EL CUENTO DEL CRIADO DEL CANÓNIGO DE LOS CUENTOS DE CANTERBURY DE GEOFFREY CHAUCER (h. 1390)
Leamos primero el texto:
Llevo viviendo siete años con este canónigo y no he adquirido casi nada de su ciencia. Por ella, he perdido todo lo que tenía, como -Dios lo sabe- muchos otros además de mí. Hubo un tiempo en que solía ser alegre y animoso y tenía buenos trajes y adornos; ahora, un viejo calcetín me sirve de gorro. Mi rostro era fresco y lozano; ahora, es plomizo y marchito. Meteos en la alquimia y veréis con cuánta amargura os arrepentiréis. Mis ojos todavía lagrimean por la forma con que se me ha tomado el pelo. ¡Ved lo que se consigue con la alquimia!
Esta ciencia resbaladiza me ha dejado con lo puesto. Me he quedado sin recursos. Y, además, para colmo, la verdad es que estoy tan endeudado por el oro que he tomado prestado que, mientras viva, no alcanzaré a pagarlo. Ojalá sea yo una seria advertencia para todos. Cualquiera que se meta en ella, ya va listo si persiste. Esto es lo que opino. Pues todo lo que conseguirá será un cerebro embotado y el bolsillo vacío. Y cuando todos sus bienes se hayan arriesgado y perdido por su locura e insensatez, excitará a otros, que también perderán lo suyo, como lo perdió él. Los sinvergüenzas encuentran que es una diversión y un consuelo el tener compañeros en la desgracia, o, por lo menos, así me lo enseñó un estudioso. Pero no importa: os contaré lo que hacemos.
Parecemos muy sabios en el laboratorio -nuestra jerga es muy rara y técnica-, en donde practicamos esta recóndita ciencia nuestra. Yo soplo el fuego hasta que el corazón no puede más. ¿Por qué tengo que daros todas las proporciones de los ingredientes? Por ejemplo, cinco o seis onzas de plata, o alguna cantidad parecida. O entretenerme dándoos sus nombres: oropimentel, huesos quemados, limaduras de hierro molidas hasta convertirlas en polvo fino, y describir cómo se ponen dentro de una cazuela de loza (se pone sal y pimienta antes de colocar los polvos que ya he mencionado), cubriéndola herméticamente con una placa de vidrio, junto con muchas otras cosas; de la forma con que el vidrio y la cazuela se cierran herméticamente con arcilla para que no se pueda escapar el aire; de cómo se regula el fuego, de vivo a moderado; de los esfuerzos y trastornos que pasamos vaporizando nuestros ingredientes, amalgamando y calcinando la plata viva, llamada también mercurio crudo.
A pesar de aplicar todo nuestro ingenio, nunca conseguimos resultado positivo alguno. Nada sirve de nada, ni el oropimentel, ni el mercurio sublimado, ni el protóxido de plomo molido en un mortero de pórfido, tantas onzas de cada uno: todos nuestros esfuerzos resultan vanos. Ni los gases que se desprenden, ni los sólidos que se quedan pegados en el fondo de la cazuela tienen la menor utilización para el trabajo que hacemos. Todo nuestro afán y sus correspondientes horas perdidas son inútiles. Y todo nuestro capital queda también volatilizado. ¡Así se lo lleve el diablo!
Hay tantas cosas referentes a esta ciencia nuestra, que por no tener instrucción, no las podré repetir ordenadamente. Sin embargo, las iré enumerando tal y como me vengan a la memoria, aunque no sepa situarlas en la categoría adecuada: arcilla armenia, verdete, bórax, varios recipientes de vidrio y loza: orinales, retortas, redomas, crisoles, vaporizadores, retomas de calabaza, alambiques y materiales diversos que no valen ni un pimiento. No hace falta relacionarlo todo: agua rubificada, hiel de toro, arsénico, sal, amoniaco, azufre… Y si quisierais perder el tiempo podría recitar toda una serie de hierbas: agrimonia, valeriana, lunaria, etc…, y otras muchas que no es preciso mencionar.
Nuestras lámparas ardían noche y día tratando de conseguir resultados; nuestros hornos para calcificar, o para albificación del agua, cal viva, yeso blanco del hueso; diversos polvos, ceniza, excremento, orina, arcilla, receptáculos encerados, salitre, vitriolo; las distintas formas de arder de la madera y del carbón vegetal; potasa, álcali, sal preparada, tostados, coagulados, arcilla mezclada con pelo de caballo o pelo humano, aceite tártaro, alumbre de roca, levadura, mosto, tártaro en bruto, rejalgar. Y, asimismo, la incorporación de otras sustancias absorbentes: nuestra plata citronizada y sustancias en fermentación o selladas herméticamente; nuestro moldes, nuestras probetas y todo el resto.
Os lo repetiré tal y como me lo enseñaron: los cuatro espíritus y los siete cuerpos, por su orden. Así se los he oído nombrar a mi dueño.
El primer espíritu se llama plata viva (o azogue); el segundo, oropimentel; el tercero, sal amoniaco, y el cuarto, azufre. Aquí tenemos ahora a los siete cuerpos: el oro, que corresponde al Sol; la plata, a la Luna; el hierro, a Marte; la plata viva, a Mercurio; el plomo, a Saturno; el estaño, a Júpiter, y el cobre, a Venus. ¡Como que soy hijo de mi padre!
Nadie que se meta en esta condenada ciencia obtendrá lo suficiente para ir tirando: perderá cada penique que se gaste en ella. De esto no albergo ni la más pequeña duda. ¿Alguien quiere ponerse en ridículo? Que estudie alquimia. Si tenéis dinero, también podréis ser alquimista. ¿Creéis quizá que es demasiado fácil de aprender? No, no, cien veces no. Tanto si sois monjes, frailes, sacerdotes, canónigos, no importa el qué, y os paséis sentados días y noches con vuestros libros estudiando esta ciencia tenebrosa y maravillosa, Dios sabe que será en vano, y -¡por Dios!- peor que en vano.
En cuanto a enseñarla a un hombre sin cultura… ¡Bah! No habléis de ello: no puede hacerse. Pero tanto si habéis estudiado libros como si no, al final, lo mismo da. Por mi salvación, si estudiáis alquimia, cuando terminéis, estaréis exactamente donde estabais al principio: es decir, no habréis llegado a ninguna parte.
Pero -ahora que me acuerdo- olvidé relacionar los ácidos, las limaduras de metal, los modos de reblandecer y de endurecer sustancias, los óleos, abluciones y metales fusibles (la lista completa excedería a cualquier libro existente). Sería conveniente que me diese un descanso y dejar de recitar todos estos nombres, pues juro que he repetido los suficientes para hacer alzar del infierno al más ceñudo de los diablos. ¡Ah, no! ¡Que se vaya a la porra!
Todos nosotros buscamos la Piedra Filosofal o Elixir, como también se la llama. Si al menos la hubiéramos conseguido, estaríamos salvados. Pero declaro -como hay Dios en el cielo- que, a pesar de toda nuestra maña y todo nuestro ingenio, y de haberlo hecho, no quiso salirnos. Nos hizo desperdiciar todo lo que poseíamos, un pensamiento que casi nos volvería locos si no fuese por la constante esperanza que alimentaba nuestros corazones, incluso en los momentos más amargos, de que la Piedra Filosofal conseguiría finalmente salvarnos. Tales suposiciones son duras y dolorosas, os lo advierto muy seriamente.
Constituye una investigación sin fin. El confiar en el tiempo futuro hace que los hombres se separen de todo lo que tienen. Sin embargo, de esta ciencia nunca tienen bastante. Parece conllevar un fatal encantamiento. Pues aunque no tuviesen más que una sábana para envolverse por las noches o una vieja capa para cubrir sus espaldas durante el día, se las venderían para gastarse el dinero en la alquimia. No pueden detenerse hasta que ya no queda nada. Además, dondequiera que vayan se les puede reconocer por el olor a azufre que desprenden. Despiden vaho como las cabras. Creedme, su hedor es tan caliente y tan cameril, que se les huele a una milla de distancia. Por consiguiente, si lo deseáis, podéis descubrir que se trata de gentes así, tanto por su mal olor como por sus harapos deshilachados. Y si les llamáis aparte y les preguntáis por qué van tan mal vestidos, os susurrarán al oído que si les descubriesen, serían condenados a muerte por su alquimia. Así es cómo despluman al inocente.
Basta de esto. Continuaré mi relato.
Antes de que la cazuela sea puesta al fuego, mi maestro y nadie mas que él- calienta una cierta cantidad de metales -ahora que se ha ido puedo hablar-, pues dice de él mismo que es un experto; al menos sé que se ha ganado dicha reputación. Sin embargo, siempre se está metiendo en líos. ¿Me preguntáis cómo? Generalmente suele suceder que la cazuela estalla, y así, ¡adiós a todo!
Estos metales son tan combustibles que nuestras paredes podían resistirlos únicamente si estuvieran construidas de piedra y mortero; pues sucede que atraviesan directamente los muros y parte del material se filtra por el suelo. De esta forma hemos perdido algunas libras, ya que parte queda esparcida por el suelo y el resto sale disparado hacia el techo.
