
La piedra filosofal.
Al caer de una tarde de verano, se presentó un caballero en casa de un conde riquísimo que vivía en San Petersburgo, y habiendo conseguido una audiencia, le dijo: — Vengo á poner á la disposición de V. E. un te- soro, es poco, una riqueza inmensa, una de aque- llas fortunas colosales que solo se ven en las Mil y una noches. — ¿Tiene V. seguridad de no ser loco? le dijo el conde. — La tengo, y V. E. se convencerá muy fácil- mente. — Esplíquese V.; lo oiré, aunque solo sea por pasar el tiempo. — Señor, ¿la riqueza de S. M. el emperador le parece á V. E. grande, deslumbradora? ¿Sí? Pues bien, mañana será V. E. mucho mas rico, mucho mas poderoso mil veces que lo es él. — Vamos, basta de exageraciones y esplíquese V. — He encontrado la piedra filosofal, señor con- de; sé hacer oro de las malvas y de los tronchos de col. — ¡Vah! eso lo saben hacer los boticarios de San Petersburgo. — Pero, señor; yo cojo la tierra y la vuelvo oro. — ¿Es ese el secreto? — Sí, señor. — Pues hemos concluido, no me conviene. El que sabe hacer oro no necesita auxilio de nadie. — Si lo hiciera sin otro auxilio que el de mi vo- luntad, lo concedo; pero si lo he de hacer por me- dio de operaciones que necesitan casa, tiempo y, sobre todo, secreto, no. Además, si apareciese yo rico de la noche ala mañana, ¿no me ahorcarían en la plaza pública ó me desterrarían á la Siberia? Créame V. E., necesito auxilio. — Esplíquese V. — Nada va V. E. á esponer; yo pongo el trabajo, el tiempo y los ingredientes. Si sale oro por los medios sencillos que V. E. mismo empleara, me compra la receta, y si no sale oro yo lo pierdo todo. — Si llega á salir oro, dijo el conde, ¿qué precio quiere V. por la receta? — Veinte mil francos. — Manos á la obra. — Hé aquí los ingredientes. — ¿Qué son ellos? — Recipe: cal, una libra; arcilla, tres libras; agua de borrajas, dos cuartillos; carbón vegetal en pol- vo, tres onzas. — Todo eso no tiene valor ninguno, dijo el con- de; ¿entra algún otro ingrediente? — ¡Ah! sí señor, se me olvidaba; tierra de ba- deas, dos cuartos. — ¿Y qué son los badeas? — Ahora lo verá V. E., he de llevarlos en el bol- sillo; pues no los llevo, pero le dá V. E. al criado dos cuartos y que los compre en la plaza en cual- quier parte; si es una cosa que va por nada... — ¡Muchacho! corre, trae dos cuartos de badeas. — Mira; los puedes comprar, si no quieres andar preguntando, en el número 12; ¿entiendes? en el numero 12. — Pero, hombre, si con esto saliese oro, verda- deramente que era una cosa barata. — Pues no ha de salir, señor; ¡pero, qué! si esto es una cosa maravillosa. Ya está aquí el criado ¿Los traes? — Si, señor; es una tierra roja, y me han dado mucha; está en terrones. — Ea, señor conde, cerremos las puertas, y á la operación.
Efectivamente, echó el mismo conde todos los ingredientes en un barreño, y con un gran cucha- ron se puso á revolver.
— ¿Es muy larga la operación? — No, señor, de segundos. Revuelva V. E. bien; mas, mas fuerte. Ya debe estar; examine V. E. bien el fondo del barreño. — ¡Cielos! aquí hay un pedazo de oro, dos, tres, cuatro. Déme V. la mano; ha encontrado V. de veras la piedra filosofal. — ¡Por Dios, señor conde, por Dios, que no lo sepa nadie; era hombre muerto! — Pierda V. cuidado. Tenga V. sus veinte mil francos, y solo le ruego que no venda el secreto en Rusia á ningún otro.
Nuestro hombre tomó sus veinte mil francos, y a los veinte minutos habia salido de la ciudad. El conde mandó cocer borrajas, compró carreta- das de arcilla y de cal, y mandó á veinte esclavos que moliesen carbón. Luego se encerró en su ga- binete, hizo colocar en él grandes tinajones como los del Toboso, y arcones de hierro para colocar las barras de oro. Cuando todo estuvo preparado de este modo, en- vió á comprar las badeas al número 12 de la plaza, y esperó al criado con mucha calma y serenidad.
— Señor, dijo al entrar, nadie sabe lo que son badeas. — ¿Has estado en el número 12? — Sí, señor, pero en esa tienda vivia un estran- jero que la alquiló antes de ayer y ha desaparecido esta noche. — Entonces, dijo el conde cayendo en un sillón, para qué mas badea que yo.

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