- Introducción
- Datos biográficos de Güldenfalk
- Sus publicaciones
- Las 112 historias de transmutación
- Un fenómeno literario
- La posición de Güldenfalk y su impacto en los historiadores de la alquimia.
- El apoyo y rescate de Karl Christoph Schmieder (1778-1850)
- El impacto de su defensa: El puente hacia el Romanticismo
- Güldenfalk y Schmieder en la obra juvenil de Arno Schmidt
- La réplica de la Historia: Hermann Kopp (1817-1892)
- Apéndice 1: Der Teutsche Merkur.
- Apéndice 2: Voyage du Sieur Paul Lucas.
Introducción
Poco antes del cambio del siglo XVIII al XIX, la alquimia de la transmutación había perdido toda reputación científica. Como escribió Joachim Telle: las «bases científicas naturales de la alquimia se habían desmoronado»[1]. Aunque no fue el último, Johann Christian Wiegleb (1732-1800) , un seguidor de la “química del flogisto” de Georg Ernst Stahl (1659-1734), le asestó definitivamente el golpe de gracia como sistema científico con su Investigación histórico-crítica de la alquimia[2] publicada en 1777.

A pesar de ello, un número no insignificante de «adeptos», además de nuestro protagonista[3], se mantuvo firme en la «secreta ciencia divina»[4]. Entre estos seguidores se encontraba el funcionario de Hesse-Homburg (más tarde de Hesse-Darmstadt)[5] Siegmund Heinrich Güldenfalk, quien, si bien no transmitió a la posteridad el secreto de los adeptos, sí dejó una colección de más de cien historias de transmutaciones, que se volvería muy famosa, recibiendo tanto muy buena crítica, como en contra desde el momento de su publicación en 1784, llegando a ser hoy día su obra más conocida posteriormente[6]. Estas historias transmitieron a los escritores de los siglos XIX y XX la imagen de la alquimia como un conocimiento secreto custodiado por adeptos errantes que permanecían en el anonimato para la preparación de la piedra de los sabios y de oro, en parte de forma directa, pero en una medida mucho mayor a través de la Historia de la alquimia de Schmieder, para la cual la obra de Güldenfalk fue una de sus fuentes principales.
Datos biográficos de Güldenfalk
Güldenfalk nació hacia 1727. Su lugar de nacimiento y los datos sobre su juventud y formación no han sido determinados hasta el momento[7]. Antes de 1751 estuvo en la corte de Hesse-Homburg como «ordenanza, después escribiente, canciller (donde aparece como escribiente del archivo y de la cancillería el 28 de septiembre de 1751) y administrador de rentas[8]. Su actividad funcionarial en este pequeño Estado, una línea secundaria de Hesse, se puede constatar en varias ocasiones: el 26 de febrero de 1761 fue uno de los selladores del testamento (perdido) de la landgravina Eleonora Margaretha de Hesse-Homburg (1679-1763). En 1768 dirigió cartas de dedicatoria al landgrave Friedrich V de Hesse-Homburg (1748–1820) y a su esposa Karoline. De 1772 a 1776 consta en la cuenta de partidas de la cámara de Homburgo como administrador de rentas. En 1778, el calendario de la corte y del Estado lo nombra comisario superior de tierras con rango efectivo de consejero de cámara, y de 1779 a 1781 como comisario superior de tierras, auditor de cuentas de la cámara de tierras y contador de la comisión de inválidos[9] [10]. En 1780 abandonó, probablemente de forma involuntaria, el servicio municipal de Darmstadt y se privatizó en Fráncfort am Main y después otra vez, hasta su muerte el 18 de octubre de 1787, en Homburg.
Siegmund Heinrich Güldenfalk fue considerado, presumiblemente, como un intruso por la casta de funcionarios de Homburg. A esto apuntan, al menos, los pocos documentos que se conservan. En el sector de las salinas propuso una serie de cambios que, aparentemente, fueron percibidos como una molestia. En este contexto, el consejero secreto von Rieben ofreció una caracterización poco halagadora: «Güldenfalck era un miserable alquimista, bueno para recoger gotas de rocío y saliva y, a partir de ello, atrapar todavía oro»[11].
De igual modo, la defensa de Güldenfalk a favor de una casa de la moneda en Homburg parece poco seria. En una memoria del 1 de julio de 1771, sugirió al landgrave Federico V volver a establecer una casa de la moneda, en la cual él mismo quería presentarse como «empresario». Todo esto nos lo explicó muy bien Karl Hoffmann, figura clave en la investigación de la historia monetaria local de la región de Hesse y que desarrolló gran parte de su labor analizando los archivos y las acuñaciones de Bad Homburg y sus alrededores durante el siglo XIX en “Pro Memoria. Die Münzgerechtigkeit betreffend”, de 1869[12]. Aunque calculó una ganancia de 5000 florines sobre una inversión de 20 000 florines, su propuesta fue rechazada por el gobierno[13]:
La casa principesca de Hesse-Homburg hizo acuñar aquí una gran cantidad de dinero en el año 1692, según los documentos que se encuentran en el archivo. Debido a esto, tuvo disputas con la casa principesca de Hesse-Darmstadt. Esta última detuvo al maestro de la ceca local, que se dirigía a Friedberg, en el camino hacia Oberrossbach, lo llevó prisionero a Giessen y lo mantuvo allí bajo arresto hasta que se comprometió formalmente a no querer acuñar más moneda en Homburg. Sin embargo, esta muy ilustre casa defendió por escrito su derecho de acuñación ante el Serenísimo de Darmstadt de tal manera que nada se pudo objetar en su contra, quedando el asunto sin una respuesta final. Poco después se volvió a contratar al maestro de la ceca Andreas Dittmar, quien había sido enviado aquí desde Maguncia en el año 1693.
Sin embargo, este maestro de la ceca fue reclamado nuevamente a través de una solicitud de Maguncia, entregada por un trompetero, para interrogarlo sobre varios asuntos. Dicha petición no fue concedida, sino que el mismo maestro continuó con el trabajo de la ceca durante algún tiempo. Los numerosos abusos por parte de Darmstadt que siguieron poco después a este incidente, junto con la lamentable situación y otras circunstancias desfavorables de esta casa principesca local, presumiblemente impidieron que este lado continuara ejerciendo el Jus monetandi (derecho de acuñación) o que pudiera comenzar de nuevo este lucrativo trabajo.
Dado que, tras el tratado principal de la casa firmado con la casa principesca de Hesse-Darmstadt en el año 1768, esta muy ilustre casa ya no puede esperar más contradicciones respecto al derecho de acuñar moneda, surge aquí actualmente la pregunta si el Serenísimo no estará amablemente dispuesto a establecer de nuevo una ceca para su beneficio esencial.
Homburg v. d. H. [vor der Höhe], 1 de julio de 1771.
Güldenfalk.
El señor registrador del archivo, Güldenfalk, presenta a continuación un cálculo en el que explica que, si se emplearan 20.000 florines (Gulden) para mandar a acuñar monedas, se obtendría una ganancia de 5.000 florines. Sin embargo, este memorándum recibió un dictamen «negativo» por parte de los entonces consejeros de Hesse-Homburg (Doering, Lorch, Neuhof, Anthoni, Offeney y Sinclaire) debido a dicha «ganancia», por lo que se suspendió cualquier otra acuñación posterior.
Dado que está demostrado que entre los años 1693 y 1838 no se acuñaron monedas en Hesse-Homburg, creo con certeza que el groschen de 1760, descrito bajo el No. 4404 en el volumen 2 de la obra de Hofmeister sobre las monedas de Hesse, no pertenece aquí; dejo en manos de otros investigadores hacer justicia a este groschen y ubicarlo en el lugar que le corresponde. A pesar de toda mi búsqueda, no he logrado averiguar a quién debe atribuirse la sigla R·A· en las monedas de Hesse-Homburg, ya que en las actas oficiales solo se habla de un Inspectore officinae monetariae (inspector de la oficina de la ceca), un contable, un maestro de la ceca, un grabador de monedas y un cerrajero de la ceca, sin que se mencionen sus nombres. El libro de registro de la iglesia también me ha dejado desamparado a este respecto, pues en él tampoco se encuentra nada que tenga la más mínima relación con los funcionarios de la ceca, y no creo que jamás se llegue a encontrar algo sobre ellos.
Homburg v. d. H.
C[arl]. Hoffmann.
El propio Güldenfalk estuvo activo en la alquimia, como lo atestigua la 68ª historia de su colección de más de 100 historias de transmutación[14]. Allí relata la visita de un joven adepto a su casa en Homburg con quien, en 1755, como «amante de la filosofía hermética» (p. 120), habló durante algunas semanas sobre la transformación de los metales, y quien ante sus propios ojos y los de Pauli, el camarlengo del príncipe, habría transmutado plomo en plata. Hay que señalar que ya en el prólogo había argumentado contra el «gremio de los escépticos» que él mismo había «tenido en sus manos la llamada piedra milagrosa» y que había sido «honrado por un adepto con un poco de polvo tintóreo para probar, el cual también cumplió con toda satisfacción» (p. VIII).
En absoluto estuvo Güldenfalk solo en Homburg con su inclinación por la alquimia; del mismo modo que, en general, los tres landgraviatos de Hesse fueron un terreno fértil para las especulaciones alquímicas. Bajo la mirada de la corte de Homburg trabajaron como alquimistas, por ejemplo, el arquitecto de la corte Paul Andrich (1640-1711)[15], Claudius Antonius de la Vallée[16] y el director de minas Johann Christian von Creutz (1682-1732)[17]. Sobre este último[18] relata Güldenfalk en su 67ª historia que había hospedado a un extranjero y con él «discutió a fondo sobre la filosofía hermética» (p. 118). Este extranjero le dejó a su partida un polvo cuyo efecto transmutador de metales demostró Creutz ante su círculo de amigos. Por último, resulta evidente que también el consejero de cámara de Hesse-Darmstadt, Johann Wilhelm Langsdorf (1745-1827) —oponente de Güldenfalk en las disputas sobre el sector de las salinas—, relató experiencias con alquimistas. Un estudiante húngaro de la Universidad de Greifswald le habría mostrado cómo disolver un ducado de oro en una botella con agua pesada. Cuando el estudiante fue citado ante el profesor por este motivo, lo negó y desapareció más tarde, dejando atrás «algunas barras de oro» (pp. 20 y ss.).
Sus publicaciones
Tras su renuncia al servicio de Homburg, Siegmund Heinrich Güldenfalk publicó en rápida sucesión tres libros, todos ellos muy criticados. Sólo el primero de ellos no trata de alquimia, razón por la que no lo publicaremos en esta web, pero sí los otros dos. En 1783, el Versuch einer Umschreibung sämmtlicher Psalmen [Ensayo de una paráfrasis de todos los salmos] en la editorial Reiffenstein en Fráncfort; en 1784, la Sammlung von mehr als hundert wahrhaften Transmutationsgeschichten, oder ganz außerordentlich merkwürdige Beyspiele Von Verwandlung der Metallen in Gold und Silber [Colección de más de cien historias verdaderas de transmutación, o ejemplos del todo extraordinariamente notables de la transformación de los metales en oro y plata] […] en Frankfurt y Leipzig por Johann Georg Fleischer; y en 1785, Die himmlische und hermetische Perle oder der göttliche und natürliche Tinctur der Weisen [La perla celestial y hermética o la tintura divina y natural de los sabios], también en Frankfurt y Leipzig, y editada también por Fleischer.

Sobre la primera de sus obras, Versuch einer Umschreibung sämmtlicher Psalmen, es una versión rimada de los salmos que, por decirlo de alguna manera, “no fue especialmente apreciada por sus contemporáneos”. En 1783, el mismo año de su edición, un crítico (anónimo) atacó duramente el texto de Güldenfalk:
«Quien conozca los numerosos intentos fallidos de traducir los Salmos en versos rimados, tomará también la presente paráfrasis poética sin una gran expectativa en la mano.»
El autor presenta para sí y para su obra en el prólogo «a mis benefactores y amigos» la natividad [el origen] de la siguiente manera: «¡Por fin aparece la paráfrasis poética de la totalidad de los Salmos, tan a menudo solicitada por mí! Debo, sin embargo, confesar sinceramente en ello que han exigido más de mí de lo que mi escasa capacidad ha sido capaz de realizar. Pues aunque soy un verdadero venerador y gran amante del arte de la poesía, no soy en absoluto un poeta, y mucho menos un poeta tal que fuera capaz de entregar con feliz éxito, y en palabras bien elegidas, una obra tan difícil como parece ser la versificación de los Salmos, (¡eso bien puede ser verdad!) para la cual la pluma (¿pero acaso no se requiere algo más?) de un Cramer y de un Klopstock es propiamente necesaria. Tampoco pretendo en absoluto poseer erudición alguna, como ustedes saben, porque encuentro mi total tranquilidad en el estado de un laico (¡como si solo los teólogos tuvieran derecho a pretender erudición!). Escribo además únicamente para el público inculto y para almas infantiles, entre las cuales se cuenta a ustedes», (lo primero probablemente no sin razón, porque de otro modo no habrían podido exigir al autor una traducción poética de los Salmos. ¿Acaso también pertenecen a lo segundo? — El reseñador desea que el autor tenga razón, y que tales benefactores y amigos puedan ser almas infantiles; pero en el sentido del apóstol Pablo: no niños en el entendimiento). «las cuales, sin embargo, aman más el grano que la paja, y en las cuales todavía se puede buscar la verdadera piedad y la auténtica virtud; (aquí bien sería necesario un pequeño comentario para corregir la incorrecta disposición de las palabras, y para hacer lo dicho comprensible y verdadero mediante definiciones más precisas). por lo tanto, tampoco pueden esperar de mí en esta obra un estilo sublime ni ningún otro adorno florido; aunque también la verdad pura y sin adornos no necesita de ninguna gala externa, porque en su ropaje simple y natural es venerada por sus virtuosos amantes incluso sin ornamentación pictórica. — La traducción de los Salmos del Sr. Dr. Knapp la he utilizado en este trabajo únicamente porque me ha sido elogiada por conocedores de la lengua como la mejor; y el hecho de que también, en la medida en que el metro me lo ha permitido, me haya mantenido muy cerca del texto según el deseo de ustedes, se podrá comprender con mucha facilidad, etc.»
