Eugenii Phialethae, Euphrates, oder die Wasser vom Anfang. Deutsches Theatrum Chemicum, Volumen 1, 415-480

Ten sólo un breve comentario sobre esta obra de Thomas Vaughan (1621–1666) para decir que usó el mismo estilo místico que su Aula Lucis para describir operaciones reales dentro de la vía de las amalgamas. Entiéndase, pues, que dicho lenguaje místico fue usado por el autor en un doble sentido: el propio del misticismo en alquimia y como instrumento encubridor de operaciones reales.
EUPHRATES DE EUGENIO FILALETEO,
O las
Aguas del Oriente,
el cual
es un breve relato sobre la fuente secreta, cuyas aguas brotan del fuego y llevan consigo los rayos del Sol y de la Luna.
Traducido del inglés a la lengua altoalemana por Johann Langen[1], cultivador de la medicina.
Promovido ahora para su impresión por Friedrich Roth-Scholz, de Herrenstadt, Silesia.
Nüremberg,
en la imprenta de los bienaventurados herederos de Adam Jonathan Felsecker.
1733.
[Pág. 416] EVGENII PHILALETHAE
Al Lector.
Lector, en los últimos pocos años (lo cual espero que te sea conocido), he desvelado mi juicio sobre la Filosofía en varios pequeños tratados. Y digo Filosofía: pues de la alquimia, como comúnmente se la llama —y que no es otra cosa que un martirio de los metales—, yo mismo no hago mucho caso, y mucho menos me he dedicado jamás a ella[2]. Respecto a este punto, encontrarás suficiente información en mis escritos, pues allí te dirijo hacia una Materia Universal como fundamento de toda la naturaleza, a partir de la cual todas las cosas han sido creadas, y por la cual todavía hoy son nutridas y preservadas.
Esta materia, a mi entender, no es ningún metal; razón por la cual siempre he rechazado la alquimia en su sentido común, y he querido advertir de esto a todos los alquimistas para que no interpreten mis escritos de manera contraria a la intención del autor. Por esto mismo puedes ver cuál era mi parecer cuando empecé a escribir, y te aseguro que sigo manteniéndolo, porque estoy convencido de ello por la experiencia misma. Pero para que compruebes mi honestidad, te confieso libremente que, en la práctica, yo mismo tuve que abandonar mis propios principios; pues al fracasar en mi primer intento, abandoné el verdadero[3]
[Pág. 417] Las Aguas del Oriente.
…Sujeto, y me dejé embaucar por los corruptores de los metales. No quiero relatar aquí cómo me Guidescarrié y empantané en esto durante tres años enteros; sin embargo, finalmente los abandoné y busqué de nuevo la luz perdida. Siempre he hallado grandes secretos en los metales cuando estos han sido reducidos por un disolvente (Solvens) adecuado; pero buscar este disolvente o su materia primordial dentro de los metales mismos es una necedad.
He compuesto este pequeño tratado por el bien de la verdad y para salvar mis escritos anteriores; en él se ha revelado, no obstante, más de lo que jamás se había descubierto antes. Con todo, apenas es la décima parte de lo que tenía previsto, pero por ciertas razones me he contenido, como verás en mi breve conclusión. Lo que ahora callo respecto a los secretos filosóficos bien podría ser revelado próximamente en mi METEOROLOGÍA. Los secretos teológicos nos los guardaremos para nosotros, en nuestra Philosophia Gratiae (Filosofía de la Gracia).
Poco más tengo que añadir, salvo asegurarte que he escrito todo esto basándome en mi propia experiencia. Puedo decir con pleno derecho, por experiencia propia, que lo he extraído de la tierra con gran esfuerzo. Además, nadie me ha instruido, ni he tenido la suerte de encontrar a alguien que pudiera aportarme algo en esta materia. No es mi intención que construyas grandes montañas de oro sobre este fundamento;[4]
[Pág. 418] EVGENII PHILALETHAE
pero si construyes la Medicina sobre ello, entonces te habré mostrado el fundamento del noble Arte, del cual tantos alardean y tan pocos saben algo verdadero. Aquí encontrarás demostrado el verdadero Sujeto (Subjectum) del mismo, y a menos que seas completamente necio, también lo hallarás suficientemente revelado. Aquí mismo serás guiado por Dios y por Su obra; y el Luz misma te mostrará la Luz.
También te he mostrado aquí el testimonio de Jámblico y de los egipcios; a saber, que en otro tiempo Dios reveló a los antiguos sacerdotes y profetas una gran Materia a través de una visión bienaventurada, y la compartió para el bien de la humanidad. Quiero concluir con este recordatorio: si deseas conocer la Naturaleza, guárdate del mercurio (☿) y de los metales comunes. Busca únicamente la primera mixtura de los elementos que la Naturaleza produce en este mundo; búscala, digo, mientras sea nueva y fresca, y cuando la hayas encontrado, mantenla en secreto.
Busca la destreza práctica (Handgriff) en Dios, y no meramente en los libros. Pues tal destreza es un don de Dios, y sin Su notable asistencia nadie la ha alcanzado jamás. No desprecies mi advertencia, aunque pueda parecer ridícula a los «súper-sabios» que se mofan de la gracia divina. Mucha gente vive en el mundo sin Dios, y por ello se ríen de quienes lo buscan, y especialmente de quienes lo encuentran. San Pablo se gloriaba de su revelación, pero hoy en día tendría que ser considerado un anabaptista o un cuáquero si alguien hiciera lo mismo. Pero no te dejes desviar; donde sirves a Dios, sirves a un buen Señor, que no te privará de tu recompensa.
Que te vaya bien en Cristo Jesús.[5]
[Pág. 419] Las Aguas del Oriente.
ÉUFRATES, etc.
Está escrito en la revelación viva que hemos recibido, y en la cual también creemos, que hay un Ángel de las Aguas (Apocalipsis, cap. 16, v. 5); y esto en un sentido general, como si dicho ángel fuera un presidente o custodio de todo el elemento. En otro lugar encontramos mencionado a un ángel cuyo oficio es más limitado, como aquel que descendía en cierto tiempo y agitaba el agua en el estanque de Betesda (Juan, cap. 5, v. 4). Por lo tanto, no parece en verdad absurdo que los ángeles visiten y muevan aquel elemento que el Espíritu de Dios movió en el principio mismo (Génesis, cap. 1, v. 2).
No cito estos pasajes como si sirvieran estrictamente a mi propósito (aunque tampoco están en mi contra), sino que los tomo solo de manera general como prueba de que Dios obra en torno a la materia y dentro de ella (si bien Él no está atado a ella), y este es todo mi objetivo. Con todo, sé bien que el príncipe Avicena cuenta a Juan el Evangelista entre los químicos (Chemicos). Y ciertamente su opinión sería difícil de refutar si uno quisiera examinar con rigor ciertos pasajes del Apocalipsis sin distorsionar el sentido común. En verdad estimo en gran medida a la Naturaleza, y el hecho de que evite disputas como esta…[6]
[Pág. 420] EVGENII PHILALETHAE
…se hace únicamente para no escandalizar a las conciencias débiles. Pues hay personas que, aunque no consideran un desmérito para la majestad de Dios el que haya creado el mundo, piensan que sería muy deshonroso para Su Palabra si se aplicara tal cosa a la criatura (la cual, no obstante, Él mismo hizo). Ciertamente, esta opinión encierra, de manera encubierta, una peligrosa blasfemia: a saber, que la Obra de Dios y Su Palabra fuesen tan distintas que la una resultara deshonrosa para la otra. Yo confieso que tendría que buscar mucho para hallar qué utilidad tendrían las Escrituras, y para beneficio de quién habrían sido escritas, si no estuviesen registradas para nuestra instrucción.
Porque, dado que los sanos no tienen necesidad de médico (como testifica nuestro Salvador en Marcos, cap. 2, v. 17), Dios no ha dado las Escrituras para Sí mismo ni para los ángeles, sino para aquellas criaturas que perdieron su salud primera y cayeron en la perdición. Por lo tanto, si la Escritura fue escrita para nuestro bien, nos es muy necesario saber cómo debemos usarla; y esto lo podemos deducir a partir de la diferencia entre el estado del hombre antes y después de la Caída.
Antes de la Caída, el hombre era una criatura magnífica y había recibido de Dios la inmortalidad y la sabiduría perfecta. Pero en la Caída, y después de ella, le sobrevino la muerte en lugar de la inmortalidad, y la ignorancia en lugar de la sabiduría. En lo que respecta ahora a nuestra redención de esta Caída, puede;[7]
[Pág. 421] Las Aguas del Oriente.
bien es cierto que no podemos librarnos de la muerte en este mundo, porque DIOS ha decretado que todos los hombres deben morir una vez. Pero nuestra ignorancia sí podemos y debemos desterrarla en esta vida, ya que sin el conocimiento (Erkanntnüß) de DIOS nadie puede alcanzar la salvación, siendo este conocimiento tanto la causa como el fruto de nuestra bienaventuranza. Así pues, ciertamente debemos despojaros, al menos en parte, de nuestra ignorancia en esta vida, antes de que podamos despojarnos de nuestra condición mortal.
Y con este fin nos ha sido dada ciertamente la Escritura: a saber, para que podamos conocer a Dios y regresar a Él, del mismo modo que nos apartamos de Él en la Caída. Y aquí, que nadie se enoje conmigo si pregunto: ¿cómo aprendemos en la Escritura a conocer a Dios? ¿Acaso solo nos dice que hay un Dios y nos deja el resto a nuestra propia consideración? ¿Nos enseña la Escritura —y aquí revelo el fondo de mi corazón— a conocer a Dios a través de Sus obras o sin ellas?
Si lo hace a través de Sus obras, entonces lo hace a través de la Naturaleza, pues esta no es otra cosa que Su obra misma. Pero si lo hace sin Sus obras, me gustaría saber cómo lo logra, pues yo todavía no he podido hallarlo. Si argumentan que esto sucede por inspiración (Eingebung), yo respondo que DIOS ciertamente puede hacerlo, pero la Escritura no; pues la Escritura jamás ha infundido el Espíritu Santo en nadie, por más que ella misma haya sido inspirada por Él. Pero si respondieran que en la Escritura se encuentra el testimonio[8]
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…de los santos varones; ante esto yo digo que esa no es la cuestión, pues aquí no hablo de la autoridad de la Escritura, sino de aquellos fundamentos mediante los cuales ella corrobora su propio testimonio, de los cuales la Escritura entera está llena. Es indudable que Moisés demuestra a DIOS a través de la Creación, y DIOS se demuestra a Sí mismo ante Moisés mediante la transformación de su vara.
Ante los egipcios, Él demostró Su poder en la Naturaleza de una manera aún más terrible: mediante la transformación de sus ríos en sangre y del polvo en piojos; a través de la peste en el ganado, de las viruelas y las úlceras; mediante la muerte de sus primogénitos y a través de las diversas plagas de ranas, langostas, granizo, fuego, truenos y tinieblas. Todas estas fueron obras milagrosas y, sin embargo, ocurridas dentro de la Naturaleza, por medio de las cuales Él demostró Su deidad, tal como Él mismo dice en Éxodo, cap. 7, v. 5: Y sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando extienda mi mano sobre Egipto.
Cuando Él se revela a CIRO, no dice simplemente que es DIOS, sino que lo demuestra también a partir del mundo que ha creado, diciendo en Isaías, cap. 45: Yo soy el Señor y ninguno más; no hay Dios fuera de mí. Yo te llamé cuando aún no me conocías; yo formo la luz y creo las tinieblas; yo hago la paz y creo el mal. Yo hice la tierra y creé sobre ella al hombre. Mis manos extendieron los cielos,[9]
[Pág. 423] Las Aguas del Oriente.
…y yo he comandado a todo su ejército. Que lea cualquiera la majestuosa y filosófica interpelación (Expostulation) entre DIOS y Job (Job, cap. 38, 39, 40, 41); o, en una palabra, que lea ambos Testamentos con devoción, y hallará que la Escritura se sirve en todo momento de la Naturaleza, y que verdaderamente nos revela secretos naturales tan profundos que no se encuentran en ningún otro filósofo, lo cual demostrará claramente el discurso que sigue.
No temo decir que la Escritura tiene tanto que ver con la Naturaleza, que considero que el Espíritu de DIOS en ella no ha buscado únicamente la renovación del hombre en particular, sino incluso la renovación de la Naturaleza en general. Por lo tanto, no debemos aplicar esta renovación exclusivamente a nosotros, a menos que queramos adjudicarnos también a nosotros solos la total corrupción, cosa que sin duda no podemos hacer. Pues es evidente a los ojos que la corrupción no afectó solamente al hombre, sino que, por causa de él, afectó también a todo el mundo.
Así pues, dado que es cierto que el ser humano tiene un Salvador (Heyland), es igualmente cierto que la Naturaleza también tiene un Salvador, porque DIOS ha reconciliado al mundo consigo mismo en Cristo Jesús. Y si de igual modo esperamos ciertamente la redención de nuestra vida y un hombre nuevo, así también esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en los cuales habite la justicia.[10]
[Pág. 424] EVGENII PHILALETHAE
Porque el hombre no debe ser el único renovado en la restauración (Wiederbringung) universal, sino igualmente también el mundo, tal como está escrito: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. No digo esto para menospreciar al hombre ni para equiparar a criatura alguna con él, pues sé muy bien que él es el principal protagonista de la restauración, así como fue el principal protagonista de la Caída, donde la corrupción de los elementos no es más que una cadena que este prisionero arrastra tras de sí.
Al contrario, digo esto para demostrar que DIOS busca la restauración de toda la Naturaleza en general, y no solo la del hombre, quien verdaderamente es solo una pequeña parte de la Naturaleza, si bien la más noble de todas. ¿Acaso se hace entonces un mal uso de la Escritura, o se la llega a deshonrar, cuando se la aplica a la Naturaleza como el objeto directo de esa renovación (la cual DIOS, de la manera mencionada, quiere renovar y redimir de su corrupción actual)?
En verdad, cuando leo la Escritura, no encuentro en ella otra cosa que lo que concierne a la Naturaleza y a las cosas naturales. Pues incluso allí donde menciona el nuevo nacimiento (Wiedergebuhrt), la iluminación, la gracia o cualquier don espiritual, esto no ocurre de forma abstracta (absolute), sino en relación con la Naturaleza. Pues ¿qué otra cosa significa todo esto sino un nuevo influjo del Espíritu de DIOS dentro de la Naturaleza, para asistirla y liberarla de su propia decadencia? Considero que nadie ha de negar que DIOS[11]
[Pág. 425] Las Aguas del Oriente.
…esté más allá de la Naturaleza de lo que cualquier Escritura pueda estar; y, sin embargo, sería una impiedad separar a DIOS y a la Naturaleza en la obra de la redención. Pues, de hacerlo así, DIOS no tendría nada que redimir ni nada sobre lo cual poder operar. Qué absurdo es, por lo tanto, separar la Escritura y la Naturaleza en la predicación de la salvación; pues, querido lector, ¿de quién habla la Escritura si no es de ella? No me cabe duda de que el hombre está dentro de la Naturaleza y no por encima de ella. Los peripatéticos (Peripatetici) pueden dividir al hombre como les plazca, pero aun así todas sus partes permanecen dentro de la Naturaleza, pues solo Dios está por encima de la Naturaleza.
Me gustaría saber cómo mi adversario se enteró en primer lugar de que la Naturaleza estaba corrompida; ya que si poseen tanto conocimiento de la Naturaleza como de la Escritura, ¿por qué no habría de poder aprenderse más de ella? Que ellos saben esto por la Escritura es innegable. Tomemos el ejemplo de un médico prudente que sabe reconocer la naturaleza de su paciente y la corrupción que le causa la enfermedad: ¿acaso no lo hace con un buen propósito? Sin duda alguna, lo hace para ayudarle.
Sostengo, por lo tanto, que el Espíritu de DIOS —cuyo paciente es la Naturaleza— no nos describe la Naturaleza de forma tan perfecta con otro fin que este; del mismo modo que nos ha detallado propiamente el mundo pasado, presente y futuro en todos sus aspectos. Estoy convencido en mi filosofía de que todos los secretos de la Naturaleza consisten en el conocimiento[12]
[Pág. 426] EVGENII PHILALETHAE
…de la corrupción: a saber, que uno sepa qué es esta y dónde se encuentra; así como reconocer aquello con lo que mejor se la puede frenar y remediar, por estar esa sustancia mínimamente manchada por ella: en esto consiste el provecho en la vida y en la muerte.
En resumen, la experiencia y la razón me han enseñado que la Filosofía y la Teología son una sola y única ciencia [nur eine Wissenschaft]. Sin embargo, el ser humano ha tratado a las ciencias como a los arroyos y los manantiales, los cuales se conducen a través de diferentes tuberías por caminos distintos, dándoles así nombres diferentes.
Vemos que DIOS, en Sus obras, ha unido el Espíritu y el Cuerpo, lo Visible y lo Invisible, y a partir de tal unión ha creado un ser perfecto, cuya naturaleza entera reside en esta unión. ¿Cómo es posible, entonces, conocer la naturaleza de este ser si se consideran el Espíritu y el Cuerpo por separado? Pues allí donde la Naturaleza subsiste en tal unidad, no debemos dividirla, sino contemplarla en su mutua mezcla e interacción. ¿Y quién ha visto jamás un cuerpo sin espíritu, o un espíritu sin cuerpo, como para poder describir correctamente ambos principios?
Exactamente lo mismo ocurre en la Teología; pues si contemplamos a DIOS meramente en Sí mismo, aislado de las criaturas, no podemos decir nada positivo de Él, sino solo cosas negativas, tal como lo hizo Dionisio: es decir, nosotros[13]
[Pág. 427] Las Aguas del Oriente.
…podemos decir ciertamente lo que Él no es, pero no lo que Él es. Sin embargo, si por Teología entendemos la doctrina de nuestra salvación, tal como la encontramos en la Escritura, entonces esta es una doctrina mixta, que abarca tanto a DIOS como a la Naturaleza. No temo decir aquí que el misterio de nuestra salvación jamás podrá ser correctamente comprendido sin la Filosofía, puesto que dicho misterio no es otra cosa que un giro de DIOS hacia la Naturaleza, y de la Naturaleza hacia DIOS; en estos dos movimientos, y en sus medios, se condensan todas las ciencias espirituales y naturales.
Por lo tanto, no debemos hablar de DIOS sin la Naturaleza, pues eso excede nuestra capacidad; ni tampoco de la Naturaleza sin DIOS, pues de ese modo privaríamos a DIOS de Su gloria y atribuiríamos a la Naturaleza aquellas operaciones que corresponden únicamente a DIOS y a Su Espíritu, el cual opera dentro de ella. Así pues, queremos seguir el camino del medio, tal como nos lo han enseñado los profetas y los apóstoles.
Por consiguiente, que nadie se escandalice de que en este discurso expliquemos la Escritura mediante la Filosofía, y la Filosofía mediante la Escritura: pues sabemos que nuestra Filosofía no existe sin DIOS, y nuestra Teología no existe sin la Naturaleza. Con todo, temo que muchas personas se opondrán a esto, aunque no veo razón alguna para ello; pues si yo unifico la Escritura y la Filosofía;[14]
[Pág. 428] EVGENII PHILALETHAE
si lo hago, solo unifico a DIOS y a la Naturaleza, lo cual ciertamente desagrada a muchos hombres, pero a DIOS mismo no le disgusta en absoluto. Pero ¿por qué he de altercar tanto con estas personas obstinadas e ignorantes? Pues, además de la Escritura, poseo otras razones que me han impulsado a este discurso.
He estado ya un tiempo considerable en este gran edificio del mundo [Welt-Gebäude], y he pasado mis días verdaderamente como un viajero [Wandersmann], para observarlo, no para poseerlo. Apenas hay una sola cosa en él sobre la cual no haya tenido mis reflexiones [Speculationes]; sin embargo, nada me ha asombrado más que la acción del Fuego en el Agua.
Esta contemplación cautivó mis sentidos (no sé cómo) ya en mi más tierna infancia, antes de que examinara este mundo formalmente; y ciertamente la Naturaleza, de la cual yo era discípulo, me infundió entonces muchos conceptos de la misma clase que los que más tarde hallé en la filosofía de Platón. No temo confesar que en aquel entonces, en mis años de niñez, imaginé una cierta operación en el fuego de la cual esperaba milagros; aunque no buscaba oro ni plata, ni arte alguno para enriquecerme, pues en ello ni siquiera pensaba. Estos pensamientos míos me impulsaron más tarde a observar a los niños, para ver qué se imaginaban ellos sobre este elemento, y hallé en ellos que la Naturaleza…[15]
[Pág. 429] Las Aguas del Oriente.
en su simplicidad suele ser más sabia que muchas personas con toda su sofisticación [Sophisterey] aprendida. Mas para que no penséis que solo he tratado con niños, también he tratado con locos [Narren]; es decir, según mi explicación, con personas adultas, pues estas ni siquiera son tan sabias como los niños. Pero me refiero a los niños en su propia naturaleza pura, antes de ser alterados y casi corrompidos por la costumbre: pues la gente apenas los valora hasta que pueden interactuar con ellos, y es entonces cuando los echan a perder.
Con todo, me imagino que el entendimiento de los niños, antes de ser corrompido, es una de las cuestiones en las que los antiguos filósofos profundizaron con bastante curiosidad [Curiosität]. No relataré aquí nada más sobre mi observación, pues esto forma parte de la prudencia [Prudentz] y es el fundamento de muchas ciencias, tanto en la Naturaleza como en la Moral [Moralibus].
Pero para regresar a mis principios antes mencionados —a saber, el Fuego y el Agua—, tomaré prestada la introducción de mi discurso de mi célebre compatriota Rhaso de Chester, quien habla de este Arte de la siguiente manera: «Este Arte es secreto y es la parte de la Filosofía que trata de los meteoros; pues no habla únicamente del ascenso y descenso de los elementos, sino también de las cosas que nacen de ellos mismos. Repara en esto, pues es un gran misterio».[16]
[Pág. 430] EVGENII PHILALETHAE
Estas palabras darían lugar a un discurso infinito si tuviéramos que revelar todos los secretos contenidos en ellas, pues en ellas se esconde la Naturaleza entera y el Arte. Sin embargo, para explicarlas en alguna medida, tanto como podamos con buena conciencia, diremos en primer lugar que DIOS es el principal, incluso el único origen de todas las cosas, habiendo creado por Su Palabra y Espíritu tanto las cosas visibles como las invisibles.
En lo que respecta a la materia de las mismas, muchos se imaginan que es imposible conocerla, porque no solo existió antes que nosotros, sino antes que el mundo mismo. Pues ¿cómo podría yo conocer aquello que existió tanto tiempo antes que nosotros, lo cual ni poseemos ni jamás se ha vuelto a hallar (según ellos piensan) después de la Creación?
A esto (que a primera vista podría parecer del todo cierto y firme) respondemos: que nosotros sí la hemos conocido, y tras un largo esfuerzo también la hemos visto y palpado. Es bastante evidente que cada cosa (por ejemplo, el ser humano) proviene de una semilla [Saamen], y esta semilla ya no se ve una vez que la cosa está completamente formada, pues para entonces se ha transformado en el cuerpo mismo. No obstante, este cuerpo vuelve a producir una semilla exactamente de la misma clase que su semilla original. Por lo tanto, considero que quien desee conocer la semilla del hombre no necesita remontarse a mirar a Adán, porque la Naturaleza siempre vuelve a producir una de la misma especie.[17]
[Pág. 431] Las Aguas del Oriente.
Exactamente de la misma manera ocurre con el mundo; pues este nació inicialmente de una semilla, a saber, de una humedad viscosa o agua [einer zähen Feuchtigkeit oder Wasser], pero esta semilla (como se ha dicho) fue transformada durante la Creación por el Espíritu Santo, que flotaba sobre ella. No obstante, el mundo produce por sí mismo una semilla equivalente, la cual es de la misma esencia que la primera.
Si alguien preguntara ahora: ¿de qué sirve esta semilla universal y para qué la produce la Naturaleza?, yo respondería que no ocurre para engendrar otro mundo, sino para preservar el que ya ha sido creado. Pues DIOS Todopoderoso ha decretado que las criaturas deben sustentarse de aquello mismo a partir de lo cual fueron hechas en un principio. Y en este punto resulta verdadera una regla que, de otro modo, sería falsa: Aquello de lo que fuimos hechos es también lo que nos alimenta.
Ciertamente, no nos preguntamos por mucho tiempo de qué nos alimentamos nosotros o los animales, pues eso está a la vista. Pero ¿de dónde toman su alimento la hierba, las plantas y el grano, así como todos los árboles con sus frutos? ¿Qué le otorga a la Tierra nuevas fuerzas cuando la innumerable vegetación casi la ha agotado por completo? Temo que ellos dirán (según piensan): «del agua»; pero qué clase de filósofos tan «sabios» son, lo demostraré más adelante.
En verdad, todo lo que nosotros y los animales consumimos brota de una sola fuente; pero antes de que…[18]
[Pág. 432] EVGENII PHILALETHAE
…nosotros lo recibamos, ya no es como antes; asimismo, los animales solo se alimentan de ciertos frutos de esta semilla, mientras que los vegetales disfrutan de la semilla más bien en su forma celestial y universal. Sin embargo, no pienses que esta semilla sirve únicamente para la nutrición. Pues muchas cosas, especialmente los metales y los minerales, se engendran a partir de ella.
Porque no es agua común, por más que lo parezca a la vista, sino una humedad grasa y coagulante, o bien una mixtura de fuego, aire y tierra pura; y por esta razón es conocida o vista por muy pocos. En los vegetales se la puede observar a veces; pues ellos no se alimentan de agua, como comúnmente se piensa, sino de esta semilla mucosa [schleimichten Saamen] que se halla oculta dentro del agua. Las plantas la absorben a través de sus raíces y desde allí asciende hacia las ramas; aunque a veces, en su trayecto, brota a través de la corteza y el aire frío la endurece convirtiéndola en una goma [Gummi].
Este endurecimiento no ocurre de golpe, sino que requiere algún tiempo; pues si uno la encuentra todavía fresca, es una humedad sumamente sutil y viscosa que se estira hilándose como un hilo, y si hubiese llegado a los brotes de las ramas, se habría transformado en una ciruela o en una cereza. Esto es lo que ocurre sobre la tierra por acción del frío. Pero dentro de la Tierra, esta misma semilla es coagulada por un azufre ardiente hasta convertirse en un metal; y, si el lugar es puro, se transforma en un metal brillante. Porque…[19]
[Pág. 433] Las Aguas del Oriente.
…esta semilla está llena de Luz y de Fuego Estelar [Stern-Feuers], de donde proviene el brillo de todos los metales. Lo mismo debe entenderse respecto a las perlas y las piedras preciosas, ya que esta semilla es la madre de todas ellas. Pues cuando por sí misma se transforma en un mineral sin mixtura terrenal, deja ver su verdadera composición; y es tan sumamente celestial que, si no conociéramos su afinidad, nos asombraríamos de que pudiera amar a la Tierra.
Queremos repetir brevemente lo que hemos expuesto, sobre todo porque deseamos anunciar el método que pretendemos seguir: pues tenemos la intención de seguir a LULIO, quien en el quinto capítulo de su Testamentum dibuja una cierta figura que concuerda plenamente con las palabras citadas de Rhasi Cestrensis.
Ya hemos mencionado dos principios: DIOS y la Naturaleza, o DIOS y el Mundo. Por lo tanto, del tercero —a saber, el caos previo a la creación del mundo— no haremos más mención; en su lugar, contemplaremos el segundo germen o caos, el cual existe en la actualidad y es engendrado por el mundo visible. Pues no fundamos nuestro discurso en nada que no sea demostrable, y situamos en él, ante todo, a la Divina Majestad, que es el único y eterno principio y hacedor de todas las cosas[20].
434

Inscripción del diagrama circular
Elementa, vapores Elementorum, Aqua clara, Azoth Vitreus, Vapores Vitrioli, Sulphur Aqueum, Metalla. Elementos, vapores de los Elementos, Agua clara, Azoth Vítreo, Vapores de Vitriolo, Azufre Acuoso, Metales.
Centro del diagrama
Hyle. Materia Prima / Sustancia Primordial.
Texto principal
[Pág. 434] EVGENII PHILALETHAE
Esta figura pertenece a LULIO: en el centro de la misma veis la Hyle o materia a partir de la cual fue hecho el mundo. En ella (dice LULIO) se encuentran todos los elementos de la naturaleza bajo la forma de un agua mixta, y este mar fecundo y lleno de semillas llenaba en otro tiempo todo el espacio que hoy atribuimos al aire; pues (añade él) se extendía incluso hasta la órbita de la Luna.
De esta Hyle oculta (de la cual hemos venido hablando) han surgido todos los principios y cuerpos que están escritos alrededor de la circunferencia de la figura, y aquí es exactamente donde comienza nuestra filosofía.
En el primer lugar, justo encima de la Hyle [marcado con el número 1], veis los Elementos, o el mundo visible creado,[21]
[Pág. 435] Las Aguas del Oriente.
cuyas partes se denominan comúnmente Tierra, Agua, Aire y Cielo. Pues no existe allí ningún otro fuego más que, acaso, el fuego fatuo imaginado por ARISTÓTELES bajo la Luna. A partir de los Elementos, hacia la mano derecha y por medio de la rarefacción [Rarefaction], surge otro principio distinto, a saber: los vapores y las nubes, en los cuales la naturaleza superior y la inferior se encuentran y se unifican; y de esta mixtura nace el segundo germen, o el Caos Filosófico, hacia el cual hemos dirigido nuestra atención.
Junto a las nubes encontráis el tercer principio, es decir, un agua clara que desciende directamente de las nubes. Y esta es la sustancia que (dice LULIO) fluye sobre la tierra a semejanza del Mercurio (☿).
El cuarto principio, que la Naturaleza produce directamente de la esencia de este Mercurio (☿) acuoso, es nuestro Azoth vítreo u opalino, el cual es una cierta materia mineral ígnea y sulfúrea; y este es el Sol Filosófico (☉), el Azufre, la Tierra, el Varón; así como el agua densa y mucosa es el Mercurio (☿) o la Hembra.
Los restantes principios, tal como se suceden en la figura, se realizan mediante el Arte [la alquimia de laboratorio], y sin ella no pueden ser vistos ni conocidos, a excepción del último; esto es, el Oro o la Plata, pues estos son metales perfectos y fermentos [Fermenta] que hacen particular a la Medicina Universal.
Hasta este punto hemos tratado con vosotros de manera sumamente abierta y sincera; pero la Praxis de laboratorio la dejamos de lado por esta vez… [22]
[Pág. 436] EVGENII PHILALETHAE
…porque prefiero callar antes que escribir de forma oscura. Casi me atrevería a decir que hay ciertos escritores [Scribenten] que se complacen en hacer aún más difícil, por medio de sus acertijos, una materia que ya es compleja de por sí. Por mi parte, no deseo escribir tales cosas; podéis buscarlo en los autores tradicionales bajo vuestro propio riesgo, tal como yo mismo lo hice.
Regresemos a nuestra teoría, y digamos a modo de introducción que todo movimiento proviene del fuego, y toda generación proviene del movimiento; pues si todos los elementos permanecieran inmóviles por sí mismos, nada llegaría a nacer. Para evitar esto, DIOS Todopoderoso ha depositado en el corazón del mundo —a saber, en la Tierra (así como en el interior de cada criatura en particular)— un fuego vital, al cual PARACELSO llama el Archæum y SENDIVOGIUS denomina el Sol Central.
Pero para que este fuego no consumiera su propio cuerpo, Dios cubrió la Tierra con un agua densa, grasa y salada que llamamos el Mar. Pues el agua de mar está (según mi propia experiencia en el laboratorio) impregnada de una grasa sulfúrea volátil —sin mencionar ahora su sal—, razón por la cual no apaga el fuego (como hace el agua común), sino que lo alimenta.
DIOS ha mostrado una prudencia similar en los animales, cuya temperatura interna es regulada [temperiret] por la humedad sulfúrea y salada de la sangre; y la sangre está rodeada por el aliento [Odem], del mismo modo que el mar está rodeada por el aire. Sobre este Archæum o fuego central,[23]
[Pág. 437] Las Aguas del Oriente.
DIOS ha colocado el Cielo con el Sol y las estrellas, del mismo modo que la cabeza y los ojos se sitúan sobre el corazón. Pues entre el ser humano y el mundo no hay una igualdad pequeña, y quien no conozca uno de ellos, tampoco conocerá correctamente el otro.
Así podemos observar también que el Viento transita entre el Sol celestial y el Sol central, tal como en nosotros el aliento [Odem] discurre entre el corazón y los ojos, representando el fuego y la luz en nuestro interior. Vemos asimismo en ambos efectos bastante similares; pues, al igual que la sangre, el Mar posee también un pulso o movimiento constante, en el cual ambos tipos de espíritus se mueven de la misma manera dentro de su cuerpo.
