- Ácido y álcali en la química del siglo diecisiete
- Jan Baptiste van Helmont (1580-1644)
- Franciscus Sylvius de le Böe (1614-1672)
- Otto Tachenius (1610-1680)
- Michael Ettmüller (1644-1683)
- La extensión de la teoría, más allá de su recepción.
- Robert Boyle (1627-1691)
- La Crítica Corpuscular: El caso de Johann Daniel Major (1634-1693)
- Joel Langelott (1617-1680)
- El caso español
- La polémica final: el tártaro volatilizado.
- Fuentes primarias.
Ácido y álcali en la química del siglo diecisiete
Durante la segunda mitad del siglo diecisiete y buena parte del siglo XVIII hubo una llamativa controversia sobre la naturaleza del ácido y del álcali, que no es sino es un minúsculo reflejo de un proceso más amplio, como fue el del cambio contemporáneo que se estaba gestando desde de la química como una ciencia médica a la química como una ciencia física. El entendimiento de las sales ácidas y sales álcalis (o básicas) vivió, en efecto, una transformación radical, pasando de tener una explicación biológica y casi bélica de las enfermedades a convertirse en un pilar fundamental de la química corpuscular y experimental moderna[1]. Es decir: contribuyó decisivamente a la aparición de la química como una disciplina totalmente independiente.
Antes de que existiera el concepto moderno de escala de pH (introducido en el siglo XX), los médicos y químicos del siglo XVII definían las sales no por su estructura íntima, sino por sus propiedades organolépticas y sus reacciones macroscópicas en el laboratorio:
- Sal Ácida: Se identificaba por su sabor agrio, su capacidad de corroer metales y su propiedad de cambiar el color de ciertos tintes vegetales (como el jarabe de violetas a color rojo). Entre los ácidos más estudiados figuraban el aqua fortis (ácido nítrico) y el aceite de vitriolo (ácido sulfúrico).
- Sal Álcali (o Lixivial): Se obtenía comúnmente a partir de las cenizas de plantas (como la sal de tártaro o carbonato de potasio) o de fuentes orgánicas (álcali volátil como el amoníaco de la orina). Se caracterizaba por su sabor amargo/acre, su tacto jabonoso y su propiedad de volver verde el jarabe de violetas.
- La Reacción: El criterio absoluto para diferenciarlas era su mutua oposición. Al mezclarse, reaccionaban de forma violenta, generando efervescencia (burbujas de gas) y calor, neutralizándose entre sí para formar una «sal neutra» o compuesta.
Esta controversia tuvo sus orígenes en la doctrina iatroquímica de Van Helmont y sus discípulos y se resolvió mediante la aplicación de la filosofía natural experimental al análisis de los problemas químicos y fisiológicos. Digamos que fue un estallido luminoso de varias décadas que acabó desinflándose de forma bastante rápida[2]. Desde que inicialmente pareciera poder generarse una “nueva medicina” a través de los medicamentos nacidos al amparo de esta teoría de las sales ácidas y las sales álcalis, incluso de una nueva adaptación extrema de la alquimia a estas novedades[3], hasta la caída en el descrédito y su disolución, especialmente gracias al poco soporte, tanto teórico como, especialmente, práctico. En este tránsito, sin embargo podemos ver muchas y distintas posiciones, tanto a favor, como en contra, además de las escépticas, que generaron una extensa literatura a su alrededor, unas largas disquisiciones, réplicas y contrarréplicas que a nosotros, como historiadores nos resultan tremendamente atractivas a la hora de estudiarlas y analizarlas.
En resumen, la teoría afirmaba que todas las sustancias químicas contenían ya sea ácido o álcali (o ambos); que estos dos «principios» eran mutuamente antagónicos; y que la contienda generada por el contacto de estos dos principios opuestos era la causa y la explicación de todas las reacciones químicas y médicas. Bajo este aspecto, la hipótesis alcanzó el estatus de un dogma químico unificador en toda regla, siendo utilizada para explicar todas las reacciones químicas e iatroquímicas, y defendida u opuesta con toda la violencia característica de la época; considerablemente más violencia, cabe señalar, que en la controversia similar sobre la cuestión de los elementos químicos. Como ya hemos dicho antes, y a diferencia de la mayoría de las doctrinas dogmáticas, la hipótesis del ácido-álcali murió relativamente rápido ante la evidencia experimental contradictoria. Pero no se puede negar que tuviera, en general, un efecto beneficioso sobre el avance de la ciencia al proporcionar pruebas y motivación para los inicios de una teoría química de la clasificación racional y útil. Podría decirse que la teoría de Van Helmont fue el chispazo inicial. Al identificar el ácido estomacal, abrió las puertas para que la siguiente generación de médicos abandonara los textos medievales y comenzara a analizar los fluidos del cuerpo humano a través de los ojos de la química analítica. Quizás ésta sea su máxima contribución, más allá de tener a muchos insignes intentando averiguar qué era eso del Alkahest, cosa que nunca ocurrió, por cierto.
Jan Baptiste van Helmont (1580–1644)

La doctrina del ácido y del álcali fue promovida inicialmente por ciertos seguidores iatroquímicos de Van Helmont, quienes la derivaron de la teoría de la digestión de su maestro. La digestión, proclamaba Van Helmont, procedía por medio de una serie complicada de reacciones de seis etapas cuya base era una fermentación múltiple similar a la más conocida fermentación de las uvas en vino. No podemos olvidar, por otro lado, que La teoría química de van Helmont es una mezcla muy curiosa de lo más avanzado con lo más arcaico[4]. Como él mismo expresó: «Y así los alimentos en el estómago son disueltos a través del fermento del lugar, siendo sazonados con una cualidad un tanto ácida: pero en el hígado, y en otros lugares, continuamente por otros fermentos» [5]. Pensaba que la fermentación en el estómago estaba relacionada con alguna sustancia productora de ácido, ya que incluso el azúcar se volvía agrio a medida que avanzaba la digestión; sin embargo, el ácido ordinario no podía ser, por sí mismo, el agente de la digestión, puesto que el vinagre no podía digerir los alimentos in vitro. El ácido era, no obstante, considerado por Van Helmont el instrumento principal de la digestión, aun cuando no fuera el único principio implicado. Pensaba que los álcalis no intervenían directamente en la digestión; pero como estaban omnipresentes como ingredientes esenciales de todas las sales volátiles, se deducía que estaban implicados indirectamente. En sus propias palabras: «Aprendí que todo cuerpo combustible posee en sí una sal volátil que, mediante el arrebatamiento de su propio azufre hacia ella, se fija en un álcali»[6]. De este modo se sentaron las bases para una teoría completa de la digestión basada en el ácido y el álcali[7].
Vamos a detallar todo esto algo más, ya que la teoría de Jan Baptiste van Helmont (1580–1644) es el cimiento sobre el cual se edificó toda la iatroquímica de lo que quedaba del siglo XVII. Aunque a menudo se asocia el dualismo ácido-álcali directamente con su alumno Sylvius, un análisis histórico demuestra que fue Van Helmont quien introdujo por primera vez el ácido como el agente químico soberano de la fisiología animal, derivándolo de su revolucionaria teoría de la digestión.
A diferencia de los médicos posteriores, que acabaron tergiversando la idea original, como veremos en el caso de Sylvius, Van Helmont no defendía un dualismo equilibrado entre el ácido y el álcali; para él, el ácido era el principio activo y vital primordial, mientras que los álcalis jugaban un papel secundario, casi pasivo.
Los pilares fundamentales de la teoría helmonciana fueron cuatro. El primero es el rechazo del “calor mecánico” y el acogerse a la idea del nacimiento del “fermento”. Antes de Van Helmont, la medicina tradicional (galénica) sostenía que el estómago digería la comida mediante «cocción» (coctio), es decir, utilizando el calor físico del cuerpo. Van Helmont rompió radicalmente con esto y afirmó que la digestión no era un proceso térmico, sino una fermentación química inducida por una entidad vital que denominó fermento. Para demostrarlo, recurrió a la observación empírica: argumentó que los animales de sangre fría (como los peces) digerían sus alimentos perfectamente sin necesidad de calor corporal, lo que probaba la existencia de un agente químico disolvente.
El segundo es considerar al ácido como instrumento del estómago (La Primera Digestión). En su célebre esquema de las seis etapas o «digestiones« del cuerpo, la primera etapa ocurre en el estómago. Van Helmont determinó que el fermento específico de este órgano estaba indisolublemente ligado a una cualidad ácida (acidum). Observó que durante la digestión, incluso sustancias dulces como el azúcar se volvían agrias en el estómago. Y aunque el estómago albergaba un ácido, Van Helmont aclaró que no se trataba de un ácido común del laboratorio. Sabía que el vinagre ordinario no podía digerir la carne en un vaso de vidrio (in vitro). Por lo tanto, el ácido estomacal era un instrumento especial, vitalizado por el Archeus (el espíritu rector del cuerpo).
El tercero es la neutralización en la segunda digestión (el hígado y el duodeno). El papel del álcali entra en escena cuando el alimento digerido (el quimo) abandona el estómago. Van Helmont descubrió que para que el cuerpo pudiera transformar ese quilo ácido en sangre, la acidez debía ser eliminada, ya que un exceso de ácido en el resto del cuerpo provocaba enfermedades. Así, al pasar al duodeno, el quimo agrio se encontraba con las secreciones del hígado y la vesícula biliar. Aunque no definió la bilis con el término moderno de «álcali» puro de la misma forma que lo haría Sylvius, sí determinó que poseía una naturaleza salina y amarga capaz de extinguir o neutralizar la acidez estomacal. Al detenerse la acidez, el fermento del hígado tomaba el control para transformar el quilo en sangre noble.
El cuarto es la naturaleza del álcali en el pensamiento de van Helmont. En la cosmología química de Van Helmont, los álcalis no eran elementos primordiales creados por la naturaleza, sino subproductos de las sales corporales. Para él, el álcali era una estructura salina unida a partículas de azufre. No lo veía como el «enemigo equivalente» del ácido, sino como un estado de la sal que ayudaba a regular y fijar los espíritus volátiles del organismo.
Franciscus Sylvius de le Böe (1614-1672)

La teoría de Van Helmont sobre el papel fisiológico de los ácidos y los álcalis fue adoptada y ampliada por su influyente alumno Franciscus Sylvius, profesor de medicina en la Universidad de Leyden desde 1658 hasta 1672, y líder en la difusión de las doctrinas iatroquímicas[8]. Sylvius elaboró la teoría helmontiana de los fermentos bajo la influencia de nuevos descubrimientos médicos hasta desarrollar una doctrina que asignaba al ácido y al álcali muchas de las funciones atribuidas previamente a los cuatro humores. La digestión, según proclamaba Sylvius, era causada por la fermentación, la cual resultaba cuando la saliva, la bilis y el jugo pancreático se mezclaban y se les permitía actuar sobre los alimentos ingeridos[9]. En el laboratorio, Sylvius descubrió que la mezcla de opuestos tales como el ácido y el álcali iba acompañada de una «contienda», revelada claramente por la efervescencia. Así, debía ocurrir lo mismo con la reacción ácido-álcali que se desencadenaba cuando la saliva ácida y el jugo pancreático se encontraban con la bilis alcalina; la efervescencia consiguiente producía un aire o gas que favorecía la digestión completa. Esta descripción de los efectos posteriores de la cena —como algo semejante a una botella mal tapada de agua de soda altamente carbonatada— sugiere poderosamente las molestias de la alta sociedad del siglo diecisiete.
El concepto de neutralización ácido-álcali con efervescencia fue uno de los que Sylvius intentó extender a otros procesos fisiológicos. Por ejemplo, concluyó que la sangre, al contener la sal volátil aceitosa de la bilis, reaccionaba en el corazón con la sangre que contenía los espíritus vitales para producir una fermentación ácido-álcali con efervescencia y calor; una explicación conveniente para la generación del calor vital. Gradual y naturalmente, Sylvius llegó a sostener que toda enfermedad era causada por una superacidez o una superalcalinidad, a las que llamó acritud ácida o alcalina. Por lo tanto, la enfermedad debía tratarse, según el tipo de acritud que prevaleciera, ya sea con medicamentos ácidos o alcalinos; una teoría que no resulta extraña para el público lector de anuncios de la actualidad.
Veamos cuáles son las diferencias entre van Helmont y de le Böe. En cuanto a la relación de fuerzas, en van Helmont es asimétrica, donde el ácido es el agente vital y el álacali es secundario. En cambio en Sylvius esta relación de fuerzas es simétrica: Ácido y álcali son dos gladiadores en igualdad de condiciones. Respecto al mecanismo, para van Helmont consiste en una transición de fermentos, donde el cuerpo pasa por 6 fermentaciones sucesivas y distintas. Para Sylvius. Sin embargo, consiste en una efervescencia humoral, donde la salud depende del burbujeo y neutralización constante entre lo ácido y lo álcali. Sobre la naturaleza de la materia, quizás lo más importante, para van Helmont es vitalistaç: los ácidos actúan movidos por el Archeus o fuerza vital, mientras que para Sylvius es mecánica: las reacciones se deben a la textura y fricción de las sales. En el modelo de Van Helmont, el paso del estómago al hígado era una suave transición de relevo entre diferentes fermentos. En el modelo de Sylvius, es una batalla campal.
Al modificar las seis digestiones, Sylvius transformó la visión del cuerpo humano, pasando delo espiritual a lo mecánico: La digestión dejó de ser un misterio alquímico tutelado por un espíritu (el ya mencionado Archeus) y pasó a ser una reacción de neutralización ácido-base automatizada. Con Sylvius se pasó de la multiplicidad a la dualidad: Las seis complejas etapas helmontianas se redujeron al conflicto binario de «dos gladiadores»: el ácido pancreático y la bilis alcalina. Esta simplificación fue tan elegante y fácil de entender que convirtió a Sylvius en el médico más famoso de su época, aunque químicos posteriores como Robert Boyle criticaran que la vida real en el duodeno no era tan simple como una botella de agua carbonatada efervesciendo en el laboratorio.
Otto Tachenius (1610-1680)

Vamos a tratar a continuación de dos grandes de su tiempo: Otto Tachenius (1610-1680) y Michael Ettmüller (1644-1683). Esta conveniente y unificadora teoría iatroquímica fue ampliada y popularizada por un alumno de Sylvius, un tal Otto Tachenius, quien en su obra más importante, el Hippocrates Chymicus de 1666 hizo campaña a favor de la interpretación química de la fisiología humana[10]. Dicho en otras palabras: junto con la continua presión para la aceptación de medicamentos preparados químicamente, vemos un creciente interés en una fisiología química. Esto es evidente en la obra de Otto Tachenius, en la que hay un nuevo esfuerzo por unir una medicina. De su vida sabemos relativamente poco. Como alemán, nacido en Westfalia, según se dice, todavía vivía en Venecia en 1699. Al principio se ganó la vida como farmacéutico en varias ciudades del este de Alemania, pero viajó a Italia en 1644 y obtuvo el título de doctor en medicina en Padua en 1652. Sus primeras obras fueron ataques contra un tal Helwig Dieterich. Además de su Hippocrates chimicus, su Clavis y un tratado frecuentemente anexado sobre la sal de víbora, pasó por numerosas ediciones en la década siguiente[11].
Pero vayamos más despacio. La recepción de la Antigüedad y, en particular, de Hipócrates entre los siglos XVI y XVIII ofrece un panorama sumamente complejo que no puede despacharse simplemente con etiquetas como «hipocratismo». Es cierto que numerosos médicos reconocen a Hipócrates como su gran modelo, lo declaran precursor directo de sus propias ideas o de los sistemas médicos modernos, y lo citan con una frecuencia casi superior a la de cualquier otro autor antiguo o moderno. Sin embargo, dado que todas las corrientes académicas lo reclaman para sí, se le interpreta de maneras muy diversas y se toman como base escritos completamente distintos del Corpus Hippocraticum. Incluso si se deja de lado por un momento la veracidad de estas interpretaciones, uno debe preguntarse una y otra vez en cada caso particular si se trata realmente de un retorno serio a la medicina antigua o si, por el contrario, las declaraciones de lealtad hacia Hipócrates son meramente tópicos utilizados de forma más o menos irreflexiva. Así, por ejemplo, un estudio previo ha demostrado que Friedrich Hoffmann utiliza las citas de Hipócrates, en su gran mayoría, principalmente para construir una fachada clásica, por lo que los criterios retóricos son los determinantes en su obra.[12]
El propósito ahora es esbozar los resultados de un análisis que sitúa en el centro de sus consideraciones a estos dos representantes de la iatroquímica. A Tachenius se le cuenta entre los fundadores de la iatroquímica en Italia; de Ettmüller se dice que pertenece, junto con Wedel y Schelhammer, al grupo de los tres célebres profesores universitarios alemanes a través de los cuales se dio el mayor impulso a las opiniones presentadas por Sylvius y sus discípulos.[13]
Ambos escribieron, casi en la misma época, obras en cuyos títulos ya se declaran partidarios de Hipócrates, elevándolo a la categoría de precursor de la iatroquímica. En 1666 apareció por primera vez el Hippocrates chimicus de Otto Tachenius; en 1670 le siguió la disertación Medicina Hippocratis Chymica de Ettmüller.[14]
Ettmüller y Tachenius ciertamente no son los primeros que han intentado encontrar conocimientos químicos prefigurados en los escritos hipocráticos, pero sí son ejemplos destacados de esta actitud[15]. Ya en el precursor de los verdaderos iatroquímicos, van Helmont, se encuentra —al menos de forma incipiente— el esfuerzo por reconocer en Hipócrates sus propias opiniones doctrinales; por ejemplo, la doctrina del Archeus en el libro De la naturaleza del hombre.[16] Hipócrates le parece el primero que comunicó observaciones genuinas y sin adulterar, que condenó la doctrina del calor y del frío y, en su lugar, señaló la importancia de las cualidades del sabor para la clasificación de las enfermedades: lo amargo, lo ácido, lo áspero y lo salado. Sin embargo, [según van Helmont] no había sido posible lograr ningún progreso desde Hipócrates porque su doctrina fue adulterada. Sobre todo Galeno la distorsionó al intentar explicar con su teoría de los humores aquello que solo puede revelarse ante el químico.[17]
Ettmüller y Tachenius pertenecen a corrientes distintas dentro de la iatroquímica. A diferencia de Ettmüller, Tachenius, por ejemplo, no es un oponente de Galeno. Aunque mantiene una postura crítica frente al galenismo y ve sus imperfecciones, encuentra no obstante palabras de elogio para Galeno: «Galeno, que no estuvo adscrito a ninguna secta, siendo muy adornado en doctrina y, en verdad, en prudencia…»[18] Ve en él, al igual que en Hipócrates, sutiles indicios de conocimientos químicos, y cree reconocer una deliberada reserva en su exposición debido a que en los tiempos de Galeno la química se consideraba una ciencia secreta. Finalmente llega a la conclusión: «Permanece, por lo tanto, intacta la gloria de Galeno, varón perspicacísimo, a quien se le debe una reverencia no menor que a Hipócrates…»[19]
Tachenius se declara partidario de la «secta espagírica».[20] Cree encontrar los fundamentos teóricos de esta al principio del escrito hipocrático De diaeta I, especialmente en aquella idea de que todos los seres vivos se componen de fuego y agua, los cuales, en su constante interacción, producen la diversidad de los fenómenos.[21] A través de la afirmación de que las artes imitan inconscientemente la naturaleza humana,[22] Tachenius se siente justificado para equiparar las observaciones de los experimentos químicos con los procesos del cuerpo humano. Está convencido de que Hipócrates, con el fuego y el agua, no se refería a las sustancias visibles, sino al ácido y al álcali; aunque el propio Tachenius tampoco quiere que bajo estos dos principios se entiendan únicamente los ácidos y las lejías manifiestos. A partir de la comparación hipocrática de las funciones del estómago (nutrición, enfriamiento y calentamiento) con la importancia de la tierra para los árboles,[23] Tachenius deduce que el estómago es el «Praeses» (presidente/director) de todos los procesos del cuerpo, y que en él habita el «Protochimicus», el cual es idéntico a un ácido estomacal oculto, un «acidum vitale».[24] Además, en cada parte del cuerpo existe un «acidum innatum» —que recuerda inmediatamente al Calor innatus—, descrito también como un fermento ácido y como una «facultas» (facultad). Una prueba de ello es para Ettmüller la afirmación de Hipócrates de que el hombre no tiene un solo estómago que reciba y distribuya el alimento, sino muchos en los músculos.[25]
Ante esta curiosa mezcla de conocimientos químicos con la doctrina helmontiana del Archeus y la doctrina galénica de las Facultates, suena casi a autoironía cuando Tachenius opina que un Hipócrates resucitado se sonrojaría si pudiera leer todo lo que se le atribuye.[26] Sin embargo, el esfuerzo por lograr semejante comprensión de Hipócrates es para Tachenius un propósito muy serio. Las citas de Hipócrates no tienen una función meramente retórica, aun cuando no se pueda pasar por alto la tarea de cubrir, con la ayuda de la antigua autoridad, los puntos débiles de la propia argumentación y subrayar la verdad de lo dicho. Unos pocos pasajes de los escritos hipocráticos, especialmente del escrito De diaeta, se correlacionan con las opiniones propias, se trasladan al lenguaje iatroquímico de la época y se dotan de nuevos contenidos significativos. Faltan las referencias exactas de los pasajes, en contraste con las indicaciones de página a menudo muy precisas en las citas de los autores contemporáneos.
A lo sumo se menciona el título del escrito hipocrático correspondiente. La reproducción de las citas no siempre coincide exactamente con el original; a veces es más bien conceptual que literal, aunque no se aprecian falsificaciones deliberadas. Uno tiene la impresión de que, en su mayor parte, se cita de memoria. Las ideas centrales de las citas reproducidas regresan en el texto posterior a intervalos más o menos grandes, a menudo abreviadas en forma de fórmulas. Sirven entonces, por ejemplo, como una explicación breve y cargada de significado, aunque no siempre comprensible de forma clara, para las numerosas observaciones químicas propias; se convierten en cifras. En parte, estas fórmulas ya no se identifican como citas, sino que impregnan la forma de expresión propia, lo que permite reconocer hasta qué punto Tachenius se identifica con su imagen de Hipócrates. Tachenius es consciente de que con sus interpretaciones va mucho más allá del sentido literal de los pasajes del texto, pero las dudas sobre su método de interpretación no le asaltan. Para él, esta es la única posibilidad adecuada de llegar a una comprensión de Hipócrates, pues ve los escritos de este llenos de misterios; habla de una oscura brevedad, de enigmas y de oráculos divinos: «Hippocrates, fulgentissimum Medicinae lumen, Divina sua oracula, enigmatibus obvelavit, et praecepta, in omnibus suae operibus, laconice retulit…»[27] [Hipócrates, la luz más resplandeciente de la Medicina, veló sus divinos oráculos con enigmas, y transmitió sus preceptos de manera lacónica en todas sus obras…].
De oráculos habla también Ettmüller en su disertación Medicina Hippocratis Chymica[28], donde en las palabras introductorias manifiesta de forma impresionante su veneración por Hipócrates: «El coro de los herméticos canta a toda voz su Tabla de Esmeralda, en la cual toda la sabiduría y la filosofía se abarcan con maravillosa brevedad… Dejemos esta vez para ellos la Tabla de Esmeralda y colguemos en su lugar una de madera de cedro, sobre la cual se han de ver los divinos oráculos de Hipócrates, sobre el cedro inmortal en el que está escrito lo más digno». Por lo tanto, desde el principio podemos asumir que también por parte de Ettmüller es de esperar una interpretación alegórica más que una interpretación inmanente a la obra de Hipócrates.
Resumiendo, Tachenius justificó su postura mediante un recurso a la autoridad, afirmando que no hacía más que revivir la doctrina antigua al extender una teoría contenida en el tratado hipocrático Sobre la dieta. Esto lo consideraba como una iatroquímica debido a su teoría de que todos los cuerpos vivos están compuestos de fuego y agua, una teoría que él interpretó alegremente en el sentido de ácido y álcali. Tachenius comenzó con la creencia de que «todas las cosas saladas se dividen en dos sustancias, a saber, álcali y ácido, como demostraré gradualmente»; pasó a proclamar que «todos los cuerpos sublunares (siendo la experiencia testigo) constan de dos cosas, ácido y álcali, como demostraré mecánicamente en este tratado»; y concluyó de manera un tanto grandiosa: «He demostrado ocularmente a partir de Hipócrates que el ácido y el álcali, los instrumentos arquitectónicos de la naturaleza, se encuentran en todas las cosas sublunares». El ácido y el álcali, invocados tan positivamente como la esencia de todas las cosas, eran para Tachenius, al igual que para Sylvius, opuestos que inevitablemente reaccionaban cuando se juntaban, siendo el ácido el principio dominante: «Los ácidos atraen a los álcalis a su antojo, y los gobiernan como les place». De ello se deducía que la digestión era el resultado de una reacción entre los omnipresentes ácidos y álcalis, y Tachenius sostenía que «en un estómago sano se aloja un ácido volátil que nunca falla; con la ayuda del cual los alimentos, que están llenos de álcali volátil, sin excepción alguna (como demostraré más adelante), se transmutan y se convierten en quilo o jugo, primero agrio y después, poco a poco, en sal madura: si el estómago tiene este ácido por sí mismo o de otra parte, no es mi investigación actual, aunque cierto escritor sostiene lo primero: me basta con demostrar claramente que hay una acidez, primero por autoridad, luego por experiencia». La explicación de la reacción del ácido gástrico con los alimentos se encontraba en el hecho de que todos los alimentos contenían mucho «álcali volátil». La indigestión y todas las «inflamaciones» surgían consecuentemente de un desequilibrio entre el ácido del estómago y el álcali de los alimentos. Así pues, la cura soberana para la enfermedad residía en una dieta cuidadosamente regulada, tal como Hipócrates, la máxima autoridad médica, había aconsejado hacía mucho tiempo[29].
Michael Ettmüller (1644-1683)

