La evolución y conformación del relato del timo del alquimista no varió mucho en sus elementos nucleares originales. Así, la inducción de la codicia en el futuro estafado, el material auténtico (el oro) siempre estaba también en manos del estafado, los criados del mismo intervenían para comprar el componente crucial para realizar la transmutación, dicho componente siempre tenía un nombre raro y se compraba en algún lugar (como una farmacia), lugar que era inducido por el estafador, con el apoyo de un cómplice. Finalmente, el engañar al avaricioso resulta ser todo un mérito.
El relato de hoy es el que nos ofrece Bernardino Gómez Miedes (1520-1589) en su Commentariorum de sale libri quinque (Valentiae, ex officina Petri Huete, 1579, 170-172).
Y sobre esta cuestión relataré con toda fidelidad los prodigios que no solo oí, sino que realmente vi realizar con mis propios ojos, dignos de risa no menos que de imprecación. Hace unos años, pues, mientras yo vivía en París, también estaba allí cierto erudito, no importa su nombre, que yo conocía bastante y de edad ya madura, muy docto y versado en todo tipo de conocimientos científicos, pero aunque era de ingenio bastante agudo para la simulación, es verdad que para la persuasión fue más sutil que lo conveniente. Y aunque estaba implicado en varias actividades, no obstante, con la química, que ejercía en secreto, se deleitaba asombrosamente.

Éste era, desde la niñez, amigo íntimo muy grato y apreciado del rey de los galos, Francisco, y en el tiempo en el que estaba en su apogeo en Bélgica aquella guerra duradera y mortal promovida en el año 1542 por el propio Francisco y consolidada por el César Carlos V, aquél se marcho de Francia a Bélgica. Haciéndose pasar por español confiado en su dominio de esta lengua, primero se dirigió a Lovaina –donde yo mismo me había retirado un poco antes expulsado de París por causa de la guerra- luego a Amberes, donde alquiló una casa y construyó secretamente en ella una fragua y demás utensilios químicos. Tras invitar entonces a unos amigos y en especial a cuatro españoles muy ricos conocidos por él, empezó a reprobarles su lentitud en hacer negocios y a animarlos a ganancias mayores. (Una codicia inducida)

Lo cierto es que les confesó que tenía una técnica con la que en poco tiempo, con ganancia y sin el riesgo de viajar por mar, ellos podían enriquecerse muchísimo e incluso superar las riquezas de Midas y Craso sin ninguna dificultad, y que él estaba dispuesto a demostrarlo con un experimento visible, si le prestaban quince monedas de oro de buena y probada ley. (Lo auténtico está en los demás)

Al punto le proporcionaron la cantidad exacta de muy buen grado. Después de recibir el dinero, ordena que le sea traído uno cualquiera de los criados (la compra por los criados) de los mercaderes, al que, tras entrar y haberle desembolsado sólo dos reales, le dice: “Ve a la primera farmacia que encuentres y pide una piedra que se llama onastros (Nombre raro), que aunque sea más barata, no obstante, para comprarla con mayor rapidez paga lo que te pidan”. Y en el momento de marcharse le dice: “!Oye!, para que no nos hagas esperar mucho (inducido al sitio del cómplice), ve directamente a la que está enfrente de la puerta mayor del tempo. Pues ayer vi que en esta tienda estaban expuestas a la venta unas piedras de este tipo mucho mayores que en otro lugar”.

Con astucia, pues, y con mucha cautela, él había maquinado todo el plan. Había cogido un bloque de treinta libras de oro de muy buena ley y, dándole forma de piedra, procuró pintarla y recubrirla de colores variados y así se la entregó a ese mismo farmacéutico que conocía, casualmente cómplice del engaño y partícipe de los beneficios, después de darle la contraseña para que a cualquier que le pidiera una piedra de onastros se la mostrara por muy barato que fuera el precio propuesto. De este modo la piedra fue entregada al criado cuando se presentó y llegó a las manos del “archialquimista” (pues merece este título). Entonces aquél muestra la piedra y pronunciando grandilocuentes palabras sobre ella, ordena encender el horno, sacar las ollas, colocar los instrumentos, incluso empezó a aplicar ungüentos sobre la piedra y a lavarla. Por último, mordía con los dientes las monedas de oro que le habían ofrecido y golpeándolas con un pequeño martillo, entre murmullos de palabras, las iba echando en la olla.