Si tras estas declaraciones el lector sintiera todavía algún deseo de ver una muestra del talento poético del autor, sírvase para ello inmediatamente la rima de dedicatoria a la landgravina regente de Hesse-Homburg.
¿Dirigirás tú a estos objetos
ante un destino divino,
oh, Princesa!, una mirada de devoción:
así extiendo yo las manos fortalecidas,
con las que Tú me has colmado de Tu gracia,
y lleno de bondad has reconfortado;
en la más sumisa confianza,
de contemplar todavía los frutos de la bendición,
para Ti y para toda Tu casa,
para la verdadera salvación y el bienestar,
y para estar siempre en el mayor esplendor,
con la más profunda reverencia con alegría. —
En tales rimas deja luego también el autor flotar los pensamientos de David. Tomemos la primera estrofa que le viene a las manos al reseñador al abrir el libro. Sal. 57.
¡Sé piadoso, Dios! — tú amas con fervor —
En ti está mi refugio ante el enemigo.
Cúbreme, y sé propicio conmigo,
cuando él piense en atraparme.
La sombra de tus alas de gracia
es para mí un firme amparo y sello,
cuando él con orgullo me quiera hundir.
Yo clamo al Altísimo,
a Dios, porque él es quien está más cerca de mí,
y me quedo quieto ante su guía.” [19]
Este crítico anónimo sacó a la luz la problemática de los “Salmos Rimados”, quejándose de los «vielen verunglückten Versuche» (los numerosos intentos fallidos), y aludiendo así a un intenso debate teológico y literario de la época en el ámbito protestante. Tras la traducción de la Biblia de Martín Lutero, decenas de poetas intentaron adaptar la métrica hebrea original de los Salmos a estructuras métricas fijas y rimas rígidas alemanas para que pudieran ser cantados en las iglesias, lo que a menudo resultaba en versos forzados, toscos o carentes de la belleza poética original. Güldenfalk, por otro lado, se compara con dos máximas eminencias de la poesía lírica y religiosa alemana del siglo XVIII para resaltar su propia humildad: Johann Andreas Cramer (1723–1788) y Friedrich Gottlieb Klopstock (1724–1803). Klopstock revolucionó la literatura con su epopeya El Mesías (Der Messias), mientras que Cramer fue un célebre teólogo y poeta cuyos himnos religiosos eran el estándar de oro de la métrica sagrada de la época. Además, el reseñador no se recata a la hora de introducir notas sarcásticas, puestas constantemente en el texto entre paréntesis, a modo de interrupciones. Son unas acotaciones directas y mordaces del crítico de la revista. En la Ilustración alemana, los críticos utilizaban la ironía para desmontar la falsa modestia de los autores o funcionarios que publicaban poesía sin dominar el oficio. Por ejemplo, el crítico lanza un dardo teológico al autor al citar implícitamente la Primera Epístola a los Corintios del apóstol Pablo (14:20): «Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar». Reprendiendo así la justificación de Gülfenfalk de escribir solo para «almas infantiles». Por último, no podemos olvidar la mención a Johann Georg Knapp (1705–1771): El Dr. Knapp fue un eminente teólogo orientalista y profesor de la Universidad de Halle, figura central del pietismo alemán. Su traducción e interpretación de los textos bíblicos hebreos gozaba de una reputación académica intachable debido a su rigor filológico, razón por la cual el autor la utilizó como base textual segura para sus rimas.
No nos extenderemos más sobre este trabajo de Güldenfalk.
Las dos últimas obras lo muestran, por dar una primera clasificación muy simplista, como un defensor de una alquimia religioso-hermética. No es casualidad que Die himmlische und hermetische Perle comience con una cita del teo-alquimista Heinrich Khunrath: «El libro de la naturaleza explica el libro de la Sagrada Escritura; y la Biblia explica el libro de la naturaleza: uno siempre explica al otro»[20].

En ese mismo escrito, Güldenfalk denominó a Jesucristo como la «piedra filosofal» y la «tintura celestial» (pp. 167 y ss.), en el sentido de la teosofía de Jakob Böhme[21]. Las citas y referencias, por ejemplo a Spener y Christian Democritus (es decir, Johann Christian Dippel), sugieren una vinculación con los pietistas radicales, o al menos con la heterodoxia religiosa y el sectarismo[22], aun cuando el propio Güldenfalk negara esta línea de conexión: «No soy bohemista, ni moravo, ni ningún otro sectario, etc.; sino un seguidor y sucesor de Jesucristo […]» (p. 35). Sin embargo, a través de una apología posterior de Böhme de más de veinte páginas, el propio Güldenfalk se contradice, y su concepto de la religión difícilmente puede ponerse en armonía con las ideas ortodoxas cuando escribe: «Si se examina todo a fondo, cada uno tiene su propia religión, y cada uno sirve a Dios a su propia manera» (p. 45).
En sus dos últimos escritos, Güldenfalk se muestra como un defensor de la doctrina paracelsiana de los tres principios —que para entonces ya había envejecido—, aunque en la variante tardía que servía de base, por ejemplo, a la obra del médico y alquimista Johann Otto von Hellwig. Su tratado Centrum naturae concentratum[23] está omnipresente en Die himmlische und hermetische Perle, aunque también se le menciona como autoridad en el prefacio de la Sammlung von mehr als hundert Transmutationsgeschichten (p. XXII) y en el texto propiamente dicho[24].
Ya poco después de la publicación de la Sammlung von mehr als hundert Transmutationsgeschichten (1784) se manifestaron los críticos[25]. La reseña de la obra de Güldenfalk en el Teutscher Merkur resultó ser especialmente maliciosa. El crítico anónimo informa sobre la «derrota» de los partidarios de la alquimia a causa de la investigación de Wiegleb, y continúa[26]:
El Sr. Güldenfalk parece haberse tomado muy a pecho esta derrota de su Dulcinea alquímica; y, para ayudarla a ponerse de pie de nuevo, ¿qué otra cosa tiene que hacer sino volver a apoyar contra una pared, uno tras otro y con toda la confianza de un resucitador de muertos, los cadáveres abatidos, como si se tratara de otros tantos cuerpos frescos que tuviera que oponer al Sr. Wiegleb (contra quien se dirige principalmente el ataque)? Pero, no contento con eso, y para compensar al menos con la cantidad lo que no podía esperar de la fuerza de su ejército, convoca incluso a los fantasmas de cuentos de transmutación asesinados hace tiempo en los siglos XVI y XVII desde sus cuevas sepulcrales; y cree ahora (como se desprende de su tono confiado), con estas más de cien historieta(s) reunidas sin criterio, examen ni crítica —de las cuales la mayoría no son ni un ápice más creíbles que el más insulso cuento de viejas—, haber acorralado poderosamente a su oponente. Desafortunadamente, todos estos preparativos del Sr. G[üldenfalk] llegan en nuestros días con un siglo de retraso».
Las 112 historias de transmutación
Si se prescinde del impacto de la obra de Güldenfalk, hoy en día sin duda se debe seguir estando de acuerdo con el crítico del Teutscher Merkur. La colección consta de 112 textos de muy diverso origen y forma: desde una historia de proyección de pocas líneas, sin título y reducida al núcleo esencial de su significado[27], hasta el extenso «Tratado sobre el hacer oro»[28].
No se puede reconocer un sistema en la disposición de las 112 «historias»; parecen haber sido unidas en esta secuencia de manera puramente aleatoria. Al mismo tiempo, los textos más cortos se presentan en su mayoría sin título, mientras que los más extensos suelen tener títulos explicativos; por ejemplo, «Historia de transmutación en casa de la señora coronela von Grabau en Eberstadt» (número 69) o «Tintura y suceso de Johann Gottfried Jugel a causa de la piedra filosofal» (número 76). Allí donde hay títulos, estos provienen de la pluma de Güldenfalk, tal como demuestra una comparación con sus fuentes originales.
Una característica de la colección es el hecho de que Güldenfalk indica, para casi todas las historias, una fuente impresa —denominada bibliográficamente de forma más o menos precisa— o un testigo directo. Como ejemplo del primer caso se menciona aquí el número 74, el cual relata «Sobre la transmutación en la Casa Electoral de Sajonia» (pp. 136-138). La fuente original de Güldenfalk fue el Laboratorium chymicum del Sr. Kunckel von Löwenstern (p. 136)[29], concretamente las páginas 541-550 de la cuarta edición (Berlín, 1767). Güldenfalk abrevió en gran medida, pero permaneció estrechamente ligado a la fuente original en cuanto a lenguaje y contenido.
El número 67 reproduce la «Historia de proyección del Sr. Barón von Creuz en Homburg vor der Höhe» (pp. 118 y ss.), la cual seguramente todavía circulaba en los círculos de la corte de Homburg, ya que hubo una serie de testigos de la transmutación: amigos del barón se convencieron de la eficacia de un polvo dejado por un extranjero y hallaron confirmación de «que sus trabajos, aunque fatigosos pero muy agradables, finalmente serían coronados con una rica bendición, y que ellos también podrían alcanzar esta felicidad si tan solo no [desistieran] en su sincero y noble propósito demasiado rápido» (p. 119). De la ya mencionada historia de transmutación «en casa de la señora coronela von Grabau en Eberstadt» (n.º 69) avala ella misma: «He oído contar esta extraña historia de su propia boca más de una vez, y consideré que valía la pena el esfuerzo de registrarla» (p. 124).
En el caso de las pocas «historias» a las que Güldenfalk no dotó de una indicación de fuente, cabe suponer que o bien se olvidó o bien ya no se pudo verificar durante la redacción. Así, el número 6 proviene presumiblemente de la traducción al alemán del Voyage au Levant de Paul Lucas[30].
Otra característica de la colección son los datos precisos sobre las personas implicadas y el tiempo. El motivo es evidente: Güldenfalk estuvo desde el principio bajo el veredicto de los «enemigos de la verdadera sabiduría hermética», personificados en el «Sr. Doctor Wiegleb de Langensalza» (p. X), quien decía de sí mismo querer «ahuyentar ahora por completo este deslumbrante espejismo»[31]. Contra el juicio de Wiegleb, Güldenfalk defiende sus historias de transmutación como «aquí y allá del todo sinceras, honestas, desinteresadas y sin el más mínimo fraude» (p. IX). No obstante, se exime de una valoración crítica de sus fuentes originales o bien de las noticias de sus informantes. El hecho de que estuvieran disponibles en formato impreso o de que fueran transmitidas por personas creíbles le bastaba como verificación.
En su colección, Güldenfalk demuestra una llamativa predilección por un patrón narrativo determinado: un desconocido (con frecuencia canoso y harapiento), que más tarde es reconocido como adepto, se presenta ante individuos particulares o sociedades. Transmuta metales en oro o plata y después desaparece de nuevo sin ser reconocido. Nada menos que 30 de las 112 historias de transmutación presentan, en ocasiones con pequeñas variaciones, este principio de construcción. Si se añaden además las cinco «historias» en las que la conversión de oro es llevada a cabo por un conde o caballero «extranjero», entonces alrededor de un tercio de las historias de Güldenfalk siguen este patrón.
El número 40 («Historia de transmutación que tuvo lugar en casa de una condesa de Erbach», pp. 54–59) constituye el prototipo de este patrón narrativo: un hombre llegó hace algunos años al castillo de Tankenstein, la residencia de viudedad de la condesa Anna Sophie von Erbach, y le pidió protección porque el príncipe elector del Palatinado, a quien le había cazado una pieza de caza mayor, lo «perseguía a muerte». En agradecimiento por la protección, quería transmutar toda su vajilla de plata en oro. Ofreció una prueba de su habilidad y luego transformó —en secreto— toda la plata en oro. Después de un tiempo se marchó, sin dar a conocer su identidad y sin dejarse recompensar.
Esta historia de transmutación aclara, además, cómo continuó influyendo la colección de Güldenfalk. Fue retomada por Karl Christoph Schmieder y difundida en su muy leída historia de la alquimia. Para Schmieder, un defensor tardío de la transmutación de los metales[32] que estaba firmemente convencido de que los adeptos conocían el secreto de la transformación[33], la colección de Güldenfalk constituyó una de las fuentes principales de su exposición de la alquimia de los siglos XVII y XVIII. Una comparación de ambas obras revela que Schmieder se remitió a la colección de Güldenfalk en alrededor de 60 casos y, por lo tanto, más de la mitad de las «historias de transmutación» de la colección encontraron cabida en la historia de la alquimia de Schmieder.
Schmieder se dio a la tarea de dar a conocer por sus nombres a los adeptos y extranjeros desconocidos en la obra de Güldenfalk mediante comparaciones con otras historias de hacedores de oro, de establecer una conexión entre las historias de los alquimistas y de hacer visibles las rutas de viaje ocultas de los adeptos.