Además, debemos considerar que la luz se encuentra en lo más alto de este mundo, a saber, en el Sol y las estrellas; e igualmente en el hombre, toda la luz habita en el rostro, mientras que el fuego en el corazón, como primer origen del mismo, no se hace visible, tan poco como el fuego en el interior de la Tierra. Sin embargo, ambos fuegos ocultos son reconocidos por la razón a través de sus efectos, a saber, por el pulso en la sangre y en el mar; a lo cual podemos añadir también la evaporación [Ausdünstung] de las humedades que estos dos espíritus provocan en sus respectivos cuerpos.
Y para demostrar que el Arqueo [Archæus] y el Sol Central no son meras palabras vacías, considerad cuán intenso debe ser el calor requerido para esta evaporación; pues no se impulsa hacia arriba únicamente agua simple, sino sal y aceite al mismo tiempo… [24]
[Pág. 438] EVGENII PHILALETHAE
…es impulsado. Pero si alguien se imagina que es el Sol el que realiza esto, no comprende en absoluto el efecto y la utilidad del Sol, ni para qué sirve en la Naturaleza.
El Sol únicamente seca el exceso de humedad exterior que la noche deja sobre todas las cosas, a causa de la cual todas las plantas se vuelven frías y blandas, impidiéndose su maduración. De este modo, el Sol ayuda a la digestión [Digestion] de la naturaleza y madura lo que está crudo. Esto requiere un calor sumamente suave y benigno, y no uno violento que levante humo y nubes desde la Tierra; pues un calor así no maduraría las cosas, sino que lo calcinaría [calciniren] todo.
Sabemos que si permanecemos mucho tiempo bajo el Sol nos debilitamos, y que el fuego común tampoco arde bien bajo sus rayos; pues el Sol, al ser el verdadero elemento del fuego, atrae dicho calor hacia sí, de modo que este cede poco a poco y apenas consume la leña. En cambio, si retiráis ese fuego del Sol, arderá con una fuerza incomparablemente mayor.
Exactamente lo mismo ocurre en la Tierra: pues mientras el Sol está presente, el calor de la Tierra tiene más relación con el Sol que con su propio cuerpo físico. Tal como escribe acertadamente SENDIVOGIUS, los rayos se unifican en la parte exterior de la Tierra. En la superficie de la Tierra se encuentran los rayos de ambas luminarias, y se produce una unión tal entre ambos fuegos que lo que está en el interior brota con gran poder desde su cuerpo para encontrarse con el fuego celestial… [25]
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…y, por así decirlo (como en un éxtasis), se olvida de su propio cuerpo. Perdonadme que hable de este modo; pero existe una afinidad tal entre ambos fuegos que prefieren unirse entre sí antes que con una tercera naturaleza. Sin embargo, esto solo puede ocurrir en parte y a modo de un influjo celestial [Influxen], porque DIOS ha ordenado al uno en el centro [Centrum] y al otro en la circunferencia [Circumferenz].
Esta simpatía [Sympathia] se podría demostrar mediante un magnífico magnetismo, el cual he observado con asombro entre el Sol y un aceite dulce, o mejor aún, con el Anima Nitri [el Alma del Nitro]. Y os aseguro aquí que la Tierra está llena de Nitro, es más, que la Tierra pura en sí misma no es otra cosa que un Nitro [Nitrum] repleto de viento, fuego y aire, el cual no se diferencia del cielo más de lo que se diferencia la raíz de un árbol (que está enterrada en el lodo) de las ramas que crecen bajo la luz del sol.
Esta atracción del fuego por el fuego es la verdadera causa de por qué el calor interno de la Tierra es tan débil en verano y tan fuerte en invierno. Pues en invierno, cuando el Sol está lejano, el fuego central se concentra y repliega en el interior de la Tierra; y, al ser provocado además por un ataque enemigo [el frío exterior], calienta el agua subterránea con mucha mayor intensidad. Es por ello que los vapores y las nubes son mucho más frecuentes en invierno que en verano, lo cual no podría ser así si fuese el Sol el que generara las nubes. Además, si un calor externo, como el del Sol, se aplica… [26]
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…sobre la Tierra cayera, necesariamente lo quemaría todo antes de lograr extraer semejantes vapores. Por el contrario, un fuego interno que está mezclado con la humedad no puede quemar, por más intenso que sea; pues con el agua se templa hasta convertirse en un calor húmedo [feuchten Hitze]. Y un fuego así puede, sin duda alguna, disolver [resolviren] la humedad de la Tierra de la manera más natural en un vapor, tal como nuestro calor interno, humedecido por la sangre, nos hace sudar sin violencia alguna.
En pocas palabras: en invierno DIOS sella la superficie de la Tierra con la escarcha, del mismo modo que un hombre sella un matraz de vidrio [ein Glas versiegelt]. Y hace esto para retener la semilla húmeda, la cual, de otro modo, se elevaría disipándose junto con los bastos vapores que irrumpen con frecuencia en esa época llenando el aire, y que actúan como una esponja para atraer hacia sí los influjos celestiales.
Pues sabemos que la Naturaleza, hacia el final del otoño, deja encinta al suelo de la Tierra [das Erdreich schwängere], y mantiene este estado durante todo el invierno, periodo en el que los sutiles e ígneos influjos del cielo son coagulados por el frío y la humedad de la Luna, la cual gobierna durante todo el invierno mucho más que el propio Sol.
Esto lo podéis comprobar en la nieve: si esta se recoge fresca y, por medio de un alambique ciego [blinden Helms], se hace digerir [digeriret] en cenizas calientes durante 24 horas, al abrir el matraz todavía tibio hallaréis en esa agua toda clase de olores…[27]
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desprenderá, y ciertamente con mayor deleite [Plaisir][28] que si olieras todas las flores en el mes de mayo. En el fondo del matraz se hallará una baba gris y grasa, casi como un jabón de Castilla [Spanische Seiffe]; destila suavemente el flema [Phlegma] para separarlo de ella, y pon el remanente en una retorta bien cerrada. Colócala en las cenizas calientes y mantenla así, caliente, durante una o dos horas; entonces el vidrio estallará repentinamente en mil pedazos, porque el Viento [Wind] —que es la vida o el espíritu— aún no se ha asentado firmemente en el cuerpo. Aquí mismo veis el comienzo de la Naturaleza; pero si tratáis el agua correctamente, hallaréis todavía mucho más.
De este modo se engendra en invierno la Magnesia (tal como expone SENDIVOGIUS), y no sin razón; pues en esa época el calor de la Tierra es más intenso y, por ende, el más apto para digerir el alimento celestial [himmlische Nutriment] y transformarlo en una semilla densa y mucosa.
En cambio, en los días de primavera y verano, cuando el Sol ha expulsado la escarcha y el fuego central mezcla sus rayos con el fuego celestial, abriendo así los poros de la Tierra, dicha semilla obtiene vía libre para ascender. En ese ascenso, es capturada por las plantas y les sirve como un nutriente directo e inmediato. Para regresar, pues, a las primeras palabras de RHASO de Chester, digo que este esperma [Sperma] proviene de las nubes… [29]
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…o vapores se produce: los vapores tienen su origen en el ascenso y descenso de los elementos y de los otros cuerpos, y a partir de ello se mezclan, lo cual posee un doble sentido. Pues debemos saber que la Tierra está llena de muy diversos cuerpos, como toda clase de minerales y cadáveres; pues nuestros propios cuerpos también descansan en la tierra cuando el espíritu vital se ha alejado de ellos.
Todos estos cuerpos, al igual que la Tierra misma, son rarefaccionados y disueltos [resolvirt]; pues (como dice LULIO) todos los cuerpos se disuelven en vapores para ser conducidos hacia un nuevo nacimiento [neuen Geburt].
Esto me recuerda una opinión que leí en otro tiempo en los cabalistas, a saber: que este cuerpo físico que hemos adquirido mediante la asimilación y transformación de los alimentos y la comida, no ha de aparecer en la resurrección; sino que a partir de aquella semilla [Saamen] que inicialmente atrajo hacia sí el alimento, brotará un cuerpo nuevo. Y esta semilla, dicen ellos, se halla en un lugar específico de los huesos, y no en aquella parte que se convierte en polvo y ceniza.
En verdad, vemos que los huesos son sumamente duraderos, lo cual también sabía José; pues cuando murió en Egipto, ordenó a sus hermanos (Génesis, cap. 50, v. 25): Llevaos mis huesos de aquí. Sabemos asimismo que los israelitas fueron esclavos en Egipto casi 400 años después de la muerte de José, y sin embargo sus huesos… [30]
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fueron llevados incorruptos a la tierra de Canaán, tal como Moisés dejó escrito. Ciertamente, si lo consideramos de forma correcta, debemos reconocer que esta semilla es nuestra materia original [unsere anfängliche Materie]; todo lo demás es meramente un añadido [Zuwachs] que se deriva de la comida y la bebida.
¿Qué pérdida sufrimos entonces al despojarnos de este añadido? ¿Acaso no puede Aquel que primero nos creó a partir de la semilla volver a resucitarnos de ella? A mi entender, el apóstol San Pablo no está en absoluto lejos de esta opinión cuando dice a los Corintios (1 Cor. 15, 36-38): «¡Necio! Lo que tú siembras no vuelve a la vida si no muere antes; y lo que siembras no es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple grano, sea de trigo o de cualquier otra clase. Pero DIOS le da el cuerpo que Él quiere, y a cada semilla su propio cuerpo». Pues así reza en el texto original.
Y disculpadme en este punto, fervientes lectores: pues no presento esto como una opinión propia, sino como una tradición de los antiguos judíos, quienes en otro tiempo fueron un pueblo sumamente sabio y sabían mucho más acerca de DIOS y de la Naturaleza que otras naciones.
Pero para regresar a mi propósito principal, sabed que cuando el Sol Central eleva los vapores, estos no surgen únicamente de la tierra y del agua común, sino también de otros minerales de los cuales la tierra y el agua están colmadas[31].
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Para demostrar esto aún más, repara en que los vapores propiamente dichos brotan tanto del mar como de otras aguas, siendo algunos de ellos resinosos, otros salados y otros mercuriales; pero todos ellos son, en su conjunto, húmedos y flemáticos. Por el contrario, las exhalaciones terrestres [Exhalationes] son secas, debido a que la Tierra es más cálida y mineral que el agua.
Estos vapores ígneos y terrestres se encuentran entonces con los vapores fríos del agua, de lo cual nacen a menudo espantosas tormentas; pues entre ellos los hay nitrosos [nitrosisch], algunos arsenicales [arsenicalisch], otros sulfúreos [sulphurisch] y sumamente ardientes, los cuales a menudo se inflaman debido a su abundante azufre [Sulphur] [provocando los rayos].
Ambos vapores, a saber, los terrestres y los acuosos, se encuentran mutuamente en el gran Circulatorio[32] de la atmósfera [großen Circulatorio der Lufft], donde sus naturalezas opuestas se mezclan entre sí, de igual modo que el Azufre y el Mercurio, y son disueltos [resolvirt] por el viento y reducidos a sus Principios Universales.
Es admirable la enorme fuerza disolvente que posee el viento o el aire; pues el Viento no es otra cosa que el movimiento del aire causado por el Fuego. Y del mismo modo que en el ser humano el movimiento tanto del aliento [Odems] como de la sangre se origina a partir del calor vital, así también el Fuego del Mundo produce tanto el movimiento del aire como el flujo y reflujo del mar. Pues ambos son, por así decirlo, como dos océanos, y poseen su propia pleamar y bajamar, tal como se demostrará más extensamente en otro lugar. De este modo se disuelve ahora (como se ha…[33]
[Pág. 445] Las Aguas del Oriente.
…mencionado), el aire y especialmente el viento disuelven todas las cosas, y reducen todas las sales a un agua. Si esta solución [Solution] se destila, se hallará una parte de ella transformada en agua clara, mientras que el resto se disuelve de nuevo en el aire y puede ser destilado otra vez de la misma manera.
En conclusión [Summa]: repite este proceso varias veces, y toda la sal se transformará en un agua clara y volátil, la cual, en apariencia y sabor, parecerá agua común. Y no debéis pensar que vuestra sal se ha perdido; pues si sabéis cómo coagular [coaguliren] esa agua, la volveréis a encontrar, pero tan profundamente transformada que os maravillaréis.
Si comprendéis correctamente este proceso, este explica de manera suficiente la naturaleza del Aire. Aquel que logre hallar un aire coagulado y transformarlo en un agua densa y mucosa, habrá alcanzado algo verdaderamente extraordinario. Yo podría decir mucho más sobre este maravilloso y, por así decirlo, espiritual elemento; cuya fuerza penetrante y disolvente contemplé en otro tiempo en este sencillo experimento.
El mercurio común [gemeine Mercurius] está compuesto de una manera asombrosamente firme y es (a excepción del oro) el más sólido de todos los cuerpos: pues aunque lo destiléis cien veces, sigue siendo y continuará siendo mercurio, a pesar de cualquier rarefacción [Rarefaction]. Pero si llegarais a evaporar mil libras de él al aire libre, jamás volverá a descender mercurio… [34]
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…abajo; pues el viento eleva y destruye los vapores de tal manera que nada más que una[35] lluvia pura [lauteres Regenwasser] vuelve a caer. Y esta es también la causa de por qué los vapores de los elementos son elevados hasta la región media de la atmósfera [mittlere Region der Lufft]; pues en ese lugar el viento es más frío y posee el mayor espacio, por lo que en ninguna otra parte puede realizarse la disolución [Resolution] de tan buena manera. Si esto se comprende correctamente, es un secreto excelso de la Naturaleza que Job conocía muy bien; pues al lamentarse por la consunción de su cuerpo, dice (Job, cap. 30, v. 22): «Me elevas, me haces cabalgar sobre el viento y disuelves por completo mi ser».
Hasta aquí hemos expuesto cómo el fuego rarefacciona todas las cosas y el viento las disuelve aún más, tal como se ha demostrado también con el mercurio. Y esto es lo que en otros lugares hemos expresado con palabras oscuras: a saber, que el Centro contrae, mientras que la Circunferencia expande; que los cuerpos superiores disuelven, mientras que los inferiores coagulan; y que debemos servirnos de un Maestro de Obras Universal [Universal-Werckmeister] hasta que hallemos uno idóneo por nosotros mismos.
Pues es indudable que en el Aire se esconde una fuerza disolvente mercurial, mientras que en la Tierra habita una esencia coagulante sulfúrea, es decir, las naturalezas minerales que DIOS ha depositado en la Tierra. Toma, por lo tanto, el agua…[36]
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…de la atmósfera, el cual es un disolvente [Solvens] noble, y ferméntalo con la Tierra; y, por el contrario, fecunda la Tierra con el Agua. O bien, para expresarlo de un modo más hermético [dunckler zu geben]: fermenta el Mercurio con el Azufre, y el Azufre con el Mercurio.
Sabed además que esta fuerza coagulante se fortalece enormemente con el calor, en especial en aquellos lugares donde la semilla no puede evaporarse y donde el calor no es excesivo; en cambio, allí donde el espacio es abierto y el calor es demasiado grande, la semilla se dispersa. Nos queda aún algo que exponer sobre los otros dos elementos, a saber, la Tierra y el Agua; pues estos cuerpos nacen de nuevo diariamente a causa del Fuego mediante una constante rarefacción [Rarefaction] y condensación [Condensation].
Los Rosacruces [Die Rosenkräutzere][37] afirman que quienes buscan progresar en este Arte deben, ante todo, aprender a conocer los Elementos y sus operaciones antes de pretender buscar la Tintura de los Metales. Sería de desear que la gente hiciera esto, pues así no tendríamos a tantos chapuceros [Hudlers] y contaríamos con verdaderos filósofos.
Sin embargo, hoy en día difícilmente se encontraría a alguien que examine los Elementos con el fin de observar sus efectos e intentar imitarlos. Pues en las universidades solo estudiamos a través de los libros, y únicamente para charlar, disputar y jactarnos. Ciertamente, la filosofía de los peripatéticos [Peripatetorum] ha extinguido incluso el deseo mismo de la verdadera sabiduría, la cual, no obstante, DIOS mismo implantó en el ser humano… [38]
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queda oprimida. Pues, como aceptamos las tradiciones tal y como nos llegan de nuestros preceptores [Praeceptoribus], nos dejamos llevar por una suerte de reverencia hacia ellos y, en consecuencia, lo consideramos todo infalible. Así, un profesor universitario en toda su vida no llega a reunir el entendimiento y el valor suficientes para ir más allá de su libro.
A menudo me ha maravillado que un hombre sensato pueda imaginarse que la filosofía de ARISTÓTELES es perfecta, cuando no es otra cosa que palabras. Y ningún hombre inteligente negará que una ciencia que consiste puramente en nociones abstractas [Notionibus] no puede ser buena ni perfecta. Esto lo saben bien los médicos [Medici], quienes finalmente se ven obligados a adoptar nuevos principios si es que quieren lograr algo de valor en su profesión.
Aristóteles dice en serio que «donde el filósofo termina, allí comienza el médico». Pero me asombra que un médico espere recibir ayuda alguna de un filósofo que afirma: Scientia non est particularium [La ciencia no trata de lo particular]; puesto que, sin los casos particulares [Particularibus], un médico no puede hacer absolutamente nada.
Pero, hablando con total seriedad, ¿acaso la ciencia de Aristóteles (en caso de que alguna vez haya tenido alguna) tuvo su origen en lo particular o en lo universal? Si la obtuvo directamente de lo universal, ¿cómo llegó a conocerlo? ¿Acaso conoció el Género [Genus] antes que la Especie [Speciem], o la Especie antes que a los Individuos [Individua]? No lo creo. Él conoció primero al individuo, y la… [39]
[Pág. 449] Las Aguas del Oriente.
…Naturaleza y sus características observó él [Aristóteles] en primer lugar; posteriormente aplicó aquello a toda la Especie, o para hablar más claro, a todas las cosas de la misma clase. Y en virtud de esta aplicación, aquella ciencia que antes era puramente particular se convirtió en general.
Esto es, por lo tanto, indudable, y el mismo ARISTÓTELES no lo negará, aun cuando con ello se contradiga a sí mismo y se des mienta: pues en otro lugar afirma que «nada se puede comprender con el intelecto que no haya sido percibido antes por los sentidos». Si esto es verdadero, entonces la Scientia Particularium [la ciencia de lo particular] no es falsa.
Pero, al menos por esta vez, estoy de acuerdo con él; y hace ya mucho tiempo que aprendí —no de él, sino de ROGER BACON— que las nociones generales [Generalia] no deben estimarse demasiado alto, a no ser que sea por consideración a las cosas particulares. Y esto resulta evidente en todas las profesiones que aportan alguna utilidad real a los hombres. Pues la Naturaleza misma ha infundido los conceptos universales en nuestra alma, ya seamos instruidos o ignorantes, de modo que no necesitamos aprenderlos desde cero.
Esto mismo lo observó nuestro BACON cuando dice: «El hombre común coincide en las nociones abstractas con los sabios». Sin embargo, en el conocimiento de la Naturaleza y de las características reales de las cosas, Aristóteles yerra gravemente. Por esa razón, Bacon tampoco deja de rechazar a ARISTÓTELES y a GALENO, dado que ellos se enredaron en generalidades [Generalioribus] hasta su vejez más avanzada, cerrándose así el camino…[40]
[Pág. 450] EVGENII PHILALETHAE
…hacia estos secretos, por lo que jamás los habrían encontrado. Así pues, no nos parezcamos a estos paganos [Heyden], aun cuando casi el mundo entero los siga en esto.
Sigamos, más bien, a la Naturaleza; pues ella nos ha implantado los conceptos universales [Universalia] con el único fin de que, a través de ellos, reconozcamos las cosas particulares [Particularia] y visibles, y así, por medio de la experiencia [Erfahrung], alcancemos un verdadero conocimiento que sea útil y digno en esta vida.
Si alguien se limitara a la pura teoría de la agricultura y leyera únicamente las Georgicas de VIRGILIO, pero jamás pusiera las manos en la masa, difícilmente (creo yo) conseguiría su pan de cada día. Del mismo modo, si nos quedamos colgados meramente de los nombres de las cosas y nunca investigamos las cosas mismas, jamás curaremos ninguna enfermedad ni realizaremos obra alguna de valor; y, sin tales frutos, la Filosofía resulta vana e innecesaria.
Cuán necesaria es, sin embargo, la verdadera Filosofía se puede reconocer al observar las dos mayores desdichas de la vida, a saber: la Enfermedad y la Pobreza [Kranckheit und Armuth]. Pero la filosofía de Aristóteles no solo es inútil, sino que su teoría misma es, en su mayor parte, falsa; y allí donde aún queda algo de verdad en ella, está tan mal planteada que no sirve para nada. Por lo tanto, Aristóteles no nos sirve de ayuda en absoluto, sino que es más bien un obstáculo, y durante mucho tiempo no solo ha encubierto la verdad, sino que casi por completo la ha extinguido. De este individuo [Gesellen] y de su burda… [41]
[Pág. 451] Las Aguas del Oriente.
… ignorancia original quedaría aún mucho por decir; por no hablar de su ateísmo [Atheisterey] y su grosera maldad, mediante las cuales no solo sofocó la gloria de los antiguos filósofos (al quemar sus escritos), sino que también perjudicó a las generaciones venideras, a quienes privó de aquellas antiguas y excelentes obras.
Me he desviado un poco de mi propósito para castigar a esta oveja sarnosa [reudige Schaaf] que ha extraviado a un rebaño tan grande; y lo hago tanto más cuanto que varios de sus devotos lo defienden con vehemencia y lo reconocen como el maestro de toda su ciencia humana, cosa que, a decir verdad, ciertamente es.
Pero cuando ellos afirman que sus adversarios solo estamos resucitando viejas herejías, siendo así que nos oponemos a un ateo (que niega la creación del mundo y la inmortalidad del alma), que nos disculpen si les devolvemos la acusación: son ellos quienes siguen a un hereje.
Entretanto, si de verdad nos consideran herejes, que nos demuestren en qué lo somos, y con gusto les daremos cuenta de nuestra opinión. Por nuestra parte, lo habríamos dejado pasar esta vez si uno de los suyos no nos hubiera calumniado con desdén, acusándonos de enseñar una «nueva» medicina, filosofía y teología. A lo cual yo le respondo: debería aprender primero la verdadera filosofía y teología antiguas, antes de… [42]
[Pág. 452] EVGENII PHILALETHAE
… juzgar sobre ella. Pero para regresar a lo que veníamos tratando, continuaré hablando de la Tierra y el Agua. Y estas son, verdaderamente, cosas visibles y tangibles, y no aquellos conceptos universales o quimeras [Chymæren] que los peripatéticos [Peripatetici] se imaginan cuando pretenden encajar a la Naturaleza dentro de sus fantasías.
Por Tierra no entiendo yo ahora este suelo impuro que pisamos, sino un elemento puro, a saber: el Nitro Central [centralische Nitrum]. Este principio es fijo [fix] y contiene en su interior el Azufre de la Naturaleza, por medio del cual esta coagula al Mercurio.
Cuando estos dos principios (la Tierra pura y el Agua pura) se encuentran, la Tierra espesa al Agua, y el Agua sutiliza a la Tierra. De la unión de ambos nace un cuerpo que no es tan espeso como la tierra ni tan fluido como el agua, sino viscoso y mucilaginoso [zähe und schleimig]; y a esto se le llama Mercurio, el cual no es otra cosa que una perfecta mixtura de la Sal y el Agua. Pues estas dos cosas son las materias primas en la Naturaleza, sin las cuales ella jamás puede engendrar semilla alguna.
Pero esto no lo es todo: pues si la semilla está tintada [färbig] [corrompida], jamás llegará a formarse un cuerpo de ella, ni será capaz de producir nada a menos que ambos principios operen conjuntamente. Y esto lo podemos observar casi a diario durante todo el año. Pues cuando llueve, esta agua celestial se encuentra con el Nitro terrestre y lo disuelve; por el contrario, el…[43]
[Pág. 453] Las Aguas del Oriente.
… Agua, aguzada por el Nitro, disuelve entonces, al convertirse en agua nitrosa, todas las semillas que se hallan en el suelo. Y de esta manera, la disolución es la llave de todo crecimiento, no solo en el Arte [la alquimia], sino también en la propia Naturaleza.
Es innecesario declarar más aquí sobre la Tierra, pues esto poco es más que suficiente si se comprende correctamente; y encierra en sí mucho más de lo que un ignorante tal vez querría concebir. Sé muy bien que existe una Tierra Solar Oriental, la cual es enteramente áurea y sulfúrea, y que sin embargo no es oro común, sino una sustancia simple y despreciable, cuyo único costo no es mayor que el de agacharse para recogerla.
Esta es la Tierra Etíope [Æthiopische Erde], la cual contiene todos los colores en su interior; este es el Androdamas[44] de DEMÓCRITO, el Duenech verde y el Azufre que jamás entra en el fuego común; y el cual, tras la disolución [Solution], se transforma en nuestro Azoth vítreo, o el Vitriolo de la Venus Filosófica [Vitriolum des Philosophischen Veneris].
Esto es suficiente respecto a la Tierra. Ahora queremos hablar un poco sobre el Agua. Este elemento es el Vehiculum (el carruaje) de todos los influjos astrales, ya que todos los vapores de la Tierra son conducidos por él hacia el aire. Por el contrario, en el agua y junto con ella desciende también todo aquello que cae desde el cielo sobre la Tierra; pues en ella se encuentran y se mezclan las naturalezas celestiales y las terrenales, las cuales, no obstante, no pueden ser separadas sin un Arte singular. Y de ahí proviene que la Tierra… [45]
[Pág. 454] EVGENII PHILALETHAE
…todo lo que en ella es puro y sutil lo recibe del Agua; y me refiero aquí a aquellos cuerpos brillantes que los filósofos llaman compuestos (Decomposita). Pues el Águila deja su Huevo, es decir, el Agua deposita su mucosidad [Schleim] en la Tierra, la cual se digiere en su interior convirtiéndose en un Nitro [Niter] y en innumerables otros minerales.
También os hemos hablado antes de dos fuegos o soles: el Celestial y el Central. Ambos distribuyen ahora sus influjos y se encuentran mutuamente en el vapor del agua. Pues Vulcano, o el Sol terrestre, impulsa el agua hacia las alturas, allí donde queda expuesta, por así decirlo, a las emanaciones del Sol, los Planetas y las Estrellas.
Y el Aire es el Templo en el cual los cuerpos superiores se desposan con los inferiores: pues la Luz del Cielo desciende y se unifica aquí con la humedad grasa del aire [fetten Feuchtigkeit der Lufft], la cual yace oculta dentro del agua. Esta Luz es más ardiente que el agua, y la hace hincharse y llenarse de vida, multiplicando su semilla húmeda y mucosa; de modo que la deja caer con gran facilidad cuando se une con un Varón [Männlein] idóneo.
Esto no ocurre antes de que regrese de nuevo a su patria (me refiero a la Tierra): pues allí abajo se encuentra su Collustrum o Varón; con este fin desciende de nuevo hacia la Tierra, y es atrapada de inmediato por el Varón, el cual, con la mucosidad de esta…[46]
[Pág. 455] Las Aguas del Oriente.
…mucosidad unifica su esencia ígnea y sulfúrea. Repara también aquí en que este Azufre es el Padre de todos los Metales, puesto que él aporta la Alma [Seele], mientras que el Agua aporta el Cuerpo [Leib], a saber: el Nitro acuoso a partir del cual el cuerpo metálico es coagulado[47].
Además, debemos saber que en este Azufre habita un fuego extraño e impuro, el cual corroe y disuelve a la Venus acuosa [wässerige Venerem], e intenta transformarla en un azufre impuro (tal como es su propio cuerpo). Sin embargo, esto no puede suceder, porque dentro del Nitro acuoso se halla oculta una luz celestial [himmlisches Licht] que resiste a dicho fuego.
Pues tan pronto como el calor sulfúreo y terrestre comienza a operar, despierta también la luz celestial. Esta se fortalece en la tintura masculina [männlichen Tinctur] —o el fuego puro del Azufre— y comienza así a actuar dentro de su Nitro, rebanando y extirpando el azufre basto y extraño, de modo que permanece por sí misma como un cuerpo metálico brillante [heller metallischer Cörper].
Repara, por lo tanto, en que la Tintura o el Alma del Azufre no puede nacer de nuevo dentro de su propio cuerpo impuro, sino que debe abandonar esa carroña terrestre y tenebrosa [irrdische finstere Aas] y adoptar un nuevo cuerpo purificado, antes de poder unirse con la luz celestial.
Este nuevo cuerpo proviene del Agua, pues ella misma lo ha traído desde el cielo; y es bien sabido que todos nosotros somos nacidos de nuevo del Agua y del Espíritu [Juan 3:5], razón por la cual también algunos teólogos opinan que… [48]
[Pág. 456] EVGENII PHILALETHAE
…el Agua no fue en un principio un elemento aislado, sino que únicamente existía la Tierra[49]. Asimismo, tampoco puedo olvidar aquí aquel pasaje en el cual San Juan sitúa al Agua entre los tres testigos que dan testimonio de DIOS en la Tierra [1 Juan 5:8].
Y a este mismo propósito corresponde el pasaje de San Pablo, donde declara: que aunque DIOS en tiempos pasados permitió que todas las naciones anduvieran en sus propios caminos, con todo, no se dejó a Sí mismo sin testimonio, al darles la lluvia del cielo [Hechos 14:16-17].
Pues la bendición que procede de DIOS no consiste en meras palabras, como suele ser la bendición de un hombre, sino que es puro espíritu y sustancia esencial [lauter Geist und Wesen], y es conducida hacia abajo a través de medios físicos y naturales. Y esta es, precisamente, la bendición que el patriarca deseó para su hijo en Génesis 27, v. 28 y 39: DIOS te dé del rocío del cielo desde lo alto, y de la grasa de la tierra desde lo bajo.
Él conocía muy bien la bendición que el GÓD de la Naturaleza había depositado en tales sustancias naturales. Y por esta razón añade en ese mismo lugar: «El olor de mi hijo es como el olor de un campo que el Señor ha bendecido».
Y San Pablo, en la Epístola a los Hebreos [6:7-8], afirma: que la tierra que absorbe la lluvia que con frecuencia cae sobre ella, recibe la bendición de DIOS; pero la que produce espinas y abrojos es reprobada, está próxima a la maldición, y su fin es ser quemada por el fuego.[50]
[Pág. 457] Las Aguas del Oriente.
Para una mejor explicación de esta bendición, recordamos aquello que ya hemos escrito en otro lugar: que el Agua posee una doble naturaleza o complexión, una externa y otra interna o Central.
La externa es cruda, volátil y flemática; la Central es madura, mucosa, aérea e ígnea. Esta sustancia Central es suave, salina, exteriormente blanca y lunar, e interiormente roja y solar; la cual tampoco puede ser extraída fácilmente sin un imán [Magnet] Solar o Lunar, puesto que dicho imán la atrae hacia sí para su propio sustento [Nutriment] y mantiene con ella una afinidad o simpatía [Sympathia] exacta.
De ahí proviene también la oscura descripción que los filósofos hacen de su Mercurio [☿]: a saber, que se adhiere a los metales; y tal como afirma PITÁGORAS en la Turba: «atrapa a su compañero sin necesidad de fuego». Y por ello encontramos lo siguiente en esa misma Turba: «Existe una gran afinidad entre nuestro Marte y la Magnesia».
También vemos a diario que allí donde una piedra común yace durante algún tiempo en agua ordinaria, se le adhiere una baba o mucosidad [Schleim] que el agua deja caer. Pero, a pesar de todo esto, debemos advertir que este Mercurio Filosófico no se adhiere a los metales comunes, y que los filósofos han sido sumamente sutiles y oscuros con la palabra Mercurio, al igual que con todas las demás. En verdad, reside un misterio muy difícil dentro del Agua, con el cual se han atormentado muchísimos eruditos; y dado que nosotros mismos… [51]
[Pág. 458] EVGENII PHILALETHAE
…hemos pensado en ello, queremos hablar un poco al respecto.
En sus libros se menciona muy a menudo, y en verdad no hay nada más asombroso, que el Agua y el Fuego; pero confunde enormemente al hombre cuando ellos afirman que su Agua es también su Fuego. Sobre esto han escrito de manera tan oscura que a menudo me he enfurecido con ellos.
Sin embargo, encontré a un autor que de buen grado me complació: este autor confiesa que fracasó doscientas veces [zweyhundert mahl gefehlet], a pesar de que conocía perfectamente la materia verdadera; y esto ocurrió debido a su ignorancia sobre el Fuego. Este infortunio propio parece haberlo movido a la compasión [hacia el lector]; con todo, debo decir que expuso su parecer con suficiente claridad según su propio estilo.