Aunque el diablo nunca se nos aparece, apuesto cualquier cosa a que el viejo enredón está allá haciéndonos compañía. Es dificil que en el infierno, donde ése es amo y señor, haya más cólera, rabia y rencor. Pues cuando nuestra cazuela salta en pedazos por los aires, como he dicho, entonces todos empiezan a reñir y a sentirse fastidiados.
-Esto es por la forma en que se hizo el fuego -dice uno. Otro afirma:
-No, los que enredaron la cosa fueron los fuelles (y entonces me asusto, pues ésa es mi tarea).
-Los materiales -exclama un tercero- no tenían la proporción adecuada. No sabéis de qué estáis hablando.
-No -dice un cuarto-, callad y escuchadme: eso ocurrió porque en el fuego no había haya: esa es la única y sola razón. ¡Que me confunda si miento!
Yo, personalmente, no tengo idea de qué fue lo que pasó; sólo sabía que me hallaba en medio de una fuerte discusión. -Bueno -dice mi amo-, no se puede remediar. Ya evitaré esos riesgos en el futuro. Estoy segurísimo de que la cazuela estaba agrietada; pero sea como sea, ¡no te quedes ahí pasmado con la boca abierta! Anímate, barre el suelo como de costumbre y cobra ánimos. ¡No te descorazones!
Entonces barría los residuos amontonándolos, se ponía una lona en el suelo y toda esa basura se arrojaba sobre un tamiz, se tamizaba y la operación se repetía una y otra vez.
-Dios mío -decía uno-, aquí todavía hay algo de nuestro metal, aunque no lo tengamos todo. Aunque las cosas hayan ido mal por el momento, otra vez saldrán quizá bien. Si no especulas, no acumulas. Que Dios nos perdone, pero a un comerciante no siempre le van bien las cosas, créeme. Algunas veces sus géneros van a pique; otras, llegan a tierra sanas y salvas.
-¡Silencio! -responde mi maestro-. La próxima vez encontraré medio de que nuestro barco llegue a casa de un modo diferente. Y si no lo encuentro, no me culpéis. Algo fue mal en alguna parte, ya lo sé.
Otro comenta que el fuego estaba demasiado caliente; sobre si estaba demasiado caliente o frío solamente diré esto: cada vez sale mal. Fracasábamos en nuestro objetivo, pero, sin embargo, proseguíamos con nuestra desvarada locura. Cuando estamos todos juntos, cada uno de nosotros parece tan sabio como Salomón, pero ya os he dicho que no es oro todo lo que reluce, ni -diga lo que diga la gente- sanas todas las manzanas que alegran la vista. Y eso es lo que nos pasa a nosotros: el que parece más sabio, es -cuando se llega a la demostración- el más grande tonto; y el que parece más honrado, resulta ladrón. ¡Jesús! Esto os resultará evidente para cuando termine mi relato.
Hay entre nosotros un canónigo que podría contaminar a una ciudad del tamaño de Nínive, Roma, Alejandría, Troya y otras tres, todas juntas. Aunque viviese mil años, ningún hombre podría registrar todos sus trucos y desvergonzado engaño. En todo el ancho del mundo no hay nadie que le llegue a la suela del zapato como timador. Cuando habla a alguien lo hace con una jerga tan complicada y retorcida, y con argumentos tan sutiles, que en dos minutos tiene al sujeto completamente embaucado, a menos que, casualmente, sea un diablo procedente del infierno como él.
Hasta la fecha lleva engañados a centenares de personas y seguirá engañando a muchos más mientras tenga aliento. Y, sin embargo, hay personas que, ignorando su verdadero carácter, viajan muchas millas para verle y conocerle. Carácter que, si tenéis paciencia en escucharme, os revelaré aquí y ahora.
Vosotros, honorables canónigos seculares, no creáis que estoy difamando vuestra hermandad, aunque mi cuento se refiera a uno de vuestra cofradía. Dios sabe que hay sinvergüenzas en todas las corporaciones religiosas, pero Dios no quiera que toda la hermandad pague la estupidez o locura de un solo individuo. No tengo ni la más pequeña intención de difamaros; yo sólo pretendo criticar lo que va mal. Este cuento no va dirigido a vosotros en particular, sino que puede aplicarse también a muchos más. Como muy bien sabéis, ninguno de los doce apóstoles de Cristo, salvo el propio judas, fue traidor. ¿Por qué, entonces, marcar a los demás con un estigma, si son inocentes? Os diré que ocurre lo mismo en vuestro caso, salvo por una cosa, si me escucháis: si hay un judas entre vosotros seguid mi consejo, libraos de él enseguida si teméis la ruina o caer en desgracia por su causa. Por favor, no os ofendáis. Escuchad antes lo que voy a deciros sobre este caso en particular.
Hubo un sacerdote prebendado que había vivido durante muchos años en Londres. Se hizo tan agradable y colmó de tantas atenciones a la dueña de la casa en la que se alojaba, que ésta no le permitía pagar ni un solo penique ni por la pensión ni por la ropa: tan sencillo y cortés se mostraba siempre. Tenía mucho dinero para gastar. Pero esto no importa.
Ahora proseguiré con mi relato del canónigo que arruinó al sacerdote.
Un día este sinvergüenza de canónigo visitó al sacerdote en el aposento en el que se alojaba y le pidió que le prestase una cierta cantidad de oro, prometiéndole que se lo devolvería en su integridad.
Le dijo:
-Prestadme un marco de oro, sólo por tres días, y os lo devolveré puntualmente. Si os engaño, al tercer día me mandas ahorcar.
El sacerdote le prestó el marco de oro allí mismo. El canónigo le dio las gracias repetidamente, se despidió y se marchó.
Al tercer día trajo el dinero y se lo devolvió al sacerdote. Éste quedó tan satisfecho, que dijo:
-Realmente no me sabe mal el prestar a alguien un doblón o dos, o incluso tres, o lo que lleve encima, si este alguien es de la clase de personas honradas que devuelven el dinero como un clavo, pase lo que pase. Nunca tendré un «no» para un hombre así.
-¡Cómo! -exclamó el canónigo-. ¿Yo poco honrado? Esto sí que sería algo nuevo. Que Dios me perdone, pero mi palabra es una cosa que siempre mantendré hasta el día que me halle en la tumba. Creed en eso como creéis en el Credo. Dios sea alabado -creo que es un buen momento para decirlo-, ningún hombre ha salido perdiendo jamás por prestarme oro o plata, pues nunca mi corazón ha albergado el más pequeño engaño. Pues bien, señor -prosiguió él-, ya que habéis sido tan generoso y me habéis mostrado tanta amabilidad, os revelaré algo que conozco en secreto, como pago parcial de vuestra bondad. Por si quisieseis aprenderla, os haré una clara demostración de mi destreza en alquimia. Ahora fijaos bien: con vuestros propios ojos me veréis realizar un milagro antes de que me vaya.
-¿De veras? -dijo el sacerdote-. ¿De veras que lo haréis? ¡Por Santa María! Hacedlo, hacedlo. Os lo ruego. –Como queráis, pues -profirió el canónigo- Dios no permita que obre de otro modo.
Pero ¡qué bien sabía aquel canónigo trapacero presentar sus servicios! ¡Cuán verdad es la de que, como testifican las viejas autoridades, «el servicio ofrecido huele mal»! Y muy pronto se verá que esto era cierto en el caso de este canónigo, padre de todo fraude, cuya mayor satisfacción y alegría consistía en llevar a la gente cristiana a su destrucción, pues su endiablado corazón estaba lleno de planes perversos. ¡Que Dios nos guarde de sus engañosos embustes!
El sacerdote no sabía nada del hombre con quien estaba tratando, ni albergaba la menor sospecha de lo que le esperaba. ¡Oh sencillo sacerdote! ¡Pobre inocente, a punto de quedar cegado por su propia codicia! Infeliz individuo: tu capacidad de comprensión está totalmente obnubilada; no tienes ni la menor idea del engaño que este zorro ha planeado; no podrás escaparte de sus astutas estratagemas. Así que, pobre infeliz, para que llegue antes la consumación de tu ruina, me apresuraré a relatar, hasta donde mi habilidad lo permita, tu insensata locura y la duplicidad de aquel otro desgraciado.
¿Os pensáis quizá que este canónigo es mi dueño? Señor anfitrión, juro por la Reina de los Cielos que no se trata de él, sino de otro, cien veces más astuto, que ha timado a la gente una y otra vez (mi cerebro se nubla al contemplar su doblez). Cuando hablo de su poca honradez, mis mejillas se tiñen de rubor por la vergüenza que siento por su causa, o al menos empieza a arder, ya que, como sabéis, no tengo colores en el rostro debido a los diversos vapores que se desprendían de los metales que he consumido y despilfarrado.
Ahora, observad la villanía de este canónigo.
