrocinium:
Solución
Calcinación
Por corrosión
Amalgamación
Precipitación
Estratificación
Fumigación
Cementación
Reverberación
Por ignición
Ascensión
Sublimación (ascensión seca)
Destilación (ascensión húmeda)
Extracción
General
Descenso
Caliente
Fría
Media
Putrefacción
Circulación
Especial
Separación de la tintura de los mixtos por el menstruo
Coagulación
Exhalación Cocción Congelación Fijación
Como podemos ver en esta ordenación, la destilación, que se vuelve a dividir en el texto en rectificación y cohobación, es una de las muchas operaciones específicas de la chymia, o una solución del mixto por ignición húmeda en ascenso. Estos detalles son muy importantes para poder definir cómo los espagiristas describieron la forma de preparar sus medicamentos químicos. No obstante tampoco podemos olvidar que para que un medicamento de este tipo alcance todas las propiedades terapéuticas que ellos le adjudicaban, era sometido a todas estas operaciones, o casi todas, y, además, secuencialmente. Es decir, nunca se realiza primera la congelación sin antes haber hecho la calcinación.
Estamos hablando de un texto de principios del siglo XVII y de una ordenación simplista hecha por un espagirista. Si nuestra atención se centrase en analizar la evolución de las prácticas operativas y su desarrollo a lo largo de dicho siglo, podríamos observar que alcanzó cotas considerables. Así, un siglo después, Juan de Loeches, cuando habló de la destilación en su particular Tyrocinium, distinguió hasta nueve formas diferentes, y eso que nos indica que sólo eran las más usadas:
«Distillare est liquorem, seu quod in corpore este separabile vi caloris attenuatum, & propulsum in recipientem appositum prolectare. […] Modi distillationis usitatissimi sunt: per alembicum, per retortam, ac per vesicam ratione vasorum, per balneum roris, seu vaporis, per balneum Mariae, seu Maris, per cinerem, per arenam, per ignem nudum & per arenam humidam.»[68]
¿Por qué los alquimistas nunca realizaron una esquematización semejante? No encontramos nada similar entre algunos textos de Alquimia editados en los mismos años, ni tampoco en años posteriores. Al menos no con tanto detalle. Sí en cambio, algunos afamados paracelsistas, como Dorn o Bodenstein, realizaron aproximaciones, pero nunca tan organizadamente. Hemos de suponer que los motivos pueden ser varios. En primer lugar, los alquimistas nunca describieron sus operaciones al completo, siempre omitían algún paso, sin el cual es imposible seguir el proceso que describen. Además se jactaban de guardar celosamente cómo se hacía la Piedra Filosofal; es decir: cómo y con qué. Y, que sepamos, ningún espagirista médico dijo nunca haber realizado la Piedra. En segundo lugar, en los textos alquímicos, como hemos visto en el caso de «el Cosmopolita», se colocaban en un lugar superior jerárquicamente cuando menospreciaban a esos espagiristas médicos. Desde esta posición no es difícil imaginar el escaso interés de los alquimistas por ayudar a «esos» médicos. Pero «estos» médicos realizaron la primera ordenación de los principios de la química. En este sentido es obligado un reconocimiento.
Pero los espagiristas, siendo médicos, también pueden ser considerados como los protagonistas de otro elemento más en la relación Alquimia-Terapéutica-Sanidad. Ellos culminaron una labor iniciada con Paracelso y los paracelsianos: dividieron definitivamente la Medicina entre la que usaba medicamentos «vulgares» y «químicos». El propio Beguin decía que los medicamentos químicos eran mejores que los vulgares así como que, los metales y minerales, una vez desposeídos de su húmedo radical no son unos «cuerpos muertos», sino que, en caso de ser venenosos, sólo se debe a la ignorancia de quienes no los saben manejar. Con todo ¿qué había antes de los espagiristas? Estaban los paracelsistas y los alquimistas. Y si de algunos aprendieron estas cuestiones de los medicamentos químicos fue de ellos y de nadie más. Ese lastre de conexión con la Alquimia, sin embargo, parece desaparecer con ellos, algo que no pudieron hacer los seguidores de Paracelso.
Jean Beguin, Tyrocinium chymicum recognitum et auctum, Paris, Matheus le Maistre, 1612
¿Hubo espagiristas en la Península? Ya hemos dicho que no hubo ninguno que se autotitulase así. Pero ello no implica que no existieran. Si por Espagiria entendemos la definición ya dicha de separar y unir las partes de cualquier cosa, pues entonces, sí que hubo espagiristas. Veámos un ejemplo en las palabras de quien ya podemos llamar espagirista, Juan del Castillo:
«Distillación es con calor, ô frialdad serparar las cosas juntas, y juntar las cosas separadas, qual quier materia que sea y se haze por assesorio, ô descensorio.»[69]
No obstante Juan del Castillo, cuando nos dio estas palabras estaba tratando un medicamento externo, el aceite, y de los que él clasificó como del tipo artificial, simple y hecho por destilación, donde también incluyó otros con ingredientes químicos, como el aceite de tártaro, que ya lo enseñó Mesué[70], el de azufre, de hierro, estaño, plomo, o el oleum philosophorum, también llamado aceite de ladrillos, un remedio externo hecho por varios métodos. Uno de ellos, el hecho por destilación es de origen totalmente alquimista. Incluso del Castillo no tuvo reparos en afirmar que Mesué estimó y aprendió de los propios alquimistas:
«Y de esso se puede collegir quanto Mesue a estimado los Alquimistas, pues uso de sus remedios.»º[71]
No podemos, en cambio, considerar stricto sensu a Diego de Santiago un espagirista, en referencia a los del tipo galo. Pero sí encontramos en él muchas de sus propuestas. Por ejemplo, la de una digestión previa a la destilación, que ayuda a que, en el momento de destilar, salgan más fácilmente las heterogeneidades que corrompen la medicina a preparar:
«Y si esta el central que ellos dizen en el agua, esa es la contraria del fuego y la que primero se leuanta huyendo de su contrario, y en ella estan las partes excrementicias que ellos dizen ser lo superficial, y estas son las que corrompen, y si esta en el ayre ò en el fuego, esos no le contradizen. Y tiene el fuego su apoyo en la tierra, y el ayre en el fuego, y no suelta la Tierra al Fuego sino se calcina primero, y que el dicho fuego sea sujeto por su contrario, y que la Tierra sea buelta a vmedecer no suelta de si al Fuego, ni al Ayre, El qual fuego es la sal y el Ayre el graso. Porque quando se abstrae algo destas substancias por distilacion, a de ser digiriendo y preparando y vsando de los grados necesarios de calor…»[72]
Ya entrado el siglo XVII, Juan Bautista Juanini (1636-1691), médico, propuso el uso de la Medicina química como la base para la construcción de una nueva Ciencia, sin que ello le haga ser considerado como un espagirista activo, sino más bien como otra voz más de las que se alzaron en este sentido.
3.1. Relaciones entre espagiristas y paracelsistas.
La presencia de las ideas de Paracelso puede ser constatada hasta bien entrado el siglo XVIII, tanto en Europa cono en la Península. Por ejemplo, los médicos Sanz de Dios, Baguer Oliver y Virrey Mange pueden ser considerados paracelsistas en dicho siglo en tanto que interpretaron la enfermedad como resultado de las anomalías suscitadas en la fermentación interna del organismo[73]. De otro lado ya hemos dejado asentado que entre los espagiristas hubo un distanciamiento formal entre sus predecesores, los paracelsistas, aunque ambos hablaran tanto de los medicamentos vulgares frente a los químicos.
También hemos hablado antes de varias semejanzas y diferencias entre ambos. Sobre ellos aún cabe decir que fueron determinantes en un movimiento de revisión de la Medicina de su tiempo, la tradicional. Si bien esta afirmación parece obvia y está más que asentada por la Historiografía, hemos de insistir con algo más de profundidad en un aspecto en concreto. Tanto unos como otros fueron conscientes de la importancia de sus posiciones. Ya era novedoso que un médico aportase innumerables operaciones prácticas que las más veces pertenecieron al ámbito de los boticarios y los destiladores. En este sentido, los galenistas, más dados a elucubraciones mentales que a experimentos prácticos, estaban en desventaja aparente. La forma de defenderse de estos últimos ante las nuevas evidencias terapéuticas era mediante el uso instrumental de sus cuestiones de dogma. He aquí lo más interesante: tanto los paracelsistas como los espagiristas, sin abandonar nunca sus propuestas, resultaron ser capaces de exponer todo un nuevo sistema médico, con sus propios dogmas. Esto posibilitó un campo común de diálogo, el teórico, ya que en el práctico, como hemos dicho, la desventaja corría a cargo de los galenistas. Y el desarrollo de este diálogo, que más tarde inundaría también el campo práctico, resulta ser todo un proceso que, en resumidas cuentas, es la historia de la Terapéutica y la Sanidad en el siglo y medio que va desde el año 1550 hasta el año 1700.
