El uso medicinal del antimonio[1] en la Península es, contra lo que pudiera parecer, bastante conocido en la Terapéutica y Sanidad. Ya Luis Lobera de Avila, en su Libro de las experiencias en Medicina, del año 1544, donde dio casi trescientas recetas, nos informa que lo conocía y le llamaba Piedra de alcohol[2].
Por otra parte, los alquimistas siempre han considerado al antimonio como una de sus herramientas auxiliares en el proceso que llamaron Gran Obra. Algunos de ellos, como Artefio, nos advirtieron de que el antimonio no era la materia de la obra, sino el nombre que dieron a otro producto. Aunque no cesa de darnos indicaciones de las facilidades que da al operador trabajar con este metal:
«El antimonio es un mineral que participa de partes saturninas y tiene, en todos los aspectos, su naturaleza. Este antimonio saturnino concuerda con el sol, y contiene en sí plata viva, en la que ningún metal es engullido excepto el oro; y el oro es verdaderamente engullido por esta plata viva antimonial. Sin esta plata viva ningún metal puede ser blanqueado, blanquea el latón, esto es: el oro, reduce un cuerpo perfecto a su primera materia, a saber, el azufre y plata viva de un color blanco y más reluciente que un espejo. Disuelve, digo, el cuerpo perfecto, que es de su misma naturaleza, pues esta agua es amigable y concordante con los metales, blanqueando al sol porque contiene en sí plata viva blanca.»[3]
No hemos de dejar totalmente en el olvido las palabras de Artefio sobre que el antimonio no era la materia de la Obra. Hacia el año 1520 eran conocidos doce elementos químicos, o doce sustancias fundamentales que eran elementos químicos[4]. George Agricola (1494-1555), por su parte, nos confesó en su De re metallica[5]que en sus tiempos, y en las minas de Alemania, se solía confundir el antimonio con el estaño, incluso su antigua etimología podía llevar a la confusión entre ambos, mientras que se sabía diferenciar a ambos del plomo. Por otro lado encontramos algo curioso. Tras unos pequeños estudios superficiales hemos encontrado que el protocolo de trabajo aplicado en la Edad Moderna por los médico-químicos al antimonio era bastante parecido al aplicado al estaño en algunos textos alquímicos. Es decir, no descartamos un error operativo. En caso de existencia, sería más comprensible la serie de quejas sobre su mala preparación que hubo en la Península a finales del siglo XVII. Esto no quiere decir que algún alquimista siguiese usando estaño durante el siglo XVI, como fue el caso de Ioannem Agustinus Pantheus:
«Primum ergo principuim naturale, ut praedicti est dicimus argentum vivum cum arena alba, per ignem ab argento vivo septiles mundatum, coagulatúmque, ac materalia ignis & aeris, sub nomine Antybar, Marthek, Stagno, vel Risoo (quod Graece Thelima dicitur, & Hebraice Reçón).»[6]
La culminación del encuentro entre la Alquimia y la Terapéutica se dio en el texto de Basilio Valentín, El carro triunfal del antimonio, donde dijo que el antimonio preparado espagíricamente era un antídoto contra todos los venenos. Le llamó Gran Arcano y Piedra de Fuego, además de decir que en él había tantas virtudes que ningún hombre sería capaz de descubrirlas todas. También, como un caso excepcional, fue uno de los pocos alquimistas que arremetió contra aquéllos que no sabían prepararlo para su uso medicinal, ya en los primeros años del siglo XVII:
«No puedo pasar en silencio a los que gritan diariamente Crucifige¡ Crucifige¡ contra todos los que recetan venenos a los enfermos, que preparan venenos, y que muestran cómo servirse de ellos en la Medicina, y por medio de los cuales creen que tantas personas mueren, como por le mercurio, el arsénico y el antimonio. Todos los que dan tales gritos y hacen tanto ruido no son ordinariamente más que ignorantes que se dicen médicos y que no saben ellos mismos qué es el veneno, lo que es venenoso o medicinal, y que no saben hacer la separación del veneno de lo medicinal. Y es eso lo que les incita a declamar contra los que son sus maestros y que no saben reconocer como tales. Pero tengo mejor razón para gritar yo mismo contra los que verdaderamente recetan los venenos antes de haberlos preparado, en tanto que ellos no tienen su espíritu. Porque si el mercurio, el arsénico, el antimonio y otros semejantes, permanecen en sustancia tal y como son sin estar preparados, son, en verdad, venenos. Pero cuando son preparados metódicamente, toda su virulencia es pagada y disipada, y son convertidos en medicamentos saludables, los cuales resisten contra los otros venenos y los expulsan cuando se encuentran engendrados en nuestros cuerpos.»[7]