-Ahora, señor -le dijo al sacerdote-, haced que vuestro criado vaya a por algo de mercurio para poderlo tener aquí enseguida. Que traiga dos o tres onzas. Cuando llegue con él, veréis una cosa maravillosa que jamás se ha visto.
-Vuestro encargo será ejecutado sin falta -respondió el sacerdote, y ordenó a su criado que fuese a buscar el metal. Éste obedeció prontamente: salió y regresó con tres onzas de mercurio, no menos, que entregó al canónigo, el cual las depositó cuidadosamente; luego dijo al criado que trajese un poco de carbón vegetal para poner manos a la obra inmediatamente.
El carbón fue traído sin dilación. El canónigo se sacó del pecho un crisol, que mostró al sacerdote.
-¿Veis este instrumento? Tomadlo con vuestra mano y vos mismo poned una onza de este mercurio. Ahora, en el nombre de Cristo, empieza vuestro cursillo de alquimista. Hay muy pocos a los que haya ofrecido revelarles esto de mi ciencia. Pues ahora contemplaréis un experimento, por el cual transformaré o reduciré este mercurio y lo haré maleable -sin engaño y ante vuestros ojos- y lo convertiré en plata pura y fina como la que haya en vuestra bolsa o en la mía, o en la que cualquier otra persona. Si no, podréis llamarme estafador e indigno de mostrar el rostro entre la gente honrada. Aquí tengo unos polvos que me costaron muchísimo. Ellos serán los que hagan el truco, pues constituyen la base de mi poder, que estoy a punto de revelaros. Mandad a vuestro criado que se vaya del aposento y se quede fuera. Mantened la puerta cerrada mientras nos ocupamos de asuntos secretos, para que nadie nos espíe mientras estamos manos a la obra con esta ciencia.
Todo se hizo como él pidió. El criado fue enviado afuera inmediatamente. Su dueño cerró entonces la puerta y ambos se pusieron enseguida a trabajar. A requerimiento de este canónigo sinvergüenza, el sacerdote colocó el material sobre el fuego, que avivó soplando con gran diligencia, mientras el canónigo salpicaba de polvos el interior del crisol (ignoro lo que eran, yeso o vidrio o cualquier cosa que no vale ni una maldición) para burlar al sacerdote.
Luego le indicó que se apresurara a amontonar carbón vegetal en la parte superior del crisol.
-Como señal de aprecio que os tengo -dijo el canónigo-, todo lo que tengo que hacer se hará con vuestras propias manos.
-Un millón de gracias -respondió el satisfecho sacerdote mientras amontonaba carbón vegetal, tal como le indicaba el canónigo.
Durante esta operación, ese condenado bribón, ese canónigo sinvergüenza -¡que el diablo se lo lleve!- cogió un carbón de madera de haya, en el que se había practicado cuidadosamente un agujero, y puso en su interior una onza de limaduras de plata, taponando el agujero con cera para evitar que las limaduras saliesen. Entended esto: este artilugio fraudulento no lo hizo allí mismo, sino que ya lo traía preparado de antes, como otras cosas que llevaba encima y sobre las que luego os contaré. El canónigo había planeado con anterioridad hacerle el truco al sacerdote y, desde luego, se lo hizo antes de separarse.
No podría cejar hasta que hubiese dejado al otro completamente sin blanca. Cuando hablo de él se me turba la mente; le haría pagar por todas sus mentiras, si supiese cómo. Pero éste hoy está aquí y mañana ya ha volado. Es tan inquieto, que jamás permanece en el mismo sitio.
Ahora, por amor de Dios, fijaos en eso, caballeros. Tomando el fragmento de carbón vegetal del que he hablado antes, el canónigo lo mantuvo oculto en la mano mientras el sacerdote estaba entretenido amontonando carbones como os he dicho, y expuso en voz alta:
-Amigo, lo estáis haciendo todo al revés: no tiene el asiento bien hecho, pero pronto lo arreglaré. Dejadme manipular un poco.
-Pero, ¡por San Gil! Sí que lo siento. ¡Tenéis tanto calor!
Puedo ver cómo el sudor os cae a gotas; tomad este paño y secaos.
Y mientras el sacerdote se secaba la cara, el canónigo -¡que el diablo se lo lleve!- cogió su pedazo de carbón y lo colocó encima del centro del crisol y luego sopló con fuerza hasta que los carbones empezaron a arder vivamente.
-Bebamos ahora algo -dijo el canónigo-. Confiad en mí. Todo estará dentro de un instante. Sentémonos a refrescarnos.
Y cuando el carbón de madera de haya se quemó, todas las limaduras salieron del agujero y cayeron dentro del crisol como era lógico que sucediese, ya que estaban colocadas encima mismo de su abertura. Pero de esto el buen sacerdote no sabía nada. No tenía ni idea del engaño que se fraguaba contra él, pues creía que todos los carbones eran idénticos y sin manipular.
Cuando creyó que había llegado el momento, el alquimista dijo:
-Levantaos ahora, señor cura, y quedaos de pie junto a mí. Como sea que estoy seguro de que no tenéis ningún molde, salid y conseguidme un pedazo de yeso; con suerte lo cortaré dándole la forma de molde. Luego me traéis un cazo o palangana de agua y veréis lo bien que sale nuestro trabajo. Y para que no desconfiéis o sospechéis de mí mientras estáis fuera, no me apartaré de vuestro lado, y saldré y volveré con vos.
Para abreviar, abrieron la puerta del aposento, la cerraron con llave, se la llevaron con ellos, salieron y regresaron. Pero bueno, ¿por qué tengo que pasarme todo el día detallando? El canónigo cogió el yeso y lo talló en forma de molde como voy a describir. Escuchad.
De su manga saco una pequeña barrita de plata -¡la horca es demasiado poco para él!- que no pesaba más de una onza. Ahora observad su condenada prestidigitación.
Cortó el molde a la misma anchura y longitud de dicha barrita, pero con tal maña que podéis estar seguros que el sacerdote jamás la vio; luego la escondió otra vez en la manga. A continuación quitó el crisol del fuego y, con expresión satisfecha, vertió su contenido en el molde; después, cuando estuvo a punto, lo introdujo en una vasija llena de agua, al mismo tiempo que decía al sacerdote:
-Veamos qué hay aquí. Meted la mano y buscad con ella. Creo que encontraréis plata.
¿Qué otra cosa podría ser si no? Limaduras de plata. ¡Pardiez!
El sacerdote metió la mano y pescó una barrita de plata pura. Cuando vio lo que era, la alegría le recorrió todas sus venas y exclamó:
-¡Bendito sea Dios y su santa Madre también! Que la bendición de todos los santos caiga sobre vos, señor canónigo. Os pido solamente que me enseñéis este noble arte y ciencia y seré vuestro mientras pueda. Si no, que su maldición caiga sobre mí.
Respondió el canónigo:
-No importa. Voy a hacerlo una segunda vez para que podáis seguirme de cerca y convertiros en un experto. Otra vez, si fuese necesario, podríais probar sin que esté yo y practicar esta ingeniosa ciencia. Ahora no discutamos.
Y prosiguió:
-Tomad otra onza de mercurio y haced lo mismo con ella que con la otra que ahora es de plata.
El sacerdote se puso entonces a trabajar e hizo lo mejor que pudo todo lo que le ordenaba este canónigo perverso, soplando furiosamente a los carbones con la esperanza de conseguir lo que su corazón deseaba; pero, mientras tanto, el canónigo se preparó para hacerle el truco al sacerdote una vez más. Como si fuese ciego, llevaba en la mano un bastón hueco -ahora fijaos bien en esto- en cuyo extremo (como en el caso del pedazo de carbón vegetal) había colocado previamente una onza de limaduras de plata; este extremo estaba bien taponado con cera para conservar en su interior todas y cada una de las limaduras.
Cuando el sacerdote estaba más ocupado, el canónigo se acercó hasta él con su bastón y salpicó de polvos el interior del crisol como antes (¡ojalá que, por sus mentiras, Dios permita que el diablo le flagele hasta desollarle!). Cada uno de sus pensamientos y obras eran falsos. Y removió los carbones que se hallaban encima del crisol con su bastón trucado hasta que la cera empezó a fundirse (como todos deben saber, a menos que sean tarugos), con lo que todo su contenido fue a caer directamente en el interior del crisol.
Señores, no podía hacerse mejor. Cuando hubo sido engañado nuevamente, el sacerdote -que no sospechaba nada estaba que no cabía en sí de alegría. No puedo ni empezar a describir su felicidad y satisfacción. Una vez más ofreciose en cuerpo y alma al canónigo.
-Bueno -le respondió él-, pobre podré serlo, pero habréis visto que sé una cosa o dos. Os advierto que todavía hay más. ¿Tenéis algo de cobre por aquí?
-Creo que sí -le respondió el cura.
-Si no lo tuvieseis, id a comprarlo sin perder un instante. Vamos, señor, no os entretengáis. Apresuraos.
El cura salió corriendo y regresó con el cobre.
El canónigo lo tomó con las manos y separó una onza, pesándolo.