El profesor de Leipzig Michael Ettmüller (1644–1683) estaba más enamorado de las ideas mecánicas y siguió explícitamente a Boyle, Helmont y David von der Becke (1648–1684) al rechazar tanto los elementos aristotélicos como los principios paracelsianos como «los principios primarios de composición y los principios últimos de resolución». Más bien, él creía que los principios de los quimistas eran
no tanto primarios como secundarios, producidos por semillas mediante la transmutación de la materia próxima en un cuerpo especial, y por lo tanto no son tanto los principios materiales de los cuerpos sino principiata, nacidos de la materia que está inmediatamente propensa a la acción de las semillas.[30]
En un caso, se refirió a un cuaternario de principiata: partículas acídicas, alcalinas, grasas, acuosas y terrosas; en otro lugar, limitó estos a salino-acídicas, acuosas y terrosas. No obstante, tenía claro que las diferencias entre estos principiata, los cuales describía como poseedores de diferentes «texturas», surgían de cambios en la composición de las partículas elementales (es decir, a través de syncrisis, diacrisis, etc.) y por medio de la acción relacionada de los semina. Ettmüller también señaló que esta comprensión de los principiata llevaba a la conclusión de que eran «mutuamente transmutables» y, por ejemplo, que un cuerpo compuesto que está «privado del poder de una semilla» volvería a convertirse en agua y que las partículas de agua podrían entonces transformarse en otro cuerpo[31]. Por supuesto, Ettmüller creía en la transmutación, además lo hacía según van Helmont:
“Puesto que, por lo tanto, los metales coinciden en su raíz, y no difieren sino en grado y perfección, queda fácilmente claro qué se debe determinar respecto a la transmutación de los metales. A saber, no es contradictorio que los metales más imperfectos, innobles e inmaduros puedan ser conducidos a un mayor grado de perfección, nobleza y maduración. Pues es bien conocido que el plomo (ℏ) se muda en oro (⊙) según el testimonio de Helmont, y otros metales pasan a ser oro según el testimonio de la experiencia”. [32]
Expliquemos todo esto con más detalle. La medicina de su tiempo le parece a Ettmüller todavía imperfecta, pues desde Hipócrates apenas se puede registrar un progreso. Según su punto de vista, el estancamiento tiene varias razones: las alteraciones debidas a la barbarie de la Edad Media, la desafortunada veneración de los antiguos en los siglos pasados —que se limitó esencialmente al comentario de textos viejos— y la introducción de los dogmas aristotélicos en las ciencias, pero sobre todo el descuido del método hipocrático de avanzar mediante observaciones, así como el prematuro encasillamiento de la medicina en sistemas, con el consecuente menosprecio de la química. La anatomía y la química son indispensables para la medicina si se quiere llegar a conocimientos seguros. La anatomía representa su ojo derecho; la química, el izquierdo. Ettmüller califica a la «secta espagírica» como la más noble de la medicina, pero no es un seguidor incondicional de ella, sino que defiende más bien un punto de vista ecléctico. Sus tres principios activos (Sal, Sulphur y Mercurius), así como la Terra y la Phlegma como principios pasivos, no le bastan para explicar todos los fenómenos, del mismo modo que tampoco le bastan los cuatro elementos de la medicina galénica. Los espagiristas tampoco cumplen con la exigencia de unir la experiencia y la razón, las cuales, por separado, son ciegas, azarosas o erróneas. Descartes ofrece otras posibilidades de explicación. Aunque a este no se le puede reprochar nada en lo general, allí donde llega a lo particular sigue siendo superficial, vacío, atrapado en lo especulativo y carente de utilidad para la medicina. No obstante, Ettmüller sigue esta corriente al menos en el sentido de que ve en el cuerpo humano una ingeniosa máquina hidráulica y define formalmente la vida como el movimiento de esta. El Principium movens (principio motor) es para él el alma: una sustancia finísima y sumamente volátil, presente materialmente en todo el cuerpo, la cual surge de la sangre por fermentación y por la inspiración del aire; es decir, un gas.[33]
Por encima de todos estos sistemas imperfectos, Ettmüller sitúa los escritos de Hipócrates. En ellos encuentra trazado el camino hacia el verdadero conocimiento en la medicina; todo lo esencial ya está expresado abiertamente o, al menos, sugerido. Esa tabla de madera de cedro mencionada anteriormente, la cual contiene la quintaesencia de la medicina hipocrática válida también para su propia medicina, cree Ettmüller reconocerla en el escrito De prisca medicina (Sobre la medicina antigua). Especialmente aquel pasaje es para él el punto de partida de todas sus reflexiones e interpretaciones, donde se habla de que los primeros descubridores no creían que lo seco, lo húmedo, lo cálido o lo frío dañaran al hombre, sino aquello que es fuerte y superior a la naturaleza humana, lo que esta no puede dominar: de lo dulce lo más dulce, de lo amargo lo más amargo, de lo ácido lo más ácido, etc., lo cual, al estar mezclado y combinado en el hombre, normalmente no se manifiesta y solo causa molestias en una forma aislada e independiente.[34]
En este texto se niega de forma evidente una importancia exclusiva de las cualidades «cálido, frío, seco y húmedo» para el organismo. En su lugar, se enfatizan las cualidades del sabor. Ettmüller reconoce en esto un ataque decisivo contra la doctrina de los cuatro elementos. Esta había predominado en tiempos de Hipócrates; Aristóteles la promovió más tarde al suprimir los conocimientos de Demócrito, quien había señalado la insuficiencia y la inutilidad de este enfoque y había sentado las bases de la filosofía corpuscular moderna. Galeno y los árabes se habrían apoderado de la teoría de los cuatro elementos para la medicina, dejando de lado las claras fuentes hipocráticas. Por lo tanto, según la opinión de Ettmüller, la medicina galénica se asienta sobre un terreno vacilante. La cuaternidad de los elementos nunca fue demostrada. Obligaba, debido a su insuficiencia, a asumir capacidades ocultas (occultae facultates) o ideas abstractas de la enfermedad, en lugar de deducir los fenómenos a partir de causas manifiestas y confiar en experimentos seguros. Los cuatro elementos no solo son insuficientes para la explicación, sino que incluso contradicen la experiencia, como constata Ettmüller remitiéndose al Sceptical Chymist (El químico escéptico) de Boyle. Las cuatro cualidades primarias son para él formas de manifestación de la materia, que resultan de la diferente forma y ordenamiento de las partículas que la componen. Las cuatro cualidades son solo cuatro entre innumerables otras, y ni siquiera las más eficaces. Hipócrates también expresa esto cuando aclara que el hombre no tiene fiebre simplemente debido al calor, sino que lo cálido se presenta junto con lo amargo, lo ácido o lo salado. Y que son estos los que dañan al hombre.[35]
Para demostrar la insuficiencia de la doctrina de los cuatro elementos, Ettmüller deriva nueve razones a partir de la Medicina Antigua de Hipócrates:
- El alimento puede dañar o beneficiar, según la preparación, sin que las cualidades primarias se hayan alterado.
- La aceptación de las cuatro cualidades era una nueva forma de considerar las cosas en tiempos de Hipócrates. Por lo tanto, se puede invocar la autoridad de los más antiguos en su contra.
- Nuestros alimentos están temperados. Si algunos de ellos nos alteran, no es a través de las cualidades primarias, sino por sí mismos, a través de las propiedades representadas por las cualidades del sabor.
- Las curaciones no ocurren simplemente a través del calor o del frío, pues muchas cosas son cálidas o frías y tienen, sin embargo, efectos completamente distintos.
- El cambio de cálido a frío ocurre en la vida cotidiana así como en las enfermedades de forma muy rápida. Pero si algo puede invertirse tan rápidamente en su opuesto, su eficacia no es muy grande, y tampoco se requiere ningún medio de ayuda especial.
- Dado que las cualidades primarias cambian tan fácilmente, las enfermedades condicionadas por ellas no deberían durar mucho tiempo. Sin embargo, muchas afecciones febriles, por ejemplo, son crónicas o prolongadas.
- A los enfermos les va mal mientras los catarros contengan una materia acre o corrosiva. Tan pronto como esta materia se modera o tempera, los enfermos sanan y el calor remite por sí solo.
- Los humores defectuosos o alterados dañan por su sabor; por ejemplo, la bilis amarilla debido a su amargor.
- La cocción (coctio) de los humores crudos ocurre de muy diversas maneras. Sin embargo, nunca puede lograrse únicamente mediante el calor o el frío.[36]
A continuación, Ettmüller se opone a la teoría de los temperamentos, especialmente a la idea de un «estómago frío» y un «hígado caliente», afirmación que considera inaceptable. Por temperamento debe entenderse propiamente una «constitutio radicalis» (constitución radical), de la cual surgen las cualidades primarias como efectos o consecuencias. La base de esto son la sangre y el spiritus vitalis. Prueba de ello es que cuando el cuerpo pierde toda la sangre, se enfría de inmediato y no queda nada del temperamento. Se trata de una mezcla completamente peculiar, individual y hereditaria que tiene sus raíces en la semilla (esperma), y que de ninguna manera puede explicarse a partir de los cuatro elementos y cualidades. Dependiendo de la distribución de la sangre en el organismo, las distintas partes del cuerpo participan en diferente medida de sus propiedades, pero no poseen estas propiedades por sí mismas. Los numerosos síntomas que se atribuyen al «frío del estómago», tales como flatulencias, eructos, vómitos, etc., tienen su origen, según la opinión de Ettmüller, en un jugo digestivo fermentativo que es demasiado ácido, abundantemente mucoso y muy poco volátil. Por ello, contra tales molestias son útiles, además de los eméticos, los remedios que absorben la acidez o aquellos que mitigan y «volatilizan» los humores; es decir, vegetales acres como el puerro y el ajo, tal como Hipócrates los recomienda en caso de eructos ácidos.[37]
Al remitirse a este pasaje de Hipócrates (De diaeta III), Ettmüller pasa por alto —ya sea por falta de conocimiento del texto o por una desfiguración deliberada del original— que allí se defiende precisamente la idea del estómago frío y se presupone y enfatiza explícitamente la importancia de las cualidades primarias como algo evidente: «Porque el estómago está frío, no puede digerir durante la noche, y los alimentos se vomitan crudos». Ettmüller afirma, por el contrario, que Hipócrates no menciona en ningún lugar esa mezcla desigual de calor y frío, sino que hace brotar los síntomas de una crudeza del estómago. Sin embargo, en el escrito hipocrático se lee literalmente: que en absoluto [se niega esto], sino que se debe proporcionar calentamiento al cuerpo, entre otras cosas mediante el puerro y el ajo]. Por lo demás, también se habla allí de que no se produce ningún eructo ácido, con la consecuencia de que debe administrarse pan caliente y acidificado. Solo después se trata el eructo ácido, el cual requiere eméticos, baños calientes y ejercicios corporales.[38]
Las cualidades primarias no son, por tanto, reconocibles para Ettmüller como eficaces en todas partes, pero sí lo son innumerables y diferentes percepciones del sabor; concretamente lo amargo, lo salado, lo dulce, lo ácido, etc., mencionadas en la Medicina Antigua. Ettmüller ve en este «innumerable» un ejército formidable que Hipócrates saca a relucir. Dado que Hipócrates utiliza el concepto de fermentación (Gärung) en relación con la digestión en el estómago, para Ettmüller está claro que las líneas de pensamiento químicas le eran familiares, y de inmediato lo sitúa cerca de los químicos modernos al aludir, en la misma frase, a los experimentos de Tachenius y de Boyle.[39]
El sabor es una característica destacada y distintiva de las sales, al menos la más llamativa. Si bien el sabor no depende únicamente de las partículas salinas, casi nada sabe con mayor intensidad que las sales. El sentido del gusto es, por lo tanto, el sentido adecuado para percibirlas. Las alteraciones de las sales y sus diferentes mezclas también están vinculadas a un cambio en el sabor. Ettmüller deduce de ello que el sabor es nombrado por Hipócrates en representación de las propiedades químicas de las cosas. Esto solo puede ser una exhortación a investigar las propiedades ocultas y las fuerzas efectivas de las sales; es decir, a emprender el camino de la iatroquímica.[40]
Los sabores se pueden observar en todas partes, tanto en los alimentos ingeridos como en las excreciones corporales. Y tienen su fundamento en las sales, tal como lo demostraría, por ejemplo, la destilación del pan de centeno —el alimento más común—, en la cual aparece un ácido volátil. El alimento contiene elementos ácidos, amargos, salados, acres, aromáticos, dulces, ásperos, etc. La bilis sabe amarga, el jugo pancreático ácido y salado, y la linfa tan ácida como el jugo de limón diluido. Especialmente en las enfermedades aparece un sabor excesivo en las excreciones. Lo vomitado es a menudo amargo y acre, embota los dientes y ataca al cobre; la orina puede ser tan corrosiva que corroe incluso los recipientes de vidrio, y es ácida en la disuria. El sudor tiene muy a menudo un olor ácido. El pus de las úlceras puede atacar los instrumentos quirúrgicos de plata e hierro ya con un leve contacto comienzan a disolverse; la saliva destruye los dientes y las encías en el escorbuto. Los catarros originados por una linfa demasiado acre pueden provocar ulceraciones.
Básicamente se deben distinguir dos tipos de sales: las ácidas y las alcalinas.[41] Todas las sales ácidas y alcalinas reaccionan entre sí en un medio acuoso; en esto se fundamenta su eficacia.[42] Se destruyen mutuamente mediante su unión para dar lugar a una tercera sal neutra. La reacción química conduce a diferentes efectos, ya que las sales prácticamente nunca se presentan en estado puro, sino que siempre están mezcladas con otras partículas que modifican sus propiedades y efectos. Así, la reacción puede consistir en una efervescencia tormentosa con burbujas, ruido y calentamiento; en una fermentación, donde el proceso se mitiga por la adhesión de otras partículas; en una coagulación, donde las partículas se envuelven recíprocamente; o en una separación o precipitación, cuando no pueden unirse. Tales procesos subyacen también a todos los cambios en la naturaleza; el origen y la corrupción brotan de ellos. Y también las fuerzas efectivas de las causas de las enfermedades deben explicarse a partir de ellos. Todo esto lo insinúa Hipócrates al mencionar el sabor como la forma de manifestación más conocida de las sales.
Siguiendo este conocimiento, Ettmüller intenta consecuentemente reinterpretar en su propio beneficio algunos otros pasajes de Hipócrates sacados de contexto, sustituyendo los términos de la patología humoral hipocrática por expresiones procedentes de la iatroquímica moderna, de acuerdo con su declarada necesidad de *»investigar una nueva forma de interpretación»*[43]. Dos ejemplos pueden servir de ilustración:
En De morbis IV (Sobre las enfermedades IV) se expone de qué manera la bilis, la sangre, el agua y la flema aumentan o disminuyen en el cuerpo en función de la ingesta de alimentos y bebidas. De la bilis se dice que, cuando alguien consume algo amargo o biliar y ligero, se produce más bilis en el hígado.[44] «Ligero» es reinterpretado por Ettmüller como fluido, volátil, «ut hodierna loquendi fert consuetudo» [según dicta la costumbre actual de hablar][45], pues con lo amargo y lo volátil, según su opinión, se describe la naturaleza de la bilis. Sin embargo, para una descripción completa falta todavía la acritud. En el texto hipocrático no hay ninguna expresión en la que se pudiera meter secretamente esta propiedad. El problema se resuelve de manera discreta: se introduce de forma afirmativa que no es lo cálido y lo seco lo que predomina en la bilis, sino lo acre y lo amargo, y con ello aparece de pronto lo que faltaba. Y ahora a Ettmüller le queda plenamente claro lo que Hipócrates quiere decir en realidad: una sal alcalina volátil, temperada por el Sulphur o el aceite.
Otro pasaje donde Hipócrates se expresa de forma «verdaderamente química» lo descubre Ettmüller en De victu in acutis (Sobre el régimen en las enfermedades agudas), donde se habla del oximel (agua con miel y vinagre). Sobre el ácido acético se reporta que es más beneficioso para las personas con mucha bilis que para los atrabilidarios (de bilis negra); que lo amargo es disuelto y convertido en flema al ser agitado, mientras que a la bilis negra la pone en fermentación, la altera y la aumenta porque el vinagre eleva lo negro.[46] También aquí Ettmüller se esfuerza por dar una explicación «en términos de uso común»: lo ácido precipita con la sal alcalina volátil de la bilis, y en eso consiste la disolución; ambos se transforman al ser agitados, es decir, surge esa tercera sal, neutra y en gran medida insípida, que Hipócrates sugería bajo la flema acuosa o insípida. El agitación es la efervescencia con la que va acompañada la reacción química. En el caso de la bilis negra, por el contrario, se produce un aumento, un empeoramiento. Esta se diferencia sustancialmente de la bilis amarilla. Tampoco aquí son las cualidades primarias las que pueden describir esta sustancia, por tanto no lo frío, lo seco ni nada parecido, sino las propiedades químicas ácida y áspera. La acidez se incrementa por el vinagre y su nocividad empeora debido a la fermentación desencadenada, haciéndose más acre, más volátil y corrosiva.
Lo arbitrario del modo de interpretación de Ettmüller resulta claramente reconocible. Uno todavía podría aceptarlo en la medida en que la interpretación se refiera a pasajes del texto hipocrático difíciles de comprender o formulados de manera algo enigmática. Pero también se distorsionan pasajes claramente comprensibles. Según las explicaciones reproducidas anteriormente, el vinagre debería ser fundamentalmente perjudicial para los atrabilidarios. Sin embargo, en el texto hipocrático se comparan los pacientes de bilis amarilla y bilis negra, y de los primeros se dice que les sienta mejor el ácido acético, lo cual se expresa con total claridad incluso en la traducción reproducida por Ettmüller —en la que además se omitió el término matizador «en general»—: «… magis conferunt, quam…» [benefician más que…]. El «sursum ducit» (eleva), que sin duda se refiere a la provocación del vómito —lo cual seguramente no es tan beneficioso como la forma más agradable de transformar la sustancia dañina en una materia inofensiva—, Ettmüller lo sustituye por «exaltat» (exalta), lo que para él significa un empeoramiento de las cualidades dañinas.[47]
En el tercer capítulo[48] Ettmüller extrae consecuencias para la higiene y la terapia. Los sabores normalmente están bien mezclados y, por lo tanto, no son reconocibles ni tampoco dañinos, porque se encuentran en equilibrio. Pero allí donde un sabor sobresale fuertemente, indica la intensa eficacia de una sal que puede alterar y dañar el cuerpo humano. La mayor o menor magnitud del daño viene determinada por la diferente capacidad de transmutación del fermento estomacal y por la habituación, conforme al aforismo hipocrático 2,50: *»Aquello a lo que uno está habituado desde h[49]e mucho tiempo, suele causar menos molestias, aun cuando sea menos bueno…»*³³ Son el alimento y el aire inhalado los que pueden alterar la mezcla del cuerpo; todo es, por tanto, amargo, ácido, etc., según su sabor. Los productos más saludables, por ser los más moderados, son los cereales, sobre todo si están correctamente preparados. Y en ello el calor y el frío no juegan ningún papel. Una vez más se recurre a Hipócrates. En De prisca medicina se reporta como ejemplo que alguien enferma por el consumo de trigo crudo y carne cruda, y se cura mediante el pan.[50] Ettmüller explica que el pan no se diferencia del trigo en sus cualidades primarias, sino por la preparación, la cual consiste en una fermentación provocada por la adición de un fermento ácido volátil. La fermentación elimina la viscosidad de la harina. Las partículas salinas y sulfúricas disueltas se desprenden un poco de la unión con las demás partículas, se vuelven volátiles y son expulsadas por el calor del horneado. Otra parte de las sales, la que no se evapora por completo, forma ese ácido fino, volátil y ligero del pan que ayuda al estómago en su función. También en el aire se contienen sales, lo que se demuestra, por ejemplo, en las plantas que solo pueden vivir del aire. En primavera, la tierra húmeda y en descomposición exhala miasmas salinos que alteran la sangre debido a su gran poder fermentativo. En invierno, el aire está impregnado de una fina sal ácida, con lo que se explican la piel áspera y las fisuras superficiales [grietas]. Las enfermedades endémicas y, a veces, también las epidémicas tienen su causa en fermentos de naturaleza salina, ya sea de tipo ácido o alcalino, a los cuales pertenecen también todos los contagios que actúan a distancia.
Como exigencia para la terapia se deduce que se debe restablecer la mezcla correcta, lo cual no se logra mediante el aporte o la sustracción de calor o frío. La curación, la cocción (coctio) que elimina las acritudes, se realiza mediante la mezcla]. Por medio de la adición e interposición de otras partículas materiales entre las partículas salinas que se han vuelto desmesuradas y perceptibles, sobre todo mediante sales opuestas, se modifican la forma y el ordenamiento; la acritud y la corrosividad se pierden.
Ettmüller previene una limitación de las posibilidades terapéuticas —que inevitablemente tendría que resultar de una perspectiva química restringida— recurriendo de nuevo a Hipócrates, De diaeta, donde se adopta una postura contraria al intento de tratar de manera generalizada las propiedades aisladas de los alimentos, dado que, a pesar de compartir una propiedad común, las restantes propiedades pueden ser diferentes, e incluso opuestas entre sí; por ejemplo, en el sentido de que una sustancia dulce sea laxante, mientras que otra sustancia igualmente dulce actúe como astringente o estíptica.[51] En este pasaje, Ettmüller vuelve a pasar por alto deliberadamente que allí se enfatiza precisamente la eficacia de las cualidades primarias. Según Ettmüller, cada sustancia, especialmente la de origen vegetal, posee, además del sabor común, un sabor específico que proviene de la semilla (semen). A partir de este sabor específico deducía él, conforme a las opiniones de van Helmont, una aptitud o idoneidad para enfermedades específicas.
Al evaluar la interpretación de Ettmüller, se debe tener en cuenta que su escrito se trata de una disertación académica. Surge, por lo tanto, la pregunta de si este texto puede pretender representar por completo la comprensión que Ettmüller tenía de Hipócrates. De esta reflexión se deriva la necesidad de examinar el resto de la obra de Ettmüller en busca de indicios que pudieran refutar, confirmar o complementar la imagen obtenida. No se encuentra otro escrito que se apoye por entero en Hipócrates, pero a cambio aparecen numerosas menciones de Hipócrates dispersas a lo largo de toda su obra. Seguramente sería un esfuerzo desproporcionado investigar detalladamente todas las menciones. Al fin y a cabo, las Opera omnia abarcan 3273 páginas en formato folio. Por ello, se seleccionaron dos muestras de texto del Collegium practicum con una extensión total de unas 200 páginas.[52] En estas secciones se menciona a Hipócrates un total de 57 veces. A primera vista, esta cifra resulta impresionante y parece respaldar la alta estima hacia Hipócrates demostrada en la disertación. Sin embargo, la impresión se relativiza un poco cuando se toman en consideración los restantes autores mencionados. En total se cita 1330 veces a 205 autores diferentes; por lo tanto, solo un 4,3% corresponde a Hipócrates. Otros médicos antiguos están, por supuesto, notablemente menos representados: Celso seis veces, Aecio y Alejandro de Tralles incluso solo una vez cada uno. Galeno, quien en realidad es condenado, aparece de todos modos unas veinte veces. Si se toma como medida la frecuencia de las menciones y citas, se demuestra que Hipócrates ocupa, al menos entre los autores antiguos, el primer rango con más de 2/3 de todas las menciones]. Pero de esto solo no se debe deducir una inclinación digna de mención hacia la Antigüedad. El interés de Ettmüller se concentra por entero en los autores modernos (93,6%). A pesar de ello, las 57 menciones de Hipócrates siguen siendo notables; en cuanto a su frecuencia, no obstante, solo es superado por Riverius y Sylvius con 64 y 59 menciones respectivamente. Una erudición que se expresa en números tan colosales —si se proyectan los datos a la obra completa, se llega en total a más de 20 000 menciones de otros autores— rápidamente hace surgir la sospecha, tratándose de un médico que falleció a una edad muy temprana, de que difícilmente se pueda presuponer siempre un análisis minucioso de las fuentes. La sospecha se convierte en certeza al observar con mayor detenimiento lo que respecta a Hipócrates, si se examinan más de cerca las 57 menciones hipocráticas.
En primer lugar, llama la atención que las citas literales de Hipócrates son una rareza, a pesar de que, por lo demás, se reproducen de buena gana citas largas de otros autores. En la mayoría de los casos se trata de meras indicaciones de pasajes, o bien la opinión de Hipócrates solo se sugiere muy brevemente, sin estar respaldada por una indicación de pasaje. También es digno de mención que en la primera muestra de texto se nombran exclusivamente pasajes de los Aforismos. Las citas de los Aforismos predominan asimismo en la segunda muestra. Aquí también se encuentran, no obstante, algunos pasajes de otros escritos del Corpus Hippocraticum, aunque estos no aparecen de forma aislada con la frecuencia de los Aforismos, sino en acumulaciones curiosas: tres cuartas partes de ellos se concentran en una sola página.[53] Por lo tanto, únicamente los Aforismos están representados de manera más o menos uniforme y siempre recurrente, dejando de lado algunos fragmentos más largos sin una sola mención a Hipócrates. En cuanto a las restantes menciones, debido a sus llamativas acumulaciones, se debe asumir que fueron tomadas de colecciones de citas que no fueron verificadas en el original, sobre todo porque aparecen combinadas con muchas otras citas. El predominio de los Aforismos es tan evidente que, en el caso de Ettmüller, solo cabe admitir que tal vez los conoció por lectura propia, posiblemente bajo la forma de alguno de los numerosos comentarios a los Aforismos, los cuales por lo general también ofrecían al médico una serie de sugerencias de otro tipo, indicaciones prácticas o más citas. Pero ni siquiera se puede afirmar con total seguridad el uso activo de uno de tales comentarios, ya que se encuentran una y otra vez indicios que apuntan a que simplemente fueron tomados de indicaciones de pasajes de autores modernos que se dedicaban al mismo tema médico, fueron asumidas, y que solo la consideración generalizada de estos autores hacia los Aforismos se refleja en la distribución de frecuencias]. Las menciones se añaden de forma totalmente accesoria con un «Véase también» o «Compárese», o bien —independientemente de si llevan o no indicación de pasaje— resultan claramente reconocibles en estrecha relación con citas directas o indirectas, o con informes de otros autores; por ejemplo, el «Aph. 67. S. 40» se identifica de forma inequívoca incluso como una cita dentro de otra cita. En parte, las declaraciones de Ettmüller apuntan hacia fuentes secundarias o incluso terciarias: *«loca Avicennae et Hippocratis allegata prostant in Rolfinccio»*[54] [los pasajes citados de Avicena e Hipócrates se encuentran expuestos en Rolfinck] —, *«Aph. 67. S. 40 est verus, vid. Bartholinus»*[55] —, *«… est formula loquendi Hippocrati usitata… Vid. Langius»*[56] —, *«Aph. Hipp. 62, Sect. 4 non semper est verus; Vid. Horstius»*[57] —, *«Hic enim aphorismus ordinario interpretatur»*[58] —, *«Aphorismum hunc optime explicat Lindanus»*[59] —, *«… ubi refert, muniti praeprimis autoritate Hippocratis»*[60].
Es muy probable que muchas citas de Hipócrates provengan de tercera mano, ya que un análisis de las fuentes modernas de Ettmüller saca a relucir repetidamente incoherencias que propiamente no deberían aparecer si se utilizaran los textos originales. Así, por ejemplo, se encuentra la afirmación «Hippocrates in omni febre vinum porrigit» [Hipócrates prescribe vino en cualquier tipo de fiebre], la cual se corresponde con la indicación correcta «ut loquitur Poterius de febribus P. 2. cap. 26»; sin embargo, las declaraciones atribuidas aquí por Ettmüller a Pierre de la Poterie solo coinciden de manera parcial.[61] Asimismo, un fragmento marcado claramente como cita literal de Foreest revela, al comparar los textos, una coincidencia meramente conceptual; otra cita literal de Foreest resulta ser en realidad la cita de otro autor diferente que, a su vez, citaba a un tercero, etc.[62]
Mirando hacia atrás, se obtiene la siguiente impresión: a diferencia de lo que ocurre con Tachenius, la veneración de Ettmüller por Hipócrates se revela como una mera declaración de intenciones [literalmente: Lippenbekenntnis / promesa de dientes para afuera]. La cita de Hipócrates es tal vez necesaria porque la autoridad de los antiguos a veces todavía parece indispensable como un elemento importante de la argumentación. Por lo general, no se observa un uso deliberado de las formulaciones hipocráticas bajo criterios puramente retóricos, como ocurre en el caso de Hoffmann. El conocimiento de los escritos hipocráticos es demasiado escaso y superficial. Estos le son conocidos, en su gran mayoría, únicamente de segunda o tercera mano, con la excepción tal vez de los Aforismos y del escrito De prisca medicina (Sobre la medicina antigua), al cual, sin embargo, Ettmüller apenas presta atención fuera de la disertación examinada aquí. No tiene lugar un debate serio sobre el contenido de los escritos hipocráticos. La postura frente a Hipócrates carece de sentido crítico. El contexto original siempre se deja de lado. Las declaraciones que contradicen su propia interpretación son ignoradas, incluso si ya se pueden deducir de la propia cita reproducida. La interpretación es unilateral y arbitraria; posee un aire grotescamente modernista, va mucho más allá de lo pretendido originalmente y representa un intento forzado de encontrar las propias ideas completamente prefiguradas en Hipócrates. Este intento se limita únicamente a la Medicina Hippocratis Chymica. Solo aquí juega Hipócrates un papel central. Por lo demás, solo se le menciona de pasada, y los autores modernos ocupan el centro del interés. Evidentemente, este escrito se trata de un trabajo ocasional, de un ejercicio académico que no puede pretender representar un hipocratismo real.
En definitiva, es posible calificar el trabajo de Ettmüller sobre Hipócrates como un mero «ejercicio académico de corta y pega» (Gelegenheitsarbeit), un intento forzado y «grotescamente modernista» de hacer que un autor antiguo validara la iatroquímica del siglo XVII.
La extensión de la teoría, más allá de su recepción.
La autoridad combinada de Sylvius y Tachenius, junto con la necesidad de una nueva teoría unificadora de la clasificación que reemplazara a las ya un tanto deslucidas hipótesis de los cuatro elementos y los tres principios químicos, impulsó la hipótesis del ácido-álcali hacia una carrera exitosa. Fue ampliamente adoptada por los médicos químicos y rápidamente resultó útil para numerosos químicos quienes siempre miraban a la medicina tanto para el origen como para la aplicación de su ciencia. Los químicos aplicaron rápidamente la teoría a reacciones no fisiológicas, utilizando la teoría médica como «prueba» para su interpretación de las reacciones de laboratorio, tal como revelará rápidamente un vistazo a los artículos químicos en las Philosophical Transactions o en la Histoire et Mémoires de l’Académie Royale des Sciences. Así, por ejemplo, se pueden citar los Entretiens sur l’acide et l’alcali de François André, doctor en medicina de la Facultad de Caen, publicados en 1672, los cuales esbozaban una teoría en la que la sal, el azufre y el mercurio de los químicos más antiguos eran reemplazados por las sales ácidas y alcalinas como los principios de los cuerpos[63]. Esta obra fue leída de manera bastante amplia; pero mucho más importante fue el uso de la hipótesis del ácido-álcali por parte de Nicholas Lémery en su inmensamente popular Cours de Chimie, publicado por primera vez en 1675.

