Pantaleonis Examen Alchymisticum, oder: Alchymistische Prüffung. Deutsches Theatrum Chemicum, Volumen 2, S. 259-312

Presentación
El Examen alchymisticum ya fue publicado en latín en el año 1676[1] y en 1678 apareció una reseña en el Journal des Sçavants francés que transcribimos en la nota al pie[2]. El objetivo principal del autor es distinguir al verdadero alquimista o filósofo hermético del impostor y del sofista y se presenta como una especie de «piedra de toque» para que príncipes, mecenas y estudiosos puedan reconocer a los auténticos conocedores del arte alquímico y evitar ser engañados por charlatanes.
Idea central
Pantaleón sostiene que la mala reputación de la alquimia no procede de la falsedad del arte en sí, sino de la abundancia de falsos alquimistas que prometen riquezas y transmutaciones imposibles. Según él, existe una verdadera ciencia hermética basada en principios naturales, pero está reservada a un reducido número de iniciados y requiere comprender correctamente la materia sobre la que opera.
Prefacio: verdad frente a engaño
En el prefacio, Pantaleón presenta el mundo como un escenario de oposiciones: verdad y mentira, sabiduría e ignorancia, conocimiento y error. Aplica esta visión a la alquimia, donde pocos poseen el conocimiento verdadero y muchos actúan como impostores.
Critica especialmente a quienes, tras fracasar en sus experimentos, concluyen que la alquimia es una farsa. Para él, el problema no está en el arte, sino en quienes desconocen sus fundamentos y engañan a los poderosos con falsas promesas.
Capítulo I: qué es la alquimia y cuál es su materia
Pantaleón define la alquimia como «El arte de mejorar los metales imperfectos y elevarlos a la condición de oro o plata.» Su tesis fundamental es que el fin de la alquimia es el oro. Por tanto, la materia de partida debe pertenecer al mismo género que el resultado. Solo una materia metálica y mercurial puede servir verdaderamente para la transmutación. Rechaza la idea de obtener oro a partir de sustancias completamente ajenas al reino metálico. Según él, el verdadero trabajo alquímico se basa en un mercurio filosófico purificado, libre de impurezas sulfúreas y arsenicales.
Además, distingue dos grandes vías, señalando que ambas persiguen la extracción y purificación del «mercurio de los filósofos».
- Vía húmeda, basada en determinadas materias minerales imperfectas.
- Vía seca, basada directamente en los metales.
Capítulo II: la tintura y la naturaleza del oro
El objeto del arte es la tintura filosófica, definida como el azufre del oro exaltado dentro de su propio mercurio. Pantaleón desarrolla una teoría metalúrgica según la cual todos los metales derivan del mercurio, el oro es simplemente la forma más perfecta del mercurio, completamente cocido y purificado por la naturaleza y la transmutación consiste en reproducir artificialmente ese proceso natural. Según el autor, la naturaleza transforma lentamente el mercurio en oro, mientras que la alquimia verdadera puede acelerar esa transformación mediante la tintura.
Capítulo III: el fin último
El fin supremo del arte es el oro perfecto. No obstante, Pantaleón insiste en que el auténtico alquimista no se define únicamente por producir oro, sino por dominar completamente la teoría y la práctica de la naturaleza metálica. El verdadero adepto posee conocimientos médicos y filosóficos superiores.
Capítulo IV: crítica de las falsas materias
Esta es una de las partes más extensas y polémicas del tratado. Pantaleón revisa las distintas sustancias que numerosos alquimistas habían considerado materia prima de la Gran Obra (vitriolo, antimonio, arsénico, marcasita, cinabrio, hierro, talco, azufre común, aalitre, tártaro, alumbre, rocío, nieve, orina, tierra virgen y muchas otras). Según él, todos estos materiales han llevado a generaciones de experimentadores al fracaso. Los alquimistas que trabajan con ellos producen coloraciones, aleaciones o efectos superficiales, pero no auténtica transmutación.
Especialmente significativa es su defensa del mercurio metálico. Afirma que muchos alquimistas lo abandonaron tras fracasar repetidamente con él, cuando en realidad sigue siendo la clave de toda la obra.
Capítulo V: refutación de las tinturas particulares
Pantaleón rechaza las llamadas «obras particulares», es decir, procedimientos que prometen fabricar oro rápidamente, multiplicar el valor de los metales, fijar mercurio o azufre en poco tiempo y producir plata u oro mediante recetas simples. Considera estas prácticas engañosas porque ignoran la verdadera naturaleza de los metales y las condiciones necesarias para una auténtica transformación. Para él, solo existe una verdadera tintura universal basada en los principios expuestos anteriormente.
Conclusión
El propósito final del libro es servir como guía para distinguir entre el verdadero filósofo hermético (quien conoce la naturaleza de los metales, trabaja con una materia estrictamente metálica y mercurial, comprende la teoría y la práctica y no promete resultados rápidos ni milagrosos) y el sofista o impostor, que cambia constantemente de materia y procedimiento, trabaja con sustancias inadecuadas, ofrece promesas espectaculares para obtener apoyo económico y culpa al arte de sus propios fracasos.
EXAMEN ALQUÍMICO DE PANTALEÓN,
O bien:
Examen Alquímico,
con el cual, a la manera de una
piedra de toque,
un poseedor de la tintura pueda ser distinguido de un sofista, y un verdadero filósofo de un impostor.
Traducido del latín al alemán, y ahora promovido a la imprenta por Friedrich Roth-Scholtz, de Herrendstadt, Silesia.
Nüremberg,
en la imprenta de Adam Jonathan Felsecker.
Año de Cristo 1729.[3]
❀ ) 260 ( ❀
Al enemigo de la Química.
Reír sin motivo y despreciar las cosas que se ignoran es una señal de necedad y soberbia, según el conocido proverbio:
En la risa excesiva y desmedida,
se reconoce a la mente adormecida.
(Literalmente: En el demasiado reír se reconoce a un tonto/bribón).
Asimismo: nadie es más enemigo del arte que aquel que no lo comprende. Se deduce de ello que quien pretenda amar o rechazar un arte, primero debe aprenderlo, y solo después juzgarlo. Que los mosquitos y las mariposas perezcan cuando se acercan demasiado a una vela encendida se debe a la torpeza de estas pequeñas criaturas; lo cual, sin embargo, no anula en absoluto el uso sumamente beneficioso de la luz.[4]
❀ )( ❀ 261
Al muy ilustre prín=
cipe y señor,
EL SEÑOR
CARLOS
de Liechtenstein, etc.
A su más gracioso príncipe
y señor,
dedica y consagra esta obra
el maestro de este pequeño
tratado.[5]
262 ❀ )( ❀
Ilustre Príncipe, Gra=
ciosísimo Señor, etc.
Recientemente me he tomado el singular atrevimiento de dedicar a Vuestra Gracia Serenísima —como especial devoto de esta ciencia divina— los primeros principios y el fundamento del arte hermético, lo cual procede única y exclusivamente de mi natural afecto hacia Vuestra Gracia Serenísima. A saber, el amor cristiano me constriñe a hacer uso de la luz concedida desde lo alto y a ayudar, según mis capacidades y con igual diligencia, a quienes ya se han puesto en camino. Vuestra Gracia Serenísima ha amado hasta el día de hoy, con imperecedera fama, la sabiduría divina. Mas dado que Dios, como origen de toda sabiduría, no actúa de manera directa, y el diablo, como su declarado enemigo, no deja piedra por mover para cansar, desorientar y apartar por completo a un alma ansiosa de conocimiento; por todo ello decidí en mi fuero interno multiplicar el talento que he recibido y demostrar mi utilidad como un instrumento, habiendo preparado también para tal fin mi tumba hermética. Sin embargo, puesto que para llegar allí, dicho viaje no puede completarse con éxito sin un fiel compañero de ruta…[6]
❀ )( ❀ 263
…puede realizarse; por lo cual expongo ante los ojos y traigo a la mente en este presente opúsculo quién y qué clase de hombre —entre tantos como se postulan para esto— ha de ser elegido o no. Si presento algo que otros ya han expuesto, sirva esto para confirmarlo; mas si enseño aquello que ha permanecido ignoto, me haré merecedor de mérito por ello. Y si no hiciera ninguna de las dos cosas, ruego a Vuestra Gracia Serenísima que se digne iluminar este modesto opúsculo con la misma benevolencia que exige la dignidad de la materia. Yo no combato con palabras, sino con hechos; de lo contrario, recurriría al pomposo palabreo habitual en las universidades escolásticas para maquillar con él mi verdad. Sin embargo, puesto que las mentes elevadas distinguen fácilmente una esencia independiente de su sombra, me mantengo más inclinado a demostrar con la práctica, antes que con las palabras, que soy
de Vuestra Gracia Serenísima
el más humilde y sumiso
servidor,
Pantaleón.[7]
.
262 ❀ )( ❀
Prefacio.
Que todo este edificio del mundo está compuesto por cosas opuestas unificadas en un solo ser, y que en cierta medida combate incesantemente, es algo que ya en tiempos remotos enseñó el filósofo universal ARISTÓTELES en su escuela, transmitiéndolo hasta nosotros. Si este conflicto proviene originalmente de un propósito especial del Creador tres veces bueno, queda a libre discreción de cada cual sostener lo que le plazca. Nosotros consideramos, no obstante con la aprobación de la Iglesia, que aquellos que niegan esto se equivocan; puesto que así lo ratifica el movimiento contrapuesto de los cielos, el cual no ha cambiado en lo más mínimo desde el primer minuto de la Creación. De ello son testigos la luz y las tinieblas, que fueron traídas a la existencia en el primer día del mundo; el movimiento y el reposo de las cosas corporales; lo uno y lo múltiple; lo verdadero y lo falso; el bien y el mal. Todos los cuales son tan necesarios para la extensión de este edificio universal que no podrían ser extirpados de él sin una singular mutilación. Es verdad que la razón humana, mientras mantuvo la supremacía entre los hombres, nada supo de esta dualidad; no porque esta no existiera realmente en ella, sino porque…[8]
Prefacio. 265
…de que la razón no pudiera actuar, porque los sentidos estaban sometidos a ella. Sin embargo, cuando tras la Caída [del hombre] el alma se oscureció y los sentidos perecederos despertaron, se eliminó por una necesidad inevitable la verdadera unidad de las cosas y se introdujo una engañosa multiplicidad. Que esta misma multiplicidad sea requerida para la belleza del microcosmos (la pequeña del mundo) en su estado actual, lo puede reconocer fácilmente quien sepa que las distintas clases de operaciones exigen también distintos ejecutores.
Pero para no entrometernos en asuntos ajenos, permanezcamos en el escenario de la Naturaleza y expliquemos qué clase de combatientes tan diversos y de condición opuesta se encuentran allí. Este pelea con una daga de madera; aquel, con un proyectil de plomo; otro, con una espada oxidada. Muchos de ellos llevan, como los locos, embutidos rellenos de paja, y se esfuerzan con ellos de manera ridícula por sitiar el fuerte castillo de la Naturaleza. No pocos exigen la rendición con puros gritos y amenazas. Rara vez, es más, prodigiosamente rara vez se encuentra a uno que esté provisto de una espada de doble filo. Y cuando todos estos combatientes mal equipados ven que no han alcanzado la meta que se habían propuesto, regresan de nuevo a casa…[9]
266 Prefacio.
…casa, y culpan al lugar, afirmando que era inexpugnable. Sin embargo, para que no se les considere completamente desahuciados, idean un nuevo tipo de artillería y planean terribles preparativos de guerra. Mientras tanto, ocurra lo que ocurra, aceptan diariamente todo lo que pueden obtener, cada uno según la dignidad de su rango. Finalmente, entonan esta cancioncilla:
Aunque me falte la capacidad,
mi buena voluntad te complacerá.
Así se levanta el asedio y los soldados se retiran a los cuarteles de invierno, donde se divierten alegremente. Pero tan pronto como se aproxima la primavera, marchan de nuevo al campo de batalla con un grito espantoso y reanudan el asedio desde el principio, tras haberse equipado previamente con armas ajenas; hasta que, por último, o bien caen ellos mismos con valentía en el terreno, o bien son licenciados por su patrocinador (principal), cuya tesorería ha quedado exhausta o que, cansado de la guerra, se rinde. Terminado el conflicto, estas gentes groseras e insensatas, incapaces de reconocer su propia incompetencia, culpan pronto a este o a aquel, buscan a un nuevo comandante y lo que antes no pudieron ejecutar por medio del fuego, intentan ahora alcanzarlo a través del humo. En cambio, aquellos que todavía…[10]
Prefacio. 267
son más conscientes, sopesan el asunto con mayor exactitud y desaconsejan a otros esta manera tan absurda de hacer la guerra, prefiriendo más bien la paz. Sin embargo, ni unos ni otros se percatan de que cualquier fortaleza puede ser conquistada por un asno cargado de oro; especialmente aquella que, atendiendo a su materia, ha sido construida a partir del oro mismo, el cual, por tanto, no se resiste a seguir a su semejante.
Con esto quiero decir lo siguiente: el Arte Hermético os propone como fortaleza a conquistar al oro mismo —el cual, por naturaleza, es eterno e incorruptible—, pero trae consigo para el asedio a guerreros sumamente contradictorios; a saber: trabajadores instruidos e ignorantes, prudentes e imprudentes, experimentados e inexpertos, veraces y fraudulentos, tal como se puede ver de sobra en las cortes de los grandes señores. Pues los altos potentados profesan un antiguo y muy digno amor por este Arte Real. No obstante, dado que están habituados a una vida refinada (delicada), rara vez consultan los libros y mucho menos ponen manos a la obra por sí mismos para descomponer los elementos de la naturaleza; de lo cual se deduce entonces que deben suplir dicha carencia mediante la diligencia y la reflexión de otras personas. Sin embargo, cuán canallesca y frívolamente suelen ser engañados por lo general, lo demuestra diariamente la evidencia de los hechos, trayendo desgraciadamente una intolerable infamia sobre todo el arte. Pues apenas…[11]
268 Prefacio.
…se encuentre una sola corte principesca en toda Europa donde se tenga una buena opinión de la Alquimia.
Para que en el futuro no se siga tratando de manera tan injusta a esta ciencia divina, y para que los altos potentados —en su calidad de venerables patronos de la misma— no sean engañados de forma tan vergonzosa, he preparado este pequeño tratado basándome en la luz de la Naturaleza y en mi propia experiencia visual, a fin de que les sirva como una piedra de toque. Pues deben tener por certeza absoluta que cualquiera que no comprenda o ataque lo que se expone en este examen alquímico, y aun así se haga llamar artista, debe ser considerado un estudiante inexperto o un impostor. Y cualquier proceso, ya sea particular o universal, que no concuerde con nuestro fundamento, es falso y fraudulento, por más renombre y prestigio que pretenda tener. Puesto que nada existe, ni se encontrará jamás, que sea estable ante el fuego, excepto la única humedad mercurial metálica, la cual se vuelve uniforme ya sea por el arte o por la naturaleza; tal como testifican de sobra GEBER, ARNALDO, BERNARDO y todos los filósofos sensatos y eruditos.
Sin embargo, si se encontrara alguien a quien esta verdad nuestra, simple y al desnudo, le pareciera deforme, que se quede entonces con su perseguidora: la mentira de vistosos colores, y…[12]
Prefacio. 269
que les vaya bien con ella. No es de extrañar que una prostituta sea más valorada que una matrona respetable. Pues la verdad ha sido odiada desde el principio de los tiempos; en parte porque, como hija del Altísimo, se regocija en su propia nobleza y desprecia los adornos postizos y las alabanzas ajenas; y en parte también porque los hombres, debido a su naturaleza corrompida, aman más el fraude de falso brillo y las mentiras astutas que la verdad pura y al desnudo. Por el contrario, Satanás propaga su progenie por doquier: las mentiras pintadas de vistosos colores y cubiertas con máscaras. De modo que no le falta razón al dicho popular de que la única verdad necesita de más patronos y defensores para ser escuchada, que un centenar de supercherías y burdas mentiras directas. A pesar de estas espinas que se interponen en el camino, he presentado aquí la verdad natural en un breve compendio ante las altas dignidades, para que por fin se cumpla su deseo y no sigan blasfemando contra este arte celestial. Que lo comprenda quien pueda; esto no ha sido escrito para todos, sino únicamente para las personas elogiadas por su virtud. Créalo quien quiera; el tiempo venidero pondrá de manifiesto qué hay de cierto en ello, y quién ha sido aquel PANTALEÓN, el que todo lo disuelve.[13]
270 El Capítulo I.
El Capítulo I.
Explica qué es la Alquimia
y cuál es la materia que
le corresponde.
Aquellos que derivan el origen de la palabra Alquimia del término griego Hals (Ἅλς), que significa sal, y de cheo (χέω), que significa «yo vierto», no la atribuyen correctamente al arte hermético; puesto que el fin último y principal de este no es tratar con sales, sino más bien con metales. En la composición natural de los metales no entra ninguna sal, como tampoco ningún metal —en su verdadera disolución— desprende nada que sea sal propiamente dicha o que participe de su naturaleza; por cuanto el metal no consta de otra cosa que de mercurio, arsénico y azufre, tal como confiesan GEBER y todos los filósofos sensatos. Que por medio del agua Alcahest —en su calidad de verdadera y única agua disolvente de los metales— se obtenga de ellos algo con apariencia de sal, se aclara sabiendo que aquello que se asemeja a una cosa no es necesariamente esa cosa misma. Pues todas las sustancias salinas poseen un sabor ácido, salado o una mezcla de ambos.[14]
El Capítulo I. 271
…Pero a partir de los metales no se puede obtener nada semejante por sí mismo, aun cuando adopte la apariencia de una sal. Del mismo modo, el agua corrosiva —a la que VAN HELMONT denomina el «fuego infernal»— deja ver en su interior una forma similar al salitre que, sin embargo, carece de sabor y no contiene sal alguna. Ahora bien, si alguien, mediante la adición de ciertas materias, pretendiera transformar los metales en sal y por ello quisiera llamar Alquimia al arte espagírico, que se quede con esa clase de Alquimia; para nosotros tal vía es demasiado costosa. Con este sentido, un crítico burlón (Spottvogel) describió no sin gracia la Alquimia diciendo que «es un arte sin arte, cuyo principio son mentiras, su medio el trabajo y su final la mendicidad». Sin embargo, aquellos que toman esta palabra no en un sentido estricto, sino amplio, y la nombran a partir de la parte menor de su propósito principal, comparten nuestra opinión. Pues en la sal se halla el principio y la entrada; sin la sal no se abren las puertas del cielo hermético, tal como confirman aquí y allá los sabios maestros.
Por lo tanto, nosotros definimos el arte espagírico —que con una sola palabra se denomina Alquimia— como un arte para mejorar los metales inferiores y elevarlos a la condición de oro o plata. La materia que se toma entre manos en este arte,[15]
272 El Capítulo I.
…es cualquier metal. La obra emprendida es la tintura. El fin último es el oro. Ahora bien, puesto que el significado del «de dónde» y del «hacia dónde», al ser considerados como cosas contrapuestas, pertenecen a un mismo género, se deduce por necesidad racional que la cosa elegida para el arte de la transmutación debe pertenecer al mismo género que su objetivo final; tal como indica también la regla de los antiguos sabios: «Del fin de cualquier propósito brota su mismo principio». Asimismo, aquello de lo que pende el principio de una cosa es lo mismo en lo que debe esperarse su crecimiento. Por esta razón enseña Sendivogius: «Si quieres hacer metales, haz que tu principio sea un metal, pues por medio del metal se hacen los metales». Y RIPLEY en Las doce puertas insiste en que no se debe buscar el oro y la plata fuera de su propio género. Él mismo afirma también en su Libro del mercurio y de la piedra de los sabios: «Une, por tanto, un género con su género y una estirpe con su estirpe, y que no se tome lo uno sin lo otro, ni ninguna cosa extraña (o contrapuesta) que se halle fuera de su género y de la estirpe a la que pertenece». Sin embargo, él habla aquí de la especie, no porque los metales estén esencialmente diferenciados según sus géneros, sino únicamente en lo que concierne a su cocción y de forma accidental. Al contrario, él ordena que…[16]
Examen Alquímico. 273
…se debe unir el oro, como una especie, con el mercurio, como proveniente de su propia estirpe, el cual ha sido conducido a la naturaleza del oro, es decir, hecho uniforme con él. A partir de ese momento ya no es un mercurio común, sino un metal filosófico, tal como testifica BERNARDO: «Los metales comunes siguen siendo comunes mientras conserven su forma habitual. Por lo tanto, esta debe ser alterada y reducida a la Materia Prima».