Mi lengua no me sirve como instrumento para expresar lo que pienso de la taimada astucia de este canónigo, padre de la villanía. Para los que no le conocéis, diré que se parecía a un amigo, pero en el fondo de su corazón y de su mente era un diablo: me cansa hablaros de toda esa bellaquería. Sin embargo, quiero seguir haciéndolo para que se le conozca bien, aunque no sea más, verdaderamente, que para aviso a los demás.
Colocó la onza de cobre en el crisol y lo puso inmediatamente sobre el fuego (haciendo, como antes, que fuese el cura el que soplase, ya que se tenía que doblar para ejecutar esta tarea), rociándolo también con sus polvos. Todo no era más que un engaño: este sacerdote era víctima de una tomadura de pelo total. Después vertió el cobre derretido en el interior del molde y, finalmente, lo introdujo en la escudilla de agua. Luego metió la mano (os he dicho antes que tenía una barrita de plata camuflada en la manga), sacudió disimuladamente -¡el muy sinvergüenza!- y dejó caer la barrita al fondo de la escudilla ¡Y el cura sin enterarse de su prestidigitación! El canónigo revolvió por el agua y, con gran presteza y ligereza de dedos, se apoderó de la barrita de cobre -el cura seguía en el limbo- y la escamoteó.
A continuación puso la mano sobre el hombro del sacerdote y burlonamente le dijo:
-Señor, esto no marcha. Inclinaos y ayudadme como hace un momento os ayudé yo: meted vuestra mano dentro y ved qué hay allí.
El sacerdote pronto pescó la barrita de plata, a lo que el canónigo dijo:
-Llevad estas tres barritas que acabamos de fabricar a un orfebre, a ver de qué son. juro que es plata pura. Si no lo es, me comeré el sombrero. Pero pronto lo sabremos.
Llevaron las tres barritas de plata a un orfebre que las ensayó con fuego y martillo. Nadie pudo negar que eran auténticas.
¿Quién estaba más feliz que aquel entontecido sacerdote? No hay pájaro que esté más contento al romper el alba, ningún ruiseñor canta con más ganas en verano, ninguna dama está más inclinada a bailar o -hablando de señores y damas- ningún caballero más ansioso de conquistar el favor de su dama con algún hecho de armas, que el sacerdote en cuestión interesado en aprender este desgraciado arte. Esto es lo que dijo al canónigo:
-Si es que me lo merezco de vos, por el amor de Aquel que murió por todos nosotros, ¿podríais decirme cuánto cuesta esta fórmula? Por favor, decídmelo.
-Por la Virgen Nuestra Señora -respondió el canónigo-, os lo advierto. Es cara. Aparte de un fraile y yo, no hay nadie más en Inglaterra que la conozca.
-No importa -exclamó el otro-. Vamos, señor, por el amor de Dios, decidme cuánto. ¡Decídmelo, os lo imploro! -En serio -replicó el canónigo-. Os digo que es muy cara. En una palabra, señor, si queréis tenerla tendréis que pagar cuarenta libras, y que Dios me perdone. Y si no fuese por la amistad que me mostrasteis hace poco, tendríais que pagar más, ya lo creo.
El sacerdote fue a buscar inmediatamente las cuarenta libras en doblones y se las entregó todas al canónigo en pago de dicha fórmula. Toda la operación no fue sino un fraude y un engaño.
-Señor cura -dijo él-, no pretendo conseguir alabanzas por mi habilidad, pero preferiría mantenerla oculta; si en algo me estimáis, guardadla en secreto. Pues si la gente llegase a conocer mis poderes, por Dios que sentirían tanta envidia de mi alquimia que podría costarme la vida. En eso no hay alternativa.
-¡Dios no lo quiera! -exclamó el sacerdote-. No os preocupéis. Antes de crearos problemas, tendría que volverme loco y vender todo lo que poseo.
-Gracias por vuestros buenos deseos, señor -repuso el canónigo-. Y ahora, adiós, y mil gracias.
Y se marchó.
En cuanto al sacerdote, jamás logró volver a ponerle la vista encima desde aquel día. Y cuando en el momento que creyó adecuado, empezó a ensayar la fórmula -¡oh, sorpresa!-, no funcionó. Y así quedó triste y engañado.
De esta manera se presentaba, pues, el canónigo a la gente y conseguía que se arruinasen.
Contemplad, caballeros, cómo en cada escala de la vida los hombres luchan por él, que casi no queda ya oro alguno. Hay tantos que resultan atrapados por la alquimia que, verdaderamente, esto explica su escasez. Los que practican el arte de la transmutación hablan con una terminología tan confusa que nadie la entiende, si es que realmente tienen hoy día la ciencia. Dejadles hablar y parlotear como grajillas y dedicar su entusiasmo y energía en pulir su jerga, pues jamás alcanzarán su objetivo. ¡Ya es bastante para un hombre aprender a transmutar sus bienes y convertirlos en nada!
Esta imbecilidad ofrece unos señuelos tan deslumbrantes que la felicidad de un hombre se convierte en su desesperación, deja vacía la bolsa más repleta y pesada, y consigue las maldiciones de los que le han sacrificado sus bienes. Deberían sentir vergüenza. ¿Es que la gente que se ha quemado los dedos no sabe apartarse del fuego?
Si os habéis metido en la alquimia, seguid mi consejo: dejadla correr antes de perderlo todo. Es mejor tarde que nunca pues jamás podréis encontrar la Piedra Filosofal. Sois tan osados como el ciego Bayardo, el viejo caballo que tropieza y le importa un comino el peligro. Se meterá en dificultades con la misma decisión con que se aparta a un lado.
Vosotros los alquimistas sois iguales. ¡Os lo digo yo! Si no podéis mirar adelante, al menos procurad que vuestras mentes no queden ofuscadas. Pues aunque mantengáis los ojos abiertos y jamás parezcáis tan despiertos, nunca ganaréis una pizca en esta empresa, sino que despilfarraréis todo lo que podáis mendigar o pedir prestado.
Calmad vuestro ardor, para que el fuego no arda demasiado deprisa. Con ello quiero decir: no os ocupéis más de la alquimia, pues si lo hacéis se habrá terminado vuestra buena suerte Y aquí y ahora os diré lo que los verdaderos alquimistas dicen sobre esta cuestión.
He aquí lo que Arnoldo de Vilanova afirma literalmente en su Rosanum Philosophorum: «La transformación o reducción del mercurio no puede efectuarse sin la ayuda de su hermano.» Pero el primero en advertirlo claramente fue Hermes Trimegisto, el padre de la alquimia, que afirma: «El dragón no morirá a menos de que su hermano muera con él.» Es decir, por dragón debe entenderse «mercurio», y por hermano del dragón, «azufre»; pues éste viene del Sol -que es el oro-, y aquél, de Luna -que es la plata. «Y, por consiguiente -sigue, y fijaos bien en su precepto-, que ningún hombre se moleste en seguir esta ciencia a no ser que pueda entender los objetivos que pretenden y la terminología que usan los alquimistas; si no se trata de un imbécil. Pues este arte y ciencia es realmente el misterio de los misterios.»
Hubo también un discípulo de Platón que una vez formuló una pregunta a su maestro (como su libro Senioris Zadith Tabula Chimica registra). Esta es la pregunta que formuló: -Decidme el nombre de la Piedra Filosofal. Y Platón respondió:
-Es la piedra que la gente llama Titanio. –¿Y qué es eso? -contestó el otro.
-Lo mismo que Magnesia -repuso Platón.
-¡Ya esta bien, señor! Esto es ignotum per ignotius (es decir, «explicar lo desconocido mediante lo más desconocido aún»). Por favor, ¿qué es Magnesia, señor?
-Digamos que es un líquido compuesto de los cuatro elementos -replicó Platón.
-Querido maestro, decidme, si os place, el principio esencial de este líquido.
-Ciertamente, no -contestó Platón-. Todos los alquimistas están ligados por juramento de que nunca lo revelarán a nadie ni, incluso, lo escribirán en un libro. Pues es algo tan querido y precioso a Cristo, que Él no desea que se revele, salvo cuando plazca a su Mente Divina inspirar a los hombres; a los demás se lo prohibe, porque El así lo desea.
Eso es todo.
Así termino: ya que Dios en el Cielo no desea que los alquimistas expliquen cómo puede descubrirse esa piedra, a mi modo de ver, lo mejor que puede hacerse es dejarlo correr.
Nunca prosperará quien haga de Dios su adversario, trabajando contra su voluntad. No lo logrará, así se esté alquimizando hasta el término de sus días.
Aquí me quedo. Mi cuento ha terminado. Que Dios envíe a todos los hombres buenos remedio para sus penas.