Lémery consideraba la sal como uno de los cinco principios químicos básicos, pero la estructura de cualquier sal particular estaba determinada por sus componentes ácidos y alcalinos. Pensaba que la acidez resultaba de la forma y el movimiento de las partículas de sal en solución, caracterizándose las sales ácidas por estar cristalizadas en formas puntiagudas[64]; además, como él decía, esto era obvio por sus efectos, pues: «Espero que nadie se ofrezca a disputar si un ácido tiene puntas o no, ya que la experiencia de cada uno lo demuestra, solo necesitan probar un ácido para estar convencidos de ello, pues pincha la lengua como cualquier cosa afilada y finamente cortada»[65]. Los álcalis los definía Lémery en términos de los ácidos: eran aquellas sustancias que reaccionaban con los ácidos acompañadas de ebullición o efervescencia. Esto era el resultado de la forma de las respectivas partículas: cuando las partículas ácidas afiladas penetraban en los poros de las partículas alcalinas, se encontraban con resistencia y, en consecuencia, se producía la efervescencia.
La creencia de que los ácidos y los álcalis siempre reaccionaban con efervescencia, de modo que una prueba válida para la acidez o la alcalinidad era su producción de efervescencia con un álcali o ácido conocido, se convirtió en una noción generalmente aceptada. Sin duda, la idea ganó credibilidad debido al uso generalizado tanto de ácidos orgánicos como de carbonatos básicos al realizar los ensayos. Gradualmente, todas las sales fueron aceptadas como compuestos de álcali y ácido; por extensión natural, pronto se creyó ampliamente que la mayoría o incluso todas las sustancias, incluso los metales, eran de manera similar compuestos de ácido y álcali. Esta explicación de las reacciones químicas, aparentemente útil, pareció confirmarse mediante una serie de intentos de analizar la saliva, el jugo gástrico, la sangre y muchas otras secreciones naturales[66]. El análisis químico se encontraba, en realidad, en un estado demasiado primitivo como para permitir la distinción entre resultados válidos e inválidos; el análisis de sustancias orgánicas consistía frecuentemente en una mera destilación destructiva, lo que daba una posibilidad casi infinita de productos; y, con demasiada frecuencia, resultados potencialmente útiles se veían viciados por la adición de sustancias complicadas al material que se iba a analizar, como una ayuda para la destilación.
Robert Boyle (1627-1691)

Cuán ampliamente fue adoptada la doctrina del ácido y del álcali por los químicos del siglo diecisiete en su búsqueda, naturalmente entusiasta pero necesariamente prematura, de un principio químico organizador, queda ampliamente atestiguado por la atención que le prestó Robert Boyle, siempre muy consciente de las ideas de sus contemporáneos. Boyle, como señalaron con tristeza sus admiradores posteriores, dedicó con mayor frecuencia su capacidad química a demoler teorías falsas que a construir nuevas teorías, y atacó con gran deleite en sus Reflections upon the Hypothesis of Alcali and Acidum lo que denominó «la teoría que derivaría tanto las cualidades de los cuerpos como el resto de los fenómenos de la naturaleza a partir de lo que llaman áccidum y alcali»[67]. En este pequeño tratado, publicado en 1675, Boyle pretendía destruir por completo la doctrina, actualmente muy popular. Sus argumentos eran principalmente teóricos: en particular, se opuso a la vaguedad de todo el concepto de ácido y álcali tal como se sostenía comúnmente, señalando que las pruebas aceptadas, como la efervescencia, eran tan inciertas en sus resultados que carecían prácticamente de valor. La mayoría de los químicos, afirmaba con cierta razón, se contentaban con definir un ácido como cualquier sustancia agria que efervescía con cualquier cosa comúnmente considerada como un álcali, y un álcali como cualquier sal amarga que efervescía con cualquier cosa comúnmente considerada como un ácido. Boyle reconoció acertadamente que esta definición era demasiado circular y empírica como para ser científicamente útil.
El extremo desagrado de Boyle por la hipótesis del ácido-álcali provenía en parte de su premisa antimecánica de que las reacciones químicas dependían de una «contienda» entre el ácido y el álcali, y en parte de su propio conocimiento experimental superior. Él ya había desarrollado pruebas las cuales podían identificar y separar ácidos, álcalis y sustancias neutras, y creía que estas pruebas eran concluyentes. Se encontraban dispersas a lo largo de su obra Experimental History of Colours, publicada por primera vez en 1664, especialmente en las Partes III y IV. Es característico de los primeros escritos científicos de Boyle que su valioso y eminentemente útil trabajo sobre los indicadores químicos esté incrustado en una masa de experimentos aparentemente aleatorios sobre el cambio de color, y que las pruebas para ácidos y álcalis se presenten como una especie de magia natural para impresionar a los curiosos de la alta sociedad. A pesar de todo esto, su método de utilizar indicadores químicos se presentó y analizó claramente, tal como se reconoció más tarde. Ocurre en relación con soluciones coloreadas, y se discuten con cierta extensión tres experimentos diferentes[68].
El primero describe cómo una solución de lignum nephriticum —ampliamente utilizada como remedio contra el cálculo renal— aparecía ordinariamente de un amarillo intenso, pero mostraba una fina opalescencia azul cuando el observador se situaba entre la luz y el vial que contenía la solución. Boyle descubrió que esta opalescencia azul podía destruirse mediante la adición de ácido y luego restaurarse mediante un exceso de álcali. Lo que resulta de interés es que reconoció instantáneamente el valor de esto y, en un «Corolario» al experimento, concluyó que era un método específico para determinar, en muchas disoluciones, si no en todas, «si es un ácido o una sal sulfúrea lo que predomina».
Un segundo conjunto de experimentos trataba de los resultados de la adición de diversas sustancias a infusiones de flores, especialmente al jarabe de violetas. Boyle descubrió que esta fina solución azul se volvía de un rojo brillante no solo por algunos ácidos, como ya se sabía, sino por todos los ácidos generalmente reconocidos; y que todos los álcalis la volvían de rojo o azul a un verde brillante, un hecho que pensó que no se había observado antes. Luego probó con otras sustancias vegetales azules, incluyendo acianos y bayas de aligustre, y descubrió que aquí también una solución azul se volvía invariablemente roja por todos los ácidos comunes, y verde por todos los álcalis comunes. Esto no era cierto para las soluciones azules no vegetales; por ejemplo, señaló que una solución de vitriolo azul se volvía amarilla con la adición de álcalis (qué álcalis, no lo dijo). Sus pruebas finales para ácido y álcali resultaron de un truco diseñado francamente para impresionar a las damas y caballeros ociosamente curiosos que visitaban su laboratorio en busca de novedades divertidas: a partir de una solución clara e incolora, podía obtener un precipitado naranja o uno blanco mediante la adición de otra solución igualmente incolora. La primera solución contenía sublimado corrosivo; el precipitado naranja aparecía al añadir una «sal animal urinaria o volátil», es decir, una sal de amoníaco como el cloruro amónico (sal ammoniac); el precipitado blanco aparecía al añadir un álcali «de naturaleza lixiviada», es decir, un carbonato como la potasa.
Boyle analizó cuidadosamente los resultados de estos tres experimentos y concluyó que tenía aquí un medio para determinar con precisión si una sustancia era ácida, alcalina o neutra, y si era alcalina, si era fuerte o débil. Un aspecto valioso de este trabajo fue que clasificó firmemente algunas sustancias como ni ácidas ni alcalinas, un fuerte golpe a la hipótesis del ácido-álcali que no reconocía sustancias neutras. Además, estas pruebas podían utilizarse, tal como el propio Boyle las utilizó, para determinar la naturaleza predominante de una solución compleja. Que Boyle realmente reconoció la importancia y utilidad de estas pruebas, tanto para el análisis como para la clasificación de las sustancias químicas, queda ampliamente demostrado por su cuidadosa discusión y su declarado deseo de que otros químicos hicieran uso de su método de indicadores, ya que parecía ser «de tanta utilidad en la filosofía natural (especialmente en la parte práctica de ella)» [69]. Y hizo frecuentes referencias a estas pruebas en su trabajo posterior, como por ejemplo en la History of Particular Qualities (1671), donde la reacción con jarabe de violetas se utiliza como una prueba estándar para demostrar que una sustancia particular (en este caso, ácido acético fuerte) tendría diferentes efectos químicos bajo diferentes condiciones químicas (aquí cuando estaba puro y cuando estaba mezclado con un exceso de álcali)[70].
Cuando, en The Sceptical Chymist [El químico escéptico], Boyle destruyó por completo la base experimental de la teoría aristotélica de los cuatro elementos y la teoría de los químicos sobre las tria prima, no ofreció ninguna teoría alternativa real y, por lo tanto, dejó un vacío —aborrecido por los científicos contemporáneos, si no por la naturaleza— que nunca fue llenado realmente por su filosofía corpuscular. Con la destrucción de la hipótesis del ácido-álcali, sí ofreció una alternativa competidora, aunque no fuera del todo omnicomprensiva teoría unificadora. Sugirió una clasificación viable, demostrablemente útil y basada en la experimentación de tres grupos de sustancias simples: ácidos, álcalis y sales o soluciones neutras. Esto podía aplicarse de manera fácil y provechosa al análisis químico en un laboratorio del siglo diecisiete o dieciocho. Los químicos sí lo aplicaron así, y el método fue, en última instancia, aceptado de forma casi universal.
Sin embargo, antes de su completa aceptación, el método de Boyle tuvo que pasar por una serie de vicisitudes. No fue, ni mucho menos, ignorado, ya que allí donde no se aceptaba, se refutaba minuciosamente. El ya citado André se sintió obligado, al publicar la segunda edición de sus Entretiens sur l’Acide et l’Alcali en 1677, a añadir una respuesta larga y acalorada a Boyle, a quien citaba por su nombre y a quien intentaba refutar punto por punto. Boyle recibió un devoto apoyo de un discípulo alemán, el médico y químico Johannes Bohn (1640–1718)—un ferviente baconiano y racionalista químico—, en su tratado (escrito en forma de carta) Sobre la insuficiencia del álcali y del ácido como principios o elementos de los cuerpos naturales. Aquí, ya en 1675, Bohn ofreció argumentos fisiológicos e iatroquímicos (pero no experimentales) en contra de la hipótesis del ácido-álcali, haciendo especial hincapié en el hecho de que muchas reacciones se producían normalmente sin efervescencia (y, por lo tanto, según las definiciones habituales, no podían ser reacciones de ácido-álcali) y que no podía encontrar álcali libre en la bilis, ni ácido libre en el jugo pancreático (tal como las teorías de Sylvius y Tachenius exigían)[71]. El tratado de Bohn se sitúa esencialmente en la tradición iatroquímica, más que en la nueva tradición de la química experimental, y parece haber tenido relativamente poca influencia. Cuando el químico francés Bertrand resumió el estado actual de la controversia en 1683, se mostró solo ligeramente escéptico, registrando las críticas pero decidiendo, en general, que la hipótesis del ácido-álcali tenía un mérito sustancial[72]. Muy pronto, no obstante, la mayoría de los químicos fueron conscientes de la existencia de las pruebas con indicadores. Muchos aceptaron los indicadores como útiles en la práctica pero no concluyentes en la teoría. Otros, con el valor de unas sólidas convicciones a priori, insistían en que la prueba con el jarabe de violetas no demostraba nada; y entre el estado impuro de sus sustancias químicas, su clasificación inexacta y sus creencias fijas, no sorprende que a menudo descubrieran o bien que todas las sustancias reaccionaban con el jarabe de violetas, o bien que algunos ácidos y álcalis «probados» no reaccionaban en absoluto[73]. El libro de texto de Lémery siguió siendo popular, manteniendo la sección sobre los ácidos prácticamente sin cambios hasta bien entrado el siglo dieciocho. Además de esto, estaba Stahl para mantener una teoría de la materia ampliamente aceptada en la cual un «ácido universal» (una mezcla de Agua y el primero de los tres tipos de Tierra) desempeñaba un papel dominante. De acuerdo con esta teoría, las sales no eran elementales, sino que constituían una combinación del ácido universal con uno o más de los tres tipos de Tierra; esta teoría omnicomprensiva apenas dejaba espacio para las minucias de la clasificación química experimental[74]. Sin embargo, en contraste con esto se sitúa la obra de Homberg, cuya teoría de la materia no era muy diferente de la de Stahl, pero que pertenecía a la nueva escuela de la química experimental al haber estudiado con Boyle. Homberg introdujo métodos cuantitativos en el problema del ácido-álcali, y en dos artículos publicados en los Mémoires de l’Académie Royale des Sciences en 1699 y 1700 midió las fuerzas relativas de los ácidos y los álcalis mediante métodos químicos y físicos[75]. De este modo, midió la cantidad de sal de tártaro que podía ser absorbida por cantidades fijas de varios ácidos, así como la cantidad de espíritu de nitro absorbida por diversos álcalis. Esto tuvo, indudablemente, una marcada influencia, especialmente en la química francesa.
Los químicos más decididamente experimentales de principios del siglo dieciocho aceptaron y ampliaron rápidamente el trabajo de Boyle, ya que demostró ser muy útil en el análisis. Estas nuevas ideas se difundieron gracias a su publicación en muchas obras populares y ampliamente leídas. John Harris, en su Lexicon Technicum (publicado por primera vez en 1704), mientras definía los ácidos en la línea cartesiana de Lémery como sustancias «cuyas partículas se suponen alargadas, flexibles, penetrantes y atenuantes; y que tienen sus puntas afiladas y perforantes», añadió extensamente una prueba experimental tomada de Boyle (en cuyo trabajo, de hecho, se apoyó fuertemente a lo largo de toda la enciclopedia): «Se puede saber fácilmente si algún licor contiene en sí alguna sal ácida o no, vertiendo un poco de jarabe de violetas extendido sobre papel blanco; o en una solución de flores de aciano, etc., porque entonces el azul se tornará inmediatamente en un color rojo o púrpura rojizo; mientras que si se torna verde, es una señal de que el licor abunda en sales de naturaleza urinaria o lixivial, sobre cómo distinguirlas, ver esas palabras. La acidez de cualquier licor también se puede deducir por su capacidad para destruir el azulado de una tintura de Lignum Nephriticum»[76]. El influyente médico y químico holandés Hermann Boerhaave aceptó asimismo la clasificación de Boyle y el uso de indicadores para determinar las sustancias ácidas y alcalinas. En su ampliamente leído Elementa Chemiae hay varias referencias al problema y al final del libro hay una breve y definitiva reseña titulada «Una breve recapitulación del ácido y del álcali»[77]. Aquí definió un álcali como «una sal fija o volátil» caracterizada principalmente por ciertas reacciones químicas específicas: su efervescencia con un ácido, su combinación con el vitriolo y su cambio de color del «girasol, las rosas o las violetas al verde». Del mismo modo, definió un ácido como «una sal fija o volátil» caracterizada por la efervescencia con los álcalis, por su «precipitación, tornándose neutral, con cuerpos alcalinos y terrestres», por volver «el girasol, las rosas o las violetas al rojo», y por su sabor agrio. Boerhaave limitó cuidadosamente los términos ácido y álcali a aquellas sustancias que exhibían todas las reacciones especificadas; por lo tanto, señaló que ni el oro ni la plata debían considerarse un álcali, como se hacía a veces, aunque el primero efervesce con el aqua regia y la segunda efervesce con el espíritu de nitro. Los verdaderos álcalis deben efervecer con todos los ácidos, no solo con algunos, y deben además cambiar el color de los indicadores químicos, en los cuales Boerhaave obviamente tenía completa fe. Concluyó con un epitafio idóneo, aunque un tanto prematuro, sobre la hipótesis del ácido-álcali: «Es una noción extraña y vacía introducir el ácido y el álcali para explicar la naturaleza de todas las cosas; y sin embargo, hemos visto el tiempo en que esta doctrina ha sido triunfante, y considerada la gloria de la época. Consúltese al Sr. Boyle y al Dr. Bohn sobre este asunto».
Paralelamente al establecimiento de los ácidos y los álcalis como sustancias identificables experimentalmente, se estaba desarrollando una nueva teoría de los ácidos, esencialmente newtoniana, como sustancias caracterizadas por una intensa capacidad para atraer a otras sustancias. Esta teoría fue discutida por primera vez por el propio Newton en uno de sus pocos artículos químicos publicados. En 1692 escribió un esbozo de una teoría de la solución, impreso por primera vez en 1710 en el segundo volumen del Lexicon Technicum de Harris[78]. En este artículo, titulado De natura acidorum, Newton escribió: «Las partículas de los ácidos son de un tamaño más grueso que las del agua, y por lo tanto menos volátiles; pero mucho más pequeñas que las de la Tierra, y por lo tanto mucho menos fijas que ellas… Están dotadas de una gran Fuerza Atractiva, fuerza en la que consiste su actividad, y por medio de la cual también afectan y estimulan el órgano del gusto y disuelven aquellos cuerpos a los que pueden llegar». Y más adelante, «cualquier cosa que atraiga fuertemente y sea fuertemente atraída puede llamarse un Ácido». Este concepto se repite en la trigésimo primera cuestión de la Óptica, donde Newton desarrolló las consecuencias de esta teoría para llegar a una definición de la reactividad química y del mecanismo de la solución[79].
De las dos características adscritas aquí a los ácidos, el tamaño de las partículas constituyentes y la posesión de una fuerte atracción química, solo esta última podía investigarse por medio del experimento, y es en ella en la que Newton hace mayor hincapié. La cantidad de atracción podía determinarse tanto por la efectiva acción disolvente exhibida por los ácidos y por su sabor agrio. Ambos, desde la perspectiva de Newton, tenían la misma causa: los ácidos eran buenos disolventes porque la atracción entre las partículas del ácido y las partículas del soluto provocaba que las partículas del ácido se precipitaran hacia el soluto y rompieran lo que hoy llamaríamos su estructura molecular; del mismo modo, los ácidos tenían un sabor agrio porque la fuerte atracción entre las partículas del ácido y la lengua causaba que las partículas del ácido se abalanzaran tan rápido y fuerte contra el órgano del gusto como para magullarlo y provocar la familiar sensación de ardor. De manera bastante sorprendente, Newton parece no haber hecho un uso específico de los indicadores químicos. Sin embargo, sabía de su existencia; había leído la History of Colours de Boyle y tomado notas sobre su contenido, y en uno de sus primeros cuadernos de notas se refirió al uso de soluciones coloreadas como un método conveniente para detectar el ácido y el álcali[80]. No se puede determinar ahora si no menciona los indicadores porque pensaba que eran demasiado conocidos como para requerir una mención específica. Baste decir que los ácidos mencionados por él son verdaderos ácidos, y que su teoría sí tenía una base empírica. Al igual que en otros campos, la teoría de la atracción de Newton parece curiosamente cercana a la teoría anterior, ya reaccionaria, de la «contienda» entre el ácido y el álcali. La diferencia radica principalmente en la cualidad empírica de la atracción newtoniana, dado que era potencialmente medible en términos de fuerza del ácido, una propiedad que ya utilizaban ampliamente los químicos. La teoría contaba, por supuesto, también con el prestigio del nombre de Newton. Cuando Voltaire visitó Londres en 1728, descubrió que incluso en la química la Inglaterra newtoniana estaba marcadamente dividida de la Francia cartesiana. Según escribió: «Vuestra química realiza sus operaciones mediante ácidos, álcalis y materia sutil; la atracción impera aquí, incluso en la química»[81].
Pero, en efecto, tanto Inglaterra como Francia llegaron pronto a aceptar la síntesis newtoniana en la química al igual que en la física. En la química, esta síntesis fue una mezcla de la evidencia experimental ofrecida por Boyle con los principios teóricos proporcionados por Newton, estos últimos ampliados por el concepto de afinidad de Geoffroy. Esto resultó más fácil a medida que, con el transcurso del tiempo, todos los químicos llegaron a aceptar ciertas sustancias comunes —como el aqua regia, el aqua fortis, el espíritu de sal, el vinagre y el nitro, el aceite de vitriolo— como verdaderos ácidos. En la atmósfera razonable de la ciencia de finales del siglo dieciocho se volvió habitual definir los ácidos empíricamente: por su sabor característico, por su atracción o afinidad, y por su capacidad para volver rojas las sustancias vegetales azules[82]. Analógicamente, los álcalis se definieron por su reactividad con los ácidos más comunes, y por su capacidad para volver verdes las soluciones vegetales azules.
El problema relacionado de la verdadera naturaleza de las sales aún necesitaba esclarecimiento en el siglo dieciocho. Ciertas ideas nuevas del siglo diecisiete habían perturbado la vieja teoría de la Sal como un elemento. El ataque de Boyle en The Sceptical Chymist de 1661 había provocado al menos escepticismo, si no rechazo, en la cuestión de la Sal, el Azufre y el Mercurio como elementos; y los seguidores de Stahl pensaban inevitablemente en las sales como sustancias complejas. El término «Sal» era conveniente y ampliamente utilizado, pero las inevitables confusiones provocadas por una clasificación tan vaga eran cada vez más evidentes, especialmente a medida que los químicos comenzaban a aplicar diversos métodos químicos nuevos a más y más sustancias. Además, se prestó mayor atención a la forma cristalina. Esto se había considerado desde hacía mucho tiempo como algo semejante a la composición molecular, y Lémery y Homberg lo habían utilizado como una indicación de la forma de las partículas. Sin embargo, la cuestión de la clasificación adecuada para las sustancias agrupadas a grandes rasgos como «sales neutras» seguía siendo desconcertante. Le correspondió a Rouelle, en memorias publicadas en 1744 y 1754, investigar a fondo la estructura cristalina, y llegar así tanto a una definición rigurosa de las sales como a un nuevo sistema de clasificación de las mismas[83]. El sistema de clasificación se emprendió, según dijo, «à la manière des Naturalistes» [a la manera de los naturalistas], un interesante ejemplo de fertilización cruzada entre campos científicos. Las sales neutras eran consideradas por Rouelle como una «familia» natural, dividida en «secciones» según la forma cristalina, en «géneros» según el tipo de ácido involucrado en su composición, y en «especies» según el tipo de base. Esta clasificación presuponía la definición enunciada con claridad únicamente en la memoria posterior de 1754, a saber, la de una sal neutra como «una sal formada por la unión de un ácido con cualquier sustancia, sea cual sea, que le sirva de base y le confiera una forma concreta o sólida». Bajo esta definición, como Rouelle comprendió, solo algunas de las llamadas sales neutras eran verdaderamente neutras, al no tener efecto sobre los indicadores; otras, que volvían rojo el jarabe de violetas, se consideraban más propiamente como sales neutras ácidas y podían volverse verdaderamente neutras mediante la adición de más álcali. Esto explicó ciertas reacciones aparentemente anómalas que los químicos habían estudiado previamente, y resolvió los últimos problemas que quedaban en el camino hacia una distinción verdadera y adecuada entre ácido y álcali, y entre ácidos y sales. La controversia quedó finalmente resuelta.
La historia de la controversia entre el ácido y el álcali es un ejemplo instructivo de la manera en que los químicos de los siglos diecisiete y dieciocho introdujeron lentamente el orden a partir del caos casi ilimitado de un periodo anterior. La incorrecta doctrina iatroquímica del ácido y del álcali, aparte de su uso en la medicina, cumplió con el útil propósito de llamar la atención sobre un grupo amplio e importante de sustancias químicas de evidente afinidad, y sobre la necesidad de determinar rigurosamente qué sustancias pertenecían realmente a las clases comúnmente aceptadas, aunque imprecisas, de ácidos, álcalis y sales. En este periodo, la química necesitaba un sistema taxonómico natural tanto como la botánica; y resulta interesante que Rouelle fuera consciente de las similitudes del problema al que se enfrentaban el químico y el naturalista. Una vez que se afrontó la necesidad de un sistema de clasificación, no pasó mucho tiempo antes de descubrir que efectivamente existía uno —y que podía definirse en términos experimentales— y eso sin violentar ninguno de los principios de la filosofía newtoniana. La aceptación de tal método de razonamiento por parte de los químicos fue de una utilidad inmensa para organizar el conocimiento químico. Al separar los ácidos, los álcalis y las sales de otras sustancias químicas, y entre sí, los químicos aceptaron tácitamente una teoría de sustancias simples que precedió y preparó el camino para la posterior y más exacta clasificación de los elementos químicos de Dalton, y también para la organización y nomenclatura ideadas por Lavoisier, Guyton-Morveau y Fourcroy. La historia de esta controversia sirve también para ilustrar un hecho importante, con demasiada frecuencia pasado por alto: que la «buena» química anterior a Lavoisier no era puramente empírica. Existían otras teorías químicas (y más permanentes) además de la del flogisto; y se construyeron sobre una base sólida mediante la acumulación gradual del experimento químico, y fueron aceptadas de manera tan completa cuando la evidencia estuvo lista, que las dificultades implicadas en su desarrollo han sido, con demasiada frecuencia, malentendidas y desatendidas. La controversia entre el ácido, el álcali y la sal no es sino un ejemplo esclarecedor de un proceso histórico más amplio que requiere de una mayor investigación.
La Crítica Corpuscular: El caso de Johann Daniel Major (1634-1693)