Por consiguiente, el objeto con el que opera la alquimia es una materia metálica, tanto en su forma como en su sustancia, ya que su objetivo —a saber, el oro— es asimismo un metal. Pero cabe preguntarse más allá: dado que existen diversos metales y cuerpos metálicos, ¿de cuál de ellos debe extraerse dicha materia? A esto responde el conde de Treviso, BERNARDO, que se puede obtener de todos ellos, pero de uno más fácilmente que de otro. Existen, no obstante, dos metales de los cuales se puede extraer de la manera más próxima; lo cual confirma SENDIVOGIUS cuando dice: «En todos los metales se halla oculto nuestro punto central; pero en algunos está cerrado con demasiada fuerza, y en otros la vida se te quedaría corta antes de que lograras extraerlo. Sin embargo, nuestro mercurio posee principalmente dos palacios en los cuales él…»[17]
274 De Pantaleón
…concede audiencia a los sabios. Y ARNALDO en el Espejo de la Alquimia dice: «La obra maestra se elabora a partir de una sola cosa: esta materia se encuentra en una montaña que es más alta que el mundo; la pueden obtener tanto los pobres como los ricos; se arroja a la calle, y cualquier cosa que se compre cara no es útil para este fin». GEBER, por su parte, afirma en su Summa: «Es una medicina que ha tomado su origen de la materia del mercurio. Sin embargo, la materia del mercurio no es este mismo en su naturaleza común, ni en la totalidad de su esencia independiente, sino que ha sido únicamente una parte del mismo». Y RIPLEY en el Libro del mercurio y de la piedra filosófica: «Nuestra materia es la más excelsa entre todas las cosas que existen en esta tierra, y es de muy escaso valor. Es una tierra repugnante (o sucia); en ella encontrarás nuestra agua clara, y después dicha tierra ya no servirá para nada más». Y MORIENO: «Todo lo que se compra caro es inútil para este arte». Y ALÍ: «La materia de la piedra se encuentra entre los pobres y los ricos, entre los que caminan y los que están sentados». ROGERIO BACON, sin embargo, rechaza todos los metales y dice expresamente que a partir del oro y de la plata nada se puede extraer debido a su fijeza. Los demás metales, en cambio, serian impuros e imperfectos: pues nadie da lo que no tiene. Él recomien…[18]
Examen Alquímico. 275
…recomienda, en cambio, una materia innombrada que está compuesta de un mercurio y un azufre puros, sobre la cual la Naturaleza ha operado poco o casi nada, y a la que ha dado la forma de un bloque denso. A esto se adhiere Paracelso en el Libro de la Transmutación, y la denomina su electrum mineral inmaduro, y no una sustancia que ya sea perfecta y metálica. Lo mismo sostienen también el gran y el pequeño Bauer, entre otros. Lo contrario afirma Richardus Anglus, quien dice expresamente: «El arte descompone (o rompe) el mercurio metálico y lo vuelve a reconstituir, desde los pies hasta la cabeza, en una forma de su ser mucho más sutil de lo que era antes». Ahora bien, ¿qué comentador logrará conciliar las opiniones contrapuestas de estos maestros de modo que ninguno pierda su prestigio? Nadie, a menos que sea aquel que conozca con exactitud todas y cada una de las materias elegidas sobre las cuales ellos han fundado sus opiniones.
Por lo tanto, debe grabarse con un estilo de hierro lo que Geber afirma en su capítulo 28: «Existen varios caminos para alcanzar una misma meta, a saber: la vía seca y la vía húmeda». De lo cual se deduce que también se les debe asignar una doble materia, como no es difícil concluir a partir de los testimonios citados. Sin embargo, se debe hacer nuevamente una distinción entre la materia remota y la materia próxima o verdaderamente correspondiente. Cada…[19]
276 De Pantaleón
…[cada] una es, en consideración a las vías, muy diferente; pero estas no.
Pues para la vía húmeda —la cual recorrieron PARACELSO, ROGERIO BACON, BASILIO VALENTÍN y el gran y pequeño Bauer—, la Naturaleza misma ha producido una cierta materia mineral remota. Sin embargo, la ha dejado imperfecta debido a la falta de unión entre la parte activa y la pasiva. En ella se halla contenida nuestra materia próxima: la raíz metálica mercurial, la cual se presenta bajo la apariencia de un nacimiento prematuro (u aborto), en medio de una hidrofilia o liquidez de aspecto lechoso, razón por la cual se la denomina, de forma muy sugerente, leche de virgen (lac virginis).
Este jugo de aspecto lechoso, pesado y semimetálico, encierra en sí los primeros filamentos o la forma metálica. No difiere del mercurio líquido común de manera esencial, sino meramente accidental, afectando solo a su grado de cocción, a su densidad (espesor) y a su uniformidad. Pues dado que el mercurio líquido es un metal, lleva consigo su propio agente solidificante (coagulatore); a saber, un abundante azufre arsenical, de tal modo que no sería erróneo llamarlo un «arsénico fluido». En cambio, aquel jugo humectante (que moja) —que aún no ha alcanzado la perfecta coalescencia de su cuerpo de aspecto acuoso— se halla mezclado con muy poco azufre arsenical, el cual fácilmente…[20]
Examen Alquímico. 277
…[de él] se separa y se vuelve uniforme.
La materia remota, que pertenece a la vía seca —la cual recorrieron Geber, Arnaldo, Bernardo, Sendivogius, el más reciente Filaleto y muchos otros, tal como se puede apreciar en los testimonios citados—, es cualquier metal. De qué modo y manera se debe abordar esta materia elegida y cómo se debe tratar con ella para extraer de allí el mercurio de los filósofos, lo examinaremos brevemente. Se ha dicho que la cosa que se toma entre manos en el arte de la transmutación, a saber, el cuerpo metálico mercurial, debe concordar en su origen con su objetivo final, que es el oro. Los metales inferiores (untern Metall), en contraste con el oro, poseen una diferencia peculiar, externa y accidental, que proviene de la mezcla de componentes extraños y de una falta de cocción. Por lo tanto, uno debe esforzarse principalmente en eliminar dicha diferencia para mantener puro el origen primigenio. Puesto que el oro es de una esencia completamente pura, y no es otra cosa que un mercurio que, mediante una cocción prolongada, ha sido separado de su azufre arsenical y condensado por su propio azufre sumamente puro, con la ayuda de un calor externo moderado. Si, por consiguiente, la materia elegida de la…[21]
278 De Pantaleón
…[de la] transmutación debe ser de una misma e idéntica condición en su origen y esencia con el objetivo final —a saber, el oro—, tal como se ha demostrado; se deduce necesariamente que, sea cual fuere el mercurio que se elija para esta obra maestra, este debe ser sumamente puro y completamente uniforme, y debe poseer en sí la naturaleza misma del oro, con la única excepción de que el oro está firmemente cerrado (sólido), mientras que este mercurio es volátil; algo con lo que concuerda plenamente toda la escuela de los sabios. Pues así habla, entre otros, Bernardo al respecto: «Cada cosa requiere de otra que le sea semejante para poder ser engendrada y multiplicada». «Puesto que la naturaleza se multiplica únicamente dentro de su propio género y condición, y en ningún otro». «Pues de este mismo modo un metal multiplica al otro».
Cualquier mercurio, y especialmente el común, es de una naturaleza compuesta (desigual) y encierra en su interior una cantidad increíble de una muy persistente tierra arsenical, mezclada con un poco de agua sulfurosa sumamente fétida. Sin embargo, cómo separar esta dualidad contaminante para rescatar la simplicidad metálica original, es algo sumamente difícil de poner en práctica. Ciertamente, los antiguos sabios idearon un camino doble para ello; pero dado que sobre este secreto descansa el fundamento de todo el edificio hermético, ambos han permanecido ocultos hasta el día de hoy, siendo conocidos únicamente por los poseedores de la tintura; si bien estos fueron en parte descritos por Ge=…[22]
Examen Alquímico. 279
…[Ge]ber y Bernardo describieron y alabaron. Pues la razón humana, tras la Caída, ha quedado tan profundamente oscurecida que ni siquiera es capaz de conocerse a sí misma, y mucho menos a los metales. Puesto que la mayoría, a pesar de tratarse de personas instruidas, cuando escuchan que el mercurio común es idéntico a los otros metales inferiores —el cual debe tomarse entre manos en el arte del oro, y a partir del cual se debe extraer el tan codiciado mercurio de los sabios—, se quedan de tal manera estupefactos como si les hubiera partido un rayo, y enmudecen ante la enorme diferencia que perciben entre el objeto elegido y el fin propuesto. Debido a ello, consideran todo este arte como una fábula (cuento de mar) y un sueño de gente ociosa, atribuyéndolo a la manipulación del sapientísimo gran maestro de este arte secreto. Pues ellos razonan de la siguiente manera: «Si el mercurio común y los demás cuerpos inferiores pueden transformarse en el mercurio de los sabios, ¿cómo es posible entonces que tantos operarios de laboratorio no logren alcanzar su objetivo? Siendo que para cualquiera es de sobra conocido cómo se suele sublimar el mercurio y cómo se purifica mediante sal, vinagre, cal viva y toda clase de sales». Y dado que hasta ahora no han conseguido nada con semejante trabajo, deducen por tanto que los sabios maestros deben referirse a otro tipo de mercurio, y no al común. Por este motivo, aquellos que entre estos poseen algo más…[23]
280 De Pantaleón
…[pretenden] comprender, dado que no han sabido ocultar la frustración que les ha producido el mercurio metálico, se han puesto en ridículo ante toda la posteridad al afirmar en sus escritos que, por más ingenio que se aplique al trabajar con el mercurio común, jamás se podrá transformar en el mercurio filosófico. Lo cual, sin embargo, es ridículo y completamente falso, por cuanto en toda la naturaleza metálica y mineral existe un solo y único mercurio.
No obstante, existe en él mismo, de forma accidental en lo que respecta a su pureza, una diferencia colosal. Sea cual fuere el mineral o metal del que se extraiga el Mercurius —exceptuando únicamente al oro—, este se presenta siempre de una condición impura y requiere ser preparado conforme a las reglas del arte; tal como Sendivogius confiesa en su Diálogo, donde el propio Mercurio habla en persona de sí mismo con estas palabras: «Mi corazón es siempre puro, pero mis vestiduras son sumamente feas». Si estos incrédulos tomistas vieran tan solo una vez cómo se prepara nuestra materia prima conforme a las reglas del arte, comprenderían sin duda que nuestros antepasados no emprendieron un trabajo tan sumamente tedioso por puro pasatiempo, y que esa misma tierra venenosa (gifftige Erde) que es separada del núcleo del mercurio es la causa única y exclusiva de que este no pueda unirse profundamente con el oro…[24]
Examen Alquímico. 279
…y mediante la unión [con el oro] pueda entrar en el proceso de putrefacción; al contrario, ante un fuego más intenso, precipita transformándose en un polvo rojo. Estos dos métodos para preparar los mercurios los he expuesto a partir de Geber y Bernardo en mi Tumba Hermética. Aquel que sea un maestro experimentado en el manejo del fuego no requerirá de instrucciones más claras. Escribo aquí para los grandes señores, quienes rara vez ponen manos a la obra por sí mismos, sino que planean viajar en pos del vellocino de oro mediante el esfuerzo de otras personas.
Es suficiente con saber que la materia elegida de la alquimia, o el mercurio de los sabios, debe ser de origen estrictamente metálico. Da exactamente lo mismo si se extrae de uno o de varios metales, ya que en la preparación filosófica, aparte de la unidad pura y simple, no sobrevive nada que pertenezca a un género específico. 2. Que debe ser uniforme y estar limpio de toda escoria (inmundicia) sulfúrica y venenosa. 3. Que se presenta de dos maneras: el humectante (que moja) y el no humectante, o bien el fluido y el corriente. 4. Que cuando se mezcla con oro o con otro metal, fuera del fuego debe convertirse en un bloque sólido (harten Klumpen), el cual vuelva a ablandarse con facilidad ante el fuego, hasta transformarse en un mercurio puramente compuesto. Y 5. Que la tierra venenosa y sulfúrea debe ser separada de él en gran cantidad, y que sin operaciones prácticas (maniobras) especiales y artificiales…[25]
282 De Pantaleón
…[que] pueda ser conducido a la forma de un mercurio.
A partir de esto, considero que se comprende de sobra qué es la alquimia y cómo debe estar constituida la materia que le corresponde. Aquel que todavía no haya captado la verdad de este asunto, sino que aún albergue dudas, es porque busca con excesiva y [obsesiva] minuciosidad, y bien puede quedarse a solas con sus pensamientos.
El Capítulo II.
Describe el color de los metales.
Una vez que se ha tratado suficientemente sobre la materia perteneciente al arte de la transmutación —como su pilar principal—, sigue ahora el objeto, el cual es la tintura misma, la que describo brevemente de la siguiente manera: «La tintura metálica no es otra cosa que el azufre del oro, el cual, mediante una cocción debida, ha sido elevado (o refinado) dentro de su propio mercurio». Al llegar a esta descripción, se presenta una pregunta de suma importancia: «¿Es el oro un cuerpo uniforme de forma absoluta (literalmente: de malas maneras), o solo de cierta manera?»
Para la explicación de esta pregunta se requiere un conocimiento profundo del mercurio, por cuanto el oro no es otra cosa que un mercurio que, por acción del calor, [ha sido despojado] de su [azufre] inter…[26]
Examen Alquímico. 283
…[inter]no de su azufre, y con la ayuda de un calor externo moderado, ha sido completamente cocido y condensado. Por lo tanto, se ha de saber que el mercurio común, así como cualquier otro, consta en cuanto a su materia de mera agua elemental, y que todo este ser compuesto no es otra cosa que agua y fuego unificados entre sí. La prueba de ello radica en que el mercurio puede volver a disolverse en estas mismas partes, ya sea mediante un fuego intenso, mediante la destrucción de su semilla astral ígnea, o bien por medio de un agua elemental afín a él; tal como se puede comprobar en las obras de Ludovico de Comitibus y Van Helmont, varones sumamente célebres, entre los cuales este último se lamenta repetidas veces de la pérdida y destrucción de su Alcahest líquido al entrar en contacto con sustancias de su misma condición. El primero, por su parte, confiesa con palabras expresas que ese mismísimo jugo fluido —el cual no es otra cosa que un mercurio uniforme transformado en agua— se destruye en un abrir y cerrar de ojos al añadirle agua elemental común, convirtiéndose de igual modo en un agua elemental sobre la que flota una grasa sulfúrea acre, a pesar de que el mercurio es en sí mismo eterno e incorruptible, y no padece lo más mínimo por acción de ninguna otra cosa. En segundo lugar, se ha de observar que la forma esencial interna del mercurio es semejante al elemento de las estrellas, las cuales son de naturaleza ígnea. Puesto que los cuerpos celestes proyectan continuamente sus corrientes…[27]
284 De Pantaleón
…[íg]neas hacia el centro de la Tierra, y tras ser reflejadas (rebotadas) desde allí, ascienden de nuevo sin cesar a través de la corteza terrestre; y en este trayecto, se condensan (coagulan) juntas dentro del cuerpo del agua elemental. A partir de esta coalescencia brota ese mismo y prodigioso primer metal que llamamos mercurio (Queckſilber), el cual es posteriormente penetrado y cocido aún más por el calor interno. Por esta razón, las minas de mineral son más ricas en las profundidades que en la superficie, debido a que allí el calor es más potente y, por consecuencia, se opera una mayor separación de las partes inútiles; puesto que únicamente por medio de este calor se engendra el oro a partir del mercurio. El hecho de que muchas impurezas extrañas se mezclen en esta confluencia ocurre de forma accidental, sin que sea la intención del principio activo; aunque bien es cierto que ayuda no poco a la fusión de la cosa creada, y por ello se incorpora de buen grado en el proceso. Por otra parte, el peso del mercurio procede, bien de una propiedad natural singular implantada en la propia semilla del mercurio, o bien de la condensación y coalescencia del agua, lo cual resulta más creíble. Puesto que el peso debe provenir de un cuerpo que pese exactamente lo mismo, ya que de la nada, nada puede originarse. Por lo tanto, el agua elemental es comprimida por un [agente] singu…[28]
Examen Alquímico. 285
…[sing]ular azufre astral, en un cuerpo oscuro y pesado que es denominado mercurio. Este mismo, sin embargo, se transforma posteriormente —mediante una cocción ulterior y el descarte de sus componentes superfluos— en oro, como el fin último de la naturaleza metálica, de la siguiente manera: en el mercurio metálico se esconde un fuego oculto; en el exterior, rodeándolo en el interior de la tierra, existe del mismo modo un calor real, el cual no es otra cosa que pequeños corpúsculos (o polvillo) sulfúreos e ígneos que se hallan presentes en abundancia dentro de las minas. Puesto que el fuego celeste y el fuego terrenal pertenecen a una misma estirpe, y lo semejante tiene la propiedad de penetrar en su semejante, este calor externo se une gradualmente a dicho azufre mercurial y adopta en él un cuerpo. Mientras esto ocurre, se separan los otros azufres terrenales toscos que, precisamente por esa misma razón, buscaban allí afinidad («amistad»). Cuando finalmente estos, tras un largo período de tiempo, han sido separados por completo, el núcleo blanco como la nieve del mercurio —el cual ha sido vuelto aún más ardiente por el fuego puro interno— es condensado en un cuerpo ígneo. De lo cual se deduce que el oro es uniforme en comparación con otros metales imperfectos, pero no lo es en comparación con el mercurio uniforme, debido a que este último encierra en sí mismo una mayor cantidad de fuego corporal que el mercurio vivo común, el cual se vuelve uniforme ya sea por el arte o por la naturaleza…[29]
282 De Pantaleón
…[uni]forme. Mas dado que este calor activo —que ha sido comprimido enérgicamente dentro del azufre mercurial y se ha vuelto corpóreo— es accidental y no se ha unificado de forma tan íntima con la materia acuosa del cuerpo mercurial como lo está el azufre esencial del mercurio; por esta razón, dicho azufre del oro puede ser separado mediante el arte, a veces destruyendo y a veces sin destruir el cuerpo del oro. Esto le parecerá extraño a más de uno, a pesar de que es la pura verdad. El hecho de que el fuego se vuelva corpóreo en ciertas materias y aumente su peso, se comprueba cuando uno convierte en cenizas (calcina) el régulo fundido del antimonio bruto por medio de un espejo ustorio (lente de combustión). No profundizaré más en esto, pues de lo contrario podría citar a toda la Antigüedad, la cual comparte mi opinión.