Cabe preguntarse sobre el grado de homogeneidad de ambos tipos y sobre su influencia. ¿Significa el hecho de que alguien cite a Paracelso como algo suficiente para considerarle seguidor suyo? Evidentemente, no[74]. Por ejemplo, Francis Bacon ya fue clasificado como semi-paracelsista ya que su cosmología era, en gran medida, similar a la cosmogonía de Paracelso y a sus ideas bíblicas y metafísicas[75]. También van Helmont fue considerado por Walter Pagel como un paracelsista moderado por el hecho de haber eliminado gran parte de su misticismo a la vez que lo sustituyó por experimentos, allanando así el camino a los nuevos filósofos como Robert Boyle[76].
Respecto de los conocidos como filósofos químicos ¿pueden ser considerados todos los de la Edad Moderna como paracelsistas? Es cierto que Paracelso y sus seguidores consiguieron un cambio en la tradición científica y médica, o al menos establecer las bases para que ello fuese posible. Pero también es cierto que fueron los espagiristas quienes ahondaron en dicho camino a través del trabajo con los metales (de la Alquimia), de la filosofía mecanicista y hasta de la física galenista[77]. Además desarrollaron el corpus teórico que se aplicaría a la Medicina química y el análisis de sus medicamentos fue mucho más profundo. En este camino emprendido se fue ganando terreno hasta que, por ejemplo, hubo quien coincidió con la Alquimia en que sus principios no eran constituyentes de un Arte o de una Ciencia, sino que era La Ciencia por excelencia. En efecto, en 1683 el paracelsista galo Daniel Duncan llegó a afirmar que la química no era un arte, y que lejos de ser contraria a la Naturaleza, la propia Naturaleza operaba químicamente[78].
4. Los médico-químicos
Pasamos ahora al tercer tipo de nuestra clasificación, el formado por los médico-químicos. Afortunadamente, la expresión «médico químico» no es una invención propia y, en las fechas en que han sido encuadrados, ya era usada:
«Y conoce el médico químico prudente quando ha de anteponer los remedios de plantas y animales a los de los metalas (sic) y minerales (…) aunque las medicinas sean de las ingratas, violentas y peligrosas, los Chimicos hazen que se reduzcan a remedios benignos y utiles, gustosos y seguros.[79]
Cronológicamente se sitúan a continuación de los espagiristas. Visto que sus antecesores tenían una base eminentemente alquímica, la diferencia entre unos y otros radica en varios aspectos. El primero de ellos es que los médico-químicos tienen a dar más valor a la práctica para la elaboración de medicamentos que a la defensa de su base teórica, que tantos problemas estaba causando en toda Europa. Ocupan la parte central del siglo XVII y su tarea fue la de, mediante la experiencia, ahondar en los conocimientos prácticos más allá de un leal apego a la tarea realizada por los espagiristas.
Tanto los contemporáneos como la Historiografía ha llamado a muchos personajes surgidos tras los espagiristas como médico-químicos, por no hablar del saco común dado en llamar iatroquímica. Sin embargo, nosotros hemos hecho, dentro de estos médicos químicos una segunda distinción; hemos dividido a este grupo en dos partes, siendo la segunda la que hemos llamado químico-médicos, que ya explicaremos en su lugar. La diferencia, digámoslo ya, consiste en que su afán principal era la investigación en laboratorio, frente a la secundaria que era el conocimiento de los remedios de la enfermedad, cuestión que se vuelve inversa en los médico-químicos. Para estos últimos primaba el estudio del desarrollo de la enfermedad frente al remedio aplicado, que, dicho sea de paso, siempre era de tipo químico o el elaborado con técnicas separatorias o espagiristas. El ejemplo más claro es el de aquéllos que se dieron en aplicar la quina. Algunos de ellos, incluso, tuvieron un adelantado conocimiento de las fiebres tercianas, e imaginaron, ya que no podía ser de otra forma, cómo era producida la enfermedad y cómo se desarrollaba, sin tener medios materiales para ello. Todo un alarde que analizaremos más abajo.
Nicolas Lemery (1645-1715)
Se considera como ejemplo el caso del boticario Nicolás Leméry (1645-1715)[80]. Con un evidente distanciamiento de las posiciones anteriores para la Historiografía, es visto como uno de los precursores de la química. No fue el único. Antes de él, las demostraciones de preparados químicos pudieron radicarse oficialmente bajo el respaldo regio en Francia. Aunque inaugurado en el año 1640, pero con estatuto jurídico desde 1635 y en proyecto desde el año 1615[81], el Real Jardín de Plantas de París salió adelante gracias a un paracelsista, médico de Luis XIII, llamado Guy de la Brosse.
En 1648, esta institución contaba con un cargo curioso: el demostrador de química. Su titular fue el afamado médico escocés William Davisson (1593-1669), quien dio su primera clase de chimie el 23 de julio de 1648. Por fin, un médico enseñaba experimentos químicos. Es decir, Davisson fue otro médico-químico. Pero no nos confundamos, hay una línea de continuidad que arranca en la Alquimia y, pasando o no por Paracelso, los paracelsistas y los espagiristas, nunca dejó de estar presente, hablemos de quien hablemos. No hay que ir muy lejos, el propio Davisson conocía perfectamente la química paracelsista, además de la Alquimia más ortodoxa, por no hablar de la cábala. Guiándonos por las palabras de Bernard Joly, queda establecido que el primer profesor de química en Francia era un alquimista[82]. Hoy día el hecho de poner a la Alquimia como un elemento omnipresente, en primer o en segundo término, en la mentalidad de nuestros protagonistas choca con la idea de un progreso científico que se va alejando de los postulados onerosos que le impedían un aceleramiento hacia el racionalismo. Y que, por esto mismo, el nacimiento de la química dieciochesca es todo un triunfo del hombre y de su cultura. Pero a veces, las cosas no son como nos gustarían que hubiesen sido.
Y la Alquimia sólo se salió de su relación con la Terapéutica y la Sanidad cuando hubo personas que volvieron a sintetizar, a esquematizar y a ordenar todo un cúmulo de experimentos realizados, como ya hicieron los espagiristas franceses de principios del siglo XVII, no con el fin de su mejor aplicación en la enfermedad, sino con otro muy distinto. Y éste fue el de la mejora en la elaboración del producto, independientemente cuál fuera su finalidad. A los químico-médicos les interesaba más, no la mejora de sus cualidades terapéuticas, sino una mejor técnica, una composición más estudiada. En definitiva, a los médico-químicos les interesaba el fin de sus experimentos y a los químico-médicos el medio que les hacía posibles, el allanar y despejar el camino. Hemos de relativizar en lo posible la idea de que la experimentación era una cualidad exclusiva de los progresistas, inherente a la vía que lleva al racionalismo y a la carga de cientificidad en detrimento de la mágico-mística. Y si, por el contrario, queremos aceptar esto, debemos llamar progresistas a muchos médicos entendidos en Alquimia, doctos en la filosofía hermética. Una enorme parte de esta experimentación de hizo, primero, gracias a la Alquimia, y, más tarde, gracias a la Alquimia.
También es posible ver gráficamente la evolución de la presencia crecinte o decreciente del elemento mágico-místico y del racional, según los convencionalismos de la Historiografía:
En esta gráfica se representa el modelo clásico, seguido por buena parte de la Historiografía, pero hemos de contar con la elasticidad de los diferentes tipos y con que muy muchas veces encontramos los rasgos mezclados, hasta el punto de que resulta bastante complicado, más allá del ámbito cronológico, establecer dichos modelos. En las más veces resulta un ejercicio para determinar el grado de presencia de muchos de ellos en uno. De cualquier forma, vemos que nunca llega a desaparecer el elemento mágico.
4.1. La quina como ejemplo.
Veámos un ejemplo peninsular del tipo médico-químico según nuestra hipótesis. Y, además sobre un medicamento no químico, pero elaborado espagíricamente. Se trata de la quina como medicamento aplicado a las conocidas como fiebres tercianas.