La historia de la transmutación en casa de la condesa de Erbach, por ejemplo, no solo fue adoptada por Schmieder en su historia de la alquimia[34], sino también precisada. Él fechó la «historia» en la época de alrededor de 1720 y concretó la historia posterior de la conversión de oro: el esposo de la condesa, «el conde Friedrich Karl, con quien se extinguió la línea de Erbach en 1731», exigió de hecho la mitad del oro teñido y, ante la negativa de la condesa, mandó elaborar un dictamen por parte de la facultad de derecho de Leipzig, el cual fue publicado en 1733 junto con otros dictámenes jurídicos[35].
Por lo demás, Schmieder situó esta historia en el contexto de otros relatos en los que, según él, siempre podían reconocerse «claras huellas de un adepto que, con gran cautela, evitaba todo estrépito, se mostraba a unos pocos solo de pasada y los inducía a testificar en círculos más altos a favor de la verdad de la alquimia»[36]. De esta manera, construyó entre las historias de transmutación nº 67 («Historia de proyección del Sr. Barón von Creuz en Homburg vor der Höhe», pp. 118 y ss.), nº 90 («Historia de una transformación de metal en Darmstadt», pp. 285-287) y nº 109 (sin título, pp. 373-375) y un texto procedente de otra fuente original, una conexión temporal, y los refirió a una única persona, aunque no fuera conocida por su nombre. En la obra de Güldenfalk no había existido todavía ninguna conexión entre las cuatro «historias».
Probablemente fue sobre todo a través de la historia de la alquimia de Schmieder —reeditada en varias ocasiones— como se difundió en los textos de los autores de los siglos XIX y XX la idea de la alquimia como una ciencia secreta custodiada por adeptos errantes y practicada ocasionalmente ante los amantes del arte hermético. Esto se explicará a través de un relato, aunque en este caso no se puede decir con certeza si el conocimiento del tema se adquirió en la historia de la alquimia de Schmieder o directamente en la colección de Güldenfalk.
Un fenómeno literario
En su obra temprana Die Fremden [Los extranjeros][37], que permaneció inédita en vida del autor, el escritor Arno Schmidt (1914- 1979) hace que el guardabosques Niebelschütz cuente una historia de transmutación: relata que, durante un paseo vespertino por el bosque, se encontró con un hombre con una «capa gris» (p. 573) que se hacía llamar «Sehfeld». Lo invitó a su casa forestal, donde habló con el extranjero sobre «cosas antiguas» y «maravillosas»: «Plotino, Knorr von Rosenroth, Löwenstern» (p. 573). Al despedirse, el extranjero le regaló a Niebelschütz una cajita con un polvo gris, con el cual este demuestra ahora un proceso de transmutación ante sus oyentes: funde una medalla conmemorativa de plomo, añade un poco del polvo, aquello ruge y espumea, y una «pequeña pieza de brillo dorado» (p. 575) cae del crisol.
La obra de juventud de Arno Schmidt reproduce precisamente ese mismo patrón narrativo que Güldenfalk había propagado en su colección[38]. Schmidt, y antes que él Alexander von Bernus (una investigación sobre todo de la literatura de consumo de los dos últimos siglos identificaría probablemente a más autores como trabajadores en la cantera de la historia de la alquimia de Schmieder), se sirvieron de la historia de la alquimia de Schmieder, la cual, a su vez, había recibido impulsos decisivos de la colección de Siegmund Heinrich Güldenfalk.
La posición de Güldenfalk y su impacto en los historiadores de la alquimia.
Para defenderse del asedio de la ciencia ilustrada (Wiegleb) y de la administración racional (Langsdorf), Siegmund Heinrich Güldenfalk no recurrió a argumentos empíricos ni a demostraciones de laboratorio. En su lugar, se refugió en un entramado conceptual que fusionaba la alquimia mística, la teosofía alemana y el pietismo radical. Al trasladar el debate del terreno físico al espiritual, Güldenfalk pretendía situar la alquimia en una dimensión sagrada e incuestionable para la lógica racionalista. Es decir: soltó una bomba de efectos muy calculados en el momento y en el lugar adecuados, mediante unos conceptos claves, muchas veces subyacentes, como hizo en obras como Die himmlische und hermetische Perle (1785) para blindar su postura. Vamos a analizarlos algo más en profundidad.
En primer lugar hizo uso de un “sincretismo teosófico”, donde Jesucristo es visto como como la «Piedra Filosofal» Para los críticos ilustrados, la Piedra Filosofal (Stein der Weisen) era un mito químico o un burdo engaño. Güldenfalk desarmó esta crítica redefiniendo el concepto bajo la influencia de la teosofía de Jakob Böhme (quien afirmara que Jesucristo era la verdadera «Piedra Filosofal» y la «tintura celestial» o “himmlische Tinctur”. Al sacralizar el núcleo de la alquimia, cualquier ataque de Wiegleb contra la transmutación se convertía implícitamente en un ataque contra la propia fe y la redención cristiana. La búsqueda del oro ya no era una ambición materialista o científica, sino un proceso de imitación de Cristo (Imitatio Christi) y una vía de purificación espiritual del alma humana.
En segundo lugar, defendió la existencia de un «Salvador de la Naturaleza» (Naturheiland) y un “Principio de Luz”.Frente a la química mecanicista que veía la materia como un conjunto de componentes inertes, Güldenfalk defendía una visión orgánica y viva del cosmos. Así, en su Sammlung, Güldenfalk sostiene que así como Dios dispuso un salvador espiritual para el alma, también «ha dispuesto en la naturaleza un salvador para el cuerpo exterior, el cual es el principio de la luz en el sistema solar, que yace en todos los cuerpos». Mediante esta idea, que no es sino una evidente estrategia de defensa, la transmutación de los metales no nobles (como el plomo) en metales nobles (oro y plata) no era una «magia» arbitraria, sino la liberación de ese principio de luz atrapado en la materia densa. La Alquimia era, por lo tanto, una medicina sagrada capaz de liberar al hombre y a la naturaleza de la «pobreza, la necesidad, la carencia y las dolencias». Los científicos racionalistas que no lograban la transmutación eran retratados simplemente como hombres espiritualmente ciegos, incapaces de sintonizar con la luz divina de la creación.
En tercer lugar, el uso de la doctrina paracelsiana de los tres principios (tria prima), pero renovada. Frente a las nuevas clasificaciones de los elementos químicos que empezaban a gestarse a finales del siglo XVIII, Güldenfalk se aferró al modelo cosmológico de Paracelso, filtrado por Johann Otto von Hellwig (Ali Puli): El universo material se sostenía sobre tres principios espirituales y físicos: el Azufre (el alma, el principio inflamable), el Mercurio (el espíritu, el principio fluido y volátil) y la Sal (el cuerpo, el principio de fijeza y cristalización). Güldenfalk utilizó el concepto del «sal renacida de la naturaleza» (wiedergebohrnes Saltze der Natur) tomado de Hellwig. Sostenía que los científicos modernos fracasaban porque intentaban manipular los metales mediante procesos puramente mecánicos y violentos (como el fuego común). La verdadera alquimia requería la regeneración o «renacimiento» de la sal interna de la materia, un proceso que requería tanto pureza moral por parte del operador como un conocimiento de las signaturas místicas de la naturaleza.
En cuarto lugar, no podía faltar la Unidad de la Revelación: El Libro de la Naturaleza y la Biblia. En efecto, uno de los pilares de la defensa de Güldenfalk fue la anulación de la frontera entre ciencia y fe, utilizando la famosa cita del teoalquimista Heinrich Khunrath: «El libro de la naturaleza explica el libro de la Sagrada Escritura; y la Biblia explica el libro de la naturaleza: uno siempre explica al otro». Con este axioma, Güldenfalk argumentaba que los científicos de la Ilustración estaban cometiendo un error metodológico fatal al estudiar la naturaleza de forma aislada, ignorando las Escrituras. Para él, los procesos de laboratorio eran una puesta en escena física de las verdades teológicas (muerte, putrefacción, resurrección y glorificación de la materia). Descalificar la alquimia equivalía, a sus ojos, a negar el diseño hermético con el que Dios había escrito el universo.
Y en quinto lugar, uno no menos importante: la subjetividad religiosa y el concepto de individuo. Al ser acusado por la ortodoxia y los críticos de pertenecer a sectas peligrosas o al pietismo radical de Johann Christian Dippel, Güldenfalk se defendió con una declaración de independencia espiritual que rozaba el relativismo moderno: «Si se examina todo a fondo, cada uno tiene su propia religión, y cada uno sirve a Dios a su propia manera». Esta postura le permitía invalidar los ataques de los comisionados gubernamentales y eclesiásticos. Al reclamar que la experiencia de Dios (y de la Alquimia) era estrictamente individual y subjetiva, Güldenfalk se blindaba contra los comités de expertos. La «verdad» de sus historias de transmutación no requería el consenso de la comunidad científica de Gotinga o Berlín, sino la fe y la experiencia mística del creyente.
En última instancia, Güldenfalk se definió a sí mismo como un «Liebhaber der hermetischen Philosophie» (amante de la filosofía hermética). Al elevar la alquimia a la categoría de filosofía y teología práctica, creó un sistema de defensa donde los ataques de Wiegleb eran despachados como «arrogancia racionalista» y las críticas de Langsdorf como «miopía burocrática». Para Güldenfalk, la transmutación era un misterio divino; y los misterios, por definición, no rinden cuentas ante la lógica del siglo de las luces.
El apoyo y rescate de Karl Christoph Schmieder (1778–1850)
El caso de Karl Christoph Schmieder representa, a mi entender, una de las anomalías más fascinantes de la historiografía científica del siglo XIX. Mientras la química moderna, impulsada por figuras como Lavoisier, Dalton y Berzelius, se consolidaba firmemente sobre bases atómicas y cuantitativas, Schmieder publicó en 1832 su monumental Geschichte der Alchemie (Historia de la Alquimia). Su objetivo no era escribir la crónica de una superstición superada, sino rehabilitar el honor de los antiguos alquimistas y demostrar que la transmutación metálica era un hecho histórico real. Schmieder operó como la gran contraparte defensora de figuras decadentes como Güldenfalk, utilizando herramientas historiográficas modernas para legitimar mitos del pasado.
Nos guste o no Schmieder hizo uso del método historiográfico como herramienta de legitimación. La gran paradoja de Schmieder es que utilizó las mismas herramientas críticas de la Ilustración (el orden, la filiación de fuentes y la cronología) para defender una causa mística. Su obra revela una estrategia metodológica muy clara. Primeramente hizo una especie de Sistematización del caos. Tomó la caótica colección de Güldenfalk —que carecía de orden y presentaba más de cien relatos inconexos— y seleccionó unas 60 historias (más de la mitad del corpus). Luego creó una red de testimonios. Es decir: Schmieder unió los relatos de «adeptos anónimos» o «extranjeros con capa gris» bajo identidades comunes, conectando geográficamente las historias de Homburg, Darmstadt y otros lugares. Al cruzar los textos de Güldenfalk con otras fuentes, construyó una red historiográfica coherente: si varios testigos en distintas décadas describían al mismo personaje misterioso, para Schmieder eso no era un tropo literario, sino la prueba científica de la existencia real de un adepto errante.
En segundo lugar no tuvo reparos en recurrir a la teoría del «Secreto Perseguido», o la clandestinidad como prueba.Para responder a la pregunta obvia de la ciencia del siglo XIX («Si la transmutación es real, ¿por qué ningún científico actual puede reproducirla?»), Schmieder elaboró una sofisticada defensa sociopolítica. Como argumento, sostenía que los verdaderos adeptos poseían el secreto, pero estaban obligados a vivir en la más absoluta clandestinidad. Si un hacedor de oro revelaba su identidad, corría el riesgo inminente de ser secuestrado, encarcelado o torturado por «gobernantes codiciosos» (habsüchtigen Gewalthabern) que querían monopolizar la producción de riqueza. Según Schmieder, el hecho de que las historias siempre terminaran con el alquimista huyendo en secreto tras dejar un poco de «polvo tintóreo» no era un fraude; era una medida de supervivencia elemental. Convirtió la falta de reproducibilidad científica en una prueba de la peligrosidad política del secreto.
En tercer lugar, la precisión documental y el sesgo legalista.Schmieder entendió que para convencer al público del siglo XIX necesitaba más que metáforas espirituales; necesitaba pruebas documentales tangibles. El texto ilustra esto perfectamente con el caso de la condesa de Erbach. Tomó la vaga fábula de Güldenfalk y la dotó de un marco histórico riguroso: la fechó en 1720 y rastreó las consecuencias legales del oro transmutado. Investigó cómo el esposo de la condesa (el conde Friedrich Karl) exigió la mitad del oro y cómo la disputa llegó a la prestigiosa Facultad de Derecho de Leipzig, generando un dictamen judicial publicado en 1733. En una especie de “estrategia de honor”, para Schmieder, un tribunal de justicia del siglo XVIII no deliberaría sobre la repartición de un oro que no existiera de verdad. Al desenterrar registros legales, archivos de cortes y pleitos nobiliarios, Schmieder obligaba a sus contemporáneos científicos a enfrentarse no a mitos, sino a documentos históricos oficiales.
En cuarto lugar, frente a la imagen del alquimista charlatán que montaba espectáculos teatrales para estafar a la nobleza, Schmieder acuñó el arquetipo del «adepto sutil y precavido». Este personaje «evitaba todo estrépito, se mostraba a unos pocos solo de pasada y los inducía a testificar en círculos más altos». Con este concepto, Schmieder limpiaba el honor de la disciplina: los verdaderos alquimistas no buscaban fama ni dinero (muchas veces ni siquiera aceptaban recompensas); eran filósofos herméticos que realizaban transmutaciones puntuales solo para dejar «testigos de la verdad» antes de que la ciencia mecanicista borrara el conocimiento sagrado.