Mucho se ha escrito sobre el siguiente ejemplo del literato Goeffrey Chaucer (1343-1400) y su relación con la Alquimia y sus fuentes. En concreto, la segunda parte del Canon Yeoman’s Tale (El cuento del criado del cura) es, de nuevo, una versión del cuento que nos ocupa, y con todos los componentes. Tras llegarse a decir que el cuento era apócrifo[1], Larry Benson afirmó en el año 1991 que no había una fuente conocida para este cuento, pero que la más cercana era el texto ya visto antes de Ramón Llull[2]. Sin embargo, recientemente han salido estudios que apoyamos, como el de Jesús Serrano Reyes, que vienen a confirmar, tras un detallado análisis, que Geoffrey Chaucer, además de describir minuciosamente el laboratorio alquímico[3], se basó en la segunda parte de su cuento en «Del consejo que dio el infante Roboán al emperador de Trigida sobre un físico», incluido en el Libro del Caballero Zifar y en el «Exemplo XX» de El Conde Lucanor de don Juan Manuel[4]. Poco a poco, las fuentes del cuento del criado del cura han aumentado para los historiadores de la Literatura hasta alcanzar incluso, el número de quince[5]. Ya Samuel Foster Damon (1893-1971) dijo que Chaucer no atacaba a la Alquimia como algo herético, apuntando también como fuente a William Langland y John Lydgate[6]. Siguiendo la excelente tesis doctoral de Kathryn Langford Hitchcox, defendida en 1988 en la Rice University[7], desde hace décadas muchos estudios se han esforzado en evaluar la comprensión de Chaucer sobre los procesos alquímicos, así como en aislar sus fuentes[8]. Otros, en cambio, han visto que la invectiva contra la Alquimia de Chaucer se debe a una experiencia alquímica que le causó desilusión[9]. Y otros más han visto en el cuento de Chaucer, tras analizar su dinámica interna, una postura hacia la Alquimia como algo herético, sin hacer distinción entre una Alquimia filosófica y el abuso de los impostores, indicando, además, que la oposición de Chaucer se resuelve leyendo las últimas cincuenta y cuatro líneas de forma irónica[10]. También algunos historiadores han dicho que lo que hace Chaucer es condenar más el abuso y el engaño que a la propia Alquimia[11]. Por último, hay quien siguió con estos debates, arguyendo que el realismo y detalle de Chaucer sobre la Alquimia se debe a su gran conocimiento sobre la misma[12], seguramente debido a la acreditación que le dio Thomas Norton. Por otra parte, no está muy claro si Chaucer estuvo influido o no por otro poeta, John Gower (1330-1408). Esta cuestión es rechazada por criterios cronológicos evidentes en la selección de sus cuentos que hiciera Walter William Skeat en el año 1879[13]. En cualquier caso, John Gower dedicó 175 versos a la Alquimia en su Confessio Amantis[14]; ambos, Gower y Chaucer aluden a la Alquimia como algo decepcionante que está siendo practicado en su tiempo por pseudoalquimistas y pretenciosos, aunque luego Elías Ashmole (1617-1692) declare que Chaucer “conoció el misterio” y que su maestro fue Gower[15]; ambos la rechazan como ciencia y como arte y, finalmente, ambos pueden ser vistos, como así ha ocurrido, como alquimistas y como instruidos[16]. Dejemos aquí el puzzle de las fuentes de Chaucer para convenir, como ya hemos dicho, con Jesús Serrano Reyes, que no hay duda sobre su genealogía en Ramón Llull[17], El Conde Lucanor y El Caballero Çifar, como persistencia del relato que centra este trabajo, frente a novedosas, que no definitivas, aportaciones de otros estudiosos y especialistas[18].
Hay dos formas bastantes probables acerca de la forma en que Chaucer tuvo conocimiento del relato: que lo leyera en Inglaterra y, la que creemos más fuerte, que lo leyera en España. Empecemos por la primera. Chaucer era alguien bastante cercano a la casa del Duque de Lancaster. Su esposa, Philippa, era dama de honor de Costanza de Castilla, segunda esposa de John de Gaunt y legítima heredera de Pedro I. Ambos contrajeron matrimonio en 1371, pidiendo inmediatamente, además, los títulos de reyes de Castilla y de León. Como tales fueron considerados en Inglaterra y, en general, fuera de Iberia; incluso del Duque de Lancaster era conocido en Inglaterra como “monseñor de España”[19]. A la vez, numerosos caballeros españoles formaron parte de la casa del Duque de Lancaster, los conocidos como emperogilados, como Fernando de Castro, Fernán Rodríguez de Aza, Fernán Alfonso de Zamora, Juan Alfonso de Baeza, García Fernández de Villodre, etc.[20]. Así, como apunta Fernando Galván, no es sorprendente que Chaucer tuviera conocimiento de primera mano de la vida política de España desde 1360 a 1380 y, añadido mío, pudiera tener acceso a manuscritos que debieron circular, entre los que no hay que descartar al Libro Felix, el Çifar, o el Conde Lucanor.[21].
En cuanto a la posibilidad que creemos mejor, que lo leyera en España, hay suficientes datos que pudieran corroborarla. Ya sabemos desde el año 1955 que Chaucer estuvo en España en 1366 con un salvoconducto dado por el rey de Navarra (del 22 de febrero al 24 de mayo), apuntándose entonces que se debiera a su pertenencia a las fuerzas de los Trastámara. [22], cuestión rebatida luego por Thomas Garbaty[23]. En cualquier caso, las andanzas de Chaucer por España y, especialmente, sus motivos, ya fueron explicados y aclarados suficientemente por el especialista Serrano Reyes en 1998.[24]
Algunas interpretaciones recientes vienen a decir que Geoffrey Chaucer, junto a otros literatos como Dante Alighieri y Francesco Petrarca vinieron a crear y a definir la figura literaria del alquimista en el siglo XIV, y que dicha figura llegó a ser una de las favoritas de las sátiras sociales desde entonces hasta el siglo XVII[25]. Esto refleja, al menos, un gran desconocimiento de las fuentes, cuando no una omisión deliberada de las mismas Así, Joachim Schummer dice que tanto Petrarca como Chaucer dividen al alquimista en dos tipos distintos. El primero es el alquimista loco, “el buscador miserable que está obsesionado con la idea de hacer oro y que gasta todo su dinero para nada, arruina su salud y su familia, pierde su reputación social y acaba en la cuneta”. El segundo es el droguero, que trata de inyectar la obsesión del oro en otros con falsas promesas y pruebas engañosas, víctimas infectadas de avaricia y deseosas de riqueza rápida[26]. Esta visión, ya aceptada con anterioridad[27], condiciona, tergiversa y acorta la realidad, ya que no tiene en cuenta algunos elementos que creo importantes. Así, es venturoso afirmar que esta figura del alquimista estafador se crea en la Literatura del siglo XIV, cuando, como hemos visto, ya aparece plenamente configurada desde, al menos, el siglo XII. En todo caso, podría hablarse de una evolución y auge de la misma, incluso del aumento de caracteres negativos; aunque entonces habría que hablar también de las causas de dicha evolución y de tal auge. También creo incorrecto englobar estos personajes literarios dentro de un grupo de escritores que son llamados alchemical satirists, cuando tales personajes no son el motivo central de estos textos, ni cuando los autores plasman dichas críticas por idénticos motivos, ya que el impacto social de la Alquimia es muy variado y cambia notablemente desde el siglo XIII al siglo XVII. Si aceptáramos esto, también deberíamos hablar de alchemical criticists, alchemical advertisers, alchemical praisers,etc., pero no veo acertado hacer tales ejercicios de bautismo, tan pródigos y tan queridos entre algunos historiadores anglosajones. Además, existen muchos más ejemplos de críticas anti-alquimistas y contra los falsarios que los que sustentan esta idea. Esta imprecisión nace, como tantas veces ocurre en la Historia de la Alquimia, del hecho de no reconocer la tremenda realidad histórica que subyace detrás de los testimonios. Aún falta por aceptar algo tan importante como que podemos estar hablando de algo que, en vez de ser raro y extraordinario, pudiera ser, por el contrario, normal, cotidiano y habitual en la sociedad de entonces.
Por otra parte, el falsario es una figura que no tiene por qué coincidir con la del estafador, ni ambas con las del alquimista, algo que aún no parece haberse entendido adecuadamente, sobre todo por la complejidad que representa la existencia de otras figuras que han de compartir escenario, además de aquellas que representan a una sola de éstas (alquimista[28], o estafador[29], o falsificador[30]). Éstas son las que reúnen más de una característica: el estafador alquimista (como es el caso del Libro Felix), el falsario estafador, o el alquimista falsario. No obstante, esta confusión puede trasladarse a la época en que fueron escritos los textos críticos, ya que los ejemplos que más abundan son los de personajes que reúnen más de una de dichas características. Lo mismo ocurre con la Literatura, que al trasladar de mejor o peor forma una realidad histórica, no contribuye a aclarar la mayor o menor importancia de cada uno de estos personajes[31]. Es a partir de ahora cuando hay que distinguir los nuevos componentes que se nos aparecen, como el problema del fraude en la Edad Moderna[32], el fraude específico del alquimista[33], el del falsificador de metal y monedas[34], incluso el interés regio por la alquimia[35], donde muchos alquimistas, falsarios o no, recibieron todo tipo de apoyo[36], y no sólo de los reyes. Todos ellos, por su extensión, nos impiden darlos ahora un tratamiento más amplio del que deseáramos, siendo merecedores de un estudio aparte[37].