Regresemos, por tanto, a nuestra labor emprendida sobre la tintura, la cual, fuera de toda duda, se elabora a partir de oro y de un mercurio corriente o líquido uniforme, sin aditivo de ninguna otra cosa; de lo contrario, no sería estrictamente necesaria la homogeneidad de ambos, algo que ARNALDO advierte seriamente al final de su Rosario cuando afirma: «No añadáis agua, ni polvo, ni ninguna otra cosa a la piedra, pues nada entra en ella que no haya salido de ella previamente; es más, si se le añade algo extraño, será…»[30]
Examen Alquímico. 287
…al instante se destruye su fuerza, y no resultará de ella lo que se busca. Para sostener, sin embargo, la extensa descripción de la tintura, se debe explicar más adelante cómo aquel azufre del oro —que por naturaleza ha sido incorporado al mercurio frío del cuerpo áureo— debe ser refinado (elevado) y multiplicado, lo cual se realiza de la siguiente manera: cuando el cuerpo puro del oro se unifica en la proporción de peso debida (gebührlichem Gewicht) con el oro volátil y uniforme que ha sido preparado por el arte; entonces lo volátil comienza a penetrar lo estable (fijo) y a hacerlo semejante a sí mismo por dos medios: por su sutilidad (delgadez) y por su mayor cantidad. Mas dado que esto no puede ocurrir sin calor, el principio activo comienza por tanto de nuevo el viejo juego, y se une poco a poco (gradualmente) con su semejante; a saber, con el azufre que antes se hallaba en él, multiplicándolo más en su virtud (fuerza energética) que en su tamaño real. Esto sucede sin impedimento alguno por parte de la densidad de los vasos de vidrio, y mediante la penetración de un cuerpo a través del otro, debido a su extrema sutilidad. Por esta razón, los sabios maestros llamaron también a su piedra o tintura «un hijo del fuego» y «una piedra de fuego», puesto que procede originalmente de él. De estos fundamentos previamente expuestos se deduce que en toda la naturaleza metálica solo existen dos tipos de transmutaciones: una operada por la naturaleza, la cual se realiza mediante una cocción que consiste en el descarte de los componentes superfluos. La…[31]
288 De Pantaleón
…[La] otra es la del arte, y se realiza mediante la iluminación de la totalidad de la parte mercurial en los metales. La diferencia consiste en lo siguiente: que la Naturaleza altera únicamente el punto central uniforme dentro del mercurio; el arte, por el contrario, ilumina y eleva a una condición más digna a todo el cuerpo del mercurio, sin necesidad de separar los componentes superfluos, gracias a la luz inefable de la verdadera tintura. La causa de tal diferencia radica en que la transformación de la Naturaleza, debido a la debilidad de su principio activo, se consuma poco a poco y tras un largo período de tiempo. En cambio, la transmutación operada por el arte ocurre en un abrir y cerrar de ojos, a la manera de una iluminación instantánea. Puesto que lo mismo que realiza la luz expandida, lo ejecuta también la luz concentrada y estable dentro de la materia adecuada. Esta iluminación afecta tanto a la parte pura como a la impura dentro del cuerpo mercurial, debido a su excelencia y a su increíble sutilidad; y con la ayuda de una mezcla profunda de ambas, lo penetra todo como un rayo, iluminando y elevando al mismo grado de pureza a la parte impura, la cual, en comparación con el núcleo acuoso puro del mercurio, actúa como una tierra, a pesar de que ambos componentes constan de agua en cuanto a su sustancia. De tal modo que el oro así fabricado, mediante una reducción artificial inversa, desprende de sí exactamente el mismo mercurio uniforme que el oro natural.[32]
Examen Alquímico. 289
…Este secreto trabajo lo explicaré mediante la introducción de un ejemplo ciertamente contrapuesto (o inverso) de la siguiente manera: si es posible que los azufres arsenicales toscos y venenosos —sin mezclar la parte terrenal del mercurio (cuya tierra impura, no obstante, está unida originalmente y en lo más íntimo con el otro núcleo de aspecto acuoso dentro del mercurio, habiendo brotado de ese mismo y único elemento)— puedan ser extraídos de su cuerpo compuesto casi en un abrir y cerrar de ojos, precipitados y transformados en una tierra completamente estable que jamás pueda retornar a su forma anterior; entonces se deduce también —puesto que entre cosas contrapuestas rige una misma consecuencia lógica, aunque con una diferencia— que los azufres puros, celestiales, iluminadores y sutilísimos, mediante la mezcla de su cuerpo sulfúrico y mercurial, pueden restituir esa misma esencia impura, devolverla a su elemento acuoso y, a partir de ahí, continuar transformándola. Pues la restauración y conservación de lo semejante es mucho más fácil que la transformación de algo homogéneo en algo heterogéneo. Ahora bien, dado que lo primero es verdadero, por lo tanto, lo segundo también es verdadero. Lo primero lo puedo demostrar palparmente (handgreifflich) todos los días; lo segundo, en cambio, es de sobra conocido en todas partes por la frecuente transformación del mercurio común en lo que respecta a su peso.[33]
290 De Pantaleón
El Capítulo III.
Aborda el fin último.
Tras haber examinado el objeto del Arte Hermético, resta aún por considerar su fin último: a saber, el oro. Puesto que este ha sido explicado suficientemente arriba, no añadiremos nada más, excepto recordar de paso que, cuando se utilicen láminas de oro (pan de oro) para la amalgamación, no se deben tomar las hojuelas de oro comunes, debido a que estas se hallan mezcladas con cobre o con plata, lo cual traería un daño no menor a toda la obra. Existe ciertamente otra clase de oro, denominado el oro filosófico, el cual es sumamente elogiado por los sabios: este difiere ampliamente del oro natural, no por su esencia interna, sino en lo que respecta a su estabilidad (o fijeza); puesto que no es otra cosa que un mercurio filosófico fuertemente condensado y fijado. Este oro es considerado por los sabios maestros como el más apto para su breve y secreto trabajo, tal como GEBER da a entender cuando afirma: «Si lograras realizar la obra partiendo únicamente del mercurio, serías el descubridor de una obra maestra sumamente preciosa». No obstante, dado que el mencionado oro es llamado oro únicamente a modo de parábola (alegoría), y no constituye el fin último de nuestra alquimia, no queremos añadir nada más al respecto.[34]
Examen Alquímico. 291
…Aquí tiene el lector benévolo la ciencia entera que adorna a un verdadero y sabio maestro, separándolo de la muchedumbre corrompida de los alquimistas comunes: quien domina este arte, no solo en la teoría científica, sino también en la práctica misma del laboratorio, es llamado un auténtico poseedor de ella; esto es, un perfecto maestro blanco y médico, tanto de la naturaleza humana como de la metálica. Solo de él es verdadera aquella sentencia de HIPÓCRATES: «Un médico legítimo es digno de ser estimado como un hombre muy valioso por encima de muchos otros». No obstante, puesto que las cosas contrapuestas se comprenden mucho mejor cuando se colocan una al lado de la otra, se debe delinear también qué es lo que prometen los falsos maestros —los alquimistas comunes— y cómo ejecutan su supuesta transmutación. Y dado que son, por lo general, gentes indoctas e incapaces de aprender, procedentes de toda clase de plebe desocupada (ganapanes), se aplica muy bien a ellos esta conocida rima:
Casi cualquiera hoy en día quiere llamarse alquimista:
el tosco idiota, el joven junto al viejo cronista,
el barbero-cirujano, la anciana en su hogar,
el consejero bufón, deseoso de hablar,
el monje de cabeza rapada en su altar,
el sacerdote y el soldado en su marchar.[35]
292 De Pantaleón
…Porque, por consiguiente, al no mantener tales gentes un orden correcto, caen como borrachos en las minas, agarran una cosa en lugar de otra y piensan para sí: «tomo esto, aunque no sé qué es, y hago con ello no sé qué cosa». Es verdad que todos ellos se han propuesto un buen fin último y se deleitan en ello; pero dado que no conocen el principio, tampoco logran encontrar el final.
El Capítulo IV.
Relata diversas materias falsas.
Para que podamos tratar con cortesía a estos falsos embaucadores, realizaremos una comparación entre el variado remiendo de los falsos maestros y la única y simple materia elegida por los verdaderos maestros, la cual es con toda certeza un ser uniforme, metálico y mercurial. Ahora bien, la materia prima más elegida por los alquimistas comunes desde hace algunos años ha sido el vitriolo o el agua de cobre en la totalidad de su sustancia; lo han purificado, endulzado, e incluso, para que resultara exitoso, lo han conducido a través de múltiples cambios de color hasta otorgarle la apariencia de un rubí transparente. Sin embargo, en lo que concierne a la obra emprendida, ellos [36]
Examen Alquímico. 293
ciertamente obtuvieron una tintura, pero útil para los paños (telas) y no para los metales, teniendo como resultado final cobre en lugar de oro. Sin embargo, para que no se les considerara como si hubiesen trabajado sin entendimiento y fuera de las huellas de los antiguos, recurrieron a la conocida máxima latina: «Visitando Interiora Terrae, etc.», que en alemán significa: «Investigando las entrañas de la Tierra, encontrarás en ellas la piedra oculta, la verdadera medicina»; (máxima a partir de cuyas letras iniciales en latín dedujeron y explicaron la palabra Vitriolum, esto es, agua de cobre, aplicándola al vitriolo común). Al ver que no resultaba de ello ningún efecto extraordinario, le echaron toda la culpa al vitriolo, afirmando que este no se hallaba suficientemente «embarazado» (fecundado) con la esencia primigenia del oro, teniendo por tanto el maestro que buscar otro material más eficiente, sirviéndose de esto como una mera excusa.
A este le ha sucedido el antimonio bruto (Spießglas), llamado en latín Antimonium, cuyo origen derivaron e interpretaron a partir del griego como si significara «la flor de todos nosotros», a saber, de los metales. En ese momento creyeron que ya habían atrapado a la liebre, y que tenían en sus manos, junto con el nombre, la obra misma, según aquellos versos:
A menudo coincide en gran manera
el nombre con la obra verdadera.[37]
294 — De Pantaleón (Pantaleonis)
Por lo tanto, han buscado ante todo la parte dorada de esta misma cosa, a saber, el azufre áureo; unas veces a partir de las lejías, mediante precipitación, y otras a partir de su vidrio, mediante la extracción de diversos jugos; y se han maravillado de sus colores casi hasta volverse locos. Lo han fijado ante sí y, con un añadido, han intentado darle una entrada, procurando envolver con un manto al platino (plata) o al mercurio precipitado; y esto propiamente por la razón de que Basilio Valentín y otros dicen que el oro se purifica mediante el antimonio (vidrio de antimonio), porque este proviene de su propia sangre.
Por lo cual, no consideraban inútil extraer esa misma sangre e infundirla en la plata. Otros han volatilizado este azufre para que adoptara la naturaleza de un espíritu, pues habían oído que los sabios maestros llamaban a su mercurio un «espíritu sutil y penetrante», ya que de otro modo no podría atravesar ni volver sutil al oro firmemente cerrado. Otros han martirizado esta materia de una manera distinta y diferente, cada uno según su necia cabeza; hasta que, finalmente, todos han hallado para su propósito final una escoria inútil y una plata inalterada. Muy pocos han sido tan afortunados de pensar que, si algo bueno y metálico yace oculto en el antimonio, esto mismo debe buscarse en su mercurio, como su parte más pura. Y aun si ellos lo hubieran sabido…
[Página] 295 Examen Alquímico.
…lo hubieran sabido, muy pocos han sido capaces, hasta el día de hoy, de separar ese mismo conocimiento.
Después de esto, dieron con el arsénico común, y de él fabricaron unas veces rubíes, otras perlas, mercurio y otras fruslerías semejantes, hallando en ello, como fin último, el término de sus vidas. Y para que la posteridad no se viese privada de semejante tesoro, uno de estos sofistas, polaco de origen, publicó en París un tratado sobre esta excelente materia bajo el título de La Piedra Filosofal. Tampoco dejaron sin martirizar a las marcasitas y al mineral de cinabrio, pues pretenden obtener de ellos un agua mercurial prodigiosa y un mercurio casi dorado que tiñe de amarillo una cuchara de plata. Esta cocción supuestamente áurea la mezclan luego con oro verdadero; y finalmente, si el oro permanece inalterado durante un año y un día, lo vuelven a vender. Hace ahora unos veinte años, un escritor anónimo, que se hacía llamar «el gran y el pequeño campesino», mandó publicar un libro hermoso pero muy críptico sobre el plomo filosófico, en el cual mezcló diligentemente el mineral de plomo común con el filosófico, obteniendo el resultado deseado. Es casi imposible describir el gran alboroto que se armó entonces por causa de este mineral de plomo en casi todos los laboratorios de destilación de los alquimistas.
296 [Tratado de] Pantaleón
Este pretendía saber cómo extraer el alma blanca, y aquel el alma roja, utilizando vinagre y otras aguas; en una palabra, la Gran Obra Universal se realizaba a partir de este mineral únicamente sobre el papel, ya que el mismo no resistía la prueba del fuego. Cuán miserablemente fueron todos engañados, es ya de sobra conocido.
¿Y qué he de decir del hierro? Este es verdaderamente un guerrero belicoso que ha derribado y derrotado a muchos alquimistas. Es cierto que se hiere con facilidad y derrama sangre. Sin embargo, dado que su vida no reside en su sangre, sino en un jugo mercurial uniforme que custodia con mucha mayor fiereza que los grifos a su oro, erraron gravemente al creer que con él podrían vivificar la plata; por el contrario, lo que hicieron fue volverla completamente inerte y melancólica a causa de esa abundante sangre marcial. Así comprobaron la veracidad de lo que decía GALENO: que el exceso de sangre vuelve a uno tonto y necio. Admito ciertamente que rara vez se encuentra hierro sin oro, al igual que ocurre con el plomo, y que por tanto se puede extraer todo el oro que contenga. Pero si de ello cabe esperar ganancia alguna, a eso digo que no. Por lo tanto, el que pretendan unir su azufre rojo y venenoso con la plata es una labor alquímica idéntica a las anteriores. Prefiero guardar silencio sobre la calamina, la hematita, el cobalto, la piedra de Armenia, el albayalde, el esmeril, el talco, el [plomo] común…[38]
Examen Alquímico. 297
…[azufre] común y cosas semejantes, materias todas ellas elegidas por los sofistas, las cuales son al mismo tiempo prueba fehaciente de su entendimiento. Con esto no pretendo afirmar en absoluto que sea imposible extraer nuestro Punto Esencial a partir de los cuerpos metálicos mercuriales que se tienen a mano; antes bien, solo digo que los sabios maestros poseen sus propias y particulares materias predilectas, y que disponen y ejecutan su labor de una manera completamente distinta y distante. Por el contrario, los sofistas dan palos de ciego en la penumbra, aferrándose ahora a esta materia, luego a aquella otra, hasta que la necedad completa su curso y solo queda lugar para el arrepentimiento. Es entonces cuando recurren a la típica excusa de los necios: «No lo habría imaginado».
Por lo tanto, para no quedar enteramente proscritos de la sociedad humana, y viéndose al fin obligados a mendigar algo de realidad a la propia verdad natural, nuestros alquimistas se propusieron fijar los minerales volátiles, aunque no en el sentido verdaderamente estricto de la palabra. Pero como esto les pareció una tarea demasiado ardua y difícil de asimilar, no se olvidaron de atribuir al oro maduro que se hallaba oculto en dichos minerales montanos una buena parte de oro inmaduro y volátil; pretendiendo con ello que no solo sabían cómo proteger lo que es estable frente a su volatilización,…[39]
298 [Tratado de] Pantaleón
…sino también de volver resistente al fuego, en pocos días, aquello que es volátil. Esta labor, dado que no carece de un fundamento aparente, ha sido bastante estimada hasta el presente; en cuya discusión debe observarse, en primer lugar, que la maduración y la preservación son cosas distintas. Para todos aquellos que saben cómo tratar los metales, es bien sabido que los azufres arsenicales y antimoniales son de una naturaleza hambrienta; y a menos que mediante una colada se les añada algo de minerales montanos que sacie su codicia —como piedras fundentes, sales vitriólicas, hierro, cal viva y similares—, atacarán al mismísimo metal perfecto y se lo llevarán consigo por completo.
Sin embargo, dado que la maduración es realizada por la propia naturaleza, mediante la acción del azufre astral que opera en el mercurio con la ayuda de un calor externo moderado, esta no puede completarse en tan poco tiempo. El arte [la alquimia], por cierto, ayuda a la naturaleza mediante la adición de ciertas sales que se oponen a dichos azufres. No obstante, no basta con la mera separación del azufre y las impurezas terrenales de la parte mercurial; antes bien, se requiere por encima de todo, y principalmente, una cocción natural lenta que debe prolongarse durante mucho tiempo. Por lo tanto, dicha maduración o fijación no debe rechazarse cuando llega el momento oportuno, sino…[40]
Examen Alquímico. 299
entregada a la naturaleza, y no de otra manera. Sin embargo, cuando aquellos que eran algo más astutos entre nuestros alquimistas se percataron de que esta maduración les traía poco provecho a sus cocinas, mientras que el maldito hambre de oro los acompañaba constantemente como una sombra, osaron de nuevo intentar alcanzar la elevada Obra Universal; y aplicaron toda su diligencia en leer, estudiar y trabajar para hacerse partícipes de tan inmensa bienaventuranza.
Y después de haber leído de cabo a rabo a todos los escritores verdaderos y sinceros, notaron con atención que todos ellos tocan siempre la misma melodía y ensalzan su mercurio. Por esta razón, guiados en última instancia incluso contra su propia voluntad, llevaron al mercurio común a su propio martirio; pues este constituye el fundamento y origen de todos los metales, ama al oro de forma única como a su semejante, y defiende tal opinión con otros cien argumentos más de los filósofos. No hay palabras para describir los martirios que ha soportado este pobre mercurio, y si no fuera una criatura tan incomparable, le habría resultado imposible salir con vida de tantas escaramuzas. Pues le han infligido más tormentos que los que Domiciano, Decio, Nerón y Diocleciano causaron a sus propios mártires. No importa cómo hayan querido tratarlo, o si hayan pretendido añadirle o quitarle algo, el mercurio no ha querido renegar de su fe, la cual ha sido…[41]
300 [Tratado de] Pantaleón
.y sigue siendo: engañar a los sofistas y obedecer a los maestros honrados. El propósito de ellos, sin embargo, ha sido purificar el mercurio de los cuerpos salinos mediante la sublimación, abrirlo con estos, elevarlo a lo alto, volverlo viviente y cosas similares, hasta que se volviese blanco como la nieve y dulce, y así disolviese el oro sin aspereza ni estrépito. Muchos de ellos, al haber oído que el principio de los metales es un agua limosa, añadieron aguardiente y otras sustancias, logrando provocar en él un limo semejante. No pocos lo han elevado a menudo por encima de los metales, limpiándolo así de su negrura para, finalmente, juntarlo con el oro. Aquellos que pretendían ser extremadamente listos se antojaron de un mercurio especial extraído del aire, de las sales, de ciertas plantas, y otros incluso procedente del país de Jauja. Algunos alabaron la labor de extracción del mercurio que se realizaba a partir del precipitado con oro. Otros lo redujeron a un agua, aceite y sal, y cosas afines; otros depositaron grandes esperanzas en su fijación. Pero todos ellos obtuvieron al final un mercurio inútil, precipitado e incluso vivo; el cual es un verdadero burlador de los alquimistas. Este triste juego se ha venido jugando en Europa hasta el presente, hasta nuestros días, y muchos de los que lo jugaron aún viven, aunque ya han terminado su partida y se han retirado a descansar.[42]
Examen Alquímico. 301
Habiéndoles el mercurio cortado ya tantas capuchas a nuestros alquimistas, estos se reunieron por tal motivo y convocaron, en años recientemente pasados, una Dieta Imperial; en ella despojaron al mercurio —por considerarlo un perturbador de la paz alquímica y un traidor a la patria— de todo su honor y dignidad, y lo desterraron para siempre. Se impuso además la pena de que, si alguien permitía de cualquier manera la entrada de mercurio en su laboratorio, sería considerado un perjuro y un rebelde, añadiendo como hermoso e irracional argumento que la causa era «por ser un metal». Pues resultaría ridículo que alguien pretendiera que un metal engendra a otro metal; además de que, por encima de esto, todos los sabios maestros sostienen expresamente, y han demostrado con claras razones, que su mercurio no es el mercurio común.
Pero para no quedarse desprovistos de todo tipo de mercurio, lo cual equivaldría a querer hornear pan sin harina, decidieron por unanimidad traer a otro en lugar del desterrado; y tras haber sopesado maduramente el asunto, y con la consulta de autores fidedignos —principalmente de SENDIVOGIUS—, eligieron públicamente al salitre para este regio oficio. Los hombres cultos que había entre ellos no tardaron en hacer saber a la posteridad, a través de sus escritos, qué cosa tan noble…[43]
302 [Tratado de] Pantaleón
.era este nuevo mercurio suyo, al cual habían elegido recientemente en lugar del mercurio común; puesto que este no solo coincidía con el mercurio desterrado en sus propiedades opuestas, sino porque también podía volverse resistente al fuego más pronto y con menor esfuerzo. Y es que estos destructores del oro no desean otra cosa sino plata fija y mercurio fijo, y a ser posible, muy pronto. Por cierto, de buena gana escribirían largo y tendido sobre las propiedades secretas y el alma carmesí de su mercurio electo —al cual llamaban el «avecilla hermética»— si el mundo desagradecido no se lo impidiera. Todos los demás han regresado a sus casas, y cada cual ha ideado un proceso particular según su propia cabeza. Muchos de ellos le han dado las buenas noches a su patria y se han marchado a Alemania, considerada la ciudad de la fortuna para los extranjeros y la casa de la perdición para los nativos; allí, hasta el día de hoy, siguen tratando el oro con salitre preparado, y prestan diligente atención, con gran consuelo, a diversos colores, pero muy especialmente al color púrpura. Saben muy bien que el salitre es la materia adecuada de la cual debe prepararse el mercurio de los sabios; pero si deben vender esta unión del oro con el salitre como la Obra Universal, o bien como una Obra Particular a príncipes y señores, es algo en lo que se encuentran…[44]
Examen Alquímico. 303
…[unánimes o divididos], siendo entre ellos todavía objeto de disputa. Algunos sostienen que esto bien podría pasar por la gran Obra Universal en su grado más alto; en primer lugar, porque el salitre se encuentra en los tres reinos terrenales, y Paracelso señala una materia triple para la Piedra. En segundo lugar, porque los sabios maestros, y en especial Hermes, escriben que ella se encuentra en todas partes y que es «llevada por el viento»; propiedades todas estas que corresponderían únicamente al salitre. No pocos calculan el asunto según sus propios bolsillos y llegan a la conclusión de que solo debería llamarse una Obra Particular, ya que al usarla solo quedaba al final la misma cantidad de oro que habían introducido al principio. Pero yo os pregunto, mis queridos señores: ¿cómo puede una sal convertirse en un metal mediante el arte en vuestros crisoles fundidos? Si decís que es gracias al metal que le ha sido añadido, os respondo: lo admito de buen grado. Sin embargo, yo hago una distinción entre un metal que ha sido disuelto legítimamente y uno que ha sido corroído de manera sofística. Si el oro fuera abierto por completo en su jugo nitroso, no sería absurdo afirmar tal cosa. Pero resulta que hasta los estudiantes principiantes de este arte saben bien que el oro solo puede ser devuelto a su materia prima mediante su semejante. Y las sales no son semejantes a los metales, puesto que difieren de ellos por completo, según su propio género, de manera[45]
304 [Tratado de] Pantaleón
…[completamente] diferentes. La conclusión la podéis sacar vosotros mismos de todo esto.