El impacto de su defensa: El puente hacia el Romanticismo
La figura de Schmieder fue fundamental porque cambió la percepción de la alquimia para las siguientes generaciones. Aunque la química oficial lo ignoró, su obra fue celebrada por círculos esotéricos posteriores (como Alexander von Bernus en el siglo XX, quien alabó su postura «libre de prejuicios») y sirvió como una auténtica cantera de mitos para la literatura (como hemos visto en Arno Schmidt).
Al ordenar, documentar y defender el catálogo de milagros de Güldenfalk, Schmieder salvó a estos personajes del olvido y de la categoría de «simples estafadores», otorgándoles el estatus de guardianes de una ciencia perdida.
Para comprender cómo Karl Christoph Schmieder intentó rescatar los conceptos de la alquimia mística y la teosofía en pleno siglo XIX (una época dominada por el positivismo, el materialismo y el auge de la Revolución Industrial), es necesario entender que no se limitó a repetir los dogmas del siglo anterior. Schmieder realizó una operación de traducción cultural e intelectual. Tomó el lenguaje místico y religioso de Güldenfalk (fuertemente influenciado por Jakob Böhme y la teosofía) y lo revistió de una pátina de postura filosófica legítima y pre-científica. El desarrollo de estrategia se basó en cuatro ejes fundamentales.
El primero es un hábil ejercicio de transición desde la «Teosofía» a la «Filosofía de la Naturaleza» (Naturphilosophie). En el siglo XVIII, Güldenfalk hablaba de la transmutación como un milagro divino y de Jesucristo como la «Piedra Filosofal». En 1832, Schmieder no podía usar esos términos en un debate académico sin ser tildado de fanático religioso. Para el rescate conectó el misticismo alquímico con la Naturphilosophie alemana (muy popular a principios del siglo XIX gracias a filósofos como Schelling o Goethe). Para Schmieder, la idea de Güldenfalk de que existía un «Salvador de la Naturaleza» o un «Principio de la Luz» inserto en la materia se transformó en la tesis de la unidad fundamental de la materia. Schmieder argumentaba que los metales no eran elementos fijos e inmutables (como afirmaba la química de su tiempo), sino diferentes estadios evolutivos de una misma sustancia primordial. Al hacer esto, rescató el concepto místico de la transmutación transformándolo en una teoría cosmológica respetable.
El segundo fue la defensa de la «indisociabilidad de los metales» como un dogma temporal.Frente al ataque de la química moderna, que consideraba al plomo y al oro como elementos químicos puros e irreducibles, Schmieder salió en defensa de los antiguos sabios con un argumento epistemológico brillante para su época: «De hecho, no habrían de faltar razones que hablen en contra de la pretendida indisociabilidad de los metales, si es que queremos escucharlas». Schmieder argumentaba que la ciencia de su siglo sufría de la misma arrogancia que la de los siglos anteriores. El hecho de que los químicos del siglo XIX no pudieran descomponer los metales en el laboratorio no significaba que fuera imposible, sino que sus métodos eran demasiado rudimentarios comparados con la sutil «medicina» o «tintura» de los adeptos. Así, el concepto místico de la Tinktur (la fuerza espiritual que transforma la materia) fue defendido como un agente químico avanzado y desconocido.
El tercero fue el rescate del «Adepto» como un Filósofo Moral. Para Güldenfalk, el adepto que transmutaba metales era un enviado o un hombre iluminado por Dios. Schmieder rescató este concepto pero lo adaptó al ideal romántico del siglo XIX, aunque lo hizo presentando a los adeptos como una sociedad secreta de sabios morales. Al insistir en que operaban en la clandestinidad para no convertirse en presas de la codicia del Estado o de monarcas absolutos, Schmieder justificaba su existencia.Además, limpió el concepto de «magia» y lo tiñó de «sabiduría hermética superior». El adepto de Schmieder no es un brujo, sino un filósofo de una integridad moral tan alta que prefiere vivir como un vagabundo errante antes que utilizar su conocimiento para desestabilizar la economía mundial con oro artificial.
Y en cuarto lugar, la validación por la tradición. Es decir: el argumento historicista. La Ilustración (Wiegleb) intentó destruir la alquimia demostrando que sus historias eran mitos. Schmieder, aprovechando el auge del método histórico del siglo XIX, le dio la vuelta a este argumento. Sostuvo que una tradición tan persistente, unánime y detallada a lo largo de los siglos (como las 112 historias recopiladas por Güldenfalk) no podía ser un invento masivo. Para Schmieder, el testimonio histórico acumulado tenía tanto peso como un experimento de laboratorio. Si registros judiciales, diarios de nobles y crónicas de científicos antiguos afirmaban que la transmutación había ocurrido, la ciencia moderna no tenía derecho a borrar el pasado apelando a sus propios prejuicios contemporáneos.
En última instancia, Karl Christoph Schmieder intentó rescatar el misticismo del siglo XVIII convirtiéndolo en una especie de «resistencia romántica» frente al desencantamiento del mundo que traía la ciencia industrial. Como hemos dicho antes con las citas de Alexander von Bernus, la obra de Schmieder es valorada por ser la única que adoptó una postura «libre de prejuicios» frente a la tradición hermética.
Schmieder no logró convencer a la química oficial, pero su rescate conceptual fue un éxito absoluto en el plano cultural, construyendo el puente perfecto para que los misterios de la alquimia pasaran del laboratorio al imaginario de la literatura y el esoterismo moderno.
Güldenfalk y Schmieder en la obra juvenil de Arno Schmidt

El impacto literario del modelo de Güldenfalk y Schmieder en la obra juvenil de Arno Schmidt, específicamente en su relato Die Fremden [Los extranjeros] (escrito en su juventud y publicado póstumamente), es un testimonio extraordinario de cómo la historiografía alquímica del siglo XVIII se recicló como mitología literaria en pleno siglo XX. Arno Schmidt, conocido por su erudición y su técnica narrativa vanguardista, utilizó la obra de Schmieder —y posiblemente la del propio Güldenfalk— como una auténtica «cantera de materiales» para estructurar sus ficciones juveniles.
El texto original señala que 30 de las 112 historias de Güldenfalk comparten un patrón idéntico: un desconocido harapiento u ordinario aparece, realiza una transmutación ante testigos atónitos, deja un poco de polvo y desaparece para siempre.
La transposición en Die Fremden: En realidad, se calca este mecanismo estructural milimétricamente. En el relato, el guardabosques Niebelschütz se topa en el bosque con un misterioso hombre envuelto en una «capa gris» que se hace llamar «Sehfeld». Tras una breve conversación filosófica, el visitante le regala una pequeña caja con un enigmático «polvo gris» con el que Niebelschütz, posteriormente, repite el milagro ante sus oyentes: funde una medalla de plomo, arroja el polvo y del crisol cae una resplandeciente pieza de oro. El nombre del personaje de Schmidt, «Sehfeld», es un guiño directo a las fuentes históricas. Este nombre proviene directamente de la 95.ª historia de transmutación de Güldenfalk (o de su copia en la Historia de la Alquimia de Schmieder, pp. 527–532). Al bautizarlo así y vestirlo con la clásica «capa gris» [33] (el color de la discreción y el camuflaje que Schmieder justificaba para escapar de los gobernantes codiciosos), Schmidt introduce en el siglo XX al «adepto sutil». Sehfeld no es un mago de feria; es un ser intelectualmente superior que deambula por los márgenes de la sociedad moderna custodiando un saber prohibido.
Por otra parte, en la escena del Försterhaus (la casa forestal), el guardabosques y Sehfeld entablan una conversación sobre «cosas antiguas y maravillosas». Los autores que citan son precisamente los mismos: Löwenstern, Knorr von Rosenroth, yPlotino, el filósofo neoplatónico que fundamenta la idea mística de que el mundo material y el espiritual están interconectados. La mención de estos nombres funciona como una «contraseña hermética». Al igual que Güldenfalk usaba la bibliografía para validar su ciencia ante los escépticos, el personaje de Schmidt usa la bibliografía para demostrar que pertenece a la estirpe de los verdaderos filósofos herméticos.
La diferencia fundamental radica en la intención del autor. Mientras que Güldenfalk recopilaba estas historias para demostrar que la alquimia era real, y Schmieder las sistematizaba para defender el honor de los científicos del pasado, Arno Schmidt las rescata por su altísimo valor poético y simbólico.
Para el joven Schmidt, el proceso de la transmutación (el rugir, el espumar del crisol y el nacimiento del oro del plomo denso) es una metáfora de la creación literaria. El escritor actúa como el adepto: toma la realidad gris y pesada (el plomo) y, mediante el polvo de la imaginación y la palabra, la transmuta en arte (el oro).
La réplica de la Historia: Hermann Kopp (1817–1892)

La réplica de la química oficial del siglo XIX contra la tesis de Karl Christoph Schmieder (y, por extensión, contra recopiladores como Güldenfalk) fue contundente. El líder indiscutible de esta ofensiva demoledora fue Hermann Kopp, profesor en la Universidad de Heidelberg, considerado el padre fundador de la historia de la química moderna y autor de obras monumentales como Geschichte der Chemie y Die Alchemie in älterer und neuerer Zeit (1886).
Kopp no abordó la alquimia con el misticismo de Güldenfalk ni con la credulidad romántica de Schmieder. Como químico analítico, aplicó el método histórico-crítico positivista para desmontar metódicamente lo que consideraba un peligroso retroceso intelectual. Veamos con más precisión, si bien no toda la deseada, los ejes fundamentales bajo los que estructuró dicha réplica.
En primer lugar, la deconstrucción del mito del «Adepto» (o el fraude de las fuentes). Schmieder basaba su defensa en que la coincidencia de relatos (como las historias recopiladas por Güldenfalk) probaba la existencia de los «adeptos errantes» que guardaban el secreto. Kopp Demostró que Schmieder había caído en una trampa circular de copia y plagio masivo. Mediante el análisis filológico de los textos, Kopp probó que las «60 historias coincidentes» no eran testimonios independientes de diferentes épocas, sino variaciones de una misma fuente original que se había ido copiando de libro en libro durante siglos, distorsionando los nombres y las fechas. Un ejemplo clásico de la metodología de Kopp fue demostrar que figuras veneradas por Schmieder y Güldenfalk como grandes adeptos medievales (como el monje Basilio Valentín) eran en realidad pseudónimos y fraudes literarios fabricados mucho después (en el siglo XVII por el editor Johann Thölde). Así fue como Kopp despojó al adepto de su aura mística y lo rebajó a la categoría de personaje de ficción o charlatán de feria.
En segundo lugar, la explicación química del «Milagro» (Desmascarando el laboratorio). Schmieder argumentaba que los científicos modernos no podían reproducir la transmutación porque carecían de la pureza espiritual o de la sutil «sal de la naturaleza» de Hellwig o Güldenfalk. Como químico, Kopp tradujo las oscuras recetas herméticas al lenguaje de la química analítica contemporánea. Explicó que los procesos descritos en las historias de proyección (donde el plomo se convertía en oro) eran simples trucos químicos basados en el desconocimiento de las propiedades de los materiales o en el engaño deliberado[39].
En tercer lugar, el delito penal en lugar de la «clandestinidad político-moral». Schmieder justificaba la huida de los alquimistas en la necesidad de proteger su vida de los gobernantes codiciosos. En cambio, Kopp reinterpretó la historia social de la alquimia. Armado con archivos históricos y judiciales, Kopp demostró que los «adeptos» no huían para proteger un conocimiento sagrado, sino para escapar de la horca. La inmensa mayoría de estos personajes eran estafadores profesionales que, tras recibir grandes adelantos de dinero (Entreprenneurs, como el propio Güldenfalk intentó con su propuesta de la casa de la moneda), desaparecían antes de que el soberano descubriera que la supuesta transmutación era un engaño. La clandestinidad no era una virtud moral; era un historial delictivo.
Y en cuarto lugar, la alquimia como «patología de la razón» (Historia de la locura). Para la ciencia del siglo XIX, el libro de Schmieder (1832) era un anacronismo inaceptable. Kopp y otros historiadores de la química oficial (como Johann Friedrich Gmelin antes que él) categorizaron la creencia en la transmutación no como una ciencia alternativa, sino como una fase de infancia mental o una patología del conocimiento humano. En su enfoque de la historia de la ciencia, Kopp emitió su veredicto: la alquimia solo tenía valor en la medida en que, a través de sus errores de laboratorio, se descubrieron por accidente sustancias útiles (como los ácidos minerales o el fósforo). Fuera de eso, defender la transmutación en el siglo XIX, como hizo Schmieder, era considerado por Kopp un ejercicio de «terquedad precientífica» que ignoraba las leyes irreversibles de la conservación de la masa y la inmutabilidad de los elementos químicos establecidas por la química moderna.
En definitiva, la réplica de Hermann Kopp fue tan devastadora que destruyó definitivamente cualquier pretensión de legitimidad científica para la alquimia en el ámbito académico europeo. Al aplicar el rigor del laboratorio y la sospecha del historiador profesional, Kopp desmanteló el andamiaje que Schmieder había construido. Fue el triunfo del Positivismo. A partir de Kopp, la alquimia quedó confinada estrictamente a dos campos muy alejados de la ciencia: la historia de las ideas culturales (donde se estudiaba como una curiosidad del pasado) y la literatura de ficción (donde autores como Arno Schmidt la aprovecharon por su innegable potencia estética y simbólica).