Las fiebres tercianas, sobrenombre del paludismo o malaria, conocida también en el siglo XVII como fiebre de los pantanos tiene como agente etiológico el protozoo del género Plasmodium que parasitan en hembras de mosquito del género Anopheles[83]. Estas hembras, por picadura, transmiten el protozoo, que se dirige al hígado, donde evoluciona pasando de criptozoos a merozoitos. Esta fase, asintomática, dura entre cinco y dieciséis días y es la responsable de las recaídas posteriores, pues parte de los protozoos permanecen allí en lactencia. Pasado esta fase, los merozoitos pasan a la sangre e invaden a los hematíes o glóbulos rojos. El protozoo evoluciona de trofozoito a esquizonte y se produce la fase sintomática, caracterizada por las fiebres que pueden ser tercianas (en ciclos de cuarenta y ocho horas) o cuartanas (ciclos de setenta y dos horas).
Como tratamiento eficaz está el alcaloide de la quina, quinina. Es tóxica para muchas bacterias y microorganismos unicelulares, eliminando por su acción los esquizontes presentes en los hematíes. Ya desde el sigo XVII se descubrió que la esencia de la quina era un tratamiento eficaz. No fue, sin embargo, hasta el año 1820 cuando se aisló, en Francia, el alcaloide, aislándose el agente patógeno de los hematíes en 1880.
Entre 1895 y 1898 se descubrió el papel jugado por el mosquito Anópheles en la transmisión de la enfermedad. En el año 1948 se descubrió el ciclo exoeritrocitario en el hígado, lo que determina la aparición de brotes de reviviscencia característicos de la enfermedad. En 1950 comenzaron los intentos por erradicar la enfermedad, todos ellos infructuosos por la resistencia de los mosquitos a los insecticidas y por la resistencia del agente patógeno a las drogas antimaláricas.
Los síntomas de la enfermedad son, en el paludismo de primoinvasión, una fiebre continua asociada a signos digestivos en formas de náuseas y vómitos y cefáleas intensas. En los brotes intermitentes, crisis febriles agudas[84].
En el año 1687 el médico Juan de Cabriada vio editada su Carta filosófica[85]. Aunque ya ha sido estudiada como el exponente máximo de las voces que se alzaban a favor de la modernización de nuestra Medicina, el motivo fundamental de su aparición fue disputar con los médicos tradicionalistas el verdadero tratamiento de las tercianas. Mientras que dichos tradicionalistas se mostraban favorables a la aplicación de sangrías, Cabriada interpretó a las fiebres tercianas y a su tratamiento desde la perspectiva médico-química. Veámos con más detalle todo esto. Para Cabriada, las fiebres tercianas era motivadas por:
«que el vicio que adquieren estas crudezas, y humores viscosos (que llevo dicho, ser la causa de las Tercianas) es un vicio azido (…) porque como quede probado, que este vicio ha de ser extraño a la naturaleza de la sangre; y este lo sea tanto, por ser la sangre de naturaleza alkali.»[86]
Tras describir las causas de las calenturas desde el punto de vista de la fermentación y de la química, recomienda como patrón de lectura, entre otros a Otto Tackenius (1620-1699), quien, junto a Sylvius de le Boe, fue uno de los más entusiastas médico-químicos y gran farmacólogo[87]. Y también recomienda a Juanini y su Nueva Idea Física[88]. Además afirmó que los accidentes de las tercianas vienen motivados por la circulación de la sangre. Este dato resulta tremendamente curioso, pues no es más que una preciosa intuición, verificada, como hemos visto, muchos años después. Pasa Cabriada luego a disertar químicamente sobre la naturaleza de la sangre, concluyendo su carácter alcalino:
«Es experiencia clara: Que mezclando los espíritus y las sales volátiles alkalicos, como el de Sal amoniaco, y la volátil de vegetales, y animales, con cosas sulfureas se produze y haze un color rubicundissimo, como el de la sangre, a poco tiempor que estan en digestion. […] Que es tan evidente y cierto que la sangre sea de naturaleza alkalica, que no se puede dudar; porque a mas de lo dicho, lo demuestra la Analysis Chimica, que de ella se haze; pues sobre todo, abunda mucho de Espiritus y sales volatiles: los quales fermentan con los azidos, como lo hazen los espiritus y flores de sal amoniaco. Al qual le viene toda su fuerça de la urina, de que principalmente se haze.»[89]
Para la curación de las tercianas, Cabriada propone un tratamiento en tres fases, que vemos gráficamente:
PRIMERA
SEGUNDA
TERCERA
Expurgar y limpiar el estómago.
Desobstruir las materias indigestas y corregir el vicio ácido.
Expurgar las materias ya cocidas.
Medicamentos Purgantes (Vomitivos y Laxantes)
Sales (volátiles, lixiviales, de tártaro, vitriolo de Marte) Elixir Proprietatis de Paracelso[90] Medicamentos febrífugos
Medicamentos purgantes (vomitivos y laxantes) Diaforéticos Diuréticos
Este tratamiento viene avalado por la experiencia del autor en las curas que realizó:
“Dos años ha, que una Gran Señora de esta Corte: (callo su Nombre; porque su gran Prudencia no quiso, que se publicasse) viendo la multitud de Pobres Enfermos que avia, movida de la gran Caridad, que tiene, mandó poner treinta Camas, para otros tantos Pobre Enfermos, y que se les assitiesse con todo el Regalo necessario; y a mi me mandó, que los visitasse. Se curaron muy cerca de docientos, en espacio de dos Meses y medio; casi todos fueron Tercianarios.”[91]
Es para la segunda fase del tratamiento donde, para el uso de medicamentos febrífugos, Cabriada propuso el empleo de la Quina, dando, además su explicación de unmédico-químico puro:
“Porque a la verdad, es efecto maravilloso, ver, con la presteza que se rinde la fuerça de una Terciana, a los Polvos de la QUINA QUINA (…) y que este Medicamento Febrifugo, que vulgarmente llaman Polvos de LOXA, o QUINA QUINA, son el Cuchillo, que corta el riesgo, impidiendo, y embarazando nueva Accession, y nueva repeticion! No puedo dexar de dezir lo mucho que se les debe a los Padres de la Compañía de Iesus; pues fueron los primeros que nos dieron a conocer tan Generoso Remedio.”[92]
“Que para que un Medicamento tenga la Prerogativa de FEBRIFUGO, ha de tener en predominio estas Partes TERREO-SALINAS, con el sanor ESTIPTICO-AMARGO; porque si solo tiene las Partes Salinas, sin las Terreas, no podrá fortalezer las Partes fibrosas de la Sangre, ni vigorizarla en su constitucion natural (…) Y assi se ve, que el FEBRIFUGO ha de tener conmixtion de las Partes Terreo-Salinas, de donde resulta lo Estiptico-Amargo, para causar el admirable efecto, que experimentamos, de impedir, y detener la Calentura y Fermentacion Febril, de donde se origina”.[93]
Como vemos, a Cabriada le interesan las propiedades de un medicamento a partir de sus conocimientos químicos. Si volvemos a prestar atención al cuadro de tratamiento por fases que nos ofrece Cabriada, vemos que, en cada una de ellas es posible la aplicación de remedios químicos. Para la primera, aboga por el uso de remedios vomitivos, siendo el antimonio uno de los más conocidos por causar dichos efectos, como es el caso del antimoniodiaforético, preparado en una mezcla de polvos de antimonio y de nitro. Además, Félix Palacios nos dice que, aparte de sus propiedades vomitivas, este medicamento
«(…) dase para mover el sudor, purificar la sangre, para resistir al veneno, en las fiebres malignas…»[94]
Con el uso, ya en la tercera fase, de, otra vez, remedios químicos, estamos ante el tratamiento completo de una enfermedad desde presupuestos totalmente médico-químicos. Pero lo más llamativo de todo es que se operaba procurando evitar la toxicidad en la sangre, aún cuando, como hemos dicho, no fue hasta fines del siglo XIX cuando se supo del protagonismo del mosquito Anópheles y su picadura. Cabriada apela a la limpieza del organismo, tanto sanguínea, como estomacal, y la expulsión de cualquier agente causante de la enfermedad, ya sea por vía vómitos, o por el sudor o mediante el empleo de diuréticos. Es realmente asombroso que ya se intuyese la fase asintomática, donde el protozoo permanece en la sangre antes de pasar al hígado y que se considerase fundamental intervenir en la misma.
Para completar la exposición de Cabriada, no falta en su tratado algún ataque a los galenistas, por su contradicción en el tratamiento que estos últimos aplicaban:
“Por todo lo dicho, se reconoce, ser verdaderissima la Opinion de Hypocrates, de que las Enfermedades, y por consiguiente las Calenturas, no tienen por causas las primeras qualidades, sino a las diversas Fermentaciones, que se originan de lo azido, de lo salso, de lo amargo, &, c.”[95]
En el estado de la Medicina peninsular de fines del siglo XVII se advierte la presencia de dos polémicas que coinciden con todo lo anteriormente expuesto sobre el tratamiento de las tercianas con la quina. Una recae sobre ella misma y otra sobre el empleo del antimonio[96].