Seguidamente, supongamos que del salitre surgiera un metal; en ese caso vuelvo a preguntar: ¿qué tipo de metal saldría de él, oro o mercurio? Si decís que oro, bien se sabe que ningún oro disuelve o abre a otro oro. Además, el oro ya no posee en su estado natural, ni antes de su regeneración, más de lo que requiere para su propia esencia. Si pretendéis decir que mercurio, cometéis una mentira flagrante, ya que no podéis reducir el oro de forma corpórea hasta convertirlo en mercurio, y mucho menos lograréis que las sales lo consigan. Por añadidura, resulta absurdo que un cuerpo resistente al fuego deba producir, por mediación del propio fuego, una sustancia volátil. Y el hecho de que SENDIVOGIUS hable del salitre en sus Doce Trataditos, lo hizo únicamente por causa de los indignos. Quien sea prudente y experimentado no tropezará con estas piedras de tropiezo. Si nuestros antepasados hubieran querido escribir la pura y única verdad, tal vez esta no habría llegado hasta nosotros, ya que en una sola hoja de papel se pueden plasmar todos los secretos de la naturaleza. Este buen hombre no se preocupó por el salitre de las plantas del campo, sino por el de los metales. Pero dado que ambos poseen una gran afinidad entre sí, y como no se deben arrojar margaritas a los cerdos, él…[46]
Examen Alquímico. 305
…él, por lo tanto, describió aquel [el salitre metálico] y dio a entender este [el salitre común]. ¿Acaso no habéis leído a este mismo SENDIVOGIUS, quien escribe: «Si quieres hacer un metal, un metal debe ser tu principio; de un perro no se engendra otra cosa que un perro»? Y no debes trabajar siguiendo la letra al pie de la letra, sino observa constantemente qué es lo que concuerda con la naturaleza y qué no. En lo que respecta a HERMES, toda su Tabla de Esmeralda está escrita bajo el velo de puras alegorías floridas, en las cuales se debe entender por «el viento» no el del macrocosmos, sino el del microcosmos que se encierra dentro del vidrio [del matraz]. Por lo tanto, tened mucho cuidado de no tener que retractaros ante el exasperado mercurio metálico con la mayor de las vergüenzas, pues este es de linaje noble y ha brotado de una estirpe real. Ahora bien, los grandes señores guardan bien en su memoria durante mucho tiempo cuando alguien los ofende. Sin embargo, los sofistas y los trabajadores ignorantes son por lo general gente soberbia, y se cuidan a tiempo de que no les suceda nada que atente contra su propio honor.
Debido a la caída del salitre, al no haber cumplido este con lo que de él esperaban, han aparecido por consiguiente otras materias en el mundo en las cuales depositan idénticas y aún mayores esperanzas, como ocurre con el tártaro; pues este proporciona un líqui- …[47]
306 [Tratado de] Pantaleón
…[un líqui]-do y fijo de sal, o bien una tierra hojaldrada en la cual los sabios maestros ordenan sembrar el oro; y este proviene precisamente del vino, tal como enseña LULIO. Sin embargo, el rumor general ha informado que también en esta cacería, aparte de su trabajo perdido, no cobraron ninguna pieza de caza. Por consiguiente, muchos de ellos buscaron en el alumbre: extrajeron una sal dulce y, al final, no retuvieron más que alumbre.
Otros ingenios, por lo demás nada ignorantes, se atrevieron con gran orgullo y presunción a buscar en los elementos mismos aquello que no habían podido hallar en los cuerpos que de ellos proceden. Por lo tanto, obtuvieron un vinagre sutil a partir de agua de lluvia común, así como de aquella caída durante una tormenta de truenos, la cual habían dejado previamente corromper a cielo abierto; luego mezclaron bien este [vinagre] con sal común fijada y aceite de vitriolo, disolvieron los cristales formados y, finalmente, lo fundieron todo junto con pirita de azufre para obtener una tintura, para asombro de todos los hombres y, sobre todo, de ellos mismos. Un proceso semejante nos fue revelado y recomendado bajo juramento por un francés que, por lo demás, era un hombre muy instruido, pero del cual yo no hice sino reírme.
Otros han buscado en el rocío de mayo, otros en la nieve, otros en una tierra virgen que desenterraron cavando hasta las rodillas, otros en la orina, en la orina humana, y en muchas otras…[48]
Examen Alquímico. 307
bufonadas eruditas semejantes buscaron su salvación, pero no obtuvieron sino menos que nada. Por lo tanto, declaro públicamente que todas estas materias —a excepción de los metales, los cuales, no obstante, deben ser descompuestos conforme a las reglas del arte— son engañosas, pues ni resisten en la fogosidad del fuego ni son capaces de volver estable a ninguna otra sustancia. Por consiguiente, cualquiera que elija para la transmutación algo distinto como materia adecuada, en lugar de recurrir únicamente a la humedad metálica permanente, habrá de ser considerado un sofista y un falso impostor hasta tanto no demuestre lo contrario.
Capítulo V
Donde se rechazan las tinturas particulares de los sofistas.
Habiendo examinado hasta aquí las principales materias que los sofistas han empleado en su inútil labor, debemos pasar ahora a tratar el propósito que ellos mismos se han fijado; el cual, una vez más, dista enormemente de la obra emprendida por los sabios maestros, quienes únicamente proponen una sola tintura universal. Pero como aquellos no se contentaron con esta, introdujeron un sinfín de pequeñas tinturas particulares, en contra de toda razón y experiencia. Pues este promete [transmutar] una parte por cada parte, y aquel otro obtener dos lotes de oro a partir de un marco de plata, para…[49]
308 [Tratado de] Pantaleón
…conseguir. El uno le vende mensualmente al otro el cuento del «campesino del censo» detrás de la estufa. El cuarto pretende fijar la plata y graduarla. El quinto fija el azufre común, pero le falta la penetración. El sexto se atreve a coagular el mercurio en oro, etcétera. El séptimo le da al cobre un color blanco para que parezca plata. El octavo pretende preparar en dos meses una tintura a partir del azufre del antimonio. El noveno promete fijar el mercurio para convertirlo en buena plata. El décimo sabe aparejar una tintura de oro con el aceite extraído de la orina. El undécimo quiere hacer plata a partir del estaño. El duodécimo conoce una forma de introducir hierro en la plata, etcétera. Ningún pulpo puede adoptar tantos colores como artimañas conocen estos alquimistas. Para la invención de tales villanías, la ocasión se la han brindado, en parte, los mismos grandes señores en calidad de mecenas, y en parte, gentes que no conocen bien la naturaleza e impostores. Pues aquellos señores quieren saberlo todo y no pueden esperar mucho tiempo, mientras que estos últimos son unos socios desvergonzados. Y como para la confección de la tintura se requiere más de un año, y la materia más próxima les es desconocida, llegan a esta conclusión: «Si no se consigue nada, tampoco dañará mucho; lo sabremos dentro de poco», etcétera. El veneno más predilecto para tales artimañas particulares es…[50]
Examen Alquímico. 309
esa imaginaria labor breve, junto con una ganancia que no es en absoluto despreciable. Debo confesar, por cierto, que la intención no es mala, pero sí lo es el desenlace.
Y para que se haga notorio cuán miserablemente son engañados los particularistas, concluyo y digo lo siguiente: estas transmutaciones particulares de los metales deben ocurrir, bien en un mercurio heterogéneo, bien en uno homogéneo, y posteriormente, mediante una maduración o bien por una iluminación tintórea. Si los particularistas afirman que suceden en un mercurio heterogéneo a través de una suerte de maduración, mienten descaradamente como todos los alquimistas; pues el alcanzar la madurez y, al mismo tiempo, permanecer en un estado heterogéneo son cosas que no se compaginan entre sí dentro del reino metálico. Esto es así porque la maduración se produce mediante una cocción; y la cocción unifica las sustancias semejantes y segrega las disímiles. Si ellos objetan que esto solo es válido en la maduración simple de la naturaleza y no en la del arte [la alquimia], yo respondo: por más que el arte lo intente de la manera que quiera, jamás logrará producir oro verdadero que sea distinto al natural en su homogeneidad. Y suponiendo que existiera un oro semejante, no sería oro verdadero ni resistiría las pruebas de ensayo. En cambio, si ese mismo oro obtenido por el arte de la transmutación es idéntico al natural, será también de su misma esencia, y se habrá logrado lo que de ello se deriva,[51]
310 [Tratado de] Pantaleón
ya sea mediante una maduración por la extirpación de las partes extrañas, o bien mediante una iluminación tintórea con retención, pero alteración de las mismas, por la fuerza del fermento. Por lo tanto, deben admitir que tal cosa se produce, bien por una maduración artificial, bien por una iluminación tintórea. Si afirman lo primero, entonces es menester, en primer lugar, que los metales inferiores sean liberados de las ligaduras que los mantienen unidos. En segundo lugar, que sean transformados en una naturaleza mercurial; y en tercer lugar, deben ser purificados y madurados mediante la cocción y la adición de otras sustancias. De lo contrario, el fuego exterior de la potencia celestial, que se halla oculto en el corazón mercurial, no podrá ejecutar su obra y, por ende, no ocurrirá maduración alguna debido a la reclusión demasiado firme de sus partes primigenias. Pues el fuego débil, tal como es el fuego madurador, solo opera en cuerpos abiertos, no en cuerpos cerrados. Pero que los sofistas sean capaces de lograr esto, lo dudo yo soberanamente; en cambio, sé muy bien que ni siquiera pueden volver homogéneo al mercurio común; es más, la mayoría de ellos jamás habría llegado a soñar que este fuese de índole y naturaleza heterogénea. Pretenden, en efecto, extraer el mercurio de todos los metales, pero se ven continuamente impedidos en ello por otras ocupaciones. De esto se sigue que…[52]
Examen Alquímico. 311
no existe ninguna Obra Particular, según el entendimiento común, a excepción de las enojosas y tediosas maduraciones de ciertos minerales. Sin embargo, una Obra Particular es en realidad una tintura perfecta después de la primera rotación, la cual solo transforma la parte más pura del metal impuro. Y esto es todo en cuanto a la obra emprendida por los sofistas.
Ahora solo queda por tratar el fin último, el cual es común tanto a los verdaderos sabios maestros como a los sofistas: a saber, el oro. La diferencia, no obstante, consiste en que aquellos [los verdaderos sabios] poseen suficiente de él gozando de honor y salud; mientras que estos [los sofistas] carecen del mismo, sumidos en la desesperación y la infamia de las malas lenguas.
Conclusión.
Por estas razones expuestas y estos sólidos testimonios, considero que los grandes señores habrán comprendido qué es lo que se debe buscar en el arte de la química, qué condiciones debe reunir un maestro honrado de este arte y, asimismo, qué es lo que los sofistas pueden y no pueden hacer. Si leen este tratadito y lo sopesan diligentemente, les prometo con toda certeza que no serán engañados por ningún impostor, por muy astuto que este pretenda ser. Pero si ya están prevenidos por otros falsos delirios y no prestan oído a la verdad…[53]
312
[Tratado de] Pantaleón
…[no prestan oído a la verdad, esto] habrá de costarles dolor en el corazón; y que no tengan este arte por una burla absoluta solo por el hecho de que algunos impostores los hayan despojado de su salud y de su fortuna. Quien emprende algo que no comprende ni quiere comprender, debe culparse a sí mismo, y no a otros, si es engañado en ello y no alcanza su propósito. ¿Qué le importa a un comerciante sin conciencia si el comprador adquiere a precio de oro sus mercancías viejas y rancias? Las leyes están escritas para los que están despiertos, no para los que duermen. Además, no todos los alquimistas que yerran son impostores por mala voluntad. Por lo tanto, no se deduce lo siguiente: «He gastado tantos años en costes para este arte y he mantenido a tantos sofistas sin hallar nada, luego este arte es por completo una gran mentira». No se puede juzgar la verdad o falsedad de una materia basándose únicamente en nuestra propia ignorancia. Por consiguiente, quien desee alcanzar el flujo áureo en este arte espagírico o hermético, aprenda primero a conocer rectamente su verdadera materia correspondiente y la obra propuesta; solo entonces no dejará de manifestarse aquello que tanto se anhela.[54]
𝔉 ℑ 𝔑.
[1] Gassmann, Franz,Examen alchymisticum, quo, ceu Lydio lapide adeptus a sophista & verus philosophus ab impostore dignoscuntur, institutum in gratiam magnatum & eorum, qui ex defectu multae lectionis & vulcanicae experientiae, punctum chymicum plenarie nonintelligunt. Authore Pantaleone. Hermeticae sophiae adepto, Noriberga, Pauli Fürsti, 1676.
[2] Journal des Sçavants pour l’année M. DC. LXXVIII. A PARIS, Chez J E A N C U S S O N, ruë S. Jacques à l’Image de S. Jean-Baptiste, proche S. Yves. M. DC. LXXVIII. AVEC PRIVILEGE DV ROY, 53-55: EXAMEN ALQUÍMICO POR EL CUAL
el adepto se distingue del sofista y el verdadero filósofo del impostor, etc. Autor: Pantaleón. En doceavo [formato de libro en 12°]. Nüremberg.
La alquimia responde tan poco a las grandes esperanzas que hace concebir, que algunos, al no considerar más que lo que se ve de ella la han definido como un arte sin arte, cuyo principio no es más que mentira, su continuación trabajo, y su fin una extrema miseria. Ars sine arte, cuius principium mentiri, medium laborare, & finis mendicare [Arte sin arte, cuyo principio es mentir, su medio trabajar y su fin mendigar]. Penotus, quien murió a la edad de 98 años en el hospital de Yverdon en Suiza, dijo al final de su vida —la cual había pasado en la búsqueda de la Gran Obra— que si tuviera algún enemigo poderoso al que no se atreviera a atacar abiertamente, le aconsejaría entregarse por completo al estudio y la práctica de la Alquimia.
Este arte, sin embargo, no deja de tener sus partidarios, y este Autor no es el único que atribuye todos los defectos que se le reprochan a la ignorancia de quienes la profesan. Esto es lo que él pretende demostrar en este examen, junto con la manera de hacer un justo discernimiento entre el verdadero Filósofo y el Sofista y el Impostor.
Él divide su Obra en cinco Capítulos. En los tres primeros trata sobre el sujeto, el objeto y el fin de la Alquimia, y sostiene que, dado que este fin no es otro que el oro, no se puede obtener sino de un sujeto del mismo género, es decir metálico, que sea como el mercurio: homogéneo, líquido, purificado de toda clase de mezcla de azufre y de arsénico; y que, asimismo, el objeto, que es la tintura, debe ser de azufre de oro exaltado en su Mercurio mediante una cocción razonable; porque el oro, según su opinión, no es más que un Mercurio cocido y espesado por el calor de su azufre interno, ayudado por el calor moderado del azufre externo. Aquellos que pretenden llegar a la Gran Obra por otras vías deben ser considerados, según dice él, como muy rudos y poco iluminados; ya que, teniendo como meta (al igual que los más hábiles) el oro, que es el fin de la obra, emplean en la materia y en la tintura medios muy diferentes para alcanzarlo.
Los dos últimos Capítulos contienen las diferentes formas en que trabajan los Químicos y los diversos sujetos [materiales] que emplean, como en primer lugar el Vitriolo, luego el Antimonio, después el Arsénico, la Marcasita, el Cinabrio, el Salitre, el Azufre, el talco y el tártaro; y se encuentra al final del libro la refutación de algunos autores que prometen la transmutación de algunos Metales particulares.
[3] El propósito de la «Piedra de Toque» intelectual: El subtítulo de la obra define a la perfección el espíritu crítico de este tratado. El Examen de Pantaleón no se presenta como un simple recetario de procesos, sino como un manual de auditoría científica y ética. En una época en la que proliferaban los falsos alquimistas, este texto ofrecía un conjunto de reglas lógicas, operativas y de comportamiento para que los príncipes y los estudiantes legítimos pudieran desenmascarar a los «sofistas» e «impostores» (Betrüger).
[4] Feind der Chemie: El enemigo de la química. Interpelación retórica muy común en los textos de la Ilustración temprana. No iba dirigida al vulgo, sino a los severos catedráticos universitarios de la Escolástica tradicional y a los médicos galenistas que rechazaban el uso de remedios químicos y destilaciones en la medicina oficial. Gachen: Término del alto alemán antiguo y dialectal (Gauch). Su significado literal describe al cuco (ave), pero idiomáticamente se utilizaba de forma despectiva para insultar a un tonto, un necio, un bufón o una persona simplona carente de juicio. Mucken und Schmetterlinge: Los mosquitos y las mariposas. Metáfora biológica clásica que emula la atracción fatal de los insectos hacia la llama de una vela («brennenden Licht»).
El axioma epistemológico contra el Prejuicio: El núcleo argumentativo de la página establece una regla de oro de la filosofía de la ciencia premoderna: «nadie es más enemigo del arte que aquel que no lo comprende» (Niemand ist der Kunst mehr feind, als der sie nicht verstehet). El autor exige un método crítico riguroso; denuncia que la ciencia universitaria de su tiempo rechazaba la iatroquímica por pura soberbia aristotélica, decretando que para tener el derecho legítimo de condenar un proceso de laboratorio, el intelectual está obligado a «aprenderlo primero» («sie von erst müsse lernen»).
La deconstrucción de los Accidentes de Laboratorio: La brillante parábola de los insectos que se queman en la vela ofrece una defensa metodológica impecable del trabajo con el fuego. El autor argumenta que si un operario ignorante o codicioso estalla su matraz, se envenena con gases de mercurio o arruina su patrimonio por mala praxis, la culpa no es de la ciencia química («el uso beneficioso de la luz»), sino de la «torpeza» (Ungeschicklichkeit) e incompetencia del propio experimentador que no sabe manejar la energía del horno.
[5] El patronazgo de la Casa de Liechtenstein: La dedicatoria al príncipe Karl de Liechtenstein posee un valor histórico excepcional. La Casa de Liechtenstein fue una de las dinastías más ricas y poderosas de la Europa Central, famosa por su inmenso mecenazgo sobre las artes, la arquitectura y la ciencia experimental. Karl von Liechtenstein mantuvo estrechos vínculos con médicos, iatroquímicos y filósofos naturales de la corte de Viena y Praga, convirtiéndose en el protector ideal para blindar el libro de Pantaleón frente a los ataques de los escolásticos de las universidades oficiales.
El anonimato estratégico del Maestro: Al firmar de forma genérica como «el maestro de este pequeño tratado» (Der Meister dieses Werckleins), el autor recurre de nuevo al anonimato protector de la tradición hermética. Al ampararse bajo el escudo de armas de Liechtenstein, el químico legítimo lograba que su obra circulara con total autoridad en las cortes alemanas sin arriesgar su identidad o su libertad personal ante los príncipes ávidos de oro forzado.
[6] Göttlichen Wissenschafft: «Ciencia divina». Denominación formal que los adeptos otorgaban a la alquimia teosófica e iatroquímica. No se concebía como una disciplina profana o puramente industrial, sino como un conocimiento sagrado sobre las fuerzas ocultas de la creación. Pfunde zu wuchern: Multiplicar o comerciar con el talento (talento recibido). Alusión directa a la célebre parábola bíblica de los talentos del Evangelio de Mateo (Mt 25,14-30). El autor argumenta que ocultar el conocimiento químico legítimo por flojera o egoísmo sería un pecado de desobediencia ante Dios. Hermetisches Grab: Tumba hermética. Metáfora conceptual que reaparece de forma unánime en el volumen; hace referencia al tratado previo o al proceso de laboratorio (fase de Nigredo) que el operador ha desentrañado y puesto por escrito para guiar al lector.