Nacido en Breslau, Major estudió en Wittenberg y Padua antes de asumir la primera cátedra de medicina en la nueva Universidad de Kiel, fundada por Christian Albrecht, duque de Holstein-Gottorp. La primera esposa de Major, Maria Dorothea Sennert, era nieta de Daniel Sennert. Después de mudarse a Kiel, Major desarrolló estrechas conexiones intelectuales con los amigos de Joachim Jungius en Hamburgo, incluido Andreas Cassius (1604–1673). Major también se nutrió de la cultura de la experimentación material en las instituciones cortesanas regionales, donde los experimentos con soluciones metálicas y el vidrio coloreado que producían estaban a la vanguardia de la ciencia europea.
Antes o después, como ya hemos esbozado antes, ocurrió lo inevitable: médicos y profesores universitarios más escépticos de la segunda mitad del siglo XVII, como Major en la Universidad de Kiel, comenzaron a cuestionar este dualismo tan rígido por considerarlo simplista y poco filosófico[84]. Vamos a tomar este buen ejemplo de Major para concretar sus críticas. En primer lugar, Major rechazó el dogmatismo. Apoyándose en químicos como el ya citado y comentado Johann Bohn, Major argumentaba que definir todo el universo biológico a través de «dos gladiadores en conflicto» (ácido y álcali) era un error. Demostró experimentalmente que la efervescencia no era exclusiva de esta pareja; a veces, al mezclar dos ácidos diferentes entre sí, también se generaba efervescencia. En segundo lugar, para lo anterior, Major se expresó en términos de «Guerra Química» y la Taxis[85], utilizando metáforas militares para describir cómo las sales ácidas y alcalinas «luchaban» en el vidrio de laboratorio hasta llegar a una «tregua o pacto de alianza» (la cristalización). Sin embargo, insistía en que estas sustancias no eran principios primordiales e indivisibles de la materia. Por último y en tercer lugar, al amparo de la Filosofía Corpuscular y siguiendo las corrientes atomistas y mecanicistas (influenciadas en parte por Robert Boyle y Descartes), Major propuso que las diferencias entre un ácido y un álcali no radicaban en «cualidades ocultas», sino en su Foranómico-Figurística: la inmensa variedad de formas físicas (puntiagudas, ganchudas, helicoidales, cúbicas) y movimientos de sus partículas invisibles.
Antes de seguir, creo conveniente explicar qué es la “taxis corpuscular” de Major. El análisis en detalle de la obra de Johann Daniel Major de 1676, titulada originalmente De Gigantum texturis, cruciatibus, ac resolutione o resumida habitualmente como Los sufrimientos de los gigantes (De cruciatibus gigantum)[86], revela una de las conceptualizaciones más singulares de la primera modernidad europea: el uso del término taxis aplicado a la microestructura de la materia.
Espíritus y sales
Major trató extensamente los espíritus en su obra de 1676 Los sufrimientos de los gigantes. Para él, los espíritus eran los cuerpos físicos con la «textura» más sutil que se podía identificar[87]. Ya el propio hecho de referirse a los espíritus como poseedores de una textura, en lugar de ser cuerpos simples en sí mismos, llevó a Major a negar que los espíritus representaran cuerpos absolutamente simples, a pesar de confesar el ser consciente de caer así en una regresión infinita de partes cada vez más sutiles. En realidad, Major trataba a los espíritus únicamente como una categoría pragmática en la cual podían definirse como el nivel de la materia tras el cual resultaba difícil imaginar un cuerpo más sutil[88].
Los espíritus recibían muchos nombres, como «Fuegos», «Luces», «Sales», «Arqueos», «Aires balsámicos» y «Calor nativo», pero Major no consideraba que su nombre fuera significativo. También se abstuvo de debatir si los espíritus eran de una sola clase o de muchas. Lo que Major especificó como lo más interesante para él no era la identidad básica o más sutil de los espíritus, sino la forma en que sus disposiciones —como «facciones» en lucha— podían ofrecer nuevas explicaciones para una fisiología aparentemente teleológica.
Al igual que los Titanes rebeldes fueron arrojados de nuevo al cuerpo de Gaia por los dioses, donde continuaron temblando, desestabilizando la corteza terrestre a través de terremotos e inundaciones, el pecado original había dado lugar a un movimiento y una fricción constantes en la naturaleza a nivel de los espíritus. Y al igual que los Titanes golpeando contra el vientre de Gaia, los espíritus atrapados dentro de formas más toscas de la materia entraban constantemente en conflicto entre sí y con las estructuras circundantes. Sus sufrimientos daban lugar a un desgaste y un debilitamiento «coetáneo con Adán y propagado a través del pecado original haciasu posteridad, algo que, hasta donde yo sé, aún no ha sido observado por los médicos, ni tratado plenamente por nadie».[89]
Las facciones de espíritus se convierten en combatientes que se asemejan a gladiadores, o «Agones, en un estado de enfermedad que se aproxima a la muerte». Debido a que lo arriesgaban todo en esta lucha, libraban una batalla «como dos atletas, peleando hasta el punto de hacer brotar sangre»[90]. Mientras que otros, como Francis Bacon —muy admirado por Major—, analizaban cómo las acciones de los espíritus conducían a la sequedad, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte, para Major, todos los procesos fisiológicos, incluidos el desarrollo y el crecimiento, resultaban del sufrimiento de los espíritus dentro de la materialidad enferma. Tal era el estado habitual del ser humano: «no hay ninguna acción material saludable en nosotros que pueda iniciarse o concluirse fácilmente sin la intercesión de alguna oscura enfermedad. En pocas palabras, nunca somos otra cosa que mórbidamente saludables«. La verdadera salud solo se aplicaba al cuerpo de Adán antes de la caída y a Cristo con los santos después de la resurrección[91]. Para todos los demás, el estudio de cómo funcionaba la «taxis de las partículas materiales» en el cuerpo podía moderar la ferocidad de su enfermedad, pero no curarla.
Todas las acciones del alma material o de los espíritus animales eran el resultado de la fricción de estos fluidos finos con texturas materiales variables en diversas estructuras. Estas acciones del alma animal nunca eran, por tanto, simples, sino que muchas de ellas estaban compuestas de dos, tres o cuatro cosas. Para combatir la comprensión teleológica de las partes del cuerpo, Major se oponía a asignar nombres específicos a diversos procesos del cuerpo, ubicados en órganos específicos y controlados por facultades específicas. Por ejemplo, en lugar de nutrición, uno podría hablar de aumento o acreción.
Major también rechazaba todos los términos utilizados para describir las diversas etapas de la digestión que habían proliferado, tales como «quilificación», «cocción», «corrupción», «fermentación», etc. Todos ellos insinuaban alguna «transformación de una cualidad», mientras que términos preferibles como «atrición, destrucción, resolución o separación» sugerían meramente un cambio de magnitud, forma y número. Señaló que algunas autoridades médicas conceptualizaban la «resolutio» o «análisis» como la ruptura de la unión de los elementos[92]. Major citó a Hofmann (1645, 232), quien describía esta descomposición como si fuera un retorno a los elementos primordiales («quasi in prima elementa redigantur»). Major, en cambio, prefería un lenguaje de separación que no hiciera afirmaciones sobre los componentes esenciales de la materia. «Así como toda fermentación (natural o artificial) comienza con la incipiente dispersión de las partes sutiles de las más toscas, habiendo sido llevadas a agudos choques y conflictos con estas últimas, concluye con la separación total de ambas a través de movimientos aleatorios, de modo que se despojan por completo de la vestidura de su antigua unión»[93]. En este proceso de separación, los espíritus en fermentación no escapan al destino universal del sufrimiento, ya que deben «chocar ahora aquí y ahora que están allí», y «luchar» con texturas «muy gruesas y resistentes», repitiendo «sus golpes sobre ella muchas veces, antes de reducir algunas porciones de la misma a la obediencia»[94].
Major abordó uno de los temas principales en los debates de la época sobre la relación entre lo cualitativo y lo mecanicista en el corpuscularismo que, para muchos, se centraba en la digestión y en la naturaleza de la fermentación en particular dentro de ese proceso[95]. Major parece llevar aún más lejos los intentos de Descartes de trasladar el lenguaje que describe la fisiología hacia direcciones más mecanicistas. Como ha explorado Carmen Schmechel, Descartes pasó de la «cocción» a la «fermentación» como un medio menos teleológico para describir los procesos fisiológicos, pero la «fermentación» no resolvió los problemas que él esperaba que resolvería[96].
La batalla del ácido y el álcali de Major
Major ofreció ejemplos dramáticos de guerra química en las interacciones de las sales ácidas y alcalinas. Cuando la sal de tártaro (carbonato de potasio), una base débil, se añadía a un ácido fuerte, como el aqua fortis (ácido nítrico) o el aceite de vitriolo (ácido sulfúrico), ambos se enfrascaban en una «batalla especialmente grande, emitiendo explosiones repentinas de humo y calentando el vidrio». Pronto, «innumerables burbujas se elevan desde el fondo hasta la superficie del fluido», pero una vez que «estos movimientos se han aquietado y las fuerzas enemigas han entrado en un pacto de alianza, entonces se fusionan vetas claras y brillantes y pequeñas varillas», dijo (refiriéndose a la formación de cristales de nitrato de potasio). Sin embargo, los «Sylviano-Helmontianos» se equivocaban al afirmar que la fisiología humana podía explicarse mediante los conflictos entre estos dos tipos de sal.
Ya hemos visto que según Sylvius, durante la digestión se producía una efervescencia resultante de la mezcla de la bilis alcalina con el jugo pancreático ácido. Citando la carta de Johann Bohn a Langelott[97], Major coincidía con Bohn en que los seguidores de Sylvius aplicaban la teoría del ácido-álcali de manera demasiado dogmática. Por un lado, era bien sabido que los ácidos a menudo presentaban efervescencia cuando se añadían a otros ácidos, de modo que si se observaba una efervescencia, esto no significaba que una de las sustancias tuviera que ser alcalina. Además, quizás dos sustancias efervescentes podrían ser ambas alcalinas. Tal fenómeno aún no se conocía, pero «¿acaso había alguien que hubiera realizado experimentos de todos los modos posibles de combinación en cuerpos de todo tipo de textura?»[98].
Probando sales
En una digresión en los Sufrimientos de los Gigantes, Major abordó cómo él y sus estudiantes en su seminario experimental el agosto anterior habían emprendido un ambicioso programa experimental para probar las combinaciones de muchos tipos diferentes de sales. En ese momento, Kiel estaba envuelta, como solía ser el caso, en los enfrentamientos militares reales de las décadas de las guerras del Norte. «En medio del desagradable estruendo de las guerras por todas partes», él y sus estudiantes disfrutaron de un escenario de conflicto mucho más placentero, ya que «instituyeron ciertos experimentos sobre los diferentes tipos de sales, con el fin de percibir sus acciones y pasiones mudas, movimientos, figuras externas y cambios de estado, para así reducirlos a algún concepto intelectual más universal».[99]
Por el «puro interés de los experimentos», Major y sus estudiantes reunieron múltiples líquidos, «acuosos, aceitosos y espirituosos; olorosos e inodoros; dulces, acres, más o menos ácidos, o claramente corrosivos, lixiviales, ásperos o amargos; claros y transparentes o turbios y teñidos; fijos y volátiles; producidos mediante cocción, per deliquium (delicuescencia), solución y destilación; calientes, fríos; simples, compuestos y más compuestos [el énfasis es mío]», así como «muchos tipos de sales, ácidas, básicas o neutras; artificiales y naturales, fijas y volátiles, etc. y de esta manera organizamos mezclas de cuerpos para ver qué tipo de partículas serían amigables o piadosas, y cuáles serían conformes o disformes entre sí».[100] Notablemente, algunos de sus líquidos ya eran «compuestos» o «más compuestos», y él y sus estudiantes buscaron sintetizarlos aún más con sales para determinar si serían «amigables» y producirían un cuerpo aparentemente unificado, o si parecerían ser «disformes», es decir, obviamente compuestos de dos o más partes. El lenguaje de amistad de Major retomaba aquí su analogía entre los enlaces químicos y las treguas o pactos temporales en la guerra en curso de toda la materia.
Major se apresuró a confesar que no habían sido tan estrictos como para trazar cada combinación individual de dos, tres, cuatro o más variables, ya que eso pronto daría lugar a una progresión exponencial de un número estupendo de combinaciones. Él y sus estudiantes buscaron tantas combinaciones que, con el tiempo, se quedaron sin vasos de precipitados y se cansaron de medir y pesar cuidadosamente «este líquido con aquella sal mezclada con algunas otras en este o aquel vaso cuidadosamente cubierto»[101].
Describiendo sales
En su Genio Errante de 1677, Major profundizó en lo que deseaba para un informe completo de su investigación sobre las sales[102]. En este libro, Major criticaba la capacidad humana para el error, incluido un error de su propia mente: a saber, su insaciable deseo de tener registrados todos los experimentos de todas las áreas del conocimiento de todo el mundo. Su desmedido deseo de un registro experimental perfecto nacía de su temor a que cualquier afirmación general derivada de la evidencia experimental pudiera ser refutada algún día por algún experimento nuevo. Así, en una postura que el propio Major reconocía como fútil, deseaba conocer primero todos los experimentos antes de proponer siquiera una afirmación más general.
Otros adolecían del fallo opuesto. Major criticaba los «edictos pretorianos» que emanaban de químicos de renombre como Glauber y Helmont. Ellos habían persuadido a tantos de que todas las sales del universo en su totalidad podían clasificarse como un ácido, un álcali o un compuesto de ambos. Sin embargo, no se les ocurría explicar cuál era la naturaleza de una sal alcalina en sí y por sí misma. Más bien, definían un álcali simplemente en términos de un ácido, como algo que no era un ácido pero que invariablemente entraba en conflicto con él. La muy erudita obra de Bohn había demostrado la insuficiencia de esta teoría del ácido-álcali. Según Bohn, «estos dos Hércules (a saber, el ácido y el álcali) no siempre luchan necesariamente, de modo que, sin colisión, a veces una de las potencias degenera en la otra, y cada una se transforma, por así decirlo».
Si la causa de estos cambios se encontraba en alguna parte, lo más probable era que se extrajera «de la delicada parte de la Filosofía Corpuscular, a la que llamo Foranómico-Figurística». Al acuñar este término, Major se refería a la complejísima y variada gama de movimientos, formas y números que exhibían las partículas. Podían moverse de manera «rectilínea, curvilínea, simple, refleja». Su forma podía ser «irregular, orbicular, plana, lisa, híspida, larga, corta, afilada, obtusa, caudada, espicular, dentada, bífida, trífida, parecida a una anguila, helicoidal, repanda, anular, triangular, cúbica, poligonal, piramidal u otra». Por lo tanto, para dar cuenta de todas las interacciones posibles entre las sales, la descripción de las sales tendría que registrar una vasta gama de sustancias, tal como Major y sus estudiantes ya habían comenzado a investigar, así como las muchas permutaciones diferentes según las cuales podrían estar moviéndose o dispuestas. Sin embargo, incluso este inmenso estudio de las sales representaba una minúscula porción de todo el corpus de anales de experimentos que quedaban por escribir[103].
El orden de las cosas
Major, en tanto que médico teórico y naturalista, concebía la síntesis y el análisis como procesos reversibles. Sin embargo, criticaba a quienes se apresuraban a formular hipótesis sobre los componentes primordiales de la materia. Trataba a los llamados cuerpos simples como categorías pragmáticas más que demostradas. La Caída había arraigado una desviación moral y epistémica en la materialidad misma. Espíritus invisibles chocaban tumultuosamente contra superficies inhóspitas, volviendo inestable y descuidada a toda la materia estremecida, incluida la del cerebro humano. Solo la experimentación con estructuras químicas invisibles prometía algún medio para mejorar el estado del conocimiento humano, al concienciar sobre las condiciones bajo las cuales este se formaba. Por necesidad, tal experimentación tendría que comenzar planteando categorías meramente temporales y pragmáticas, que podrían mejorarse con el tiempo.
Las teorías sobre los componentes básicos de la materia podían ser refutadas, pero la naturaleza de los componentes primarios e invisibles de la materia no podía demostrarse. Por ejemplo, los cambios de color en las soluciones líquidas demostraban que ninguna entidad en particular causaba el color. La adición alterna de ácidos y álcalis que hacía aparecer y desaparecer el color demostraba que este era el efecto de cambios reversibles en la estructura química. Sin embargo, este experimento no podía probar que los ácidos y los álcalis fueran cuerpos simples y componentes primordiales de la materia; parecía imposible probar que alguien hubiera alcanzado alguna vez la etapa final del análisis.
Major se sentía en un terreno más firme cuando lidiaba con la síntesis, en lugar de con el análisis. Al observar las síntesis de muchos tipos de sal, Major esperaba ser capaz de razonar en retrospectiva hacia la identidad esencial de una sal (es decir, «reducirlas a algún concepto intelectual más universal»), del mismo modo que sentía que era posible razonar en retrospectiva hacia las categorías mentales de tres colores primarios a partir de los colores mezclados en los que aparecían (mientras negaba a esas categorías mentales cualquier realidad física como componentes primordiales de la materia; el rojo, el amarillo y el azul, como todos los colores, seguían siendo únicamente los efectos percibidos de la refracción de la luz en diferentes estructuras corpusculares). La percepción de Major de un conocimiento cambiante y propenso al error fomentaba elecciones pragmáticas al seleccionar las unidades categóricas básicas (como la sal, el azufre, el metal) que podrían emplearse durante un tiempo, de manera similar a la disposición de los objetos en una colección.
El cuidador de esa colección se vería obligado a cuestionar sus categorías continuamente a medida que las investigaciones posteriores reorganizaran los campos tácticos. Por ejemplo, una colección de sales formada con el propósito de investigar qué era la sal requeriría continuas adiciones, sustracciones y reagrupaciones, ya que algunos materiales serían rechazados al final por no ser sales después de todo, o bien otros podrían agruparse temporalmente como alguna forma única de sal, solo para ser reorganizados más tarde con alguna otra constelación de materiales. El ordenamiento de las concepciones mentales humanas de las categorías de la naturaleza y el ordenamiento de los materiales para los experimentos tendrían que permanecer en una articulación provisional y receptiva entre sí.
Major enunció así, aparentemente, un enfoque empírico-pragmático de los principios mucho antes de que tal enfoque fuera ampliamente aceptado a mediados del siglo XVIII[104]. Sin embargo, nunca deseó que las categorías científicas permanecieran meramente pragmáticas. Podríamos afirmar que a medida que él y sus contemporáneos desplazaban el estudio experimental empujaban a la filosofía hacia la forma de una disciplina académica, en tanto que su objetivo era identificar términos filosóficamente defendibles para las categorías pragmáticas utilizadas profesionalmente por boticarios y químicos. Esta fue la crítica que Major y su colega Johann Bohn lanzaron contra los defensores de la teoría del ácido-álcali. Si bien estas categorías daban cuenta de muchos fenómenos observables en el laboratorio, no habían sido sometidas a una duda suficiente, ni a la posibilidad de futuros descubrimientos, como para ser aceptadas filosóficamente (incluso dentro de un marco probabilístico). Major pretendía establecer prácticas académicas de duda profesionalizada y pruebas exhaustivas que pudieran asentar las conjeturas experimentales sobre una base más sólida, aun reconociendo que la certeza absoluta seguiría estando perpetuamente fuera de su alcance (Keller 2020, 2024).
Major empleó el término taxis para los ordenamientos temporales tanto de la materia como de las unidades de conocimiento creadas por el ser humano. El término en sí no volvería a aparecer, según parece, como un medio para describir categorías y arreglos naturales hasta principios del siglo XIX, cuando Augustin Pyramus de Candolle (1813) utilizó taxis para acuñar un término para una forma dinámica y agonística de orden natural, la «taxonomía». Los académicos que describen el siglo XVIII como una era taxonómica podrían sorprenderse al enterarse de que el término aún no existía en ese período. También pueden ignorar las formas en que la taxonomía, en lugar de ser una clasificación estricta de un orden natural estático, fue provisional y agonística desde el principio. La interacción entre las estructuras epistemológicas y las estructuras naturales permitió una visión de la taxis como un método de investigación, es decir, como un medio de indagación continua sobre los componentes básicos de la naturaleza y las formas en que interactuaban con otras formas y escalas de orden, incluyendo las propias categorías del conocimiento humano.
Joel Langelott (1617-1680)
Llegamos, por fin, a uno de los protagonistas más importantes de esta diatriba sobre la naturaleza de las sales: Joel Langelott. Al igual que Major asumió la primera cátedra de medicina en la nueva Universidad de Kiel, fundada por Christian Albrecht, duque de Holstein-Gottorp (1641-1694, siendo duque de Holstein-Gottorp desde 1659), en dicha corte había un laboratorio dirigido por Joel Langelott[105]. Langelott alcanzó un enorme prestigio político y académico al ser nombrado médico personal (Leibmedikus) del duque Federico III de Holstein-Gottorp y, posteriormente, de su sucesor, el citado Cristián Alberto.
Las preguntas relativas a los componentes básicos de la materia, ya fueran espíritus u otros principios, no solo se abordaban en los seminarios académicos y en las demostraciones de la corte, sino que también se planteaban en obras destinadas a un público químico más amplio del tipo al que el librero Gottfried Schultze (1643–1686) de Hamburgo abasteció con obras publicadas entre 1671 y 1673. Esto incluía un notable conjunto de publicaciones dirigidas al médico de la corte de Gottorf, Joel Langelott[106].
En 1671, Schultze publicó la traducción al latín de la obra de Robert Boyle Tractatus de cosmicis rerum qualitatibus, producida por el profesor de la Universidad de Kiel y polímata Daniel Georg Morhof (1639-1691) en 1671[107]. Morhof instó entonces a Langelott a dirigir un informe sobre los logros de su laboratorio a la Academia de los Curiosos de la Naturaleza, y Langelott lo hizo en una edición publicada en la revista de la Academia, así como por separado por Schultze en 1672[108]. Ese mismo año, Schultze publicó una obra dirigida a Langelott por el médico de Hamburgo David von der Becke, quien buscaba demostrar cómo la volatilización de las sales fijas podía explicarse a través de su comprensión de que los llamados principios no eran, en realidad, «los componentes últimos de los cuerpos». El azufre, los espíritus y las sales podían reducirse aún más en partículas previas[109]. Schultze reeditó la obra de von der Becke en un volumen recopilatorio que también contenía la carta de Langelott a la Academia y una obra epistolar sobre la transmutación de los metales que Morhof había dirigido a Langelott[110].
En 1673, Schultze también publicó el informe del profesor de Rostock Sebastian Wirdig (1613-1687) sobre un nuevo sistema de medicina basado en el estudio de los espíritus, el cual Wirdig dedicó a la Royal Society de Londres y al que Morhof contribuyó con un poema liminar. Wirdig se vio obligado a emitir una retractación tras una investigación realizada por el teólogo y predicador de la corte de Güstrow, pero Major elogió con frecuencia la obra de Wirdig a pesar de su presunta herejía[111]. En 1673, Langelott publicó entonces con Schultze una edición de las recetas de Johann Tilemann, profesor de medicina en Marburgo, relativas a la solución del oro[112]. En una carta introductoria al profesor de Leipzig Johann Bohn, Langelott se jactaba además de su molino filosófico (que ya había anunciado en su obra de 1672[113]), el cual, al descomponer lentamente los materiales en las «partículas más pequeñas» (minimas particulas), permitía la producción de oro potable y muchos otros arcana[114]. En una carta al profesor de Jena Werner Rolfink, Major criticó las afirmaciones de Langelott, diciendo que su molino no era tan nuevo ni tan digno de elogio como Langelott había dicho[115].
Finalmente, en 1675, Johann Bohn publicó una carta dirigida a Langelott en la que argumentaba en contra del concepto de ácidos y álcalis, aunque lo hizo en Leipzig en lugar de en Hamburgo. Bohn sostenía que quienes buscaban restringir el número de principios activos habían «llevado a la arena a dos gladiadores, cuyos conflictos supuestamente proporcionaban las causas inmediatas y únicas de la generación, coagulación, disolución y, en una palabra, de todos los fenómenos naturales»[116]. Sin embargo, estos no podían explicarlo todo; no eran los componentes básicos de las cosas y, además, ellos mismos carecían de una buena explicación. Major aprobó enormemente esta obra de Bohn, calificándola de «la más elegante»[117].
El caso español
Dos aspectos opuestos son los que podemos destacar del caso español. Por un lado, la inserción de las teorías de van Helmont dentro de la crítica general a la Medicina española de finales del siglo XVII. Por otro, la existencia de auténticos profesionales capaz de proponer enmiendas al mismísimo Robert Boyle, como veremos.
Esta situación convulsiva tuvo en el que se ha llamado en ocasiones “foco novator aragonés”, una constante: la polémica sobre la aplicación de las sangrías. Es así como otros remedios, ajenos al galenismo más dogmático, adquirieron una vigencia inusitada. El agua de vida de Alderete[118], los polvos de Cornachino[119] o los universales del propio Beinza[120] no son sino dos ejemplos representativos. A ello también contribuyó la entrada de las nuevas ideas y que muchos médicos se adosasen a unas u otras, originando lo que ellos mismos denominaron “sectas” de médicos:
“En el numero de los Empiricos entrando todos aquellos que no entienden mas que de química, pretenden con qualquier Medicina que han manipulado, curar algunas particulares indisposiciones, por aver experimentado una, o siete veces buenos efectos con lo que subministran. Con todo esso, nunca pueden los tales llegar a ser verdaderos medicos porque no teniendo otro que aquella sola experiencia, i siendo esta falaz razon de las muchas i varias circunstancias que cada dia se ven complicadas, es lo mismo que querer caminar con un pie solo por un camino resbaladizo. El engaño de los Empiricos consiste en la confianza que tienen de curar con un mismo secreto todos los enfermos del mismo mal. […] No hay cosa que motive mayor desprecio entre los hombres sabios para con los médicos como el ver medicinar a estos de una forma i a aquellos de otra, muchos seguir a Cartesio, otros a Willis, quien a Silvio de Boe, quien a Paracelso, quien a Elmoncio y quien todavia a Hipocrates y Galeno. Pues si tal vez se juntan para la consulta de algun enfermo, puede rogar a Dios de todo corazón que le de fortuna de que acierten con el remedio que le ha de hacer bien.”[121]
No se faltaba razón a Gazola. De una forma u otra, todos los citados tuvieron sus seguidores, pocas veces en estado puro y parece que todos “se dieron cita” entonces. En relación con el caso que nos ocupa, podemos decir que estamos ante un “elmonciano” típico, ante un seguidor de la doctrina que generara Jean Baptiste van Helmont (1577-1644). Desde Paracelso hasta Boyle, pasando por van Helmont, la búsqueda de un consenso sobre qué es la materia y el protagonismo que tan insistentemente adquirió uno de sus componentes, la sal fue una constante. No es el momento ahora de entrar en una disquisición acerca de las propiedades que le fueron adjudicadas a esta “sal” a lo largo de siglo y medio, pero no podemos olvidar que la idea de que era algo “esencial” persistía de forma casi exagerada. Y bajo esta idea se realizaron muchos esfuerzos bajo la forma de experimentos. Se discutía si era posible su disolución, su evaporación, sus propiedades, si era mejor la sal alcali, la sal nitro o la fija y otras cosas más. Bercebal y sus amigos también, así como los que trabajaron en casa de Juan Vicencio de Lastanosa. Uno de estos amigos, el zaragozano Atilano Thomas Manente, quien escribiera las “Notas o advertencias a la presente obra” en el texto de Bercebal nos dice:
“Estos son los motivos que tuve para aplicarme a trabajar en el nitro, para conseguir esta tierra insípida de Helmontio […] Ya se desengañó (Bercebal) no ser lo que en Huesca le dixeron ser: Anima mundi, la Avicula de Hermes Trismegisto, el Alchæst, el agua de Vida de Alderete…”
Aquello con que tanto uno como otro trabajaban decían que era capaz de disolver el oro, Siendo usado para las inflamaciones internas[122]. Lo que decía Bercebal era que el citado espíritu es el de la sal común:
“La materia es los caldos cansados que dicen los salitreros que por imities los arrojan y estos evaporados como dice nuestro fr. Diego hasta el espíritu de miel, se pondrá cabeza de vidrio y con poco fuego se irán embiendo estos espíritus hasta que aparezca en la cabeza de vidrio algo de color rojo. Quita el recipiente, pon otro y continua el fuego cuanto quieras con más violencia y cuando no veas subir vapores rojos, aparta el recipiente y cabeza y echa agua hirviendo a la materia y evapora y da fuego fuerte y en estando la materia bien calcinada sácalo del fuego y después te diré lo que debes hacer con ella. Estos espíritus son dos, el primero es el noble que tengo por espíritu de sal común y el segundo es el espíritu de nitro. Guárdalos separados y haz prueba en el primero echándole dos o tres panecillos de oro y úsalo en lo que tengo dicho. El segundo también por espíritu de nitro, en las operaciones tenlo como a tal y vamos al remanente. Toma esa materia bien calcinada, muélela en almirez o mortero y haz polvos y los echarás en barreños o cazuelas grandes y sobre ellos pon mucho agua y revuélvelos bien con la mano o cucharón, deja aposar bien el agua hasta que esté clara y sácala por decantación. Vuelve a echar otra vez, haz lo mismo y repite hasta que el agua no tenga gusto de sal, pon la materia a secar, muélela y pásala por cedazo de cerdas.”
Como dije antes, muchos preparados con destino terapéutico alcanzaban una rápida fama, y el de Bercebal no iba a ser menos. Contamos con el testimonio de, otra vez, Matías de Beinza cuando trata de “otros polvos universales”, que, aunque no es directo, le damos aquí como una referencia al trabajo del citado enfermero:
“…y si me pudiera declarar, me estendería a mucho mas especialidad aun a otros polvos que también preparo con perfeccion, y los usan en la Ciudad de Zaragoça, y Corona de Aragón, curando universalmente con ellos, y son de toda seguridad, y estimacion preparados como se deben (aunque no es facil) mas si no se preparan bien no lo son sino de mucho riesgo; pero segurisimos los de la Arte Quimica, no obstante su dosis es mucho mayor.”[123]
¿Encontramos algún paralelo a estas ideas? Sí. Las interpretaciones a la doctrina de van Helmont son muy variadas, favorecidas, seguramente, por él mismo[124]. Tampoco ahora es el lugar correcto para exponer con la profundidad que requiere el desarrollo peninsular de las ideas “helmoncianas”, un estudio sin duda muy esclarecedor. Su acogida o su rechazo, usando de nuevo el instrumental legado por los protagonistas, fue el marco de numerosas discusiones que, a su vez, caen de lleno en la polémica de los novatores[125]. El índice de su calado es bien visible a partir del fulgor con que ambas partes se enfrentaban. Veamos un ejemplo, el que nos diera Andrés Gámez, un representante típico del cortesano barroco arribista:
“Parece será razón toquemos algo en la propia, y genuina dificultad, a quien confieso tener particular horror, temiendo que no me descalabre piedra que ha sido de tanto escándalo. La Medicina Universal, aquel robusto, y misterioso Gigante, aquel remedio sanalo todo ha sido el potro, que en diferentes tiempos ha atormentado el ingenio de los hombres […] Dizen que este assi como purifica el oro, el mas noble de los metales, libra el hombre, el mas noble de los animales, de todas superfluidades, purificando la masa de su sangre y conservando la firmeza, y sustancial mixtion de sus partes sólidas. Han hecho en él sutiles anatomias, mucho alaba Helmoncio su tintura; más ni él ni otros han hallado en ella ni en diversas transformaciones de este medio mineral la Universal Medicina. Mudáronse de esta casa a la del azogue, y aquí la toparon haziendo dél aquel precioso alkahest de Paracelso; ó quanto lo alaba Helmoncio bien se conoze en sus escritos los quales, ni en otros se topa con que se haze, aunque dize ser de suma dificultad. Yo he sido Protomédico en Nápoles, y con esta ocasión he visto muchos privilegios de Chymicos, que de todas Naciones han venido a aquel Reyno. En aquella Ciudad ay muchos, siendo a todas luzes el Principe de estos el Cavallero de quien hize mención al principio de este Discurso, todos me han confessado ingenuamente no han podido hazer este celebrado alkahest de Paracelso y Helmoncio […] Ni han perdonado los Chymicos una suma contemplación de las sales de la tierra, como se ve en la que sacan de la tierra virgen después del vernal equinoccio, del Vitriolo sacan el espiritu, de quien la Chymica a hecho gran caudal.”[126]
Más allá de las teorías, y descendiendo a la multitud de experimentaciones y prácticas e laboratorio, el terreno menos conocido cuando tratamos todas estas cuestiones, podemos centrarnos en varias cosas. En primer lugar, los dos principales puntos de controversia sobre las ideas “helmoncianas” se centran en la búsqueda del secreto de su “alkahest” y la volatilización de los “alcalis”. Sobre lo último, la importancia viene de la idea según la cual los alcalis volatilizados eran unos excelentes remedios… o no, dado su carácter “esencial y puro”, como nos quiso demostrar, Juan Bautista Juanini hablando de Francisco Redi[127]. Provenían tanto de las impurezas de los metales como de sales hechas de vegetales combustibles fijadas por medio del fuego. Pero la “esencialidad” era considerada por otros muchos, en tanto que principio seminal, como incorruptible al fuego[128]. De ahí que afirmar que el alcali, algo esencial, podía volatilizarse, idea lanzada por van Helmont y Paracelso, no siempre se aceptaba de buen grado. Es más, siguiendo las palabras de Andrés Gámez, ni los propios helmoncianos lo aclaraban definitivamente. Y no le faltaba razón. Uno de los más abnegados seguidores de van Helmont, George Starkey (1628-1665) reconocía que estas operaciones de volatilización no estaban claras ni en Paracelso ni en van Helmont. Sobre el primero, decía que lo indicaba en muchos sitios cuando decía que las esencias del vino reducidas en cenizas disuelven el oro y que entendió por la sal de tártaro la sal del vino[129].
En resumen a todo lo anterior, cabe pensar que, bien sea gracias al mecenazgo curioso de un potentado, a las inquietudes químicas y alquímicas de algunas personas, a la comunicación de conocimientos (por vía oral o a través de los textos) o a todas estas cosas a la vez, lo cierto es que volvemos a encontrar una situación bastante activa en cuanto a la Medicina química se refiere en las décadas finales del siglo XVII peninsular. Y también que si hay algo de lo que no carece esta actividad es de ignorancia y desconocimiento de las actividades e ideas que en tal sentido circulaban por Europa.
Sí, en cambio se aprecia una amalgama de opiniones que nos incitan a pensar que las cuestiones sobre la esencia, el espíritu o los componentes de la materia estaban bastante difusas desde estos años y los iniciales del siglo XVIII. Estas confusiones llegaban, incluso, a motivo de sorna, como podemos ver en las palabras de Julio María Rossi, en 1701:
“Como assi en la Censura como en la Verdad Brillante se le hizo cargo de ser puré phantastico que el agua se compagine de sal, azufre y mercurio, a fuerza de espoleado, haze como que responde aunque guardando (como acostumbra)… Que importa, Sr. Laberynto que essos PP (padres) que cita, digan esa extravagancia con su Helmoncio si no lo prueban no haviendo podido hasta aqui chymico alguno hacer verdadero analisis del agua, como era necesario para separarle aquellos tres principios (deles el nombre que quisiere) como es evidente. El exemplito de el agua en las pipas es indigno de un discipulo de Helmoncio y tan adepto.”[130]
Pero la situación pareció extenderse en el tiempo y aún en el año 1715 se intentaban aclarar las diferentes opiniones:
“De cuyo sentir son todos los que con Willis afirman componerse los mixtos de los cinco principios, como en sus obras se puede ver. […] los que dicen componerse de los cuatro elementos formalmente en el mixto contenidos discurren que las partes igneas son la causa eficiente de la fermentación. Otros hay que afirman (como Othon Tachenio en su Hipócrates Chimico) que la fermentación se excita a duplici causa, como son el acido y el alcali. Otra opinión hay, y es la mas plausible y recibida hoy, que afirma que aunque parece que las fermentaciones se sucitan ab intrinseco, esto es, de las partes que constituyen el mixto, quien primero excita dicho movimiento es la marcha etera y sutil de Cartesio. Y por fin Etmulero, autor unico, que tiene el señor doctor de doctrinas modernas (según me ha dicho) y con razon. Este, pues, distingue los principios salinos en general, en sal particular y sal universal, y este es el spiritus mundi o materia subtil y etérea.”[131]
Vieussens y Juan del Bayle.
Siguiendo la investigación inicial de Boyle, el destacado iatroquímico y anatomista francés Raymond Vieussens (1641-1715) asumió el relevo. Fuertemente influenciado por las publicaciones de Boyle, Vieussens centró su análisis químico en la sangre humana.
En un esfuerzo notable por expandir y validar éste su trabajo científico más allá de las fronteras, Vieussens se puso en contacto sistemáticamente con colegas europeos y con la Royal Society. En una carta de 1698 ampliamente difundida y dirigida a la Royal Society, presentó su propio análisis exhaustivo —descomponiendo la sangre en flema, sal, aceite y tierra—, retomando la investigación directamente en el punto donde Boyle la había dejado. La histórica correspondencia de Raymond Vieussens con la Royal Society de Londres sobre la composición química de la sangre humana consta principalmente de dos cartas enviadas desde Montpellier en 1698. Estos manuscritos originales forman parte de la prestigiosa colección Early Letters de la institución y están registrados en los archivos oficiales[132]. Estas cartas sirvieron como base para su famosa obra impresa «Epistola de sanguinis humani» (Carta sobre la sangre humana), publicada ese mismo año (1698)[133]. Su difusión sistemática no se limitó a Inglaterra; debido al enorme interés, el texto en latín se publicó formalmente en la emblemática revista científica de la institución, las Philosophical Transactions, permitiendo que médicos y iatroquímicos de toda Europa debatieran sus conclusiones sobre la separación de la sangre en flema, sal, aceite y tierra.