5. Los químico-médicos
Pasemos a analizar el último tipo propuesto, el de los químico-médicos. Ya hemos dicho que estos no han sido distinguidos y se suelen incluir entre los componentes del grupo anterior. En realidad, tienen más cosas en común que diferentes. Pero son esas mismas especificidades las que les hacer ser distintos. También hemos apuntado arriba algunas de sus características. La principal, recordémosla, es la de, aún siendo médicos, su principal interés racaía en el análisis químico en general.
Es evidente que su origen está en el grupo anterior, pero, a diferencia de Cabriada y su explicación de una enfermedad y su tratamiento, la atención se centraba en la explicación de las propiedades químicas. Por ejemplo, las de la sangre, las de la sal, los ácidos y, más allá, del gas, del aire, de la tierra… en fin, buscaban una explicación química de la naturaleza en su conjunto. Ya no era necesario, para estos, ahondar e insistir en que la bondad de los medicamentos era el arteseparatoria, o espagírica, el cual podía eliminar cualquier impureza, separando las partes, para luego volverlas a unir, exaltando así sus cualidades. Ahora era más importante averiguar la naturaleza exacta de dichas partes, su composición, comportamiento, origen, etc. Al fin y al cabo, se seguía investigando con el fin de desentrañar cómo operaba el mundo, cómo eran los secretos de la naturaleza, que hacía tiempo que era vista como un inmenso laboratorio químico, según vimos en las palabras de Daniel Duncan en 1683 y podemos ver en las de Juan Cortés Ossorio, tan sólo un año después:
«Este globo de tierra, que pisamos, como los demás elementos, de que vivimos, se transmutan, y se transforman unos en otros, como si todo este Universo se conservasse con la Chymica. Las fuentes, que en las montañas son invariable raudal côtinuamente corren, no tienen otro principio que destilarse en la concavidad de los peñascos por virtud de los fuegos subterráneos, que de la humedad de la tierra sacan perpetuos vapores, que hiriendo en la frialdad exterior se convierten en rocío. Pues quien puede poner duda en que los alambiques transformen unas materias en otras?»[97]
Estas palabras no son en nada diferentes a las dichas por los espagiristas galos, como Jean Pierre Fabre, aunque con la diferencia que este doctor de la Facultad de Medicina de Montpellier no tuvo ningún reparo en usar la palabra Alquimia en vez de química, seguramente porque no hiciera distinción de ambas:
«Que l’Alchimie es la vraye et unique Philosophie Naturella, et qui elle comprend en soy toute la Nature.»[98]
Tan importante es la presencia de este tipo en la relación Alquimia-Terapéutica-Sanidad que podemos situarlos como los verdaderos precursores de la química tal y como hoy la entendemos. Más allá de los ejemplos de Lavoisier, Stahl, Boerhaave y otros, a los que ya se consideran los primeros químicos, hemos de tener en cuenta el ambiente inmediatamente previo a ellos. No es muy diferente del descrito hacia la mitad del siglo XVII. Es más, se diría que es una versión renovada del mismo, ya que encontramos algunos elementos comunes, como una intensa labor práctica, una puesta en conocimiento de los experimentos, un afán de mejora casi efervescente, y una dimensión pública de los resultados. Ahora, en un ejercicio retrospectivo, no podemos por menos que reconocer a todos los tipos anteriores, paracelsistas, espagiristas y médico quimicos, quienes realizaron una labor de apertura y facilitaron, de forma que aún no hemos considerado adecuadamente, que estos químico-médicos fuesen el preámbulo de los químicos.
¿Y qué es lo que tienen de común entre todos ellos? Recurrimos para averiguarlo a la exposición de sus trabajos para indagar la presencia de un elemento general. Por suerte, hay uno que resulta evidente. Es la continuación de parte del interés de sus precursores, los médico-químicos: los trabajos sobre la sal y su naturaleza[99]. Leamos unas palabras antes de seguir:
«Pues la Sal, para hablar filosóficamente, en la acción de la furia de Vulcano, se apodera del Azufre su vecino, & como ambos eran volátiles anteriormente, se funden juntos en una Sal, & de esta manera se fijan en un cuerpo alcali.»
Podríamos decir que estas palabras pertenecen a una disquisición de Cabriada y seguramente podrían pasar como tales. Sin embargo, y pese a tanta semejanza, las palabras obedecen a una explicación sobre la volatilización de los alcalis vegetales que diera George Starkey en el año 1706[100]. Por cierto, que Robert Boyle estudió con ahínco los manuscritos de este autor[101]. Pero podemos verificar nuestra afirmación y ver que lo que interesaba no era tanto, por ejemplo, la naturaleza de la sangre para el mejor tratamiento de una enfermedad, sino el descifrar cómo y cuáles eran sus componentes y cómo se podía trabajar con lo que de ella se podía extraer:
«La sangre destilada a pequeño fuego en una vasija de vidrio da un agua bastante abundante que no contiene ni ácido ni alcali, ni tan siquiera principio espirituoso alguno: lo que hace ver que el principio de la sangre es muy móvil, pero en punto alguno sulfuroso, flogístico, o alcali volátil.
Tras haber separado su flema en la cucúrbita a un fuego muy pequeño, se mete en la cornuda de vidrio la masa coagulada que queda al fondo, y se atiza el fuego un poco más, se saca de ella en primer lugar un espíritu amarillento con un aceite amarillo, y a continuación se adhiere a las paredes del vidrio una sal volátil blanca que toma diversas figuras, tras lo cual, aumentando el fuego, sale un aceite espeso que cae al fondo, y asciende una cantidad bastante grande de sal volátil.
No sale de la cabeza muerta ninguna sal fija, si no es la sal común, lo que tiene lugar cuando la persona de quien es la sangre ha usado de ella abundantemente. Cuando se hace un fuego violente, queda al fondo un poco de tierra blanca.
Si antes de la destilación de añade a la sangre una porción igual de cal viva, se saca de ella una sal volátil más pura, o más aún, es conveniente emplear la cal viva para rectificar todas las materias que ha dado la sangre en la destilación.»[102]
Friedrich Hoffman (1660-1742) cabe dentro de nuestra clasificación como químico-médico. En la Península no hemos de remontarnos tan entrado el siglo XVIII para encontrarnos ejemplos semejantes. Uno de los más llamativos es el de Juan del Bayle. Como dijo Mar Rey, Bayle fue un boticario galénico y espagírico que ocupó el cargo de Espagírico Mayor en la estructura organizativa del Real Laboratorio Químico desde 1697[103].
Friedrich Hoffman (1660-1742)
Bayle sería el protagonista de un hecho singular. Hubo de emitir la respuesta de apoyo que solicitase Raymond Veiussens (1635?-1715), máximo representante del movimiento iatroquímico galo, acerca de su descubrimiento, una sal ácida extraída por destilación de la sangre[104]. Acusado de plagio por Pierre Chirac (1648-1732), Vieussens pide la aprobación o rechazo de casi toda Europa. En su favor contestaron los colegios de Lyon, Burdeos, Leipzig, Siena y la Royal Society de Londres. Recordemos que Bayle, aún siendo médico y haber estudiado Espagiria en Montpellier, pertenecía a un laboratorio químico[105].
Pero lo realmente importante aquí es el contenido de su respuesta a Vieussens. En la misma podremos ver cómo un médico está más interesado en cuestiones de Química que de Medicina, clave que usamos para diferenciar a un químico-médico de un médico-químico. Es más, Bayle reconoce que hubo de estudiar Medicina, no sin antes haber estudiado Espagiria, ya que ello sería una aportación accesoria, aunque necesaria:
«Y aunque de la profession Galenica de Pharmaceutico, no se pueden comprehender los reconditos principios de los cuerpos, sino por el juizio de los cinco sentidos en todas las cosas de la naturaleza. Y la pharmacia Chimica, solo enseña à resolver los cuerpos mixtos, y à conocer las partes, de que estan compuestos, para separar las malas, y de conservar, y exaltar las buenas, y vnirlas, quando es menester; no bastan estas facultades, que de oficio tengo en servicio de el REY NUESTRO SEÑOR; sino que es menester el lleno de toda Medicina para la verdadera comprension de tan arduo Assumpto. En esta contemplacion estuve, quando dì principio à cursar la Espagirica. Y reconociendo ser necessario estudiar Medicina, no escusè esta nueva fatiga por manejar con maior inteligencia las manipulaciones; y assi mismo conocer las causas, los temperamentos, y la disposición de cada vno de los individuos.»[106]
Ya que no hay constancia de que se impartiese ningún tipo de enseñanza que se llamase Espagírica, ni sabemos si estuvo estudiando en París o en Montpellier, hemos de deducir el carácter autodidacta de la formación de Juan del Bayle; y, de otra parte, los textos que pudo manejar para estos conocimientos son muchos, desde Arnau de Vilanova a Boyle, por poner dos ejemplos de los que él nos dio noticia. También resulta muy curioso que él sintiese necesidad de estudiar posteriormente Medicina para conocer un ínfima parte de ella, la que más le podía complementar, sin sentir mayor interés por saber de cirugía, por ejemplo. En fin, estamos ante alguien que estaba muy introducido en estas cuestiones, pero más interesado en las de tipo químico. Recurramos al texto para verificar nuestras afirmaciones.
