Tenía un arzobispo dado cargo a uno de su casa de asentar todas las necedades que oyese, y venía de cuando en cuando a leérselas. Vino acaso allí uno que se decía ser alquimista y, hablando con él en
los instrumentos que eran menester para hacer el oro, mandole dar trecientos ducados y partiose fuera de allí a comprallos; y viniendo un día a leer dijo:
—Otra que hizo su señoría, que dio trecientos ducados a uno y se fue con ellos.
Dijo el obispo:
—¿Pues si viene?
Respondió él:
—Entonces quitarelo yo a vuestra señoría y pondrésela a él.

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