Como vemos, la polémica en Europa estaba servida, según el estado de la cuestión que nos presentan las palabras anteriores. Conocido desde la Antigüedad, el antimonio fue usado mucho tanto por los alquimistas como por los médicos. La polémica, especialmente intensa en Europa entre 1564 y 1665, tuvo un impacto publicitario que permitió la promoción de este elemento. Conocido por sus propiedades expectorantes, eméticas y purgativas, su empleo podríamos decir que fue abusivo en los siglos XVII, XVIII y XIX[8]. No obstante, los medicamentos químicos hechos con antimonio precisaban de cierta pericia en su elaboración. No todos sabían, en Europa, manejarlo con destreza. Esta dificultad específica supuso que, por extensión, el resto de medicamentos fuesen vistos con más cautela de la necesaria, como nos explicó Ioannis Renodaei (Jean de Renou, 1568-ca.1620), quien opinó que, no por ello, hay que alejar a todos los remedios químicos del Pharmacopolio[9]. Por cierto, que Renodaei, o Renaudot, a principios del siglo XVII ya incluía con toda normalidad, entre las diferentes formas de preparaciones de medicamentos, a las espagíricas, junto a las generales y a las de Mesué:
«Omnis medicamentorum praeparatio generaliter fit tribus modis additione, detractione, & immutatione. [.…] Praeparationis autem medicamentorû artificiosae quator modi magis, particulares à Mesue traduntur, cocotio nimirum, lotio, infusio & tritura […] Spagyricis frequenter sunt isti praeparationû modi, calcinatio, fermêtatio, destillatio, circulatio, sublimatio, fixatio.» [10]
Muchos de los protagonistas que se encargaron de fomentar todo esto fueron paracelsistas acérrimos que pugnaron por poner de manifiesto a la Medicina las propiedades beneficiosas del antimonio, eso sí, preparado adecuadamente. Incluso ser estar necesariamente adscrito a los postulados paracelsianos se editaban obras como las del francés Louis de Launnay quien ya publicó un tratado completo del antimonio, en el año 1564, donde reflejó la cautela con la que había de manejarse y administrarse.
2. El estado de la cuestión en la Península
Otra polémica sobre el uso de medicamentos químicos es la perteneciente a las facultades terapéuticas del antimonio y su utilidad en la composición de los mismos. Su extensión cronológica abarca más de cien años, sobrepasando al siglo XVII con anterioridad y posterioridad. Si bien hay que decir que sólo puede ser calificada como polémica la fase del último tercio de dicho siglo. Antes de esto, existían dudas considerables y opiniones contrarias, pero no alcanzaron el grado de debate que observamos posteriormente. En su parte final, el tono elevado desaparece por completo, aunque no el uso de medicamentos que incluyen al antimonio como uno de sus componentes, en algunos caso como el único o el principal.
Este hecho es muy curioso, ya que nos adentramos en plena época de la llamada mentalidad ilustrada. Si pensamos que la Medicina y la Terapéutica pudo, en la primeras décadas del siglo XVIII, eliminar todo su lastre mágico, nos estaremos equivocando completamente. Aún en el año 1731, podemos encontrar medicamentos con una propiedades basadas en las fuerzas ocultas y que son puestos en conocimiento público por eminentes profesionales:
«Un pedazo de lienzo de la mortaja de cualquier difunto tiene tal virtud oculta para curar la procidencia del intestino recto, (limpiandose con dicho lienzo) que no buelve mas a salir […] El mismo efecto tiene el agua en que se labare el cuerpo de algun difunto, chapoteandose en ella el intestino. La raiz de lirio espadanal, partida por en medio, y estregando con ella las estrumas, ò lominillos, hasta que dicha raìz se caliente, colgandola entonces al humo de la chimenea, tiene tal virtud oculta de consumir y gastar las estrumas, que parece obra de milagro […] La misma virtud tienen las hoijas de el rabo de cavallo, puestas todos los dias verdes sobre las estrumas, continuando esta diligencia tres, ò quatro meses; de este remedio tengo especial observacion.
