Ya hemos hablado en post anteriores sobre Silas Bent (1882-1945) y de su entrevista. Pero Bent, en dicha entrevista, y por sorpresa, nos dice que «una batería de químicos en Nueva York está haciendo una serie de pruebas para ver si la cosa puede ser comercializada». Los esquemas propuestos para la producción comercial del oro desde el cambio de siglo por hombres como Emmens y Hunter fueron, al menos momentáneamente, tomados en serio por científicos y periodistas. Bent informó que B. E. Free, editor de Scientific American, había comprado un aparato como el de Miethe para pasar corriente eléctrica y rayos ultravioleta a través del vapor de mercurio. Incluso trataba ahora que el profesor de la Universidad de Nueva York Harold Horton Sheldon intentara replicar los experimentos. En los dos años siguientes al artículo de Bent, los experimentos de Miethe provocaron acaloradas discusiones dentro de la Sociedad Química Alemana y los esfuerzos de transmutación de otros químicos alemanes (incluidos los de su propio alumno Alois Gaschler (1866-1936), quien afirmó tener oro transmutado en mercurio). Los químicos de Gran Bretaña a Japón hicieron nuevos anuncios de transmutacioes. En 1928, el New York Times incluso dedicó un artículo a una nueva publicación del alquimista francés François Jollivet-Castelot (1874-1937) “La Fabricación Chimique de l’Or”, en la que Jollivet-Castelot ofreció un proceso para la fabricación de oro en una base industrial. El reportero del Times inmediatamente hizo la conexión con los esfuerzos de Francia para volver a su patrón de oro, observando, quizás con un sarcasmo suave:
«Durante meses, Francia esperó ansiosamente que se le otorgara al franco un valor establecido y oficial en oro. Había visto a Inglaterra llevar la libra hasta su posición de antes de la guerra, y a Italia estabilizar la lira. El Banco de Francia estaba colocando una reserva de oro, pero muchos dudaban de si habría suficiente. Ya que una cantidad de pensamiento y planificación podría haberse evitado si se hubiera sabido que era posible entrar en el laboratorio de un alquimista patriótico y verlo sacar oro de un crisol a partir de metales base!»[1]
El periodista, sin embargo, reconoció que los dos químicos que habían tratado de replicar las transmutaciones de Jollivet-Castelot no habían encontrado un método sostenible como un proceso industrial, porque una vez más, el oro cuesta más de fabricar de lo que valía: «Aquí está el único fallo. La ola de la varita mágica que transmuta el metal base en oro cuesta más que las cosas preciosas en sí». El oro encontrado en los experimentos de Miethe finalmente se demostró que había sido una impureza en su mercurio. Pero en el momento del artículo de Bent de 1924, los resultados iniciales de Miethe eran lo suficientemente alarmantes para merecer la entrevista con un economista de la talla de Anderson para discutir sus implicaciones. No obstante, en el artículo, Anderson retrató vívidamente los efectos realmente impactantes de oro sintetizado económicamente. Los precios, afirmó, «se elevarían con una rapidez sorprendente y desastrosa».
El valor del oro «sería un colapso. … Una caída tan grande en el valor del oro en comparación con los bienes y con los dólares en comparación con los bienes, arruinaría a los acreedores… Habría una época en la que el tecnólogo, el industrial, y el hombre de negocios que piensan en términos de procesos industriales y comerciales ordenados no tendrían ninguna posibilidad. El especulador y el jugador ganarían. Si se suelta al azar, tal descubrimiento sería tal vez la mayor amenaza que la humanidad haya conocido». Al igual que Soddy en “The Interpretación de Radium” y Foote en su conferencia, Anderson vio el valor real de la transmutación atómica para la sociedad humana como energía liberada.
Y como H. G. Wells, cuya novela de 1914 “The World Set Free” no sólo predijo las bombas nucleares, sino que también retrató el colapso de la economía mundial, Anderson hipotizó que la sociedad humana y los mercados solo pueden ser rescatados por la cooperación internacional. Anderson vio que el tema de la transmutación alquímica implicaba preguntas sobre la naturaleza del dinero, algo que sería importante en los debates sobre el patrón-oro durante la próxima década. Por ejemplo, él planteó, aunque también desestimó, la sugerencia de Irving Fisher de basar el dólar en un compuesto de los precios de las materias primas, al tiempo que se permitiera que los dólares se canjeasen en oro en poder del Tesoro.