Apéndice 1: Der Teutsche Merkur.

Der Teutsche Merkur. Tercer trimestre. Weimar 1784, pp. 264-277:
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IV.
Pensamientos
de un amante de la investigación de la naturaleza
sobre
la colección de más de cien historias verdaderas
de transmutación
del Sr. Comisario Superior de Tierras de Hesse-Darmstadt,
Sr. Siegm. Heinr. Güldenfalk.
El famoso señor D. Wiegleb, en su Investigación histórico-crítica del imaginario arte de hacer oro, que ya salió a la luz en el año 1777 en Weimar, ha combatido las principales historias de transmutación de los tiempos modernos —con las cuales el Sr. Güldenfalk pretende poner fuera de toda duda la supuesta buena causa de la alquimia— con argumentos histórico-críticos y filosóficos tan sólidos que, si estos argumentos no pueden ser refutados de manera igualmente crítica y filosófica, el noble arte de hacer oro perderá su causa con costos y daños…
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…debería haber perdido de manera irrevocable. El Sr. Güldenfalk parece haberse tomado muy a pecho esta derrota de su amada Dulcinea alquímica; y, para ayudarla a ponerse en pie de nuevo, ¿qué otra cosa hace sino apoyar de nuevo contra una pared, uno tras otro, a los cadáveres degollados con toda la confianza de un resucitador de muertos, como si fueran otros tantos combatientes frescos que tuviera que oponer al Sr. Wiegleb (contra quien se dirige principalmente el ataque)? Pero, no contento con esto, y para compensar al menos con la cantidad lo que no podía esperar de la fuerza de su poder militar, evoca incluso a los fantasmas de cuentos de transmutación asesinados hace mucho tiempo en los siglos XVI y XVII desde sus cuevas sepulcrales; y cree ahora (como se deduce de su tono confiado) haber acorralado poderosamente a su oponente con estas más de cien historietas reunidas sin elección, investigación ni crítica, de las cuales la mayoría no son ni un ápice más creíbles que el más insípido cuento de nodriza. Desafortunadamente, todos estos preparativos del Sr. G. llegan en nuestros días con un siglo de retraso.
Non defensoribus istis
tempus eget —
¡Ay de los adeptos si no tienen un defensor más fuerte y sabio, y armas más a prueba de bomba para…
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…defensa de su causa, que aquellas con las que el Sr. G. ha entrado en liza a favor de su causa.
Sin embargo, según el sabio veredicto de un conocedor de libros tan grande como Leibniz, no hay libro tan malo del que no se pueda aprender algo. Al menos, el señor doctor Wiegleb, invocado por el Sr. Güldenfalk, tiene ahora una instrucción en el número 83, páginas 242 a 245, para obtener en sus propias manos un azufre tintóreo, concretamente de 6 a 8 lotes por 25 táleros del imperio (Reichsthaler), aunque esto también se informa que es solo por gracia del señor fabricante (el autor de la Concordancia Especial Hermética Real); porque él mismo podría utilizarlo para algo superior, ad viam universalem vel cum mercurio philosophico vel duplicato. «Ahora os he mostrado el camino —dice el señor Güldenfalk al señor Wiegleb— para poder obtener un polvo tintóreo; por lo tanto, ahora depende únicamente de vos mismo si queréis tomar y seguir dicho camino para vuestra satisfacción o no». Del mismo modo, en las páginas 124 a 127, se cita una nueva transmutación en Schaffhausen, de 2 lotes de plomo en el oro más fino y resistente a las pruebas, en la cual se dice que estuvieron presentes como testigos el señor boticario Hurter, que aún vivía allí en el año 1783, junto con muchas otras personas que aún existen a la fecha.
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Sobre todo, sin duda, la historia de transmutación que ocurrió en 1755 ante el propio señor comisario superior de tierras Güldenfalk en Homburg vor der Höhe, y que se relata en las páginas 120 a 122, debe haber dado el mayor impulso para escribir el libro, a fin de poder presentarse como testigo presencial ante la brecha; ya que mediante el despacho del Sr. Wiegleb al Dr. Price (en el Teutschen Merkur 1783, No. 2), se le puso fin por completo al juego de la llamada fabricación de oro o, donde todavía quedaba un medio de salvación, se envió el desafío más extremo. Solo es una lástima que la prueba del Sr. Güldenfalk no resultara precisamente muy brillante, ya que a partir de 2 lotes de plomo, mediante un polvo rojizo del tamaño de un grano de mijo, solo resultó plata quebradiza; y una lástima aún mayor que no se hubiera dejado más provisión de polvo para realizar con él investigaciones más considerables. Por lo demás, se obtiene fácilmente un poco de plata quebradiza, incluso sin polvo de tintura, a partir de plomo en trabajos de arsénico, especialmente cuando el estaño se arsenica por completo hasta el exceso; ya que el plomo en fusión con piezas enteras de arsénico finalmente fosforece, y el estaño, al fundirse con el plomo, produce de por sí un ruido crepitante de tormenta, como le ocurrió al principio al Sr. Güldenfalk con el grano de mijo de polvo. El cobre, cuando se le extrae por completo su color, queda como una plata blanca quebradiza, de 12 lotes según la prueba de toque. Estaño inglés con la mitad de zinc en fusión,
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se vuelve en frío casi tan duro y maleable como la plata. Cosas semejantes ya se pueden hacer sin tintura. — Qué lástima que ningún alquimista haya hecho aún el platino quebradizo en cantidad; los físicos de hoy en día bien podrían usarlo, e incluso mejor que el oro.
Una perspectiva muy filosófica ofrece Dippel, según su observación de una proyección especialmente cuidadosa en Ámsterdam, págs. 91-96, donde despacha la ilusión en la que muchos se encuentran, como si en toda la naturaleza solo una única cosa fuera adecuada para la preparación del Lapidis [de la piedra]. «Todas las tinturas —dice Dippel— de las cuales nosotros, además de nuestra propia experiencia, hemos tenido cinco tanto en las manos como ante los ojos, ninguna era como la otra, tanto en color, peso, consistencia y sabor, como también en fuerza y virtud; todas estaban preparadas a partir de diferentes sujetos, y sus solventia [disolventes], con los cuales se abrían el oro y la plata, eran unas veces del regno minerali [reino mineral], otras del vegetabili [vegetal], otras del animali [animal], otras de dos, otras de tres a la vez; nada menos por ello, todas lograban su efecto, también en la medicina.» Hasta aquí Dippel. Con esto concuerda Jugel, quien también ha tenido diferentes tinturas en las manos, págs. 150 a 199. — Supongamos ahora que todo esto sea correcto, entonces de ello se desprende precisamente que la mayoría de los artistas que escriben
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artistas de la alquimia— eran ignorantes, o bien meros teóricos individuales en su arte asumido de forma caprichosa, ya que no consideraban como correcta y apta ninguna otra materia ni ninguna otra vía de actuación para ello más que la que ellos mismos habían utilizado, rechazaban y condenaban todas las demás, y del mismo modo eran condenados a su vez recíprocamente, como los predicadores de controversia de todas las partes en disputa sobre la faz de la tierra. De ahí que, a partir de innumerables contradicciones particulares, surgiera la mayor Babel, que finalmente se derrumba sobre la falta de entendimiento y el malentendido.
¿Qué queda ahora? ¿Qué provecho puede sacar el investigador de la naturaleza común, sensato e imparcial, de los llamados herméticos y antiherméticos en su confrontación? ¿Queremos, junto con algunos, considerar toda la alquimia como un mero jeroglífico espiritual? Nuestro mundo no le encuentra gusto a eso, aunque la naturaleza entera pueda ofrecer un jeroglífico semejante. ¿O queremos, con el perspicaz Sr. Wiegleb, al final de su investigación histórico-crítica de 1777, establecer llanamente la imposibilidad de la llamada alquimia? ¿Queremos, según el registro de todos los materiales y razones mecánicas expuesto por él allí mismo, aceptar ahora de una vez y para siempre como ley natural que los cuerpos simplemente mezclados no se pueden descomponer por el arte en sus componentes naturales, ni transformar en otras especies?
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Algunos nudos de duda deberían, sin duda, resolverse antes de que podamos aceptar tal non plus ultra. Por ejemplo: entre los cuerpos indescomponibles por ningún arte, el Sr. Wiegleb cuenta, después de los metales nobles y no nobles, los semimetales y las piedras preciosas, también las sales más simples, los ácidos minerales, el ácido fosfórico y el ácido acético, la sal alcalina fija y la volátil. Pero resulta que nuestros químicos más recientes del aire, del fuego y de la luz ya han llegado al punto de descomponer el ácido nítrico en aire de fuego y aire de nitro, y de volver a componerlo a partir de ellos; incluso de romper el ácido del aire propiamente dicho o el aire fijo y volver a formarlo; y de disgregar el ácido de sal común en deoflogistizado y flogístico. No diré nada ahora del análisis del ácido fosfórico de Vogel; nada de la descomposición iniciada del ácido vitriólico por Kunckel y Baumé; nada de la composición de la sal alcalina fija del Sr. Wenzel, ni de la antigua conversión de las tierras alcalinas fijas y calcáreas en álcali volátil; porque estas cosas aún no están perfectas, aunque bien podrían estar bastante encaminadas a ello; sobre todo cuando el propio señor Wiegleb afirma haber encontrado álcali volátil como componente en los ácidos, tal como se puede leer en sus excelentes ensayos químicos sobre las sales alcalinas, desde el experimento 120 hasta casi el final, págs. 227-252.
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Si, por lo tanto, aunque sea uno solo de los cuerpos naturales que, según su afirmación, son indescomponibles por todo arte, hubiera sido descompuesto y vuelto a componer de forma públicamente notoria: la ley natural arriba mencionada ya habría sufrido una grieta incurable, que sin duda con el tiempo podría ensancharse cada vez más, y finalmente llegar a ser lo suficientemente amplia como para que los cerrojos de la naturaleza y del arte recientemente propuestos tuvieran que abrirse por sí mismos. Cómo algunos de estos cerrojos ya se han abierto incluso en los metales, y de hecho por parte de abiertos oponentes de la alquimia, se demostrará de inmediato. Que entre los químicos más modernos, que son tan contrarios a la alquimia como es posible, se encuentra un famoso Marggraf, es tan conocido como su ejemplar pulcritud y precisión en los experimentos. Ahora bien, este mismo señor Marggraf, de manera imprevista, en experimentos continuados con regularidad, ha encontrado correctamente que una parte del mercurio precipitado a partir de ácido nítrico mediante ácido fosfórico consistía en plata pura en plomo puro. Este mismo excelente químico, con la sal de orina fosfórica seca en una fusión cubierta, transformó el estaño y el plomo, cada uno por separado, en una especie completamente de zinc de un metal fácilmente inflamable. Por no hablar de otros cambios importantes, raros y sumamente convenientes que arruinan considerablemente las nuevas tablas de leyes del Sr. W., es más, que ya lo habían hecho antes de que él las publicara. Si ahora primero nosotros todavía una interesan-
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te cantidad de sus agudas y profundas observaciones de los más grandes químicos modernos para que nos sirvan de ayuda, aunque sean puros neutralistas o enemigos de los herméticos, ¡cuánto de la certeza de esa supuesta ley natural, construida sobre una teoría meramente mecánica, podría ya romperse ahora mismo, y no se diga al final de nuestro siglo! Pues bien, con la química del aire, del fuego y de la luz se ha abierto un camino más que mecánico, a través del cual, mediante la observación de los elementos espirituales, la física pura de las fuerzas centrales sale cada vez más a la luz y puede penetrar en la Tierra como en el cielo, al modo de Newton y Franklin.
El siglo filosófico no se dejará detener en su curso de penetrar cada vez más en los elementos espirituales, y a través de ellos en las fuerzas y esencias de los cuerpos, que consisten precisamente en seres de fuerza y extienden sus fuerzas hacia lo infinito. En esto no solo la naturaleza es inagotable, sino también el espíritu del hombre a través del arte; porque la sabiduría y la virtud, según la determinación del Creador todo bondadoso y las vías de expansión eternamente abiertas del siempre resplandeciente Lord de Verulam, deben crecer continuamente para el reino humano. ¿Cuán poco se ha pisado aún el campo de la mezcla más íntima en los trabajos minerales? ¿Y qué hay, sin embargo, mezclado de forma más íntima y simple, incluso por el arte humano, que el vidrio?
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Las cales metálicas y las cales de semimetales se funden en su mayor parte fácilmente en vidrio. Ahora bien, en forma de vidrio, ¿cuánto no pueden aún admitir en sí e incorporar a través de la fusión de materiales secos, lo cual no podría introducirse en forma metálica? Los vidrios comunes deben considerarse como sales medias simples y terrosas, y los vidrios metálicos, mucho más tenaces, como hígados de azufre terrosos; ¿qué no pueden disolver aún en sí bajo una fusión adecuada? ¡Qué campo tan profundo de mezclas más íntimas en incombustibilidad hay todavía ahí, que Becher y Pott apenas comenzaron a abrir! ¿Por cuántos lados no se deja abordar la naturaleza, a medida que se descubren más sus finas relaciones y fuerzas? ¿Dónde se puede vislumbrar jamás el final de esto? Y aunque nos limitemos únicamente a las consideraciones de cosas completamente palpables: todos los metales perfectos, y aquellos semimetales que se dejan martillar, tienen en común la ductilidad entre sí en mayor o menor grado; tienen una gravedad superior frente a todos los demás cuerpos, y también resistencia al fuego en estado de fusión en mayor o menor grado entre sí. Si, por lo tanto, en su totalidad se volvieran sumamente resistentes al fuego, sumamente pesados, sumamente dúctiles: solo se elevarían en el grado de sus propiedades comunes, y eso sería todo. Eso no sería una transformación de las especies, sino solo un ennoblecimiento, una temperatura más igual, una maduración.