Dado que el núcleo central del relato que nos ocupa en este trabajo es anterior a esta explosión de datos, y dado que este tipo tan específico de cuento permanece en la literatura popular, podríamos inferir erróneamente que los relatos permanecen ajenos a la realidad de la trayectoria que toma la Historia de la Alquimia, que la Literatura ignoró la contundencia de los testimonios. Así mismo creo que también sería un error afirmar que todo el auge de ejemplos que la Literatura nos ofrece es ocasionado por el auge de testimonios de falsificadores. Hemos de buscar un término intermedio, ya que hay dos motivos que nos impiden acercarnos a una posición u otra. De un lado no estamos seguros del alcance y difusión de los datos, de su popularización y de su llegada efectiva al autor. Ni tampoco de si la fuerza de dichos datos fue tal que el autor consideró reflejarlos, bajo un cuento, en su trabajo, como otra nueva plasmación del panorama social de su momento. Pero, por otra parte, tampoco podemos rechazar la idea de un desconocimiento total de los testimonios por parte del público ni de los autores, ya que, en realidad, lo que no sabemos es la cantidad de datos que se podían conocer entonces, ya que la no existencia actual de los mismos no implica su no existencia entonces ni, por extensión, podemos conocer, en caso de existir, el grado de popularidad de los mismos. A partir del siglo XIV es obligatorio considerar nuevos aspectos que acompañarán a nuestro relato desde ahora. En primer lugar, los dos aspectos que une el cuento (a: el alquimista estafador y b: la víctima que queda como ejemplo preventivo para otros) se pueden encontrar separados. Otros géneros literarios, como la poesía o el teatro, recogen ambos elementos unidos o no de forma indistinta, por ejemplo, sólo advertencias contra los alquimistas. En general, todos ellos están reflejando una grave decadencia y devaluación de la imagen pública de la Alquimia, en la que el alquimista es visto como tramposo y timador. Aunque algunos ejemplos, además, recogen, o pueden recoger, uno, dos, o varios puntos concretos de todos los que contiene el relato completo. Por otro lado, y en segundo lugar, la Literatura no sólo aporta elementos negativos, sino que también sirve como vehículo para expresar opiniones positivas. Detengámonos algo más en este punto. Desde el siglo XIV hay una tendencia muy general a la condena de la Alquimia, tanto por parte de autoridades eclesiásticas como laicas. Pero pocas veces se ha valorado el uso de la Alquimia en extrañas y estrambóticas metáforas que reposan bajo el hermetismo del lenguaje alquímico y la dificultad que tienen éstas de extraerlas de los textos literarios para un estudio separado. Por tanto sigue sin establecerse el origen de una figura literaria como el “ornato” o el recurso del “mito”, dos ejemplos de la larga lista de los procesos poéticos que tuvieron auge al final de la Edad Media. Pero una obra no debe necesariamente ser hermética por el sólo echo de dejar sitio a la Alquimia. Hacia el año 1413, Jean de la Fontaine puso en octosílabos “la science très-utile” (la Alquimia) y Philippe de Mézières (1327-1405), en su Sueño del viejo peregrino, escrito en el año 1389[38], vio en la Alquimia una “figura” del “buen gobierno”. Para él, de la misma manera que hay dos astrologías, la buena y la mala, también hay dos alquimias. La buena es la que llama la “sante arquemie” de la Dama Verdad frente a la otra, la mala, la que se practicaba dentro de la avaricia, dentro de un mundo lleno de deseos de riqueza y honores. La Piedra Filosofal y el elixir son y representan el bagaje espiritual del sabio. Éste es el secreto del eremita Arsenio y que transmite a Ardant: deseo y buena esperanza, que es la doble figura del actor (el viejo peregrino) en El sueño. Así, la Alquimia es el símbolo y el instrumento de una escritura moral, la alegoría matriz de una palabra de Verdad destinada al príncipe.
Vayamos, por fin a comparar los tres textos peninsulares previos al relato de Chaucer, el Libro Félix, el Çifar y el cuento XX de El conde Lucanor, con el cuento del criado del cura, siguiendo, por supuesto, a Serrano Reyes[39].
| LIBRO FELIX | ÇIFAR | EJEMPLO XX | CANON (versos) | |
| Falso alquimista | Hom | caballero | golfín | chanoun |
| Víctima | Rey | rey | rey | Preest |
| Inicio del truco | E dix que ell era alquimista | El mi menester es facer oro | Quel amostraria lo que ende sabia | I wol show you (1056-1058) |
| 1ª prueba (verdad) | cuya acción repitió el embustero por tres veces delante del Rey, a quien creyó por verdad | Y el Rey, cuando lo vio, fue muy ledo, y tuvo que le había hecho Dios mucha merced con la venida de aquel caballero | Et desque el rey vio que de cosa que costaba dos o tres dineros salía una dobla, fue muy alegre | Tomadlo con vuestra mano y vos mismo poned una onza de este mercurio. Ahora, en el nombre de Cristo, empieza vuestro cursillo de alquimista |
| La victima cae en la trampa | fugi amb gran copia de aur | tomó su aver | Et desque el golfín lo tovo en su poder, fuesse su carrera et nunca tornó al rey | He wente his wey (1381-1382) |
| Ver | — | Vió | vio | Saught (1242) |
| Víctima feliz | — | ledo | alegre | Glad (1241) |
| Alojamiento | E hizo que se le diera alojamiento | Mandó dar posada luego al caballero | Espediose del rey et fuesse para su casa | This false chanoun cam upon a day/unto this preestes chambre (1021-1022) |
| Desvelar el secreto | — | poridat | poridat | Now of my pryvetee (1052) |
| Motivos del timador | un hombre imaginó como podía juntar un gran tesoro | y este alfajeme había un hijo que nunca quiso usar del oficio de su padre | et avía muy grand sabor de enrrequesçer et de salir de aquella mala vida que passava | Of the chanoun/that broghte this preest to confusioun (1020-1021) |
| Preparación del truco | aquel Hombre metió mucho oro en tres bustias, o cañones en los quales había decocción de hierbas | Y de las doblas que traía calcinó veinte | Et aquel golfín tomó çient doblas et limólas, et de aquellas limaduras fizo, con otras cosas que puso con ellas, çient pellas | And understondeth that this false gyn/was nat maad ther, but it was maad before (1165-1166) |
| Ayuda de los criados | — | manda algunos tus hombres de puridad | Estonçe fizo traer las cosas que quiso | He had his servant feechen hym this thyng (1108) |
| El timado ve el truco | y como delante del Rey metiesse aquel hombre una de aquellas bustias | — | Et las fundieron | Right in youre sighte anon withouten lye (1127) |
| Fundición | en una caldera en que había gran porción de doblones | E que las funsieron | Et las fundieron | Or elleswhere and make it malliable (1130) He stired the coles til relente gan (1278) |
| Truco | se encontró que la massa del oro pesaba dos mil doblones, no habiendo puesto el Rey mas de mil | los poluos e el plomo, poluos de la calçina, de los huesos…e fincaron los poluos de las veynte doblas todo fundido. E quando lo sacaron, fallaron pesso de veynte doblas del más fino oro | Et desque el rey vio que de cosa que costaba dos o tres dineros salía una dobla, fue muy alegre | In wich ful subtily was maad a hole/an therine put was of silver lemaille (1161-1162) …took up a teyne/Of silver fyn,and glad in every veine/Was this preest,whan saught it was so (1240-1243) |
| Doblar o multiplicar | el Rey le había dado, para que multiplicase el oro que había en ella | ca por lo que costare una dobla haré dos | Otra vez dobló la reçepta, et salió peso de cuatro doblas | Lat hym come forth and lerne multiplie (835) |
| Nº de veces del truco | cuya acción repitió el embustero por tres veces | — | et daquí adelante vós lo faredes tan bien como yo | Let us gon/with thise thre teynes whiche we han wroght (1331-1332) |
| El precio | — | dístele diez camellos cargados de plata con que comprase los polvos para hacer oro | Estonçe contó el rey lo que podría costar la compra et la despensa et montó muy grand aver | This preest the somme of fourty pound anon/Of nobles fette (1364-1365) |
[1] Brown, P., “Is the Canon’s Yoeman’s Tale Apocryphal”, English Studies, 64 (1983), 481-490.
[2] Benson, L. D., The Riverside Chaucer, Oxford: O.U.P., 3ª ed. 1991,947.
[3] La tradición sobre un Chaucer conocedor de la Alquimia se remonta al siglo XVI con Francis Thynne (1544-1608). En sus Animadversiones Upon Speght’s First (1598) Edition of Chaucer’s Works (editados por G. H. Kingsley, Londres, Early English Texts Society, 9, 1875) apoya la idea de un Chaucer como excelente conocedor de la Alquimia y se incluye una pequeña y curiosa discusión sobre el término “resagor” y “resalgar” en la página 36: This worde sholde rather be ‘resalgar’: wherefore I witt shewe you what Resalgar ys in that abstruce scyence whiche Chawcer knewe full well, althoughe he enveye againste the sophisticall abuse thereo [sic] in the chanon’s yeoman’s tale.”