El papel intermedio de Dios y las trampas del Demonio: El pasaje ofrece una magnífica muestra de la teología científica premoderna. El autor explica que Dios no interviene de forma directa en el laboratorio («nicht unmittelbahrer Weise handelt»); opera de manera mediada a través de las mentes de los científicos honestos («como un instrumento»). Por el contrario, el diablo actúa activamente introduciendo recetas falsas y manuales contradictorios para hacer que el alma investigadora caiga en la frustración («müde, irre und gar abwendig machen»), justificando así la necesidad de este libro-auditoría.
El perfil del Noble como «Liebhaber» (Amante del Arte): Al dirigirse al príncipe de Liechtenstein como un «especial devoto de esta ciencia» (einem sonderlichen Liebhaber dieser Göttlichen Wissenschafft), el texto constata la realidad de las cortes del siglo XVIII. Los soberanos alemanes no solo financiaban laboratorios por codicia financiera para acuñar moneda, sino por un auténtico interés intelectual e ilustrado hacia la filosofía natural y los misterios de la materia.
[7] Schulen üblicher Wort-Gepränge: «El pomposo palabreo (o retórica) habitual de las escuelas (universidades)». Expresión satírica muy dura que denota el desprecio del autor hacia la Escolástica universitaria medieval, la cual basaba la enseñanza de las ciencias naturales en la repetición ciega de textos antiguos y debates oratorios vacíos. Mit Wercken, nicht mit Worten: «Con hechos (u obras), no con palabras». Traducción germánica de la famosa máxima del empirismo científico moderno «Factis, non verbis». Define el laboratorio como el único tribunal legítimo de validación. Schatten: La sombra. En la filosofía hermética e ilustrada de la época, la «sombra» representaba a las meras teorías escritas en los libros apócrifos y a las falsas promesas de los charlatantes, mientras que el «ser independiente» (selbständiges Wesen) era la realidad física y medible de la materia en el crisol.
El Manifiesto de la Ciencia Experimental: El fragmento donde Pantaleón declara tajantemente: «Yo no combato con palabras, sino con hechos» (Ich streite nicht mit Worten, sondern mit Wercken) constituye un testimonio historiográfico excepcional de la Ilustración temprana. El autor expone las reglas de juego de la nueva ciencia: rechaza maquillar la verdad mediante la elocuencia de las aulas universitarias («Wort-Gepränge») y exige que el valor de su tratado se juzgue estrictamente bajo el criterio de la demostración práctica y empírica («mit der That») en el laboratorio.
El perfil del mecenas como auditor científico: Al asegurar que las mentes elevadas como la del príncipe de Liechtenstein «distinguen fácilmente la esencia de su sombra», el autor valida la función del libro como un manual de auditoría. El texto asume que el príncipe es un hombre inteligente y versado en la metalurgia real que no se dejará engañar por la palabrería de los sopladores de carbón, legitimando el propósito del tratado como la verdadera «piedra de toque» (Probierstein) prometida en la portada
[8] La Dialéctica Aristotélica aplicada a la Materia: El inicio del prefacio de Pantaleón opera un rescate magistral de la física de Aristóteles (especialmente de sus tesis sobre la generación y corrupción y las cualidades primarias). El autor utiliza la autoridad del filósofo para validar el axioma central de la iatroquímica: el universo se rige por una tensión dinámica constante de opuestos equilibrados. Nada en la naturaleza es estático; la vida y la materia se engendran en el laboratorio gracias al choque y la unión de principios opuestos (como el azufre fijo y el mercurio volátil).
El filtro de la Ortodoxia Religiosa: El fragmento donde el autor aclara que su tesis cuenta «con la aprobación de la Iglesia» («mit Genehmhaltung der Kirchen») ofrece un valioso testimonio de la prudencia que los científicos debían mantener en 1729. Al ligar el dualismo físico con el relato del Génesis sobre la separación de la luz y las tinieblas en el primer día de la creación («am ersten Tage der Welt»), Pantaleón blinda su tratado frente a cualquier acusación de herejía o dualismo maniqueo por parte de los teólogos oficiales de la época.
La crisis de la Razón Pura frente a la Dualidad: En las líneas finales, el texto introduce una sutil crítica epistemológica de corte plenamente ilustrado. Señala que la «razón humana» tradicional, atrapada en silogismos abstractos universitarios, fue incapaz de descifrar esta dualidad constitutiva del universo por quedarse en la superficie de los conceptos, preparando al lector para explicar en el folio siguiente cómo el trabajo práctico del laboratorio revela la verdadera anatomía de los contrarios.
[9] La sátira de las armas de laboratorio falsas: El pasaje central ofrece una de las sátiras más brillantes y mordaces de la literatura hermética del siglo XVIII. Pantaleón utiliza una analogía militar para deconstruir los burdos métodos de los sopladores de carbón. Comparar a los químicos codiciosos con locos que intentan derribar una fortaleza usando «dagas de madera» (hölzernen Dissecken), «espadas oxidadas» (rostigen Degen) o «embutidos rellenos de paja» (mit Stroh ausgefüllte Würste) describe de forma perfecta el uso de reactivos inadecuados, recetas ácidas mal preparadas y vasijas defectuosas que estallaban al primer fuego.
La metáfora del «Grito Escolástico»: Al denunciar que muchos charlatanes pretenden forzar la rendición del castillo de la naturaleza «con puros gritos y amenazas» (mit blosem Geschrey und Bedrohungen), el texto arremete de forma directa contra los profesores universitarios escolásticos de la época. Estos intelectuales pretendían dominar las leyes de la física mineral mediante la pura elocuencia, los debates oratorios y las amenazas institucionales, sin dignarse jamás a tocar un crisol real.
La Espada de Doble Filo como el Verdadero Disolvente: Al final de la página, el autor introduce al guerrero legítimo: aquel provisto de una «espada de doble filo» (zwey-schneidigen Schwerdte). En el lenguaje cifrado de Pantaleón, esta arma representa al mercurio purificado o doble, el único disolvente natural y simétrico capaz de penetrar los poros de los metales estables para abrir su matriz sin destruir su forma, un camino que advierte que es «prodigiosamente raro» de encontrar en las bibliotecas comunes de su siglo.
[10] El ciclo estacional del Fraude Alquímico: Esta página ofrece un valioso testimonio sociológico sobre la mecánica del engaño en el Sacro Imperio Romano Germánico. El autor describe el asedio al castillo de la naturaleza como un ciclo estacional constante: en invierno los charlatanes huyen a gastar el dinero de los nobles («allwo sie sich lustig machen»), y en primavera regresan pidiendo más fondos tras haberse provisto de «armas ajenas» («mit frembden Waffen», es decir, manuscritos robados o recetas falsas compradas a otros mercachifles).
La quiebra de los Mecenas y el cambio de víctima: El pasaje detalla de forma magistral el desenlace financiero del fraude. El proceso se detiene únicamente cuando la «tesorería» del príncipe o noble protector queda completamente «exhausta» («Schatzkammer erschöpffet»). En lugar de admitir su incompetencia, las gentes groseras e insensatas («ungezogenen und tummen Leuthe») culpan a los reactivos, al mal de ojo o a los ayudantes, y marchan de inmediato a buscar a un «nuevo comandante» («einen andern Obersten») al cual volver a estafar.
[11] Esel mit Gold beladen: «Un asno cargado de oro». Famoso aforismo clásico atribuido originalmente a Filipo II de Macedonia (padre de Alejandro Magno), quien afirmaba que no había muralla tan alta que no pudiera ser superada por un burro cargado de monedas de oro. El autor utiliza este adagio de forma brillante y con doble sentido: el oro es el fin del asedio, pero también el arma de corrupción de los impostores. Potentaten: Potentados o soberanos. Los príncipes electores, duques y monarcas que gobernaban los territorios fragmentados del Sacro Imperio. Schmach der gantzen Kunst: Infamia o vergüenza de todo el arte. El lamento ético del autor: los fraudes de los falsos químicos arruinaban la reputación de la iatroquímica legítima ante la sociedad.
El Oro como Fortaleza e Imán Químico: El pasaje central redefine la alegoría militar del prefacio. El oro es la fortaleza inexpugnable por su fijeza natural («ewig und unverweßlich» / eterno e incorruptible). Sin embargo, Pantaleón introduce un principio de atracción metalúrgica bajo una metáfora geopolítica: dado que la fortaleza está hecha de oro, se rinde gustosamente ante un asno cargado de oro. En la física química de la época, esto aludía a la ley de que el oro actúa como el fermento o imán definitivo de su propia especie dentro del crisol («lo semejante sigue a su semejante»).
La sociología del Fraude en las Cortes Alemanas: Esta página ofrece un diagnóstico sociológico demoledor sobre la vida cortesana del siglo XVIII. El autor explica con total franqueza por qué los gobernantes eran engañados de forma «canallesca» («schelmisch»). Debido a su «vida refinada» («zärtlichen Lebens»), los príncipes consideraban el trabajo manual del laboratorio como algo sucio e indigno de su rango; no leían los tratados ni «ponían manos a la obra» («selbst die Hand anlegen»). Al depender enteramente del criterio de terceros para suplir su ignorancia, se convertían en el blanco perfecto para los charlatantes que prometían transmutaciones instantáneas a cambio de subsidios.
[12] El descrédito europeo de la Alquimia: El inicio del folio contiene un crudo diagnóstico de época: el autor constata con amargura que los fraudes han sido tan masivos que ya «apenas se encuentra una corte en toda Europa donde se tenga una buena opinión de la Alquimia». El libro nace en 1729 como un intento urgente de rescate institucional y ético: busca limpiar el buen nombre de la iatroquímica separando a los verdaderos investigadores de los criminales financieros.
El Mercurio como único elemento fijo ante el Fuego: El pasaje central establece el dogma metalúrgico fundamental del tratado, respaldado por Geber, Arnaldo de Vilanova y Bernardo de Treviso: «nada es estable ante el fuego excepto la humedad mercurial metálica» («das Feuer beständig sey, als die einige Metallische Mercurialische Feuchtigkeit»). El autor reduce la complejidad de la materia a una ley física e inalterable: el mercurio común purificado es el único sistema mineral que tolera el martirio térmico del crisol sin destruirse, invalidando científicamente cualquier proceso basado en compuestos vegetales, animales o salinos extraños.
[13] La Verdad como «Hija del Altísimo»: El texto dota a la verdad científica de una dimensión sagrada al definirla como «Tochter des Höchsten». Pantaleón argumenta que la verdadera iatroquímica no necesita de «colores» («alle Farben… verachtet», es decir, espectáculos pirotécnicos ni tinturas superficiales en el crisol); se sostiene por su propia nobleza material. Denuncia que el ser humano prefiere caer en el «fraude de falso brillo» («scheinglänzenden Betrug») empujado por la codicia inherente a su naturaleza caída.
El jeroglífico etimológico de Pantaleón: El cierre de la página ofrece un documento historiográfico de primer orden para descifrar el misticismo del autor. Al escribir el seudónimo Pantaleón en caracteres griegos (ΠΑΝΔΑΛΕΩΝ) y glosarlo inmediatamente como «der alles auflöset» (el que todo lo disuelve), el texto desvela un ingenioso juego de palabras hermético. El nombre no se elige por devoción al santo, sino como un acrónimo conceptual derivado de Pan (todo) y Leon (león / disolvente), convirtiendo al propio autor en la personificación humana del disolvente universal (el mercurio purificado o León Verde), capaz de abrir la fortaleza del oro.
[14] La Trinidad Mineral del Reino Metálico: Esta página establece la Ontología de la Materia que gobernará todo el tratado de Pantaleón, alineándose con las tesis geológicas expuestas en el capítulo anterior. El autor excluye de forma radical las sales de los boticarios del vientre de la tierra, sentenciando que los metales consisten «única y exclusivamente en mercurio, arsénico y azufre» («aus nichts anders bestehet, als allein aus Quecksilber, Arsenick und Schwefel»). Reitera que cualquier alteración metalúrgica legítima debe operarse trabajando sobre el equilibrio interno de estos tres componentes nativos.
El principio de la Falsa Apariencia Química: El fragmento contiene una valiosa puntualización metodológica propia de la Ilustración temprana alemana: «aquello que se asemeja a una cosa no es necesariamente esa cosa misma» («was einem Dinge gleich siehet, nicht eben dasjenige selber sey»). Advierte a los estudiantes que desconfíen de las ilusiones visuales del matraz. Si al disolver un metal en un ácido potente precipitan cristales brillantes parecidos a la sal de mesa, el químico no debe dejarse engañar por la geometría externa: debe aplicar el análisis sensorial y cuantitativo para comprobar que la matriz sigue siendo estrictamente metálica.
[15] Höllische Feuer: El fuego infernal (ignis gehennae). Término acuñado por Jan Baptist van Helmont para referirse a los ácidos minerales altamente concentrados y corrosivos (como el espíritu de nitro o el ácido sulfúrico fumante), capaces de devorar los metales sólidos en el matraz emitiendo un calor violento. Spottvogel: Crítico burlón, satírico o detractor. Término del alemán antiguo empleado aquí para introducir la famosa y mordaz máxima medieval contra los falsos alquimistas. Spagirische Kunst: El arte espagírico. Concepto introducido por Paracelso derivado de las raíces griegas spao (separar) y ageiro (unir). Define a la química legítima basada en purificar los cuerpos separando primero sus impurezas para luego unificar sus principios esenciales.
La deconstrucción de la sátira del «Arte sin Arte»: El pasaje donde el autor cita la célebre burla popular contra la disciplina («un arte sin arte, cuyo principio son mentiras, su medio el trabajo y su final la mendicidad») demuestra la tremenda honestidad intelectual de este tratado de 1729. Pantaleón no esconde el descrédito social de la alquimia; utiliza la propia mofa de los críticos para separar las aguas: acepta que esa sátira describe a la perfección a los particularistas y embaucadores cortesanos, pero la contrapone de inmediato a la verdadera «Spagirische Kunst».
La redefinición de la Sal Filosófica: El texto opera una crucial matización técnica sobre el papel de la sal. Aunque en la página anterior rechazó las sales comunes de botica como componentes constituyentes de los metales, aclara aquí que «en la sal se halla el principio y la entrada» («vom Salze ist der Anfang und Eingang»). En la iatroquímica avanzada de este siglo, la «sal» no era el cloruro de sodio ordinario, sino el agente fluxante, purificador o el medio salino indispensable para limpiar la escoria externa del mercurio y abrir la puerta de la transmutación.
La definición operativa de la Alquimia Ilustrada: El folio concluye con una declaración de principios de una claridad meridiana, despojada de alegorías místicas: la Alquimia legítima se define de forma estrictamente técnica como «un arte para mejorar los metales inferiores y elevarlos a oro o plata» («eine Kunst, geringere Metall zu verbessern, und in Gold oder Silber zu erhöhen»). Concibe la disciplina como una metalurgia refinada y correctiva, preparando al lector para introducir la materia prima exacta en la página siguiente.
[16] La lógica inductiva de la Homogeneidad Mineral: El núcleo de esta página ofrece una magnífica muestra del pensamiento de la Ilustración temprana alemana aplicada a la física mineral. El autor deconstruye la transmutación utilizando un silogismo aristotélico impecable: si el fin último de la obra es obtener oro sólido, el material inicial del laboratorio no puede ser una planta, un ácido corrosivo vegetal o una sal común; obligatoriamente debe ser un cuerpo metálico («la cosa elegida… debe pertenecer al mismo género que su objetivo final»), blindando su doctrina contra los fraudes analizados en el capítulo anterior.
La teoría de la identidad sustancial de los Metales: El pasaje final introduce una aclaración teórica extraordinaria al advertir que cuando Ripley exige unir cada género con su estirpe, habla de la especie de forma superficial («von der Specie»), aclarándole al lector que los metales en realidad no están esencialmente diferenciados entre sí («nicht daß die Metall ihrer Geschlechte nach wesentlich unterschieden seyen»). El autor reafirma el dogma central de la iatroquímica del siglo XVIII: el plomo, el mercurio y el oro comparten exactamente la misma sustancia nuclear homogénea; la única diferencia real entre ellos es una cualidad accidental provocada por el grado de «cocción» («Kochung») y maduración que recibieron en el vientre de la tierra.
[17] Erste Materie: La Materia Prima (Materia Prima). En la física química de la época, representaba el estado original, caótico y fluido de los metales antes de cristalizar en la mina. Para transmutar un metal base, primero era obligatorio deshacer su estructura sólida fija («gewöhnliche Gestalt») y devolverlo a este estado primordial mediante la disolución en mercurio. Unser Punct: «Nuestro punto» o núcleo central. Metáfora geométrica y hermética que designa a la chispa o principio áureo sutil que yace sepultado en el interior de los metales imperfectos. Zwey Paläste: Los dos palacios. Famoso código de la iatroquímica clásica. Los «dos palacios» del mercurio hacían referencia unánime al oro (Sol) y a la plata (Luna), los únicos dos cuerpos estables donde la matriz mercurial ya se hallaba madura, fija y purificada por la naturaleza.
El concepto del Metal Filosófico: La página detalla una de las operaciones teóricas más importantes del laboratorio premoderno. El autor explica que al disolver oro puro en mercurio nativo previamente limpiado, se opera una asimilación homogénea. El mercurio pierde su condición comercial ordinaria y se transforma en un «metal filosófico» («ein Philosophisches Metall»). El oro actúa como un fermento vivo que contagia su fijeza y madurez a la matriz líquida del mercurio.
La paradoja de la escasez del tiempo según Sendivogius: La cita de Michael Sendivogius introduce una impecable justificación económica y temporal sobre la elección de los materiales. Admite de manera racional que, en teoría, la Piedra Filosofal se podría extraer de cualquier veta mineral metálica corriente (como el hierro o el plomo), ya que todos comparten la misma sustancia nuclear. Sin embargo, advierte al operario que en los metales imperfectos el principio puro está «cerrado con tanta fuerza» («sehr feste verschlossen») que «la vida se te quedaría corta» («das Leben zu kurtz werden») intentando desbastar las escorias, ordenando concentrar el trabajo exclusivamente en los dos metales nobles (los dos palacios).
[18] La paradoja económica de la Materia Prima: Las citas consecutivas de Arnaldo, Ripley, Morieno y Alí consolidan el gran pilar ético y operativo de la iatroquímica del siglo XVIII: la verdadera materia prima de la obra maestra es barata, ubicua y despreciada por el vulgo («man wirfft sie auf die Gasse» / se arroja a la calle). Los autores utilizaban esta insistencia para desarmar a los estafadores cortesanos: si un buhonero de procesos exigía al príncipe comprar costosas gemas, oro en lingotes o sales exóticas importadas, el noble podía abrir este manual y comprobar de inmediato que la receta era falsa, puesto que la verdadera matriz mineral se encuentra tanto entre «los pobres como los ricos».
El disenso metalúrgico de Roger Bacon: Al final de la página, el texto introduce una interesantísima ruptura teórica fundamental para la historia de la ciencia premoderna. Roger Bacon contradice la vía directa del oro al afirmar que, debido a su extrema fijeza molecular («wegen ihrer fixität»), el oro y la plata comerciales están tan fuertemente sellados por la naturaleza que el operador común no puede extraer nada de ellos en su matraz. Bacon veía al oro como un sistema perfecto y cerrado, forzando a los químicos de la Ilustración temprana a debatir si se debía operar partiendo de metales perfectos maduros o purificando directamente los metales inmaduros.
[19] La resolución de la Paradoja del Electrum y el Mercurio Puro: Esta página es una obra maestra de la conciliación científica en la Ilustración temprana. El autor expone el gran dilema que confundía a los estudiantes: Paracelso exigía operar partiendo de una matriz mineral inmadura y tosca extraída directamente de la roca («unreiffes Mineralisches Electrum»), mientras que Richardus Anglus exigía utilizar mercurio metálico común ya formado para «romperlo» y sutilizarlo en el matraz. El autor desvela que ambos tienen razón; la contradicción es solo aparente y se disuelve al comprender que cada uno operaba en una vía de laboratorio distinta.
El postulado de las dos Vías según Geber: Al recuperar el capítulo 28 de la Summa de Geber, el texto introduce el gran ordenador metodológico de la disciplina: la vía seca («trockene») y la vía húmeda («feuchte Weg»). Pantaleón demuestra de forma deductiva que, al existir dos metodologías físicas tan dispares en los hornos, es una consecuencia lógica e inevitable que la naturaleza requiera una «doble materia»: la vía seca se beneficia de los minerales brutos sulfúreos (materia remota), mientras que la vía húmeda exige el metal líquido purificado y maleable (materia próxima).