Con astucia, pues, y con mucha cautela, él había maquinado todo el plan. Había cogido un bloque de treinta libras de oro de muy buena ley y, dándole forma de piedra, procuró pintarla y recubrirla de colores variados y así se la entregó a ese mismo farmacéutico que conocía, casualmente cómplice del engaño y partícipe de los beneficios, después de darle la contraseña para que a cualquier que le pidiera una piedra de onastros se la mostrara por muy barato que fuera el precio propuesto. De este modo la piedra fue entregada al criado cuando se presentó y llegó a las manos del “archialquimista” (pues merece este título). Entonces aquél muestra la piedra y pronunciando grandilocuentes palabras sobre ella, ordena encender el horno, sacar las ollas, colocar los instrumentos, incluso empezó a aplicar ungüentos sobre la piedra y a lavarla. Por último, mordía con los dientes las monedas de oro que le habían ofrecido y golpeándolas con un pequeño martillo, entre murmullos de palabras, las iba echando en la olla.
Con estos movimientos mantenía los ojos de sus espectadores no sólo atentos sobre él, sino casi pegados. Ellos, guiados por una avaricia ciega, examinaban con curiosidad la piedra, se quedaban sumamente atónitos, la esperanza y a la vez la expectación crecían en ellos, se animaban unos a otros y gritaban que no había que dudar del experimento.
Cuando, por fin, las monedas de oro fueron mezcladas con la piedra también de oro, sacado todo el bloque y tamizados los colores mediante el fuego, el mismo bloque ya no representaba a una piedra, sino oro absolutamente puro. Y al punto dos de los mercaderes la llevaron a unos orfebres y, tras aprobar que era de muy buena ley, se encontró que tenía tres veces más de oro purísimo y de primera ley. Y después de llevar esta noticia a la casa y cerrar la puerta tras ellos, todos empezaron a saltar de alegría y a brincar de gozo. Por lo cual, obligándose en primer lugar y mutuamente a jurar que no revelarían a nadie este secreto tan importante, al momento pensaron que el experimento, que tenían más que comprobado, no debía repetirse más con diez o cien monedas de oro, sino con mil, o más.
Y consagrándose ya por completo al archialquimista como si de un segundo Plutón, dios de las riquezas, se tratara, le pidieron con ruegos que repitiera el experimento con mil monedas de oro ofrecidas por cada uno, pues si salía bien, ya no se haría más el experimento con mil, sino con diez mil. Aquél respondió lentamente y con palabras más grandilocuentes que antes, al final asintió y bajo el crepúsculo de la tarde ordenó que le llevaran las monedas y le fueran entregadas cuatro mil de oro, y me sirven de testigos los que me lo contaron. Él las cogió y pidió que le dieran todo un día para prepararlas, despidió a los mercaderes y al punto, tan pronto como oscureció se marchó a todo galope con los caballos que había ordenado que se aprestaran de antemano y se dirigió lo más rápidamente posible a Francia a por fin llegó sano y salvo a París. Pues gracias a los destacamentos con los que habían reforzado la frontera de Francia a causa de la guerra, se escapó de los mercaderes que andaban persiguiéndole.
Por esta razón el infeliz arte se convirtió en pillaje por ser incierto. ¿Acaso, pues, se ha encontrado alguien más ingenioso para urdir mentira o más parecido a Mercurio, mejor dicho, más habilidoso para atraer al fraude variada y sutilmente que este singular alquimista, ya sea porque robó de manera delicada a los mercaderes con palabras semejantes al caduceo, ya sea porque, mientras se esperaba el éxito garantizado del experimento, desapareció súbita y repentinamente? (Es un mérito el engaño)

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