«Nuestro Fuego —dice él— es un fuego mineral y perpetuo; no emite humo a menos que el calor sea excesivo, es de naturaleza sulfúrea, y lo disuelve [solviret], calcina [calciniet] y coagula [coaguliret] todo. Se requiere del Arte para encontrarlo y, sin embargo, no es costoso, ni proviene tampoco de la materia verdadera». A todo esto añade finalmente lo que más debemos considerar: «Este Fuego —afirma— no se transforma como lo hace la materia». En verdad, ha dicho más que suficiente, pero solo para aquellos que ya lo comprenden.
Por mi parte, he encontrado un cierto agua mineral fétida [mineralisches stinckendes Wasser], la cual a un…[52]
[Pág. 459] Las Aguas del Oriente.
… Azufre basto lleva consigo; el cual debe ser preparado mediante el Arte, aunque no pertenece esencialmente a la materia misma, y tampoco se evapora a menos que sea excesivamente calentado.
Este agente lo disuelve [solviret], calcina [calciniret] y coagula [coaguliret] todo, pero él mismo jamás es coagulado: pues al final es expulsado por el fuego de la Naturaleza, y se desvanece en forma de un vapor ventoso. Este Menstruum ígneo y sulfúreo contra la naturaleza [contra naturam] me ha enseñado cuán perfectamente coincide nuestra obra con la Naturaleza; pues este fluido realiza aquí dentro lo que el agua común hace en el resto del mundo entero.
Con esta intención, algunos filósofos lo llaman Phlegma [Flema], Ros [Rocío] o Aqua Nubium [Agua de las Nubes], pero no porque en realidad sea tales cosas: por lo tanto, no os hagáis falsas ilusiones. Mas para quien desee saber la razón de tales nombres, un sabio filósofo ofrece este informe: se le llama Aqua Nubium (o agua de lluvia) porque se destila de una manera sumamente sutil, exactamente como el rocío de mayo [Mayenthau].
Esta misma agua es también el acetum acerrimum (el vinagre más penetrante), porque vuelve a un cuerpo completamente espiritual. Pues, del mismo modo que el vinagre posee propiedades diversas —a saber, que penetra y, al mismo tiempo, contrae—, así también esta agua disuelve y coagula a la vez; sin embargo, ella misma nunca se coagula, puesto que no forma parte de la materia final. Continuemos ahora contemplando la materia misma.[53]
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Se ha mencionado que este Fuego realiza dentro del matraz de vidrio [im Glase] lo mismo que el agua común en el resto del mundo entero. Pues, del mismo modo que este elemento húmedo nunca se coagula por sí mismo ni disminuye, a pesar de que la Naturaleza engendra innumerables cosas a partir de él; así ocurre también en nuestra Obra: nuestro Agua no se altera, aunque la materia en su interior sí cambie, engendrándose allí nuestros verdaderos principios, a saber: el Mercurio y el Azufre Filosóficos [☿ y ☉].
Nadie debe maravillarse de que yo afirme que el agua común no se coagula, especialmente bajo la acción del calor; pues digo esto con plena deliberación. Sé muy bien que en el agua existen ciertos cuerpos que se dejan coagular, pero estos no pertenecen propiamente al elemento Agua, sino a otro elemento distinto.
Tampoco niego que una gran cantidad de humedad, mediante la mixtura con otros cuerpos, pueda quedar retenida e incluso llegar a parecerse por completo a una piedra. Sin embargo, con «coagulación» yo no me refiero a la manera en que la harina y el agua se endurecen juntas, sino que entiendo por Coagulación una transmutación del agua pura en Tierra o en Aire, y esto no puede suceder [de forma ordinaria].
Yo sé muy bien que existe un Agua que, sin ningún añadido extraño y bajo un calor suave, se coagula en una sal cristalina y excelente, la cual es más preciosa que el Oro [köstlicher ist als Gold]; pero esa no es un agua de la clase común…[54]
[Pág. 461] Las Aguas del Oriente.
… que se capte con los ojos corporales, sino una humedad invisible diferente, la cual ciertamente se halla en todas partes; pero que (como dice SENDIVOGIUS) no es percibida por nadie hasta que el conocedor del Arte [Kunst-Verständigen] decide manifestarla. Esto podría bastar respecto a esta cuestión; no obstante, continuaré hablando para que no parezca que soy incapaz de demostrarlo, en especial por consideración a aquellos que se niegan a creer que alguien pueda comprender más que ellos mismos.
La íntima comunión [Gemeinschaft] entre el Cielo y la Tierra, la cual se sostiene gracias al constante ascenso y a la volatilidad del Agua, nos demuestra de forma suficiente cuán peligroso sería que este elemento llegara a coagularse. Por lo tanto, resulta increíble pensar que el Dios sabio lo haya creado para ser solidificado, cuando en realidad posee una utilidad y una función completamente distintas.
Pues si en el Agua habitara por sí misma una fuerza astringente y coagulante, esta se volvería poco a poco del todo fija [fix]; y, a partir de ese momento, ya no podría engendrarse ninguna semilla ni cuerpo alguno en el mundo. La razón de ello es que, si el agua quedara fijada [figiret], ya no existirían ni el vapor ni las nubes; y si no hubiera más vapor, tampoco existiría semilla alguna. Pues los Elementos no se encuentran entre sí (para engendrar la semilla de la vida) de otra manera que en forma de vapor [in einem Dampff]. Por ejemplo: la Tierra no puede elevarse hacia las alturas si el Agua no ha sido previamente rarefaccionada [rareficiret]…[55]
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…ya que la Tierra es elevada por el Agua; y si la Tierra no asciende, despojándose de su cuerpo basto, y no es purificada y sutilizada de este modo por el Agua, el Aire no se unirá con ella. Pues es a través de la humedad del Agua como el Aire penetra en la Tierra pura y disuelta [aufgelösete Erde].
Por el contrario, el Agua se unifica aquí con el Fuego por mediación del Aire, del mismo modo que el Aire se une a la Tierra a través del Agua, como si un elemento quisiera corresponder a la amistad del otro. Pues el Aire, gracias a su naturaleza grasa [Fettigkeit], conduce el Fuego hacia el Agua, dado que el Fuego se aferra al Aire como a su propio alimento.
Así pues, queda por advertir que los vapores del Agua son el lugar exacto en el cual los demás Elementos se encuentran, y sin los cuales jamás habrían podido unirse. Pues este vapor es, por así decirlo, el carruaje [der Wagen] sobre el cual la Tierra pura viaja hacia el cielo para desposarse con el Sol y la Luna; y sobre el cual desciende de nuevo a la tierra, después de haber quedado preñada con la Leche del uno y la Sangre del otro [mit des einem Milch, und des andern Blut, geschwängert worden], a saber: con Aire y Fuego, principios que dominan principalmente en estas dos grandes luminarias.
Pero ahora alguien podría objetar que este vapor, tras haber sido fecundado de tal manera, podría llegar a coagularse por acción del calor. A lo cual respondo: que esta semilla mucosa [schleimige Saame] bien puede coagularse dentro del agua, pero el agua misma jamás lo hará; y esto lo demostraré mediante un ejemplo:[56]
[Pág. 463] Las Aguas del Oriente.
… cuando este vapor está completamente impregnado [imprægniret], ya no permanece por más tiempo en el aire, sino que regresa de inmediato hacia la Tierra, de donde había salido originalmente.
Pero ¿cómo desciende de nuevo? Ciertamente no mediante una tormenta o una lluvia violenta, sino que se desliza, por así decirlo, de manera invisible y en el más absoluto silencio [in der Stille wieder herunter]. Pues de un vapor semejante, que ha quedado encinta, no se oye ni se ve nada más durante largo tiempo.
Mas para demostraros lo que os he prometido, os daré un ejemplo basado en el Rocío [Thau]: pues el rocío lleva también consigo una porción de Fuego Estelar [Stern-Feuers]. Por esta razón vemos que cae de una forma totalmente imperceptible; ya que su fuego oculto lo mantiene sumamente sutil suspendido en el aire, impidiendo que se condense [dicke werden] como ocurre con la lluvia común. Sin embargo, cuando se ha aproximado mucho al suelo de la Tierra, se mezcla con otros vapores crudos del suelo y adquiere debido a ello una mayor humedad, por la cual acaba fijándose en forma de gotas.
Pero antes de seguir adelante, contemplemos las palabras de Sirácides [Syrachs]: «¡Mira —dice él— todas las obras del Altísimo! Pues están dispuestas de dos en dos, una frente a la otra» [Eclesiástico 42:24]. En este punto, esto concuerda a la perfección con aquel pequeño libro publicado bajo el nombre de Moisés, donde DIOS le instruye de este modo: «Sabe que para cada criatura he creado un compañero y un opuesto [Widerwärtigen]». Ciertamente, yo no pretendo asegurar como un hecho indudable que Moisés sea el autor real de este librito, o que DIOS le haya instruido exactamente de esa manera…[57]
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Pero lo que sí digo es que estas palabras son, no obstante, verdaderas, y encierran grandes secretos en su interior. Tampoco debe olvidarse la circunstancia [Circumstantz] de que este librito contiene en sí varias palabras hebreas, lo cual demuestra que el autor fue, al menos, un judío, si no el propio Moisés. Pero dejaré a un lado la cuestión del autor y hablaré únicamente de su parecer.
Repara, pues, en que DIOS hizo el Agua opuesta a la Tierra; lo cual resulta evidente por sus características contrarias. Pues la Tierra es dura y áspera, mientras que el Agua es sutil y fluida; la Tierra coagula y contrae, mientras que el Agua suaviza y disuelve. De este modo, la Tierra se cierra sobre sí misma, y encierra dentro de ella al Fuego, de suerte que no puede haber crecimiento alguno a menos que la Tierra sea abierta primero, para que el Fuego pueda operar libremente.
Esto lo podemos comprobar en un grano de trigo, en el cual la fuerza contractiva y terrestre ha clausurado todos los elementos, convirtiéndolo en un cuerpo seco y firme. Mientras este cuerpo permanezca seco, o como dice nuestro Salvador, «permanezca solo» [Juan 12:24] —es decir, mientras esté privado de agua—, no producirá fruto alguno.
Pero si cae en la tierra y muere —esto es, cuando es disuelto por la humedad del cielo—, entonces produce mucho fruto, tal como nuestro Salvador testifica. Porque la muerte no es otra cosa que una disolución [denn der Tod ist nichts anders, als eine Auflösung]. Así, por lo tanto, el Agua disuelve, y a esto le sigue la Vida.[58]
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…Vida. Porque tan pronto como el cuerpo es abierto, el espíritu en su interior comienza a moverse, ya que percibe en el disolvente [Solvente] o agua de rocío a otro espíritu con el cual busca unirse.[59]
Este espíritu es el Aire que se halla encerrado dentro del rocío o del agua, al cual los filósofos llaman el Agua de nuestro Mar, o el Agua de la Vida, la cual no moja las manos [welches die Hände nicht näzet].
Sin embargo, ¿quién creería que un agua seca [trucken Wasser] se encuentra oculta dentro de lo húmedo? Considero que muy pocos. Tal como afirma SENDIVOGIUS al referirse a ciertos sofistas: «No creían que en nuestro Mar hubiera agua, y aun así pretendían llamarse filósofos». Yo mismo, por mi parte, he conocido a muchos de esos filósofos de quienes podría afirmar exactamente lo mismo.
Pero para que regresemos a nuestro propósito principal, a esta sustancia se la llama Aqua Vitae (un Agua de Vida) precisamente porque contiene un Fuego en su interior, el cual es universal y, por tanto, grato para cualquier criatura.
Así pues, la vida o fuego latente en el grano de trigo, actuando como un imán vegetal [vegetabilische Magnet], atrae hacia sí al fuego o vida universal que se halla oculto dentro del agua; y, junto con el fuego, atrae simultáneamente al Aire (el cual sirve como vestido o cuerpo del fuego), al que los PLATÓNICOS denominan el Carruaje de las Almas [Seelen-Wagen] y la lluvia del fuego descendente[60].
[Pág. 466] EVGENII PHILALETHAE
Aquí reside el fundamento sobre el cual está construida todo el misterio de la reproducción natural: pues el cuerpo del grano de trigo se multiplica gracias al alimento [Nutriment] del Aire (no del aire simple, sino en conjunción con otros cuerpos) que yace disuelto dentro del Agua, y el cual es una clase de sal volátil y dulce [flüchtigen süssen Saltzes].
Sin embargo, este Fuego, o vida latente en el grano, se fortalece por medio del Fuego Universal; y este Fuego está oculto dentro del Aire, del mismo modo que el Aire está oculto dentro del Agua. Así pues, podemos comprender aquí que no es el agua simple aquello a partir de lo cual una cosa es engendrada o regenerada, sino el Agua y el Fuego conjuntamente; esto es, el Agua y el Espíritu, o un Agua Viviente [ein lebendiges Wasser]. Si comprendemos esto correctamente, poseeremos un conocimiento inmenso en la Teología.[61]
A modo de conclusión, declaramos que esta es la suma total [Summa] de nuestro pequeño tratado: que la raíz y la semilla radican por completo en la Tierra; y en medio de ellas (exactamente como la mecha de una lámpara se halla inmersa en medio del aceite), se encuentra el Fuego o la vida de la semilla. Esta fuerza ígnea atrae hacia sí al Abryffach o Leffas (es decir, la mucosidad o el jugo vital del Agua), del mismo modo que el fuego de la mecha absorbe el aceite.
Ahora bien, tan pronto como todo el Aire ha sido extraído del Agua, cesa dicha atracción, y da comienzo entonces la digestión o transmutación [Digestion oder Verwandlung]. No obstante, si el agua cruda —la cual ha servido como vehículo [Vehiculum] del Aire— permanece retenida demasiado tiempo junto a la semilla, terminará por impedir su maduración,[62]
[Pág. 467] Las Aguas del Oriente.
…y por esta razón es expulsada simultáneamente por el Sol y por el Arqueo [Archæo], de suerte que vaga de nuevo hacia el aire, donde vuelve a llenarse de la Leche de las Estrellas [Sternen-Milch], para luego descender otra vez como antes.
Esta es también la causa de por qué en la Naturaleza existe esa continua alternancia entre la lluvia y la luz del sol; pues la lluvia trae el alimento hacia abajo desde el aire, y cuando las plantas lo han absorbido, la luz del sol eleva de nuevo el agua cruda hacia las alturas, la cual, de lo contrario, solo estorbaría el crecimiento. Este es el trabajo incesante del agua común, el cual, si esta llegara a coagularse, provocaría que toda la vida y la existencia perecieran por completo.
Debemos contemplar a esta sustancia como un pájaro que vuela saliendo y entrando de su nido para alimentar a sus polluelos. Esto ya ha sido observado por hombres sabios, razón por la cual llamaron a la humedad lechosa que se halla en ella Lac volatilium (o la Leche de los Pájaros), y escribieron además que «los pájaros les traían su Piedra».
Para que finalmente concluyamos, repara en que existe una enorme diferencia entre el agua común y nuestro Agua Química (o Fuego), de la cual nos hemos acordado siguiendo a Pontano: pues nuestro Agua promueve la coagulación, mientras que el agua común la impide. Porque si la flema [Phlegma], o el espíritu crudo…[63]
[Pág. 468] EVGENII PHILALETHAE
… permanece junto al Aire, este último jamás se coagulará; y por esa razón dice SENDIVOGIUS: «Cualquier agua se coagula bajo la acción del calor si carece de espíritu». De este modo, pues, he demostrado mi parecer: a saber, que el agua común no se coagula.
Por lo tanto, nada nos impide deducir de forma infalible que el agua simple y cruda no alimenta a nada, sino que lo hace la resina [Gummi] o la grasa [Fettigkeit] contenida en ella; pues esta sustancia es el Bálsamo Astral [Astralische Balsam] y la humedad elemental que resulta de la mixtura entre lo celestial y lo terrenal, sustentando así a ambos: al cuerpo y al espíritu.
Este es el alimento [Nutriment] universal y viviente con el cual DIOS provee a todas las criaturas, y que se engendra anualmente en los elementos por la obra invisible de DIOS. Este sustento encierra en sí toda la quintaesencia o extracto [Auszug] del Cielo y de la Tierra, y está lleno de Luz y de Vida; se reviste en la Tierra de un color verde y hace brotar las flores como una semejanza del Paraíso.
Para hablar de ello brevemente: esto no es obra de manos humanas, sino una obra del Espíritu de Dios, destinada no solo al beneficio de las plantas, sino también de los propios seres humanos, a quienes DIOS alimentó con ello en otro tiempo. Esto nos lo declaran las Escrituras, las cuales valen más que ARISTÓTELES y GALENO. Pues así leo en el Éxodo [16:13]: «Y aconteció que a la tarde subieron codornices que cubrieron el campamento; y…»[64]
[Pág. 469] Las Aguas del Oriente.
…por la mañana el rocío yacía alrededor del campamento. Y cuando el rocío se hubo evaporado, ¡he aquí! sobre la faz del desierto había una cosa menuda y redonda, menuda como la escarcha sobre la tierra. Y viéndolo los hijos de Israel, se dijeron unos a otros: «¿Qué es esto?» [Manna]. Porque no sabían[65] lo que era. Entonces Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor os da para comer» [Éxodo 16:13-15].
Cualquier niño sabe que el rocío cae en forma de pequeñas gotas redondas; y aquí Moisés señala que, una vez que la humedad cruda y líquida se hubo desvanecido, lo restante quedó como una pequeña cosa esférica: pues conservó permanentemente la forma de la gota dentro de la cual había estado oculto.
Esta sustancia coagulada era oleosa y de una pureza excelente [öhlich und güstig gewesen], lo cual corrobora la propia Escritura al narrar que, en cuanto el Sol calentaba con fuerza, se derretía. Además, era una materia que cambiaba de forma con extrema facilidad y rapidez, razón por la cual Moisés prohibió terminantemente guardar nada de ella para el día siguiente. Con todo, algunos de ellos la reservaron hasta la mañana siguiente (dice el texto), y se corrompió, oliendo mal y llenándose de gusanos. De lo cual nosotros deducimos que, en cierta medida, poseía también una naturaleza animal [auch Animalisch sey].
Así vemos, en definitiva, que el Espíritu de DIOS opera constantemente dentro del Agua, y que hasta el día de hoy no solo actúa sobre ella, sino que deja su impronta en su interior. Y no me cabe la menor duda de que este es el fundamento de aquella profunda pregunta que DIOS, entre muchas otras, le planteó a Job en el capítulo 38, versículo 28: «¿Quién es el padre de la lluvia?»[66]
[Pág. 470] EVGENII PHILALETHAE
«…¿o quién ha engendrado las gotas del rocío?» [Job 38:28]. Es asimismo admirable que los hijos de Israel, al ver esto (pese a que no lo conocían), se dijeran unos a otros: «Esto es Maná». Pues Maná significa, según el sentido estricto de la palabra, una dádiva secreta de Dios; la cual, aunque ciertamente ignoraban en su forma física, sin duda alguna conocían por tradición oral a través de sus antepasados.
Y tal vez la conocían bajo una descripción idéntica a la que ofrece Hermes en Zaradi[67]: a saber, que asciende de la tierra al cielo y vuelve a descender a la tierra. Es muy probable que por esta misma razón lo llamaran Maná, debido a que había caído conjuntamente con el rocío. Fuera de toda duda, Moisés sí lo conocía a la perfección, aun cuando el pueblo llano ignoraba qué sustancia era en realidad.
Del mismo modo, el Becerro de Oro tampoco pudo ser reducido a polvo mediante un fuego común, sino que se requirió el Fuego del Altar, el cual no era un fuego ordinario. Esto se aclara en el Libro de los Macabeos [2 Mac. 1:19-22], donde se halla escrito que este fuego sagrado fue ocultado en una fosa profunda, y que permaneció allí guardado durante todo el tiempo que duró el cautiverio.
¿Quién sería tan insensato como para esconder un fuego común en una fosa con la esperanza de encontrarlo encendido tras el paso de muchos años? Lo más lógico habría sido apagarlo, o arrojarlo a un pozo de agua antes que sepultarlo en una Grube. Nosotros, por nuestra parte, tenemos la certeza absoluta de que se trataba de un elemento completamente distinto al…[68]
[Pág. 471] Las Aguas del Oriente.
…[fuego] hubiese sido, y esto lo corrobora también el texto; pues cuando lo extrajeron de la fosa, no era fuego, sino un agua espesa [dickes Wasser], tal como se lee en el Libro 2 de los Macabeos, cap. 1 y 2. Es indudable que este secreto custodiado perteneció a la tradición judía, y que los sacerdotes y profetas lo recibieron directamente de los patriarcas.
Me refiero a Abraham, Isaac y Jacob, y ellos a su vez lo recibieron de Noé, y todos ellos de Adán, tal como hemos demostrado en otro lugar. Estos fueron, con toda certeza, los hombres que fundaron el orden del mundo e instruyeron a las generaciones venideras. Ellos son los verdaderos Filósofos a quienes Zadith denomina «los abuelos del mundo», y de los cuales cita también varias sentencias.
Queremos ahora, antes de concluir, recapitular todo brevemente según nuestro conocimiento de la Naturaleza. Es una verdad absoluta que nada existe arriba que no esté también aquí abajo; pero en una forma más burda y material [aber gröber und materialischer]. Pues DIOS lo ha dispuesto así para que lo terrenal otorgue un cuerpo [Leib] a los sutiles y vivientes influjos de los astros.
Ahora bien, Dios no tolera ninguna otra mezcla de semillas que no sea entre aquellas de una misma y única especie: pues Él mismo prohíbe en Su Palabra la mezcla de semillas diferentes [Levítico 19:19]. Por ello, los antiguos sacerdotes o, como los llama PROCLO, los fundadores del sacerdocio antiguo, no nos enseñan en vano que el Cielo se halla dentro de la Tierra, pero de una manera terrenal,[69]
[Pág. 472] EVGENII PHILALETHAE
«…¡y que la Tierra se halla dentro del Cielo, pero de una manera celestial!» [Proclo], pues de lo contrario no podrían poseer afinidad mutua. Por lo tanto, afirmamos que en este mundo existen cuatro luces: dos Celestiales y dos Centrales.
Las celestiales son el Sol y la Luna, y estas las ve todo el mundo; las centrales, en cambio, se hallan encubiertas —una por la Tierra y la otra por el Agua—, y por esa razón la gente no cree en ellas. Así pues, dentro de la Tierra se oculta un fuego de naturaleza Solar, si bien algo más denso que el Sol del firmamento; y dentro del Agua habita un aire espeso de propiedad Lunar, aunque no tan brillante como la Luna del cielo.
Para hablar de ello brevemente: el Sol Central arroja una sal cálida y masculina [hitzig männlich Salz] dentro del agua, y el agua la acoge, añadiendo a ella su propia semilla femenina y mucosa [Weiblichen schleimigen Saamen], elevando el conjunto hacia la atmósfera. De este modo se configura el cuerpo de la semilla universal; la cual recibe el Aliento vital desde el Cielo: del de la Luna el Espíritu [Geist], y del Sol el Alma [Seele].
Así es como confluyen las cuatro luminarias, donde las celestiales aportan el espíritu y la vida, mientras que las terrenales proveen el cuerpo físico [Leib]. Esta semilla es transportada de forma oculta por el Viento y se manifiesta en el Agua; me refiero, por supuesto, al agua clara y cristalina [hellen Cristallinischen Wasser] a partir de la cual es extraída: pues no existe ninguna otra sustancia bajo el sol en la que pueda ser hallada. Por mi parte, yo mismo la he encontrado en los metales comunes: en el Mercurio, en el Antimonio y en el[70]
[Pág. 473] Las Aguas del Oriente.
…Régulo de Antimonio, el Régulo de Marte, en Venus [Cobre], en Saturno [Plomo], y en todos esos cuerpos similares; pero en vano, pues lo buscaba allí donde no estaba. En todo este error caí justo después de haber reconocido ya cuál era la Materia Primera: pues, al haberme fallado el primer experimento, abandoné dicha materia por considerarla una sustancia imposible de manipular; y debido a ello me embarqué en muchas empresas insensatas.
Llegué a imaginarme con total certeza que un vitriolo extraído del Antimonio, de Marte, de Saturno y de Venus constituía el Azoth vítreo de LULIO, cuyo espíritu o agua alaba él con tanto encarecimiento en su Testamentum.
Todo esto suena, en verdad, sumamente bello, y puede llenarle tanto la cabeza a un buen joven hasta el punto de convertirlo en un poeta que miente en verso, tal como hacía el demonio en Delfos [el Oráculo]. También me pareció sumamente sugerente el discurso de PARMÉNIDES en la Turba: «Tomad cobre o plomo para dar color, y estaño para la fundición».
¿Qué otra cosa podía significar esto a primera vista sino el Antimonio? ¿Y qué otra cosa podía ser ese «estaño para la fundición» sino el Régulo? Por esta razón trabajé durante largo tiempo en ello, porque consideraba al Antimonio como el Estaño Filosófico.
Sin embargo, todas estas alegorías apuntan hacia una materia mineral [Minera] completamente distinta, y no hacia el Antimonio, al cual el maestro descarta con estas palabras: «Repara también en que los autores envidiosos [die Neidischen] han llamado Antimonio a la Piedra». Pero tal como los envidiosos lo… [71]
[Pág. 474] EVGENII PHILALETHAE
…llaman, es evidente que no puede ser tal sustancia. Y el propio BASILIO VALENTÍN en su Currus Triumphalis Antimonii [El Carro Triunfal del Antimonio] afirma: «Dios no le ha otorgado al Antimonio la virtud de contener en su interior aquel Mercurio que es el Primer Ente [Ens] de los filósofos, a partir del cual se forma la Piedra. Al contrario, este se halla en otro mineral diferente, en el cual la naturaleza metálica es superior a la del Antimonio».
Este mismo Basilio Valentín se pronuncia poco después en los siguientes términos al hablar del Estrella de Marte [Stern des Martis]: «La mayoría —dice él— opina que esta estrella es la verdadera materia de la Piedra de los Sabios, y se imaginan que están en lo cierto porque la propia Naturaleza ha dibujado esa estrella. Pero yo digo que no. Estas personas se desvían del camino recto, marchando por riscos impracticables donde habitan las cigüeñas y anidan las aves de rapiña. No hay tanto poder en esa estrella como para ser la materia de la Piedra [Lapidis], aun cuando en ella se oculte una medicina excelente».
Por lo tanto, debemos dejar a un lado los metales comunes, a saber: el Oro, la Plata, el Cobre, el Hierro, el Plomo, el Estaño, el Antimonio crudo [Spießglaß] y el Mercurio viva [Quecksilber]. Pues jamás lo encontraremos en los metales comunes, tal como afirma SENDIVOGIUS.
Debemos, por consiguiente, buscar una sustancia distinta, que no provenga de la amalgama de los metales ordinarios: pues se trata de un Azufre Negro [schwarzer Schweffel] que la propia Naturaleza produce, el cual jamás ha entrado en ningún fuego. Este es el mismo del que ALBERTO MAGNO habla… [72]
[Pág. 475] Las Aguas del Oriente.
…así lo ha escrito: «Existe en la Naturaleza una esencia metálica fácil de disolver y de someter a putrefacción; si eres capaz de prepararla, serás un médico sumamente afortunado».
Siguiendo sus pasos, su discípulo TOMÁS DE AQUINO se pronuncia de igual modo sobre esta misma materia mineral [Minera], citando las memorables palabras de otro filósofo: «Es —afirma— una especie de metal que el vulgo jamás ha encontrado». Este es el metal que debemos buscar, y aunque es difícil de hallar, no es necesario excavar la tierra para obtenerlo; al contrario, quien lo conoce solo tiene que agacharse, y así lo podrá recoger sin coste alguno [darff sich nur darnach bücken, so kan ders ohne Unkosten aufheben].
Con todo, no se trata ni del Antimonio de GLAUBER, ni del plomo común, ni del guijarro de sílex, ni tampoco de la médula de piedra [Steinmarck] de PIERRE-JEAN FABRE, quien, tras trabajar fatigosamente con el antimonio y el sublimado corrosivo, terminó buscando el azufre en dicho terrón de tierra.
Pero dejemos a un lado estas necedades y pasatiempos de bufón [Narren-Possen] para llegar finalmente a una conclusión. Así pues, yo os digo que este Azufre Negro es el Varón [Männlein] que debemos encontrar en primer lugar, para buscar después a la Hembra [Weiblein].
Y repara aquí en que DIOS no ha establecido en la Naturaleza una separación tan evidente entre el varón y la hembra, excepto únicamente en los animales: pues en las plantas y los minerales no se percibe semejante distinción. Como ejemplo de ello, en un grano de trigo no encontramos un varón o una hembra por separado; pues todos ellos son varones, y DIOS no les ha dado de otro…[73]
[Pág. 476] EVGENII PHILALETHAE
… modo, sino que les ha dado la Hembra Universal: a saber, el Agua, cuya semilla se mezcla con la semilla y el espíritu latentes en el grano de trigo, multiplicándolo y perpetuándolo de esta manera.
Exactamente lo mismo ocurre con los metales: pues todos ellos son masculinos y sulfúreos [männlich, Sulphurisch], y DIOS no ha ordenado que se unan unos con otros para reproducirse; sino que los ha destinado a aquella semilla[74] específica en la cual DIOS el Señor ha depositado la bendición de la multiplicación.
Así pues, en los metales no existe una diferencia de sexo [kein Unterscheid des Geschlechts]; por lo tanto, es del todo imposible extraer de ellos, por sí mismos, una semilla masculina y otra femenina: pues tales principios solo pueden extraerse de aquellos cuerpos que ya poseen en sí mismos una naturaleza diferenciada de varón y hembra. Ahora bien, los metales no están constituidos de esa manera; de lo contrario, se reproducirían entre sí en la naturaleza sin la asistencia del Arte [la alquimia].
Por consiguiente, es indudable que los metales (puesto que no son hombre ni mujer) no engendran una semilla propia, ni tampoco pueden darla: pues su origen proviene de la Semilla Universal de los Elementos, la cual se manifiesta bajo la forma de un agua grasa [eines fetten Wassers], tal como expone SENDIVOGIUS.
Esta Agua es su semilla, su Madre y su Esposa [ihre Mutter und ihr Weib]; pues a partir de ella fueron engendrados en el principio, y en esa misma forma líquida deben ser disueltos [aufgelöset] de nuevo. Entonces, el Hijo [el metal] atrae magnéticamente a su Madre [el agua grasa] hacia sí, y la transmuta en su propia naturaleza; por el contrario, el espíritu de la Madre multiplica el espíritu del Hijo, conduciéndolo hacia una extraordinaria…[75]
[Pág. 477] Las Aguas del Oriente.
…perfección. Este es el camino, y ningún otro; pues no existe ninguna agua bajo el cielo, provenga del cuerpo que provenga, que posea en sí misma la virtud de multiplicarse, a excepción de esta única Agua bendecida por DIOS.
Y en este punto no me refiero a los metales comunes, aun cuando parezca que hablo de todos los metales de forma general. Pues los espíritus de los metales comunes han sido asesinados por el fuego [Denn ihre Geister sind im Feuer getödet].
Toma, por lo tanto, nuestro Azufre, aquel que jamás ha entrado en ningún fuego y cuya vida permanece todavía enteramente intacta en su interior; a este Varón vivo dale una Esposa viva [diesem lebendigen Manne gieb ein lebendiges Weib]. Pues en ello radica (como ya he advertido en otros lugares) el misterio entero: a saber, en la unión del Espíritu Universal con un cuerpo en particular[76], por medio de la cual la Naturaleza es grandemente exaltada y multiplicada.
Busca, por consiguiente, unificar a estos dos de forma exacta y esencial, y así no podrás errar, siempre y cuando sepas aplicar el método correctamente: pues repara bien en este secreto, que la manera y el modo de unificar a estos dos entre sí constituye la mayor dificultad de todo el Arte [die größte Schwürigkeit in der gantzen Kunst sey].
Que te vaya bien, lector mío, y haz buen uso de este trabajo que te comunico de todo corazón; en el cual ciertamente no busco mi propio interés, sino la gloria de DIOS y tu propio beneficio.
FIN[77]
[Pág. 478] EVGENII PHILALETHAE
Un breve apéndice y recordatorio
al lector.
No era mi intención añadir nada más; pero cuando reflexiono sobre las fatigas y esfuerzos que yo mismo he tenido que superar, me parece casi como si lo dicho no fuera suficiente todavía. Por lo tanto, para hablar con un poco más de claridad, sabed lo siguiente: quien busque el Mercurio de los Sabios en metal alguno, ya ha fracasado por completo.
Porque el Mercurio de los Sabios [Mercurius Philosophorum] es un Agua, mientras que en los metales ya no queda agua alguna; pues el Azufre [Schweffel] de los mismos no solo la ha coagulado, sino que la ha secado por completo.
Esto se puede comprobar claramente en el mercurio común y en el antimonio, los cuales son los cuerpos más rudos entre todas las sustancias metálicas; y, sin embargo, su humedad interna ha sido ya tan severamente secada por el fuego [de la Tierra] que, si intentamos sublimarlos, no se deposita ningún espíritu húmedo, sino únicamente flores secas [trockne Flores] [polvo cristalino].