Lo cierto es que las qualidades ocultas son imperceptibles al juicio humano, siendo sus efectos visibles, y palpables; sirva de exemplo vn poco de ceniza de oliva, que juntandola con el agua de Mar, y echandola en un vaso de plata, baxa la ceniza á lo ondo del vaso, y queda el agua clara; mas en tanto que llega à la conjunción la luna, se commueve, y enturbia toda el agua, como si con la mano se moviera o agitara. De aquí se dexa ver, que pueden baxar de los Astros, y Planetas influencias mortiferas à nuestros cuerpos, que sin comprhenderlas nuestros sentidos, nos hagan enfermar de muerte.»[11]
Otro médico muy conocido, Francisco Suarez de Rivera, y por los mismos años, nos confirma la idea anterior. Sus publicaciones y sus palabras aún reflejan el deseo de una Medicina que respete su pasado, todo ello basado en la experiencia y medio siglo después del momento álgido de los novatores, que fueron atacados por ello[12].
La polémica sobre el antimonio fue la última generada por los novatores y, aunque su momento más álgido se dio en los primeros años del siglo XVIII, tanto el contenido de la misma y sus protagonistas nos son ya conocidos desde los años ochenta del siglo anterior. Es por esta razón por la que decidimos incluir en este trabajo todo lo ocurrido sobre el uso del antimonio en la Terapéutica peninsular, aunque se hará de una forma no totalmente exhaustiva ya que, de hacerlo así, ocuparía casi la totalidad del contenido de dicho trabajo.
No podemos olvidar que las reticencias a su uso eran aún mayores tras algún sonoro fracaso tras la aplicación de medicamentos en el que el antimonio era uno de los componentes. Un ejemplo es el de la duquesa de Medinaceli, quien estuvo a punto de morir tras una cura con polvos de Cornachino, compuestos, entre otras cosas de antimonio diaforético[13]. Un memorial de Dionisio de Cardona, médico napolitano adscrito a la Corte de Carlos II[14], nos informa de ello:
«Las químicas operaciones deben ser sabidas y no imaginadas, y dirigidas con Ciencia engendrada de noticias científicas, que la contraria vive sujeta a un tropel de contingencias y algunas se han producido en esta Corte. Entre ellas, es notoria el peligro de muerte en que se pudo a la Excelentísima Señora duquesa de Medinaceli los años pasados, el uso de los polvos de cornachino ordenados por el Dr. Alba y suministrados de la Botica Real, por la mala corrección del antimonio, uno de los ingredientes de ellos y el más peligroso, siendo mal preparado, por lo cual fue juzgado causa del mal suceso confirmado en tres o cuatro personas, que padecieron las mismas congojas mortales con el dicho remedio, que bien preparado obra con felicidad y la experiencia lo ha confirmado y lo manifiesta su autor con un particular tratado.»[15]
En el año 1701, Diego Mateo Zapata (1664-1745) escribió y publicó su Triunfo del antimonio[16]. El mismo año, y en forma de ataque, le respondió Juan Pablo Fernández, con la publicación de su Carta a Luis María Cruspilli y los diálogos[17]. A éste último le respondieron, el mismo año, atacándole y defendiendo a Zapata, Juan Muñoz y Peralta, con su Triunfo del antimonio[18], y Tomás Fernández y Andrés Ramírez, con su Antimonio Triunfante[19]. Estos textos no contienen, contra lo que pudiera parecer una serie de explicaciones exhaustivas sobre las formas correctas de prepara los medicamentos que contengan antimonio, tanto como elemento principal o secundario. La intención de estos textos obedece a un paso adelante en el deseo de poner frente a los detractores de la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla textos cuyo contenido no disminuyese, en absoluto, sus diferencias, sino todo lo contrario, habida cuenta del reciente reconocimiento regio de dicha sociedad. Y, en concreto, el texto de Zapata pudiera tener su origen en una especie de discurso de ingreso en la sociedad sevillana, motivo que es fácilmente deducible, aunque el autor nunca revela sus intenciones[20].