Es más, para saber si sus afirmaciones eran correctas, o no y para ver con qué apoyos contaba en esta controversia, Vieussens mandó, como hemos dicho una carta a todos sus homólogos europeos. Y ahora viene lo interesante: la respuesta de su colega español, Juan del Bayle, aún no deja de sorprendernos por el derroche técnico que alcanza y por la claridad de sus explicaciones. Así pues, sin siquiera proponérselo, Bayle sería el protagonista de un hecho singular. Hubo de emitir la respuesta de apoyo que solicitase Raymond Veiussens, el máximo representante del movimiento iatroquímico galo, acerca de su descubrimiento, una sal ácida extraída por destilación de la sangre[134]. Acusado de plagio por Pierre Chirac (1648-1732), Vieussens pide la aprobación o rechazo de casi toda Europa. En su favor contestaron los colegios de Lyon, Burdeos, Leipzig, Siena y la Royal Society de Londres. Esta fue una larga y amarga disputa, y se centraba sobre cuál de los dos había descubierto primero una sal ácida en la sangre[135]. En esta controversia pública también se vieron involucrados el médico inglés Richard Lower (1631-1691), Guy-Crescent Fagon (1638-1718) y William Briggs (1642-1704). La ironía de la situación es que tanto los resultados de Vieussens como los de Chirac eran incorrectos.
Recordemos que Bayle , aún siendo médico y haber estudiado Espagiria en Montpellier, pertenecía a un laboratorio químico[136]. Pero lo realmente importante aquí es el contenido de su respuesta a Vieussens. En la misma podremos ver cómo un médico está más interesado en cuestiones de Química que de Medicina, clave que usamos para diferenciar a un químico-médico de un médico-químico. Es más, Bayle reconoce que hubo de estudiar Medicina, no sin antes haber estudiado Espagiria, ya que ello sería una aportación accesoria, aunque necesaria:
«Y aunque de la profession Galenica de Pharmaceutico, no se pueden comprehender los reconditos principios de los cuerpos, sino por el juizio de los cinco sentidos en todas las cosas de la naturaleza. Y la pharmacia Chimica, solo enseña à resolver los cuerpos mixtos, y à conocer las partes, de que estan compuestos, para separar las malas, y de conservar, y exaltar las buenas, y vnirlas, quando es menester; no bastan estas facultades, que de oficio tengo en servicio de el REY NUESTRO SEÑOR; sino que es menester el lleno de toda Medicina para la verdadera comprension de tan arduo Assumpto. En esta contemplacion estuve, quando dì principio à cursar la Espagirica. Y reconociendo ser necessario estudiar Medicina, no escusè esta nueva fatiga por manejar con maior inteligencia las manipulaciones; y assi mismo conocer las causas, los temperamentos, y la disposición de cada vno de los individuos.»[137]
Ya que no hay constancia de que se impartiese ningún tipo de enseñanza que se llamase Espagírica, ni sabemos si estuvo estudiando en París o en Montpellier, hemos de deducir el carácter autodidacta de la formación de Juan del Bayle; y, de otra parte, los textos que pudo manejar para estos conocimientos son muchos, desde Arnau de Vilanova a Boyle, por poner dos ejemplos de los que él nos dio noticia. También resulta muy curioso que él sintiese necesidad de estudiar posteriormente Medicina para conocer un ínfima parte de ella, la que más le podía complementar, sin sentir mayor interés por saber de cirugía, por ejemplo. En fin, estamos ante alguien que estaba muy introducido en estas cuestiones, pero más interesado en las de tipo químico. Recurramos al texto para verificar nuestras afirmaciones.
«La legia esta bien hecha, que de esta, por cosa savida de todos, no digo como en ella dà la Sal. Que la Sal, que sacó, al sentido no fermentara con ningun acido liquido; sino con el azeyte de vitriolo, y esta Sal, porque tiene naturaleza oleosa, se fermenta con el azeyte vitriolo vniendose à èl: y el no salir con el espiritu, es por la diferencia de la naturaleza oleosa, semejante al azeyte de vitriolo. Y la diferente forma de solida à liquida, causa la fermentacion: que en estos no ay partes contrarias potentes, para que peleàra el vno con el otro, manifiestamente rechazandose el ayre, formando efervescencia, que es el termino explicativo de la formentacion (sic) manifiesta. Y assi no tubo necessidad de hazer manifiesta fermentacion. Y lo que hizo con el vitriolo fue juntarse en vno, a construir sal de Alkali, y acido de ambos. Y en los demás liquores, como esta Sal estava despojada de los acidos por la violencia del fuego, los absorviò sin movimiento manifiesto, saturandose, y por no hallar en ellos partes opuestas, ni separables.»[138]
Parece claro que esto no es una clase de Medicina, sino de Química ¿De dónde sacó Bayle estos conocimientos? Él dice de la Espagiria. Aprobado como boticario desde el año 1674, Bayle estuvo más de veinte años experimentando. Pero si ya es muy importante esto, más aún lo es que esta exposición sea aprobada por la plana mayor del Protomedicato ¿Es que ellos también sabían de todo esto? No tenemos certeza de ello, excepto de uno de ellos, Andrés Gámez[139]; pero es más difícil pensar que el resto lo ignorase por completo. Este elemento, el de un Protomedicato consciente, es un dato revelador del estado de la medicina oficial peninsular de fines del siglo XVII. Y, para no olvidar nada, en conjunto, la respuesta a Vieussens está cargada de correcciones sobre la práctica de laboratorio, pudiéndose considerar dicha respuesta todo un alarde por parte del autor, además de un excelente ejemplo de la continuidad existente desde los alquimistas hasta los químico-médicos.
La polémica final: el tártaro volatilizado.
La polémica sobre la volatilización del tártaro (el bitartrato de potasio que se deposita en los barriles de vino) fue uno, otro, de los debates más intensos y cruciales de la iatroquímica de la segunda mitad del siglo XVII. Lo que hoy entenderíamos como un simple problema de química técnica —cómo transformar una sal fija y cristalina en un espíritu volátil— se convirtió en el campo de batalla donde se decidió el fin del dogma alquímico y el nacimiento de la teoría corpuscular moderna (es decir: la Química como disciplina totalmente autónoma). Y está íntimamente relacionado con la polémica de la sal ácida y la sal álcali, de donde nació.
Ya la histórica epístola del médico Joel Langelott publicada en el volumen 3 de Miscellanea Curiosa (1672), una de las primeras revistas científicas dedicadas a la medicina y las ciencias naturales, la titulada formalmente Epistola Ad Praecellentissimos Naturae Curiosos, Langelott presentó su «molino filosófico» y plantea la volatilización del tártaro y el oro mediante trituración mecánica sin ácidos corrosivos.
Pero el núcleo del problema era doble: químico y médico. Para los médicos seguidores de Paracelso y Jan Baptist van Helmont, el tártaro purificado (cremor tártaro) poseía un potencial medicinal extraordinario para disolver bloqueos internos, cálculos renales y tratar la gota. Sin embargo, se topaban con un obstáculo insalvable: al calentarlo, el tártaro se calcinaba dejando un residuo fijo (carbonato de potasio) y apenas liberaba un espíritu ácido muy débil. La iatroquímica creía que si se lograba volatilizar el tártaro (hacer que toda la sal ascendiera en forma de espíritu destilado sin dejar residuo fijo), se obtendría el remedio universal absoluto.
El debate dividió a la comunidad científica europea en dos bandos irreconciliables. Por un lado estaban los «Alquimistas de Corte» y la transmutación (como Langelott y von der Becke). En la década de 1670, Joel Langelott (médico de la corte de Holstein-Gottorf) afirmó haber resuelto el misterio. Aseguraba que mediante una trituración física extrema en su «molino filosófico» (mola philosophica) durante meses, las partículas de la sal fija se fragmentaban tanto que perdían su fijeza y se volvían volátiles, ascendiendo en el alambique sin necesidad de añadir ácidos destructivos. Su aliado, el médico de Hamburgo David von der Becke (1648-1684), le dio soporte teórico publicando que las «sales fijas» no eran elementos últimos, sino aglomeraciones de partículas previas que podían alterarse mecánicamente, no sin recibir una fuerte contrarréplica[140]. Por otro lado, estaban los escépticos mecánicos y de laboratorio (Boyle, Bohn y Kunckel). Y, por último, frente a ellos se alzaron los experimentadores más rigurosos de la época. El más conocido fue Robert Boyle. En Inglaterra, demostró que la supuesta «volatilización» de sales fijas era una ilusión química. Lo que realmente ocurría en los laboratorios era que, al añadir ciertos ácidos (como el espíritu de nitre) al tártaro, los componentes se combinaban y destilaban juntos, pero la sal no se había transmutado; simplemente se «disfrazaba» transportada por el ácido volátil. Un segundo, no menos conocido fue Johannes Kunckel. El célebre vidriero y químico (que trabajaba cerca de Langelott) denunció públicamente que los supuestos éxitos de Langelott eran falsos o fruto de una mala praxis de laboratorio, demostrando que la sal fija de tártaro permanecía en el fondo del crisol. Por último, Johann Bohn, quien ensu famosa carta de 1675 a Langelott, utilizó este debate para atacar toda la teoría de los «gladiadores» (ácido-álcali), demostrando que los cambios físicos observados en el tártaro se debían a reordenamientos geométricos de partículas microscópicas y no a la creación de nuevas sustancias mágicas.
El desenlace: El nacimiento de la química moderna.
Si bien no es el objeto central de este trabajo y su importancia y extensión daría para un estudio separado, no podemos dejar de decir que la polémica sobre el tártaro forzó a los químicos a abandonar las explicaciones cualitativas (como «fijeza» y «volatilidad» como propiedades místicas de la materia). Al intentar demostrar si el tártaro se había volatilizado o no, los científicos se vieron obligados a pesar los reactivos antes y después de la destilación, a definir con precisión qué era una sal neutra y a adoptar la teoría corpuscular (explicar las reacciones como choques y uniones de partículas con formas geométricas, como hilos, esferas o ganchos)[141].
En cuanto a su relación con la alquimia, que pudiera parecer no tenerla a estas alturas, hay que decir que fue mucho más importante de lo que inicialmente se pudiera pensar. La sal de tártaro volatilizada fue vista como un agente de transmutación, incluso entre los más afamados, como fue el caso de George Starkey, alias Philateles, por no hablar de la correspondencia que tuvo Robart Boyle al respecto.
En un resumen ligero, y dejando de lado el caso francés, podemos decir que la difusión del helmontianismo en Inglaterra se llevó a cabo principalmente a través del Círculo de Hartlib. Las primeras referencias a van Helmont, algunas de las cuales datan de 1644 (el año de publicación de Opuscula Medica), enfatizan la oposición de van Helmont al aristotelismo y al galenismo. Entre los defensores de van Helmont se encuentran William Rand (quien también tradujo al inglés la vida de Peiresc escrita por Gassendi), Robert Boyle y George Starkey (Philalethes). Starkey desempeñó un papel fundamental en la difusión temprana del helmontianismo y otorgó una interpretación corpuscular a las teorías químicas de van Helmont. Como autor de los tratados alquímicos publicados bajo el seudónimo de Philalethes, Starkey defendió una teoría corpuscular articulada de la materia, la cual tiene sus fuentes en la tradición de los minima naturalia. Como ha demostrado Newman, la alquimia de Philalethes era tanto corpuscular como vitalista. Los elementos de Philalethes son minima de diferentes tamaños. Junto con van Helmont, Philalethes afirmaba que todos los cuerpos mixtos se originan a partir del agua y de los semina [semillas], estos últimos tienen el poder de producir fermentación. La mixtio [mezcla] química ocurre cuando las sustancias se reducen a sus partes más pequeñas, todas del mismo tamaño. Como ha señalado Newman, Philalethes tenía una teoría de los corpúsculos complejos, la cual fue central para la química de Boyle y de Newton. Philalethes cree que los corpúsculos tienen diferentes capas que corresponden a los diferentes principios químicos. Los metales son concebidos como corpúsculos complejos con un núcleo interno, el cual es una sustancia mercurial compacta vinculada a su «azufre esencial», y una corteza porosa externa que Philalethes llama «azufre externo».[142]
La actitud experimental de la Royal Society no impidió que sus miembros leyeran y discutieran artículos que trataban sobre teorías químicas. Los principios químicos, el estado de las sales volátiles extraídas de las plantas, las doctrinas del ácido y el álcali, así como la fermentación y las propiedades químicas del aire, fueron temas discutidos en las reuniones de la Sociedad. Lo que resulta evidente es que coexistieron diferentes puntos de vista sobre los principios químicos, así como interpretaciones divergentes de la teoría corpuscular de la materia. La iatroquímica (y el helmontianismo) también estuvieron representados en las personas de Jonathan Goddard (1617–1675) y Daniel Coxe (1640-1730), mientras que miembros como Robert Hooke (1635-1703) y Frederick Slare (c. 16471727) desarrollaron investigaciones químicas carentes de matices helmontianos. Aquí no podemos olvidar que los temas alquímicos nunca fueron desterrados de la Sociedad.[143]
Por rematar todo esto con un apunte y aunque el nombre de Daniel Coxe ha surgido de vez en cuando en una variedad de contextos relacionados con la ciencia inglesa, es importante resaltar que mantuvo correspondencia con Robert Boyle. En 1665, Coxe comenzó su correspondencia con Boyle. La primera carta que se conserva (sin fecha, pero probablemente escrita a finales de agosto o principios de septiembre de 1665) contiene evidencias de su colaboración. Coxe informa a Boyle sobre su trabajo químico actual, a saber, la preparación de solventes, transmutaciones y la volatilización de la sal de tártaro [carbonato de potasio], una sustancia que desempeñó un papel destacado en la química de van Helmont y Starkey. Como veremos, la sal volátil de tártaro es, para Coxe, el ingrediente principal del Alkahest [el disolvente universal alquímico]. A partir de las cartas que se conservan de Coxe (las de Boyle hacia él se han perdido todas), deducimos que la investigación química de Coxe fue alentada por Boyle.[144] También resulta aparente que Boyle envió instrucciones a Coxe sobre una serie de procesos químicos. En una carta a Boyle, posiblemente escrita en septiembre de 1665, Coxe dio cuenta de su investigación, la cual incluye la preparación de sales volátiles de vegetales, la volatilización del espíritu de sal marina y una cantidad de recetas helmontianas —incluyendo el elixir proprietatis y el Aroph (cloruro de amonio férrico)—. La preparación de solventes era fundamental en las investigaciones químicas de Coxe. Al igual que Boyle, Coxe sostenía que los menstruums [disolventes] poderosos podían descomponer los cuerpos en sus constituyentes, algo que el análisis ordinario por fuego no lograba hacer. Coxe también afirmaba que con la ayuda de un disolvente poderoso se podía lograr la transmutación de los metales. En la carta a Boyle del 19 de enero de 1666, Coxe declaró:
«Mis experimentos anteriores y los más recientes me han instruido minuciosamente en que no se puede lograr ningún progreso considerable en las indagaciones relativas a cualquier cuerpo concreto en la naturaleza, especialmente los minerales, a menos que seamos maestros de algunos Menstrua excelentes, de cuya asistencia podamos derivar muchas ventajas. Ya sea analizando los cuerpos sobre los que operamos e informándonos así de cuáles son sus principios constituyentes; y consecuentemente podamos incrementar nuestro poder sobre la naturaleza, cuyos productos podríamos no solo imitar de cerca, sino también tal vez mejorar y perfeccionar […] Confieso, ciertamente, que la mayoría de los analizadores ordinarios (tales como los espíritus ácidos corrosivos y las sales) dividen únicamente en partes integrantes, no elementales. Pero, no obstante, estoy plenamente convencido de que existen menstrua, o al menos se pueden procurar algunos tales que disolverán incluso los cuerpos más sólidamente fijados en sus principios componentes. Me induce a abrigar esta convicción la consideración de los metales y los Menstrua en general».
Fuentes primarias.
Kunckel, Johann, Johann Kunckels Chur-Fürstl. Sächs. Geheimbten Cammerdieners und Chymici, Chymische Anmerckungen : darinn gehandelt wird Von denen Principiis Chymicis, Salibus Acidis und Alkalibus, Fixis und Volatilibus, in denen dreyen Regnis, Minerali, Vegetabili und Animali ; wie auch vom Geruch und Farben &c. Mit Anhang einer Chymischen Brille contra Non-Entia Chym. Nach eigener Experientz beschrieben mit unterschiedenen Experimentis bewähret und denen Warheit und KunstLiebenden zu Nutz und Dienstlichen Gefallen in den Druck befördert, WITTENBERG, In Verlegung Job Wihlem Fincelij seel. Erben Druckts Christian Schrödter, Anno 1677. La primera edición, a la cual siguió en 1678 una traducción al latín posiblemente de mano ajena; reimpresa en 1694 bajo un nuevo título. La obra está dedicada a Georg Caspar Kirchmejer. Este es el escrito más temprano en el que Kunckel expresa su firme creencia en la transmutación de los metales, al tiempo que contradice el axioma alquímico: ubi ignis et calor, ibi sulphur [donde hay fuego y calor, allí hay azufre]. La obra trata sobre el azufre, el arsénico y otras sales. También si el color o el olor en los metales o minerales provienen del azufre; si una sal álkali tiene lugar entre las sales minerales; si se puede encontrar un menstruum universalissimum que disuelva todos los cuerpos y gemas sin distinción; si se debe estipular todavía la existencia de un azufre en los metales.
Anónimo, “De sale alkali”, en Zetzner, Lazarus (comp), Theatrum chemicum, praecipuos selectorum auctorum tractatus de chemiae et lapidis philosophici antiquitate, veritate, jure, praestantia, & operationibus, Volumen tertium, Argentorati, Sumptibus heredum Eberh. Zetzneri, 1659, 180.
Glauber, J. R.: Tractatus De Natura Salium. Oder Außführliche Beschreibung deren bekannten Salien unterschieden Natur, Eigenschafft und Gebrauch und absonderlich von Einem der Welt noch gantz umbekantem wunderliche Saltze dadurch alle verbrenliche Vegetabilische Animalische und Mineralische Subjecta, […] in harte unverbrenliche Cörper zuverwandlen. Neben gründlichem beweiß/ daß das Saltz […] der grösseste Irdische Schatz und Reichthumb der Welt auß Ihme zu bringen. Sambt Angehängtem Tractätlein, de Signaturâ Salium, Metallorum, & Planetarum. Gott […] zu Ehren […] und an den Tag geben Durch Joh. Rudol. Glauber., Amsterdam, Janssonius, 1658. La primera edición alemana de una de las obras principales de Glauber. Se divide en una parte experimental, extraordinariamente extensa y polifacética, y otra concerniente a los fundamentos del mundo material, consagrada al esfuerzo constante por comprender la esencia de la materia y la fuerza condicionante. En la presente obra confluyen ambos aspectos. Aquí se encuentran los primeros indicios del concepto de afinidad química, y Berzelius destaca más tarde en su ‘Tratado de Química’ (Lehrbuch der Chemie) que Glauber ya sabía cómo el ácido sulfúrico reemplaza al ácido nítrico y al ácido clorhídrico en los compuestos, y cómo el álkali reemplaza al amoníaco. En este proceso, Glauber descubrió la sal que lleva su nombre, Sal mirabile (sal de Glauber), la cual se descarga y describe por primera vez en el presente escrito.
Marggraf, Christian, Prodromus medicinae practicae dogmaticae & vere rationalis. Superstructae circulari sanguinis motui, nec non principiis chemicis ac Hypothesi Helmont, et Sylvianae. Exhibens specimen methodi […] medendi plerisque corporis humani affectibus ope acidi & alcali. Sub tabellarum compendio primum propositusa […]. Lugduni Batavorum, Ex officina Arnoldi Doude, 1673.
Swalve, Bernhardus, Alcali et acidum : sive naturae et artis instrumenta pugilica per Neochmum et Palaephatum hinc inde ventilata et praxi medicae superstructae praemissa, Amstelodami, Waesberge, 1670.
Blankaart, Steven, Die neu Heutiges Tages gebräuchliche ScheideKunst oder CHIMIA. Nach den Gründen des fürtrefflichen Cartesii und des Alcali und Acidi eingerichtet. Durch STEPH BLANCART Ph. & Med. Doct. und weltberühmter Pract. In Amsterdam HIPPOCRATES de Veteri Medicina XXIV. In des Menschen Leibe sind bitter salzige süsse sauere herbe fliessende und andere unendliche Dinge, Hannover und Wolffenbüttel, Verlegts Gottfried Freytag Buchhändl. Im Jahr 1697.
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Gallarati, Giuseppe, Diatriba Medico-Sceptica de Alcali, & Acido. Auctore Iosepho Gallarto Patricio Novariensi, et Medico Collegiato. Bolnga, [sic] Giacomo Monti, 1688.
Ludolf, Hieronymus von, Die in der Medicin siegende Chymie : bestehend in aufrichtiger Mittheilung derer in Bereitung der wichtigsten Medicamentorum mit Nutzen gebrauchter Chymischen Handgriffe. Erstes Stück, Darinen gezeiget wird: I. Eine herrliche Verbesserung der bishero üblichen Tincturae Antimonii, daß sie nemlich in der Extraction so roth wie ein Blut wird, welches auch mit allen andern metallischen Tincturen angehet. II. Ein ächtes Arcanum Tartari zu bereiten. III. Wie ohne Kosten ein reines Sal Alcali Fixum in ziemlicher Menge zu verfertigen, und wie ein Balneum Mariae umsonst unterhalten werden könne, Erfurt, verlegts Johann Heinrich Nonne, 1746.
[1] Eknoyan G., “Acid-base homeostasis: a historical inquiry of its origins and conceptual evolution”, en Nephrol Dial Transplant, 37/10 (22 sep. 2022), 1816-1823.
[2] Si bien los historiadores de la ciencia admiten, en general, un rápido desvanecimiento de esta teoría, hubo muchas publicaciones sobre esta hasta las décadas finales del siglo XVIII, por lo que su apagón fue más extenso de lo generalmente admitido, aunque, todo hay que decirlo, mucho menos relevante. Ver el apartado de este estudio “Fuentes primarias”. Boyle, Robert, Reflections upon the Hypothesis of Alcali and Acidum, London, printed by E. Flesher for R. Davis …,1674. Clericuzio, Antonio, Elements, Principles and Corpuscles: A Study of Atomism and Chemistry in the Seventeenth Century, Dordrecht, Kluwer Academic Publishers, 2000. Debus, Allen G., The French Paracelsians: The Chemical Challenge to Medical Orthodoxy with Special Reference to France, Cambridge University Press, 1991. Newman, William R., Newton the Alchemist: Science, Enigma, and the Quest for Nature’s Secret Fire, Princeton University Press, 2018.
[3] Meyer, Johann Friedrich, Alchymistische Briefe. Von dem Verfasser der Chymischen Versuche zur nähern Erkäntniß des ungelöschten Kalchs, etc. an den Herausgeber gegenwärtiger Briefe, Hannover, gedruckt bey H.E.C. Schlüter, 1767, 24: “Die Ursache von diesen verschiedenen Phänomenen mag seyn: daß sich bey dem ersten Process das Sedativsalz mit einmischet, welches nicht sowohl die prompte Verbindung des Quecksilbers mit dem weinstein, als vielmehr die fertige Absonderung des Pulvers aus dem Liquor zu hindern scheinet. Bey dem zweyten Process mag vielleicht das mineralische Alkali, wegen seiner mehrern Erdigkeit, die es vor dem vegetabilischen Alkali besitzet, auch einige Hinderung verursachen. Bey dem dritten Verfahren aber erfolget mit dem reinern, solublern und flüssigern vegetabilischen Alkali, die Absonderung am fertigsten; daher auch hier das meiste Pulver erhalten wird”.Traducción: “La causa de estos diferentes fenómenos puede ser: que en el primer proceso se mezcla el sal sedativum (ácido bórico), el cual no parece impedir tanto la pronta combinación del mercurio con el crémor tártaro, sino más bien la separación final del polvo a partir del licor (solución). En el segundo proceso, quizás el álcali mineral (carbonato de sodio), debido a su mayor naturaleza terrosa en comparación con el álcali vegetal, cause también algún impedimento. En el tercer procedimiento, en cambio, utilizando el álcali vegetal (carbonato de potasio) más puro, soluble y fluido, la separación se efectúa con la mayor facilidad; razón por la cual aquí también se obtiene la mayor cantidad de polvo”.
[4] Jolly, Bernard, “L’alkahest, dissolvant universel ou quand la théorie rend pensable une pratique imposible”, Revue d’histoire des sciences, 49-2-3 (1996), 305-344.
[5] Helmont, J. B., Oriatrike, or Physick Refined, Londres, 1662, capítulo XIX, 115; ésta es la traducción al inglés de la obra póstuma Ortus Medicinae de 1644. Ver también: Ortus Medicinae. Id Est, Initia Physicae Inaudita : Progressus medicinae novus, In Morborum Ultionem, Ad Vitam Longam. Authore Ioanne Baptista Van Helmont … Edente Authoris Filio, Francisco Mercurio Van Helmont, Cum eius Praefatione ex Belgico translata, Amsterodami, Elzevirius, 1648, capítulo 31: (“Sextuplex Digestio alimenti humani”), 208-225 y capítulo 38 (“Custos errans”), 258-266, donde explica el papel del Archeus y los fermentos.
[6] Oriatrike, 182.
[7] El historiador Walter Pagel dedica capítulos enteros en su Joan Baptista Van Helmont: Reformer of Science and Medicine (Londres-Nueva York, Cambridge University Press, 2002) a desglosar minuciosamente el concepto helmontiano del fermento, el Archeus y la revolución que supuso identificar la acidez estomacal frente a la vieja teoría de la cocción galénica. Allen G. Debus, en su The Chemical Philosophy: Paracelsian Science and Medicine in the Sixteenth and Seventeenth Centuries, (Nueva York, Courier Corporation, 2002) explica cómo Van Helmont transformó la mística «química sagrada» de Paracelso en una filosofía química estructurada y basada en la observación. Detalla con precisión la teoría de las seis digestiones y la transición de fluidos en el cuerpo.
[8] Sobre Sylvius, ver Dictionnaire des sciences médicales. Biographie médicale, París, C. L. F. Panckouke, t. II, 1820, s. v. «Boe», 302-7; Thompson, Thomas, The History of Chemistry, Londres, Henry Bolburn y Richard Bentley, 1830-1, vol. I, 193-99; Stillman, J. M., The Story of Early Chemistry, Nueva York, Dover Publications INC, 1924, 390-392; Foster, Michael, Lectures on the History of Physiology during the Sixteenth, Seventeenth and Eighteenth Centuries, Cambridge, 1924, 144-60.
[9] Cabe recordar que Regnier de Graaf (1641-1673) fue alumno de Sylvius y llevó a cabo sus importantes investigaciones sobre el páncreas bajo la dirección de este último. El jugo pancreático, probado principalmente mediante el gusto, fue reportado por De Graaf de diversas maneras como insípido, ácido o sal-ácida; de modo que Sylvius asumió que el ingrediente principal del jugo pancreático era un ácido, el de la saliva una sal ácida, y el de la bilis un álcali. Regneri de Graef, Schoonhovia-Bat. De Succi Pancreatici Natura Et Usu Exercitatio Anatomico-Medica, Lugd[uni] Batavorum, Ex Officina Hackiana, 1664.
[10] Otto Tachenius, Ottonis Tachenii Hippocrates Chimicus : qui novissimi viperini salis antiquissima fundamenta ostendit, Venetiis, Combi & LaNoù, 1666. Fue traducido al inglés tres años después, junto a su Clavis: His Hippocrates Chymicus, Discovering the Ancient Foundations of the late Viperine Salt. With his Clavis thereto annexed, traducido por J. W., Londres, 1696. Debus, Allen G., Chemistry and medical debate : van Helmont to Boerhaave Debus, Canton, MA, Massachusetts, Science History, 2001, Capítulo 4: “Acids and Alkalis: The Chemistry of Hippocrates”, 102-138, esp. 114-118.
[11] Otto Tachenius, Ottonis Tachenii Antiquissimae hippocraticae medicinae Clavis, manuali experientia in naturae fontibus elaborata …, Francofurtum, Zubrod, 1669. Sobre su vida: Boas Hall, Marie, Dictionary of Scientific Biography, vol. 13, Nueva York, Scribners, 1976, 234-35. Sobre la química de Tachenius: Partington J. R., A History of Chemistry, vol. 2, Londres, Macmillan, 1961, 291-97. Y sobre el trasfondo hipocrático, véase Müller, Ingo W., «Untersuchungen zum Hippokratesverständnis von Otto Tachenius und Michael Ettmüller,» Medizinhistorische Journal, 22 (1987), 327-341.
[12] Ingo W. Müller, Klassische Fassade oder ernsthafter Hippokratismus? – Zur Funktion von Zitaten antiker Autoren bei Friedrich Hoffmann (1660–1742) [¿Fachada clásica o hipocratismo serio? – Sobre la función de las citas de autores antiguos en Friedrich Hoffmann]. Medizinhistorisches Journal 22, 1987, 62–79.
[13] Heinrich Haeser, Lehrbuch der Geschichte der Medicin und der epidemischen Krankheiten [Manual de historia de la medicina y de las enfermedades epidémicas]. 2.ª ed., vol. 2. Historia de la medicina en los tiempos modernos, Jena, 1881, 379.
[14] Las referencias de los pasajes las hemos tomado de las siguientes ediciones: Otto Tachenius, Hippocrates Chimicus, per ignem et aquam methodo inaudita novissimi salis viperini antiquissima fundamenta ostendens. Edición segunda, aumentada y corregida. Se añade a esta el tratado del autor De morborum principe. Venecia, sumptibus Combi & La Nouij, 1697. Michael Ettmüller, Opera medica …theoretico-practica, hoc est, exercitationes et collegia omnia… [ejercicios y lecciones impartidas en su día tanto a nivel público como privado y privado especial; en las cuales se expone una doctrina universal y una descripción clara de las enfermedades de todo el cuerpo humano, una explicación precisa de sus causas y su curación mediante medicamentos selectos y óptimos, y se exhiben principios y experimentos químicos y anatómicos de Helmont, Willis, Sylvius, Tachenius y otros neotéricos; junto con una cirugía médica…], Francofurtum ad Moenum, Johannis Davidis Zunneri, 1696, 4 vols. Se trata en el caso de la Medicina Hippocratis Chymica de una obra redactada por el propio Ettmüller. Las disertaciones que proceden de sus respondientes están siempre claramente señaladas como tales. Cabe destacar, además, que al parecer el llamativo título Medicina Hippocratis Chymica (Lugduni Batavorum, Doude, 1671) llevó a Haeser (nota 13) a destacar esta obra de Ettmüller como la única especialmente notable entre las muchas restantes.
[15] Hubo otros ejemplos menos conocidos. Blankaart, Steven, Die neu Heutiges Tages gebräuchliche ScheideKunst oder CHIMIA. Nach den Gründen des fürtrefflichen Cartesii und des Alcali und Acidi eingerichtet. Durch STEPH BLANCART Ph. & Med. Doct. und weltberühmter Pract. In Amsterdam HIPPOCRATES de Veteri Medicina XXIV. In des Menschen Leibe sind bitter salzige süsse sauere herbe fliessende und andere unendliche Dinge, Hannover und Wolffenbüttel, Verlegts Gottfried Freytag Buchhändl, 1697.
[16] Helmont, Johannes Baptista van, Aufgang der Artzney-Kunst, das ist: Noch nie erhörte Grund-Lehren von der Natur : zu einer neuen Beförderung der Artzney-Sachen … [El amanecer del arte de la medicina] / Esto es: Doctrinas fundamentales de la naturaleza, nunca antes escuchadas / hacia un nuevo avance de las ciencias médicas / tanto para erradicar las enfermedades / como para alcanzar una larga vida (Trad. de Knorr von Rosenroth), Sulzbach, Endter, 1683, Reimpresión Múnich 1971. Págs. 653–662 («El Hipócrates resucitado»).
[17] Véase, por ejemplo, van Helmont, Aufgang, pág. 5 y sigs.; 539–542; 945 y sigs. Para más detalles sobre las relaciones de van Helmont con Hipócrates, véase Pagel, Walter, Jo. Bapt. van Helmont – Einführung in die philosophische Medizin des Barock [Introducción a la medicina filosófica del Barroco]. Berlín, J. Springer, 1930. 15–20.
[18] Tachenius, o. c., 24.
[19] Tachenius, o. c., pág. y sig.
[20] Tachenius, o. c., 8: «Spagyria enim sola est speculum veri intellectus.» [Pues solo la espagíria es el espejo del verdadero entendimiento].