Por esta razón, los Filósofos buscaron una materia mineral mucho más ruda y virgen [eine rohere Mineram], la cual desprendiera de sí un vapor húmedo y condensara bajo la forma de un agua, debido a que todavía no había sido dominada por completo por el Azufre. Y no se ha de encontrar otra materia semejante más que aquella sustancia a partir de la cual la propia Naturaleza fabrica el mercurio común; a la cual ellos también denominan «Mercurio», o bien un «agua mucosa y viscosa», pues tal es el aspecto que presenta. En esta materia mineral específica, el vapor mercurial no está todavía seco del todo, sino que condensa a la manera de un Agua,[78]
[Pág. 479] Las Aguas del Oriente.
… con la cual ellos disuelven también los metales. Pues los vapores húmedos de esta materia mineral [Minerae] hacen que los vapores metálicos contiguos se licúen en agua, y a esto lo denominan Mercurium Philosophorum [Mercurio de los Sabios] y Mercurium Duplicatum [Mercurio Duplicado].
Sobre este punto no necesito gastar ya más palabras, y con lo dicho es más que suficiente para nuestros corruptores de metales [Metall-Verderbern] y fundidores de antimonio[79] —quienes se dedican a fantasear con grandes secretos contemplando el humo de dicha sustancia, como si se hubieran transformado en profetas del humo [Rauchpropheten]—, a menos que pretendan ser ignorantes de forma deliberada.
Yo no niego que el antimonio común pueda ser transformado en un agua mercurial, aunque a decir verdad no sé qué utilidad real tenga; puesto que en él no se halla ni nuestro Mercurio ni nuestra Tintura [Tinctur], si es que hemos de otorgar crédito a BASILIO VALENTÍN. Es indudable que los Filósofos se sirven de él; pero lo hacen únicamente como una mera herramienta, la cual no permanece en la composición final del diseño, de la misma manera que tampoco permanece el fuego ordinario del horno. Con todo, el antimonio común no es la materia de ellos, y muchísimo menos lo es el oro ordinario, como imaginan ciertos ignorantes.
Existe, en verdad, otro Antimonio completamente distinto, en el cual radica nuestro Azufre [Schweffel] y la materia de todo el Arte. Sin embargo, este es tan sumamente difícil de hallar y de preparar que un hombre casi estaría a punto de caer en la desesperación por ello. No obstante, si examinas con profunda seriedad lo que he dejado escrito, y reparas en aquello que en varios pasajes se me ha escapado con toda intención, aprenderás con absoluta certeza tanto la identidad de la Materia misma como el modo de su preparación.[80]
[Pág. 480] EVGENIUS PHILALETHES. Las Aguas del Oriente.
Para que yo pueda finalmente concluir: repara en que los Filósofos poseen dos Mercurios o Aguas. El primero es el Espíritu de nuestro Antimonio [der Geist unsers Antimonii] —y aquí entiéndeme de forma correcta—; el segundo procede del Mercurio y la Venus de los Filósofos [aus dem Mercurio und Venere der Philosophen], y con esto es suficiente.
No obstante, para ganar tiempo, los Filósofos lo fermentan con oro común [gemeinem Golde]. He dicho casi más de lo que legítimamente podría justificar, pero las fatigas y esfuerzos que yo mismo he tenido que superar me han impulsado a ello.
Con todo, sé sumamente prudente en tu imaginación y no te dejes engañar por la palabra ANTIMONIO [laß dich das Wort ANTIMONIVM nicht betriegen], pues de lo contrario perderás tu tiempo y tu dinero. Esto es todo cuanto he querido comunicarte; ahora depende enteramente de ti cómo decidas utilizarlo. Si puedes creer todo esto, enhorabuena; si no es así, entonces no trabajes en el laboratorio, o tú mismo sufrirás el castigo de tu propia incredulidad.
F I N[81]
[1] La figura de Johann Langen (o Johann Lange), activo durante la segunda mitad del siglo XVII, es una de las más enigmáticas pero fundamentales dentro de la historia de la alquimia en Alemania. Aunque los detalles de su vida personal y biografía exacta son muy escasos (un fenómeno común entre los eruditos herméticos de la época que preferían el anonimato), su impacto como traductor y editor fue inmenso.A finales del siglo XVII, Inglaterra vivía una «edad de oro» de la literatura alquímica y mística gracias a autores como Thomas Vaughan (quien escribía bajo el seudónimo de Eugenius Philalethes) y George Starkey. Al traducir textos tan complejos del inglés y del latín al alemán, permitió que la tradición hermética centroeuropea asimilara las nuevas corrientes místicas e investigativas británicas. Langen no solía escribir tratados propios; su genialidad radicaba en compilar, editar y anotar textos de terceros. Como menciona el documento que compartiste, unificó trabajos cruciales en colecciones: Zwey chymische Tractätlein (Dos pequeños tratados químicos, 1674). Drey schöne und auserlesene Tractätlein (Tres hermosos y selectos pequeños tratados, 1673). Entre sus traducciones más famosas destaca el Introitus apertus ad occlusum regis palatium (La entrada abierta al palacio cerrado del rey) atribuido a Philaletha, una de las obras cumbres de la alquimia medieval y moderna, muy estudiada en su tiempo incluso por científicos como Isaac Newton. Traducir alquimia en el siglo XVII no era una tarea meramente lingüística, sino técnica y espiritual. Los textos estaban repletos de «claves», metáforas oscuras (como «el rubí celestial» o «el pozo de la ciencia») y alegorías para evitar que los secretos de la transmutación cayeran en manos equivocadas. Que Langen fuera el traductor predilecto de estas obras demuestra que poseía el conocimiento operativo y simbólico necesario para interpretar correctamente los manuscritos originales sin destruir su significado oculto. La primera edición de la antología con escritos alquímicos del rosacruz inglés Vaughan (1621-1665), quien fue un admirador de Cornelius Agrippa y maestro de George Starkey, así como de otros autores, editada y traducida por Johann Lange. 1749 nuevamente (reedición con la misma paginación). Contiene: 1) Philaletha: „Eröffneter Eingang zu des Königs verschlossenen Pallast“ [Entrada abierta al palacio cerrado del rey], 2) Frater Ferrarius, Von dem Stein der Weisen, und wie man den recht bereiten solle Fratris Ferrarii Monachi [Sobre la piedra filosofal, y cómo debe prepararse correctamente del monje Frater Ferrarius], escrito a Su Santidad Papal […] traducido de nuevo al alemán por Johann Langen, 3) Philaletha, Tractätlein von Verwandelung der Metallen [Pequeño tratado sobre la transmutación de los metales]. Der andere Tractat, Eine kurtze Anleitung zu dem himmlischen Rubin. Von dem Stein der Weisen und seinem Geheimnüß [El otro tratado, Una breve guía hacia el rubí celestial. Sobre la piedra filosofal y su secreto]. Der dritte Tractat, Der Brunnen der chymischen Wissenschafft [El tercer tratado, El pozo de la ciencia química]. Traducido por Johann Langen, 4) Ídem: „Von dem Stein der Weisen und seinen Geheimnüssen“ [Sobre la piedra filosofal y sus secretos] (Pág. 254), 5) Ídem: „Brunnen der chymischen Wissenschaften“ [Pozo de las ciencias químicas] (Pág. 301), 6) Wigands von dem Rothen Schilde, Ein schön Tractätlein genannt die Herrlichkeit der Welt [De Wigand del Escudo Rojo, Un hermoso pequeño tratado llamado La gloria del mundo]. Traducido del latín […] por Johann Langen. (Pág. 331). Une las dos ediciones previamente editadas por Lange: „Zwey chymische Tractätlein“ [Dos pequeños tratados químicos] (también: „Chymisches Zwey-Blat“) 1674 y „Drey schöne und auserlesene Tractätlein“ [Tres hermosos y selectos pequeños tratados], 1673. De hecho, fue responsable de la edición alemana del texto de Álvaro Alonso Barba: Albaro Alonso Barba, Eines Spanischen Priesters und hocherfahrnen Naturkündigers Berg-Büchlein : Darinnen von der Metallen und Mineralien Generation und Ursprung, wie auch von derselben Natur und Eigenschafft, Mannigfaltigkeit, Scheidung und Feinmachung, ingleichen allerhand Edelgesteinen, ihrer Generation etc. ausführlich und nutzbarlich gehandelt wird ; Anfangs in Spanischer Sprache beschrieben, und in zwey Theile getheilet. Nun aber Allen Bergwercks-Zugethanen und Bedienten, ingleichen auch andern Ertz- und Natur-Kündigern, und der Alchymie Beflissenen zu Dienst und Gefallen Ins Teutsche übersetzt von I.L.M.C [i.e. Iohann Lange], Franckfurt am Mayn, Fleischer, 1739
[2] El testimonio es curioso, teniendo en cuenta el cuaderno de experimentos, del cual se da un relato completo en el Apéndice I de la edición de A.E. White, y en vista de la historia de la muerte de Vaughan. Él era, además, un estudiante e intérprete de la literatura alquímica, como no hace falta decir, pero su tesis presumiblemente es —a pesar del simbolismo de estos— que los grandes alquimistas no trabajaban con metales.
[3] La Alquimia como «Martirio de los Metales» (Marter der Metallen): Esta es una crítica feroz y muy común entre los verdaderos filósofos herméticos hacia los llamados «sopladores de carbón» (crucible-melters o sopladores). Vaughan desprecia la alquimia puramente metalúrgica y comercial, que consistía en torturar sustancias con fuego violento en laboratorios mundanos para conseguir oro de forma codiciosa. Para él, la verdadera disciplina es la Filosofía Natural Espiritual.
La Materia Universal (Universal-Materie): Vaughan insiste en que el secreto de la creación no radica en un metal (como el oro o el plomo común), sino en un principio cósmico, una sustancia primigenia y viva que sostiene, nutre y mantiene la vida de todo el universo. Es el concepto del Anima Mundi (el Alma del Mundo) o el espíritu divino plasmado en la materia.
La honestidad del Filósofo (La confesión del error): Un aspecto fascinante del texto es la vulnerabilidad y honestidad del autor al confesarle al lector que «en la práctica, tuvo que abandonar sus propios principios» tras fracasar en su primer experimento de laboratorio. En la literatura esotérica, admitir el error inicial no restaba autoridad; al contrario, demostraba que el autor era un buscador genuino guiado por la experiencia empírica (durch die Erfahrung selbst überzeugt) y no un charlatán que pretendía poseer recetas infalibles desde el primer día.
Uso del término Judicium: Al igual que en la página 414, vemos la inserción de conceptos latinos (Judicium – juicio / opinión razonada, Autoris – del autor, Praxi – en la práctica, Principia – principios). Esto eleva el tono del texto de un simple manual de instrucciones a una disertación académica y filosófica seria.
[4] Los «Corruptores de los Metales» (Metall-Verderbern): Vaughan acuña este término despectivo para referirse a los falsos alquimistas vulgares. Confiesa con amargura haber perdido tres años enteros (drey gantzer Jahr herum gesudelt, literalmente «ensuciándose» o «chapoteando») siguiendo sus erróneos métodos empíricos antes de regresar a la senda del «solvente universal».
La Paradoja del Solvente (Solvens): Establece una regla química/hermética fundamental: los metales contienen secretos cuando se disuelven correctamente, pero es una soberana tontería (Thumheit) buscar el compuesto disolvente dentro de los propios metales. El agente transmutador proviene de una fuente exterior y superior (el aire, el rocío, el espíritu cósmico).
Autodidactismo y el Esfuerzo Físico: El autor reclama con orgullo su independencia intelectual al afirmar que «nadie me ha instruido» (mich niemand unterrichtet). En la tradición hermética, no tener un maestro humano significaba que el conocimiento había sido otorgado directamente por revelación divina o por la observación implacable de la naturaleza (lo he extraído de la tierra con gran esfuerzo).
La Censura y los Próximos Tratados: Vaughan confiesa que retiene el 90% de lo que sabe («apenas la décima parte») por razones de seguridad hermética. Remite al lector a su futura Meteorología (donde los alquimistas solían explicar cómo las influencias astrales bajan a la tierra a través de la atmósfera, la lluvia y el aire) y decide ocultar los misterios más sagrados bajo la Philosophia Gratiae.
La advertencia contra la codicia (Gold-Berge): El texto corta de raíz la ambición materialista. Advierte al lector que no lea este libro esperando construir «montañas de oro» virtuales. El fin de la obra es la iluminación mental y médica, no la riqueza metalúrgica.
[5] Alquimia para la Medicina, no para el Oro: El autor enlaza el final de la página anterior afirmando que su texto no es para buscar riquezas materiales, sino para «construir la Medicina». El fin último de la alquimia hermética es el Elíxir de la Vida o la medicina universal capaz de sanar tanto los cuerpos enfermos como el alma humana.
El Símbolo Alquímico (☿): El texto impreso inserta directamente el carácter ☿, que representa al Mercurio vulgar (azogue). Vaughan advierte de forma tajante: «guárdate del mercurio y de los metales comunes». El verdadero sujeto alquímico es un principio cósmico («la primera mixtura de los elementos»), vivo y sutil, no el mineral líquido y tóxico del laboratorio.
Hermetismo y Neoplatonismo (Jámblico y Egipto): Al citar a Jámblico (filósofo neoplatónico sirio) y las tradiciones de los sacerdotes egipcios, apela a la Prisca Theologia (la teología antigua u original). Sostiene que los secretos de la creación fueron otorgados por revelación mística y divina (una visión bienaventurada) en los albores de la civilización.
El Conocimiento como Don Divino (Handgriff): El término Handgriff alude a la manipulación práctica o el «truco del oficio» en el laboratorio. Vaughan insiste en que el éxito no se logra estudiando textos de forma intelectual o ciega, sino mediante la oración y la alineación moral con Dios, ya que la revelación de la materia es una gracia divina.
Sátira de la Ortodoxia Religiosa de su Época: El pasaje sobre San Pablo es una brillante crítica social a la intolerancia religiosa de mediados del siglo XVII (época de la Guerra Civil Inglesa y las disputas sectarias). Vaughan señala con ironía que si San Pablo viviera en su tiempo y hablara de sus visiones y revelaciones directas, las iglesias institucionales lo tildarían despectivamente de anabaptista o cuáquero (sectas radicales y perseguidas de la época que defendían la iluminación interior).
[6] La Neumatología del Agua (Ángeles y Elementos): Vaughan argumenta que los elementos químicos y físicos de la naturaleza no son materia muerta o puramente mecánica (oponiéndose a la visión que empezaba a surgir con la física cartesiana y mecanicista). Al citar al «Ángel de las Aguas» del Apocalipsis y al ángel sanador del estanque de Betesda, sostiene que el agua está impregnada de agentes espirituales e inteligentes que la activan y le otorgan propiedades curativas o vivificantes.
El Caos Primordial (Génesis 1:2): La mención del Espíritu de Dios que se movía sobre la faz de las aguas es el pilar de la cosmogonía alquímica. Para los herméticos, el agua primigenia era la matriz original de la creación, el «caos» del cual Dios extrajo el universo físico, dejando una impronta o chispa divina atrapada dentro de la materia misma (dass Gott um und in der Materie würcke).
San Juan como Alquimista según Avicena: Resulta fascinante la mención de Avicena (Ibn Sina, 980–1037), el célebre médico y filósofo persa medieval, a quien en Europa se le llamaba habitualmente «Fürst» (Príncipe de los Médicos). En la tradición pseudo-avicénica y los manuscritos alquímicos medievales, se extendió la idea de que San Juan Evangelista poseía el secreto de la transmutación debido al lenguaje altamente simbólico, metálico y mineral del libro del Apocalipsis (menciones al oro puro, piedras preciosas, el mar de cristal y el río de agua de vida).
Evitar la «Disputa» Escolástica: Vaughan concluye señalando que, aunque la tesis de San Juan como alquimista es defendible si se analizan los textos con rigor, prefiere no enredarse en disputas teológicas estériles (Streit), prefiriendo enfocarse en la observación práctica y filosófica de la Naturaleza a la que tanto respeta.
[7] La unidad entre la Palabra (Biblia) y la Obra (Naturaleza): Vaughan ataca duramente la postura teológica de los sectores más dogmáticos u ortodoxos de su época, quienes consideraban que mezclar las Sagradas Escrituras con el estudio de la naturaleza física era degradar la palabra divina. El autor tilda esto de «peligrosa blasfemia» (gefährliche Gotteslästerung). Para un rosacruz o un filósofo hermético, el mundo físico (las obras de Dios) y la Biblia (la palabra de Dios) son dos libros escritos por el mismo autor divino; por lo tanto, no pueden contradecirse ni rebajarse mutuamente.
La Alquimia y la Medicina como restauración de la Caída: Utilizando la famosa metáfora evangélica de que «los sanos no necesitan médico», Vaughan argumenta que la revelación divina existe precisamente porque el ser humano está «enfermo» a nivel espiritual y físico tras el pecado original. En la mentalidad de Thomas Vaughan, la verdadera alquimia (la búsqueda de la Piedra Filosofal o el Elíxir) tiene una función redentora: es una medicina integral destinada a restaurar la pureza perdida de la creación.
El Estado Antropológico Pre y Post-Lapsario: El autor divide la historia humana a través del concepto de la Caída (der Fall).
- Antes: El ser humano poseía por gracia divina la inmortalidad física y un conocimiento intuitivo y absoluto de los secretos de la naturaleza (vollkommene Weisheit).
- Después: Como castigo, el hombre degeneró y heredó la muerte y la ceguera intelectual (Unwissenheit). Por ende, el estudio de la filosofía natural y la alquimia es un esfuerzo bendecido por Dios para recuperar, aunque sea de forma parcial en la Tierra, aquella sabiduría e inmortalidad perdidas.
[8] El imperativo del conocimiento en vida: Vaughan plantea una tesis radical: la mortalidad del cuerpo es un castigo físico ineludible de la Caída, pero la ignorancia de la mente es una enfermedad que el ser humano tiene la obligación moral de sanar antes de morir (ehe wir unsere Sterblichkeit ablegen können). Para él, la pasividad intelectual es un pecado; el estudio de la creación es un requisito indispensable para la salvación.
La Naturaleza como el Gran Libro de Dios: El autor lanza un desafío teológico directo. Sostiene que la Biblia no nos pide conocer a Dios de forma abstracta o meramente teórica. Dado que Dios se expresa en la materia, conocer a Dios exige obligatoriamente estudiar Sus obras físicas. Y añade una definición científica impecable para la época: la Naturaleza (die Natur) es, por definición, el conjunto de las obras tangibles de Dios y nada más (denn dieselbige ist sein Werck und sonst nichts).
Crítica al intelectualismo bíblico y al misticismo pasivo: Vaughan realiza una brillante distinción respecto al concepto de «Inspiración» (Eingebung). Arremete contra quienes creen que basta con leer mecánicamente la Biblia para recibir el Espíritu Santo. Con un juego de palabras teológico muy agudo, recuerda que la Escritura fue inspirada por el Espíritu Santo para ser escrita, pero el libro físico impreso en papel no tiene el poder automático de «inyectar» o transmitir la chispa del Espíritu Santo al lector si este no busca activamente la verdad a través de la experiencia viviente de la Creación.
[9] El milagro como transmutación física (Verwandlung): Para Vaughan, el hecho de que la vara de Moisés se convierta en serpiente, o que el agua de los ríos de Egipto se transforme en sangre, son ejemplos de transmutaciones directas. En la mentalidad hermética, estas narraciones bíblicas eran pruebas irrefutables de que la materia es plástica, mutable y que sus formas externas pueden reconfigurarse radicalmente si se conoce el agente o principio energético adecuado.
La prueba en la Naturaleza (in der Natur waren): El autor insiste firmemente en que las plagas de Egipto (granizo, fuego, oscuridad, pestes) fueron «obras milagrosas y, sin embargo, ocurridas dentro de la Naturaleza». Vaughan argumenta que Dios nunca exige fe a ciegas basándose en abstracciones metafísicas; siempre ofrece una demostración empírica y física a través del teatro del mundo material para que los seres humanos reconozcan su soberanía.
La cita al rey Ciro (Isaías 45): El uso del pasaje de Ciro el Grande es sumamente estratégico. Ciro era un rey pagano (persa) que originalmente no conocía al Dios de Israel («yo te llamé cuando aún no me conocías»). Vaughan utiliza este argumento para demostrar que el conocimiento de Dios es universal y accesible para cualquier cultura o filósofo natural a través del estudio macrocósmico de la creación (la luz, las tinieblas, los cielos y la tierra), independientemente de las fronteras religiosas institucionalizadas.
Dualidad Alquímica Cósmica: La cita de Isaías («yo formo la luz y creo las tinieblas») resuena profundamente con la dualidad de las fuerzas de la Gran Obra. Los alquimistas veían en este versículo la confirmación de que los principios opuestos del universo (la luz/el azufre/lo activo y las tinieblas/el mercurio/lo pasivo) emanan de la misma Fuente única y deben ser integrados por el operador en el laboratorio.
[10] El Libro de Job como Tratado Científico / Filosófico: Vaughan remite al lector a los famosos capítulos finales del Libro de Job (38-41), donde Dios responde a Job desde el torbellino. Para los alquimistas medievales y modernos, estos capítulos no eran solo poesía sagrada, sino un compendio de alta filosofía natural dictado por el Creador. En ellos se habla de las leyes de los astros, los depósitos de la nieve y el granizo, los ciclos de la lluvia, el rocío y la gestación de los animales. Vaughan argumenta que la Biblia encierra misterios físicos que ningún filósofo pagano (como Aristóteles) logró vislumbrar jamás.
La Corrupción y Redención Cósmica (Macrocosmos y Microcosmos): Vaughan establece una estricta ley de correspondencia. Sostiene que cuando el ser humano cayó (pecado original), su decadencia no se limitó a su alma o cuerpo (el microcosmos), sino que arrastró e infectó de muerte a todo el tejido de la creación material (el macrocosmos), haciendo que la Tierra entera enfermara y produjera espinas, venenos y enfermedades. Por pura lógica matemática y teológica, argumenta que si la enfermedad afectó a todo el cosmos, la medicina de la redención también debe sanar a todo el cosmos.
El «Salvador» de la Naturaleza: Esta es una declaración audaz y netamente alquímica: «la Naturaleza también tiene un Salvador». En el contexto de Thomas Vaughan, este Salvador material no es otra persona divina diferente a Cristo, sino la extensión de la gracia redentora a través de una Medicina Universal o agente físico-espiritual (la Piedra Filosofal o el Elíxir). Los alquimistas veían en su trabajo de laboratorio un reflejo de la obra de Cristo: purificar la materia corrompida, «hacerla morir» en el crisol y resucitarla en una forma perfecta, incorruptible y glorificada.
La Escatología de la Nueva Tierra: Al citar la promesa bíblica de un «cielo nuevo y una tierra nueva» (Apocalipsis 21 / 2 Pedro 3:13), Vaughan la lee en clave transmutacional. El fin del mundo no es la aniquilación de la materia hacia la nada, sino su purificación alquímica final por fuego, transformando este planeta opaco y sufriente en un cuerpo de pura luz y justicia.
[11] La metáfora del prisionero y la cadena: Vaughan ofrece una imagen literaria magistral al describir el estado actual del universo. Tras el pecado original, el ser humano se convirtió en un «prisionero» esotérico. La degradación física del entorno (las tormentas, la putrefacción, las enfermedades de las plantas y los metales) no es un castigo independiente de Dios, sino una densa «cadena que el hombre arrastra tras de sí» (eine Kette, welche dieser Gefangene hinter sich herschleppet). Si el prisionero es liberado y restaurado en su salud original, los eslabones de la cadena (los elementos de la naturaleza) se sanarán automáticamente con él.
La Biblia como un Manual de la Naturaleza: Vaughan radicaliza su postura empirista al afirmar de manera contundente que cuando lee la Biblia, no encuentra en ella «otra cosa que lo que concierne a la Naturaleza». Para la ortodoxia eclesiástica de la época (puritanos y anglicanos en Inglaterra, o luteranos en Alemania), esto rozaba la herejía. Sin embargo, para los alquimistas, los milagros espirituales descritos en los textos sagrados no eran actos de magia inmaterial, sino leyes de una física cuántica divina superior, donde el Espíritu Santo interactúa molecularmente con la materia.
La redefinición de los Dones Divinos: El autor desmitifica la idea de que la «gracia», el «nuevo nacimiento» o la «iluminación» sean fenómenos puramente invisibles y ajenos al mundo real. Vaughan los define científicamente para su época como un «nuevo influjo del Espíritu de Dios dentro de la Naturaleza» (ein neuer Einfluß des Geistes GOTTES in die Natur). El Espíritu de Dios es visto como un agente energético reactivo, el Solvens máximo, que ingresa en los cuerpos densos y corrompidos para limpiarlos, reordenarlos y transmutarlos hacia la inmortalidad.
El término Wiederbringung (Apocatástasis): Esta palabra alemana traduce el concepto teológico clásico de la Apokatastasis o la restauración final de todas las cosas a su estado de perfección pura y edénica. Vaughan vincula este desenlace escatológico directamente con el trabajo de laboratorio: el alquimista, al purificar las esencias de las plantas y los minerales en su matraz, está realizando una micro-restauración, ensayando a pequeña escala la gran purificación que Dios ejecutará sobre el planeta entero.
[12] La Naturaleza como «El Paciente de Dios» (dessen Patient die Natur ist): Esta es una de las metáforas más célebres y potentes de Thomas Vaughan. Dios no es un juez distante que destruirá el universo físico, sino un gran Médico cósmico. La creación material está «enferma» debido a la Caída, y el Espíritu Santo inspira las Escrituras para ofrecernos un diagnóstico exacto de esa enfermedad. El papel del alquimista o médico hermético es actuar como asistente de ese gran Médico, utilizando los secretos naturales para sanar los cuerpos.
Ataque a los «Peripatéticos» (Die Peripatetici): Con este término, Vaughan ataca directamente a los seguidores de Aristóteles y a la filosofía escolástica dominante en las universidades de la época. Los escolásticos tendían a diseccionar al ser humano de forma puramente teórica y abstracta (separando el alma inmortal del cuerpo físico como si pertenecieran a mundos desconectados). Vaughan les recuerda que, por mucho que dividan al ser humano, el hombre sigue siendo un ser físico atado a las leyes macrocósmicas: «el hombre está dentro de la Naturaleza y no por encima de ella». El único ser verdaderamente trascendente es Dios.
La complementariedad entre Ciencia y Fe: Vaughan argumenta que es una «impiedad» (gottlos) separar la teología de la ciencia natural. Si la Biblia describe cómo fue el mundo en el pasado (Génesis), cómo es hoy y cómo será purificado en el futuro (Apocalipsis), significa que la revelación divina es una guía de estudio física y química de la materia. Niega la validez de una religión que ignore el funcionamiento del mundo real.
[13] La Unicidad de la Ciencia (Philosophie und Theologie nur eine Wissenschaft): Vaughan rompe la barrera moderna entre ciencia (filosofía natural) y religión (teología). Para él, fragmentarlas es un artificio puramente humano. Utiliza la hermosa metáfora de la hidráulica: la verdad es un único manantial de agua pura, pero los hombres, al encauzarla por diferentes «tuberías» (Röhren), creen estar ante sustancias distintas y las bautizan con nombres diferentes, perdiendo de vista el origen común.
El Enfoque Holístico vs. la Disección Escolástica: El autor defiende que la realidad está compuesta por la unión indisoluble de opuestos: Espíritu y Cuerpo (Geist und Leib), Visible e Invisible (Sichtbares und Unsichtbares). Vaughan lanza una pregunta demoledora para los filósofos academicistas de su tiempo: ¿Cómo pretendes entender la vida o la materia si aíslas los componentes en un laboratorio teórico? Para el alquimista, el secreto del universo no se revela separando las partes, sino observando su «mutua mezcla e interacción» (Vermischung und Würckung untereinander).
Alusión a la Teología Negativa y a Dionisio (El Pseudo-Dionisio Areopagita): Vaughan introduce una referencia teológica de altísimo nivel al citar a Dionisyvs. Se refiere al Pseudo-Dionisio, el místico cristiano de los siglos V-VI y padre de la vía negativa o apofática. La teología negativa sostiene que, dado que Dios supera todo entendimiento humano, no podemos definirlo diciendo lo que Él es (positivo), sino únicamente lo que no es (negativo: «Dios no es un cuerpo», «no es finito»). Vaughan está de acuerdo con Dionisio en este punto: si intentamos estudiar a Dios de forma puramente abstracta, apartando Sus ojos de la creación física (ohne die Creaturen), nuestra mente se queda en blanco y solo puede articular negaciones. Para conocer a Dios de forma viva y «positiva», es obligatorio estudiar Su huella digital en la materia.
[14] El Doble Movimiento Cósmico (Umwendung): Vaughan define el misterio de la existencia y la salvación mediante una hermosa fórmula de reciprocidad: «un giro de Dios hacia la Naturaleza, y de la Naturaleza hacia Dios».
- El primer movimiento es la Creación y la Encarnación: Dios descendiendo y manifestándose en el plano físico de la materia.
- El segundo movimiento es la Transmutación y la Redención: la materia y el ser humano purificándose, espiritualizándose y ascendiendo de regreso hacia la Divinidad. El alquimista, al operar en el laboratorio, se sitúa exactamente en el «medio» de este eje, acelerando el retorno de la Naturaleza hacia su creador.
La Regla del «Camino del Medio» (Mittel-Weg): Vaughan formula un equilibrio metodológico perfecto para evitar dos extremos que él considera erróneos:
- Hablar de Dios sin la Naturaleza: Lleva a un misticismo abstracto, árido e inaplicable, desconectado de la realidad física creada.
- Hablar de la Naturaleza sin Dios: Conduce al materialismo ateo o al mecanicismo determinista, un peligro que Vaughan ya veía venir en el horizonte científico de su siglo y que, según él, roba a Dios Su gloria al atribuirle vida a la materia muerta por sí misma.
La validación mutua de Ciencia y Revelación: El autor defiende con orgullo su derecho a explicar la Biblia usando la ciencia (filosofía natural) y viceversa. Su célebre máxima: «nuestra Filosofía no existe sin Dios, y nuestra Teología no existe sin la Naturaleza» es el núcleo de la Physica Sacra (Física Sagrada), una corriente que buscaba unificar el laboratorio experimental con el estudio de los textos sagrados.
La resistencia de los dogmáticos: Al final del folio, Vaughan se muestra consciente y un tanto resignado ante el hecho de que «muchas personas se opondrán a esto». Aludía directamente a los teólogos académicos de las universidades inglesas y alemanas, fuertemente anclados en la escolástica aristotélica o en el literalismo dogmático, quienes veían con profunda sospecha cualquier intento de desvelar secretos químicos o físicos a través de las metáforas de la Biblia.
[15] El Filósofo como Viajero Desapegado (Wandersmann): Vaughan introduce una poderosa metáfora existencial al definirse como un caminante en el «edificio del mundo». Su misión en la Tierra no es la acumulación material o la propiedad («para observarlo, no para poseerlo»), sino la contemplación pura de los misterios macrocósmicos. Esta postura legitima su autoridad como sabio desinteresado que no busca el lucro.
El Enigma del Fuego y el Agua: El autor revela el núcleo físico y experimental del tratado Euphrates: la acción del fuego en el agua (Würckung des Feuers im Wasser). En la física aristotélica clásica, el fuego (caliente y seco) y el agua (fría y húmeda) son opuestos absolutos que se destruyen entre sí. Para Vaughan y la tradición hermética, lograr que el fuego habite dentro del agua o que el agua brote del fuego (el «agua ígnea» o mercurio filosofal) constituye el secreto supremo de la creación y de la Piedra Filosofal.
El Conocimiento Innato y Platón: Vaughan defiende la teoría platónica de la reminiscencia y las ideas innatas. Afirma que antes de estudiar formalmente en la universidad, la Naturaleza misma actuó como su maestra directa durante su infancia, sembrando en su mente conceptos cosmológicos profundos. Al crecer y leer los textos de Platón, simplemente reconoció de forma intelectual lo que su alma ya sabía intuitivamente desde niño.
La Intuición Infantil como Pureza Epistemológica: Resulta sumamente moderno y fascinante el experimento de observación que describe el autor. Tras recordar sus propias fantasías infantiles con el fuego, Vaughan confiesa haberse dedicado a observar el comportamiento y la imaginación de otros niños frente a la materia. En la mentalidad rosacruz, la mente de un niño está libre de los dogmas y prejuicios académicos corrompidos; por lo tanto, las intuiciones de los niños están más cerca de la verdad pura de la Naturaleza que los complejos tratados escolásticos de los profesores universitarios.