Pero… ¿Cómo se pudo llegar a tal grado de preocupación, ansiedad y nerviosismo por la posible existencia de oro alquímico en tal cantidad que pudiera amenazar la estabilidad de cualquier sistema económico, nuevo o no, en el mundo? Pues por una sola razón: porque las grandes potencias buscaban tener cuanto más oro mejor. Un sistema basado en el respaldo del oro haría al país con más cantidad en sus depósitos el más fuerte. Y un sistema basado en un dólar respaldado por oro venía a ser lo mismo. Cuanto más oro que respaldara al dólar, mejor que mejor. Y ocurrió lo impensable: tanto en los Estados Unidos, como en Europa, y fuera del ámbito científico, surgieron muchas personas capaces de ofrecer el poder hacer oro por transmutación. Podría pensarse que era cosa de charlatanes, pero el riesgo de que fuera verdad, habida cuenta de las transmutaciones científicas, provocaba tal temor que nadie iba a despreciar tal posibilidad. Y así ocurrió.
Curiosamente, alguien lo profetizó ya un siglo antes, en el año 1800. Fue el famoso Christoph Girtanner (1760-1800)[2]:
“En el siglo XIX, la transmutación de metales será generalmente conocida y practicada de forma general. Todos los químicos y todos los artistas harán oro; los utensilios de cocina serán de plata, e incluso de oro, lo que contribuirá más que nada a prolongar la vida, envenenada actualmente por los oxidos de cobre, plomo y hierro, que diariamente tragamos con nuestros alimentos […] Los metales parecen ser cuerpos compuestos, cuya naturaleza se está preparando perpetuamente; y puede reservarse para las investigaciones futuras de la ciencia para rastrear, y tal vez para imitar, algunas de estas operaciones curiosas.”[3]
Se considera el siglo XIX como una época oscura e inerte para la Historia de la Alquimia, al menos hasta sus décadas finales cuando todo cambió, como estamos viendo. Antes, pocas noticias se pueden ofrecer, aunque, siendo escasas, nunca han merecido una investigación, siquiera superficial. Honoré de Balzac no conoció al alquimista Cyliani, que publicó su Hermes Desvelado en 1831, pero tuvo de todas formas un modelo para su Balthazar Claes, el vizconde de Ruolz, protagonista de su novela La Recherche de l’Absolu, aparecida en 1834, y que hacia 1833 fabricó, al parecer, diamantes artificiales. A él se refiere también Alejandro Dumas (padre) en Un alchimiste au XIX siècle (París, 1843). Y su nombre permanece unido al ruolz, especie de alpaca dorada químicamente, que fue descubierta por él en 1840. Pero hay muchos que dicen que Balzac sí que leyó el Hermes Desvelado de Cyliani, y que lo usó como fuente, incluso algún enemigo suyo dijo que era un plagio de Balzac a Cyliani[4]. Aunque otros citan distintas fuentes de inspiración, como Auguste Doumerc, buen conocido de la familia y quien dilapidó la fortuna familiar, incluida la dote de su mujer, en la alquimia. O también el militar polaco Aleksander Chodkievicz (1776-1838), pariente de Evelina Hanska, amante de Balzac. Chodkievicz se dedicó a la alqumia y se arruinó.