T. M. Sept. 1784.
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Mucho más bien, una transformación ocurre realmente en la alimentación diaria de todos los hombres, animales y plantas, a partir de todo lo que incorporan y asimilan a sí mismos, incluso desde el reino mineral y elemental. También la química común hace diariamente que los minerales y metales sean naturalmente solubles y combinables para el cuerpo humano, animal y vegetal; por lo tanto, homólogos y adecuados para su asimilación. En la primera entrega de los Anales Químicos de Crell, Priestley transforma incluso el agua en puro aire. Lavoisier, Landriani, Cavendish, producen agua a partir de la unión de aire de fuego y aire inflamable. ¿Dónde está ahora la imposibilidad de la transformación de las especies? Una transición de un elemento y reino de la naturaleza a otro es, en verdad, transformación más que suficiente, es la mayor posible; pues todo lo que en vapores puede ascender desde el reino mineral, pasa al reino vegetal, animal y elemental; por el contrario, el reino vegetal y animal, a través de la putrefacción, decae nuevamente en parte en el reino mineral, en parte en el caos elemental de la atmósfera terrestre. De este modo, la transmutación de los componentes de cada reino de la naturaleza en el otro ocurre diariamente, en parte de forma natural, en parte de forma artificial; pues tanto la mezcla como la destrucción lo transforman todo en el mundo; y ni siquiera valdría la pena hacer tanto alboroto por una supuesta transformación de los metales, ante una transformación de la materia mucho mayor…
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…transformación, que siempre ocurre, solo que habitualmente no se le presta atención; como cuando, por ejemplo, la más inerte tenacidad de lo combustible se convierte en puro fuego y aire, la más negra oscuridad de lo mismo en pura luz, la más pesada humedad en la más ligera. Por lo tanto, la naturaleza parece transformar muchas más apariencias que especies; incluso disuelve un opuesto en el otro, como la oscuridad en luz, la tierra en agua, el agua en llama mediante aceite hirviendo; y también condensa de nuevo lo más fluido y ligero mediante el frío y todas las fuerzas de unión. De manera tan diversa y recíprocamente eficaz traslada ella un reino de la naturaleza al otro, a saber, en parte y alternativamente, como se presenta ante los ojos en las estaciones del año, todos los años y días. A ello ayuda el arte, todo el trabajo de los hombres, al cultivar y destruir todo lo perecedero, que continúa siempre fértil en miles de cambios, hasta en el caos de todos los elementos. Uno debería asombrarse de cómo la naturaleza, a partir del caos, siempre vuelve a orientarse, cómo siempre se provee de medios frescos e imprevisibles para volver a deshacer y transformar ropajes siempre nuevos, como una Penélope eterna. Así, nosotros, los hijos de los hombres, tenemos habitualmente ante los ojos las cosas más memorables y no reparamos en ellas hasta que llega algo inusual que nos lo da de narices; y aun entonces, a menudo, con todo nuestro entendimiento, no sabemos cómo orientarnos en ello, y sin embargo queremos juzgarlo todo, sobre
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todo decidir definitivamente. Con todo, a menudo se requiere en verdad una paciencia infinita junto con toda la atención minuciosa, tan solo para llegar a la comprensión de una cosa; cuánto más entonces, con una dura experiencia, para llegar a una mayor realidad. La extrema rareza del conocimiento más profundo de las causas y de las cosas no es, por tanto, ningún misterio; pero la naturaleza es para nosotros un constante…
¡Amigo! Nuestra ciencia es todavía la infancia de la sabiduría,
El pasatiempo de los astutos, un bastón de niño para la ceguera.
¡Y que todo el pueblo de los sabios y de los ignorantes diga Amén!
Theoros.
P.S. Parece como si al final de este escrito se nos hubiera presentado el asunto de la mejora y transformación de la alquimia como algo demasiado fácil de comprender o de asumir como posible; sin embargo, lo que es más fácil de comprender o parece serlo, es por ello mismo a menudo lo más difícil de realizar, y a veces ni siquiera es factible. Nosotros, los viejos, siempre tenemos en poca estima a las personas que presentan un asunto, que tal vez nunca llegue a ocurrir, como demasiado fácilmente realizable; esa supuesta facilidad fue precisamente la perdición de innumerables cabezas de aire y de fuego. Profetizar de manera despiadadamente noble y rectamente cruel en bárbaros jero-
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…glíficos de la más estricta orden, es incomparablemente más saludable. El espíritu químico debe primero penetrar en el centro de la Tierra, del Sol, del Mar, resolver los enigmas de Job, Agur, Zorobabel, antes de que se pueda llegar siquiera al principio fundamental. Praecipitantia durae cervicis est Diabolus in Alchymia [La precipitación de la cerviz dura es el diablo en la alquimia], dice un viejo proverbio que es venerable en todas las cosas profundas. ¡Huye del fuego, que nunca dice: ¡es suficiente! Esa es el infierno en la Tierra, dice la sabiduría de los antiguos. Pero ya basta de proverbios, para que no parezca que queremos competir con el más grande y honesto comerciante de proverbios, Sancho Panza.
Apéndice 2: Voyage du Sieur Paul Lucas.

Voyage du Sieur Paul Lucas, fait par ordre du roy dans la Grece, l’Asie Mineure, la Macedoine et l’Afrique : Contenant la description de la Natolie, de la Caramanie, & de la Macedoine, Paris, Simart, 1712, 104-12:
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Viaje por el Asia Menor,
… ciega, porque no podría sostener una luz por la cual los ojos del verdadero Sabio no pueden ser deslumbrados. Quien dice Sabio, continuó, dice un hombre a quien solo a él pertenece filosofar. Él no tiene ningún apego por el mundo. Ve todo morir y renacer en su presencia sin darse la menor preocupación; puede procurarse más riquezas de las que tienen los más grandes Reyes: pero lo pone todo bajo sus pies, y este desprecio generoso lo vuelve en la indigencia misma superior a todos los acontecimientos.
Le interrumpí en este punto. Con todas estas bellas máximas, le dije, el Sabio muere como los demás: ¿qué me importa, pues, haber sido sabio o haber hecho el tonto toda mi vida, si la sabiduría no tiene ningún privilegio por encima de la locura, y si la una no impide morir antes que la otra? ¡Ah! me añadió él, veo bien que no habéis conocido a ningún verdadero Filósofo. Aprended, pues, que un Filósofo tal como os lo pinto, muere a la verdad, (porque la muerte es una cosa unida a la naturaleza y de la cual no está en el orden eximirse,) pero que hace ir su vida al término, es decir, hasta el tiempo que ha sido marcado por el Creador. Se ha observado que este tiempo es…
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África y otros lugares.
… de mil años, y que es solo hasta esa edad que vive el sabio. Él lo logra mediante el conocimiento que tiene de la verdadera medicina. Por ella sabe alejar de sí todo lo que impide las funciones y puede destruir el temperamento de su naturaleza. Por ella aprende todas las cosas cuyo conocimiento Dios había dado al primer hombre. El primer hombre las conoció por su razón; pero fue esta misma razón la que se las quitó de la mente; porque habiendo llegado a estos conocimientos naturales, mezcló en ellos sus propias ideas. Por esta confusión que engendraba una loca curiosidad, volvió defectuosa la obra misma del Creador: esto es lo que el sabio trata de enmendar. Los animales, al no actuar sino por instinto, se conservan en la primera institución, y no viven menos en el presente que al comienzo del mundo. El hombre es mucho más perfecto; pero ¿ha hecho caso de esta distinción con la cual se le había mirado? ¿Y no ha perdido por su propia culpa este hermoso privilegio de vivir mil años que debía conservar con todos los cuidados posibles?
Es pues ahí lo que los verdaderos sabios han reencontrado; y para que ya no os equivoquéis más en ello, es ahí lo que se…
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Viaje por el Asia Menor,
… llama la Piedra Filosofal, que no es en absoluto una ciencia quimérica, como piensan los semisabios, sino una cosa muy real. Por lo demás, ella es conocida por pocos e incluso imposible para la mayoría, a quienes la avaricia o el libertinaje matan o a quienes la envidia de vivir hace morir.
Sorprendido por todo lo que escuchaba: ¿cómo?, le dije, ¿vos querríais asegurar que todos aquellos que han encontrado la Piedra Filosofal viven mil años? Sin duda, replicó él en un tono más serio. Cuando Dios ha favorecido a algún mortal con este hermoso conocimiento, solo depende de él vivir sus mil años como el primer hombre. Le dije que en nuestro país se habían encontrado algunos de esos felices mortales de quienes se decía que habían tenido la ciencia vivificante, pero que ciertamente no habían esperado a una edad tan decrépita para irse al otro mundo. Pero, continuó él, ¿no sabéis que se da el nombre de Filósofo muy a la ligera?, ellos no lo eran, o bien debieron vivir el tiempo que os señalo.
Por fin le hablé del ilustre Flamel, y le dije que a pesar de la Piedra Filosofal, él había muerto con todas las de la ley. A este nombre él se puso a reír de mi…
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África y otros lugares.
… simplicidad. Como yo casi había comenzado a creerle en lo demás, estaba extremadamente sorprendido de verle dudar de lo que yo afirmaba. Habiéndose dado cuenta de mi sorpresa, me preguntó de nuevo con el mismo tono, si yo era lo bastante ingenuo como para creer que Flamel estuviera muerto. No, no, me dijo él, os equivocáis: Flamel está vivo; ni él ni su mujer saben todavía lo que es la muerte. No hace tres años que los dejé a uno y a otro en las Indias, y es uno de mis más fieles amigos: iba incluso a indicarme el tiempo en que habían entablado conocimiento, pero se contuvo y me dijo que quería enseñarme su historia, que sin duda no se sabía en mi país.
Nuestros Sabios, continuó él, aunque raros en el mundo, se encuentran igualmente en todas las Sectas, y ellas tienen en esto poca superioridad una sobre otra. En tiempos de Flamel, había uno de la Religión Judía. Durante los primeros tiempos de su vida, se había propuesto no perder de vista a los descendientes de sus Hermanos: y sabiendo que la mayoría se habían ido a instalar a Francia, el deseo de verlos le obligó a dejarnos para hacer el viaje. Hicimos lo que pudimos…
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Viaje por el Asia Menor,
… para disuadirlo de ello, y varias veces cambió de intención por nuestros consejos. Al final, su deseo extremo de ir allá le hizo partir, con la promesa, sin embargo, de reunirse con nosotros lo antes posible. Llegó a París, que era desde entonces, como en el presente, la Capital del Reino. Encontró que los descendientes de su Padre estaban allí entre los judíos en gran estima: vio entre otros a un Rabino de su raza, que parecía querer volverse sabio; es decir, que buscaba la verdadera Filosofía, y trabajaba en la gran obra. Nuestro amigo, no desdeñando en absoluto darse a conocer a sus sobrinos nietos, entabló con él una amistad estrecha y le dio muchas aclaraciones. Pero como la materia prima es larga de hacer, se contentó con poner por escrito toda la ciencia de la obra: y para probarle que no le había escrito en absoluto falsedades, hizo en su presencia una proyección de 30 ocques* de metal que convirtió en un oro de los más puros. El Rabino, lleno de admiración por nuestro hermano, hizo todos los esfuerzos posibles para retenerlo junto a él. Fue en vano, él no quiso faltar a nuestra palabra. Al final, el Judío, no pudiendo obtener nada…
(Nota en el margen izquierdo: * un ocque pesa 3 libras).
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… nir de él, cambió su amistad en un odio mortal, y la avaricia que ya lo sofocaba, le hizo tomar el negro designio de apagar una de las luces del Universo. Pero queriendo disimular, rogó a este sabio que le hiciera el honor de quedarse algunos días en su casa; y durante ese tiempo, por una traición inaudita, lo mató, y le quitó toda su medicina. Acciones tan horribles no podrían permanecer mucho tiempo impunes. El Judío fue descubierto, puesto en prisión, y por algunos otros crímenes de los cuales se le convenció además, fue quemado vivo. La persecución de los Judíos de París comenzó poco tiempo después, y vos sabéis que todos fueron expulsados de allí. Flamel, más razonable que la mayor parte de los demás Parisinos, no había tenido dificultad en relacionarse con algunos Judíos; pasaba incluso entre ellos por una persona de una honestidad y de una probidad reconocida. Esto fue causa de que un Mercader Judío tomara el designio de confiarle sus Registros y todos sus papeles, persuadido de que él no haría ningún mal con ellos; y que querría bien salvarlos del incendio común. Entre estos papeles se encontraban los del Rabino que había sido quemado y los Libros de nuestro Sabio. El Mercader, sin duda ocupado en su comercio, no había prestado gran aten-…
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… ción. Pero Flamel, que los examinó de más cerca, y observando en ellos figuras de hornos, de alambiques y de otros vasos semejantes; y juzgando con razón que aquello podría ser el secreto de la gran obra, creyó no deber quedarse ahí. Como estos Libros eran hebreos, se hizo traducir la primera hoja: habiéndole confirmado este poco en su pensamiento; para usar de prudencia, y no ser descubierto, he aquí de la manera en que procedió. Se rindió a España, y como allí había Judíos casi por todas partes: en cada lugar rogaba a alguien que le tradujera una página de su Libro. Habiéndolo traducido todo entero por este medio, retomó el camino de París. Al regresar se hizo de un amigo fiel que llevaba consigo para trabajar en la obra, y a quien tenía el propósito de descubrir su secreto más adelante; pero una enfermedad se lo llevó antes de tiempo. Así Flamel, de regreso a su casa, resolvió trabajar con su mujer: ellos llegaron al final, y habiéndose adquirido por ahí riquezas inmensas, hicieron construir varios grandes edificios públicos, y enriquecieron a varias personas. La Fama es a veces una cosa muy incómoda, pero un Sabio sabe por su prudencia salir de todos los embargos.