[20] Jungfer-Milch: Leche de virgen (lac virginis). Uno de los términos más célebres y recurrentes en los laboratorios iatroquímicos del siglo XVIII. No denotaba una sustancia orgánica, sino una suspensión o solución blanca, opaca y lechosa que se formaba típicamente al precipitar sales de mercurio, plomo o bismuto caliente en agua destilada o vinagre, considerada el estado seminal de los metales. Unzeitigen Geburt: Nacimiento prematuro, aborto o fruto inmaduro. Metáfora biológica empleada de forma común para describir a los minerales que, por haber sido extraídos demasiado pronto de la mina, no completaron su proceso geológico natural de maduración hacia el oro sólido. Fließender Arsenick: Arsénico fluido. El autor equipara el mercurio nativo a una forma líquida de arsénico debido a su fijeza ante el fuego moderado y a su inmensa capacidad para enlazarse con el azufre, reforzando la teoría trinitaria mineral del inicio del capítulo.
La definición física de la Leche de Virgen: Esta página posee un valor histórico excepcional al documentar el intento de la Ilustración temprana por dar una explicación física y mecánica a las viejas alegorías paracelsianas. El autor define la leche de virgen de forma puramente descriptiva: un «jugo de aspecto lechoso, pesado y semimetálico» («schwere und halb metallische Safft») que encierra los primeros filamentos o gérmenes del metal. Explica que esta sustancia es la verdadera materia próxima («unsere nächste Materie») de la vía húmeda, el eslabón intermedio en el que la naturaleza detuvo la gestación mineral en el subsuelo por una falta de equilibrio térmico.
La deconstrucción química del Mercurio Común: El pasaje final introduce una tesis metalúrgica revolucionaria para el año 1729. Pantaleón argumenta que el mercurio líquido comercial no es un elemento simple e indivisible; es un sistema complejo que ya lleva dentro su propio motor de solidificación («Coagulatorem»), el cual identifica materialmente como un «abundante azufre arsenical» («ein häuffiger Arsenicalischer Schwefel»). Al desvelar que el mercurio común es en realidad un arsénico fluido, el autor justifica por qué este metal líquido posee la propiedad única de unirse de forma íntima con el oro en el crisol, eliminando las necesidades mágicas de la fundición marcial de Filaleto.
[21] La definición del Oro como Mercurio Gar Cocido: Esta página contiene una de las declaraciones más claras y monumentales de la teoría de la homogeneidad mineral de la Ilustración temprana: «el oro es de una esencia completamente pura, y no es otra cosa que un mercurio» («Denn das Gold iſt eines gar reinen Weſens, und nichts anders, als ein Queckſilber»). Pantaleón fundamenta científicamente la transmutación: el oro y el mercurio comercial líquido son estructuralmente idénticos; la única diferencia física es que el oro pasó siglos bajo el subsuelo expuesto a un «calor externo moderado» («äuſſerlicher mäſſiger Wärme»), purificando su matriz de azufres toscos hasta fijarse de forma permanente.
El objetivo correctivo del Laboratorio: El pasaje delimita con gran precisión la labor del químico legítimo frente al crisol. El arte no debe inventar sustancias mágicas ni añadir ingredientes del reino vegetal o animal; la labor espagírica se reduce a un proceso puramente correctivo que consiste en «eliminar dicha diferencia» («daß ſelbiger Unterſcheid aufgehaben… werde») y retirar las escorias externas para devolver al metal inferior su pureza radical y acelerar artificialmente la cocción natural de la tierra.
[22] El axioma de la Reproducción Homogénea de Bernardo: Al recuperar la máxima de Bernardo de Treviso («la naturaleza se multiplica únicamente dentro de su propio género»), el autor blinda el Capítulo Primero contra la charlatanería. Aplica una ley biológica universal al crisol: del mismo modo que un ave no puede engendrar un mamífero, el oro no puede nacer de sustancias ajenas como el rocío o las sales vegetales. Exige que el catalizador sea un metal idéntico en esencia («un metal multiplica al otro»), legitimando el uso exclusivo del mercurio purificado.
La composición molecular del Mercurio Común: Esta página ofrece un testimonio historiográfico excepcional sobre la química descriptiva centroeuropea de principios del siglo XVIII. Pantaleón define el mercurio comercial como un sistema heterogéneo contaminado por una «cantidad increíble de una muy persistente tierra arsenical» («eine unglaubliche Menge sehr beſtandiger Arsenicalischen Erde»). El autor desmitifica el metal líquido: enseña al operador que no debe tratarlo como una sustancia mágica terminada, sino como un mineral tosco que requiere una rigurosa purificación mecánica para desbastar esos componentes fijos de arsénico y azufre antes de iniciar la amalgamación con el oro.
[23] La paradoja de la purificación vulgar frente a la filosófica: Esta página expone de manera magistral el nudo gordiano del debate metalúrgico de principios del siglo XVIII. El autor recoge la objeción más común de los escépticos: si la Piedra Filosofal se hace a partir de mercurio común, y cualquier boticario ordinario ya sabe cómo «sublimarlo y purificarlo mediante sal, vinagre y cal viva», ¿por qué todos los laborantes fracasan estrepitosamente en el intento? Esta contradicción empírica obligaba a muchos intelectuales a abandonar la metalurgia ordinaria creyendo que los sabios hablaban de un mercurio místico o espiritual ajeno al comercio.
La crisis epistemológica de los Doctores de biblioteca: El fragmento describe de forma poética la reacción de los «hombres instruidos» («gelehrte Leuthe») al enterarse de la unidad de la materia: se quedan tan estupefactos «como si les hubiera partido un rayo» («als wenn sie der Blitz hätte gerühret»). Pantaleón censura la ceguera de estos teóricos que, debido al oscurecimiento de la razón tras el Fall, juzgan los procesos basándose únicamente en la enorme diferencia visual externa que existe entre un fluido gris sucio (el mercurio bruto) y un lingote resplandeciente (el oro), siendo incapaces de concebir los mecanismos mecánicos e internos de la purificación radical que él detallará en las siguientes páginas.
[24] Un Quecksilber: Un solo y único mercurio. Declaración central del capítulo que proclama la unidad fundamental de la sustancia mineral frente a las teorías que inventaban mercurios imaginarios o espirituales. Thomisten: Los tomistas. Alusión directa a los teólogos y filósofos escolásticos seguidores de Santo Tomás de Aquino y la tradición universitaria ortodoxa. En la literatura de la Ilustración temprana, se utilizaba de forma satírica como sinónimo de intelectuales obstinados, dogmáticos y «incrédulos» que rechazaban los hechos experimentales si no encajaban en sus silogismos de biblioteca. Gifftige Erde: Tierra venenosa. Término descriptivo de la metalurgia analítica para designar los residuos o impurezas de arsénico y azufre fétido (identificados en la página 278) que recubren los núcleos moleculares del mercurio comercial, actuando como una barrera física que impide la amalgamación homogénea con el oro.
El postulado ilustrado de la Unidad del Mercurio: Esta página representa un hito fundamental para documentar la transición de la alquimia hacia la química descriptiva moderna en el ámbito germánico. El autor destruye el misticismo de los antiguos manuales con un rotundo «a eso yo digo que es ridículo y completamente falso», al decretar que físicamente solo existe un mercurio en toda la naturaleza («dieweil nur ein Quecksilber in der gantzen metallischen… Natur gefunden wird»). El mercurio de las boticas y el de los filósofos son la misma sustancia; la única diferencia no es de esencia, sino de pureza.
La descodificación del mito de las Vestiduras Feas: Al recuperar el célebre Diálogo entre el Mercurio, el Alquimista y la Naturaleza de Michael Sendivogius («Mi corazón es puro, pero mis vestiduras son sumamente feas»), Pantaleón aporta la interpretación mecánica exacta: el «corazón» del mercurio comercial es una matriz metálica noble e idéntica al oro; las «vestiduras feas» son la «tierra venenosa» superficial. Purificar el metal no consiste en transmutarlo mágicamente, sino en ejecutar una «obra altamente tediosa» («höchst verdrüßliche Arbeit») de lavado mecánico y destilación para desvestir el núcleo puro de sus óxidos y escorias.
[25] Rothen Pulver: Polvo rojo. Alusión al precipitado u óxido de mercurio rojo (óxido mercúrico), obtenido al calentar el mercurio común de forma prolongada en presencia de aire. El autor advierte que si el metal no se purifica radicalmente, el fuego intenso romperá los enlaces y lo reducirá a este polvo inerte, arruinando la transmutación. Güldenen Fell: El vellocino de oro. Famosa alusión mitológica al viaje de los Argonautas. En el siglo XVIII, se empleaba como metáfora de la búsqueda de la Piedra Filosofal y la riqueza soberana por parte de los reyes. Einfältigen Einigkeit: Unidad o simplicidad pura. Estado homogéneo molecular al que se reducen las amalgamas tras eliminar los componentes heterogéneos en el crisol.
La advertencia sociológica contra los Nobles Ausentes: El texto lanza un agudo comentario sobre la sociología de las cortes del Sacro Imperio Romano Germánico al afirmar que escribe «para los grandes señores, quienes rara vez ponen manos a la obra por sí mismos» («vor groſſe Herren, die ſelten mit Hand anlegen»). Pantaleón advierte a los príncipes que no pueden pretender alcanzar el «vellocino de oro» delegando ciegamente en criados o en charlatanes de calle; la complejidad del laboratorio exige supervisión directa o el conocimiento de este manual de auditoría para no ser estafados.
El canon de las cinco Leyes del Mercurio: Las cinco leyes resumidas en este folio constituyen el corazón de la transición de la alquimia hacia la química metalúrgica moderna. El autor desmitifica la Piedra: exige que la materia sea un metal real («ſeinen Urſprung nach metalliſch ſey»), que se despoje de la «tierra venenosa» mediante un lavado mecánico radical y que demuestre sus propiedades físicas formando amalgamas sólidas fuera del fuego («einem harten Klumpen werde») que se licúen de nuevo al calor, sentando un protocolo de control de calidad empírico inédito para la época.
[26] La definición del Color como Azufre Elevado: El núcleo teórico de este nuevo capítulo ofrece una magnífica muestra de la iatroquímica del siglo XVIII. El autor deconstruye el origen del color de los metales mediante una definición estrictamente material: la tintura metálica es el azufre del oro («der Schweffel des Goldes») refinado y fijado mediante una cocción prolongada dentro de su propia matriz de mercurio. El color amarillo resplandeciente del oro se concebía como la manifestación visual de un azufre perfectamente maduro y libre de impurezas arsenicales.
El Oro como Mercurio Modificado por el Calor: El texto consolida el gran postulado unificador de la obra al reiterar de forma matemática que «el oro no es otra cosa que un mercurio» («weil das Gold anders nichts iſt, als ein Queckſilber»). Abre un profundo debate físico sobre la uniformidad de los cuerpos estables; argumenta que para comprender por qué el oro posee ese color inmortal, el operario debe estudiar primero la anatomía interna del mercurio líquido común, pues este contiene en su vientre la misma matriz calórica que el fuego del laboratorio debe despertar.
[27] La paradoja física del Mercurio como Agua y Fuego: Esta página posee un valor histórico excepcional para documentar la transición de la teoría de los cuatro elementos hacia la química mecánica. El autor define al mercurio de forma dialéctica como una unión indisoluble de agua (la fluidez líquida pasiva) y fuego (el núcleo calórico y volátil activo). Explica que la estabilidad del metal se rige por este equilibrio perfecto; si el operario logra romper la «semilla astral» que los une, el compuesto se quiebra instantáneamente, liberando el agua elemental y dejando al descubierto la «grasa sulfúrea» parásita.
El dilema del Alcahest de Van Helmont: La alusión al célebre Jan Baptist van Helmont y sus lamentos sobre el Alcahest documenta las grandes disputas experimentales del siglo XVII. Van Helmont advertía en sus bitácoras que el disolvente universal era tan sumamente sensible a las leyes de afinidad homogénea que, al entrar en contacto con aguas o jugos de su misma condición elemental, el sistema se neutralizaba y se destruía «en un abrir y cerrar de ojos», perdiendo su poder corrosivo.
La Astrología Química y el influjo de las Estrellas: El pasaje final consolida el axioma hermético barroco de la correspondencia entre el cielo y el crisol. Pantaleón argumenta de forma racional que la forma interna del mercurio es idéntica al «elemento de las estrellas» («dem Element der Sterne… ähnlich ſey»). Los astros actúan como inmensos radiadores térmicos espaciales que inyectan sus corrientes calóricas en el vientre de la tierra, justificando por qué el control exacto de la temperatura en el horno es capaz de emular esta ingeniería cósmica para madurar el mercurio y transformarlo en oro.
[28] La teoría de la Reflexión Astral Subterránea: Esta página ofrece un testimonio historiográfico excepcional sobre la física geológica de la Ilustración temprana. Pantaleón detalla un mecanismo de retroalimentación energética cósmica: las estrellas proyectan sus rayos ígneos hacia el núcleo terrestre, donde rebotan («zurück geſchlagen») y ascienden cargados de calor a través de las rocas. Al chocar con las corrientes de «agua elemental» subterránea, los vapores se condensan mecánicamente dando origen al mercurio líquido bruto, el cual actúa como la matriz o matriz embrionaria de todos los metales del mundo.
El calor Geotérmico como motor de Transmutación Natural: El pasaje formula una explicación estrictamente material del origen del oro en las minas. El autor desmitifica los procesos mágicos: el oro no nace por un milagro divino aislado, sino que es el resultado de un proceso continuo de refinamiento geotérmico. El calor extremo de las profundidades opera una constante «separación de las partes inútiles» («Abſcheidung vorgehet der unnützen Theile»), evaporando las escorias del mercurio bruto hasta «cocerlo» y fijarlo en forma de pepitas de oro puro, justificando por qué el laboratorio debe imitar este gradiente térmico mediante el uso del horno.
La deconstrucción mecánica del Peso Metálico: El fragmento final introduce una reflexión física de una modernidad asombrosa basada en el principio de conservación de la masa («Ex nihilo nihil fit»). Pantaleón rechaza las explicaciones místicas sobre la extrema densidad y peso del mercurio líquido; argumenta de forma mecánica que el peso no puede nacer de la nada, sino que es la consecuencia directa de una compresión masiva («Dickmachung und Zuſammenrinnung des Waſſers»). Al ser el agua elemental confinada y fuertemente compactada por las presiones del subsuelo, sus moléculas reducen su volumen aumentando exponencialmente su gravedad específica.
[29] La microfísica del calor en las Minas: Esta página ofrece un testimonio historiográfico excepcional sobre la transición hacia la química corpuscular. El autor deconstruye el proceso de maduración geológica explicando que el calor de las profundidades está hecho de «pequeños corpúsculos sulfúreos e ígneos» («kleine ſchweffeliche feurige Stäublein»). Estas partículas libres penetran los poros del mercurio líquido por una ley de afinidad homogénea («lo semejante entra en su semejante»), fijándose en su interior y actuando como un cemento molecular que espesa el fluido.
El mecanismo de desplazamiento de las Escorias: El pasaje detalla de forma mecánica cómo nace el oro. A medida que el polvillo ígneo satura el mercurio, los enlaces de los «azufres terrenales toscos» («grobe irrdiſche Schweffel») se rompen y son expulsados del sistema. El «núcleo blanco como la nieve» del mercurio se contrae y se condensa por la acción de este fuego corporal acumulado, transformándose en oro sólido. Pantaleón demuestra así que la transmutación es un proceso puramente físico de filtrado, saturación calórica y densificación gravimétrica.
[30] La prueba gravimétrica del Espejo Ustorio: Esta página posee un valor científico e histórico monumental al documentar la física experimental de la Ilustración temprana germánica. Pantaleón rebate a quienes consideraban el calor como una cualidad abstracta demostrando que el fuego posee masa física corpórea («daß das Feuer… corporäliſch werde»). Al calcinar el régulo de antimonio utilizando un espejo de quemar («Brenn-Spiegel»), el metal quedaba expuesto únicamente a la luz solar pura; el hecho verificado de que las cenizas resultantes pesaran más que el metal inicial probaba de forma cuantitativa que los corpúsculos ígneos del Sol se habían fijado físicamente dentro de la red molecular de la sustancia, anticipando los experimentos que décadas más tarde realizarían Lavoisier y los químicos modernos para derribar la teoría del flogisto.
El dogma de la Homogeneidad Absoluta de Arnaldo: Al regresar a la preparación práctica de la tintura, el autor blinda el Capítulo Segundo contra las recetas espurias recuperando el axioma de clausura del Rosarium Philosophorum de Arnaldo de Vilanova: el elixir de transmutación es un sistema cerrado que rechaza cualquier aditivo vegetal o salino ajeno («Bringet kein Waſſer, noch Pulver… zum Steine»). Exige que el crisol contenga exclusivamente oro maduro y mercurio líquido puro, ya que al compartir la misma estructura atómica, son los únicos elementos capaces de fundirse en un compuesto perfectamente simétrico y estable ante el fuego.
[31] La mecánica de la Penetración Atómica en el Vidrio: Esta página ofrece una magnífica muestra de la física molecular de la Ilustración temprana. El autor describe la multiplicación como un proceso donde el componente volátil penetra la estructura compacta del metal estable («das flüchtige an das beſtändige zu durchgehen»), alterando su matriz sin verse frenado por las paredes del matraz («ungehindert der dichten Gläſer»). Explica que esta absorción ocurre debido a la «extrema sutilidad» («höchſten Subtilheit») de las partículas calóricas, justificando la amalgama como una fusión molecular homogénea.
La reducción de la Metalurgia a dos únicas Vías: El pasaje final establece una brillante simplificación taxonómica de la ciencia de los metales al decretar que en la naturaleza solo operan dos tipos de transformaciones («zweyerley Verwandelungen»). La primera es la vía geológica ordinaria, un proceso correctivo y sustractivo que consiste en «descartar los componentes superfluos» («Wegwerffung der überflüſſigen Theile») mediante el calor lento de la corteza terrestre, preparando al lector para definir la segunda vía (la vía del arte) en el folio siguiente.
[32] La Alquimia como Óptica Concentrada (El modelo de la Luz): Esta página ofrece un testimonio epistemológico de un valor incalculable para documentar el pensamiento de la Ilustración temprana alemana. El autor deconstruye la transmutación utilizando las leyes de la propagación de la luz. Explica que el elíxir o tintura es «luz concentrada y estable» («in die Enge zuſammen getriebene und beſtändige Licht»). Del mismo modo que un espejo cóncavo concentra la luz dispersa del Sol en un foco ustorio multiplicando su calor, el arte químico condensa la energía dispersa de la naturaleza en un grano de polvo, logrando realizar «en un abrir y cerrar de ojos» la maduración que a la geología subterránea le cuesta milenios ejecutar debido a la «debilidad de su principio activo» («Schwachheit des würckenden»).
La Transmutación por Asimilación Homogénea: El pasaje introduce una audaz innovación teórica al afirmar que el arte transmuta el mercurio «sin necesidad de separar los componentes superfluos» («ohne Abſcheidung der Überflüſſigkeit»). Pantaleón argumenta que el poder energético de la tintura es tan «increíblemente sutil» que penetra e impregna tanto las partes limpias como las impuras de la amalgama. Actúa como un rayo de luz que clarifica la opacidad de la «tierra» parásita del mercurio común, asimilando todo el compuesto dentro de la red molecular del oro, una fijeza homogénea que el autor asegura que resiste la «prueba de regresión artificial» («fürnstliche Rückkehrung»), demostrando ser idéntico al oro natural de las minas.
[33] El principio de Simetría Química y Conservación: Esta página ofrece un testimonio historiográfico excepcional sobre la lógica inductiva de la Ilustración temprana. Pantaleón formula un elegante argumento basado en la simetría de las fuerzas de la naturaleza: si un operario común es capaz de agarrar el mercurio líquido y extraer de él casi instantáneamente un precipitado sólido e irreversible («en una tierra completamente estable»), la lógica física exige aceptar que el proceso inverso también es viable. El químico legítimo puede utilizar un agente simétrico y puro («azufre celestial e iluminador») para revertir el compuesto y disolver la opacidad de los metales inferiores.
La primacía de la Homogeneidad sobre la Heterogeneidad: El pasaje introduce un axioma fundamental de la iatroquímica transicional: «la restauración y conservación de lo semejante es mucho más fácil que la transformación de algo homogéneo en algo heterogéneo» («Denn die Wiedererſtattung und Erhaltung ſeines gleichen iſt viel leichter…»). El autor argumenta que, dado que el oro y el mercurio comparten la misma matriz nuclear de agua elemental, el laboratorio opera a favor de corriente: no busca forzar la naturaleza creando elementos artificiales extraños, sino acelerar mecánicamente una afinidad molecular latente que ya está «conocida en todas partes por la frecuente transformación del mercurio», abriendo formalmente las auditorías del Capítulo Tercero.