El uso externo del antimonio ya se daba con cierta frecuencia a finales del siglo XV, como hiciera Leonardo de Bertapalia, en su ungüento de plomo:
Es cierto que muchas de sus aplicaciones eran externas y que contamos con datos aislados de las de otro tipo, de las preparaciones según el arte químico, pero de cualquier forma, es innegable el hecho de que Félix Palacios, en su Palestra Farmaceutica nos da hasta veintisiete recetas donde el antimonio es un componente de las mismas, ya sea total o parcialmente. Y las hay de todo tipo, como píldoras, mixturas, cocimientos, vinos, aguas, electuarios…[22] Es decir, tanto de aplicación externa como interna.
En cualquier caso, y más allá de la dispersión de los datos sobre el antimonio, la postura de apoyo a su uso por parte de la Regia Sociedad, y las reticencias de la Medicina galenista, su estudio debe adosarse al hecho de la llegada de la dinastía borbónica al poder. Quizás se trate de una estrategia de la Sociedad sevillana o una posición personal de Zapata. Recordemos que Zapata fue médico personal de Portocarrero, líder del partido francés durante la fase final de Carlos II; y también que Felipe V era nieto de Luis XIV, a quien quiso emular. Por su parte, es de sobra conocido que Luis XIV fue asistido con medicamentos hechos con antimonio, siendo curado con ellos[23].
Podríamos decir que el antimonio recibió un claro uso instrumental, más allá de las pugnas entre los médicos por su aplicación. Éstas sí se dieron con más ímpetu en Europa y, en concreto, desde los más afamados paracelsistas. Hasta la aparición del trabajo sobre el antimonio de Lémery en el año 1707[24], encontramos que fueron los seguidores de Paracelso los que más intensamente se dieron en su estudio, como fueron el caso de Miguel Toixites (1515-1581)[25] o su Amigo Alexander von Suchten[26]. Es en este texto donde debemos prestar atención a unas palabras del propio Suchten y que nos dice que todo lo que ha escrito son operaciones de un elemento que sirve para purificar los metales. Este matiz es muy importante, ya que podemos ver que, quizás por este motivo, la consideración en la Medicina al antimonio pudo tener su origen en esta característica, la de ser un buen «purificador» de metales.
También fuera de los paracelsistas alemanes encontramos seguidores que le defienden por Europa, como Louis de Launnay[27], el italiano Zefirello Bovio[28], el jesuita Jacobo Gretser[29]. Ya a mediados del siglo XVII seguimos encontrando textos sobre las diferentes posturas respecto del antimonio, como los de Claude Germain[30], Werner Rolfink (1599-1673)[31] o Theodorus Kerkring (1618-1693)[32], que comentaría El carro triunfal de Valentín.
[1] El antimonio se nos presenta bajo tres formas distintas: un metal gris y lustroso, que adquiere un brillo especial cuando se le pule y se convierte en un polvo muy negro cuando se precipita químicamente, una forma amarilla e inestable y, por fin, una forma plateada, amorfa y de color plateado que, si se pulveriza o calienta a los 100 C, explota. Aunque la mayoría de estas formas son venenosas, aún se usa en ciertos preparados medicinales. Su obtención es muy fácil a partir de su mineral, la estibina, ya que sólo hay que calentarlo con hierro oxidado, lo que hace que se separe el azufre de la estibina.
[2] Lobera de Avila, L., Libro de experiencia de medicina y muy aprouado por sus effectos: ansi en esta nuestra España como fuera della, Toledo, Iuan de Ayala, 1544.
[3] Artephio, Le livre secret du trés ancien philosophe Artephius traitant de l’Art et de la Pierre Philosophale, Frankfurt, Iennisium, 1685, canon 1, p. 1. Artefio fue leído por la Inquisición, que poseyó un ejemplar de su clave Mayor de la Sabiduría (Artephii Clavis Maiore Sapientiae, primum in lucem prodit parisiis nunc iterum secundum exemplar istudrecusa, Argentorati, Johann Albertum Dolhopft, 1696, B.N. 3-14499). Sobre Artefio sigue siendo válido el artículo de Giulio della Vida, «Something more about Artephius an his <Clavis Maiore Sapientiae>, Speculum, 13 (1928), 80-85.