[4] Serrano Reyes, J., «Tres Análogos Españoles para un Cuento Inglés», en Didactismo y Moralismo en Geoffrey Chaucer y Don Juan Manuel: Un estudio Comparativo Textual. Córdoba: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, 1996: 252-273.
[5] Correale, R. y Hamel, M. (eds), Sources and Analogues of the Canterbury Tales, Cambridge, D. S. Brewer, 2005, 2 vols. Vol. I (escrito con Vincent DiMarco): “The Canon’s Yeoman’s Tale», 715-47.
[6] Foster Damon, S., “Chaucer and Alchemy”, PMLA, Vol. 39, No. 4 (Dec., 1924), 782-788.
[7] Hitchcox, Kathryn Langford, Alchemical discourse in the «Canterbury Tales»: Signs of gnosis and transmutation, Tesis Doctoral, Rice University, Director: Jane Chance, 1988.
[8] Lowes, J. L., “The Dragon and His Brother”, Modern Language Notes, 28 (1913), 229; Baum, Paul F., “The Canon’s Yeoman’s Tale”, Modern Language Notes, 40 (1925), 152-154; Walker, F., “Geoffrey Chaucer and Alchemy”, Journal of Chemical Education, 9 (1932), 1378-1385; Ruska, J., “Chaucer und Das Buch Senior”, Anglia, 61 (1937), 136-137; Duncan, E., “Chaucer and <Arnold of the Newe Toun”, Modern Language Notes, 57 (1942), 31-33; Epstein, H., “The Identity of Chaucer’s Lollius”, Modern Language Quaterly, 3 (1942), 391-400; Young, K., “<The Secree of Secrees> of Chaucer’s Canon’s Yeoman”, Modern Language Notes, 58 (1943), 98-105; Aiken, P., “Vincent of Beauvais and Chaucer’s Knowledge of Alchemy”, Studies in Philology, 41 (1944), 371-389; Grennen, J., “Chaucer’s <Secree of Secrees>: An alchemical Topic, Philological Quartely, 42 (1963), 562-566 y Finkelstein, D., “The Code of Chaucer’s <Secree of Secrees>: Arabic Alchemical Terminology in the Canon’s Yoeman’s Tale”, Archiv Fuer Das Studium die Neuren Sprachen Und Literaturen, 207 (1970), 260-276.
[9] Estas críticas siguen la tradición que pronto asentó Thomas Tyrwhitt (1730-1786) que decía que un temprano resentimiento contra los alquimistas fue lo que realmente motivó a Chaucer el escribir el Canon’s Yeoman’s Tale (Tyrwhitt, T., The Canterbury Tales of Chaucer, Oxford, Clarendon Press, 1798, 2ª edición, 2 vols., vol. 1). Tenbrink, B., Chaucer: Studien Zur Geschichte Seiner Entwicklung Und Zur Chronologie Seiner Schriften, Munch, Russel, 1870; Skeat, W., The Complete Works of Geoffrey Chaucer, Oxford, Clarendon Press, 1900, vol. III; Manly, J., Some New Light on Chaucer: Lectures Delivered at the Lowell Institute, Nueva York, H. Holt & Co., 1926 y French, R., A Chaucer Handbook, Nueva York, F. F: Crofts & Co., 1927.
[10] Muscatine, C., Chaucer and the French Tradition: A Study in Style of Meaning, Berkeley-Los Ángeles, University of California Press, 1957, 213-221; Grennen, J., “Chaucer’s Characterization of the Canon and his Yeoman”, Journal of the History of Ideas, 25 (1964), 279-284; Grennen, J., “The Canon’s Yeoman’s Alchemical Mass”, Studies in Philology, 62 (1965), 546-560; Whittock, T., A Reading of the Canterbury Tales, Cambridge, Cambridge University Press, 1968, 262-279: Duncan, E., “The Literature of Alchemy and Chaucer’s Canon’s Yeoman’s Tale: Framework, These and Characters”, Speculum, 43 (1968), 633-656; Talbot, C., “The Elixer of Youth”, en Rowland, B. (ed), Chaucer and Middle English. Studies in Honor of R. H. Robbins, Nueva York, Allen & Unwin, 1974, 31-42; Talbot, C. y Hartung, A., “<Pars Secunda> and the Development of the Canon’s Yeoman’s Tale”, Chaucer Review, 12 (1977), 111-128.
[11] Damon, F., “Chaucer and Alchemy”, Publications of the Modern Language Association (PMLA), 39 (1974), 782-788; Duncan, E., “The Yeoman’s Canon’s Silver Citrination”, Modern Philology, 37 (1939-1940), 241-262; Read, J., “A Chemist looks at Chaucer”, Scientia, 80 (1946), 53-57; Rosenberg, B., “A Swindling Alchemist, Antichrist”, Centennial Review, 6 (1962), 566-580; Grenberg, B., “The Canon’s Yeoman’s Tale: Boethian Wisdom and the Alchemists”, Chaucer Review, 1 (1966-1967), 37-54; Gardner, J., “The Canon’s Yeoman’s Prologue and Tale: An Interpretation”, Philological Quartely, 46 (1967), 1-17; Howard, D., The Idea of the Canterbury Tales, Berkeley-Los Ángeles, University of California Press, 1976, 292-298.
[12] Norton, Ordinall, 42: “And Chaucer rehearseth hoin Tytans is the fams”.
[13] Skeat, W. W., The Tale of the Man of Lawe: The Pardoners Tale; The Second Nonnes Tale; The Chanouns Yemannes Tale, from the Canterbury tales, Oxford, Clarendon Press, 1879, Prólogo, xii.
[14] Esto depende de la cronología que se le quiera dar a los dos textos. Si Chaucer acabó de escribir el suyo hacia 1385, parece ser que John Gower empezó su Confessio Amantis en 1386, y ambos la pudieron acabar de escribir hacia 1390, recordando que la Confessiotiene 33.000 versos. En el libro IV, versos 451 a 632, se encuentra toda una historia de la Alquimia que empeza en Cam. Lo que sí es cierto es que ambos textos coincidieron durante algún momento de su redacción. Gower alude a la doctrina de las tres piedras (animal, vegetal y mineral) en las que parece haber creído:
These olde Philosophres wise
By wey of Kinde in sundry wise
Three stones made through clergy…
Thompson, C., The Lure and Romance of Alchemy. A History of the Secret link between Magic and Science, Londres, G.G. Harrap & company ltd., 1932. Ed. Montana, Kessinger Publishing, 2003, capítulo XII: “Alchemy in the time of John Gower and Geoffroy Chaucer”, 102-103.
[15] Ashmole, E., Theatrum Chemicum Britannicum. Containing Severall Poetical Pieces of our Famous English Philosophers, who have written the Hermetique Mysteries in their owne Ancient Language. Faithfully Collected into one Volume, with Annotations thereon, by Elias Ashmole, Esq. Qui est Mercuriophilus Anglicus. The first part, Londres, J. Grismond para Nath. Brooke, 1652, 470: “Besides he that Reads the alter part of the Chanon’s Yeoman’s Tale, wil easily perceive him to be a Iudicious Philosopher, and one that fully knew the Mistery.”
[16] Yeager, R., John Gower’s Poetic is a new study of Gower’s complete poetry, Cambridge, D. S. Brewer, 1990, 166.
[17] Willa Babcok Folch-Pi también conectó a Chaucer con Ramón Llull en “Ramón Llull’s Felix and Chaucer’s Canon’s Yeoman’s Tale”, Notes and queries, 212 (1967), 10-11.
[18] Keiser, G., “The Conclusion of the Canon’s Yeoman’s Tale: Readings and (Mis)readings”, Chaucer Review, 35.1 (2000), 1-21. Bruhn, M., «Art, Anxiety, and Alchemy in the Canon’s Yeoman’s Tale», Chaucer Review, 33-3 (1999), 288-315.
[19] Yeager, R. F., “Chaucer Translates de Matter of Spain”, England and Iberia in the Middle Ages, ed. Bullón-Fernández, 189-214, p. 193. Incluso el rey Ricardo II, en marzo de 1386 se dirigió a John de Gaunt en el Gran Consejo como un igual, llamándole “nuestro tío de España, igual que hizo con Costanza, a la que llamó “nuestra querida tía de España”. Íbid, íbidem, 208, nota 23.
[20] Russel, Peter E., The English intervention in Spain & Portugal in the time of Edward III & Richard II English intervention in Spain and Portugal, Oxford, Clarendon Press, 1955, 180-182.
[21] Seguramente los leyó, así como a Petrus Alphonsus, cuya Disciplina Clericalis fue un best seller, como al Arcipreste de Hita, Juan Ruiz. Shaw Fairman, P. “Pedro Alfonso y el primer fabliau inglés”, Archivum. Revista de la Facultad de Filología, 34-35 (1984-85), 329-342. Sobre Don Juan Manuel me remito al texto ya citado de J. Serrano Reyes. Para el Arcipreste de Hita: Eugenio M.Olivares Merino, “Juan Ruiz’s Inffuence on Chaucer Revisited: A survey”, Neophilologus, 88.1 (2004), 141-161.