«La legia esta bien hecha, que de esta, por cosa savida de todos, no digo como en ella dà la Sal. Que la Sal, que sacó, al sentido no fermentara con ningun acido liquido; sino con el azeyte de vitriolo, y esta Sal, porque tiene naturaleza oleosa, se fermenta con el azeyte vitriolo vniendose à èl: y el no salir con el espiritu, es por la diferencia de la naturaleza oleosa, semejante al azeyte de vitriolo. Y la diferente forma de solida à liquida, causa la fermentacion: que en estos no ay partes contrarias potentes, para que peleàra el vno con el otro, manifiestamente rechazandose el ayre, formando efervescencia, que es el termino explicativo de la formentacion (sic) manifiesta. Y assi no tubo necessidad de hazer manifiesta fermentacion. Y lo que hizo con el vitriolo fue juntarse en vno, a construir sal de Alkali, y acido de ambos. Y en los demás liquores, como esta Sal estava despojada de los acidos por la violencia del fuego, los absorviò sin movimiento manifiesto, saturandose, y por no hallar en ellos partes opuestas, ni separables.»[107]
Parece claro que esto no es una clase de Medicina, sino de Química ¿De dónde sacó Bayle estos conocimientos? Él dice de la Espagiria. Aprobado como boticario desde el año 1674, Bayle estuvo más de veinte años experimentando. Pero si ya es muy importante esto, más aún lo es que esta exposición sea aprobada por la plana mayor del Protomedicato ¿Es que ellos también sabían de todo esto? No tenemos certeza de ello, excepto de uno de ellos, Andrés Gámez[108]; pero es más difícil pensar que el resto lo ignorase por completo. Este elemento, el de un Protomedicato consciente, es un dato revelador del estado de la medicina oficial peninsular de fines del siglo XVII. Y, para no olvidar nada, en conjunto, la respuesta a Vieussens está cargada de correcciones sobre la práctica de laboratorio, pudiéndose considerar dicha respuesta todo un alarde por parte del autor, además de un excelente ejemplo de la continuidad existente desde los alquimistas hasta los químico-médicos.
Y después de todo esto, lps historiadores afirman que nació la Química como disciplina independiente.
[1] Bernardo el “trevisano”, De chymico miraculo quod lapidem philosophiae appellant, Basilea, 1573. Ejemplar manejado: ESC, 17-VI-3 (1).
[2] Lavinio de Moravia, W., Tractatus de calore terrestre, 1612.
[3] Sendivogius, M., Parabola, seu aenigma philosophorum, en Manget, J.J., Bibliotheca Chemica Curiosa, París, Chouet, 1702, vol. 2, 474 del ejemplar BN, 3-54206.
[4] Macquer, en su Diccionario de Química (París, Academia de ciencias, 1778), aún nos describió el concepto /elemento/ en sus cuatro tipos (fuego, aire, agua y tierra). Y Lavoisier (1743-1794) no tuvo reparos en aceptar que “nuestra química proviene, por filiación directa de la antigua Alquimia”; por no citar a Stahl (1660-1734), otro adalid para la Historiografía de la Química, quien, aunque médico, creía en la transmutación.
[5] Nuevos en cuanto a la forma de prepararlos, ya que el “material” usado era conocido en la Medicina desde mucho antes. Ver el apartado de este trabajo La llegada de los medicamntos químicos.
[6] Es el caso de Juan Tagaulcio (Tagault) y de su texto De chirurgia intitutione (Lugduni, 1547). Este doctor en Medicina en París, cuanto menos incluyó a la Alquimia entre otras «artes» para realizar preparados metálicos aptos para su profesión: «… O si vous voulez distiller par art chymistique, extheberinhis, carigina…» (612 del ejemplar B.N., 7-14041).
[7] Esta idea no es propia sino de Juan Esteva de Sagrera. Esteva de Sagrera, Juan, La Química sagrada. De la Alquimia a la Química en el siglo XVII, Historia de la Ciencia y de la Técnica, nº 19, Madrid, Akal, 1991.
[8] Por ejemplo: sublimación del mercurio, volatilización de la sal…
[9] Las relaciones son establecidas, en su caso, unidireccionalmente. Es decir, se ha analizado la relación paracelsista-espagirista y, a la inversa, espagirista-paracelsista. No obstante aquí hemnos empleado las que consideramos oportunas.
[10] Este término, como veremos en su lugar, fue usado despectivamente por sus opositores.
[11] Como Martin Rulandius (Ruland, 1532-1602)), un médico alquimista alemán (de Freising) protegido de Rodolfo II y su Lexicon alcimiae (sic) siue dictionarium alchemisticum, Francofurti, 1612. Ejemplar maneado: B.N., 3-23910.
[12] Borri, Giuseppe Francesco (Milán, 1627-Roma, 1695), La chiave del cabinetto del cavalliere… col favore della quale se vendono variae lettere scientifiche, chimique…, Colonia, Pietro Martelto, 1681; ejemplar manejado: B.N., 3-3711.
[13] Fuente, G. de la, Tyrocinio Pharmacopeo…, Madrid, Antonio de Zafra, 1683, p. 176: “De emplastro Fodicorum, ex Theophrasto Paracelso, de bermibus, fol. 235”. Ejemplar manejado: BGP, III-2775.
[14] Joly, B., La rationalité de l’alchimie au XVIIe siécle, París, Vrin, 1992; Critiques paracelsiennes de l’enseignement et nouvelles practiques médicales au XVIIe siécle, Ateliers, Cahiers de la Maison de la Recherche de l’université charles de Gaulle, Lille 3, 3 (1995), 65-80; Les références à la philosophie antique dans les débats sur l’alchimie au début du XVIIe siécle, , en Didier Khan y Silvain Matton (ed), Alchimie: art, histoire et mythes, París-Milán, SEHA/Arché, 1995.
[15] Erastum T., Disputationum de Medicina nova P. Paracelsi, París, 1572.
[16] Gunnoe, Charles D. Jr., Erastus and paracelsism: theologial motifs in Thomas Erastus’ rejection of Paracelsian natural philosophy, en Debus, Allen G. & Walton, Michael T. (ed), Reading the book of nature: the oher side of the Scientific Revolution, Kirksville (Montana), 1998, 45-66.
[17] Gasto, C., Apologia chrysopoeiae et argyropoeiae adversus Thomam Erastum authore Gastone Dulcone siue Claveo… cum nono & recenter primium edito eiusdem authoris in fine…olim promisso… de triplici auri et argenti praeparatione, Urselllis, Cornelius Sutonis, 1602. Ejemplar manejado: BGP, C-320.
[18] Principe, L. M., Diversity in alchemy: the case of Gaston <Claveus> Duclo, a scholastic mercurialist chrysopoeian, en Debus, Allen G. & Walton, Michael T. (ed), Reading the book of nature: the other side of the Scientific Revolution, Kirksville (Montana), 1998, 181-200.
[19] Hay más ejemplos, pero baste leer a Germain Courtin en su Germani Courtin adversus Paracelsi, de tribus principiis, auro potabili totaque pyrotechnis, portentosas opiniones disputatio, París, Petri l’Huillier, 1579, donde podemos tener una visión sobre el estado de la cuestión en esos años. Edición manejada: B.N. 3-4289.
[20] Tourette, A. De la, Discours responsiv à celui d’Alexandre de la Tourette sur les sécrets de l’Art Chimique et la confection de l’or potable fait en la defense de la Philosophie et la Médecine antiques contre la Nouvelle Paracelsique, París, Gohorry, 1575.
[21] Fontaine de Provene, J., Discours de la puissance du ciel sur les corps inferieures et principalement de l’influence, contre les astrologues iudiciaires, avec une dispute des éléments contre les paracelsistes, París, 1581.