No fue hasta 1873 cuando el asunto de la aceptación o rechazo de la alquimia empiezan a mezclarse. Mientras el semanario The Weekly Argus, el 5 de enero de ese año despotricaba duramente contra la alquimia[5], el New York Times, el 10 de marzo del mismo año, escribía por primera vez, y de forma casi adivinatoria, lo que luego sería el término de moda: “Modern Alchemy”, aun cuando no había razones suficientes para ello. Llegó a llamar a los químicos de esos años los “hijos de la alquimia”. Eso por no hablar de que en esos momentos había varios alquimistas trabajando en Nueva York:
“Aún existe, incluso en el presente año de gracia, y en esta ciudad de Nueva York, completamente prosaica, un pequeño grupo de auténticos alquimistas que, unidos por lazos secretos, trabajan a la antigua usanza para hacer realidad los sueños de Paracelso; pero no es a ellos a quienes esperaríamos descubrimientos importantes […] Sería, sin duda, un curioso ejemplo de la lenta justicia medida a destiempo si la ciencia moderna justificara las esperanzas de los alquimistas. Los científicos a menudo han ridiculizado a los vanos buscadores de la piedra filosofal y han dado escaso crédito a los sustanciales beneficios que aportaron a la verdadera ciencia. Si, después de tantos años, se demuestra que la transmutación del metal no es un sueño vano, y que prolongar la vida más allá de los setenta es totalmente factible, la alquimia quedará finalmente justificada por sus hijos, los químicos y fisiólogos de la actualidad.[6]
Dos años después, en 1875, nuevas noticias en los diarios van dejando caer la balanza hacia el lado de la posibilidad de la transmutación. Es curioso. Ni las noticias de los fraudes desde la Edad Media, ni la aparición de ningún alquimista diciendo claramente cómo se hace la Piedra Filosofal, ni el racionalismo salvaje del siglo de la Ilustración. Nada ha podido con el sueño de la alquimia jamás. Es más, cuando se iban desentrañando los misterios de la materia, cuando se iba sabiendo qué era y de qué se componía un átomo, los mismos sueños resurgieron con más fuerza si cabe. Sigamos con algo aún más curioso. El 13 de diciembre de 1876, el New York Times se preguntaba si el sueño de los alquimistas ya se había hecho. La razón: un tal Joseph Norman Lockyer, (17 de mayo de 1836 – 16 de agosto de 1920) había transmutado delante de otros científicos níquel en cobalto, cobre en calcio y calcio en estroncio. ¿Y quién era el pájaro éste, que jugaba a la Alquimia? Pues nada más y nada menos que el fundador de la famosa revista Nature.[7]
[1] New York Times. 1928. “Transmuted Gold.” (July 8, 1928): 46.
[2] Nació en Sant Gall y murió en Göttingen. Hijo de un mercader, estudió medicina en Göttingen, y tras graduarse en 1783 hizo una gira de estudios por Suiza y Francia, estudiando química en Edimburgo, donde tuvo contacto y conoció el sistema químico de Brown. Al volver a Göttingen, donde empezó a practicar la profesión médica, introdujo a la vez el Brownianismo en Alemania, como si fuera propio, llegando a acusar a Brown de plagio. Girtanner era amigo del principal y más avanzado alumno de Kant, Joannes Benjamin Jachmann (1765-1832). En una de sus cartas a Kant (14 de octubre de 1790), podemos leer la descripción que da Jachmann de los viajes de Girtanner por la Francia revolucionaria. Y el propio Kant habló del libro de Girtanner sobre Historia Natural (1796) en su Antropología y en su Geografía Física.
[3] Girtanner, Ch., “Memoir on azot, and on the question, whether it be a simple or a compound body”, Philosophical Magazine, 6, 24 (1800), 335-354.
[4] Si en el verano de 1834 Balzac escrbía La búsqueda de lo absoluto, el 15 de noviembre de ese mismo año, Saint-Beuve publicó en la Reviste des deuz Mondes, una feroz crítica a esta obra, todo ello motivado por una amante común.
[5] The Weekly Argus, vol. III, nº 71 (published every Monday Morning in Port Townsed, Washington), 5 de enero de 1873, página 1: “No doubt there was a lot if imposture in alchemy; no doubt, too, the wish for gold was father to the thought of alchemy”. También se escribió contra los sueños de los alquimistas en la revista The juvenile instructor and companion, vol. XXIV.-Vol XI, New Series, London, Joseph H. Robinson, 1873, 181-184: “Science for Children. Article V: History of Chemistry”.
[6] New York Times, 10 de marzo de 1873, “Modern Alochemy”, p. 1.
There still exists, even in the present year of grace, and in this utterly prosaic City of New York, a little band of genuine alchemists, who, bound together by secret ties, labor in the old fashioned ways for the realization of the dreams of PARACELSUS; but it is not to them that we would look for discoveries of importance […] It would, certainly, be a curious instance of the slow justice measured out of time, if modern science should justify the hopes of the alchemists. Scientific men have often derided the vain seekers ofter the philosopher’s stone, and have given scant credit for the substantial benefts which they gave to true science. If, after so many years, it should prove that the transmutation of metal is not an idle dream, and that the prolongation of life beyond the limit of three score and ten is entirely practicable, alchemy will be finally justified of her children, the chemists and physiologists of the present day.”
[7] New York Times, 13 de diciembre de 1876: “TRANSMUTATION OF METALS. IS THE OLD DREAM OF THE ALCHEMISTS TO BE REALIZED?” También en The popular Science Monthly, Novembre de 1878, nº LXXIX, Notes, 407: “Are the elements elementary?.- Mr. Norman Lockyer has realized the alchemist’s dream, the transmutation of metals…”
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