[21] Corpus Hippocraticum citado según la edición: Œuvres complètes d’Hippocrate. Ed. por E. Littré, vol. 1–10, París 1839–1861; aquí vol. 6 (París, Chez J. B. Baillière, 1849), págs. 472–474 (en adelante Littré)
[22] Littré, 6, 486–488.
[23] Littré, 5, 490.
[24] Tachenius, o. c., 123 y sig.
[25] Tachenius, o. c., 126.
[26] Tachenius, o. c., 212.
[27] Tachenius, o. c., 5.
[28] Ettmüller, M., Michælis Ettmulleri … Opera omnia in quinque tomos distributa. Editio novissima veneta, lugdunensi, francofurtensi et neapolitana emendatior, & locupletior omnium completissima cum integro textu Schroederi, Morelli et Ludovici, accesserunt notæ, consilia, & c. Nicolai Cyrilli …, Venetiis, Gabrielis Hertz, 1734 – El «Hippocrates Chimicus» de Otto Tachenius, aparecido poco antes, ya era conocido por Ettmüller, como se desprende de dos menciones (I, 1031 y II, 126). Tachenius pudo haber servido como estímulo, pero el escrito de Ettmüller no depende de él. Ettmüller está interesado en Tachenius únicamente como químico, no como intérprete de Hipócrates.