Rechazo a la Alquimia Comercial: Reafirmando lo expresado en las páginas 416 y 417, Vaughan insiste en que su fascinación infantil y madura por el fuego y el agua jamás estuvo ligada a la codicia de fabricar oro o plata para enriquecerse («en ello ni siquiera pensaba»). Su búsqueda es la iluminación y el entendimiento de las leyes divinas del cosmos.
[16] La Sátira de la Educación Adulta (Sophisterey): Vaughan continúa su defensa de la mente infantil frente a la deformación académica escolástica. Utiliza el término despectivo Sophisterey (sofistería) para referirse al aprendizaje universitario de su tiempo, el cual considera un laberinto de palabras vacías que aleja al ser humano de la verdad. Llega a la audaz conclusión de que los adultos actúan como locos (Narren) porque la «costumbre» social destruye la sintonía innata que el niño tiene con la Naturaleza.
La «Curiosidad» de los Antiguos: Al sugerir que los antiguos filósofos (como los platónicos y pitagóricos) estudiaban el entendimiento de los niños, Vaughan se alinea con la tradición de la Prisca Theologia. El estudio de la mente virgen del infante no era psicología moderna, sino una búsqueda de la pureza original del alma antes de encarnar plenamente en las dinámicas del mundo caído.
Rhaso de Chester (El Compatriota de Vaughan): Este es el dato histórico más valioso de la página. Thomas Vaughan, al ser galés, llama con orgullo «mi célebre compatriota» (meinen berühmten Landsmann) a Rhaso de Chester (también conocido en los textos latinos como Rhasis Cestrensis o vinculado a las traducciones de Robert de Chester, el célebre erudito del siglo XII que tradujo los primeros tratados de alquimia del árabe al latín en Inglaterra). Citar a Rhaso le sirve para legitimar que la alquimia británica tiene raíces antiguas, respetables y profundamente filosóficas.
La Alquimia como «Ciencia de los Meteoros» (Meteoris): La cita de Rhaso define la alquimia no como metalurgia, sino como el estudio de los «meteoros». En el siglo XVII, el término meteoro no se limitaba a las rocas espaciales, sino a cualquier fenómeno atmosférico y de vapor (la lluvia, el rocío, la evaporación, las nubes y el viento).
El Circuito Alquímico Cósmico: La frase «el ascenso y descenso de los elementos» alude directamente a la destilación macrocósmica (el agua que se evapora por el calor del sol/fuego, asciende al cielo, se purifica y desciende como lluvia vivificante) y a su réplica exacta en el laboratorio (la circulación del solvente dentro del matraz). Ese ciclo de evaporación y condensación es el «gran misterio» que permite capturar el fuego celeste dentro del agua terrestre.
[17] La paradoja de la Materia Prima: Los críticos de la alquimia afirmaban que la Materia Prima (la sustancia caótica original de la que Dios extrajo el universo) era inaccesible para los seres humanos porque fue un elemento pre-cósmico, disuelto y transformado por completo tras los seis días de la Creación. Vaughan califica este argumento de «apariencia sólida» pero rotundamente falso.
El testimonio de los sentidos (gesehen und gefühlet): Con gran orgullo y firmeza, Vaughan afirma que el verdadero filósofo hermético no se queda en teorías. Él asegura que, tras un «largo esfuerzo» (nach langer Mühe), los investigadores del Arte han visto y palpado esa materia original en el laboratorio. Esto demuestra que la alquimia mística de Vaughan no era puramente meditativa; incluía un trabajo físico e iatroquímico extenuante con los crisoles y las retortas.
La Analogía de la Semilla (Saamen): Para resolver cómo lo primero puede estar presente en lo último, Vaughan recurre a un axioma de la filosofía natural paracelsiana: el concepto de la semilla o esperma del mundo. En la naturaleza, la semilla original desaparece visualmente al transformarse en un árbol o en un ser humano completo. Sin embargo, ese nuevo cuerpo maduro genera en su interior una réplica biológica exacta de la semilla que lo creó.
La permanencia del origen (El contraejemplo de Adán): El argumento es brillantemente pragmático para la época: si quieres estudiar la genética o la semilla humana, no necesitas viajar en el tiempo hasta el Edén para analizar a Adán; basta con observar los cuerpos actuales, porque la Naturaleza opera en un bucle cerrado e incorruptible. De la misma manera, la Materia Prima del universo sigue estando codificada y disponible dentro de los reinos de la naturaleza actual esperando ser extraída por el operador calificado.
[18] La Humedad Viscosa Primordial (zähen Feuchtigkeit): Vaughan define la Materia Prima de la Creación (el caos del Génesis) no como agua corriente común, sino como un líquido denso, mucilaginoso o viscoso. En la tradición alquímica medieval y moderna, esta sustancia es el Sperma Mundi (el esperma del mundo). Al igual que un huevo o una semilla biológica contienen un fluido espeso y nutritivo antes de estructurar el cuerpo del ser vivo, el universo entero nació de un fluido cósmico condensado y activado por el influjo ígneo del Espíritu Santo.
El Axioma de la Nutrición Homóloga: El autor formula una ley ecológica y médica fundamental: «Aquello de lo que fuimos hechos es también lo que nos alimenta». Para los paracelsianos, la nutrición no era un proceso mecánico de trituración, sino una asimilación de esencias simpáticas. Los cuerpos vivos necesitan absorber la misma chispa elemental que los trajo a la vida para poder mantenerse estables frente a la entropía y la muerte.
El Enigma de la Regeneración del Suelo: Vaughan plantea una pregunta científica sumamente avanzada para 1655 (fecha de la edición original inglesa): si miles de millones de plantas, árboles y cosechas absorben año tras año los nutrientes del suelo, ¿por qué la Tierra no se agota por completo hasta convertirse en un desierto estéril? ¿Qué le devuelve la «nueva fuerza» (neue Krafft) a la tierra labrantía?
Ironía contra la Teoría del Agua Común: El autor se adelanta a las respuestas de los académicos contemporáneos, quienes afirmaban de forma simplista que la vegetación se nutría únicamente del agua de lluvia común. Vaughan se burla de estos «filósofos tan sabios» (kluge Philosophi). Aunque experimentos célebres de la época (como el famoso experimento del sauce de Jan Baptist van Helmont) pretendían demostrar que las plantas solo necesitaban agua para crecer, Vaughan —como buen rosacruz— sabía que el agua de lluvia actúa meramente como un vehículo conductor, y que el verdadero alimento es un espíritu o nitro aéreo astral (el fuego secreto del agua) que fertiliza la materia densa desde la atmósfera.
[19] La composición de la Materia Prima: Vaughan aclara de forma definitiva la composición química/espiritual del solvente universal. No es agua líquida ordinaria (kein Wasser, wie mans wol ansiehet), sino una sustancia compuesta por la integración de tres elementos: Fuego, Aire y Tierra Pura, manifestada físicamente como una «humedad grasa y coagulante».
El Origen de la Resina y las Frutas: El autor ofrece una hermosa explicación botánica basada en la observación directa de los árboles frutales (ciruelos y cerezos). Las raíces absorben el agua de la tierra no por el líquido en sí, sino para extraer la «semilla mucosa» oculta en ella. Cuando el árbol tiene un exceso de este fluido sutil y este brota por las heridas de la corteza, el contacto con el frío atmosférico lo detiene y lo polimeriza, creando lo que en la época llamaban Gummi (goma, resina o savia endurecida). Si el fluido sigue su curso natural por los canales de la planta, esa misma sustancia viscosa se transforma metabólicamente en la pulpa de las frutas.
La teoría de la generación de los metales (Azufre y Mercurio): Vaughan aplica este mismo principio biológico al reino mineral profundo, defendiendo la teoría alquímica clásica de que los metales crecen y están vivos dentro de la Tierra. La «semilla mucosa» (que actúa aquí como el principio Mercurio: frío, húmedo y plástico) se filtra en las vetas de las rocas subterráneas. Allí, al interactuar con un «azufre ardiente» (hitzigen Schweffel: el principio Azufre, cálido y seco), el fluido se fija y se solidifica (coaguliret).
Alquimia de la pureza (Metales Nobles vs. Metales Base): El texto introduce una regla de pureza geológica: si la matriz rocosa o el entorno subterráneo está limpio y libre de impurezas terrestres (so der Ort rein ist), la combinación del mercurio viscoso y el azufre ígneo dará como resultado un «metal brillante» (hellen Metall), es decir, metales nobles e incorruptibles como la plata o el oro. Si el lugar estuviera sucio o contaminado, la coagulación produciría metales base o imperfectos como el plomo o el hierro.
[20] (Nota: En la línea 6, el tipógrafo cometió una errata menor al escribir «irndische» en lugar de «irdische» [terrenal], y en la línea 7 «Himmlischen» en lugar de «Himmlisch» [celestial], anomalías comunes en las imprentas del siglo XVIII).
El Fuego Estelar (Stern-Feuers) y la Astrología Alquímica: Vaughan introduce un concepto crucial de la cosmología hermética: las influencias astrales inscritas en la materia. El brillo deslumbrante del oro, la plata o los diamantes no es una propiedad mecánica de las rocas; es la luz atrapada de las estrellas y los planetas que ha bajado a las profundidades de la Tierra a través del aire y del agua. Para los alquimistas, los metales eran literalmente «astros subterráneos» (el oro era el Sol, la plata la Luna, el hierro Marte, etc.). Cuando la semilla universal se condensa en estado puro, conserva intacta su matriz celestial.
La influencia de Raimundo Lulio (Lullio): El autor anuncia formalmente su marco metodológico citando al célebre sabio, filósofo y místico mallorquín Raimundo Lulio (c. 1232–1316) y el famosísimo tratado pseudo-luliano Testamentum. Lulio era venerado en la alquimia europea por haber diseñado un sistema de diagramas, figuras concéntricas y combinatorias mecánicas (el Ars Magna) para explicar las interacciones de los elementos. Vaughan utiliza la «figura» geométrica del capítulo quinto de Lulio como un mapa operativo para demostrar cómo interactúan el fuego y el agua, validando así la cita del erudito medieval Rhasi Cestrensis (Rhaso de Chester) que introdujo en la página 429.
El «Caos Actual» contra el «Caos Primitivo»: Vaughan realiza una pirueta epistemológica de gran valor para la ciencia experimental de su época. Decide descartar por completo el estudio del caos abstracto anterior a la creación del Génesis, calificándolo de inaccesible. En su lugar, propone estudiar el «segundo caos» [den andern Saamen oder Chaos, welches anjetzo ist], es decir, la materia prima sutil que la propia naturaleza viva sigue destilando y regenerando hoy en día a través de la evaporación, el rocío y los ciclos climáticos.
El Manifiesto Empírico (was erweißlich ist): Aunque la obra está cargada de misticismo, Vaughan subraya un compromiso metodológico riguroso: «no fundamos nuestro discurso en nada que no sea demostrable» o evidenciable. El verdadero filósofo del fuego no trabaja con fantasías, sino con fenómenos replicables en el laboratorio, situando siempre a Dios como la causa primera y eterna del diseño inteligente de la materia.
[21] El Concepto de la Hyle: Vaughan adopta el término griego Hyle (υ̃λη), tradicionalmente utilizado en la filosofía aristotélica y platónica para designar la materia prima abstracta o informe. Sin embargo, en clave alquímica y luliana, la Hyle pierde su carácter puramente metafísico y se define de forma física y tangible como un «mar fecundo y lleno de semillas» (Saamen-reiche Meer) o un agua mixta primordial.
La Cosmología Pre-Lapsaria y Sublunar: El texto describe una fascinante teoría astronómica de la creación: antes de que los elementos se separaran y se consolidaran los continentes, el espacio que hoy ocupa nuestra atmósfera (el aire) estaba completamente inundado por este fluido seminal denso que ascendía hasta la órbita de la Luna (Mondes Kreiß). Esta frontera delimitaba el mundo sublunar (mutable, sujeto a la corrupción y al cambio) del mundo supracelestial o eterno.
El Septenario y la Estrella de Siete Puntas (Heptagrama): El diagrama muestra una estrella de siete puntas inscrita en un círculo con los números del 1 al 7. En la tradición esotérica, el siete es el número de la creación, asociado a los siete días del Génesis, los siete planetas tradicionales y los siete metales de la Gran Obra.
Análisis de los Siete Principios Periféricos: La inscripción latina del círculo describe la escala evolutiva o el proceso de condensación de la materia desde lo más sutil hasta lo más denso:
- Elementa (Elementos): Los bloques constitutivos básicos del mundo visible.
- Vapores Elementorum (Vapores de los elementos): El estado gaseoso o espiritualizado de los mismos.
- Aqua clara (Agua clara): El solvente destilado y purificado en el laboratorio.
- Azoth Vitreus (Azoth Vítreo): El Azoth es el término esotérico para el mercurio universal o el principio vital. Que sea «vítreo» alude a su estado de máxima pureza cristalina y transparente.
- Vapores Vitrioli (Vapores de Vitriolo): El vitriolo (sulfato de cobre o hierro) era la sal más sagrada de los alquimistas, cuyo nombre era un acrónimo de la máxima: Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem (Visita el interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta). Sus vapores indican la activación ácida de la materia.
- Sulphur Aqueum (Azufre Acuoso): El principio ígneo y masculino pero capturado en una matriz húmeda, el paso previo a la solidificación.
- Metalla (Metales): El último eslabón de la estrella (marcado con el número 7), donde el ciclo se cierra y la energía astral se fija por completo en un cuerpo sólido y brillante en las profundidades de la tierra.
El Punto de Partida Filosófico: Vaughan afirma con rotundidad: «aquí fänget sich unser Philosophie an» (aquí comienza nuestra filosofía). Para el rosacruz, la ciencia no arranca con hipótesis matemáticas abstractas, sino con el mapa visual de las transformaciones de la materia prima, uniendo de forma indisoluble la geometría teológica con la química experimental.
[22] Ataque al «Fuego» de Aristóteles: Vaughan ataca la física escolástica que afirmaba la existencia de una «esfera pura del elemento fuego» justo debajo de la órbita de la Luna. El autor lo tilda despectivamente de «imaginado fuego fatuo» (eingebildeter Jrrwisch). Para Vaughan, el verdadero fuego no es una capa esférica estática en el cielo, sino una energía activa y dinámica que impregna los vapores y la materia.
El Matrimonio Alquímico de los Símbolos (☉ y ☿): El texto desvela la dualidad sagrada de la Gran Obra utilizando caracteres tipográficos directos:
- El Varón / Sol Filosófico (☉): Identificado con el Azufre (Schweffel), la Tierra firme y el principio cálido/seco que aporta la fijeza. Proviene del «Azoth vítreo», una materia mineral ígnea.
- La Hembra / Mercurio Filosófico (☿): Definido como el agua densa, mucosa y viscosa (zähe, schleimiche Wasser) que aporta la plasticidad y la fluidez.
La teoría de los Fermentos (Fermenta): Vaughan expone que el Oro y la Plata de laboratorio no son solo riquezas, sino «Fermentos». En la química hermética, un fermento actúa como una levadura espiritual: al añadir una pequeña cantidad de oro perfecto a la «Medicina Universal», esta se estabiliza y se especializa («se hace particular») para poder transmutar cuerpos específicos o sanar enfermedades humanas concretas.
El Secreto de la Praxis (die Praxin lassen wir diesesmal fallen): En una muestra absoluta de la ética del Secreto Hermético, Vaughan se detiene en seco al final del folio. Con gran honestidad, confiesa al lector que ha sido sumamente generoso y abierto explicando la teoría cósmica («fein offenherzig»), pero advierte que rehúsa entregar la receta práctica exacta del laboratorio (la Praxis). El «cómo hacer» el experimento en la retorta se lo reserva, siguiendo la estricta tradición de los iniciados, quienes consideraban que el trabajo operativo solo debe ser otorgado por gracia divina o descubierto mediante un esfuerzo individual implacable.
[23] Honestidad contra los «Acertijos» Alquímicos: Vaughan lanza una dura crítica a la literatura hermética tradicional, repleta de metáforas incomprensibles y códigos oscuros deliberados. Su ética como autor se define en una frase magistral: «prefiero callar antes que escribir de forma oscura». Si no va a dar la receta exacta de la Praxis, prefiere decírselo de frente al lector en lugar de engañarlo con falsos acertijos, invitándolo a experimentar por su propia cuenta y riesgo («auf die Gefahr suchen»).
El Fuego como Motor Universal: Formula un principio dinámico de la física natural: el movimiento es la causa de la vida y el origen de toda generación de la materia, y ese movimiento es impulsado exclusivamente por el elemento fuego. Si el universo físico cayera en una inmovilidad absoluta («stille stünden»), la creación se congelaría en la muerte.
El Archæus de Paracelso y el Sol Central de Sendivogius: Vaughan unifica las dos escuelas de pensamiento más grandes de la alquimia moderna:
Felipe Teofraſto Paracelso (1493–1541): Acuñó el término técnico latino Archæus (el Arqueo) para describir la fuerza vital interna, una especie de «químico invisible» o fuego inteligente que opera en el estómago de los animales para digerir los alimentos y en las entrañas de la Tierra para madurar los metales.
Michael Sendivogius (1566–1636): Llamaba a esta misma fuerza el Sol Central (Centralische Sonne), un núcleo de calor radiante situado en el centro geométrico del planeta que empuja los vapores hacia la corteza terrestre.
La Función Termorreguladora del Océano: El autor propone una teoría geológica muy ingeniosa. El Sol Central de la Tierra es tan caliente y violento que terminaría destruyendo e incendiando el planeta desde adentro. Para contenerlo, Dios diseñó el mar como un escudo protector. Vaughan asegura, basándose en sus propios experimentos («nach eigener Probe»), que el agua de mar no es agua simple, sino un fluido salado e impregnado de una grasa sulfúrea volátil («flüchtiger Fettigkeit») capaz de interactuar armónicamente con el calor central sin evaporarse por completo.
La analogía Microcosmos-Macrocosmos (La Sangre y el Mar): Aplicando el principio de correspondencia, Vaughan demuestra que el cuerpo de los animales (y del ser humano) funciona exactamente igual que el planeta Tierra. El calor interno del corazón y las vísceras equivale al Sol Central de la Tierra. Este fuego biológico es regulado por la sangre (que, al igual que el mar, es un fluido salado y sulfúreo). Finalmente, introduce el concepto del aliento o respiración viva («Odem» o el Pneuma), explicando que los pulmones enfrían el cuerpo con aire de la misma manera que la atmósfera rodea y estabiliza los océanos.
[24] La Axioma Microcosmos-Macrocosmos: Vaughan formula de manera rotunda el principio de que el ser humano y el universo físico se reflejan mutuamente de forma perfecta: «quien no conozca uno de ellos, tampoco conocerá correctamente el otro». Para estudiar el planeta, el médico debe mirar al paciente; para estudiar al paciente, el filósofo debe mirar las leyes de la Tierra.
El Viento como la Respiración del Planeta: El autor equipara el viento atmosférico con el sistema respiratorio humano. Así como el aire corre dentro del pecho entre los pulmones, el corazón (fuego) y el cerebro (luz/ojos), la atmósfera planetaria es un canal dinámico que circula constantemente impulsado por la tensión térmica entre el Sol que está en el cielo (Sol celestial) y el calor ígneo encerrado en el centro del planeta (Sol central).
Las Mareas como el Pulso del Mar: Vaughan propone una teoría biológica y pneumática para explicar las mareas: el océano tiene un «pulso constante» (einen stätigen Puls) idéntico a los latidos del corazón que empujan la sangre por las arterias. Este oleaje rítmico y respiratorio está vivo, movido por «espíritus» elementales que habitan en la masa acuosa.
La Invisibilidad del Fuego Original: Establece otra correspondencia morfológica. La Luz pura (el intelecto, la vista) se sitúa en lo más alto: los astros en el firmamento y los ojos en el rostro del hombre. En cambio, la fuente de calor que genera esa luz permanece completamente oculta a la vista: nadie puede ver directamente el fuego que arde en el centro de la Tierra, de la misma manera que no se puede ver el fuego biológico que late en el interior del corazón humano. Se conocen y demuestran únicamente mediante el intelecto y la observación empírica de sus efectos físicos externos (el pulso y la transpiración).
La Destilación Cósmica de Sal y Aceite: Al final de la página, el autor ofrece una prueba química para demostrar la existencia real del Arqueo subterráneo. Señala que la evaporación de la Tierra no es vapor de agua pura. Para que la corteza terrestre emita fuentes termales, resinas, minerales y vapores densos, el calor del núcleo interno debe ser colosal, actuando como un horno de laboratorio capaz de arrastrar y sublimar hacia el cielo sustancias pesadas como la sal (principio de fijeza y cuerpo) y el aceite o azufre (principio inflamable y vital).
[25] La función del Sol como calor «Digesto» (Digestion): Vaughan corrige el error común de creer que el Sol en el cielo es el motor que calienta las entrañas de la Tierra o el que extrae por sí solo los vapores profundos. Para el autor, el Sol astronómico posee un calor muy suave, cuya única función ecológica es secar el rocío frío de la noche que entumece a las plantas. Utiliza el término técnico Digestion (digestión alquímica), que consistía en aplicar un calor suave y constante (similar al incubado de un huevo o al estómago) para madurar los componentes madurándolos lentamente, en lugar de calcinarlos (calciniren) con un fuego destructor.
La curiosa teoría de la extinción del fuego bajo el Sol: Vaughan menciona un fenómeno empírico muy debatido en la época: el hecho de que una fogata o una vela parece arder con menos brillo y fuerza si se la coloca directamente bajo la luz del Sol del mediodía. En la física hermética, esto se explicaba mediante la ley de simpatía y atracción elemental: el Sol es el «Padre del Fuego» (el elemento puro); por lo tanto, cuando sus rayos tocan un fuego mundano menor, atrae magnéticamente su energía hacia el cielo, «debilitándolo», mientras que en la sombra el fuego recupera toda su potencia destructiva.
La cita a Sendivogius y el Matrimonio de los Fuegos: El autor refuerza su tesis citando nuevamente a su máxima autoridad, el polaco Michael Sendivogius. Expone una teoría de la dinámica de fluidos y energías cósmicas sumamente poética y operativa: la Tierra no es calentada pasivamente por el Sol, sino que la Tierra posee su propio Sol interno (el fuego central o Arqueo del que habló en la página 436).
La Superficie terrestre como el Crisol Cósmico: El verdadero milagro de la vida y de la generación de los metales, las plantas y los minerales ocurre exactamente en la superficie del suelo. Es allí donde el magnetismo del Sol celestial atrae al calor atrapado en el núcleo subterráneo. Al encontrarse estas dos fuerzas ígneas hermanas, la energía interna «brota con gran poder» desde el subsuelo hacia la superficie para consumar un matrimonio artificial y natural. Este es el principio que el alquimista busca imitar y encerrar dentro del espacio controlado de su matraz de vidrio.
[26] El Lenguaje del Éxtasis Alquímico (Entzückung): Vaughan pide disculpas al lector por utilizar términos espirituales o místicos («como en un éxtasis») para describir una reacción física de la materia. Para los rosacruces, las fuerzas químicas de atracción y repulsión eran expresiones vivas de amor y afinidad divina. El fuego interno de la Tierra se siente tan atraído por el Sol celestial que busca fundirse con él en un abrazo magnético.
El Secreto del Anima Nitri (El Nitro Aéreo): El término Nitrum (salitre o nitrato de potasio) era el compuesto más sagrado y secreto de la alquimia del siglo XVII. Investigadores de la época (como Sendivogius o el propio Isaac Newton) intuían que en el aire flotaba un «nitro invisible» indispensable para la vida. Vaughan afirma de forma revolucionaria que la Tierra pura es, en su esencia, un Nitro cristalizado que encierra en su interior viento, fuego y aire. Es la sal de la tierra que actúa como un imán para capturar la energía del cielo.
La Metáfora Orgánica del Árbol (Macrocosmos): Para explicar que el cielo y el lodo de la Tierra no son enemigos, sino polos de una misma realidad, utiliza la botánica. El cielo y el subsuelo son como un único árbol cósmico: las raíces mundanas hundidas en el fango («im Koth stecket») están conectadas por la misma savia viva con las hojas verdes que brillan en el firmamento.
La Teoría de la Anti-Perístasis en Invierno: Vaughan ofrece una respuesta física muy popular en la época para un fenómeno empírico real: el hecho de que el agua de los pozos profundos, las cuevas y las minas se sienta caliente durante el crudo invierno y fría durante el verano. Hoy sabemos que es un efecto de aislamiento térmico relativo de la corteza terrestre, pero la física hermética lo explicaba mediante la antiperístasis (la resistencia de los opuestos). En invierno, al verse rodeado por el «ataque enemigo» del frío y la nieve exterior, el fuego central de la Tierra se repliega, se concentra en las profundidades y lucha multiplicando su calor interno, lo que hace que el agua subterránea hierva y emita densos vapores decorando los paisajes invernales de niebla.
Prueba empírica contra la Meteorología Escolástica: El autor utiliza esta observación de los vapores invernales para derrotar científicamente a los profesores universitarios de su tiempo. Si las nubes y la evaporación dependieran exclusivamente del calor directo del Sol (como afirmaban los aristotélicos), el verano debería estar permanentemente cubierto de densas nieblas y el invierno debería ser seco y sin nubes, lo cual la experiencia diaria contradice por completo.
[27] La Tierra como un Matraz Sellado (Herméticamente): Vaughan formula una de las analogías más bellas de la literatura esotérica. El planeta entero funciona como el laboratorio de Dios. Durante el invierno, la helada, la escarcha y el hielo exterior actúan como el Sello de Hermes (el sellado hermético al fuego con el que los alquimistas cerraban sus matraces de vidrio o Hermetic vases). Dios tapa los poros de la corteza terrestre para evitar que la energía vital sutil acumulada en el subsuelo se evapore de manera descontrolada y se pierda en el espacio, forzando a la materia a incubarse e iniciar un proceso de digestión interna profunda.
El Suelo Encinta y el Gobierno de la Luna: El texto expone la teoría de que la Tierra queda «preñada» o encinta («schwängere») al terminar el otoño. Las energías ígneas y radiantes de las estrellas (feurigen subtilen Influentzien) caen sobre el planeta y penetran el suelo. Dado que en invierno el Sol está lejos y débil, el testigo cósmico pasa a la Luna. Para los herméticos, la Luna regía el principio húmedo, plástico y plástico-frío; ella actúa como el agente químico condensador que fija y «coagula» esa luz estelar volátil atrapada en la condensación de la Tierra.
El Experimento Químico de la Nieve: Vaughan propone un experimento empírico directo al lector para demostrar la presencia física de este espíritu astral. La nieve no es agua congelada simple; es la solidificación cristalina de esos influjos celestiales lunares y estelares atrapados de camino a la Tierra.
El Aparato Operativo (Blinden Helms): Detalla los pasos con precisión de laboratorio:
- Recoger nieve recién caída y pura («frisch aufgehoben»).
- Colocarla en una retorta o matraz acoplado a un alambique ciego (blindem Helm o caput mortuum sin piquera). Este diseño de destilación no permitía que el vapor escapara hacia un receptor externo; obligaba al fluido a evaporarse, chocar contra la cúpula del vidrio, condensarse y volver a caer sobre sí mismo en un ciclo cerrado perpetuo.
- Enterrar el aparato en un baño de cenizas calientes («in der Aschen») para aplicar un calor moderado y constante, haciéndolo digerir («digeriret») durante 24 horas exactas.
Al abrir el matraz mientras aún permanece templado, el operador descubrirá con asombro que el agua resultante de la nieve destilada desprende una rica variedad de olores y fragancias vegetales o minerales («allerley Geruch»), demostrando de forma demostrable que la nieve contenía las semillas vivas y los espíritus biológicos de toda la vegetación que despertará en la primavera.
[28] (Nota: En la línea 1, «Plaisir» es un galicismo —préstamo del francés— muy común en el alemán culto del período barroco para denotar deleite o placer. En la línea 15, «den» es una variante ortográfica de «denn» [pues/por lo tanto]).
[29] El «Jabón de Castilla» (Spanische Seiffe): Vaughan describe el residuo fijo que queda tras evaporar el agua de la nieve destilada como una materia gris, grasa y pastosa. Al llamarlo «jabón español», hace referencia al famoso jabón de Castilla (elaborado con aceite de oliva y sosa), reconocido en toda Europa por su textura suave, untuosa y pura. Para el alquimista, esta grasa es la sal de la tierra purificada, el cuerpo físico que ha capturado las energías del cielo.
El Peligro de Explosión por el «Viento» (Wind): El texto ofrece una advertencia de seguridad muy real. Si el operador encierra esa pasta grasa en un matraz sellado y le aplica calor, el recipiente estallará con violencia («in Stücken zerspringen»). En términos químicos modernos, la combinación de compuestos orgánicos o nitratos atrapados en la nieve, al ser calentados en un sistema cerrado sin vía de escape, genera una violenta acumulación de presión por gases. Sin embargo, Vaughan lo explica mediante la neumatología hermética: el compuesto contiene un «Viento» o espíritu viviente sumamente volátil y expansivo que lucha con furia por escapar porque aún no ha sido domesticado o «fijado» en el cuerpo mineral («en den Cörper gesetzet»).
La Magnesia de los Sabios: Al citar de nuevo a Sendivogius, Vaughan identifica esta sustancia mucosa invernal con la Magnesia Philosophica. En la literatura hermética, la Magnesia no se refería al magnesio común de la tabla periódica, sino a la matriz mineral primordial, un imán místico capaz de atraer, absorber y condensar el espíritu vital del aire y los astros.
La Primavera como Apertura de los Poros de la Tierra: El autor describe el ciclo agrícola y botánico como un proceso de descompresión química. Durante el invierno, la Tierra actúa como un laboratorio cerrado (pág. 440). Al llegar la primavera, el Sol retira la tapa de hielo y los dos fuegos (el central del planeta y el celestial del cielo) se entrelazan. Esta reactivación térmica «abre los poros de la Tierra» («die Poros der Erden aufgeschlossen»), permitiendo que la Magnesia o semilla mucosa ascienda por el subsuelo en forma de vapores sutiles. Las raíces de los árboles y las plantas actúan como redes que «atrapan» este esperma cósmico («Sperma von den Wolcken»), absorbiéndolo para transformarlo en hojas, flores y frutos de forma metabólica.
[30] La Tierra como Vientre de Destilación Universal: Vaughan aplica el axioma luliano de la circulación elemental a la descomposición de la materia orgánica e inorgánica. El subsuelo de la Tierra está densamente poblado por minerales y por los cuerpos de los difuntos («todten Cörpern»). Bajo el calor del Arqueo (pág. 436), estos cadáveres sufren una destilación natural: se disuelven («resolvirt») y se transforman en vapores sutiles. Para el alquimista, la putrefacción de la muerte no es un final, sino la etapa de nigredo indispensable para alcanzar un nuevo nacimiento o regeneración de la materia prima.
La Doctrina Cabalística del Hueso Luz: El autor introduce una referencia explícita a la Cábala judía («in den Cabalisten gelesen»). Los cabalistas enseñaban que existe un hueso diminuto e indestructible en la columna vertebral (habitualmente identificado en la tradición hebrea como el hueso Luz o la vértebra coxis) que jamás se corrompe ni se convierte en polvo. Vaughan define este hueso místico como la auténtica semilla o plano arquetípico del cuerpo humano. El cuerpo exterior gordo y mudable (formado por los alimentos cotidianos) se pierde para siempre en el sepulcro, pero este núcleo óseo concentra la esencia vital que Dios utilizará en el Juicio Final como un «imán» para reconstruir el cuerpo glorificado y resucitado.
La Prueba Histórica de José (Génesis 50:25): Para validar la inmortalidad física de los huesos frente a la carne blanda, Vaughan recurre a la historia bíblica del patriarca José en el Antiguo Testamento. Al morir en la corte del Faraón, José no pidió que momificaran su carne para la eternidad al estilo egipcio, sino que profetizó el Éxodo y ordenó estrictamente a sus hermanos: «Führet meine Gebeine von hinnen» (Llevaos mis huesos de aquí).
El Tiempo como Testigo de la Durabilidad: Vaughan destaca con asombro que a pesar de los 400 años de esclavitud que sufrió el pueblo de Israel en Egipto, los huesos de José resistieron intactos el paso de los siglos y el rigor del tiempo. Esto demuestra científicamente para la mentalidad del autor que el tejido óseo posee una fijeza mineral sagrada, vinculada al principio de la Sal de la Tierra, que actúa como el cofre protector del espíritu humano.
[31] El Cuerpo como «Añadido» (Zuwachs): Vaughan profundiza en la teoría de la semilla ósea que inició en la página 442. Define el armazón de carne, grasa y órganos mundanos como un mero excedente alimenticio pasajero («von Speiß und Tranck»). Perder este ropaje material en la tumba no es una tragedia para el filósofo hermético, ya que la verdadera identidad arquetípica (la semilla fija) permanece custodiada por la Tierra y lista para ser reactivada por el Creador.