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Flamel vio bien que lo detendrían si pasaba por tener la Piedra Filosofal; e incluso había poca apariencia de que se estuviera mucho tiempo sin atribuirle esta ciencia, después del estallido que habían provocado sus larguezas. Así, como verdadero Filósofo que no se preocupa por vivir en la mente del género humano, encontró el medio de huir, haciendo publicar su muerte y la de su mujer. Por sus consejos, ella fingió una enfermedad que tuvo su curso; y cuando se la dijo muerta, ella estaba cerca de Suiza, donde él tenía orden de esperarla. Se enterró por ella un trozo de madera y ropas; y para no faltar en absoluto al ceremonial, esto fue en una de las Iglesias que ella había hecho construir. Enseguida él tuvo recurso al mismo estratagema para sí: como se hace todo por el dinero, no tuvo pena en ganar a los Médicos y a la gente de Iglesia. Estos últimos fueron los primeros en redactarle un Testamento en las formas donde recomendaba con cuidado que se le enterrara con su mujer y que se elevara una pirámide sobre sus sepulturas: y con el testón en el bolsillo, recitaron alegremente sus oraciones ordinarias sobre un segundo trozo de madera, que pasaba por ser el cuerpo de Flamel, mientras que este sabio…
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… estaba en camino para reunirse con su mujer. Desde ese tiempo a esta parte han llevado el uno y la otra una vida filosófica, y van tanto en un país, tanto en un otro. He ahí la verdadera historia de Flamel y no lo que vos creéis de ella, ni lo que se piensa tontamente en París, donde pocas personas tienen conocimiento de la verdadera sabiduría.
Este relato me pareció, y es en efecto, muy singular; quedé tanto más sorprendido de que me fuera hecho por un Turco que yo creía que jamás había puesto el pie en Francia. Por lo demás, yo no lo relato sino como Historiador, y paso incluso por alto varias otras cosas todavía menos creíbles, que él me contó sin embargo con un tono afirmativo. Me contentaré con señalar que se tiene ordinariamente una idea demasiado baja de la ciencia de los Turcos, y que aquel de quien hablo es un hombre de un genio superior.
[1] Joachim Telle: Alchemie II. En: Theologische Realenzyklopädie. Editado por Gerhard Krause y Gerhard Müller. Vol. II. Berlín/Nueva York 1978, págs. 199-227, aquí pág. 206. Karl Hufbauer, The Formation of the German Chemical Community 1720-1795, University of California Press, Berkeley, 1982. Faßhauer, Vera y Mulsow, Martin, Radikaler Pietismus, Alchemie und Freidenkerei. 1729-1741, Stuttgart, Franz Steiner Verlag GmbH, 2026. Anónimo, Taschenbuch für Alchemisten, Theosophen und Weisensteinsforscher, die es sind und werden wollen, Leipzig, Hischer, 1790. Jürgen Strein, “Siegmund Heinrich Güldenfalks »Sammlung von mehr als 100 Transmutationsgeschichten« (1784), en Iliaster. Literatur und Naturkunde in der frühen Neuzeit. Festgabe für Joachim Telle zum 60. Geburtstag. Hrsg. v. Wilhelm Kühlmann u. Wolf-Dieter Müller-Jahncke”, Heidelberg, Manutius Verlag, 1999, 275–283.
[2] Johann Christian Wiegleb: Historisch-kritische Untersuchung der Alchemie, oder der eingebildeten Goldmacherkunst; […]. Weimar 1777 (Reimpresión reprográfica, Leipzig 1965).
[3] Siegmund Heinrich Güldenfalk, Die himmlische und hermetische Perle, Fleischer, Fráncfort y Leipzig 1785, pág. 2.
[4] Véase, por ejemplo, Karl Christoph Schmieder, Geschichte der Alchemie, Halle, Verlag der Buchhandlung des Waisenhauses, 1832 (Reimpresión reprográfica. Editado e introducido por Franz Strunz. Múnich-Planegg 1927), págs. 571–597; y Hermann Kopp, Die Alchemie in älterer und neuerer Zeit. 2. Tl.: Die Alchemie vom letzten Viertel des 18. Jahrhunderts an, Heidelberg, Carl Winter, 1886 (Reimpresión reprográfica. Hildesheim/Nueva York 1971).
[5] El paso del servicio de Güldenfalk desde el de Homburg al de Darmstadt no se puede constatar en los archivos. Debió de ocurrir hacia 1777 o 1778 (véase la nota 10).
[6] Sammlung von mehr als hundert wahrhaften Transmutationsgeschichten, oder ganz außerordentlich merkwürdige Beyspiele von Verwandlung der Metallen in Gold oder Silber nebst der Art und Weise wie damit verfahren worden. Gesammelt und herausgegeben von Siegmund Heinrich Güldenfalk, Fürstl. Hessen-Darmstädtischen Ober-Landkommissair, Fráncfort y Leipzig por Joh. Georg Fleischer. 1784.
[7] Sobre Güldenfalk solo existen unas pocas informaciones dispersas. La representación fragmentaria de su vida aquí presentada se basa en las siguientes menciones: Johann Georg Meusel, Lexikon der vom Jahr 1750 bis 1800 verstorbenen teutschen Schriftsteller. Vol. 4, Leipzig, Fleischer, 1804, págs. 457-458; Friedrich Wilhelm Strieder, Grundlage zu einer Hessischen Gelehrten- und Schriftsteller-Geschichte. Von der Reformation bis 1806. Vol. 18 (editado por Karl Wilhelm Justi), Marburgo, gedruckt mit Bayrhoffer’schen Schriften («impreso con tipos de letra de Bayrhoffer»), 1819, págs. 195-196; Heinrich Jacoby, Zur Geschichte der Homburger Mineralquellen. En: Mitteilungen des Vereins für Geschichte und Altertumskunde zu Bad Homburg v. d. H. 18 (1935), págs. 1–264, aquí pág. 145; Barbara Dölemeyer: Fragmentarische Staatlichkeit. Die Landgrafschaft Hessen-Homburg im Alten Reich und im Deutschen Bund. En: Mitteilungen des Vereins für Geschichte und Altertumskunde zu Bad Homburg v. d. H. 44 (1995), págs. 5–64; aquí pág. 43. En los archivos, Güldenfalk apenas es ya localizable, dado que casi todos los documentos que podrían dar información sobre él se perdieron en la guerra. Jürgen Strein, “Siegmund Heinrich Güldenfalks »Sammlung von mehr als 100 Transmutationsgeschichten« (1784). En: Iliaster. Literatur und Naturkunde in der frühen Neuzeit. Festgabe für Joachim Telle zum 60. Geburtstag. Hrsg. v. Wilhelm Kühlmann u. Wolf-Dieter Müller-Jahncke”, Heidelberg, Manutius Verlag, 1999, 275–283.
[8] En un obituario del Gothaische gelehrten Zeitung, 85 (1887), 696, se dice: «Homburgo de la Altura. A mediados del pasado mes de septiembre falleció aquí, a la edad de unos 60 años, el Sr. S[iegmund] H[einrich]. Güldenfalk, […]».
[9] Obituario de «Armbrüster» [presumiblemente Johann Michael Armbruster], citado según Jacoby (nota 7), pág. 144.
[10] Güldenfalk fue llamado a la comisión de tierras de Darmstadt creada por Friedrich Carl von Moser (1723-1798), una de las instituciones que debían contribuir a evitar la bancarrota del Estado en Hesse-Darmstadt (sobre Moser, véase Walter Gunzert, “Friedrich Carl von Moser. Reichshofrat, Präsident und Kanzler in Darmstadt, deutscher Publizist und Freund Goethes 1723–1798”, en: Lebensbilder aus Schwaben und Franken. Editado por Max Miller y Robert Uhland. Vol. 11. Stuttgart, Kohlhammer, 1969, 82–117; Günter Christ, “Friedrich Carl von Moser”, en NDB. Vol. 18. Berlín, 1997, 178–181). La carrera funcionarial de Güldenfalk se desarrolló en una llamativa proximidad a la actividad de Friedrich Carl von Moser en Homburg y Darmstadt. No solo existe una coincidencia temporal aproximada en el ingreso de Güldenfalk y de Moser en el servicio de Homburg, sino que él «pasó, en parte por obligación debido a un pacto sucesorio, con el Sr. presidente v. Moser al servicio de Darmstadt» y «cayó con la caída de este» (Armbrüster en Jacoby, nota 7, 144). El «pacto sucesorio» regulaba la reversión del landgraviato de Hesse-Homburg a Hesse-Darmstadt en caso de extinción de la línea secundaria. Von Moser había participado de forma decisiva en el logro del «acuerdo principal» de 1752. Tras varias etapas intermedias, entre ellas varios años al servicio del landgrave Ludwig VIII de Hesse-Darmstadt (1691-1768), Friedrich Carl von Moser volvió a ser contratado por la corte de Darmstadt en 1772. Fue destituido en 1780 tras una disputa con el landgrave Ludwig IX de Hesse-Darmstadt (1719-1790).
[11] Jacoby (nota 7), 144.
[12] El «Pro Memoria. Die Münzgerechtigkeit betreffend.» [Pro Memoria. Con respecto al derecho de acuñación.] está impreso en C. Hoffmann, “Hessen-Homburger Münze 1692–1693”, en Numismatische Zeitung, 36 (1869), 2-3.
[13] Dölemeyer (nota 7), 43.
[14] Pp. 120–122. Cf. al respecto también Schmieder (nota 4), 549.
[15]Otto Renkhoff, Nassauische Biographie. Kurzbiographien aus 13 Jahrhunderten, Wiesbaden, Histor. Komm, für Nassau, 1985, 10, nº 56. Heinrich, Jacobi, “Zur Geschichte der Homburger Mineralquellen”, en Mitteilungen d. Vereins f. Geschichte u. Altertumskunde zu Bad Homburg v. d. H., 18 (1935), 1-264, aquí 49–57. Nassauische Lebensbilder, 6 vols. 1940-61, volumen 2 (1943) 124–39. Friedrich, Lotz, Geschichte der Stadt Bad Homburg v.d.H. 2 vols. Volumen 2, Frankfurt am Main, Verlag Kramer, 1972, 106–15.
[16] Claude Antoine de La Vallée procedía de Borgoña, luchó en la guerra de sucesión española en Schellenberg, Höchstädt, Ramillies, Oudenaarde y Malplaquet, y fue admitido en la nobleza del Imperio alemán el 3 de noviembre de 1709. En Homburg se le identifica por primera vez a principios de 1708, y debió de haber conocido ya antes, durante la campaña militar, al príncipe heredero Friedrich Jacob y a Casimir. Más tarde fue consejero de la corte (Hofrat) de Homburg, así como funcionario administrativo (Amtmann) de Darmstadt… Eleonora Margaretha tuvo varios pretendientes, pero permaneció soltera durante toda su vida. Residía con frecuencia en Homburg (incluso las diaconisas no se alojaban de forma permanente en Herford); aquí participó en varias iniciativas: mandó construir al consejero de arquitectura Paul Andrich una casa de campo en la zona de las salinas, conocida como la ‘Prinzessinnenhaus’ (Casa de las Princesas); participó en la sociedad minera (Berggewerkschaft) que el alquimista Johann Christian Creutz von Würtz fundó en 1719 junto con el landgrave Friedrich III Jakob, y en la que también participó el maestre de la corte del landgrave (y más tarde consejero de la corte) Claude Antoine de la Vallée, quien pertenecía a su círculo de amigos y la nombró su heredera. En Rosendorfer, Herbert, Der Prinz von Homburg oder der Landgraf mit dem silbernen Bein. : e. Biogr. (Frankfurt am Main, Fischer-Taschenbuch-Verlag, 1980, páginas 174-175, leemos: A la suma del arrendamiento de 12 000 táleros del Imperio (Reichstaler) por el distrito (Amt) de Homburg se añadía la asignación anual (Apanage) de Darmstadt por un importe de 30 000 táleros del Imperio, y entre 10 000 y 20 000 táleros del Imperio que rendían anualmente los ‘distritos menores’ (Niederen Ämter). De la suma total de 50 000 a 60 000 táleros del Imperio se descontaba la amortización de la deuda, pues de vez en cuando, cuando ya no quedaba más remedio, los pequeños príncipes alemanes (Duodezfürsten) pagaban sus deudas. Además, nunca se sabía con certeza de antemano si la asignación de Darmstadt llegaría ni cuándo lo haría. Lo que quedaba sobrante debía repartirse, y no eran pocos los que tenían derecho a una parte: la viuda, tres hermanos y una hermana soltera (esta era la señorita landgravesa Eleonore Margarethe, quien falleció en 1763 a la edad de 84 años como deanesa del convento reformado de damas nobles de Herford).