[29] Hippocrates Chymicus, passim; citas de las páginas 6, 24, 73, 26 y 39, respectivamente.
[30] Ettmüller, Michael, Medicus theoria et praxi generali instructus: hoc est, Fundamenta medicinae vera, Frankfurt, Michael Günther, 1685, 24: “…seque videtur, non tam primigeneas esse particulas illas, quam secundogeneas, per seminasub materiae proximae in Corpus speciale transmutatione productas, adeoque non tam suntCorporum Principia materialia, quam Principiata, ex materia, proxime quae seminis actioni subestpronate…”
[31] Ettmüller, Michael, Michaelis Ettmülleri Chimia rationalis ac experimentalis curiosa secundum Principia Recentiorum adornata, variisque ac propriis Experimentis tam chimicis quam practicis, ut et Medicamentis nobilioribus referta ; Comite semper Ratione, nunquam adhuc publicam Lucem visa, jam vero in Ordinem redacta, ac Boni publici causa edita, Lugduni Batavorum, Johann Christoph Ausfeld (ed.), 1684.
[32] Ettmüller, Michael, Michaelis Ettmülleri, Phil. ac Med. Doctoris & Professoris Publ. Lipsiensis, Chimia Rationalis…, 101: “Cum ita que metalla in radice conveniant, & non nisi gradu & perfectione differant, facilè patet, quid de transmutatione metallorum sit statuendum. Nempè non repugnat, metalla imperfectiora, ignobiliora, & immatiora ad majorem gradum perfectionis, nobilitatis, & maturationis perduci posse. Notum enim est, quod ♄ nus mutetur in ☉ orum teste Helmontio; aliaque metalla in aurum transeunt teste experientiâ”.

[33] Ettmüller, Opera I, 33–40; II, 1693 y sigs.
[34] Littré, 1, 600–604.
[35] Littré, 1, 612.
[36] Ettmüller, Opera II, 1694.
[37] Littré, 6, 616–618.
[38] Littré, 6, 618–620.
[39] Ettmüller, Opera I, 1031: «Quam fermentationem non modernorum saltim inventum, sed jam Hippocrati cognitam fuisse…» [Dicha fermentación no es solo un invento de los modernos, sino que ya era conocida por Hipócrates…]. Véase al respecto Littré, 1, 594.

[40] Ettmüller, Opera I, 489: «Merito ergo Hippocrates… sub saporum notionibus eos nobis declarat, idque propterea, ut… iis quasi manu nos ducat ad investigandas occultas salium proprietates et energias.» [Con razón, por tanto, Hipócrates… nos los manifiesta bajo las nociones de los sabores, y ello con el fin de que… nos lleve como de la mano a investigar las propiedades y energías ocultas de las sales].

[41] Dentro de cada grupo se requieren más diferenciaciones; por ejemplo, entre las sales ácidas se encuentran las del hierro, del oro, del vinagre, etc.; entre las sales alcalinas, las más estables al fuego y las volátiles, las animales y vegetales, las aromáticas, agrias, amargas, astringentes y muchas otras más.
[42] Las causas de las reacciones radican para Ettmüller en las condiciones mecánicas de las partículas salinas, en su forma, disposición y tamaño, de las cuales resultan diferentes movimientos. Las partículas ácidas y alcalinas pueden rodearse recíprocamente cuando están mezcladas en un medio disolvente. Las partículas de este último se encuentran en constante movimiento, chocando las partículas salinas unas contra otras hasta que se unen mediante una fricción continua.
[43] Ettmüller, Opera II, 1694.
[44] Littré, 7, 550–552.
[45] Ettmüller, Opera II, 1697.
[46] Littré, 2, 356–358.
[47] Ettmüller, Opera II, 1698.
[48] Ettmüller, Opera II, 169.
[49] Littré, 4, 484.
[50] Littré, 1, 598–600.
[51] Littré, 6, 534–536.
[52] Ettmüller, Opera II, 283–416; 595–658.
[53] Ettmüller, Opera II, 604.
[54] Ettmüller, Opera II, 286 (Notas 38 a 45: Énfasis añadidos en la cita).
[55] Ettmüller, Opera II, 309 (para ser correctos, aquí debería decir Aph. 4, 67).
[56] Ettmüller, Opera II, 342.
[57] Ettmüller, Opera II, 343. ¡Véase también ibíd., 309!
[58] Ettmüller, Opera II, 603.
[59] Ettmüller, Opera II, 604.
[60] Ettmüller, Opera II, 621.
[61] Ettmüller, Opera II, 299. – Petrus Poterius,Opera omnia practica et chymica, Venecia, ex Tipograhpia Balleoniana, 1741, 565: “In acutis febribus, in causonide, in tertiana continua, & in hemitritæo a vino penitus abstinemus, nisi sit vomitus, summa virium dejectio, item & syncope. Hippocrates tamen in omni febre vinum porrigit”. Traducción: “En las fiebres agudas, en la causónide (fiebre ardiente), en la terciana continua y en la hemitritea (fiebre semiterciana), nos abstenemos por completo del vino, a menos que haya vómitos, una extrema postración de las fuerzas o síncope. Hipócrates, sin embargo, ofrece vino en toda fiebre.”

[62] Compárese Ettmüller, Opera II, 411 y sig. con: Petrus Forestus: Observationum et curationum medicinalium ac chirurgicarum opera omnia… Fráncfort 1634. T. 1, 192-194. En el último pasaje citado se lee: «Si fuerit punctio plantae pedum aut palmae manuum ponantur dicta membra assidue in aqua calida, ut dicit Nicolaus: et ego vidi multum conferre. Haec Blasius Astarius Papiensis in libello suo De curandis febribus…»

[63] André, François, Entretiens sur l’acide et sur l’alkali. Avec un examen de quelques reflexions de M. Boyle sur ces principes. & Une réponse à une lettre de M. Saunier docteur en medecine, touchant la nature de ces deux sels. Seconde edition, reveuë & augmentée, par M. de S. André, docteur en medecine de la faculté de Caën, A Paris, Chez Laurent d’Houry, rue Saint-Jacques, devant la Fonteine Saint-Séverin, au Saint-Esprit. M. DC. LXXXVII (2ª edición)
[64] Lafont, Olivier, “Nicolas Lémery et l’acidité”, Revue d’Histoire de la Pharmacie, 333 (2002), 53-62.
[65] A Course of Chemistry, traducido de la quinta edición francesa por Walter Harris, 2.ª edición, Londres, 1686, 24 y siguientes.
[66] Ejemplos en Thomson, (nota 8), I, 206-7.
[67] The Works of the Honourable Robert Boyle, ed. Thomas Birch, seis volúmenes, Londres, 1772, IV, 284-92. En adelante Works.
[68] Works, I, 662-788. El primer experimento está en la Parte III, expt. X, 729-33; el segundo en la Parte III, expt. XX y XXI, 743-5; el tercero en la Parte III, expt. XL, 761-64.
[69] «Reflections upon the XIth experiment, compared with the Xth and XXth» ; Works, I, 765-67.
[70] Works, III, 294.
[72] Réflexions nouvelles sur l’acide et l’alcali et l’usage que l’on en a fait pour la physique et la médecine, Lyon, Thomas Amaulry, 1683; resumido en Metzger, H., Les Doctrines chimiques en France, París, 1923, págs199-219; véase también Stillman (nota 8 ), 401-2 para fragmentos.

[71] Epistola ad D. Joelem Langelottum… de alcali et acidi insufficientia, pro principiorum seu elementorum corporum naturalium munere gerendo, Leipzig, 1675. Véase Biographie médicale, t. II, s. v. «Bohn», págs. 344-46. Bohn se refiere a Bacon con grandes elogios y al Sceptical Chymist y al Essay on Nitre de Boyle, pero él mismo no era un químico experimental y sus argumentos son teóricos. En este tratado, Johannes Bohn atacó frontalmente esa teoría simplista. A través de rigurosos argumentos físicos y experimentales, demostró que la simple oposición entre ácido y álcali era completamente insuficiente para actuar como el principio fundamental o elemento constituyente de los cuerpos naturales y los seres vivos. Esta obra se considera un paso histórico crucial en la transición de la mística alquímica y la iatroquímica hacia el nacimiento de la química médica moderna y la fisiología experimental. Posteriormente, el texto fue tan valorado que se incluyó de forma íntegra en su célebre recopilación Dissertationes chymico-physicae (Lipsiae, Fritsch, 1696). Keller, Vera, “Taxis and Texture: Johann Daniel Major (1634–1693) on Spirits, Salts, and the Limits of Analysis”, en Newman, William R. y Schickore, Jutta (eds), Traditions of Analysis and Synthesis. Switzerland Springer, 2025, 249-265.
[73] Véase, por ejemplo, Freind, John, Chymical Lectures, Londres, Aaron Ward, 1712 (leídas originalmente en Oxford en 1704), 13-15. Freind señala que todo el mundo hablaba de ácido y álcali, pero no admitía que ninguna definición fuera adecuada, ni siquiera la de los indicadores, ya que pensaba que existían tanto ácidos como álcalis que no cambiarían el color del jarabe de violetas. Tenía su propia teoría dogmática, basada en la atracción newtoniana.
[74] Stahl, G. E., Philosophical Principles of Universal Chemistry, traducido por Peter Shaw, Londres, 1730 (derivado del Collegium Jenense), Parte I, 3-20. Metzger, Hélène, Newton, Stahl, Boerhaave et la doctrine chimique, París, F. Alcan, 1930, 148-159 (esto se basa principalmente en el Éléments de chimie suivant les principes de Becher et de Stahl de Johann Juncker, 1757).
[75] «Observations sur la quantité exacte des sels volatiles acides contenus dans tous les differens esprits acides» y «Observations sur la quantité d’Acides absorbés par les Alcalis terreux», Mémoires de l’Académie Royale des Sciences, 1699, 44-51 y 1700, 64-71, respectivamente.
[76] Harris, John, Lexicon Technicum: Or, An Universal English Dictionary Of Arts And Sciences : Explaining not only the Terms of Art, but the Arts Themselves, Volumen I, segunda edición, Londres, 1708, s. v. Acids. Ver también Colours (con una reseña de soluciones coloreadas principalmente de Boyle), Lixivious y Urinous (que incorporan las pruebas de Boyle con sublimado corrosivo) y Salt.
[77] A New Method of Chemistry… out of the original Latin of Dr Boerhaave’s Elementa Chemiae, traducido por Peter Shaw, segunda edición, Londres, 1741, II, 341; I, 518, 538.
[78] Lexicon Technicum vol. II, segunda edición, Londres, 1723, «Introduction» (sin paginar), tanto en latín como en inglés.
[79] Shapiro, Alan E., “A Fresh Look at Newton’s Method of Analysis and Synthesis”, en Newman, William R. y Schickore, Jutta (eds), Traditions of Analysis and Synthesis. Switzerland Springer, 2025, 111-136.
[80] Hall, A. R., “Sir Isaac Newton’s Note-Book, 1661-65”, Cambridge Historical Journal, IX (1948), 239-50, especialmente 248.
[81] Voltaire, Lettres Philosophiques, carta 14, «Sur Descartes et Newton»
[82] Macquer, Dictionnaire de chimie, s. v. «Acide» y «Alkali»; segunda edición, 3 vols., París, 1777, 1-3 y 87-89. También Dictionnaire universel de médecine, traducido del inglés de M. James, por la Sra. Diderot, Eidous & Toussaint, I, París, 1746, s. v. «Acide».
[83] «Mémoire sur les sels neutres, dans lequel on propose une division méthodique de ces sels, qui facilite les moyens pour parvenir à la théorie de leur cristallisation», y «Mémoire sur les sels neutres, dans lequel on fait connoître deux nouvelles classes de sels neutres et l’on développe le phénomène singulier de l’excès d’acide dans les sels», Mémoires de l’Académie Royale des Sciences, 1744, 353-64, y 1754, 572-88, respectivamente.
[84] Keller, Vera, Curating the Enlightenment. Johann Daniel Major and the Experimental Century, Cambridge University Press, 2024
[85] Ver Keller, Vera, “Taxis and Texture: Johann Daniel Major (1634–1693) on Spirits, Salts, and the Limits of Analysis”, en Newman, William R. y Schickore, Jutta (eds), Traditions of Analysis and Synthesis. Switzerland Springer, 2025, 249-265.
[86] Major, Johann Daniel, De aerumnis gigantum in negocio sanitatis : disputationem medicam D. XVI, M. Augusti in auditorio med: / habendam intimant praeses Joh. Daniel Major … ; et respondens, Hermannus de Lengerken, Kiliae Holsatorum : literis Joachimi Reumanni …, 1676. En adelante: LM 1676.
[87] LM 1676, 4r. La numeración es mía, ya que el texto está sin numerar.
[88] LM 1676, 4v.
[89] LM 1676, 3: «coaevam tamen Adamo jam olim, & culpâ Peccati dein ad Posteros propagatam; imò nedum valdè observatam ab ipsis Medicis, quod sciam, aut plenè pertractatam ab ullo…» (…sin embargo, coetánea con Adán ya desde hace tiempo, y propagada luego a la posteridad por la culpa del pecado; más aún, que yo sepa, ni de lejos muy observada por los propios médicos, ni tratada plenamente por nadie…)

[90] LM 1676, 10: §. 17. Imò planè Agones fiunt, in statu Morbi ad Mortem vergentis, eò quod tùm maxima ſit Morbi & Naturæ humanæ periclitantis Lucta, tanquam Athletarum duorum, ad Sanguinem usq́; ingredientium.

[91] LM 1676, 4: “Naturam primùm, utpote ad quam terminari illas, modò innuimus, paulò altiùs rimemur: hinc interjectâ brevi etiam consideratione Spirituum, directè incedemus per viam Exempli, & Veritatem nostri Effati, Vix ullas nempe Factiones Spirituum, vel Actiones corporeas Animæ, ſine Labore fieri, exceptis quibusdam, infra-dicendis, sed paucis, ex quibus de Corpore Adami, quale fuerit ante Lapsum, utcunq; colligi possit, distinctim sumus ostensuri”. “… indaguemos un poco más a fondo primero la naturaleza de [ello], ya que acabamos de indicar que aquellas terminan allí: de aquí, habiendo intercalado también una breve consideración sobre los espíritus, avanzaremos directamente por el camino del ejemplo, y estamos por mostrar de manera clara la verdad de nuestro pronunciamiento, a saber, que apenas hay facciones de los espíritus o acciones corporales del alma que se realicen sin esfuerzo, exceptuando algunas pocas que se mencionarán más adelante, a partir de las cuales se pueda deducir de algún modo cómo fue el cuerpo de Adán antes de la Caída”.

[92] LM 1676, 35: “§. 39. Pro quâ Destructione, Reſolutionem alii, vel Analysin usurpant: resq; eòdem redit, ac ei subest difficultatis nil. Sicut nec huic, quod Hofmanno in Institutionis…”. “§. 39. En lugar de esta destrucción, otros emplean [el término] resolución o análisis; y el asunto viene a ser lo mismo, y no subyace en ello dificultad alguna. Así como tampoco en esto, que a Hofmann en las Instituciones…”.

La cita a Hoffmann: Hofmann, Caspar, Institutionum medicarum libri sex, Leiden, Huguetan, 1645, 232: “§. 6. Vlteriùs quæritur, Quid calor præftet cibo & potui, in ventriculum demisso, vt chylus fiat? Paucis, Tamdiu alterat, donec quasi in prima elementa redigantur. Quare ex iis, quæ alij proponunt, duo || mihi sufficiunt, ἀλλοίωσις καὶ ἀναστοιχείωσις, quorum terminus eſt πέψις, coctio, quæ est liquatio, colliquatio, resolutio talis, vt vasa Mesaraica possint inde accipere, quod suum est”. “§. 6. Más adelante se pregunta: ¿Qué aporta el calor a la comida y a la bebida introducidas en el estómago para que se conviertan en quilo? En pocas palabras: los altera durante tanto tiempo hasta que se reducen, por así decirlo, a sus primeros elementos. Por lo cual, de entre las cosas que otros proponen, dos me resultan suficientes: la alloiōsis (alteración) y la anastoicheiōsis (reordenamiento elemental), cuyo término final es la pepsis, la cocción, que es una licuefacción, fusión y disolución tal que los vasos mesaraicos [mesentéricos] puedan tomar de allí lo que les corresponde”.