[22] Planiscampy, D. de., “La petite chirurgie chimique medicale” París, Ieremie Perier & Addias Buissart, 1621, en Oeuvres, París, 1646, 105.
[25]1.-Explicación de términos: Miguel Toixites, Onomastica II. I: Philosophicum medicum synonimorum ex variis vulgaribusque linguis. II: Theophrasti Paracelsi, hoc est, earum uocum quarum in scriptis eius solet uss esse explicatio, Estrasburgo, 1574; Adami à Bodenstein (1528-1577), Onomasticam Theophrasti Paracelso eigna Auslegung Etlicher seiner Wörter, Basilea, 1572; Gerardo Dorn (1550-1599), Dictionarium Paracelsi, Frankfurt, 1583; Leonthard Thurneysser (1530-1595), Onomasticum uns interpretatio oder… deren nich allen in des theuren philosophi und medici Aurelii T. Paracelsi, Berlín, 1583.
2.-Comentario de libros: Dorn, G., Commentarium in libros Paracelsi De Vita Longam, Estrasburgo, 1593.
3.-Interpretación y clarificación de las ideas de Paracelso sobre Medicina: Dorn, G., Fasciculus paracelsicae medicinae veteris et uso novae, Francofurti, 1581; Severinus, Petrus, Idea Medicinae Philosophicae fundamenta continens Paracelsicae Hippocraticae et Galenicae, Basileae, 1571.
4.-Interpretación y clarificación de las ideas de Paracelso sobre Alquimia: A. von Bodenstein, De tartaro libri septem opera Adami à Bodenstein in lucem editi, Basileae, 1570; Dorn, G., Congeries Paracelsicae Chemiae de transmitationibus metallorum, Frankfurt, Andream Welchelium, 1581; Valentín Weigel (1533-1588), Kunzer Weg, Alle dinge zu Erkennen, Maguncia, 1579.
[27] “Ideoque ipsi Paracelsi necessarium hic censent, salem coniungendum esse, id quod nec non negamus”. Sennert, D., Practica Medicinae, Lugduni, Petri Ravaud, 1629, 782. Ejemplar manejado: B.N., 3-76664.
[29] Otros textos de Sennert: Physica hypomendata: de rerum naturalium principiis, Lugduni, 1637, ejemplar manejado: B.N., 2-33800; Instituonionum medicinae, Lugduni, 1645, ejemplar manejado: B.N., 3-76187; Epitome universam D. Sennerti doctrina, Colonia, 1655, ejemplar manejado: B.N., 1-22298; De chemicorum cum Aristotelicis et Galenicis consensu et dissensu, Wittemberg, 1665; Opera omnia medica, Lugduni, 1676, 3 vols., ejemplar manejado: B.N., 2-3859-61.
[30] Dessenius, B., Medicinae veteris et rationalis oberronis cuiusdam mendacissimi atque imprudentissimi Georgii Fedronis ac universae sectae paracelsicae imposturas defensio, Coloniae, 1573, ejemplar manejado: B.N., 2-30054.
[31] Rochas, Henry de, La physique demonstrative, París, 1611, edición manejada: B.N. 3-44025.
[32] Rousselet, F., Chrysospagirie, c’est à dire de l’usage et vertu de l’or, Lyon, 1582.
[33] Granvela sintió una gran atracción hacia la Alquimia, algo que aún está por estudiar en profundidad. Tuvo a Nicolás Guibert (1547-1620) trabajando como alquimista en su laboratorio, según nos dijo Hoefer en su Histoire de la Chimie:
«Cependant il-y-en a un qui se distingue de la tourbe commune des alchimistes, c’est Nicolas Guibert. Après avoir été un des plus rolés adeptes, il devint plus tard un des adversaires les plus acharnés des imposteurs du Grand Oeuve. Au moins on ne peut pas lui réprocher d’avoir parlé sans connaissance de cause. Nic. Guibert né à St.-Nocilas-de-port en Lourraine, doctoeur en Médecine vers 1570. Il travaille comme alchimiste dans le laboratoire du célèbre cardinal Granvelle, vice-roy des Deux-siciles. Il traduit en latin, pour le cardinal d’Augsburg les livres allemandes de Paracelse.» (Hoefer, F., Histoire de la Chimie, París, HachetteetCíe, 1841, t. 1, 126.
Guibert, N., De alchymique ratione et experientis, ita demum viriliter impugnata et expugnata, una cum suis fallacibus et deliramentis, quibus hominis imbubinantur, ut nunquam im posterum se engere valeant, Argentorati, L. Zetner, 1603; De interitu alchymia metallorum transmutatione tractatus, Tulli, Sebastian Phillipe, 1614, edición manejada: B.N. 2-27813.
[36] Fabre estableció una relación etimológica de la alquimia con Cam (hijo de Noé), al considerarle el primer “artesano”. Fue maestro de Limojon de St.-Didier (1630-1689) y alcanzó el Doctorado en Medicina en 1645. En 1688 sus ideas eran discutidas por Christian Langius en su Chimiatri & Practica longe celeberrimi nunc B. Pathologia Animata, seu animadversiones in pathologiam spagiricam clarissimi viri Petri Iohannis Fabri, Francofurti, G. H. Oehrlingi. Faber, Pierre Jean, Alchimista christianus in quo Deus rerum author analogiae chimicas et figuras explicantur, Tolosae, Petrum Bosch, 1632; Manuscriptum ad serenis holsatiae d’Hermès, París, Manget, 1653; Chirurgia spagyrica, Tolosae, 1627, edición manejada: B.N., 3-3377; Panchymicum seu de anatomia totius universi, Tolosae, 1629, 2 vols. Edición manejada: B.N. 3-20487-8, ; Myrothecium spagyricum sive phamacopae chymica: occultis naturae arcanis et hermeticorum scriniis depromptis abundé illustrata; Tolosae, P. Bosch, 1628, edición manejada: F.F. 61″16″F; Alchimia christiana, Toulouse, Pierre Charles, 1632; Hercules psychimicus, Toulouse, P. Charles, 1634; Abregé des secrets chimiques, París, Billaine, 1636, edición manejada: B.N., 2-28532 ; Accurtissimi de celeberrimi philosophi… Operum soluminibus duobus, Francofurti, 1652, 2 vols., edición manejada: B.N., 3-73258-9.
[39] Zwelfer, J., Pharmacopea regia cum Mantissa spagyrica, Noribergae, 1675, edición manejada: B.N., 3-54036; Animadversionibus in pharmacopoeiam augustanam et anexam ejus mantissam sine pharmacopoea augustiana reformata, Dordrechti, 1672, edición manejada: 2-64375.
[40] Schröder, J., Messis medico spagyrica (pharmacopea medico-chymica); quae abundantissima segens pharmaceutica… nec non curiosibus rerim naturalium scriptioribus resecta compossitimo ordine cumilatur cum adnotationibus Friderici Hoffmanni, Noribembae, 1675, edición manejada: B.N., 3-54036.
[41] André le Breton, Les clefs de la Philosophie Spagyrique qui donnet sa connaisance des principes et des véritables opérationes de cet art dans les mixtes des trois géneres, París, Jombert, 1722.
[42] Pseudo-Hermógenes, Des Aufrichtgen Hermogenis Apocalypsis spagyrica et philosofica, Leipzig, Buchladen, 1739.
[43] Ver: Anónimo, Abregé d’Alb[ert] le grand, de l’origine et naissance des métaux, sur la quelle les Spagyristes fondent et tirent ses principes radicaux. B.N.P., ms. français (nuevas adquisiciones) 4114, 1-12, siglo XVIII.
[44] Miguel Sendivogius fue un alquimista polaco, discípulo del alquimista escocés Alexander Sethon (a quien a historiografía también adjudica el sobrenombre de «cosmopolita»). Estuvo trabajando muchos años para Rodolfo II, como otro de sus alquimistas, hasta que, hacia 1630, Fernando le tomó en mayor consideración y le hizo propietario de una hacienda en Silesia.
[45]Novum Lumen Chymicum, Praga, 1603. Muchas ediciones en el siglo XVII.
[46] Beccher, alemán y profesor de Medicina en Maguncia, buscó una lengua universal y una representación total de la realidad oculta, objeto de los Filósofos de la Naturaleza de su tiempo. Lulista, defendió a Seiler cuando éste no logró hacer una transmutación en 1677 de un medallón ante Leopoldo, quien le devolvió de su Corte a la ceca de Bohemia. Beccher fue un gran metalúrgico práctico. Desde 1670 hasta 1676 fue consejero semi-oficial de los Habsburgos en cuestiones de Alquimia. Opinaba que «la tintura es un hijo de la Naturaleza» y que la transmutación es el acto de la «perfecta materiae». Mezcló las tradiciones de Aristóteles y Paracelso con sus propios elementos, muy empíricos, por otra parte.