Exégesis Alquímica de San Pablo (1 Corintios 15): El autor realiza una lectura netamente botánica y transmutacional del célebre pasaje de San Pablo sobre la resurrección de los muertos. Al igual que un agricultor entierra un grano seco de trigo que debe corromperse y morir en el lodo para romper su corteza y permitir que surja una espiga gloriosa y verde, el cuerpo humano experimenta una putrefactio alquímica en el sepulcro. Dios opera como el gran Alquimista que dota a cada semilla («jeglichem von dem Saamen») de su cuerpo espiritual definitivo.
Elogio a la Cábala y la Sabiduría Judía: Vaughan se cubre las espaldas ante las críticas de la ortodoxia cristiana de su tiempo aclarando de forma prudente que esta tesis no es un invento suyo, sino una herencia de los «antiguos judíos». Al catalogarlos como un pueblo que «sabía mucho más acerca de DIOS y de la Naturaleza que otras naciones», exalta la Cábala y la tradición hermética alejandrina, corrientes que defendían que el Antiguo Testamento contenía códigos secretos sobre las leyes de la física y la transmutación de la materia.
Retorno a la Geoquímica (La Destilación Mineral): Fiel a las reglas de estructura de la obra, Vaughan corta en seco la digresión teológica al final de la página para reconectar con el eje científico del Éufrates. Explica que los vapores ascendentes impulsados por el Sol Central («centralische Sonne», pág. 436) llevan consigo esencias e iones metálicos y minerales sublimados. El agua que circula por la corteza terrestre está cargada de estas sales invisibles, unificando de nuevo la meteorología planetaria con el circuito de destilación que el alquimista ejecuta en su matraz.
[32] (Nota: En la línea 16, el tipógrafo cometió una errata menor al omitir una sílaba en «Circutorio», debiendo decir «Circulatorio» [aparato de circulación o destilación], como se rectifica en la traducción. En la línea 11, «nitrosisch» es una variante de «nitrosisch/nitros» [nitroso]).
[33] La Atmósfera como un Instrumento de Laboratorio (Circulatorio): Vaughan define el cielo de la Tierra como un Circulatorio (Circulatorio der Lufft). En el laboratorio alquímico, un circulatorium (o vaso de circulación) era un aparato de destilación cerrado donde los vapores subían, se condensaban en la parte superior y volvían a caer sobre la materia en un ciclo perpetuo. Para el autor, el planeta Tierra es un matraz viviente: la atmósfera purifica las esencias volátiles del mundo mediante un ciclo continuo de evaporación y lluvia.
La Química de las Tormentas y los Rayos: Vaughan ofrece una teoría molecular sumamente ingeniosa para explicar el origen de los truenos y relámpagos. Divide los gases de la atmósfera en dos tipos:
- Vapores acuosos flemáticos: Fríos y húmedos, cargados de sales marinas y mercurio sutil.
- Exhalaciones terrestres secas: Cálidas e ígneas, cargadas de iones minerales de nitro, arsénico y azufre extraídos del subsuelo por el Sol Central.
Cuando una nube cargada de azufre e influjos secos choca violentamente contra una masa de vapor frío y flemático, la fricción de los opuestos provoca una violenta combustión química espontánea. El relámpago y el rayo son la detonación de este azufre atmosférico («wegen ihres häuffigen Sulphur entzünden»), una explicación que precedió por un siglo a los descubrimientos eléctricos de Benjamin Franklin pero planteada desde la iatroquímica.
El Viento como Aire Activado por el Fuego: Define el viento de forma dinámica y precientífica: el viento no es un elemento independiente, sino la agitación cinética y el desplazamiento del aire provocado por los gradientes térmicos del elemento Fuego («Bewegung der Lufft vom Feuer»). Destaca además la increíble capacidad de la atmósfera para actuar como un solvente universal gaseoso, capaz de triturar y reordenar las moléculas moleculares de los cuerpos volátiles para reducirlas a sus componentes básicos.
La Teoría Neumática de las Mareas: En perfecta sintonía con las páginas 436 y 437, Vaughan rechaza la teoría de que las mareas dependen únicamente de la atracción gravitatoria de la Luna (un debate candente en el siglo XVII antes de la formulación de Isaac Newton). El autor defiende que el fuego central de la Tierra calienta rítmicamente las aguas del fondo del océano, haciéndolas expandirse y contraerse como si el planeta estuviera respirando. El flujo y reflujo («Ab- und Zufluß der See») es el pulso cardíaco y biológico del macrocosmos, provocado por el calor vital de la Tierra, reflejando fielmente la circulación de la sangre en el pecho del ser humano.
[34] La Volatilización de las Sales (Saltz in flüchtig Wasser): Vaughan describe un proceso clásico de la Spagyria o alquimia operativa: transformar un cuerpo sólido y fijo (la sal) en un fluido volátil mediante destilaciones cíclicas repetidas. Al disolver la sal en la humedad del aire y destilarla una y otra vez, el operador logra romper los enlaces minerales rígidos. El resultado visual es un líquido transparente que parece agua común, pero que conserva de forma invisible el potencial atómico de la sal original, listo para ser «coagulado» en una estructura superior y purificada.
El Enigma del Aire Coagulado: El autor introduce el concepto de capturar el espíritu gaseoso de la atmósfera: «hallar un aire coagulado y transformarlo en un agua densa y mucosa». Esto alude directamente a la fijación del Nitrum aéreo o el rocío de mayo, fluidos que los rosacruces consideraban que flotaban en la atmósfera cargados de energía vital cósmica. Capturar este gas y condensarlo en un líquido viscoso (el mercurio de los sabios) era considerado el mayor logro del operador en su laboratorio.
La Extraordinaria Fijeza del Mercurio Vulgar: Vaughan analiza el comportamiento físico del mercurio líquido común (azogue). Destaca su asombrosa fijeza molecular: aunque un experimentador lo destile cien veces consecutivas aplicándole un calor extremo que lo expanda («Rarefaction»), al enfriarse vuelve a condensarse exactamente como el mismo mercurio metálico pesado, sin alterarse ni descomponerse en otros elementos. Lo define como el cuerpo más sólido y resistente del mundo, con la única excepción del Oro.
La Pérdida del Mercurio al Aire Libre: El folio cierra con una advertencia física muy astuta sobre la volatilidad. Si el mercurio se destila en un circuito cerrado de vasos de vidrio (retorta y receptor), se recupera por completo. Sin embargo, si se calienta y se evapora al aire libre («in die freye Lufft verrauchet»), sus átomos se dispersan de tal manera en la inmensidad de la atmósfera que se vuelven irrecuperables para el ser humano: jamás volverá a llover mercurio líquido del cielo.
[35] (Nota: En la línea 1, el tipógrafo empleó una ortografía arcaica con ‘h’ intercalada al escribir «zerstöhret» en lugar del estándar actual «zerstört» [destruye]).
[36] La Purificación Atmosférica y la Región Media: Vaughan describe el ciclo del agua y de los gases bajo una óptica de destilación absoluta. Cuando los vapores pesados o metálicos (como el mercurio evaporado de la página anterior) ascienden al cielo, el viento de la «región media» de la atmósfera —caracterizada por su frío intenso y su vasto espacio— actúa como el condensador de un alambique. Rompe y «destruye» las amalgamas densas, haciendo que regresen a la tierra purificadas en forma de lluvia limpia.
Exégesis Alquímica de Job (Job 30:22): Al igual que hizo con San Pablo en la página 443, Vaughan recurre a las Sagradas Escrituras para legitimar sus principios físicos. Lee el lamento del patriarca Job no como una simple metáfora poética sobre el dolor, sino como una descripción técnica exacta del proceso de solutio o disolución alquímica: el alma y el cuerpo siendo elevados por el viento y «disueltos» («zergeschmelzest») hasta sus componentes primordiales.
El Gran Axioma Hermético de la Polaridad: El autor revela el misterio que los antiguos filósofos expresaban de forma críptica («mit duncklern Worten»). Define el universo como un juego de tensiones entre el Centro (el núcleo de la Tierra que ejerce una fuerza atractiva y contractiva) y la Circunferencia (el cielo y la atmósfera que expanden y volatilizan la materia).
Fuerza Mercurial del Aire vs. Fuerza Sulfúrea de la Tierra: Formula la regla de oro de la iatroquímica y la metalogénesis rosacruz:
- El Aire (Mercurial / Disolvente): La atmósfera contiene un principio ácido y activo sutil que disuelve, descompone y espiritualiza los cuerpos duros («mercurialische dissolvirende Krafft»).
- La Tierra (Sulfúrea / Coagulante): El subsuelo contiene el principio ígneo y fijo que atrapa los fluidos, los solidifica y los convierte en minerales estables («sulphurisches coagulirendes Wesen»).
El «Maestro de Obras Universal» (Universal-Werckmeister): Con este término, Vaughan alude al propio diseño inteligente de la Naturaleza (el Archæus o el Espíritu Santo operando en la materia). El operador en el laboratorio debe limitarse a seguir y obedecer los tiempos de este Maestro cósmico hasta que, mediante un esfuerzo de años y la experiencia directa, adquiera la destreza suficiente para dirigir el fuego por sí mismo.
[37] (Nota: En la línea 16, «Rosenkräutzere» es una variante ortográfica barroca para referirse a los Rosacruces. En la línea 21, «Hudlers» es un término despectivo de la época que designaba a los chapuceros, estafadores o trabajadores negligentes).
[38] El Matrimonio Hermético de los Opuestos: Vaughan entrega una de las máximas operativas de la Spagyria: «Fermentire Mercurium mit Sulphure, und Sulphur mit Mercurio». Para obtener la Piedra Filosofal o Medicina Universal, el operador no debe añadir agentes extraños. Debe cruzar las dos polaridades de la materia prima: fecundar el principio volátil y femenino (Mercurio/Agua) con el principio fijo y masculino (Azufre/Tierra), logrando que el espíritu se corporifique y el cuerpo se espiritualice mediante un proceso de asimilación mutua.
El Control Térmico en el Laboratorio: El texto insiste en una regla crítica de la Praxis: el calor del horno debe ser regulado con precisión. Si el matraz permanece cerrado herméticamente y el fuego es moderado, la fuerza coagulante se potencia y la materia «madura». Si el recipiente se abre o el fuego es demasiado violento, la sutil semilla vital se disipa en el aire y el experimento fracasa irremediablemente.
La Alusión Directa a los Rosacruces (Die Rosenkräutzere): Esta mención es de una enorme relevancia histórica. Thomas Vaughan estuvo profundamente influenciado por los manifiestos rosacruces (Fama Fraternitatis y Confessio Fraternitatis) publicados a inicios del siglo XVII en Alemania, e incluso tradujo varios de estos textos al inglés. Al citar explícitamente a los «Rosenkräutzere» como autoridad, convalida que su tratado Euphrates se enmarca directamente dentro de la reforma científica y espiritual promovida por esta corriente esotérica.
La Crítica a los «Chapuceros» (Hudlers): Vaughan muestra su desprecio por los «sopladores» y falsos alquimistas materialistas (a los que llama Hudlers). Estos charlatanes intentaban fabricar oro directamente atacando los metales con ácidos violentos sin comprender primero las leyes universales de los elementos, lo que desacreditaba a la disciplina.
Ataque al Sistema Universitario Escolástico: El pasaje final es un testimonio vivo de la revolución científica del Barroco. Vaughan arremete contra las universidades de su época (como Oxford, donde él mismo estudió), acusándolas de enseñar una ciencia muerta basada únicamente en la memorización ciega de libros antiguos («allein in den Büchern»). Define los debates académicos como mera palabrería y arrogancia teórica («plaudern, zancken und prahlen»). Acusa directamente a la filosofía de los peripatéticos (los seguidores aristotélicos) de haber destruido la curiosidad natural del ser humano y su sintonía con la verdadera sabiduría divina, defendiendo en su lugar que el auténtico conocimiento se adquiere observando e imitando de forma empírica los procesos de la Naturaleza.
[39] La parálisis del dogma universitario: Vaughan realiza una brillante crítica de la psicología académica. Denuncia que el sistema educativo de su tiempo rinde un culto ciego a los profesores («Reverentz gegen die Praeceptores»), convirtiendo los manuales en verdades infalibles. El resultado es un estancamiento absoluto de la ciencia: los catedráticos pasan toda su existencia repitiendo los mismos textos sin poseer jamás «el valor de ir más allá de su libro» («weiter gehe, als sein Buch»).
Aristóteles como «Solo Palabras»: El autor arremete contra el silogismo aristotélico y la lógica abstracta. Define la física académica tradicional como un juego verbal desprovisto de realidad práctica: «no es otra cosa que palabras». Al basarse puramente en ideas abstractas (Notionibus), carece de utilidad para transformar el mundo material o curar enfermedades.
El despertar de la Medicina y la nueva ciencia (Iatroquímica): Vaughan recurre al gremio de los médicos (Medici) como el motor del cambio. Los médicos que atienden a pacientes reales en el mundo físico no pueden curar un órgano dañado recitando silogismos abstractos de Aristóteles; se ven obligados en la práctica a abandonar la vieja escuela y adoptar «nuevos principios», en clara alusión a la medicina química y empírica de Paracelso y el laboratorio.
El debate sobre el Método Inductivo (Particularia vs. Universalia): El autor deshace la lógica aristotélica utilizando un argumento epistemológico demoledor y profundamente afín al método empírico de Francis Bacon. Discute el famoso axioma escolástico medieval: Scientia non est particularium (La ciencia real solo se ocupa de las verdades universales y eternas, no de los casos particulares y materiales).
La defensa del Individuo y la Experiencia: Vaughan desmonta esta pirámide conceptual demostrando que el propio Aristóteles tuvo que ser, a la fuerza, un observador empírico antes de ser teórico. Nadie puede concebir un concepto universal o una categoría abstracta (el Género o la Especie) si no ha examinado primero con sus propios ojos y manos a los seres individuales del mundo real («das Individuum»). La ciencia, por tanto, no desciende de la metafísica al laboratorio, sino que asciende desde la experimentación práctica hacia la teoría general.
[40] La contradicción de Aristóteles expuesta: Vaughan utiliza una célebre máxima de la propia escuela aristotélica contra su autor: Nihil est in intellectu quod non sit prius in sensu («nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos»). El autor argumenta que si el propio Aristóteles admite que todo conocimiento humano real se origina obligatoriamente a través de la percepción sensorial de objetos físicos reales e individuales, su tesis opuesta de que «la verdadera ciencia solo se ocupa de lo universal abstractos» es una total contradicción lógica («se desmiente a sí mismo»). La experimentación en el laboratorio de casos específicos (Scientia Particularium) queda plenamente legitimada.
Roger Bacon como el verdadero Maestro (Rogerio Bacone): El dato histórico más valioso de esta página es la mención explícita a Roger Bacon (c. 1220–1292). Conocido como el Doctor Mirabilis, fue un fraile franciscano y filósofo medieval inglés considerado uno de los padres espirituales y prácticos del método científico empírico y la alquimia experimental en Gran Bretaña. Al citar a «su compatriota» Roger Bacon en lugar de al filósofo griego, Vaughan arraiga su tratado dentro de una respetable tradición científica inglesa preexistente.
El Sentido Común Universal contra la Dialéctica Académica: Vaughan expone una tesis antropológica muy audaz: los conceptos universales abstractos básicos son innatos; Dios los ha «infundido» en el alma humana de forma natural, por lo que el erudito y el campesino analfabeto («der gemeine Mann») comparten exactamente las mismas nociones lógicas intuitivas. Por lo tanto, pasarse la vida en la universidad debatiendo sobre definiciones universales es una completa pérdida de tiempo. Lo que verdaderamente diferencia al sabio del ignorante es el examen empírico minucioso de las propiedades químicas y físicas particulares de los cuerpos.
El rechazo a Galeno (Galenum) y el colapso de la Medicina Antigua: El autor extiende su demoledora crítica al plano de la medicina, atacando a Galeno de Pérgamo (129–216 d.C.), el médico griego cuyos textos dominaron de forma dogmática la práctica médica europea durante más de un milenio. Al igual que Aristóteles en la física, Galeno se enredó en su vejez en complejas teorías abstractas (como la teoría de los cuatro humores corporales). Vaughan argumenta que este exceso de generalizaciones teóricas obstruyó el desarrollo científico, apartando a los médicos de la experimentación práctica con sustancias químicas, sales y minerales capaces de curar verdaderamente al paciente.
Cambio de Sección Editorial (Ff): La estampa de la letra Ff al pie de la página nos indica de manera inequívoca que la obra ingresa en un nuevo pliego físico de impresión. La enciclopedia Theatrum Chemicum de Friedrich Roth-Scholz avanza con perfecta rigurosidad en su composición.
[41] El Rechazo a los «Paganos» (Heyden): Con este término, Vaughan desmitifica la autoridad de los filósofos griegos y romanos que dominaban los planes de estudio universitarios. Lamenta que «casi el mundo entero» los siga a ciegas. Para un rosacruz, la verdad no se encuentra en Atenas ni en Roma, sino en el Gran Libro de la Naturaleza dictado por Dios.
La Metáfora de Virgilio y el Pan Diario: El autor utiliza una analogía brillantemente pragmática. Las Geórgicas de Virgilio eran el poema clásico por excelencia sobre la vida campesina y la agricultura, estudiado de forma obligatoria en la educación superior. Vaughan señala con ironía que un erudito puede memorizar cada verso de Virgilio sobre el arado, pero si jamás sale al campo a sembrar con sus propias manos («nimmer selbst Hand anlegte»), se morirá de hambre. Del mismo modo, el químico que solo debate sobre teorías en los libros sin encender el horno jamás producirá nada real.
La Ciencia contra el Dolor Humano (Kranckheit und Armuth): Vaughan define el objetivo moral de la verdadera Filosofía Natural (la alquimia médica e iatroquímica). La ciencia no existe para el entretenimiento intelectual de los profesores; existe para combatir las dos grandes tragedias materiales de la humanidad: la Enfermedad (mediante la Medicina Universal o Elíxir) y la Pobreza (mediante la transmutación y el entendimiento de los recursos de la Tierra). Si la filosofía escolástica tradicional no cura enfermos ni genera bienestar, es una disciplina «vana e innecesaria».
La Sentencia de Muerte a Aristóteles: El ataque final contra el estagirita es absoluto. Vaughan no se limita a decir que Aristóteles es anticuado; afirma categóricamente que su física abstracta basada en palabras es falsa y ha funcionado durante siglos como una venda en los ojos de la humanidad, llegando casi a «extinguir la luz de la verdad». Al llamarlo despectivamente «este individuo» (diesem Gesellen), le arrebata toda la sacralidad y el respeto que las facultades de teología y filosofía le habían profesado durante la Edad Media.
[42] La leyenda del Aristóteles destructor de libros: Vaughan se hace eco de una acusación muy extendida entre los filósofos herméticos y renacentistas: la idea de que Aristóteles, movido por la soberbia, ordenó quemar las obras de los filósofos presocráticos y antiguos que le precedieron para que su propio sistema pareciera original y supremo. Al acusarlo de saquear la herencia intelectual de la humanidad («dieser alten trefflichen Schrifften beraubet»), Vaughan justifica su desprecio hacia el estagirita.
Aristóteles como un «Ateo» (Atheisten): El autor lanza un golpe teológico devastador contra los académicos universitarios. Durante la Edad Media y el Barroco, la escolástica cristiana había adoptado a Aristóteles casi como un dogma de fe. Vaughan les recuerda una verdad incómoda: la filosofía aristotélica original sostiene que el universo es eterno (negando la Creación del Génesis) y no defiende la inmortalidad de la psique o alma individual de forma compatible con el cristianismo. Por lo tanto, quienes acusan a los laboratorios químicos de atentar contra la fe están adorando, en realidad, a una «oveja sarnosa» (reudige Schaaf) y atea.
La inversión de la acusación de Herejía: Con una retórica forense impecable, Vaughan da la vuelta a la tortilla («den Ketzer vor die Thüre legen»). Si la definición estricta de herejía es seguir doctrinas contrarias a las verdades divinas (como la Creación o la inmortalidad), los verdaderos herejes son los profesores de Oxford y las universidades tradicionales que defienden a Aristóteles, y no los iatroquímicos que leen la Biblia y examinan la materia.
La paradoja de la «Nueva Ciencia»: Los sectores conservadores atacaban la medicina de Paracelso y la filosofía hermética tachándolas de innovaciones peligrosas («una nueva medicina, filosofía y teología»). Vaughan responde con el axioma fundamental de la Prisca Theologia rosacruz: la alquimia espiritual no es una novedad moderna, sino la restauración del saber más antiguo del mundo (la sabiduría de Adán, Moisés, Salomón y Hermes). El autor reta a sus detractores a estudiar a fondo la verdadera tradición antigua antes de atreverse a juzgar el trabajo del crisol.
Estructura Tipográfica Ordenada (Ff 2): Esta página porta la signatura secundaria del pliego, confirmando la perfecta factura técnica del libro y preparando el salto hacia la página 452 con la palabra enlace ehe.
[43] Desmitificación de la Tierra Común: Vaughan aclara un gran malentendido de los manuales alquímicos vulgares. Advierte que cuando el filósofo del fuego habla del elemento Tierra, no se refiere al barro o la suciedad del suelo de los caminos («unreinen Cörper, darauf wir treten»). La verdadera Tierra hermética es una sustancia cristalina purificada y aislada en el laboratorio: el Nitro Central o salitre primordial.
El Matrimonio Químico de la Tierra y el Agua: El autor describe la interacción molecular y de estados de agregación entre el polo fijo y el volátil utilizando una hermosa ley de reciprocidad física: «la Tierra espesa al Agua, y el Agua sutiliza a la Tierra».
- El Nitro Central actúa como el principio Fijo (Azufre / Tierra) que aporta consistencia.
- El Agua pura actúa como el principio Volátil (Mercurio / Fluido) que aporta disolución.
El Nacimiento del Mercurio Filosófico (zähe und schleimig): Al entrelazarse íntimamente la Sal fija y el Agua volátil, neutralizan sus extremos. El sólido se licúa y el líquido se espesa, dando origen a una sustancia intermedia, viscosa, mucosa y coloidal. Vaughan revela que este fluido denso es el auténtico Mercurio de los Sabios, la matriz o Sperma Mundi indispensable para que la naturaleza o el operador puedan «sembrar» y transmutar cualquier cuerpo metálico.
La Importancia de la Semilla Incolora (färbig): Introduce una regla crítica de pureza en el laboratorio. En el lenguaje de la Gran Obra, que una sustancia o semilla fuera «färbig» (coloreada / tintada) significaba que estaba contaminada por impurezas metálicas o azufres bastos (heterogéneos). Si la matriz inicial no es perfectamente blanca, transparente o pura, el proceso biológico se bloquea y «jamás llegará a formarse un cuerpo de ella».
El Ciclo Agrícola como Destilación Cósmica: Vaughan demuestra que esta alta química ocurre de forma espontánea a escala global cada vez que hay precipitaciones. La lluvia pura que cae del cielo es el agua destilada macrocósmica. Al tocar el suelo, busca por afinidad simpática al Nitro terrestre (las sales de la tierra) y lo disuelve, preñando los campos de cultivo y activando la savia que nutre la vegetación, demostrando de forma empírica que el laboratorio humano solo imita las operaciones diarias de Dios sobre el planeta.
[44] (Nota: En la línea 16, «Androdamas» hace referencia a una piedra mitológica o mineral mencionada en textos clásicos. En la línea 16, «Duenech» es un antiguo término alquímico de raíz árabe que solía designar al antimonio, al vitriolo o al cobre verde según el código del autor).
[45] La Disolución como Llave (Auflösung ein Schlüssel): Vaughan formula el axioma fundamental de la alquimia práctica: Solve et Coagula (Disuelve y Coagula). El agua de lluvia que se satura con las sales nitrosa del suelo se vuelve «aguzada» o ácida («geschärfft»). Solo cuando la materia se disuelve por completo en este Menstruum líquido, sus enlaces se abren, permitiendo que la energía vital dormida despierte y genere crecimiento biológico o transmutación metálica.
La paradoja de la materia barata y despreciable: El autor insiste en una de las mayores advertencias de los rosacruces: la materia prima de la Gran Obra no es el oro costoso ni las gemas preciosas. Es una sustancia sumamente abundante, común y «despreciable» («schlecht verächtlich Ding»), que la gente pisa por la calle y que no cuesta más trabajo obtener que el de agacharse a recogerla de la tierra.
El código de los sinónimos alquímicos: Para proteger el secreto de manos indignas, Vaughan enumera los nombres históricos de esta sustancia:
Tierra Etíope (Æthiopische Erde): Alude a la materia en su estado de Nigredo o negrura total durante la putrefacción inicial, etapa en la que, paradójicamente, encierra potencialmente «todos los colores» (la cola de pavo real o cauda pavonis).
El Androdamas de Demócrito: Una referencia a la alquimia griega clásica (Pseudo-Demócrito). El androdamas era un mineral legendario que, según los antiguos, tenía la propiedad magnética de frenar la furia del fuego y domar los metales.
El Duenech verde y el Vitriolo de Venus: Duenech es un término de la alquimia medieval de influencia árabe. Al llamarlo «verde» y vincularlo al Vitriolum de Venus (el planeta que rige al metal cobre, cuyos sulfatos son de un verde esmeralda brillante), Vaughan apunta al reactivo intermedio cristalino y magnético que actúa como el puente entre el cielo y la tierra.
El Agua como el Vehiculum Cósmico: Al pasar al análisis del Elemento Agua, Vaughan utiliza el concepto latino clásico de Vehiculum (traducido al alemán en el propio texto como der Wagen, el carruaje o vehículo). El agua no es un compuesto químico estático; es un agente de transporte bidireccional.
- Hacia arriba: Recoge los vapores y las sales de la Tierra y los eleva hacia la atmósfera impulsada por el calor central.
- Hacia abajo: Captura las radiaciones estelares, la luz del Sol y el nitro del aire (los influjos celestiales), y los hace descender sobre el suelo mediante la lluvia.
La mezcla indisoluble: En el agua de lluvia se consuma el matrimonio perfecto entre lo supracelestial y lo mundano. El autor advierte que ambas naturalezas quedan tan íntimamente entrelazadas en las gotas de agua que un ser humano ordinario es incapaz de distinguirlas o separarlas; para aislar ese espíritu estelar puro que viaja en el agua se requiere poseer un «Arte singular» («sonderliche Kunst»), es decir, el dominio absoluto de la destilación hermética.
[46] La alegoría del Huevo del Águila (der Adler läst sein Ey): El «Águila» es uno de los términos en código tradicionales más importantes de la Gran Obra; habitualmente designaba la volatilización o la sublimación del Mercurio (el principio volátil que vuela por el aire). Al afirmar que el águila deja su huevo en la tierra, Vaughan explica que el agua destilada de la atmósfera, al filtrarse en el suelo, deposita una mucosidad o baba sutil («Schleim»). Bajo el calor incubador del Arqueo subterráneo, este fluido se «digiere» metabólicamente hasta transformarse en Nitro cristalino y en las vetas de los minerales.
La atmósfera como un Templo Nupcial (die Lufft der Tempel): Vaughan describe el ciclo meteorológico como un Matrimonio Químico Sagrado. Vulcano (el dios del fuego, que aquí personifica al Sol Central o calor interno del planeta, pág. 436) evapora el agua y la empuja hacia el cielo. El espacio intermedio del aire funciona como un «Templo» donde las emanaciones espirituales e ígneas de las estrellas y los planetas (el novio) fecundan la «humedad grasa» y pasiva del agua evaporada (la novia). El resultado de esta unión es una lluvia «preñada» de luz estelar.
La multiplicación de la Semilla Cósmica: El influjo de la luz celestial dota al agua de una propiedad vital activa: la hace hincharse («schwellend») y activarse, incrementando su potencial como semen de la naturaleza («feuchten Saamen»). Sin embargo, este fluido celestial preñado permanece inestable en el aire; necesita encontrar un cuerpo receptor fijo en el suelo para poder consolidarse.
El misterio del Männlein y el Collustrum: Vaughan utiliza el término germánico Männlein (hombrecillo / varón / principio masculino fijo) en perfecta equivalencia con el término latino Collustrum. En la metalogenia hermética, el collustrum hace referencia a la matriz mineral fija o azufre terrestre latente en las rocas. El agua cargada de influjos astrales que desciende con la lluvia regresa a «su patria» (la Tierra) y busca por atracción simpática a este varón mineral. El azufre terrestre atrapa de inmediato la humedad sutil del cielo para iniciar la solidificación y el crecimiento de los metales nobles en el vientre del planeta.
[47] (Nota: En la línea 6, «mir» es un arcaísmo u omisión tipográfica por «wir» [nosotros], error que se repite en la línea 28. En la línea 18, el tipógrafo estampó por descuido una ‘s’ de más en «beschginnet», debiendo decir «beginnet» [comienza]).
[48] La anatomía mística del Metal (Alma y Cuerpo): Vaughan define la estructura de los minerales mediante la dualidad clásica paracelsiana: el Azufre (Sulphur) es el principio masculino e ígneo que otorga la Seele (el alma, la forma y las propiedades específicas), mientras que el Agua (en forma de Nitro acuoso) es el principio femenino que aporta el Leib (el cuerpo material, el volumen y la fijeza plástica mediante la coagulación).
El Combate de los Fuegos y la Venus acuosa: Describe la reacción química subterránea como una batalla dramática. El azufre basto de las rocas contiene una impureza ácida y corrosiva que ataca a la wäſſerige Venerem (la Venus acuosa, que en el código de Vaughan alude a la solución de vitriolo verde o mineral de cobre purificado). El fuego terrestre intenta corromper el agua, pero es derrotado por la «luz celestial» que viaja camuflada dentro del agua de lluvia condensada (pág. 453-454).
La separación de la escoria (abschneidet): Al activarse el calor, la luz celestial se alía con la porción más pura y noble del azufre (su fuego puro o tintura masculina). Esta alianza energética «rebana» o segrega los componentes heterogéneos y los sulfuros tóxicos extraños («den groben fremden Schweffel davon abschneidet»). Al limpiarse la amalgama, precipita en el fondo del crisol o de la veta rocosa un «cuerpo metálico brillante», es decir, el metal precioso e incorruptible.
El imperativo de la muerte física de la materia (Aas): Vaughan formula una ley espiritual de la transmutación: el alma de una sustancia no puede renovarse ni alcanzar la perfección si se queda atrapada en su contenedor viejo e impuro. Utiliza la brutal palabra alemana Aas (carroña, cadáver en descomposición) para referirse a la materia mineral sin purificar. El compuesto debe sufrir una muerte química total (putrefactio o calcinación), disolverse y abandonar su vieja estructura densa para renacer en un cuerpo cristalino y glorificado.
La analogía teológica del Bautismo: El autor corona su tratado uniendo la química con el Evangelio de San Juan (3:5: «El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios»). El agua destilada del cielo actúa como la gran pila bautismal de la naturaleza: purifica los metales caídos y enfermos de la Tierra exactamente de la misma manera que el agua del bautismo limpia el alma humana de la corrupción del pecado original.
[49] (Nota: En la línea 2, el texto presenta una errata tipográfica muy común en el siglo XVIII al estampar «gewesen» con una ‘g’ rota o mal fundida que parece una ‘g’ incompleta [«g weſen»]. En la línea 26, «annimmer» es una variante arcaica de «annimmt» o «annimmt y absorbe» [absorber/recibir]).
[50] Los tres testigos terrenales de San Juan: Vaughan apela al célebre pasaje de la Primera Epístola de San Juan (5:8), que afirma que «tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan». Para la escuela hermética, este versículo poseía un significado iatroquímico directo: representaba la trinidad de principios que sostiene la vida material en el macrocosmos y el microcosmos, validando al elemento Agua como un portador directo de la impronta divina.
La Lluvia como la «Sustancia» de la Bendición Divina: El autor formula una tesis doctrinal y científica bellísima: a diferencia de las palabras humanas, que son intangibles, la bendición de Dios es materia viva, espíritu y sustancia física («lauter Geist und Wesen»). Dios no bendice los campos de forma abstracta; envía esa energía incorporada físicamente en las gotas de lluvia y el rocío, actuando la atmósfera como el vehículo (Vehiculum, pág. 453) que transporta esta fuerza del cielo a la tierra.
La Física del Rocío de Isaac y la «Grasa de la Tierra»: Analiza la famosa bendición que el patriarca Isaac otorgó a su hijo Jacob (Génesis 27). Isaac no deseó riquezas abstractas, sino dos realidades físicas exactas de la Gran Obra: el Rocío del Cielo (el principio volátil y celestial cargado de Anima Nitri, pág. 439) y la Grasa de la Tierra (el principio fijo, las sales minerales puras que aguardan en el subsuelo). La confluencia de este rocío sutil y la grasa mineral genera la fertilidad de los campos, provocando ese «olor a campo bendecido» que los alquimistas asociaban con la fragancia frutal liberada al abrir el matraz de nieve destilada (pág. 440-441).