[8] Sobre el devenir histórico del antimonio: Henriot, C. M., Etude du devenir d’une substance minerale utilisée sous l’alchimie et eliminée par la chimie: cas de l’antimoine, Bourgogne, Université de Bourgogne, 1992.
[9] Renodaei, Io., Institutionem pharmaceuticarum, lib. V., Hanoviae, David Aubry, 1631. «Nolo tamen omnia chymicorû remedii Pharmacopolio ablegare […] qui vix norunt antimonium calcinare & vitratum efficere, quin Galeno & Gebro doctores profiteantur.»: libro II, p. 13, col. 1.
[11] Cortijo Herraiz, T., Secretos medicos y chirurgicos del doctor don Juan Curbo Semmedo, Madrid, Bernardo Peralta, 1731, 126-128.
[12] Suarez de Rivera, F., Restauracion de la medicina antigua, sobre sus mayores remedios, Madrid, Alonso Balvas, 1731; Escrutinio médico o medicina experimentada, Zaragoza, Pedro Ximenez, 1732; Secretos medicos o extraordinarios descubiertos en la escuela de la experiencia, Madrid, Domingo Fernandez de Arrojo, 1733, edición manejada: B.M.M. B-24975; Observaciones de curso, compendiadas e ilustradas con admirables arcanos medicinales, Madrid, Domingo Fernandez de Arrojo, 1735; Manifestacion de cien secretos del Doctor Juan Curbo Semmedo, Madrid, Domingo Fernandez de Arrojo, 1736, edición manejada: R.A.H. 16-6900.
[14] Sobre Dionisio de Cardona y su actividad: Rey Bueno, Mar, El Hechizazo. Medicina, Alquimia y superstición en la Corte de Carlos II, Madrid, Corona Borealis, 1998, 93-98. Transcripción del memorial en Apéndice 1, 133-138.
[15] Cardona, Dionisio de, Sobre la química. Papel en que se describe cuán importante es de calor que se mantenga el laboratorio de lo químico y algunas reglas e instrucciones que da para ello, Madrid, 1694, AGP, SA, leg. 429, fol. 5.
[16] Zapata, D., Crisis médica sobre el antimonio y carta responsoria a la Regia Sociedad Médica de Sevilla, s.l., 1701, edición manejada: B.N. 3-18456.
[17] Fernández, J. P., Dialogos entre el doctor Luis Maria Cusprilli Tribeanus y su discipulo el medico de Camuñas sobre los papeles que han salido del curioso discurso del D. D. Pedro Navarrete, cathedrastico de cirujia que fue en Granada…, en que quieren satisfacer a la carta de dicho Dr. Cuspriilli, que condenaba las aclamaciones que de el antimonio hizo D. Diego Mateo Zapata, medico de los cardenales Portocarrero y Borja, s.l., 1702, edición manejada: R.A.H. 9-788(5).
[18] Muñoz y Peralta, J., Triunfo del antimonio y contra respuesta a la carta anonima que contra la docta crisis del doctor don Diego Matheo Zapata produxo el triunvirtao de la ignorancia, la invidia, la audacia y la malevolencia, Códoba, Diego de Valverde y Leiva, 1702, edición manejada: B.N. VE 1419-4.
[19] Ramírez, A., Antimonio triumphante de las calumnias de la ignorancia, y respuesta a los dos papeles, que contra la Crisis Medica del Doctor D.Diego Matheo Zapata se publicaron con nombre supuesto del Doct. Cruspilli medico de Parla, de los quales en el segundo se declara Author el Doct. D. Joseph Pablo Fernandez, Cathedratico … de Medicina de la Universidad de Granada / escribela el Lic. Andres Ramirez Calderon y Cumplido …, s.l., s.f.
[20] Con la aparición de este texto de Zapata podría estar muy bien cumpliendo dos de las normas de la Regia Sociedad, como la cuarta («Que el que tuviere que escribir algun Libro, o Apollogia, lo consulte primero a la Sociedad, y ayudará (sino hubiere Padrino a quien dedicarlo) con todos los medios conducentes para su Impression») y la décimo cuarta («Sólo se admitirá a los Doctores, en caso de que quieran asistir a alguna conferencia, si demuestran tener suficientes principios»).