[49] Bretón, A. le, Clefs de la Philosophie Espagyirique…, París, Jombert, 1722, Sección I: «De la calcinación», capítulo I: «De la calcinación en general.»
[50] Roussel, G., Les sécrets découvertes des Arts, tant de Pharmacie que de celuy de distiller, vulgairement nommé Alchemie ou Spagirie, par le moyen desquels l’ont pervient à la perfection tant théorique que practique à rendre l’or potable, París, 1613, B.N.P., ms. francés 1038.
[51] Johannes Pharamundus Rhumelius, Medicina spagyrica, París, 1632, edición manejada: París, Chacornac, 1936. No confundir otro médico inglés contemporáneo suyo llamado Johannes Conradus Rhumelius (1597-1661).
[52] Juan Tagault (Tagaucio), Joan Tagaultii de chirurgia… his accessit sextus liber de matheria chirurgica authore Jacobo Hollero stempano, París, 1547, p. 612 de la edición manejada: B.N. 7-14041.
[53] Wecker, J.J., De secretis libri XVII ex variis aucthoribus collecto, Basileae, Conradi Waldrick, 1598, 340, 373, 375, etc. de la edición manejada: B.N. 2-41590.
[57] Fallopio, G., La sua chirurgia, Venecia, Vicenzo Somascho, 1620, edición manejada: B.N. 3-7505.
[58] Gwinne, M., Aurum non aurum, Londres, Richardus Moket, 1611, 241 y 251 de la edición manejada: B.N., 2-61299.
[59] Boetius de Boot, A., Pomarum et lapidum historia, Hanoviae, heredos Ioannis Aubri, 1609. Edición manejada: Lugduni, 1630, B.N. 2-52041.
[60] Castrillo, H. de, Historia y magia natural o ciencia de filosofia oculta con nuevas noticias de los mas profundos mysterios y secretos del universo en que se trata de animales, pezes, aves, plantas, flores, yervas, metales, piedras, aguas, semillas, parayso, montes y valle. por el padre Hernando Castrillo de la Compañía de Jesús, natural de Cádiz, Trigueros, Diego Pérez, 1649. «Archimistas»: 192 y «alquimia»: 187 de la edición manejada: B.N. R-4987.
[61] Pernety fue un hermetista benedictino de San Marcos. Nacido en rovanne, se le destina a la abadía de St.-Germain-des-Pres para perfeccionar sus estudios. En la biblioteca de dicha abadía encontró muchos textos de Alquimia, lo que le hizo despertar su afición. En 1759 embarcó a la Islas Malvinas para establecer unas colonias, volviendo a Francia en 1764. En 1766 abandonó los hábitos y se instaló en Avignon, donde participó en la masonería del Rito Escocés y Antiguo, donde alcanzó el máximo grado: el 28-29, siendo además «Caballero del Sol» y «Príncipe Adepto». A los pocos años creó su propia orden iniciática, llamada «El Rito Hermético». En el año 1767 Federico II «el Grande» le dio el cargo de conservador de la Biblioteca real de Berlín, momento en que se instaló en Prusia y lugar donde estaría dieciséis años. En el año 1783 vuelve a Avignon, abandonando su cargo, según él, porque le conminó a ello una «entidad» con la que decía conectar. Antes visitó, el 16-11-1783, el Colegio de cabalistas. Luego fue a Görlitz, ciudad natal de Jacob Böhme (1575-1624). A fines de 1784 estuvo en Valence, en casa de su hermano Jacques, hasta el año 1786. Más tarde reorganizó su orden, que pasó a llamarse «Rito de los Iluminados», de definitiva orientación alquímica. Pero problemas internos acabaron por escindir dicho grupo, momento en que intervino la Inquisición, siendo arrestado Pernety y, luego, puesto en libertad. Murió en Avignon el dieciséis de octubre del año 1796.
[65] Beguin, J., Tyrocinium chimicum, París, 1611; París, August Borech, 1625 (sexta edición), edición manejada: B.N. 2-27835; Witterbergae, Andrea Harttmann, 1656, edición manejada: B.N. 3-34929; Genevae, Blasius Le Melae, 1659, edición manejada: B.N. BGP B-119; Amstelodami, 1659, edición manejada: B.N. 3-6982. La reacción citada no apareció hasta la tercera edición, de París, 1615, mientras que la digestión del minio está desde la primera.
Beguin conoció muy bien la Alquimia de su tiempo. Publicó en el año 1608 el NovumLumenChimicum de Sendivogius, aparecido sólo cuatro años antes en Praga, también leyó Alchemia de Livabio. Fue el primero que enseñó química en Francia. Es de notar que no era médico, sino boticario. Con el apoyo de dos paracelsistas, Jean Ribit y Turquet de Mayerne, pudo abrir una escuela de farmacia y un laboratorio en París. Es así como se abrió un camino para que los farmacéuticos pudieran tener formación fuera del control de la Facultad de Medicina de París. Fueron estos cursos privados lo que originaron sus textos. El éxito de su Tyrocinio fue tal que se pasó de las setenta páginas de la primera edición a las más de quinientas en la de 1669, sin que él tuviera siempre el control sobre las mismas. Beguin no propuso nunca una nueva doctrina química, sino el poner al alcance d sus alumnos todas las recetas químicas que por entonces se estaban realizando. En el prefacio de la edición de su Tyrocinio de 1612, que no se verá de las ediciones posteriores, Beguin explica su admiración por igual tanto de Hipócrates, Galeno y Paracelso, previendo el avance y desarrollo de la Medicina (en estado de esclerosis) gracias al uso conjunto de las tres teorías. Beguin expuso la teoría de los tres elementos de Paracelso (azufre, mercurio y sal) intentándolos conjugar con los de Aristóteles y con los cuatro elementos (aire, fuego, tierra y agua). Hasta la aparición del Cours de Chimie de Etienne de Clave, en 1646, las enseñanzas de Beguin no tuvieron, prácticamente, competencia. A este respecto: Joly, B., El desarrollo de los cursos de Química en la Francia del siglo XVII, 45-65.
[66] Me refiero a la edición de 1656, Libro 3: «De la quint essence du sang humain.»
[67] Beguin, J., Les élements de chymie, Parrís, Lucas Leroy, 1615; París, Martin de La Motte, 1637; Rouen, Jean Boehourt, 1647, edición manejada: B.G.P. B-118; París, Rigaud et Michalet, 1658; Lyon, Claude de La Riviere, 1665, edición manejada: B.N. 2-17994.
[68] Loeches, Juan de, Tyrocinium Pharmaceuticum theorico-practicum Galeno-chymicum, Madrid, despachado en el oficio de D. Baltasar de S. Pedro, 1719.
[69] Castillo, J. del, Pharmacopea universa, Cádiz, Juan de Borja, 1622, 257.
[72] Santiago, Diego de, Arte separatoria, Sevilla, Francisco Pérez, 1598, 10.
[73] Sanz de Dios y Guadalupe, Francisco, Medicina práctica de Guadalupe, Madrid, Domingo de Arroyo, 1730, B.N. 3-50514; Baguer y Oliver, José Juan Antonio, Floresta de dissertaciones histórico-médicas, chimico-galenicas, methodico-prácticas, Valencia, Jerónimo Conejos y Joseph García, 1741-1744, B.N. 2-19091-3; Virrey Mange, Pascual Francisco, Tyrocinio médico-chymico, Valencia, Joseph García, 1737, B.N., 3-728857.
[74] Hemos tomado como referencia las ideas contenidas en Pumfrey, Stephen, The Spagyric Art: Or, The Impossible Work of Separating Pure from impure paracelsianism: a historiographycal analysis, en Grell, Ole Peter (ed), Paracelsus: the man and his reputation, his ideas and their transformation, Leiden, Brill, 1998, 21-52.
[75] Rees, Graham, Francis Bacon’s Semi-Paracelsian-Cosmology, Ambix, 22 (1975), 81-101.
[76] Pagel, W., Van Helmont’s concept of Disease-To Be or no to Be? The influence of Paracelsus, Bulletin of History of Medecine, 1972 (46), 419-454.
[77] Este respecto: Breger, Herbert, The paracelsians. Nature and character, en Grell, Ole Peter (ed), Paracelsus: the man and his reputation, his ideas and their transformation, Leiden, Brill, 1998, 101-118.