[34] La auditoría analítica del Pan de Oro Comercial: Esta página ofrece un testimonio técnico excepcional sobre el pragmatismo de la Ilustración temprana germánica aplicada a la metalurgia. El autor introduce una regla de control de calidad muy estricta para evitar el fracaso del experimento: prohíbe taxativamente utilizar el pan de oro común de los comercios («die gemeinen Goldblätlein») debido a las aleaciones clandestinas de cobre que introducían los artesanos. Exige que el operador purifique su propio material de partida, demostrando que detrás de los fallos de laboratorio no había misterios mágicos, sino una simple contaminación heterogénea de los reactivos brutos.
La autosuficiencia del Mercurio según Geber: El pasaje desvela el gran arcano operativo de la escuela pseudo-geberiana al analizar el oro filosófico. Al recuperar la célebre máxima de la Summa de Geber («Si realizas la obra partiendo únicamente del mercurio, serías el descubridor de una obra maestra…»), Pantaleón valida su método endógeno: el verdadero artista no necesita gastar fortunas comprando oro en las cecas; puede fabricar su propio «oro» madurando y espesando el núcleo puro del mercurio vivo, el cual actúa como una matriz autosuficiente.
[35] El Químico como Médico de la Materia: El pasaje inicial introduce una hermosa formulación de la iatroquímica macrocósmica. El autor fusiona los límites entre la medicina y la mineralogía al definir al verdadero científico como un «médico de la naturaleza humana y metálica» («Arzt, beydes der menſchlichen und metalliſchen Natur»). Al legitimar esta tesis mediante un aforismo de Hipócrates, el texto argumenta que curar un cuerpo humano enfermo mediante elíxires destilados y «curar» a un metal inferior impuro (el plomo) refinándolo en el crisol hasta convertirlo en oro, son manifestaciones de una misma ley terapéutica universal.
La deconstrucción de la Fiebre de la Alquimia Popular: El poema satírico intercalado constituye un testimonio historiográfico de un valor sociológico incalculable. Describe de forma cruda la democratización descontrolada y la degradación que sufrió la disciplina en el Sacro Imperio Romano Germánico. Pantaleón denuncia que la fiebre del oro ha trastocado el orden social estamental: barberos («Scherer»), ancianas («altes Weib»), soldados, consejeros de la corte y monjes descuidan sus profesiones legítimas para encerrarse a soplar carbón empujados por la codicia. El autor utiliza esta burla popular para justificar el propósito del Capítulo Tercero: es obligatorio establecer un examen riguroso que actúe como filtro para separar al científico verdadero de esta «plebe desocupada» («loſen Geſindlein»).
[36] La crítica al Vitriolo como Falsa Materia Prima: Esta página posee un valor historiográfico extraordinario para documentar la campaña de saneamiento científico que operó la Ilustración temprana en Alemania. Pantaleón arremete contra una de las escuelas químicas más extendidas y erróneas de los siglos XVII y XVIII: aquella que pretendía extraer la Piedra Filosofal a partir del vitriolo (sulfato de hierro o cobre), seducida por los escritos crípticos atribuidos a Basilio Valentín (el famoso acrónimo V.I.T.R.I.O.L.). El autor desmitifica estas recetas explicando que, por más que los operadores «purifiquen, endulcen» y cristalicen el mineral hasta volverlo un brillante «rubí transparente», el vitriolo sigue estando fuera del género metálico homogéneo.
La confrontación entre la Complejidad y la Simplicidad: El pasaje central establece el gran criterio de auditoría del Capítulo Cuarto: la confrontación directa entre el «variado remiendo» (Flickwerck) de los impostores y la «única y simple materia» (einigen und einfachen… Materie) de los verdaderos científicos. Pantaleón demuestra de forma deductiva que la naturaleza opera con leyes uniformes: el verdadero camino es directo y se restringe a la matriz pesada del mercurio nativo, mientras que la charlatanería cortesana se reconoce de inmediato por exigir interminables destilaciones de sales corrosivas ajenas a la metalurgia real.
[37] El fraude de las Etimologías Alquímicas: Esta página ofrece una valiosísima radiografía epistemológica sobre los métodos de justificación de la ciencia de los metales en el año 1729. Pantaleón desmonta la manipulación textual que practicaban los charlatanes. Explica que, al fracasar en el laboratorio con sus mezclas de vitriolo, los operadores no admitían su error; se escudaban en el famoso acróstico latino VITRIOLUM («procedentes de las primeras letras del latín») para convencer a sus mecenas de que el material estaba bendito por los antiguos, y que si el experimento fallaba era simplemente porque esa muestra de mineral no estaba lo bastante «fecundada» («nicht genugſam geſchwängert») por la naturaleza.
La deconstrucción del Antimonio y el Mito de la Flor: El pasaje documenta el tránsito histórico hacia la demolición de la escuela del antimonio marcial, defendida masivamente por Eireneo Filaleto. Pantaleón denuncia que tras el fracaso del vitriolo, los particularistas cortesanos se abalanzaron sobre el antimonio bruto («Spießglaß / Antimonium»), fascinados por una falsa etimología griega que lo traducía poéticamente como «la flor de los metales». El autor advierte con ironía que los falsos maestros creyeron de inmediato que por descifrar el nombre poético ya habían «atrapado a la liebre» y dominaban la metalurgia práctica, preparando al lector para demostrar en la página siguiente por qué el antimonio ordinario también destruye el crisol si se ignora la matriz mercurial.
[38] «La Gran Obra sobre el papel» (auf dem Papiere): El autor utiliza una ironía muy común en la Ilustración. Explica que los procesos químicos y las transmutaciones de los «sofistas» funcionaban a la perfección en la teoría y en las fórmulas escritas en el papel, pero fracasaban estrepitosamente en el laboratorio real en cuanto se sometían al fuego del crisol.
El hierro como «Guerrero belicoso» (streitbarer Kriegesmann): En la alquimia, cada metal estaba ligado a un planeta y a una deidad mitológica. El hierro está regido por Marte, el dios de la guerra. Por eso el autor utiliza metáforas militares («guerrero», «derribar a los alquimistas») y se refiere a sus compuestos químicos o subproductos químicos como «sangre marcial» (martialischen Geblüthe).
La cita a Galeno: Claudio Galeno fue el médico griego clásico cuya teoría de los cuatro humores rigió la medicina hasta bien entrada la Edad Moderna. El texto conecta la metalurgia con la medicina humoral de la época: se creía que el exceso de sangre (temperamento sanguíneo extremo o plétora) adormecía las capacidades mentales; el autor juega con este concepto diciendo que los alquimistas arruinaron la plata (asociada a la Luna/flemático) volviéndola «melancólica» (pesada/inerte) al saturarla con los componentes del hierro.
- Terminología mineralógica de la época: Al final del fragmento se listan sustancias clave de los laboratorios antiguos:
- Galmey (Calamina): Mineral de zinc utilizado para la fabricación de latón.
- Blutstein (Hematita): Óxido de hierro, llamado así por el color rojo sangre de su polvo.
- Armenischen Stein (Piedra de Armenia): Un mineral azul o verdoso (asociado históricamente a la azurita o carbonato de cobre) usado en medicina antigua y pigmentos.
- Bleyweiß (Albayalde): Carbonato básico de plomo, un pigmento blanco extremadamente tóxico muy usado en la época.
[39] Los «Sabios Maestros» frente a los «Sofistas»: El autor establece una clara línea divisoria dentro del pensamiento de la época. Por un lado, respeta a los «sabios maestros» (los verdaderos filósofos naturales o químicos tempranos de la Ilustración, que operaban bajo un método riguroso); por el otro, desprecia a los «sofistas» o sopladores de carbón (Köhler), charlatanes itinerantes que saltaban ciegamente de un experimento a otro sin base teórica, arruinándose en el proceso.
«Nuestro Punto» (unsern Punct): En los textos herméticos y de la alquimia tardía, el «punto» o «punto central» hace referencia a la esencia íntima de la materia, el núcleo o principio activo indispensable para lograr la transmutación o la medicina universal (la Piedra Filosofal).
La madurez de los metales (Oro «maduro» e «inmaduro»): El texto refleja la teoría orgánica de los minerales, muy extendida hasta el siglo XVIII. Se creía que los metales «crecían» dentro de la Tierra como plantas o fetos. El plomo o el hierro eran vistos como metales «unreiff» (inmaduros o abortados), mientras que el oro era el metal «reiff» (completamente maduro y perfecto). Los alquimistas astutos justificaban sus fracasos diciendo que el mineral contenía oro en estado «volátil» o inmaduro que se les escapaba por el tiro del horno antes de poder fijarlo.
La excusa de los necios («Ich hätt es nicht gedacht»): El autor satiriza la psicología del falso alquimista. Tras gastar fortunas en materiales costosos, reactivos químicos y carbón, al ver el crisol vacío o roto por las altas temperaturas, el embaucador se justificaba ante sus mecenas diciendo simplemente que «no se esperaba ese resultado», atribuyendo el fallo a un accidente y no a la falsedad de su teoría.
[40] La «naturaleza hambrienta» de los minerales (hungeriger Art): El texto recurre a metáforas antropomórficas muy comunes en la metalurgia antigua. Describe al arsénico y al antimonio (denominados «azufres») como sustancias «hambrientas» o «codiciosas» porque, al someterse al fuego, actúan como potentes disolventes o agentes corrosivos. Si no se les añade un material de sacrificio (como cal viva o hierro), corroen, oxidan o disuelven los metales nobles presentes en el crisol (como el oro o la plata), evaporándose junto con ellos («se lo llevan consigo»).
El «Azufre Astral» (Astralischen Schweffel): Este concepto está ligado a la teoría macrocosmos-microcosmos de Paracelso. Los alquimistas creían que las influencias de las estrellas y los planetas (lo astral) penetraban en el interior de la Tierra, actuando como la chispa espiritual o «azufre interno» que fecundaba al mercurio primordial para generar las vetas de metal.
La teoría Azufre-Mercurio: El párrafo detalla el núcleo de la alquimia medieval y moderna: todos los metales están compuestos por dos principios esenciales, el Azufre (el principio inflamable, masculino y cromático) y el Mercurio (el principio metálico, femenino, líquido y volátil). Para crear oro, se requería purificar la «parte mercurial» de sus «impurezas terrenales» y de los azufres corruptos.
El Arte ayudando a la Naturaleza: El autor expone el límite de la disciplina. La alquimia (die Kunst) puede acelerar los procesos geológicos mediante reactivos químicos («sales»), pero no puede saltarse las leyes naturales. Advierte que la transmutación real no es un truco instantáneo de pocos días, sino que requiere una «cocción lenta» (langsame natürliche Kochung) y constante, emulando el calor del útero terrestre.
Fijación (Figirung): Es el término técnico alquímico (fixatio) para el proceso de convertir una sustancia volátil (que se evapora fácilmente con el calor, como el mercurio) en una sustancia fija y sólida que resista el fuego del crisol sin alterarse.
[41] «Traer poco provecho a las cocinas» (wenig in die Küchen brachte): Es una expresión idiomática alemana de la época. Significa que los procesos de transmutación lenta y natural descritos en la página anterior no generaban ingresos rápidos para el sustento diario del alquimista ni para pagar sus deudas. El autor se burla de cómo la codicia urgente (el «maldito hambre de oro») los obligaba a abandonar la paciencia científica.
«Tocan siempre la misma melodía» (auf einer Seiten geigen): Literalmente significa «tocar el violín usando una sola cuerda». Es una metáfora para indicar que todos los autores clásicos de alquimia coinciden de forma unánime y repetitiva en señalar al mercurio como la materia prima indispensable.
El «Martirio» del Mercurio (zu seiner Marter geführet): Conecta directamente con la metáfora del «martirio» de los minerales que apareció en la página 295. Debido a su volatilidad y fluidez única, los alquimistas sometían al mercurio a innumerables procesos destructivos (destilaciones, amalgamas, baños de ácido, calcinaciones) para intentar «fijarlo».
La afinidad entre el Mercurio y el Oro: El texto resalta una propiedad química real conocida desde la antigüedad: la extraordinaria capacidad del mercurio para disolver metales preciosos y formar amalgamas. En la literatura hermética, esto se describía poéticamente como un «amor único por el oro, su semejante».
La analogía con los emperadores romanos: El autor introduce una brillante y satírica hipérbole histórica al comparar los experimentos de laboratorio con las persecuciones cristianas en el Imperio Romano. Menciona a cuatro de los emperadores más famosos por sus edictos y violencia contra los mártires cristianos: Domiciano, Decio, Nerón y Diocleciano. Al afirmar que el mercurio «no ha querido renegar de su fe», el autor explica que, a pesar de los brutales tratamientos químicos recibidos, el mercurio siempre tendía a recuperar sus propiedades físicas originales sin transmutarse en oro real.
[42] La «fe» del mercurio: El texto arranca completando la frase de la página anterior. La «fe» inquebrantable del mercurio consiste en «engañar a los sofistas [falsos alquimistas] y obedecer a los maestros honrados». Es una forma poética de decir que las leyes de la química son inmutables: el mercurio reacciona de forma predecible ante un científico riguroso, pero arruina los trucos y fantasías de los charlatanes.
«Blanco como la nieve y dulce»: Describe los intentos de producir calomelanos (cloruro de mercurio I) mediante la combinación de mercurio con sales y su posterior «sublimación» (evaporación y solidificación directa). El calomelanos es un polvo blanco que, a pesar de su toxicidad, posee un sabor ligeramente dulce y se usaba en medicina antigua como purgante. Los alquimistas creían que en este estado purificado y sin «aspereza» (Schärffe) disolvería el oro de manera más pura.
El País de Jauja (Schlaraffenland): El autor usa la ironía más absoluta al mencionar que los alquimistas más pretenciosos («los que querían ser extremadamente listos») afirmaban poder extraer el mercurio de fuentes místicas, de la atmósfera o del propio Schlaraffenland (la mítica tierra de la abundancia donde la comida cae del cielo). Con esto ridiculiza las recetas absurdas de los manuales herméticos.
El Mercurio como «Burlador» (Spottvogel): En alemán, Spottvogel significa literalmente «pájaro burlón». El autor define al mercurio con este término porque, tras meses de caros experimentos para «fijarlo» en un metal sólido o transmutarlo, al final del proceso el compuesto solía romperse o reducirse y el alquimista volvía a encontrar en el fondo del crisol exactamente lo mismo con lo que empezó: gotas de mercurio líquido y brillante («mercurio vivo»), evaporándose y burlándose de sus esfuerzos.
El fin de la era alquímica: El párrafo concluye con una valiosa crónica sociológica de finales del siglo XVII y principios del XVIII. El autor habla de la alquimia como un «triste juego» (traurige Spiel) que por fin está llegando a su término en Europa. Constata que la nueva ciencia de la Ilustración (la química moderna) está desplazando a los viejos sopladores de carbón, obligando a los últimos alquimistas supervivientes a retirarse.
[43] «Cortar la capucha» (Kappe geschnitten): Es una expresión idiomática del alemán antiguo equivalente a «burlarse de alguien», «tomarle el pelo» o «engañar a alguien dejándolo en ridículo». Conecta directamente con la página anterior, donde el mercurio era llamado el «pájaro burlón» (Spottvogel) de los alquimistas por frustrar siempre sus intentos de transmutación.
La Dieta Imperial Alquímica (Reichstag ausgeschrieben): El autor utiliza una genial alegoría político-satírica. Compara a la comunidad de alquimistas con el Sacro Imperio Romano Germánico. Al verse incapaces de dominar químicamente al mercurio, los alquimistas celebran una «Dieta» (parlamento) simulada donde juzgan, condenan, despojan de honores y «destierran» legalmente al elemento mercurio del imperio de los laboratorios, tachándolo de «traidor a la patria» (Verräther des Vaterlandes).
La paradoja del mercurio común y el filosófico: El texto ridiculiza la gimnasia mental de los alquimistas. Para justificar el destierro, alegan que el mercurio común es un metal terminado y que «un metal no puede engendrar a otro». Los charlatanes siempre se escudaban en que los libros clásicos no se referían al mercurio líquido del mercado (gemeine), sino a un «mercurio de los filósofos» secreto y místico, evitando así admitir el fracaso de sus experimentos reales.
«Hornear pan sin harina» (ohne Meel Brod backen): Refrán de la época. Como la teoría alquímica clásica exigía obligatoriamente una base mercurial (el principio líquido/metálico) para realizar la Gran Obra, no podían simplemente eliminar el concepto. Necesitaban un sustituto urgentemente si querían seguir experimentando y recibiendo dinero de sus mecenas.
La elección del Salitre y Sendivogius (SENDIVOGII): Michael Sendivogius (1566–1636) fue un famosísimo alquimista y médico polaco. En sus tratados (como Novum Lumen Chymicum), Sendivogius otorgó un papel central al salitre (nitrato de potasio, Salniter), afirmando que contenía el «alimento de la vida» o un espíritu invisible del aire indispensable para la transmutación. El texto relata cómo la comunidad alquímica adopta esta corriente histórica, sustituyendo el mercurio por el salitre en sus hornos con la esperanza de tener mayor éxito (o una nueva excusa para continuar el «triste juego»).
[44] Los «Destructores del oro» (Gold-Verderber): El autor vuelve a usar un término fuertemente despectivo para referirse a los falsos alquimistas. En lugar de creadores o multiplicadores de oro, los llama directamente «destructores», porque en sus costosos experimentos solían terminar disolviendo, calcinando o perdiendo el oro real que sus mecenas les entregaban como base.
El «Avecilla Hermética» (Hermetische Vögelein): En la iconografía y literatura hermética, las aves (como el fénix, el águila o el cuervo) simbolizaban las sustancias volátiles que se elevaban en el matraz durante la destilación o sublimación. El «alma carmesí» asociada a este pájaro hace referencia a la rubedo (fase roja), la etapa final de la Gran Obra que indicaba la obtención de la Piedra Filosofal capaz de transmutar metales en oro.
Alemania como la «Meca» de la alquimia tardía: El pasaje ofrece un valioso testimonio geopolítico de la época. Describe a Alemania (Teutschland) como la tierra prometida para los charlatanes extranjeros y la ruina para los locales. Tras la Guerra de los Treinta Años, el territorio alemán estaba fragmentado en cientos de pequeños principados y cortes independientes. Muchos de estos príncipes y duques, obsesionados con sanear sus arcas vacías, financiaban alegremente a cualquier alquimista viajero que les prometiera fabricar oro, convirtiéndose en el blanco perfecto para las estafas.
El color Púrpura y el Oro: La mención de tratar el oro con salitre para buscar el color púrpura alude a un hito químico real de la época: el púrpura de Cassius (un precipitado de oro coloidal purpúreo descubierto en el siglo XVII). Los alquimistas veían en este cambio de color una confirmación mística de que el salitre estaba «activando» u «abriendo» el alma del oro.
Obra Universal frente a Obra Particular: El texto describe el dilema comercial y fraudulento del alquimista. La «Obra Universal» (das Universal) implicaba haber descubierto la verdadera Piedra Filosofal capaz de transmutar cualquier metal y curar enfermedades. La «Obra Particular» (ein Particular) era un proceso menor y limitado que solo alteraba superficialmente un metal específico. Los alquimistas dudaban si anunciar su hallazgo como el secreto absoluto de la naturaleza o empaquetarlo rápidamente como un truco menor para vendérselo a algún príncipe incauto (Fürsten und Herren) a cambio de patrocinio inmediato.
[45] Los tres reinos de Paracelso: Paracelso (1493–1541), el revolucionario de la iatroquímica, afirmaba que el universo y la Piedra Filosofal se estructuraban a través de tres principios: el Azufre, el Mercurio y la Sal (los «tres reinos terrenales»). Los alquimistas defendían el salitre porque creían ver en él esta misma naturaleza trinitaria.
«Llevada por el viento» (Hermes Trismegisto): Es una cita directa a la Tabla de Esmeralda, el texto fundacional de la alquimia atribuido al mítico Hermes Trismegisto. El texto hermético dice del principio de la Piedra: «El viento lo llevó en su vientre». Dado que el salitre (nitrato de potasio) florecía de forma natural en las paredes de cuevas y sótanos a partir del aire y la humedad, los alquimistas del siglo XVII creían firmemente que el salitre era, literalmente, ese «espíritu aéreo» universal del que hablaba Hermes.
El cálculo del bolsillo (mit ihrem Säckel): El autor aporta una dosis de crudo realismo económico. Los alquimistas más prácticos se daban cuenta de que el experimento del salitre era un fraude financiero: tras semanas de trabajo, al limpiar el crisol, la cantidad de oro resultante era exactamente la misma que el oro fino que habían tenido que poner de su propio bolsillo al principio para iniciar la reacción. No había ninguna «multiplicación» o transmutación real de los metales base.