[22] Honoré-Duvergé, S., «Chaucer en Espagne? (1366)», en Recueil de Travaux offert à M. Clovis Brunel, Paris, Société de l’École de Chartres, 1955, vol. II, 9-13.
[23] Garbaty, Th., «Chaucer in Spain, 1366: Soldier of Fortune or Agent of the Crown”, MLN, 5 (1967), 81-87.
[24] Serrano Reyes, J., “The Chaucers in Spain: From the Wedding to the Funeral”, Selim, 8 (1998), 193–204. Ver también Fernando Galván, «At the Nájera Crossroads (1367): Anglo-Iberian Encounters in the 14th Century», en Sáez-Hidalgo, A. & Yeager, R.F. (eds.), John Gower in England and Iberia Manuscripts, Influences, Reception, Woodbridge, Boydell & Brewer, 2014, 103-117.
[25] Sebastian Brant, “Von Fälscherei und Beschiss,” en Das Narrenschyff, Nachdruck der Ausgabe Basel, J B von Olpe, 1494, cap. 102; Desiderius Erasmus, “Beggar Talks” y “Alchemy/Alcumistica,” en Colloquia, Basel: J. Froben, Agosto-septiembre 1524; Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, “Alchimia,” en De incertidudine et vanitate scientiarum atque atrium, Amberes, Joannes Grapheus, 1530, cap. XC; Reginald Scot, The Discoverie of Witchcraft, Londres, Richard Cotes, 1584, libro 14; Johannes Claius, Alkumistica (1586); Thomas Lodge, “The Anatomie of Alchymie,” en A Fig for Momus, Londres, Clement Knight, 1595, Epístola 7; Ben Johnson, The Alchemist, 1610/12.
[26] Schummer, J., “Historical Roots of the <Mad Scientist>: Chemists in Nineteenth Century Literature”, Ambix, 53.2 (2006), 99-127, trabajo aumentado en Schummer, J., Bensaude-Vincent, B., Van Tiggelen, B. (eds), The public image of Chemistry, Singapore-Hackensack, Word Scientific, 2007, cap. 2, 37-79.
[27] Stanton J. Linden, Darke Hierogliphicks. Alchemy in English Literature from Chaucer to the Restoration,Lexington, University Press of Kentucky, 1996. Read, J., The Alchemist In Life, Literature and Art, Londres, T. Nelson, 1947.
[28] El 10 de junio de 1346, la Reina Juana I de Nápoles (1326-1382) pagó a Angelus Gualterius, un alquimista y miembro de su servicio personal, mil onzas. Léonard, E., <Comptes de l’hôtel de Jeanne Ière, reine de Naples, de 1352 à 1369>, Mélanges d’archéologie et d’histoire, 38-1 (1920), 215-278, p. 239, nota 8.
[29] Un estafador sería la figura del alemán que estafó al Rey de Nápoles 5.555 alfonsines de oro para comprar caballos en el texto Arloto Mainardi (1396-1484). Mainardi, A., Scelta fi Facetie, buffonerie, motti, e burle, Verona,Girolamo Discepolo, 1586 (ed. or. Venecia, Jo. Tacuino da Trino, 1520), 3-4.
[30] Superintence of the Deputy Keeper of the Records (ed), Calendar of the Patent Rolls preserved in the Public Record Office (en adelante CPRPRO), Londres, Her Majesty’s Stationery Office, Edward III, vol. 5 (1901), 233, 1 de julio de 1345, por vender metal falso. CPRPRO, Edward III, vol. VI (1902), 69, 5 de febrero de 1343, por vender plata falsa. CPRPRO, Edward III, vol. 7 (1903), 20 de marzo de 1346, veinte días después del pago que hiciera Juana I de Nápoles a un alquimista de su corte, por hacer monedas falsas.
[31] Un buen intento de distinción lo hizo John Reidy en “The Unity of the Canon’s Yeoman’s Tale«, PMLA, 80 (1965), 31-37, al hablar de los “puffers”, los “Geber’s Cooks”, de los alquimistas que sólo trabajaban con metales, o de los que leían los textos alegóricamente.
[32] Raiswell, R. y Crane, M., Shell Games: Scams, Frauds and Deceits in Europe, 1300-1650, Victoria University (Toronto, Ont.). Centre for Reformation and Renaissance, 2004.
[33] Nummedal, T., “The Problem of Fraud in Early Modern Alchemy”, en Raiswell, R. y Crane, M., Shell Games: Scams, Frauds and Deceits in Europe, 1300-1650, Victoria University (Toronto, Ont.). Centre for Reformation and Renaissance, 2004, 37-58. Kopp, H., Die alchemie in älterer und neuerer zeit, Heidelberg, Carl Winter’s Unversitätsbuchhandlung, 1886, 2 vols. Vol. 1, 156-158. Read, J., The Alchemist in Life, Literature and Art, Edimburgo, Thomas Nelson and Sons Ltd., 1947, 23-24.
[34] El coinage y el subsiguiente tráfico de masa monetaria por toda Europa a finales de la Edad Media amplificó el camino a los falsificadores de metal y de monedas. Poner más ejemplos, sobre todo del AGS.
[35] El interés regio por la Alquimia es algo totalmente distinto y claramente separado, a mi entender, de todos los aspectos aquí tratados. Una fuente muy fiable para el estudio de las trayectorias de los practising alchemists son los documentos oficiales. Según Tara Nummedal, en una opinión que no compartimos, y al contrario que muchos de los ejemplos que estamos viendo, parece ser que los alquimistas de estos documentos pocas veces se acercaron a los económicamente poderosos con la intención de engañar (Nummedal, T., “The Problem…”, 58). Bien es cierto que ella se refiere al siglo XVI y al ámbito geográfico concreto de Alemania. Pero lo cierto es que debemos dudar de que fuera algo raro, más bien todo lo contrario, toda vez que el ambiente pro-alquimia existente entre la nobleza y realeza alemana de aquella época era como si todos estuvieran esperando con las puertas abiertas la llegada de algún alquimista, deseosos de ponerles a trabajar inmediatamente en un laboratorio, a la espera de conseguir oro alquímico en grandes cantidades. El caso de Anna Zweglerin es llamativo, pero gracias a los datos facilitados por Carlos Gilly podemos estar hablando de no menos de trescientos alquimistas que se acercaron en ese tiempo a personajes adinerados. Además este acercamiento se produce desde el siglo XII y sus connotaciones van cambiendo con el paso del tiempo hasta el siglo XVII.
[36] Dorotea Walley Singer (1882-1964) seleccionó algunos documentos oficiales para las islas británicas (Singer, D., Catalogue of Latin and Vernacular Alchemical Manuscripts in Great Britain and reland dating from before the XVI Century, 3 vols., Bruselas, UAI, 1928-1931, vol. III, Appendix II, 778ss.:Orden judicial de 9 de mayo de 1329 para Thomas Cary, nombrado por el rey a John le Rous y el maestro William de Dalby, quienes han dicho ser capaces de hacer plata por medio de la Alquimia, con los intrumentos y otras cosas pertenecientes a su oficio, aunque luego fueron encarcelados en la torre de Londres). También en CPRPRO, 1891, Edward III (1327-1330), vol. I (1891), 386, 9 de mayo de 1339.
[37] CPRPRO, Edward III, vol. III (1895), 445-446, 3 de abril de 1337, sobre las trifulcas de unos probados alquimistas que hicieron plata y su elixir.
[38] Bell, D., Etude sur le « Songe du vieil Pèlerin » de Philippe de Mézières (1327-1405), ď après le manuscrit français Bibl. nat. 22542. Document historique et moral du règne de Charles VI, Genève, E. Droz, 1955. Coopland, G. W. (ed), Le songe du viel Pelerin, Cambridge, Cambridge University Press, 1969, 2 vols. Especialmente vol. 1, 195-207. Esperamos el trabajo de Joël Blanchard a partir del estudio del texto del año 1389 Songe du Viel Pelerin de Philippe de Mézières, y las implicaciones políticas y religiosas de la que él llama Alquimia moral que nació en la Baja Edad Media, con este texto como cabeza de una serie de obras alquímico-morales que llegan hasta el siglo XVII aclare este maremagno sintáctico en que andan sumidos algunos historiadores, donde más se asemejan a los entomólogos. Blanchard y Didier Kahn abordarán esta cuestión conjuntamente en un trabajo que verá la luz en el año 2012 en la revista Travaux d’Humanisme et Renaissance. Un adelanto en Blanchard, J., <Les Hiérarchies de l’Honneur Avatars d’une grille conceptuelle à la fin du Moyen Âge : Mézières et le pseudo-Denys>, Revue Historique, 648-4 (2008), 789-817.
[39] Op.cit. n. 4. Lo hacemos en una tabla y uniendo todos los datos aportados por este autor en su libro.
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