[21] Bertapalia, Leonardo de, Chirurgia, vel inventarium seu collectorium in parte chirurgicali Medicinae, Venecia, Octaviani Scoti, 1498, cap. VII, «Unguentum de plumbo.»
[22] Página 73: Decoctum Antivenerum, seu ex Lignis & radicibus, con antimonio crudo. Página 82: Mixtura de antimonio epiléctica, con «tinctura sulphuris antimonii». Página 96: Vino emetico o estibiado, con crocus metallorum o hígado de antimonio y vino blanco. Página 168: Electuario aperiens D. Daquin, lleva antimonio diaforético. Página 201: Polvos de cornachino, seu de tribus, con antimonio diaforetico. Página 214: Pulvis bezoardicus absorbens, con antimonio diaforetico marcial. Página 216: Pulvis ad pleuresiam, con antimonio diaphoretico marcial. Página 235: Píldora febrífuga de Diego Mateo Zapata, lleva antimonio marcial. Página 234: Pildora antimonio asmática de Zapata, lleva bálsamo de azufre de antimonio. Página 343: Aqua acidula antimonii, con sólo antimonio. Página 355: Aqua oftalmica Quercetani, con hinojo y crocus metallorum o de antimonio. Página 413: Tintura de antimonio , es alcalina y purifica la sangre ya que destruye el acido de los humores. Página 439: Vitrum antimonii, calcinado. Página 439: Vitrum antimonio correcto. Página 440: Crocus metallorum con antimonio y nitro. Página 440: Antimonio diaforetico, mueve el sudor, purifica la sangre, fiebres malignas. Página 441: Antimonio diaforético marcial, con limaduras de hierro. Página 442: Antihecticum poterii, alias antimonio jovial de Ettmuler, con regulo de antimonio simple y estaño puro. Página 443: Bezoardico mineral simple, con manteca de antimonio. Página 449: Flor de antimonio. Página 445: Cinnabaris antimonii, con mercurio sublimado y antimonio. Página 458: Liquor, seu oleum glacial, con antimonio y mercurio sublimado puro. Página 459: Azufre de antimonio, con nitro y tártaro crudo. Página 450: Azufre de antimonio inflamable, con agua regia. Página 463: regulo de antimonio simple. Página 464: Régulo de antimonio marcial. Página 464: Régulo de antimonio medicinal.
[23] Sobre estas cuestiones: Martínez Vidal, Alvar y Pardo Tomás, José, In tenebris ad huc versantes. La respuesta de los novatores españoles a la invectiva de Pierre Régis, Dynamis, 15 (1995), 301-340, especialmente 320-330.
[24] Lémery, Nicolás, Traité de l’antimoine contenant l’analyse chymique de ce mineral, París, 1707, edición manejada: B.N. 2-14940.
[25] Toxites, M., Liber unus de secretis antimonii, das ist, von der grossen heymligkeit des antimonii die artzney belangent, Estrasburgo, 1570.
[26] Suchten, A. von, De secretis antimonii, Leipzig, 1598. Este texto se reeditaría en el año 1604, el mismo de la aparición del texto de Basilio Valentín, bajo el título Antimonii mysteria genuina (Leipzig, Johan Tholde) y fue traducido al inglés por el médico Person en el año 1670 (The secrets of antimony in two treatrises by Dr. C. a person great skill in chemistry, Londres, 1670).
[27] Launnay, L. de, De l’antimoine, La Rochelle, 1654.
[28] Bovio, Z., Flagio contro di medici communi detti rationalli, Verona, 1601, edición manejada: B.N. 2-44880.
[29] Gretser, Jacobus, Jacobi Gretseri Societatis Iesu… bauius et maeuius, ut delirus alchymista, antimonio, hic. tanquam insipiens praedicans, helleboro nigro curatus, Ingolstad, Adami Sartorii, 1605, edición manejada: BGP X-348.
[30] Germain, C., Ortodoxe, ou l’abuse de l’antimoine, Amstelodami, 1652.
[31] Rolfink, W., Dissertationes chimicae sex. de tartato, sulphure, margaritis perfectis metallis duobus auro et argento, antimonio imperfectis metallis auris duobus, ferro et cupro, Jenae, Litteris Kresianis, 1670.
[32] Kerkring, T., Commentarius in Currum Triunphalem Antimonii, Amstelodami, Andreas Frisius, 1671.
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