Exégesis Alquímica de Hebreos (El Fuego Purificador): El tratado cierra este folio citando la advertencia de San Pablo en Hebreos 6. La tierra que absorbe la lluvia (el agua nitrosa cósmica) y fructifica es la materia bendecida que progresa hacia el Oro. En cambio, el suelo que rechaza el influjo del cielo y produce «espinas y abrojos» representa a la materia heterogénea, contaminada y rebelde. Al igual que una porción de mineral de baja ley o escoria en el laboratorio, esta materia estéril está «próxima a la maldición» y no tiene otro remedio que ser sometida a la prueba máxima del crisol: ser quemada por el fuego («mit Feuer verbrandt werde»), equivalente a la calcinación purificadora indispensable para destruir la carroña densa (Aas, pág. 455) y permitir un nuevo nacimiento.
[51] La Doble Complexión del Agua: Vaughan desglosa el agua en dos capas físicas y energéticas. El agua común de los pozos o ríos es meramente la cáscara externa («Auswendige»), un fluido pasivo, frío y flemático. El verdadero secreto radica en el Agua Central («Centralische»), un principio activo oculto que está «maduro» («gezeitiget») y que reúne las cualidades cinéticas del aire y del fuego.
La Polaridad Cromática Alquímica (Blanco y Rojo): El autor describe esta Agua Central utilizando un código de colores clásico de la Gran Obra: «exteriormente blanca y lunar, e interiormente roja y solar».
- El Blanco (Luna / Plata): Representa la etapa intermedia de purificación, la fijeza fría y el Mercurio limpio.
- El Rojo (Sol / Oro): Representa la etapa final de perfección, el Azufre vivo y el fuego transmutador latente en el corazón del fluido.
La teoría de los Imanes Alquímicos (Magnet): Para extraer este espíritu ígneo del agua se requiere un agente de atracción. Vaughan introduce la teoría de los «imanes» minerales o astrales. Una sustancia limpia actúa como un imán simpático que absorbe y concentra el alma del agua para nutrirse de ella de forma molecular.
La cita a la Turba Philosophorum y Pitágoras: El autor legitima su tesis recurriendo a la Turba Philosophorum (La Asamblea de los Filósofos), uno de los tratados alquímicos más antiguos e influyentes de la Edad Media occidental (traducido del árabe al latín en el siglo XII). En este texto se presenta un debate imaginario entre filósofos griegos presocráticos. Vaughan cita el fragmento atribuido a Pitágoras, que describe cómo el mercurio abraza y disuelve a los metales de forma espontánea en frío («atrapa a su compañero sin necesidad de fuego»).
La Afinidad entre Marte (♂) y la Magnesia: Al citar la Turba: «Es ist eine grosse Verwandtschafft zwischen unserm Mars und der Magnesia», Vaughan aporta un dato operativo de primer orden. Marte es el nombre en código del metal hierro, y la Magnesia es el imán o matriz mineral (pág. 441). En la iatroquímica del siglo XVII, la interacción entre las sales de hierro (vitriolo verde) y el nitro aéreo era considerada el puente definitivo para capturar el espíritu del mundo.
La Advertencia contra el Mercurio Común: Vaughan lanza una tajante advertencia de seguridad teórica para evitar que los «chapuceros» (Hudlers, pág. 447) fracasen. Aclara que el verdadero Mercurio de los Sabios no tiene nada que ver con el azogue líquido y tóxico que se vende en los mercados («nicht an die gemeinen Metalla anhänge»). Los textos antiguos usaron la palabra «Mercurio» de forma deliberadamente oscura («sehr subtil und dunckel») para proteger el secreto, pues el verdadero disolvente es una esencia espiritual que habita oculta en el elemento Agua.
[52] La Paradoja del Agua-Fuego (Wasser auch ihr Feuer sey): Vaughan expone el nudo gordiano de la alquimia hermética. Los textos antiguos afirmaban que el disolvente máximo era un «agua que no moja las manos» o un «fuego líquido». El autor confiesa con total franqueza su rabia y desesperación juvenil («dass ich mich offt über sie erzürnet habe») al intentar descifrar este enigma en los libros escolásticos oscuros.
La Confesión de los Doscientos Fracasos: Alude con alta probabilidad al testimonio de un gran maestro (como Bernhardus Trevisanus o Denis Zachaire, célebres por haber dejado crónicas detalladas de sus innumerables pérdidas de tiempo y dinero). Que un sabio admitiera haber fracasado 200 veces consecutivas conociendo la materia correcta («die wahre Materie gewust») demuestra que el gran secreto de la Gran Obra no radica en qué sustancia comprar, sino en cómo regular el grado de calor del horno («Unwissenheit des Feuers»). El fuego excesivo destruye el espíritu vital; el fuego débil no activa la matriz mineral.
Las Propiedades del Fuego Filosófico: Vaughan extrae las leyes físicas de este fuego secreto que actúa como el agente químico catalizador:
- Es un fuego puramente mineral y constante («stets-währendes»).
- No produce humo bajo condiciones normales («rauchet nicht»).
- Es el motor dinámico absoluto: posee la triple capacidad de disolver, calcinar y solidificar los compuestos («solviret, calciniet, und coaguliret alles»).
- Es un agente catalítico exterior: a diferencia de los reactivos comunes que se consumen y transforman durante la reacción, este fuego sutil permanece inalterado («wird nicht verändert, wie die Materie») al finalizar el proceso.
El Hallazgo de Vaughan: El Agua Fétida (stinckendes Wasser): En las últimas líneas, el autor rompe el secreto hermético para entregar su propia medalla de laboratorio. Afirma haber logrado aislar e identificar un «agua mineral fétida». En la iatroquímica y spagyria del siglo XVII, este fluido maloliente, graso y denso corresponde habitualmente al Menstruum ácido primario obtenido al destilar vitriolo verde, azufre o amoníaco. Este líquido corrosivo y volátil, a pesar de su olor repulsivo (asociado a la putrefacción o nigredo), era considerado el verdadero «baño nupcial» capaz de desarmar la estructura de los metales para extraer su alma áurea.
[53] El Menstruum Contra Naturam: En la literatura alquímica medieval y moderna, un menstruum «contra la naturaleza» no significaba algo diabólico o antinatural, sino un ácido mineral violento preparado artificialmente por el hombre (como el espíritu de vitriolo, el espíritu de nitro o el agua fuerte). Mientras que la naturaleza disuelve las cosas lentamente a lo largo de los siglos, el operador utiliza este reactivo ígneo para forzar y acelerar la destrucción molecular de los metales en cuestión de horas.
La volatilidad del catalizador químico: Vaughan describe una propiedad fascinante de este ácido: disuelve el metal, lo reduce a cenizas («calciniret») y ayuda a que los componentes nobles se solidifiquen («coaguliret»), pero el ácido mismo no se integra en el Oro o la Plata resultantes; actúa como un catalizador moderno. Al aumentar la temperatura del horno, el fuego de la naturaleza lo expulsa y se evapora por completo en forma de gas libre («windigen Dämpffes»), dejando el metal precioso absolutamente puro en el fondo.
El código del Aqua Nubium y el Rocío de Mayo (Mayenthau): El autor advierte contra el error de los sopladores que recolectaban literalmente agua de lluvia o rocío de las plantas esperando transmutar metales. Aclara que los textos antiguos usaban de forma metafórica el nombre Aqua Nubium o Mayenthau únicamente porque la técnica de laboratorio para purificar este ácido requería una destilación fraccionada cíclica sumamente lenta y delicada, cuyo goteo transparente dentro de la retorta recordaba visualmente al rocío fresco de la primavera.
El Misterio del Vinagre Acérrimo (Acetum Acerrimum): Esta es una de las alegorías más sagradas de la alquimia tradicional. El vinagre fuerte representa el principio de penetración y corrosión simpática. Vaughan explica la paradoja del compuesto: tiene la propiedad «masculina» de rasgar la armadura del metal y, simultáneamente, la propiedad «femenina» de contraer y agrupar las moléculas esenciales para hacer que el cuerpo denso se vuelva «completamente espiritual» («ganz spiritualisch»), es decir, soluble y reactivo. Su gran virtud radica en su alteridad: limpia la materia, pero al no pertenecer a la esencia del metal, se retira sin dejar rastro.
[54] La permanencia del solvente catalizador: Vaughan insiste en que el Menstruum o Agua Filosófica (el ácido preparado en la página anterior) actúa como una matriz permanente. Aunque disuelva los metales y haga nacer los dos principios puros de la Gran Obra —el Mercurio Filosófico (fluido/plástico) y el Azufre Filosófico (fijo/ígneo)—, el líquido disolvente en sí mismo no se desgasta ni entra en la composición atómica final de los metales nobles resultantes; permanece inalterable en su volumen y esencia.
Crítica a la Coagulación Mecánica (Harina y Agua): El autor propone una brillante distinción termodinámica y de enlaces químicos para su época. Los alquimistas ignorantes creían haber logrado la «coagulación del agua» cuando preparaban pastas o cuando evaporaban soluciones salinas y quedaba un residuo denso. Vaughan se burla de esta idea comparándola con la mezcla doméstica de harina y agua («Meel und Wasser»). Eso es solo un endurecimiento mecánico superficial (una retención física de la humedad).
La Coagulación como Transmutación Real: Para un verdadero filósofo hermético, la coagulación genuina exige una alteración ontológica de la sustancia: transformar el elemento líquido (Agua) de manera absoluta en un elemento sólido duradero (Tierra) o gaseoso (Aire), rompiendo sus propiedades intrínsecas, algo imposible para los fluidos comunes de la naturaleza.
El Secreto de la Sal más valiosa que el Oro (köstlicher ist als Gold): En el último párrafo, Vaughan desvela la existencia de una sustancia mística y operativa sublime: un «Agua» especialísima que, al ser sometida a un calor sumamente moderado («gelinden Hitze», equivalente al calor de incubación o balneum Mariae), precipita y se cristaliza por sí misma, sin reactivos externos, convirtiéndose en una sal glorificada («güstigen Saltz»). En la tradición de la iatroquímica rosacruz, esta sal autocoagulable representa el Sal de los Sabios o la sal de nitro aéreo perfectamente fijada, la cual estimaban infinitamente más que el oro comercial debido a sus absolutas propiedades medicinales para regenerar la salud del cuerpo humano.
[55] La Humedad Invisible Cósmica (unsichtbahre Feuchtigkeit): Vaughan profundiza en la teoría del Spiritus Mundi o Nitro Aéreo citando explícitamente a Michael Sendivogius. Aclara que el verdadero objeto de la búsqueda spagyrica no es el agua líquida visible que cae en la lluvia, sino un fluido gaseoso sutil, una humedad espiritual omnipresente en el aire. Solo el operador que posee el verdadero entendimiento del Arte («Kunst-Verständigen») es capaz de capturar este gas invisible, enfriarlo y corporificarlo en el laboratorio a través de imanes minerales (pág. 457).
El peligro cósmico de la fijación del Agua: El autor formula una brillante ley de la termodinámica meteorológica y biológica del planeta. Advierte que la función del elemento Agua es ser permanentemente móvil, fluida y volátil. Si el agua poseyera una naturaleza astringente intrínseca que la hiciera solidificarse o volverse «fija» («ganz fix werden» o «figiret»), el motor del mundo se detendría por completo. Sin agua que se evapore, el ciclo de las lluvias, el rocío y las nubes desaparecería, lo que condenaría al planeta entero a una inmovilidad estéril donde la naturaleza ya no podría concebir ninguna forma de vida vegetal, animal o mineral («kein Saame noch Cörper»).
El Vapor como el espacio de reacción química (in einem Dampff): Vaughan define una regla de la física sagrada sumamente avanzada: los elementos químicos solo pueden interactuar entre sí y unirse de forma molecular cuando se encuentran en estado gaseoso o de vapor. La Tierra (el principio sólido y fijo) es estática por sí misma y no puede ascender al cielo para unirse con los influjos estelares a menos que el Agua la penetre, la disuelva y la eleve hacia la atmósfera mediante el proceso de rarefacción («rareficiret», pág. 431, 444). El vapor es el «baño químico» y el espacio nupcial de la naturaleza.
Retórica contra los escépticos pedantes: En el primer párrafo, Vaughan introduce un comentario muy humano y un tanto sarcástico contra los intelectuales universitarios de su tiempo. Señala que continúa ofreciendo pruebas físicas detalladas no porque lo necesite su argumento, sino para cerrar la boca de aquellos críticos soberbios («um derer willen, die nicht glauben…») que, atrapados en su propio dogmatismo escolástico, se niegan a aceptar que un filósofo hermético pueda haber alcanzado un nivel de comprensión de las leyes naturales muy superior al de sus rígidas cátedras de texto.
[56] La Cadena de la Amistad Elemental (Freundschafft): Vaughan describe la dinámica de los cuatro elementos (Tierra, Agua, Aire y Fuego) no como fuerzas mecánicas ciegas o violentas, sino como una red de afectos y correspondencias mutuas («als ob sie eine Freundschafft… vergelten wollte»). La Tierra densa no puede tocar al Aire sutil directamente; necesita que el Agua actúe como puente, disolviéndola («aufgelösete Erde»). A su vez, el Fuego violento no puede unirse al Agua fría si el Aire —definido aquí por su cualidad «grasa» o protectora— no sirve de vehículo amortiguador, actuando además como el alimento inflamable («Nahrung») que sostiene la llama.
El Vapor como el Carruaje Nupcial (der Wagen): En perfecta sintonía con la página 453, reafirma que el estado gaseoso («Dünste des Wassers») es la matriz indispensable del mundo. Define al vapor como el carruaje alquímico en un viaje de ida y vuelta: eleva las sales puras del subsuelo hacia el firmamento para que experimenten un matrimonio místico con las radiaciones cósmicas.
La Leche del Sol y la Sangre de la Luna (Milch y Blut): Vaughan introduce dos de los términos criptográficos más célebres y profundos de la tradición hermética y rosacruz para detallar la fecundación astral:
- La Leche (Milch): Vinculada al Sol (o al principio Azufre purificado), representa el alimento blanco, sutil, nutricio y espiritualizado del intelecto cósmico (el Aire divino).
- La Sangre (Blut): Vinculada a la Luna (o al principio Mercurio fijo), representa la fuerza vital roja, ígnea, generativa y plasmadora del alma del mundo (el Fuego divino).
Al impregnarse el vapor con la leche y la sangre de las dos luminarias, la lluvia regresa a la tierra «preñada» («geschwängert») de virtudes transmutacionales y medicinales absolutas.
La Coagulación de la Semilla Mucosa: El folio cierra resolviendo de forma magistral una paradoja de laboratorio. El autor aclara que el calor del horno puede solidificar y fijar a la semilla mucosa («schleimige Saame», es decir, las sales y el azufre que viajan suspendidos dentro del vapor). Sin embargo, el vehículo conductor líquido (el agua pura residual) jamás cambiará su naturaleza elemental; se evaporará o se retirará intacto, operando puramente como el útero biológico que permite la gestación del nuevo cuerpo metálico brillante.
[57] La Física Neumática del Rocío: Vaughan detalla por qué el rocío es radicalmente distinto a la lluvia común. La lluvia es vapor condensado mecánicamente por el frío que cae con fuerza. El rocío, en cambio, está impregnado de Fuego Estelar («Stern-Feuers»), es decir, la radiación pura de los astros que baja por la noche. Esta energía ígnea invisible actúa como un flotador térmico molecular: mantiene al fluido en un estado de sutilidad extrema en la atmósfera («hält ihn also subtil in der Lufft»), impidiendo su caída abrupta. Solo cuando este gas estelar roza la superficie fría del suelo se mezcla con las exhalaciones densas de la Tierra, equilibrando sus polaridades y condensándose silenciosamente en finas y mágicas gotas cristalinas sobre las plantas.
La Cita a Sirácides (Eclesiástico): El autor cita el Libro del Eclesiástico (o Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac), un texto del Antiguo Testamento muy amado por los rosacruces debido a su alta carga teosófica. La máxima de que todas las cosas están hechas de dos en dos, opuestas entre sí («zwee und zwee wieder einander»), es la base del axioma hermético de la polaridad. El universo no es una masa homogénea; subsiste gracias a la tensión armónica de los contrarios: el Sol y la Luna, el Fuego y el Agua, el Azufre y el Mercurio.
El Libro Secreto de Moisés (Literatura Pseudoepigráfica): Vaughan introduce una referencia histórico-cabalística fascinante al mencionar un «pequeño libro publicado bajo el nombre de Moisés». Alude con alta probabilidad al Libro de los Jubileos (también llamado el Pequeño Génesis) o a los manuscritos apócrifos de la tradición mágica y mística judía (como las pseudoepigráficas Espadas de Moisés o textos de la Cábala práctica) que circulaban de forma semiclandestina en la Europa moderna. Estos escritos defendían que Dios le entregó a Moisés en el Sinaí, además de las Tablas de la Ley, una revelación secreta sobre los misterios atómicos de la creación y las parejas de opuestos («einen Gesellen, und Widerwärtigen») que rigen la naturaleza.
La Prudencia Crítica de Vaughan: Demostrando de nuevo su honestidad intelectual (pág. 416, 449), Vaughan se cura en salud frente a los teólogos ortodoxos introduciendo un comentario escéptico: aclara que él no pone la mano en el fuego por la autenticidad de dicho libro apócrifo ni afirma de forma dogmática que Moisés lo escribiera. Lo cita no como un dogma de fe inerrante, sino como una tradición filosófica respetable que corrobora de forma empírica la ley física de los opuestos que él mismo comprueba diariamente operando ante el fuego de su laboratorio.
[58] El análisis filológico del texto apócrifo: Vaughan aporta un criterio erudito para defender el «pequeño libro de Moisés» mencionado en la página anterior. Señala la presencia de términos en hebreo como una prueba circunstancial («Circumstantz») de su antigüedad y de su autoría semítica legítima, una práctica habitual entre los intelectuales rosacres versados en la cábala cristiana.
El Gran Axioma de la Polaridad (Tierra frente a Agua): El autor define las propiedades mecánicas y químicas opuestas de los dos elementos pasivos de la creación:
- La Tierra (Fría y Seca): Es dura, áspera («hart und herb»), contractiva y petrificante. Su función es fijar y solidificar, pero tiene el defecto de aprisionar al elemento dinámico, el Fuego, bloqueando la vida.
- El Agua (Fría y Húmeda): Es fluida, sutil y expansiva. Su función es ablandar, abrir y liberar las fuerzas atrapadas mediante la disolución.
El Grano de Trigo como Cápsula Alquímica: Vaughan utiliza una magistral analogía botánica y cristológica. Un grano de cereal seco es un sistema hermético bloqueado por la fuerza restrictiva de la Tierra («zusammenziehende irrdische Krafft»). Los cuatro elementos están congelados en su interior. Si el grano se mantiene seco, permanece estéril y solo. Para despertar el fuego vital oculto en su núcleo, el grano debe experimentar un proceso radical: ser sembrado y «morir».
La Muerte como Disolución Química (Auflösung): El autor formula una de las definiciones operativas más célebres de la filosofía hermética: «la muerte no es otra cosa que una disolución». Morir no es la aniquilación hacia la nada, sino el desarme físico de una estructura rígida. Cuando la humedad del cielo (la lluvia cargada de nitro aéreo, pág. 439, 453) empapa el grano, rompe los enlaces densos de la cáscara terrestre. Esta solutio o putrefacción inicial es la «muerte» indispensable que permite al Fuego interno liberarse, expandirse y brotar en forma de una planta viva y multiplicada. Esta misma ley rige de forma exacta para los metales en el crisol del laboratorio.
[59] (Nota: En la línea 2, el tipógrafo estampó por error «bewget» en lugar de «bewegt» [se mueve]. En la línea 9, «näzet» es una variante gráfica o errata por «netzet» [moja]. En la línea 17, el molde de plomo deformó la palabra «gekannt» transformándola visualmente en «gekelernt» [conocido]).
[60] El Agua que no moja las manos (die Hände nicht näzet): Vaughan desvela uno de los mayores enigmas de la criptografía hermética. Cuando los antiguos maestros hablaban del «Agua de nuestro Mar» o del agua que no moja, los sopladores vulgares buscaban líquidos exóticos. Vaughan aclara que se trata del Aire sutil y vital (el gas o espíritu) atrapado molecularmente dentro de la condensación del rocío purificado. No es un fluido mojado elemental común; es la humedad radical o «agua seca» («trucken Wasser») que actúa como el verdadero portador de la energía cósmica.
Sátira contra los Sofistas Académicos: Al citar de nuevo a Sendivogius, Vaughan arremete contra los «sofistas» universitarios de su tiempo. Estos teóricos disputaban de forma ciega sobre las metáforas de los libros, pero eran incapaces de ver que el «agua» de los filósofos es el espíritu invisible de la vida que penetra la atmósfera y el laboratorio.
La redefinición del Aqua Vitae: En el siglo XVII, el término Aqua Vitae (agua de vida) empezaba a usarse de forma popular para el alcohol destilado o los licores. Vaughan rescata el término en su pureza iatroquímica original: el auténtico Aqua Vitae es el solvente de la naturaleza porque encierra en su vientre al elemento Fuego Universal de forma templada, funcionando como un elíxir biológico indispensable para la nutrición y regeneración de los seres vivos.
El Imán Vegetal (vegetabilische Magnet): Continuando con la analogía del grano de trigo de la página 464, el autor explica la fisiología de la germinación mediante las leyes de la atracción magnética y la simpatía. El fuego interno adormecido en la semilla actúa como un polo magnético específico («vegetabilische Magnet»). Al ser empapado por el agua del cielo, este imán despierta y atrae magnéticamente hacia sí al fuego cósmico latente en el rocío, devorando la energía exterior para multiplicarse.
El «Carruaje de las Almas» de los Platónicos (Seelen-Wagen): Vaughan corona el folio introduciendo una bellísima correspondencia con la filosofía neoplatónica (Ficino, Plotino o Proclo). Los platónicos enseñaban que las almas espirituales abstractas, al descender del cielo hacia el mundo material denso, necesitaban un vehículo intermedio y sutil que sirviera de ropaje para su energía: el Vehiculum o Carruaje de la Llama. Vaughan identifica este carruaje mítico con el Elemento Aire de la atmósfera. El aire es el «vestido o cuerpo» («des Feuers Kleid oder Leib») que envuelve, protege y transporta el fuego de las estrellas hacia la tierra en forma de una invisible y bendecida lluvia de fuego vivificante.
[61] (Nota: En la línea 16, el tipógrafo repitió la sílaba final por error al estampar «grosese» en lugar de «grosse» [grande]. En la línea 19, «Wartzel» es una grafía arcaica por «Wurzel» [raíz]. En la línea 21, «Tacht» es un término dialectal antiguo por «Docht» [mecha de una vela o lámpara]).
[62] El secreto de la Sal Dulce Volátil (flüchtigen süssen Saltzes): Vaughan define el alimento biológico que viaja en el aire y la lluvia como una sal gaseosa, dulce y volátil. En la historia de la química del siglo XVII, esto alude directamente a los primeros atisbos del nitrato de amonio o las sales suspendidas en la atmósfera que fertilizan el suelo de forma orgánica.
La Matrioshka Elemental (El Fuego en el Aire y el Aire en el Agua): Formula una de las máximas más bellas de la neumática hermética sobre cómo Dios camufló la energía cósmica en la materia densa: el Fuego sutil (el alma vital) viaja protegido dentro del Aire (el gas atmosférico, pág. 465), y este Aire viaja a su vez disuelto dentro del Agua líquida de lluvia. Por consiguiente, el solvente spagýrico no actúa por ser agua, sino por ser «Agua y Espíritu» («Wasser und Geist»), un agua mística viviente capaz de resucitar los cuerpos metálicos y vegetales caídos.
La Analogía de la Lámpara de Aceite: El autor ofrece una imagen visual perfecta para explicar la digestión molecular. El germen vital o fuego encerrado en la semilla de la Tierra actúa como la mecha («Tacht» o Docht) de un candil. El jugo viscoso del agua actúa como el aceite combustible. Al unirse, la mecha atrae magnéticamente el fluido y lo consume para sostener la llama de la vida y el crecimiento.
El Enigma Criptográfico del Abryffach y el Leffas: Vaughan inserta dos palabras de enorme misterio técnico: Abryffach y Leffas. En la jerga de la spagyria y las escuelas rosacruces de influencia paracelsiana y cabalística (como las obras de Gerhard Dorn o los tratados pseudo-paracelsianos), estos términos bárbaros se utilizaban para designar al Mercurio de los Sabios en su estado de máxima pureza, es decir, el jugo denso, coloidal, mucilaginoso y seminal («Schleim oder Safft des Wassers») que es extraído del aire y del agua y que sirve de alimento para que el azufre fijo geste el Oro Filosófico.
El peligro del exceso de «Vehículo» (Vehiculum): El tratado cierra el folio con una advertencia práctica fundamental para el operador del matraz: el agua cruda es indispensable porque sirve de carruaje (Vehiculum) para transportar el aire y el fuego hacia la semilla mineral. Sin embargo, una vez consumada la absorción, el exceso de agua líquida sobrante debe ser evacuado de inmediato mediante una destilación suave. Si el operador deja la materia «ahogada» en agua líquida cruda por demasiado tiempo, el frío elemental de la misma apagará el Arqueo o calor interno, bloqueando la fermentación e impidiendo la maduración («Zeitigung») de la Piedra.
[63] La Termorregulación del Ecosistema Planetario: Vaughan describe el ciclo hidrológico global como una operación simbiótica perfecta entre el Sol del cielo y el Arqueo subterráneo (el Sol Central de la página 436). El agua líquida sobrante actúa solo como un carruaje de ida y vuelta. Sube al cielo, se satura de radiación estelar o Sternen-Milch (Leche de las Estrellas) y baja con la lluvia para inyectar este fertilizante en las plantas. Una vez cumplida la misión, el Sol calienta la superficie y evapora el agua cruda estéril para que no «ahogue» ni pudra las raíces, manteniendo el equilibrio de la vida.
La Alegoría del Pájaro y el Nido: Utiliza una hermosa metáfora biológica para detallar la destilación cíclica: el agua es como un ave que vuela incansablemente saliendo y entrando de su nido (el suelo de la Tierra) para alimentar a sus polluelos (los reinos de la naturaleza). Esta circulación de fluidos inspiró el axioma de la tabla esmeralda de Hermes: «Asciende de la tierra al cielo, y de nuevo desciende a la tierra, y recibe la fuerza de las cosas superiores e inferiores».
El Enigma del Lac Volatilium (La Leche de los Pájaros): El autor desvela una frase en código tradicional sumamente opaca: la Leche de los Pájaros o Lac volatilium. En los tratados antiguos (como los atribuidos a Artefio o al Pseudo-Lulio), se decía de forma absurda que la Piedra Filosofal se alimentaba de la leche de animales alados o que «los pájaros traían la Piedra en su pico». Vaughan aclara el misterio: los «pájaros» o volátiles son las moléculas gaseosas evaporadas que viajan por el cielo, y su «leche» es la humedad radical o sal nitroso-amoniacal purísima que condensa sutilmente en el aire antes de tocar el suelo.
La Cita a Juan de Pontano (Pontano): Vaughan se despide teóricamente invocando el testimonio de Giovanni Pontano (Johannes Pontanus), un famosísimo erudito y alquimista italiano del Renacimiento. Pontano era célebre en toda Europa por haber escrito una epístola donde confesaba que, tras haber estudiado y fracasado durante años siguiendo los manuales comunes, finalmente comprendió que el gran secreto radicaba en el Fuego Filosófico (el fuego que es agua). Vaughan adopta la tesis de Pontano para marcar la frontera definitiva: el agua común destruye la fijeza porque es fría y húmeda; en cambio, el Agua Química de los Sabios (el menstruum preparado, pág. 458-459) es un fuego líquido que extrae la escoria y «promueve la coagulación» estable del Oro.
[64] El axioma de Sendivogius y el Espíritu del Agua: Vaughan cierra el debate de los folios anteriores asentando que el agua común líquida nunca se fija por sí misma. Apoyándose en Michael Sendivogius, aclara que para que un líquido se coagule y madure en un cuerpo mineral duradero, debe ser despojado de su «espíritu volátil» o flema excedente.
El Bálsamo Astral (Astralische Balsam): El autor desvela el verdadero agente de la nutrición vegetal y mineral. Las plantas no crecen por el agua elemental H₂O cruda; crecen porque el agua funciona como un vehículo que arrastra una «grasa» o resina sutil que cae del cielo. Vaughan bautiza a este compuesto como el Bálsamo Astral. Es una sustancia híbrida perfecta: una humedad impregnada de radiación estelar y sales terrestres que alimenta simultáneamente el armazón físico (Leib) y la chispa energética (Geist) de los seres vivos.
El porqué de la clorofila y el color verde de la naturaleza: Ofrece una poética explicación cosmológica sobre la vegetación primaveral. El Bálsamo Astral cósmico está «lleno de Luz y de Vida». Cuando penetra en la densa y oscura Tierra, esta energía radiante se corporifica revistiéndose de un color verde brillante. Para el filósofo rosacruz, el manto verde de los campos y el nacimiento de las flores no son procesos mecánicos casuales; son un reflejo geométrico viviente y una «semejanza del Paraíso» edénico original que Dios recrea anualmente sobre el suelo.
La supremacía de la Biblia sobre la Ciencia Antigua: Vaughan vuelve a declarar la guerra al dogma de las universidades de su tiempo afirmando con rotundidad que las Sagradas Escrituras poseen una autoridad científica infinitamente superior a la de los manuales de Aristóteles (en física) y Galeno (en medicina).
El Maná como el Bálsamo Astral condensado: Para demostrar que este alimento sutil del aire puede alimentar también de forma física a los seres humanos, introduce el milagro del Maná en el desierto del Sinaí citando el Libro del Éxodo. El Maná que alimentó a los israelitas no era un pan milagroso inmaterial; era la manifestación física máxima de este Bálsamo Astral y Nitro Aéreo condensado de forma masiva por Dios sobre el rocío de la mañana.
[65] (Nota: En la línea 6, el tipógrafo omitió por descuido la letra ‘t’ en «wusten» [wuſten / sabían]. En la línea 15, «güstig» es un término iatroquímico antiguo que designaba algo de excelente calidad cristalina o pura).
[66] La Cristalización Geométrica de la Gota: Vaughan propone una observación física muy aguda sobre el texto del Éxodo. El rocío común cae en gotas redondas debido a la tensión superficial. Al evaporarse el agua elemental portadora por el calor de la mañana, la esencia sutil concentrada en su centro (el Bálsamo Astral, pág. 468) no se disipó, sino que sufrió una coagulación instantánea. Al solidificarse, la sal retuvo de forma exacta el molde geométrico esférico de la gota líquida que la custodiaba, dando lugar a esos granos menudos como la escarcha.
La Naturaleza Oleosa del Maná (öhlich und güstig): El autor identifica el Maná con las propiedades del Mercurio de los Sabios (el compuesto viscoso, graso y translúcido de las páginas 452 y 460). Al detallar que el Maná se derretía inmediatamente en cuanto el calor del Sol arreciaba, demuestra que no era una roca mineral rígida, sino una grasa o cera cristalina altamente sensible a las variaciones térmicas, idéntica a la «baba gris como jabón de Castilla» que Vaughan obtuvo en su propio experimento de destilación de la nieve (pág. 441).
La Putrefacción Rápida y el Principio Animal: Un aspecto científico fascinante es cómo Vaughan interpreta el hecho de que el Maná se pudriera y criara gusanos («stinckend und voll Würme») si se guardaba de la noche a la mañana. Lejos de verlo solo como un castigo divino bíblico, el autor deduce una ley biológica: la sustancia contenía una fuerza vital orgánica tan activa y próxima al Reino Animal («auch Animalisch sey») que entraba en una inmediata putrefacción (nigredo) si se rompía su ciclo natural, demostrando que era una materia viva y preñada de gérmenes biológicos.
El Espíritu en el Agua y la pregunta de Job: Vaughan corona su tratado respondiendo a la gran pregunta cosmológica del Libro de Job: «¿Quién es el padre de la lluvia?» (Job 38:28). Para el filósofo rosacruz, el padre de la lluvia no es la condensación meteorológica ciega; es el Espíritu de Dios («GOTTes Geist») que fecunda la atmósfera, impregnando las nubes con el Sol Central y el Fuego Estelar (pág. 436, 440, 462). Dios escribe Sus leyes directamente en el vientre del agua.
[67] (Nota: En la línea 9, «Hermes in Zaradi» es una referencia velada al texto de la Tabla de Esmeralda, a menudo asociada con la misteriosa localidad o códice de «Zaradi». En la línea 24, «Zeitwährender Gefängnüß» se refiere al período histórico del cautiverio en Babilonia, empleando la palabra alemana antigua para designar la prisión o el exilio).
[68] Moisés y el Secreto del Maná: Vaughan defiende la tesis de la Prisca Theologia (Teología Antigua), sosteniendo que los patriarcas hebreos poseían la ciencia secreta de la transmutación. Aunque el pueblo judío se asombró ante el Maná y no sabía qué era, Moisés, instruido en la alta sabiduría de Egipto, comprendía perfectamente que se trataba de la condensación física del Espíritu del Mundo.