En estas circunstancias, el hermano mayor, el landgrave Friedrich III Jakob, se encontraba en una situación relativamente buena, ya que percibía unos ingresos considerables como general holandés. El hermano menor, el landgrave Ludwig Georg, que se había casado en 1710 con la condesa Christine von Limpurg-Sontheim, parece haber vivido de forma más modesta y haber manejado mejor el dinero que el hermano mediano, el ‘Nimrod’ Wilhelm Kasimir. Este landgrave, oficial retirado y sin ingresos adicionales, intentaba mantener en Homburg algo parecido a una corte, para lo cual el dinero resultaba totalmente insuficiente por dondequiera que se mirase. Cayó en las garras de dos personajes sombríos que hicieron de las suyas en Homburg en los años previos a la muerte de Wilhelm Kasimir (1726). Uno era francés, el otro sueco.
El francés se llamaba (o se hacía llamar) Claude Antoine de La Vallée, procedía supuestamente de la nobleza borgoñona, había sido soldado en la guerra de sucesión española, pero se encontraba en Homburg a más tardar desde 1708, donde, como cazador apasionado y amante de los perros y los caballos, apoyaba al landgrave Wilhelm Kasimir en sus pasiones (y probablemente también en el despilfarro de dinero). El landgrave gestionó con éxito la admisión de La Vallée en la nobleza del Imperio alemán. El hecho de que La Vallée fuera católico no molestaba al landgrave reformado, pues se decía que en realidad La Vallée no creía en nada. La Vallée estableció la conexión entre este y el ‘capitán’ sueco —por lo tanto, presumiblemente también un oficial retirado— Johann Christian Creuz von Würth (o Würtz), quien intentaba hacer oro en ‘Oede’, una finca del barón local Justinian von Holzhausen. También …se excavó en busca de oro: cerca del pueblo de Obersteden, largas décadas después, todavía se podía ver una galería de 120 metros de longitud. No había dado ningún resultado. En 1724, el landgrave actuó como padrino de bautizo del vástago del señor Creuz von Würth, quien debido a esto recibió los nombres de Carl Friedrich Casimir. (De él se hablará más adelante). El barón de Creutz, cuyo nombre real era Johann Christian Würth von Mackau y que a partir de 1727 pasó a ser barón de Creutz y señor de Würth, (1682–1732) era en aquella época la eminencia gris de las casas nobiliarias, además de alquimista y estafador. Era el ‘gran y secreto confidente’ del landgrave Ernst Ludwig de Hesse-Darmstadt, quien estaba fuertemente interesado en la alquimia; asimismo, desde aproximadamente 1715, fue el asesor más cercano del landgrave Friedrich III en Homburg.
Tenía sus laboratorios y su vivienda en la Holzhausen Oede, a las puertas de Fráncfort. Esta zona apartada permitía realizar experimentos sin ser observado, sobre todo porque se utilizaba como curtiduría desde 1663 y las considerables molestias por olores asociadas a esta actividad mantenían alejados a los curiosos. Esto fue financiado por la acaudalada familia patricia de Fráncfort Holzhausen, en particular por Justinian von Holzhausen, a quien también pertenecía la Holzhausen Oede. Ya en 1722, este mandó elaborar los planos para un magnífico edificio nuevo —el palacete de Holzhausen (Holzhausenschlösschen)— en el mismo lugar. En la planta baja se previeron dos amplias estancias bajo la denominación ‘Chambres pour la Médecine’ (Salas para la Medicina) que, camufladas como habitaciones médicas, albergaban un extenso y costoso laboratorio de alquimia para el barón de Creutz.
[17] Heinrich Jacoby recopiló materiales para una historia de las actividades alquímicas en Homburg a principios de siglo. Sus notas, que permanecieron inéditas, se conservan en el Archivo Municipal de Bad Homburg (Departamento E II, 4q).
[18] En la obra de Güldenfalk se informa sobre el «difunto barón von Creutz» (p. 118); por lo tanto, también podría haberse tratado del hijo, Friedrich Carl von Creutz, fallecido en 1770; sin embargo, Schmieder indica el año 1715 para este suceso: 492-493: El barón de Creuz, en Homburg vor der Höhe, quien era un ferviente alquimista y no menos conocido por ser sumamente hospitalario, recibió en el año 1715 la visita de un forastero anónimo, a quien pronto, en el curso de la conversación, aprendió a estimar como un profundo y consumado conocedor de la materia. El anfitrión confesó abiertamente al huésped que había buscado durante mucho tiempo sin haber encontrado nada. Que si tan solo pudiera obtener un poco de la famosa Piedra Filosofal para ver su efecto por una vez y convencer a sus amigos de la verdad, todos sus deseos quedarían cumplidos. Cuando el forastero se hubo marchado, se encontró en la habitación que había ocupado un papel en el que había envuelto cuidadosamente un poco de polvo. En el papel estaba escrito cómo debía realizarse la operación con el polvo. Además, se encontró una hebilla de plata que estaba transformada en oro hasta la mitad. Por lo tanto, el propio huésped había realizado la obra de arte, tal como Caetano teñía (tingirte) plata al rojo vivo sin fundir cuando para la fundición no se disponía de ninguna o casión se presentaba. El barón (Freiherr) de Creuz invitó entonces a sus amigos, incluidos personajes de alta alcurnia, y les mostró la transmutación siguiendo las instrucciones, para su edificación. La hebilla teñida a medias, por su parte, se conservó en su familia como recuerdo. Compárese la colección de historias de transmutación de Güldenfalk, pág. 118.
[19] Allgemeine deutsche Bibliothek (vol. 71. Berlín/Stettin 1787) acompañó las citas de la obra de Güldenfalk con anotaciones mordaces e irónicas. Versuch einer poetischen Umschreibung sämmtlicher Psalmen, von dem Fürstlichen Hessendarmstädtischen Oberlandkommissär Siegmund Heinrich Güldenfalk. Frankfurt, Reiffenstein, 1783 (Ensayo de una paráfrasis poética de la totalidad de los Salmos, por el comisario superior de tierras de la corte del príncipe de Hesse-Darmstadt, Siegmund Heinrich Güldenfalk. Frankfurt, Reiffenstéin, 1783, 384-386.
[20] Güldenfalk: Die himmlische und hermetische Perle, p. IV.
[21] En la «Colección» escribe sobre este «salvador de la naturaleza»: «[…]; con la misma veracidad, Él [Dios] también ha dispuesto en la naturaleza un salvador para el cuerpo exterior, el cual es el principio de la luz en el sistema solar, que yace en todos los cuerpos, mediante el cual el hombre exterior puede ser liberado de todas las dolencias y enfermedades, de toda pobreza y necesidad, de toda carencia y demás adversidades, y los metales no nobles pueden ser llevados a la perfección» (pp. XI y ss.).
[22] Cf. al respecto Telle (nota 1), pp. 209-210, hay que notar que el fragmento del texto original finaliza abruptamente con el número «9 f.», que parece pertenecer a la continuación de esta nota o de la página.
[23] Ali Puli [es decir, Johann Otto von Hellwig]: Centrum naturae concentratum, Oder Ein Tractat Von dem Wiedergebohrnen Saltze der Natur […] [Centrum naturae concentratum, o un tratado sobre la sal renacida de la naturaleza […]]. S. l. [sin lugar de edición] 1682. La obra apareció en 1682 en una edición en duodécimo y otra en octavo, y se reeditó en 1705 en el volumen colectivo Quadratum Alchymisticum en Hamburgo.
[24] En el número 61 de las «Transmutationsgeschichten» [Historias de transmutación] se dice: «El Sr. Barón von Helwig, exmédico de cabecera del Palatinado Electoral y profesor en la Universidad de Heidelberg, según su informe contenido en el Centro naturae concentrato, ha convertido muchos metales comunes en oro y plata con un poco de su sal renacida de la naturaleza.» (p. 116).
[25] Por ejemplo, en la Allgemeine deutsche Bibliothek. Vol. 64. Berlín/Stettin 1785, pp. 100 y ss., donde se dice: «Él mismo [Güldenfalk] es o bien un impostor, o bien un miserable engañado que cuenta leyendas que no tienen la más mínima credibilidad histórica.» (p. 101).
[26] Anónimo, Gedanken eines Liebhabers der Naturforschung über des F. Hessen-Darmstädt. Ober-Land-Commissärs Hrn. Siegm. Heinr. Güldenfalk Sammlung von mehr als Hundert wahrhaften Transmutations-Geschichten. [Reflexiones de un amante de la investigación de la naturaleza sobre la Colección de más de cien historias verdaderas de transmutación del Sr. Siegm. Heinr. Güldenfalk, Alto Comisario de Tierras de Hesse-Darmstadt]. En: Der Teutsche Merkur. Tercer trimestre. Weimar 1784, pp. 264-277. Aunque no se menciona su nombre de pila, este reseñador representa la opinión pública de la intelectualidad ilustrada de finales del siglo XVIII y su ejercicio favorito: la cr´tica mediante el ataque satírico, que era uno de los golpes que más sintió la alquimia alemana de finales del siglo XVIII. Al comparar la obsesión alquímica de Güldenfalk con Don Quijote y su amor ciego por «Dulcinea», el crítico despoja a Güldenfalk de cualquier autoridad intelectual. Lo acusa de ser un «resucitador de muertos» que intenta levantar los «cadáveres abatidos» de mitos ya refutados por la ciencia de Wiegleb. Su veredicto final resume el cambio de paradigma de la época: los intentos de Güldenfalk por defender la transmutación «llegan en nuestros días con un siglo de retraso».
[27] Por ejemplo, la «historia» número 6: «Un sacerdote turco fue una vez a una plaza donde se fundía cobre para calderos y entró en esa casa. En el horno había más de 300 libras de cobre líquido. En él arrojó un pequeño paquete y se marchó, con lo cual todo se convirtió en oro» (p. 12). O el número 8: «En la herencia del príncipe de Stollberg, General de División de la Artillería, se han encontrado 1 1/2 libras de oro teñido».
[28] Así ocurre en el número 111 (pp. 390–430).
[29] Se refiere a Johann Kunkels von Löwenstern vollständiges Laboratorium chymicum : worinnen von den wahren Principiis in der Natur, der Erzeugung, den Eigenschaften und der Scheidung der Vegetabilien, Mineralien und Metalle, wie auch von Verbesserung der Metalle gehandelt wird,Berlín, in der Rüdigerschen Buchhandlung,1767 (4.ª edición), 541-550.
[30] Lucas, Paul, Voyage du Sieur Paul Lucas, fait par ordre du roy dans la Grece, l’Asie Mineure, la Macedoine et l’Afrique : Contenant la description de la Natolie, de la Caramanie, & de la Macedoine, Paris, N. Simart, 1712, 105-112.
[31] Wiegleb (ver nota 2), prólogo.
[32] «De hecho, no habrían de faltar razones que hablen en contra de la pretendida indisociabilidad de los metales, si es que queremos escucharlas.» (Schmieder, p. 10). La convicción de Schmieder encontró aplauso no solo entre los seguidores tardíos de la alquimia. «A diferencia de todas las obras posteriores de igual contenido, la obra de Schmieder es la única que adopta una postura y un comportamiento libres de prejuicios frente a las tradiciones alquímicas», escribió Alexander von Bernus (Goldmachen. Wahre alchymistische Begebenheiten [Hacer oro. Verdaderos sucesos alquímicos]. Editado por Alexander von Bernus. Heilbronn, Verlag Eugen Salzer, 1936, 104). También el historiógrafo Hermann Kopp no le negó el reconocimiento: «[…] cuya obra probablemente hará que se le mencione por más tiempo que cualquiera de los otros escritos redactados por él» (nota 4, p. 178).
[33] «Sin duda los adeptos tenían motivos suficientes para permanecer en la clandestinidad, a fin de no convertirse en presa de gobernantes codiciosos, […] La preocupación por su libertad personal los hacía errantes, y aun así necesitaban asistencia para la fabricación, así como para la venta de su producto fabricado. Con ello, su actuar no siempre podía pasar del todo inadvertido. Se investigaba, se combinaba, y así muchos hechos se daban a conocer en su contexto, […]» (Schmieder, nota 4, p. 17).
[34] Schmieder (nota 4), pp. 497-499.
[35] Ibíd., pp. 498 y ss.
[36] Ibíd., p. 492.
[37] Arno Schmidt, “Die Fremden”, en Íbid, Kleinere Erzählungen. Gedichte. Juvenilia [Relatos menores. Poemas. Juvenilia]. Zúrich, 1988 (Edición de Bargfeld, Werkgruppe I, Band 4), 497-575.
[38] Schmidt menciona en otra obra de juventud —«Der Garten des Herrn von Rosenroth» [El jardín del Sr. von Rosenroth]— «al Güldenfalk» (Edición de Bargfeld, como en la nota 33, p. 470). Sin embargo, no se puede determinar si tomó prestado, por ejemplo, el nombre del adepto Sehfeld de la 95ª historia de transmutación de Siegmund Heinrich Güldenfalk o de la historia de la alquimia de Schmieder (pp. 527–532).
[39] Como los crisoles con doble fondo, donde el oro ya estaba escondido en el crisol, cubierto por una capa de cera o plomo que se derretía con el calor. O el supuesto «polvo de proyección» (tingirtes Pulver) contenía mercurio o arsénico que blanqueaba el cobre o alteraba el color del plomo, simulando plata u oro ante los ojos de testigos no científicos (como la condesa de Erbach o los cortesanos de Homburg). También Kopp recordó que en el siglo XVIII no existían métodos para comprobar la pureza del metal resultante; por lo tanto, cualquier aleación brillante y dorada era catalogada erróneamente como oro puro.
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