[78] Debus, Allen G., The french paracelsians: the chemical callenge to medical and scientific tradition in early modern France, Cambridge, 1991, 70.
[79] Beinza, Matías, Discurso sobre los polvos universales purgantes, Bayona, Antonio Fauvet, 1680, 55.
[80] Nacido en Rouen, y huérfano desde los once años, estudió las artes de boticario con su tío, Pierre Duchemin en esta ciudad entre 1660 y 1666. Estuvo estudiando lo mismo en Montpellier entre 1668 y 1671, estando registrado como estudiante de Farmacia en esta ciudad en el año 1670. En 1683 se licenció en Medicina en Caen. Calvinista hasta 1686, año en que se hizo católico, trabajando en su laboratorio farmacéutico. Las condiciones religiosas galas le impidieron seguir ejerciendo, teniendo que cerrar su negocio en 1683. Su Cours de Chimie alcanzó más de treinta ediciones, desde la primera de París, en 1675. Pero su trabajo más amplio fue el Tratado del antimonio, del año 1707, donde expuso sus resultados sobre las largas investigaciones realizadas con este mineral. Dio clases de química privadas a principio de la década de los años setenta del siglo XVII con mucho éxito. Desde 1699 hasta su muerte disfrutó de una pensión como químico otrogada por la Academia de ciencias de París. Fontenelle, E., Histoiredel’Academieroyaledessciencesfor1715, París, 1717, 96-108; Dorveaux, Pierre, Apothicaires membres de l’Académie royale des sciences, VI. Nicolas Lemery, Revued’histoiredelapharmacie, 19 (1931), 208-219. Cap, P. A., Étudesbiographiquespour servir a l’histoiredesciences. Premièreserie, chimistes–naturalistes, París, 1857, 180-226.
[81] Joly, Bernard, El desarrollo de los cursos de química en la Francia del siglo XVII, 60.
[83] El Plasmodiumfalciparum es el causante de la «terciana maligna», la forma más peligrosa de la enfermedad, ya que si no se trata con rapidez acaba con la vida del paciente, estando muy extendido en zonas tropicales. El Plasmodium vivax es el causante de la «terciana benigna», caracterizada por ataques clínicos más leves. Tiene un menor índice de mortalidad en adultos no tratados. La infección se caracteriza por recaídas que se producen durante dos años tras la infección primaria. Parasita hematíes jóvenes. Está muy extendido, pero se encuentra con más frecuencia en zonas subtropicales y llega incluso hasta Europa meridional. El Plasmodium malariae parasita hematíes envejecidos a los que reduce su volumen. Está muy disperso en zonas tropicales. El Plasmodium ovale es el causante del «paludismo raro», caracterizado por una periodicidad semejante a la del vivax, aunque más leves, curándose con más facilidad. Parasita formas jóvenes y está muy extendido en África intertropical.
[84] Estas crisis tienen tres períodos: Frio, entre 15 y 60 minutos, con escalofríos intensos; caliente o febril, que dura entre 2 y 6 horas, con rubefacción facial, piel seca y fiebre de hasta 41 ºC; y el período de lisis, entre 2 y 4 horas, con gran sudoración, descenso de la temperatura, abatimiento y somnolencia. En el brote pernicioso agudo, causado por el Plasmodium falciparum, se parte de una encefalitis aguda que con mucha frecuencia termina con una muerte dramática. La fiebre ronda los 40 C, hay trastornos neurálgicos graves (convulsiones, coma, manifestaciones psíquicas delirantes), complicaciones viscerales y anemia intensa.
[85] Cabriada, Juan de, De los tiempos y experiencias el mejor remedio al mal por la nova antigua medicina: carta philosophica medica chimica, Madrid, Lucas Antonio de Bedmar y Baldivia, 1687.
[86] Cabriada, 137. Además, Cabriada decía que el carácter ácido tenía su origen en la sal: «Porque cualquiera sal, aunque al gusto no parezca azida, en dandola tormento con el Fuego, en la Distilacion, confiessa, y manifiesta luego un espíritu azidissimo» (138).
[87] Estaba bien informado de algunas transmutaciones, como la que hiciera Leonhardt Thurneysser, un paracelsista, quien dijo haber transmutado hierro en oro. Tackenius explicó el proceso. No obstante, coincidía con algunas de sus teorías, como la de creer que los metales crecen en la tierra, poniendo de ejemplo las minas de hierro de Elba (Tackenius, O., HippocratesChimicus, Brunswick, 1668, 256). Decía que de la sal y el alcali están hechas todas las cosas del mundo y según los principios de Hipócrates, ya que eran, para él, los dos únicos principios universales.
[88] Juanini, Juan Bautista, Nueva idea phisica natural demostrativa, Zaragoza, herederos de Domingo de la Puyada, 1685. Otros textos de este autor: Discurso político y physico que se muestra los movimientos y efectos que produce la fermentacion y materias nitrosas en los cuerpos sublunares y las causas que perturban las saludables y benignas influencias que goza el ambiente de esta Imperial Villa de Madrid, Corte de nuestro Catholico Monarca Carlos II, Madrid, Antonio González de Reyes, 1679, edición manejada: RAE, 21-VII-17; Carta escrita al Doctor Don Francisco Redi en la qual se dice que el sal acido y alcali es la materia que construye los espíritus animales, Madrid, Imprenta Real, 1689; Discurso physico… en la segunda parte se pone un methodo preseruatiuo de los malos vapores y exhalaciones… de las calles de Madrid,Madrid, Imprenta Real, 1689, edición manejada: BHM, M-814; Señor, el Doctor D. Juan Bautista Juanini, cirujano de camara, que fue de S. A. el Señor D. Juan de Austria… dize: que luego que llegó a esta corte el año de 1677…, Madrid, 1690, edición manejada: FM, XVI, 1-4-2 (2).
[90] Sobre el elixir propietatis Paracelsi, Cabriada informa que se hace según las indicaciones de van Helmont y que es muy útil, según el ha comprobado con el Conde de Iobenazo (Cabriada, J. de, 201). Este medicamento está incluido en las tarifas de precios de los años 1680 y 1698, siendo su valor el doble a finales de siglo. Según Félix Palacios, en su Palestra Pharmaceutica (Madrid, 1706, 419), se componía de espíritu de azufre, espíritu de vino tartarizado, acíbar, azafrán y mirra. Entre sus propiedades, cita la de provocar el sudor y purgar el vientre suavemente.
[96] A cada una de ellas se dedica un análisis en este trabajo.
[97] Quien escribió estas palabras resulta ser nada más y nada menos que un jesuita, calificador de la Inquisición y de la Junta de Reformaciones, un Reverendo del Colegio Imperial de Madrid. Y las dijo en la aprobación que hizo del texto de Fr. Andrés de Villacastín, la Chymica despreciada, D. Luys de Alderete y Soto perseguido, defendida y defendido, Granada, imprenta de la Santísima Trinidad, 1687, edición manejada: BME, 105-VI-9, nº 3, 191.
[98] Fabre, J. P., L’abregé des sécrets chimiques, París, 1636, cap. 1, 1. Edición manejada: B.N. 2-28532.
[99] Obviaremos las conexiones con la búsqueda del disolvente universal, o alkahest, muy relacionadas con los trabajos sobre la sal.
[100] Starkey, G., La pyrotecnie de Starkey ou l’art de volatiliser les alcalis, Rouen, 1706, 34.
[101] Principe, Lawrence, The aspiring Adept, Princeton, Princeton University Press, 1998.
[102] Hoffman, Friedrich, Observationum physico-chymicorum, París, d’Houry, 1740, observación XXI: «Examen químico de la sangre humana». Copiado de Algora Corbi, Manuel, La tabla redonda de los alquimistas, Madrid, Luis Cárcamo, 1980, 26.
[103] Rey Bueno, Mar., El Hechizado. Medicina, Alquimia y Superstición en la Corte de Carlos II, Madrid, Corona Borealis, 1998, 101-108. Este es el mejor estudio realizado hasta la fecha sobre la figura de Juan del Bayle.
[104] Bayle, J., Respuesta a una carta que escribió Raymundo Viusense, médico celebérrimo de Monspelier, en que propone algunos experimentos sobre la sal de la sangre humana y los corrobora con eloquentíssimas palabras, remitida al Real Prothomedicato de España, Madrid, 1698.
[105] A este respecto: Rey Bueno, Mar, Tradición y modernidad. La asistencia farmacéutica en la Corte española de los siglos XVI y XVII, cap. 13: «La eclosión de la farmacoquímica en la Corte de Carlos II», Madrid, 1999, tesis doctoral inédita.
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