Como nos dice Folke Genert:
En 1521 se publica el Baldus en la llamada «Redazione Toscolana», la segunda de las cuatro ediciones del poema macarrónico de Teófilo Folengo. El monje benedictino cuenta en 25 cantos en hexámetros la vida de un caballero fuera de la norma, llamado Baldus.
Baldus, bisnieto de Reinaldos de Montalbán e hijo ilegítimo de Guidón el Salvaje, crece en Cipada, un pueblo rural cerca Mantua, en casa de un campesino. En compañía de unos amigos -el pícaro Cingar, descendiente del Margutte de Luigi Pulci; el gigante Fracassus, pariente de Morgante, gigante que da el título al poema épico del Pulci; y un ser híbrido, medio hombre y medio perro llamado Falchettus, que a su vez, es un descendiente literario del Pulicane del Buovo d’Antona- tiraniza Cipada y sus alrededores, viviendo a expensas de Zambellus, su hermanastro. Las hazañas de Baldus provocan el odio de las autoridades de Mantua que consiguen encarcelarlo con engaño. Inicia una serie de «astutiae Cingaris» de carácter escatológico y anticlerical. Tras haberse burlado de todos y de todo, Cingar, en hábito de confesor, consigue liberar a su amigo Baldo de la cárcel. Con la huida de Mantua cambia el escenario: las aventuras caballerescas y fantásticas tendrán lugar en países lejanos y exóticos: luchas con magas, una isla que se revela ser una ballena y el reencuentro con el padre de Baldus. La acción alcanza el punto culminante con la bajada de los compañeros en los infiernos y el encuentro con el mago Merlín. El final grotesco consiste en la descripción de la morada infernal de los poetas, una enorme calabaza, en la cual éstos son castigados por sus mentiras; por cada mentira se les extrae un diente que vuelve a crecer al instante.
Este poema heroico-cómico, lleno de referencias paródicas -sea a la épica carolingia, sea a la Eneida virgiliana- fascina a su lector con una riqueza lingüística y una elaboración estilística muy refinadas y con efectos de contraste entre los elegantes versos latinos y el léxico italiano e incluso dialectal. Esta obra carnavalesca cae entonces en manos de un traductor castellano que se empeña en traducirla en prosa castellana.
En 1542 sale de la imprenta de Dominico de Robertis en Sevilla un libro de caballerías intitulado Baldo. Es el cuarto y último libro del extenso ciclo narrativo Reinaldos de Montalbán, una de las adaptaciones castellanas, en prosa, de poemas épicos italianos. Mientras que los primeros dos libros del Reinaldos de Montalbán son una traducción del Innamoramento di Carlo Magno, el tercer libro es una adaptación de la Trabisonda hystoriata. El cuarto libro del Reinaldos de Montalbán se divide, a su vez, en tres libros, pero sólo el primer libro se remonta a un modelo italiano, a saber, al poema macarrónico Baldus del Folengo.1
En esta obra se recoge el conocido «registro de necedades», donde un sirviente va recogiendo los errores de su señor engañado y estafado por un alquimista. En la edición de Folke Genert (Baldo, Alcalá, Centro de Estudios Cervantinos, 2002, 60) leemos otro relato del alquimista estafador y el registro en el «libro de necedades»:
Avía un perlado en nuestro tiempo que tenía grandes rentas, el cual se holgava mucho que todas las necedades que en su casa se dixessen o pudiesse oír las mandava escrevir por su orden. Y d’esto tenía dado cargo a uno que las notasse, el cual las escrevia diligentemente. No hazía todo el día sino mirar a la boca qué dixessen o a las manos qué hiziessen ni perdonava a grande ni a chico. Mandávalas leer cada día el perlado. En este tiempo vino a su casa un clérigo muy destroçado de Italia, el cual assentó en su casa y, como él fuesse amigo de oír a hombres estrangeros, mandólo llamar y el clérigo, venido en su presencia, le contó cómo era alquimista y que sola la piedra filosofal le faltava entonces y no tenia manera como ir por ella. Uvo d’esto tanto plazer el perlado que, pensando de aprovecharse más por allí, habló en secreto con el clérigo y él le dixo todo lo que avía de hazer. Allí fue bien vestido el italiano y con una mula y cien pieças de oro lo embió a buscar la yerva que dezía. El cual, bien remediado, nunca más bolvió. Entonces el escrivano puso aquello entre las cosas que escrevía notándola por gran necedad. Venido el sábado, leyóla entre las otras. El perlado le dixo para qué avía puesto aquello allí. El escrivano dixo que por cumplir su mandado y administrar bien su oficio. El perlado respondió que, si venía, a qué pena se ponía. El escrivano respondió desempachadamente de quitarle d’él y pónerselo al alquimista. Assí quedó engañado.
- Genert, F., El «Baldo» (1542) : cuarta parte del ciclo «Renaldos de Montalbán», Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2011 ↩︎
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