El «Jugo Nitroso» (nitrosischen Saffte): Hace referencia al ácido nítrico (o al agua regia, si se combinaba con sal marina), que se obtenía destilando salitre. El autor maneja conocimientos químicos avanzados para su época: aclara que el salitre o sus ácidos no están «creando» u «procreando» oro nuevo, sino que simplemente están «corroyendo de manera sofística» (auf Sophistische Weise zerbissen) el metal ya existente, desarmando la ilusión de los charlatantes mediante el principio metalúrgico de que «lo semejante solo se disuelve y reduce con su semejante».
[46] La lógica de la inmutabilidad física: El autor utiliza una impecable lógica física de transición para acorralar a los alquimistas. Explica que si el salitre reaccionara para dar oro, sería inútil, porque el oro no reacciona consigo mismo (kein Gold das andere aufschleußt). Y si afirman que produce mercurio, contradicen las leyes de la termodinámica de la época: es absurdo y «ungereimt» (incongruente) que un cuerpo fijo que resiste las altísimas temperaturas del crisol genere por la acción de ese mismo fuego un elemento altamente volátil que se evapora de inmediato.
Los «Doce Trataditos» de Sendivogius: Se menciona explícitamente la obra cumbre de Michael Sendivogius, Tractatus de Lapide Philosophorum [Novum Lumen Chymicum], que constaba precisamente de doce capítulos o tratados breves.
El lenguaje codificado «por causa de los indignos» (um der Unwürdigen willen): El autor justifica por qué los antiguos sabios escribían con metáforas crípticas. En la tradición hermética se creía firmemente que los secretos de la transmutación no debían caer en manos de personas codiciosas o inmorales («los indignos»). Por tanto, cuando Sendivogius escribía la palabra «salitre», no se refería al nitrato de potasio común que se extrae del campo o de las plantas (Salniter der Feld-Gewächse), sino a un «salitre metálico» abstracto o principio ideal. Los falsos alquimistas erraban al tomarse las alegorías al pie de la letra.
No arrojar «perlas a los cerdos» (die Perlen vor die Säu werffen): Es una cita bíblica directa (Mateo 7:6) muy utilizada en los prefacios alquímicos para defender el uso del secreto y el ocultismo lingüístico. Los autores clásicos preferían esconder sus recetas bajo el velo de la alegoría antes que simplificar la verdad natural en «una hoja de papel» al alcance de cualquiera.
[47] La máxima biológica de Sendivogius: El autor cita un pasaje fundamental de Sendivogius para desarmar la teoría del salitre: «De un perro no se engendra otra cosa que un perro». Utiliza este axioma natural clásico (la ley de la reproducción de las especies) como un argumento químico definitivo: para obtener oro (un metal) se debe partir obligatoriamente de una matriz o semilla que ya sea de naturaleza metálica. Es biológicamente imposible que una sal vegetal o mineral engendre un metal precioso.
El viento del microcosmos («die im Glase stecken»): El autor aclara la famosa metáfora hermética de la Tabla de Esmeralda de la que se hablaba en la página 303 («El viento lo llevó en su vientre»). Explica humorísticamente que los textos antiguos no se referían al viento meteorológico que sopla en el mundo exterior (der grossen Welt / macrocosmos) y que genera el salitre en las cuevas, sino a los gases y vapores volátiles que se desprenden, circulan y se condensan en el espacio cerrado del cuello de una retorta o matraz de vidrio (der kleinen [Welt] / microcosmos / im Glase stecken).
El Mercurio de «estirpe real» (Königlichen Stamme): Al advertir a los alquimistas que tengan cuidado de no ganarse el desprecio del mercurio, el autor personifica al metal líquido como a un monarca ofendido. En la jerga de la época, el mercurio común seguía siendo el «rey» indiscutible de la metalurgia teórica, y desterrarlo políticamente (como hicieron en la Dieta de la página 301) para sustituirlo por el salitre solo trajo el ridículo a los laboratorios.
La caída del salitre y el auge del Tártaro (Weinstein): El fragmento describe a la perfección el ciclo sin fin del engaño alquímico. Una vez que el salitre fracasa estrepitosamente (des Salniters Fall) y los mecenas se dan cuenta de la estafa, los charlatanes no admiten su ignorancia; simplemente abandonan esa sustancia y saltan a una nueva «materia de moda» para renovar las falsas promesas de riqueza. En este caso introducen el tártaro o crémor tártaro (Weinstein, bitartrato de potasio), un sedimento alcalino que se acumula en los barriles de vino y que los alquimistas utilizaban como un potente fundente y reactivo.
[48] Ramón Lulio (LVLLIVS) y la Tierra Hojaldrada: El texto alude a las enseñanzas atribuidas al célebre filósofo y místico mallorquín Ramón Lulio (siglo XIII), cuyo nombre fue usado pseudoepigráficamente en multitud de tratados alquímicos posteriores. La «tierra hojaldrada» (gebletterte Erde o terra foliata) es el término técnico para el acetato de potasio puro, obtenido al reaccionar el tártaro del vino con vinagre. Los alquimistas llamaban a este proceso «sembrar el oro» en una tierra fértil, pero el autor ironiza usando una metáfora cinegética: en esta cacería (auf dieser Jagd) los operadores gastaron su tiempo y no cobraron pieza alguna (kein Wildpret gefangen), volviendo con las manos vacías.
La trampa del Alumbre (Alaune): El alumbre (sulfato doble de aluminio y potasio) al ser calcinado y tratado puede producir subproductos de sabor ligeramente dulce. El autor explica el autoengaño del operador: creían haber aislado una «sal dulce» mística (asociada a la mítica materia prima), pero al estabilizarse la reacción química se daban cuenta de que solo tenían el mismo alumbre común del inicio.
El «Agua de Tormenta» (Donner-Wetter Regenwasser): Refleja una práctica muy extendida en la época pre-científica. Se creía que el agua de lluvia recogida durante tormentas eléctricas venía «cargada» de un espíritu vital o fuego celestial debido a los relámpagos. Los alquimistas la dejaban pudrir u oxidar al aire libre (erfaulen lassen) esperando concentrar ese principio cósmico para usarlo como disolvente universal.
La receta de la Tintura y el «Büchsenstein»: El texto describe un proceso químico real de destilación ácida: mezclaban el destilado de agua de lluvia con sal fijada y «aceite de vitriolo» (ácido sulfúrico concentrado), lo que generaba vapores ácidos capaces de disolver metales. El Büchsenstein (término antiguo para la pirita o el sulfuro de hierro) se añadía al crisol para aportar azufre y fijar el color de la supuesta «tintura» de transmutación. El autor confiesa que un erudito francés le juró la efectividad del método, pero él se limitó a mofarse (von mir aber verlachet worden).
Las materias primas extravagantes del siglo XVII: El párrafo final es una maravillosa letanía de la alquimia más desesperada y mística:
- Meyen-Thau (Rocío de mayo): Muy codiciado porque se creía que el rocío de la primavera contenía la máxima concentración de energía astral y espíritu cósmico destilado por la noche.
- Jungfräulichen Erde (Tierra virgen o cananea): Tierra arcillosa profunda que nunca hubiera estado expuesta al sol ni labrada por el hombre, considerada pura y libre de contaminación.
- Harn / Menschenharn (Orina humana): El uso de fluidos corporales orgánicos era habitual en la búsqueda del Anima Mundi. Curiosamente, fue precisamente experimentando y destilando grandes cantidades de orina humana como el alquimista alemán Henning Brand descubrió por accidente el elemento fósforo en 1669, creyendo originalmente que iba a aislar oro líquido debido al color y la luminiscencia del residuo.
[49] Las «bufonadas eruditas» (gelehrten Narrenbossen): El autor califica con dureza y sarcasmo todos los experimentos descritos en la página anterior (el uso de orina, rocío de mayo, agua de tormentas o tierra virgen) como meras necedades o «bufonadas» desprovistas de base científica real, las cuales solo conducían a la pérdida de tiempo y recursos financieros (weniger als nichts bekommen).
La «humedad metálica permanente» (metallische bleibende Feuchtigkeit): Es el término alquímico y metalúrgico clásico (humiditas radicalis metallorum) para referirse al principio fluido primordial de los metales (el Mercurio Filosófico purificado). El autor reitera la postura química oficial de la época: los metales solo pueden ser alterados o trabajados partiendo de su propia naturaleza metálica y no mediante sales o compuestos ajenos.
Tintura Universal frente a Tinturas Particulares: El inicio del Capítulo V plantea el gran debate operativo de la crisopeya (fabricación de oro):
- La Universal-Tinctur (Tintura Universal): El elíxir supremo o Piedra Filosofal que, según los maestros clásicos, purificaba la naturaleza entera, curaba enfermedades y transmutaba cualquier metal base en oro purísimo de forma absoluta.
- Las Particular-Tincturen (Tinturas Particulares): Procesos químicos menores desarrollados por los operadores de laboratorio (Sophisten). No pretendían transmutar el metal desde su raíz, sino alterar superficialmente sus propiedades (como cambiar el color del cobre o de la plata para que parecieran oro ante los ojos de un comprador incauto).
El texto expone las promesas fraudulentas de los charlatanes, quienes aseguraban a sus patrocinadores que con sus tinturas menores podían «fabricar» o extraer dos lotes de oro (unos 29 gramos) de un marco de plata pura que les fuera entregado, camuflando una simple aleación o un engaño de laboratorio como una transmutación parcial genuina.
[50] El catálogo de fraudes alquímicos: Esta página ofrece una de las listas satíricas más completas y valiosas de la literatura de la Ilustración sobre las operaciones metalúrgicas fraudulentas que se realizaban en los laboratorios clandestinos de Europa:
- Fijar y graduar la plata (gradiren): Cambiar la densidad o pureza aparente de la plata mediante aleaciones para hacerla pasar por un metal superior.
- El azufre común y el «Ingreß»: En alquimia, el Ingressus es la propiedad que tiene un elíxir o tintura de penetrar, fundirse y mezclarse íntimamente con las moléculas de un metal base para transformarlo. El autor se burla de que el operador logra fijar el azufre, pero este se queda en la superficie sin «entrar» en el metal.
- Blanquear el cobre (Kupffer eine weisse Farbe anstreichen): Es una estafa metalúrgica clásica consistente en alear cobre con arsénico o níquel para obtener un metal de color blanco brillante que engañaba a los compradores haciéndose pasar por plata fina.
- El azufre del «Spießglass» (Antimonio): El Spießglas era el nombre mineralógico antiguo del estibiconita o sulfuro de antimonio. Se usaba frecuentemente para purificar el oro, y los charlatanes prometían elíxires rápidos a partir de él en plazos imposibles de dos meses.
La metáfora del pulpo (Kein Polypus): El autor compara de manera muy gráfica la astucia y capacidad de camuflaje de los alquimistas fraudulentos con un pulpo (Polypus), debido a su habilidad para cambiar continuamente de discurso, inventar nuevas recetas y mutar sus teorías culposas según sople el viento de sus finanzas.
Las «Villanías» (Bubenstücke) y la psicología del Mecenazgo: El fragmento hace un agudo análisis sociológico de la corrupción en los laboratorios. Explica que la culpa de estas estafas es compartida. Por un lado están los príncipes y nobles (grosse Herren selbst, als Patronen), cuya soberbia les hace creer que pueden dominar la naturaleza y cuya impaciencia exige resultados inmediatos. Por el otro lado están los alquimistas, a quienes tilda de «socios desvergonzados» (unverschämte Gesellen) que se aprovechan de esa codicia cortesana para obtener financiación.
La excusa del tiempo de cocción: Como los tratados clásicos estipulaban que la maduración de la Piedra requería procesos naturales muy lentos (a menudo «más de un año»), los estafadores usaban este plazo como un escudo perfecto. Les permitía vivir a costa del dinero de los señores feudales durante meses, recibiendo alojamiento y asignaciones para carbón y materiales, sabiendo perfectamente que cuando venciera el plazo recurrirían a una nueva excusa o huirían a otro principado.
[51] La ilusión del camino rápido («kurtze Arbeit»): Al enlazar con el final de la página anterior, el autor define cuál es ese «veneno predilecto» que arrastra a los operadores: la falsa creencia de que existe un método abreviado o rápido (kurtze Arbeit) para fabricar oro sin pasar por los largos y costosos procesos de la alquimia clásica. El autor concede de forma irónica que la intención de enriquecerse rápido es comprensible, pero el resultado final (das Ende) siempre es la ruina.
La paradoja del mercurio «heterogéneo» (ungleichen): El autor arrincona teóricamente a los particularistas (alquimistas de efectos parciales). Explica que la maduración química obligatoriamente homogeneiza la materia a través del calor. Por tanto, es una contradicción científica pretender que un metal base se convierta en oro (alcance la madurez metálica máxima) si sus componentes internos siguen siendo desiguales o heterogéneos.
La «Cocción» como purificación (Die Kochung): Refleja un principio de la química de la Ilustración heredado de Aristóteles: el calor actúa como un agente de separación que congrega los elementos de una misma naturaleza y expulsa las impurezas (las escorias). Si un proceso alquímico no logra esta homogeneidad perfecta, el resultado no es oro, sino una burda aleación.
La prueba del crisol y el concepto de identidad química: El fragmento muestra el nacimiento del pensamiento científico moderno frente al misticismo hermético. El autor desafía a los impostores afirmando que el oro es una sustancia única: si el metal fabricado en el laboratorio no resiste los ensayos metalúrgicos oficiales de la época (como la copelación o la prueba del ácido nítrico, referidos aquí como die Proben), entonces sencillamente no es oro. No existen «tipos» o «grados» de oro; o se iguala la esencia perfecta del oro natural en su homogeneidad, o se trata de un fraude.
[52] El «Fermento» Alquímico (Ferments): En la teoría metalúrgica clásica, el proceso de transmutación imitaba a los procesos orgánicos de la naturaleza, como la elaboración del pan o el vino. El elíxir o Piedra Filosofal actuaba como un «fermento» (Ferment). Al igual que una pizca de levadura fermenta y transforma una gran masa de harina, se creía que una pequeña cantidad de este agente purificador poseía la «fuerza» (Krafft) necesaria para contagiar su perfección y reordenar las moléculas de los metales inferiores hasta convertirlos en oro.
«Liberar de las ligaduras» (von den Banden erlediget): El autor detalla el primer paso de la Gran Obra metalúrgica, conocido en latín como solutio (disolución). Antes de transmutar un metal común (como el plomo o el cobre), era indispensable romper sus uniones físicas y químicas compactas, es decir, destruir su forma metálica actual para liberar su materia prima esencial.
El Fuego Celestial en el «Corazón Mercurial» (mercurialischen Herzen): Expone un bello concepto de la física hermética. Los alquimistas creían que en el núcleo íntimo de la materia («el corazón») residía una chispa de fuego latente o «potencia celestial» depositada por los astros. Sin embargo, para activar este motor interno, el operario debía «abrir» el cuerpo metálico mediante reactivos. Si el metal permanecía «cerrado» (verschloßne Cörper), el suave calor externo del horno del laboratorio no lograba penetrar la estructura y la reacción fracasaba por completo.
La ironía sobre las «otras ocupaciones» (andern Geschäfften): El autor lanza un dardo cargado de sarcasmo contra la comunidad de alquimistas itinerantes. Afirma que estos charlatanes presumen en sus folletos de saber extraer el mercurio místico de cualquier metal, pero añade con sorna que «siempre se ven impedidos por otras ocupaciones». Esta era una alusión directa a la realidad sociológica de estos embaucadores, quienes solían abandonar apresuradamente los laboratorios o inventar misteriosos viajes urgentes en cuanto los mecenas empezaban a exigir pruebas reales del oro prometido.
[53] La «Primera Rotación» (ersten Rotation): En la literatura alquímica, una «rotación» (rotatio) hace referencia a un ciclo completo de operaciones de laboratorio (disolución, destilación, coagulación y fijación) que se repetía una y otra vez en el horno para aumentar la potencia de la Piedra Filosofal. El autor explica de forma muy técnica que una Tintura Particular legítima es simplemente aquella que ha completado un solo ciclo inicial. Al ser débil, no tiene la fuerza para transmutar todo el plomo o el cobre, sino que solo logra alterar la superficie o «la parte más pura» (reinern Theil) del metal común.
Contraste moral entre el Alquimista y el Charlatán: El párrafo intermedio contiene una de las críticas morales y filosóficas más punzantes del texto. El autor señala que el objetivo final de ambos bandos es el oro, pero el destino de los operadores es radicalmente opuesto:
- Los «verdaderos sabios» actúan con paciencia científica y honestidad moral, por lo que ganan el respeto de la sociedad y preservan su salud en laboratorios bien ventilados.
- Los «sofistas» (los estafadores errantes) terminan sus vidas sumidos en la pobreza crónica, la «desesperación» (Verzweiffelung) por las deudas acumuladas, y perseguidos por la «infamia de las malas lenguas» (schändlicher Nachrede) debido a los aristócratas a quienes han estafado.
La advertencia a los Mecenas («grosse Herren»): Al iniciar el epígrafe de la conclusión final (Beschluß), el autor revela el propósito pedagógico directo de su manuscrito. El libro no está escrito para alquimistas, sino para los reyes, príncipes y grandes señores feudales europeos de la época que actuaban como financistas de los laboratorios. El texto funciona como un manual de prevención de fraudes ilustrado: les enseña a distinguir un químico legítimo de un embaucador (Betrüger).
[54] «Las leyes son para los despiertos» (Die Rechte sind für Wachende…): El autor cita de manera brillante un célebre aforismo del derecho romano clásico: «Iura vigilantibus non dormientibus iacient» (El derecho ayuda a los que vigilan, no a los que duermen). Aplica este principio legal al ámbito de los mecenazgos metalúrgicos: si un príncipe es lo bastante perezoso o ignorante como para no investigar las cualificaciones de su operador, la culpa de la estafa recae sobre el comprador negligente y no sobre el «comerciante sin conciencia» (Gewissen loser Kauffmann) que le vende baratijas viejas a precio de oro.
La absolución de los «alquimistas honestos»: El autor introduce un matiz crucial para la historia de la ciencia. Defiende que no todos los operadores fracasados son criminales o timadores conscientes (nicht alle irrende Alchimisten mit Willen Betrüger). Muchos eran químicos sinceros que operaban bajo teorías geológicas equivocadas de la época. El autor advierte que los fracasos repetidos en un laboratorio no significan que el estudio de la naturaleza sea una «mentira absoluta» (gantz und gar erlogen), atacando el escepticismo radical y defendiendo la investigación empírica.
El «Arte Espagírico» (Spagirischen Kunst) y el Flujo Áureo: El término espagiria (acuñado originalmente por Paracelso a partir de los vocablos griegos spao, separar, y ageiro, unir) era el nombre noble y protoquímico de la disciplina. El «flujo áureo» (das güldene Fluß) hace referencia a la obtención del oro en su estado líquido primordial o medicina universal. El tratado cierra con una máxima metodológica puramente ilustrada: para triunfar en la ciencia de los metales, primero se debe estudiar teóricamente la «verdadera materia» (eigentliche zugehörige Materie) con rigor lógico antes de encender ciegamente los hornos.
Bifolium Metallicum, esto es: la doble hoja metálica de Pantaleonis
Pantaleonis Bifolium Metallicum, das ist: Metallisches Zweyblat. Deutsches Theatrum Chemicum. Volumen 2, 313-380 Presentación Bifolio…
Alquimia práctica: Cómo preparar el oro en la vía de las amalgamas
Vamos a desvelar un pequeño detalle que nos facilitará mucho un paso muy importante. Se…
Johann Joachim Becher: Pantaleon delarvatus
Como apéndice del post anterior de esta web Tumulus Hermetis Apertus, o: la tumba hermética…
Tumulus Hermetis Apertus, o: la tumba hermética abierta de Pantaleonis
Pantaleonis, Tumulus Hermetis Apertus; oder: das eröffnete Hermetische Grab. Deutches Theatrum Chemicum. Volumen 2, 197-258….
Isagoge, es decir, introducción al verdadero conocimiento de Dios trino y de la naturaleza, en la cual también se contienen muchas cosas excelentes sobre la materia de la piedra filosofal
Isagoge, d.i. Einleitung zur wahren Erkänntnuß des Drey-einigen Gottes und der Natur. Worinnen auch viele…
Dictamen de una célebre facultad de derecho, en el que un esposo solicita asesoramiento sobre si el recipiente de plata de su esposa, transmutado en oro, no le pertenece a él, o al menos el usufructo del mismo
Responsum einer berühmten Juristen-Facultät: da sich ein Ehemann belehren lässet: Ob ihm das seiner Frauen…