La correspondencia con Hermes y la Tabla de Esmeralda (Hermes in Zaradi): El autor asimila el Maná con la descripción operativa del axioma supremo de la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto. La frase «que asciende de la tierra al cielo y vuelve a descender a la tierra» («dass es von der Erden gen Himmel steige…») demuestra que el Maná es el resultado de la circulación destilada macrocósmica. El término Zaradi (o Zaradi / Zaradin) evoca los manuscritos antiguos de la tradición árabe y latina medieval que ubicaban el hallazgo de la mística Tabla en las manos de Sara (esposa de Abraham) o en una cámara secreta de los sabios en Oriente.
La Destrucción Química del Becerro de Oro: Vaughan introduce un debate metalúrgico y químico bíblico fascinante basado en Éxodo 32:20. Cuando Moisés destruye el Becerro de Oro fabricado por los israelitas, el texto sagrado dice que «lo quemó en el fuego y lo molió hasta reducirlo a polvo, y lo esparció sobre las aguas». Científicamente, el fuego ordinario funde el oro pero jamás lo convierte en polvo quebradizo. Vaughan desvela que Moisés empleó una técnica iatroquímica avanzada: utilizó el Fuego del Altar (un disolvente ácido ígneo concentrado, equivalente al Antimonio o a un compuesto corrosivo secreto) para calcinar el oro, destruir su maleabilidad, romper sus enlaces y convertir el metal noble en un óxido o polvo soluble susceptible de ser arrojado al agua.
El Enigma del Fuego Escondido de los Macabeos: Para demostrar que este «Fuego del Altar» no es combustión mundana de leña, recurre al Segundo Libro de los Macabeos. Antes del exilio a Babilonia, los sacerdotes ocultaron el fuego sagrado en una fosa seca. Al regresar setenta años después, sus descendientes no hallaron brasas encendidas, sino un líquido espeso y viscoso (agua densa u óleo químico) que, al ser expuesto al sol sobre el altar, se encendió de forma espontánea. Vaughan argumenta con fina ironía que nadie escondería un fuego común de leña bajo tierra esperando que dure décadas; el Fuego del Altar es, en realidad, un menstruum o agente químico oleoso y perpetuo (el fuego secreto que es agua de las páginas 458-459), capaz de disolver metales y conservar su potencia catalítica de forma eterna.
[69] El Fuego Líquido de los Macabeos (dickes Wasser): Vaughan cierra el enigma de la página 470 recurriendo al texto explícito de 2 Macabeos 1:20-22. Al constatar que el fuego sagrado del Templo se había transformado tras setenta años de encierro en un «agua espesa» o líquido denso, demuestra de manera científica para su época que el misterio litúrgico hebreo no consistía en brasas físicas de madera, sino en el manejo spagýrico de un Menstruum ácido y oleoso (el fuego secreto, pág. 458-459), portador de una energía catalítica latente.
La Cadena de Transmisión Iniciática (De Adán a los Patriarcas): El autor traza el linaje del conocimiento hermético absoluto. Sostiene que la alquimia y el entendimiento de la materia no son inventos paganos modernos, sino una revelación divina otorgada originalmente a Adán en el Edén, transmitida a Noé para salvarla del Diluvio y custodiada por los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. Al ubicar las raíces de la ciencia química en el Génesis, Vaughan legitima la disciplina frente a los tribunales eclesiásticos de su tiempo.
La Cita al Alquimista Árabe Zadith (Zadith): Introduce una notable referencia medieval al citar a Zadith. Se refiere a Zadith ben Hamuel (Ibn Umail, c. 900–960 d.C.), un célebre alquimista místico árabe cuyos tratados (como el Tabula Chemica) fueron traducidos al latín y se volvieron fundamentales en Europa. Zadith solía llamar a los patriarcas bíblicos y a los sabios antiguos «los grandes abuelos del mundo» debido a que consideraba que la Gran Obra requería sintonizar con la pureza moral y cosmológica de las primeras edades de la humanidad.
La Ley Máxima de Correspondencia y el Velo Material: Vaughan reformula de manera magistral el axioma central de la Tabla de Esmeralda de Hermes: «Lo que está abajo es como lo que está arriba». Añade una precisión física clave: lo que en el cielo es pura radiación espiritual y lumínica, aquí abajo existe también de forma idéntica pero bajo un estado «más burda y material» («gröber und materialischer»). La Tierra y las rocas profundas funcionan como la matriz densa o el útero corpóreo diseñado por Dios para dar un cuerpo sólido («einen Leib») a las energías volátiles y sutiles de los astros.
La Regla de la Homogeneidad Química contra la Hibridación: Vaughan utiliza la prohibición bíblica del Levítico (19:19: «No sembrarás tu campo con mezcla de dos clases de semillas») para justificar una ley estricta de laboratorio. El operador no debe amalgamar sustancias extrañas o heterogéneas. La Gran Obra es un proceso limpio y natural; el Mercurio de los Sabios solo debe unirse con el Azufre de su misma especie y naturaleza mineral pura para que la germinación metálica fructifique hacia el Oro.
La teosofía de Proclo (PROCLVR): El folio concluye citando a Proclo (412–485 d.C.), el gran filósofo y místico neoplatónico de Atenas. Proclo enseñaba que el universo está interconectado por hilos de simpatía cósmica (theoria). Vaughan adopta la célebre fórmula neoplatónica-hermética atribuida a estos sabios: «El Cielo se halla dentro de la Tierra, pero de una manera terrenal; y la Tierra se halla dentro del Cielo, pero de una manera celestial». Todo se refleja en todo.
[70] La doctrina de las Cuatro Luminarias: Vaughan expande la dualidad clásica (Sol y Luna) formulando un sistema de correspondencias cuaternario perfecto. Sostiene que Dios equilibró el universo colocando un espejo de energía. Al Sol celestial (fuego puro) le corresponde un Sol Central interno oculto en las entrañas de la Tierra (la sal solar ígnea, el Arqueo, pág. 436). A la Luna celestial (humedad sutil) le corresponde una Luna Central líquida atrapada en las aguas del planeta (el aire espeso o mercurio acuoso). Los científicos vulgares niegan las luces centrales simplemente porque están tapadas por la materia densa.
El Matrimonio Químico de las Luces Centrales: El autor detalla el chispazo de la procreación mineral: el Sol Central de la Tierra emite un chorro de energía térmica que se fija en una sal cálida y masculina. El agua (la Luna Central) reacciona por simpatía envolviendo esta sal con su semilla mucosa y femenina (el Abryffach o Leffas de la página 466). Esta amalgama gaseosa sube a la atmósfera impulsada por la rarefacción.
La Cuádruple Fecundación Astral: Una vez que el vapor está en el aire, las luminarias del firmamento lo preñan: el Sol del cielo le inyecta la Seele (el alma, la tintura áurea) y la Luna del cielo le otorga el Geist (el espíritu vital volátil). Las dos luces del cielo ponen la vida invisible y las dos luces de la tierra construyen el envase o cuerpo denso (Leib).
El Agua Cristalina como Útero: Vaughan insiste en que este semen del mundo viaja camuflado por el viento y precipita disuelto en el agua clara y cristalina (el rocío purificado o la nieve destilada de sus experimentos, pág. 440-441). Desmiente de nuevo que deba buscarse en fluidos sucios o recetas exóticas.
La Gran Revelación Operativa: Mercurio, Antimonio y Régulo: En las últimas líneas, el autor rompe definitivamente el velo del secreto hermético para entregar la lista de minerales con los que trabajó físicamente en su laboratorio. Confiesa que logró aislar y extraer esta semilla dorada universal a partir de tres sustancias comerciales concretas:
- El Mercurio vulgar («Mercurio»), purificándolo mediante destilaciones consecutivas (pág. 445, 452).
- El Antimonio («Antimonio»), el mineral más sagrado de la iatroquímica del siglo XVII (asociado a las obras de Basilio Valentín), utilizado como el gran purificador de los metales.
- El Régulo («Regulo»), que hace referencia al Régulo de Antimonio (el corazón metálico estrellado que precipita en el fondo del crisol al fundir el antimonio con hierro o nitrato). Para Vaughan, estos tres compuestos comunes de la metalurgia son los verdaderos imanes de la naturaleza que retienen en su interior la chispa pura de las cuatro luminarias cósmicas, listos para ser abiertos por el Filósofo del Fuego.
Thomas Vaughan enumera los errores de laboratorio en los que cayó al intentar decodificar los textos de Raimundo Lulio, advierte del peligro de las lecturas literales o poéticas de la alquimia, y desvela la gran trampa terminológica que los autores envidiosos tejieron en torno al Antimonio.
[71] La ruta de los errores metalúrgicos: Vaughan confiesa haber caído en el mayor error de los iatroquímicos vulgares: intentar extraer el principio vital atacando directamente los metales pesados comerciales. Pasó años trabajando con el Régulo de Antimonio, el Régulo de Marte (hierro purificado con antimonio), Venus (cobre) y Saturno (plomo). Lo fascinante es que el autor reconoce que él ya sabía cuál era la verdadera Materia Primera (el nitro aéreo de las nubes y el rocío, pág. 439, 461), pero al fracasar en su primer ensayo práctico por no dominar el grado de fuego del horno (pág. 458), se desanimó, creyó que la sustancia celeste era inmanejable y regresó a la densa metalurgia mundana perdiendo años de su vida.
La trampa poética de los libros y el Oráculo de Delfos: El autor realiza una brillante crítica literaria y psicológica. Advierte que las teorías de los libros esotéricos (como el Testamentum de Raimundo Lulio y su alabado Azoth vítreo) están escritas de forma tan bella y seductora que deslumbran la mente de los jóvenes investigadores («kan einem guten jungen Menschen den Kopff so voll machen»). Los convierte en «poetas» que viven en la fantasía. Compara la ambigüedad deliberada de los textos alquímicos con las profecías del demonio del Oráculo de Delfos (Apolo), el cual siempre entregaba respuestas rimadas de doble sentido que llevaban a los reyes y guerreros a su propia destrucción por interpretar mal el mensaje.
El falso código de Parménides en la Turba: Vaughan describe cómo fue engañado por el discurso de Parménides en la Turba Philosophorum (pág. 457). Al leer la receta clásica de mezclar cobre o plomo con «estaño para la fundición» («Zinne zur Schmeltzung»), cualquier operador del siglo XVII deducía de inmediato que se trataba del antimonio crudo mezclado con metales, dado que el antimonio tiene la propiedad metalúrgica real de licuar los metales y limpiar el oro, actuando su núcleo como un Régulo brillante. Convencido de esta lógica, Vaughan confiesa haber trabajado extenuantemente con el antimonio creyendo que era el sagrado «Estaño Filosófico».
Los Autores «Envidiosos» (Die Neidischen) y el Antimonio: El folio concluye revelando la gran clave terminológica del engaño. En la tradición hermética, se llamaba Los Envidiosos (en latín, Invidiosi; en alemán, Die Neidischen) a aquellos maestros antiguos que, para evitar que los codiciosos e indignos fabricaran la Piedra, escribían tratados falsos utilizando nombres de minerales comerciales reales para despistar. Vaughan cita la máxima que le abrió los ojos: los envidiosos llamaron deliberadamente Antimonio a la Piedra Filosofal solo para que los sopladores destrozaran sus pulmones y fortunas trabajando con el mineral stibnita tóxico común, cuando en realidad la verdadera Minera es un principio viviente e incoloro que viaja en el aire y la humedad (pág. 465, 472).
[72] La Autoridad de Basilio Valentín: Vaughan cita textualmente el tratado más famoso de la iatroquímica del siglo XVII: el Currus Triumphalis Antimonii (publicado a inicios de siglo por Johann Thölde bajo el seudónimo del monje benedictino del siglo XV Basilio Valentín). Los alquimistas vulgares leían este libro como un manual para trabajar el antimonio. Vaughan demuestra de manera brillante que el propio Basilio Valentín advertía explícitamente que el antimonio común no contiene el Primer Ente (Ens) indispensable para confeccionar la Piedra Filosofal.
El Engaño del «Estrella de Marte» (Stern des Martis): Cuando el antimonio mineral (estibnita o Spießglaß) se funde en el crisol junto con el hierro (Marte) y sales fundentes, al enfriarse cristaliza en la superficie un patrón geométrico brillante con forma de estrella de largos rayos. Los operarios de laboratorio quedaban fascinados por este fenómeno visual y creían haber capturado el «fuego astral» en el metal. Vaughan, citando de nuevo a Valentín, rompe esta ilusión: esa estrella cristalina es hermosa y posee virtudes farmacéuticas clínicas excelentes («köstliche Artzney»), pero pretender fabricar la Piedra Filosofal con ella es perderse «en riscos impracticables» llenos de aves de rapiña.
El Rechazo Absoluto a los Siete Metales Ordinarios: El autor elabora la lista negra de la metalurgia comercial: Oro, Plata, Cobre, Hierro, Plomo, Estaño, Mercurio vivo y Antimonio crudo (Spießglaß). Apoyándose firmemente en la máxima de Sendivogius, sentencia que la Gran Obra es un proceso orgánico y vital; por lo tanto, es imposible hacer nacer la vida eterna partiendo de metales muertos, endurecidos y «fijados» artificialmente por los hornos de la metalurgia industrial.
El Secreto del Azufre Negro (schwarzer Schweffel): Vaughan desvela finalmente la verdadera naturaleza física de la materia prima virgen: se trata de un Azufre Negro natural («schwarzer Schweffel»). En el código de los rosacruces y los filósofos del fuego, este compuesto no hace referencia al azufre amarillo de las minas vulgares; representa a la Materia Prima en su estado de tierra negra, bituminosa, virgen y rica en nitrato que es extraída directamente del suelo o condensada del rocío, cuya principal característica científica y esotérica es que jamás ha sido alterada ni tocada por el fuego del hombre («nimmer in kein Feuer kommen ist»), conservando intacta la chispa biológica y celestial implantada por el Diseñador Divino.
Invocación a Alberto Magno (ALBERTVS MAGNVS): Al cerrar el folio, Vaughan introduce al gran filósofo, teólogo y científico dominico medieval Alberto Magno (1193–1280), venerado en la literatura hermética por sus tratados de física natural, preparando al lector para descubrir cómo definía este sabio católico al misterioso Azufre Negro mediante la palabra de enlace also.
[73] La tradición de Alberto Magno y Tomás de Aquino: Vaughan legítima la alquimia espiritual citando a los dos pilares de la teología católica medieval: San Alberto Magno y su discípulo Santo Tomás de Aquino (a quien la literatura hermética atribuía varios tratados pseudoepigráficos de transmutación). Al citar que la materia es un «metal invisible» que el vulgo pisa sin ver, y que no requiere minería pesada sino únicamente «agacharse para recogerlo sin coste», Vaughan reitera que el secreto de la Gran Obra reside en una sustancia común, omnipresente y humilde (el nitro aéreo condensado de las páginas 439 y 461) y no en metales caros.
El ataque a Glauber y Pierre-Jean Fabre: El pasaje histórico más valioso es la mención directa a dos gigantes de la química del siglo XVII:
- Johann Rudolf Glauber (1604–1668): Célebre químico alemán (famoso por descubrir el sulfato de sodio o «sal de Glauber»). Glauber defendía el uso industrial y médico del antimonio. Vaughan descarta sus teorías tildándolas de errores.
- Pierre-Jean Fabre (1588–1658): Famoso médico y alquimista francés, autor del Alchymista Christianus. Fabre pasó décadas destilando antimonio y mercurio sublimado buscando el azufre fijo en la arcilla («Steinmarck»).
Vaughan califica de forma tajante todas estas operaciones de laboratorio metalúrgicas como «necedades y pasatiempos de bufón» («Narren-Possen»), advirtiendo que buscar la vida eterna torturando minerales comerciales es un camino estéril.
El Azufre Negro como el Varón Alquímico: Revela el orden operativo de la Gran Obra: el Azufre Negro natural y virgen (la tierra nitrosa pura que no ha tocado el fuego, pág. 474) representa al Varón (Männlein), el principio fijo e ígneo que debe ser aislado primero. Una vez obtenido este imán mineral, se debe buscar a la Hembra (Weiblein), es decir, al principio volátil y húmedo (el Mercurio de los Sabios o agua cristalina, pág. 452, 472) para consumar el matrimonio spagýrico.
La teoría de la androginia vegetal y mineral: Vaughan introduce una interesantísima ley biológica y botánica para su época. Señala que la división anatómica estricta de sexos solo pertenece al reino animal. En los minerales y las plantas —como en el grano de trigo («Weissen-Korn»), analogía que ha mantenido desde la página 464—, la semilla es en sí misma masculina por naturaleza («sie sind alle Männlein»). No requiere una pareja externa de su misma especie para procrear; encierra en su propio núcleo la potencia del fuego vital, necesitando únicamente ser fertilizada por la humedad húmeda del cielo (el agua de vida) para abrirse y multiplicarse de forma autónoma.
[74] (Nota: En la línea 13, el tipógrafo cometió una errata menor en el orden de los caracteres Fraktur al estampar «Saammn» en lugar de «Saamen» [semilla]. En la línea 28, «alſdenn» es una variante ortográfica barroca de «alsdann» [entonces / por consiguiente]).
[75] La disolución del error del matrimonio inter-metálico: Los alquimistas corrientes y los «sopladores» perdían décadas intentando emparejar metales entre sí (por ejemplo, fundiendo plomo con cobre, o amalgamando oro con mercurio común), creyendo que unos eran «masculinos» y otros «femeninos». Vaughan zanja el debate con una lógica demoledora: todos los metales comerciales estables son masculinos y sulfúreos por naturaleza («sie sind alle männlich, Sulphurisch»). No hay sexos en las minas. Si los metales tuvieran sexo biológico propio, se reproducirían solos en las entrañas de las montañas sin necesidad de que ningún ser humano encendiera un horno de laboratorio («ohne Hülffe der Kunst fortpflantzen»).
El Agua Grasa como la Matriz Única (eines fetten Wassers): Si los metales son todos masculinos, ¿cómo se multiplican? Vaughan revela el gran secreto citando de nuevo a su pilar fundamental, el polaco Michael Sendivogius. El metal no necesita otro metal; necesita ser sumergido en la Hembra Universal, la cual no es otra cosa que el Agua Grasa o Mucosa («fetten Wassers», el Abryffach o Leffas de la página 466) destilada de la atmósfera.
La Trinidad Femenina del Solvente (Semilla, Madre y Esposa): El autor otorga una triple corona alegórica a este solvente cristalino purificado en el matraz. Es la Semilla porque fecunda; es la Madre porque de ese fluido nacieron los minerales en los albores del Génesis; y es la Esposa («ihre Mutter und ihr Weib») porque el metal debe unirse íntimamente a ella en el matraz de vidrio para poder renacer. De aquí emana la regla operativa: el metal denso debe ser disuelto por completo y regresar a su estado de fluido primitivo («in solcher Gestalt aufgelöset») antes de transmutarse.
La Nutrición Reversa y el Nacimiento del Hijo: Vaughan describe la reacción spagýrica final mediante una bellísima dinámica familiar y física. Al unirse el metal denso (el Hijo) con el menstruum de agua grasa (la Madre), se produce una absorción simbiótica bidireccional. El Hijo fagocita y devora el cuerpo de su Madre, transmutando el líquido en materia sólida y fija de su propia especie metálica noble. A cambio, el espíritu astral y estelar que viajaba camuflado en el agua de la Madre inyecta una fuerza cinética colosal en el alma del Hijo, multiplicando su energía interna y preparándolo para alcanzar una dimensión extraordinaria («ungewöhn[liche]»), es decir, la transmutación definitiva hacia la Piedra Filosofal.
[76] (Nota: En la línea 15, «inforderheit» es una variante arcaica o modismo por «insonderheit» [en particular / especialmente].
[77] La Sentencia de Muerte a los Metales de Mercado: Vaughan formula una de las advertencias más crudas y realistas de la spagyria: los metales industriales comunes (como el lingote de plomo, hierro u oro fundido) no sirven para la Gran Obra porque sus espíritus vitales han sido asesinados por el fuego violento de las fundiciones de las minas («Denn ihre Geister sind im Feuer getödet»). Son cadáveres minerales fijos e inertes. Pretender extraer vida de ellos es una imposibilidad biológica.
El Matrimonio de los Vivientes (Manne gieb ein Weib): La regla de oro del laboratorio rosacruz es que la vida solo engendra vida. El operador debe unirse al circuito biológico de la naturaleza tomando el Azufre Vivo (el Azufre Negro o tierra nitrosa virgen que jamás ha tocado el fuego humano, pág. 474-475), el cual actúa como el Varón Vivo. A este novio mineral se le debe entregar una Esposa Viva, es decir, el Mercurio de los Sabios (el agua cristalina y mucosa preñada de luz cósmica, pág. 452, 472). La Gran Obra es la encarnación del Espíritu Universal invisible dentro de un envase corporal específico («Vereinigung des allgemeinen Geistes mit einem Cörper»).
El Secreto del Régimen de Fuego como la Mayor Dificultad: En un arranque de absoluta sinceridad antes del cierre, Vaughan confiesa dónde radica el verdadero escollo que hace fracasar al 99% de los investigadores (incluyendo sus propios 200 fracasos iniciales, pág. 458). Conseguir las dos sustancias vivas es simple; el auténtico secreto y «la mayor dificultad de todo el Arte» reside en saber unificarlas de forma armónica dentro del matraz («die größte Schwürigkeit in der gantzen Kunst»). Esto exige dominar las sutiles gradaciones del fuego del horno (el calor de incubación) para que el agua no se evapore con violencia destruyendo el nido ni se enfríe bloqueando la digestión vegetal.
La Despedida Rosacruz y la Ética del Desinterés: El tratado concluye con el lema clásico de la Hermandad Rosacruz: Soli Deo Gloria (Solo a Dios la gloria) y el mandato de caridad fraterna. Vaughan se despide afectuosamente del lector («Gehabe dich wohl, mein Leser») asegurando que entrega este conocimiento «de todo corazón» («aus gutem Herzen»). Fiel al juramento de los verdaderos adeptos, aclara que no ha publicado este libro por codicia, vanidad académica o fama personal, sino con el doble propósito noble de engrandecer el Nombre de Dios a través del entendimiento de Su creación y brindar un beneficio médico y espiritual al prójimo («GOTTES Ehre, und deinen Nutzen») para aliviar el dolor del mundo caído.
[78] La justificación del Apéndice (La compasión del autor): Vaughan confiesa que, tras dar por terminado el libro en la página 477, su conciencia y el recuerdo de sus propios años de fracaso en el laboratorio («meine eigene überstandene Mühe») lo obligan a redactar esta advertencia. Siente que si no detalla este punto, el lector volverá a caer en la trampa de triturar metales comerciales.
El postulado físico de la sequedad metálica: El autor ofrece un principio químico brillante para su época. El auténtico disolvente transmutador debe ser un Agua viva y plástica. En cambio, un metal sólido o comercial (como el plomo, el cobre o el hierro) es el resultado de un proceso donde el principio masculino Azufre ha oprimido, fijado y «secado por completo» la humedad interna original. Intentar extraer el Mercurio vivo de un lingote metálico es como intentar extraer jugo de una piedra reseca.
La prueba experimental de las Flores Secas (trockne Flores): Vaughan propone un contraejemplo de laboratorio utilizando el mercurio líquido común (azogue) y el antimonio comercial. Los sopladores creían que por ser el mercurio líquido, conservaba su «agua». Vaughan demuestra que no: si el operador coloca antimonio o mercurio en una retorta y les aplica un calor intenso para sublimarlos (hacerlos pasar de sólido a gas para que condensen arriba), en las paredes del cuello del vidrio no se condensará ni una sola gota de líquido húmedo reactivo; lo que precipita son Flores secas (en la terminología química antigua, flores designaba al polvo fino cristalino que resultaba de la sublimación, como las flores de antimonio o el sublimado corrosivo). Esto demuestra empíricamente que su humedad ha sido calcinada y muerta por los fuegos geológicos.
La búsqueda de la Materia Virgen (rohere Mineram): Para solucionar esto, revela que se debe trabajar con una materia mineral ruda y en estado bruto («eine rohere Mineram»). Esta sustancia debe estar en una etapa evolutiva geológica tan temprana que el Azufre de la Tierra no haya tenido el tiempo ni la fuerza de «dominarla por completo». Al calentarla suavemente, no da polvos secos, sino que exhala un vapor denso que condensa en una matriz líquida, coloidal y pegajosa («ein schleimiges zähes Wasser», pág. 452, 472).
El Secreto de la Matriz del Mercurio: Vaughan entrega la clave terminológica final: los sabios antiguos llamaron «Mercurio» a su compuesto no por el azogue del mercado, sino porque trabajaban con la sustancia madre de la cual la naturaleza extrae el propio mercurio antes de que se convierta en metal denso. Es el estado líquido primordial del mineral stibnita o las sales germinales de la tierra impregnadas de nitro, las cuales actúan como un agua verdadera que conserva intacto el aliento vital del macrocosmos.
[79] (Nota: En la línea 13, el tipógrafo omitió una sílaba por descuido en el texto en latín cursivo al estampar «Antonium» en lugar de «Antimonium» [antimonio]. En la línea 10, «Rauchpropheten» es una brillante metáfora satírica de la época para denotar a los falsos alquimistas o sopladores que se cegaban con el humo de sus hornos).
[80] El secreto del Mercurium Duplicatum: Vaughan describe la reacción del solvente gaseoso puro (el vapor húmedo de la materia virgen, pág. 478) al entrar en contacto con los metales dentro del matraz. El gas sutil rompe los enlaces y obliga a los metales densos a disolverse rindiendo sus propios vapores. Al unirse el vapor del disolvente con el vapor del metal, condensan juntos en un fluido intermedio ultrapotente que los antiguos llamaban Mercurio Duplicado, debido a que combinaba la fuerza del agente volátil exterior con la del cuerpo mineral interior.
Sátira contra los «Profetas del Humo» (Rauchpropheten): El autor acuña un término despectivo formidable, Rauchpropheten (profetas del humo), para burlarse de los sopladores de carbón y alquimistas comerciales vulgares («Antimonii-Schmeltzern»). Estos hombres pasaban el día respirando los gases tóxicos del antimonio y el plomo, creyendo ver señales divinas o recetas místicas en los humos de la combustión. Vaughan los acusa de ser ignorantes obstinados y destructores de la verdadera medicina.
El Antimonio como simple Herramienta Desechable: Vaughan resuelve de una vez por todas la contradicción de por qué los grandes maestros escribían libros enteros sobre el antimonio si luego afirmaban que la Piedra no era metal (pág. 473-474). Citando de nuevo a Basilio Valentín, aclara que el antimonio común del mercado se usa en el laboratorio únicamente como un instrumento auxiliar o fundente («bloßen Werckzeuges»). Sirve para limpiar las impurezas de los componentes o acelerar la fusión, pero una vez terminada la operación, se desecha y desaparece por completo del crisol, exactamente igual que hace el fuego de la leña, sin integrarse jamás en la estructura del Elíxir final.
El «Otro» Antimonio Filosófico: Revela que el verdadero compuesto que encierra al Azufre Vivo es un «Antimonio» secreto e ideológico. En la criptografía rosacruz, los maestros aplicaban el nombre de Antimonio de los Sabios a la materia mineral cruda y repleta de nitro vegetal porque poseía la misma propiedad mística del antimonio común: purificar de forma absoluta todo lo que tocaba, pero operando en el plano de la salud humana y espiritual. El autor confiesa con total honestidad que aislar y preparar esta tierra virgen es una tarea tan extenuante que puede llevar al operador al borde de la «desesperación» («drüber verzweiffeln möchte»).
La Confesión del Mensaje Oculto (mit guten Bedacht entfallen ist): En el último párrafo, Vaughan entrega la regla de oro para leer su propio libro. Con un guiño de complicidad hermética absoluto, le confiesa al lector que a lo largo de las páginas del tratado ha dejado caer pistas y revelaciones exactas de forma deliberada y con toda intención («mit guten Bedacht entfallen ist»), camufladas entre sus digresiones poéticas o teológicas. Aquel estudiante que lea el tratado Euphrates no con los ojos de la codicia material, sino con la seriedad y el rigor intelectual del filósofo de la naturaleza, será capaz de juntar estos fragmentos dispersos para aprender con absoluta certeza el secreto de la Materia Prima y el régimen del fuego en el laboratorio.
[81] La Revelación de los Dos Mercurios: En sus líneas de despedida, Vaughan entrega la llave maestra de la Praxis: la Gran Obra requiere coordinar dos agentes líquidos o disolventes:
El Espíritu de nuestro Antimonio: El reactivo ácido o Menstruum mineral purificado e ígneo (pág. 458-459, 479) que deserta la escoria.
El Mercurio y la Venus de los Filósofos: La solución coloidal, mucosa y verde (vitriolo de Venus purificado por el nitro aéreo, pág. 452-453) que aporta el germen de los metales.
El Fermento del Oro Común (gemeinem Golde): Convalida la regla expuesta en la página 435. Aunque la materia prima no sea el oro metálico del mercado, al final de las destilaciones se añade una porción microscópica de oro puro común para que actúe como una «levadura» (Fermentum). Esto acelera y estabiliza el proceso químico, ahorrando meses de incubación en el horno al operador («Zeit zu gewinnen»).
El Conflicto Ético del Autor («He dicho de más»): Vaughan experimenta un remordimiento típico de los iniciados rosacruces: confiesa con temor haber hablado «más de lo que podría justificar» («fast mehr gesagt, als ich wohl verantworten könnte»), rozando la violación del juramento del secreto hermético. Justifica esta peligrosa apertura únicamente por pura compasión y caridad hacia el lector, para evitar que otros pasen por el calvario de frustración que él mismo sufrió.
El Ultimátum contra el Engaño del Antimonio: Lanza un último grito de alerta en letras mayúsculas realzadas: ANTIMONIVM. Insiste por última vez en que quien compre el mineral negro de las tiendas de metalurgia ordinaria perderá años de vida y toda su fortuna en carbón y vasijas arruinadas.
La Ley del Ultimátum Moral («Si no crees, no trabajes»): El tratado termina con una sentencia tajante. La alquimia no es un pasatiempo para escépticos o materialistas. Exige una fe absoluta en el diseño inteligente de Dios en la naturaleza. Quien opere con dudas o sin entender la teología física del Éufrates fracasará de inmediato, y la pérdida de sus bienes será el castigo automático a su soberbia intelectual («deinen Unglauben selbst straffen»).
El Emblema del Fénix y la Divisa Rosacruz: El libro cierra visualmente con una bellísima viñeta o grabado barroco que muestra al ave Fénix resurgiendo de sus cenizas bajo los rayos del Sol. En la alquimia, el Fénix representa la etapa de Rubedo (la fijación roja final), donde la materia muere en el fuego para resucitar incorruptible como la Piedra Filosofal.
La Divisa «Non est mortale quod opto»: Esta divisa latina (No es mortal lo que anhelo / Aspiro a lo inmortal) resume a la perfección el espíritu de Thomas Vaughan y de la Fraternidad Rosacruz. Confirma de forma definitiva que el tratado Euphrates jamás persiguió la fabricación de oro comercial para la codicia mundana; su meta absoluta era la obtención del Elíxir de la Vida, la medicina de la salud y la inmortalidad espiritual de la mente humana.
Agua póntica o mercurial de los sabios de Chrys du Puris
Chrys du Puris, Pontische oder Mercurial-Wasser der Weisen, Deutsches Theatrum Chemicum, Volumen 1 (391-415) Contenido…
El tercer principio de las cosas minerales sobre la sal filosófica de Josaphat Friederich Hautnorton o Johann Harprecht
Josaphat Friederich Hautnortons, oder Johann Harprechts, dritter Anfang der Mineralischen Dinge vom Philosophischen Saltz. Deutsches…
Informe sobre la generación y regeneración de los metales
Bericht von Generation und Regeneration der Metallen. Deutsches Theatrum Chemicum, Volumen 1 (331-338) Tema central…
Informe fundamentado sobre la generación y el nacimiento de los metales de Leonhard Müllner
Leonhard Müllners gründlicher Bericht von der Generation und Geburth der Metallen. Deutsches Theatrum Chemicum, Volumen…
Sincera y leal admonición de advertencia a todos los amantes de la verdadera ALQUIMIA TRANSMUTATORIA conforme a la Naturaleza
Treuhertzige Warnungs-Vermahnung an alle Liebhaber der Natur-gemesen Alchemie, Deutsches Theatrum Chemicum, Volumen 1 (289-312) Presentación…
Instrucción para hacer oro de Wilhelm, barón de Schröder
Wilhelm Greyherr von Schröderns Unterricht zum Goldmachen. En Deutsches Theatrum Chemicum, Volumen 1, 219-288. Introducción:…