[93] LM 1676, 29:»… quemadmodum omnis Fermentationis (naturalis, vel artificio factae) Terminus proximus est, Portionum subtilium, cum crassioribus in acres Collisiones & conflictus actarum, ab iisdem crassi- [cortado]» (…así como el fin próximo de toda fermentación (natural o hecha por el arte) es [la separación] de las porciones sutiles, llevadas a agudas colisiones y conflictos con las más toscas, de esas mismas toscas…)

[94] LM 1676, 29: «ut laboriosè proin nunc huc nunc illuc impingant» «plurimum crassae ac resistentis Texturae intùs inveniunt, cum quâ colluctentur, & opus habent, ictus in illam suos saepe repetere, antequam portiones illius aliquas redigant in obsequium.» (…de modo que choquen laboriosamente ahora aquí, ahora allí [con la] textura muy gruesa y resistente que encuentran en su interior, con la cual luchan, y necesitan repetir a menudo sus golpes sobre ella antes de reducir algunas porciones de la misma a la obediencia).

[95] Clericuzio, Antonio, “Chemical and mechanical theories of digestion in early modern medicine”. Studies in History and Philosophy of Science, Part C 43-2, (2012), 329–337.

[96] Schmechel, Carmen, “Descartes on fermentation in digestion: Iatromechanism, analogy and teleology”, The British Journal for the History of Science,55 (2022), 101-116.

[97] Bohn, Johann, Epistola ad virum … Joelem Langelottum … de alcali et acidi insufficientia pro principiorum seu elementorum corporum naturalium munere gerendo, Lipsiae, Hahnius Fritzschius, 1675.
[98] LM 1676, 49: «Ecquis tamen per omnes possibiles Combinationum modos, in omnis generis Texturis Corporum, Experimenta fecit?» (¿Acaso alguien ha realizado experimentos a través de todos los modos posibles de combinación, en texturas de cuerpos de todo tipo?)

[99] LM 1676, 59: «ad universaliorem aliquem Conceptum Animi reducendas.» (reducirlos a algún concepto del alma más universal).

[100] LM 1676, 59: «Assumseramus nimirum, Experimenti ergo, Liquores multiplices, Aqueos, Oleosos, Spirituosos; Olidos, inodoros; Dulces, acres, acidos plus minus, aut planè corrosivos, lixivos, austeros, amaros; Claros, & diaphanos, turbidos, aut tinctos; Fixos, volatiles; Coctiones, deliquio, solutione, ac destillatione ortos; Calidos, frigidos; Simplices, compositos, ac decompositos; nec non Salia una ac altera, Acida, lixiva, Enixa; Naturâ ac arte facta; Fixa ac volatilia, &c. in istiusmodi Corporum Misturis constituendis, ad videndum, cujus generis particulae amicae vel inimicae, conformes aut difformes futurae essent alteris…» (Habíamos tomado, por supuesto, por el puro interés del experimento, múltiples líquidos, acuosos, aceitosos, espirituosos; olorosos, inodoros; dulces, acres, más o menos ácidos, o claramente corrosivos, lixiviales, ásperos, amargos; claros y transparentes, turbios o teñidos; fijos, volátiles; surgidos por cocción, delicuescencia, solución y destilación; calientes, fríos; simples, compuestos y más compuestos; así como una u otra sal, ácidas, lixiviales, neutras; hechas por la naturaleza y por el arte; fijas y volátiles, etc. para establecer mezclas de tales cuerpos, con el fin de ver qué género de partículas serían amigables o enemigas, conformes o disformes con las otras…)

[101] LM 1676, 60: “volatilia, &c. & in istiusmodi Corporum Misturis constituendis, ad videndum, cujus generis particulæ amicæ vel inimicæ, conformes aut diſformes futuræ essent alteris, non quidem curiosè nimis numerando emetiebamur Compositionum, ex binis, trinis, quaternis, &c. objectis, Modos omnes possibiles, quoniam fuisset (ut ex Arithmeticis Additionum Multiplicationumq́; progressibus notum est) Varietas stupendi Numeri, vel Numerosa farrago Stupendæ || Varietatis hinc facilè exortura, operosior exſequutu, quàm æquè semper aut peromnia utilis: in mediocri tamen, ac ſat notabili Corporum varietate, ultrò citróq; tractandâ occupatis, Vascula vitrea commoda incipiebant nobis deficere. Atq́; sic Successuum avidi, moræq́; impatientes, ac semidefatigati annotandis, memoriæ ergò, Phænomenis passim selectioribus, quorum unum ſæpè Miſturæ novæ ulterioris, || atq́; iterum alterius, adornandæ anſam dabat, non ad mensuram ampliùs ac pondus, hunc aut illum Liquorem, hoc aut illud Sal, cum aliis mixta, huic vel illi Vitro, accuratè tegendo, inferre commodum exstitit; ſed necessariâ quâdam inconstantiâ & sestinatione, Vitreas Lagenulas inversim positas accipiendo, & in Fundum eorum concavum, || sursùm versum, superinstillando Liquores Liquoribus, vel || Liquores Salibus, vel Sali-Liquores aliis Salibus aut Liquoribus addendo, ulteriores semper ulterioresq́; Naturæ delicias, in Medicatis iſtis Corporibus venabamur”. Traducción: “… volátiles, etc., y al establecer tales mezclas de cuerpos, para observar qué tipo de partículas resultarían amigas o enemigas, conformes o disformes con las otras, ciertamente no medíamos calculando con excesiva minuciosidad todos los modos posibles de las combinaciones a partir de dos, tres, cuatro, etc. elementos; puesto que (como es bien sabido por las progresiones aritméticas de las sumas y multiplicaciones) de ahí habría surgido fácilmente una variedad de un número asombroso, o una numerosa amalgama de estupenda variedad, cuya ejecución habría sido más laboriosa que igualmente útil siempre o en todo aspecto. Sin embargo, estando ocupados en el tratamiento de un lado a otro de una variedad moderada y bastante notable de cuerpos, los vasos de vidrio adecuados empezaron a faltarnos. Y así, ansiosos de éxitos e impacientes por la demora, y medio fatigados de anotar los fenómenos por todas partes para el registro de la memoria, los cuales eran seleccionados con esmero y uno de ellos a menudo daba pie a preparar una nueva mezcla posterior, y a su vez otra distinta; ya no resultaba conveniente introducir según medida y peso este o aquel líquido, o esta o aquella sal, mezclados con otros, en tal o cual recipiente de vidrio tapándolo con cuidado, sino que, con una especie de necesaria premura e inconstancia, tomando frascos de vidrio colocados al revés y goteando por encima, en el fondo cóncavo de estos orientado hacia arriba, líquidos sobre líquidos, o líquidos sobre sales, o soluciones salinas añadiéndolas a otras sales o líquidos, cazábamos siempre nuevos y más profundos encantos de la Naturaleza en aquellos cuerpos medicinales”.

[102] Major, Johann Daniel, Ioh. Danielis Maioris Vratislaviensis, Genius Errans Sive De Ingeniorum In Scientiis Abusu Dissertatio, Kiliae Holsatorum, Reumannus, 1677.
[103] Major, Johann Daniel, Ioh. Danielis Maioris Vratislaviensis, Genius Errans Sive De Ingeniorum In Scientiis Abusu Dissertatio, Kiliae Holsatorum, Reumannus, 1677, 130 según la paginación de Munich Digitization Center (MDZ): “Ecquis tamen hucusque de tali aut tali Motu particularum, rectilineo, curvilineo, simplici, reflexo; || vel etiam de hac aut illâ Sede, Numero, aut Figurâ earundem, regulari, irregulari, orbiculari, planâ, glabrâ, hispidâ, longâ, brevi, acutâ, obtusâ, caudatâ, spiculari, dentatâ, bifidâ, trifidâ, anguillari, heliciformi, repandâ, annulari, triquetrâ, cubicâ, polygonâ, pyramidali, aut aliâ, per viam Experimenti ad Veritatem, adeò inossenso pede perductus est, ut || non dico, ab omni aliorum objectione ſecurus ſit; sed vel secum Ipse non ampliùs dubitare possit? Interim, quandiu speciales omnes Agendi Modos ac Tempora; Diverticula, inquam, Salium quævis ac Stationes, Numerum, Molem, Figuras, Actiones occultiores ac Passiones, Transpositiones, Excessus, Defectus, Occultationes, Degenerationes, aut in Cornua, Cervinis similia, in Folia item, Flores, Ramos, Caules, integras Arbores & Frutices, imò Lavendulæ Sylvulam (ut penes Me nuper) Regenerationes, vel Attributa plura alia, cum adæquatis Phænomenon causis, determinare forsan non licitum est; proptereà tamen non inutile prorsus Jnstitutum futurum est, imò Res eximii momenti, illa Experimenta, minimò interim ad aliquas classes Annalium vasti Operis reducere, quousque per Observationes”. Traducción: “Sin embargo, ¿quién hasta ahora ha sido conducido hacia la Verdad por la vía del experimento, con pie tan firme y sin tropiezos, respecto a tal o cual movimiento de las partículas —ya sea rectilíneo, curvilíneo, simple o reflejo—, o bien sobre este o aquel asiento, número o forma de las mismas —ya sea regular, irregular, esférica, plana, lisa, híspida [erizada], larga, corta, aguda, obtusa, con cola, en forma de espícula, dentada, bífida, trífida, con forma de anguila o de hélice, curvada, anular, triquetra [de tres esquinas], cúbica, poligonal, piramidal o cualquier otra—, de modo que, no digo ya que esté a salvo de toda objeción de los demás, sino que ni siquiera él mismo pueda dudar ya en su interior?Mientras tanto, dado que tal vez no es posible determinar con las causas adecuadas de los fenómenos todos los modos y tiempos particulares de actuar —me refiero a cualquier desviación y detención de las sales, su número, masa, formas, acciones y pasiones más ocultas, transposiciones, excesos, defectos, ocultaciones, degeneraciones, o sus regeneraciones en forma de cuernos semejantes a los de los ciervos, así como en hojas, flores, ramas, tallos, árboles enteros y arbustos, e incluso en un bosquecillo de lavanda (como ocurrió recientemente en mi poder)—, u otros muchos atributos; no por ello va a ser una empresa del todo inútil, sino más bien un asunto de extraordinaria importancia, reducir provisionalmente esos experimentos a algunas clases de anales de una vasta obra, hasta tanto que, mediante las observaciones…”

[104] Best, N. W., “What was revolutionary about the chemical revolution?”, en Scerri, E. y Fisher, G. Essays in the philosophy of chemistry, Oxford, Oxford University Press, 2016, 37-59, aquí 46.
[105] Y también una fábrica de vidrio operada por la familia Kunckel, de la cual Johannes Kunckel (1630–1708), miembro de la tercera generación de fabricantes de vidrio en Gottorf, es el más conocido. El hermano del duque de Gottorf, August Friedrich, príncipe-obispo de Lübeck, también recibía a renombrados médicos, alquimistas y químicos, como varios miembros de la familia Cassius, conocidos por la «Púrpura de Cassius», una suspensión de oro en una solución que adquiría un maravilloso color rojo y se usaba medicinalmente como oro potable, así como en la elaboración de vidrio de rubí. Los efectos cromáticos generados por estas suspensiones de partículas minúsculas facilitaron una discusión regional sobre la textura material y su potencial para explicar diversos fenómenos, como el cambio de color, que podrían parecer de naturaleza cualitativa. En 1666, Major presidió la tesis médica de Andreas Cassius hijo (1645–1700) en Kiel; en una obra de 1685 sobre el oro, Cassius hijo describió más tarde los experimentos con oro de su padre, los cuales Johannes Kunckel también relacionaría con su propia producción de vidrio de rubí (von Kerssenbrock-Krosigk, D. (ed). Glass of the alchemists: Lead crystal-gold ruby, 1650–1750, Corning, Corning Museum of Glass, 2008). Ésta fue solo una de las transformaciones de color que Cassius hijo describió en esa obra. Se podía hacer que una preparación de oro pareciera negra, verde y citrina; otra parecería blanca, luego púrpura, luego blanca, y luego carmín. Una solución de oro añadida a una solución de estaño produciría amarillo, azul y negro y, una vez que se admitía el aire, se transformaría en un elegante rojo rubí. El propio Major investigó inicialmente los cambios de color relacionados con las infusiones médicas en la sangre. En 1665, publicó una colección de cartas de otros eruditos que respondían a sus inyecciones intravenosas. Uno de sus corresponsales, Johann Daniel Horst (1616-1685), planteó la cuestión de cómo podría entenderse químicamente el cambio de color de la sangre y comparó los cambios de color en la sangre con los cristales rojos que podían crearse a partir de una preparación de sales de oro. Major, en conversación con su amigo Philipp Jacob Sachs (1627-1672), continuó discutiendo teorías sobre el cambio de color en obras publicadas entre 1665 y 1667.
[106] Newman, William, Newton the alchemist: Science, enigma, and the quest for Nature’s ‘Secret Fire’, Princeton, Princeton University Press, 2018, 320.
[107] Roberti Boyle Nobilis Angli Tractatus De Cosmicis Rerum Qualitatibus. Cosmicis Suspicionibus. Temperie Subterranearum Regionum. Temperie Submarinarum Regionum. Fundo Maris : Quibus praemittitur Introductio ad Historiam Qualitatum Particvlarivm. Ex Anglica in Latinam linguam conversi, Hamburgi, Schultze, 1671.
[108] Langelott, Joel, “D. JOËLIS LANGELOTTI & Archiatri Serenissimi Holſatiæ Ducis Regentis EPISTOLA Ad Præcellentissimos NATURÆ CURIOSOS, De Quibusdam in Chymia Prætermissis, Quorum occasione SECRETA haud exigui momenti porque NON-ENTIBUS hactenus habita, candidè deteguntur & demonstrantur”, en Miscellanea Curiosa Medico-Physica Academiae Naturae Curiosorum, Sive Ephemeridum Medico-Physicarum Germanicarum Annus Tertius, Anni scilicet MDCLXXII. : continens Celeberrimorum Virorum tum Medicorum tum aliorum Eruditorum In Germania & extra Eam Observationes Medicas Physicas Chymicas Nec non Mathematicas ; Accessit Appendix, In qua Non nulla Lectu haut indigna aut ingrata occurrent, Frankfurt am Main, Leipzig, Sumptibus Hæredum Schureri-Gözianorum & Johannis Fritzſchii. Typis JOHANN-GEORGII DRULMANNI, 1673, 96-106. Langelott, Joel, JOELIS LANGELOTTI D. & Archiatri Serenissimi Holsatiæ Ducis Regentis EPISTOLA ad Præcellentissimos NATURÆ CURIOSOS. De quibuſdam in Chymia prætermiſſis, quorum occasione SECRETA haud exigui momenti proq́; non-Entibus hactenus habita, candidè deteguntur & demonstrantur. HAMBURGI, Apud GOTHOFREDUM Schulzen / Prostant & AMSTERODAMI, Apud JOANNEM JANSSONIUM à WAESBERGE. A. M. DC. LXXII (1672).
[109] Clericuzio, Antonio, Elements, principles, and corpuscles: A study of atomism and chemis-try in the seventeenth century, Dordrecht, Springer, 2002, 198. von der Becke, David, Epistola ad … Joelem Langelottum. Hamburg, Schultze, 1672.
[110] Schultze, Gottfried, Virorum clarissimorum epistolarum circa utilissima aliquot chymica experimenta, Hamburg, Schultze, 1673.
[111] Wirdig, Sebastian, Sebastiani Wirdig Med. D. & PP. Nova Medicina Spirituum: Curiosa : Scientia & doctrina, unanimiter hucusq[ue] neglecta, & a nemine merito exculta, Medicis tamen & Physicis utilissima ; In qua Primo Spirituum naturalis Constitutio, Vita, Sanitas … Dehinc Spirituum praeternaturalis seu morbosa Dispositio … demonstrantur. 1, Hamburg, Schultze, 1673. Siricius, Michael, Victrix veritatis in censuris theologico-medicis de nova spirituum medicina, Gustrow, Spierling. 1684. «Wirdig-Wiswedel», en Deutsche Literatur-Lexikon, Band 34 Wirdig – Wol, Berlin, München, Boston, De Gruyter, 2015, 1-3. Esta obra documenta el proceso formal de censura académica y teológica contra Wirdig, médico de la corte de Mecklemburgo-Güstrow, y su Nova medicina spirituum donde defendía ideas médicas fuertemente influenciadas por el misticismo, la filosofía de Paracelso y las teorías del médico e iluminista inglés Robert Fludd. La Iglesia evangélica luterana y las autoridades académicas consideraron que el libro de Wirdig cruzaba la línea hacia el espiritismo, la nigromancia y el rosacrucismo. En 1684, una comisión ducal especial presidida por Michael Siricius —en conjunto con las facultades de Teología y Medicina de la Universidad de Wittenberg— sometió las obras de Wirdig a un riguroso examen formal. El tribunal obligó al médico a retractarse y revisar sus postulados más radicales. Como resultado de este proceso, Siricius publicó la Victrix veritas… (cuyo título se traduce del latín como «La verdad victoriosa en las censuras teológico-médicas sobre la nueva medicina de los espíritus»), sirviendo como el documento oficial de condena y refutación que desmantelaba los argumentos heterodoxos del médico desde una perspectiva estrictamente luterana y médica de la época. Durante el siglo XVII, la Universidad de Wittenberg actuó como el «tribunal supremo» de la Ortodoxia Luterana en el Sacro Imperio Romano Germánico. Su papel en la censura de obras científicas y médicas no se basaba en un rechazo a la ciencia en sí, sino en la férrea defensa de las fronteras teológicas frente a cualquier teoría natural que amenazara la doctrina religiosa establecido o coqueteara con el misticismo o la herejía. Así funcionaba el aparato de control académico e intelectual de Wittenberg en esa época:
1. El rol institucional: «Consilium» y arbitraje imperial
Wittenberg no solo enseñaba; funcionaba como un cuerpo consultivo legal y teológico. Cuando un príncipe o una iglesia local detectaban un libro sospechoso (como la Nova medicina spirituum de Wirdig), recurrían a las facultades de Teología y Medicina de Wittenberg para emitir un dictamen formal (consilium o censura). Si la universidad declaraba la obra como peligrosa, el gobernante político prohibía el libro, confiscaba las copias y obligaba al autor a retractarse de inmediato.
2. La «Interpretación de Wittenberg»: Ciencia subordinada a la Escritura
A diferencia de la Inquisición católica, que utilizaba el Index Librorum Prohibitorum, el luteranismo de Wittenberg aplicaba un filtro pragmático pero estricto:
- Astronomía y Matemáticas: Eran permitidas e incluso celebradas si se trataban como herramientas de cálculo (por ejemplo, el modelo de Copérnico se enseñaba allí de forma matemática, ignorando inicialmente su realidad física para no contradecir la Biblia).
- La frontera médica y física: El problema real surgía cuando los científicos intentaban explicar las fuerzas de la naturaleza mediante «espíritus», «fuerzas ocultas» o filosofías herméticas (como el paracelsismo o las teorías de Robert Fludd). Para los teólogos ortodoxos de Wittenberg, esto rozaba la nigromancia, el pacto demoníaco o el panteísmo.
3. La lucha contra las «Nuevas Ideas»
A medida que avanzaba el siglo XVII, la universidad redobló su censura para blindarse ante tres grandes amenazas intelectuales:
- El Rosacrucismo y el Hermetismo: Corrientes que mezclaban alquimia, medicina y revelaciones divinas místicas, consideradas herejías que socavaban la autoridad de la Biblia.
- El auge del Mecanicismo: Filosofías como las de René Descartes o Thomas Hobbes, que explicaban el universo como una máquina sin necesidad de la intervención constante de Dios, eran vigiladas de cerca.
- El Pietismo emergente: Movimiento que buscaba una fe más personal y mística, visto por los estrictos profesores de Wittenberg (como el célebre teólogo Abraham Calov) como un peligro para la estabilidad de la Iglesia organizada.
En resumen, la Universidad de Wittenberg utilizaba su inmenso prestigio académico en el siglo XVII para vigilar que la incipiente Revolución Científica no contaminara la pureza doctrinal luterana, forzando a médicos, astrónomos y filósofos naturales a separar radicalmente sus descubrimientos físicos de cualquier interpretación metafísica o teológica.
Grendler, Paul F., “Church Censorship of Science in the Sixteenth Century”, The Catholic Historical Review 97ç-1, (Enero 2011), 76-80. Marcus, H., Forbidden Knowledge, Chicago, University of Chicago Press, 2020. Scholz, L., “A Distant Reading of Legal Dissertations from German Universities in the Seventeenth Century”, The Historical Journal, 65-2 (2022), 297-327.
[112] Johannis Tilemanni … Experimenta circa veras & irreducibiles auri solutiones, ante triennium in Italia edita, & nunc in gratiam philo-chymicorum denuo recusa. Cum praesatuibe Joelis Langelotti, qua miranda vis tritus … explicatur .., Hamburg, Schultz, 1673
[113] Langelott, Joel (nota 108)
[114] Tilemann, Johann, Experimenta…, 8v.
[115] Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg Carl von Ossietzky. Sup.e ep. 44, 114. Johann Daniel Major a Werner Rolfink, 30 de Octubre de 1672.
[116] Bohn, Johann, Epistola ad virum … Joelem Langelottum … de alcali et acidi insufficientia pro principiorum seu elementorum corporum naturalium munere gerendo, Leipzig, Hahn, 1675, 6-8.
[117] Major, Johann Daniel,DE ÆRUMNIS GIGANTUM in negocio Sanitatis, DISPUTATIONEM MEDICAM D. XVI, M. Augusti in Auditorio Med: habendam intimant PRÆSES JOH: DANIEL MAJOR, Phil. & Med. D. Anatom: & Medicinæ Pract. Prof. P. ET RESPONDENS, HERMANNUS DE LENGERKEN, Lubecensis, Philiater. Kiliæ Holsatorrum LITERIS JOACHIMI REUMANNI, ACAD. TYPOGR., M. DC. LXXVI, 48 (Sin paginar. Número de página según la edición digital de MDZ): “…antequam omnem ei calculum addamus, quòd Patroni ejus ad explicandas Solutionum, Coagulationum, aut quorumcunq́; aliorum Effectuum Causas, duo ista constitutiva Principia accommodare præsumant; Cum tamen Phænomena multa dentur, quæ speciosis Titulis illis, â solo Linguam nostram afficiendi modo petitis, subsistent minimè, ut potiùs etiam de Tertio quodam Principio cogitandum sit, urgente hoc Dubium non vanè, Clarissimo D. Bohnio, in peculiari pereleganti (de Insufficientiâ Alcali & Acidi) libello: Corpora q́; longè plura Acida aut Alcalina ab Illis dicantur, quæ Iidem utiq́; vel gustaverint nunquam, vel nunquam gustaturi sint”. Traducción: “… antes de que le demos total asentimiento, ya que sus defensores presumen adaptar estos dos principios constitutivos para explicar las causas de las soluciones, de las coagulaciones o de cualesquiera otros efectos; cuando, sin embargo, se presentan muchos fenómenos que de ningún modo subsisten bajo esos títulos engañosos, tomados únicamente del modo en que afectan a nuestra lengua, de suerte que más bien deba pensarse también en un cierto tercer principio, urgiendo esta duda no en vano el celebérrimo Sr. Bohn en su peculiar y muy elegante librito (Sobre la insuficiencia del álcali y del ácido); y puesto que por ellos son llamados ácidos o alcalinos muchísimos más cuerpos de los que ellos mismos jamás hayan probado o vayan a probar”.
[118] Alderete y Soto, Luis, Respuesta a la sombra de la razón que con luces suele ocultarse a ella, del discurso filosófico medico e historial del Doctor D. Andrés Gámez, medico de familia, Cathedratico de Methodo de la Universidad de Granada y de Visperas de Caller, de Prima en la ilustre Academia de la Ciudad de Nápoles y su Protomedico General, Madrid, s.f., edición manejada: B.N. ms. 4223. Godoy, Pedro de, Discurso serio jocoso sobre la nueva invención del agua de la vida y sus apologías, Madrid, 1682, edición manejada: B.N. VC 1136-36; Segundo discurso serio jocoso, Madrid, s.f., edición manejada: B.N. 1136-37. Alderete y Soto, Luis, Luz de la medicina y respuesta a las objeciones puestas a la universal, Madrid, 1681, edición manejada: BGP, A-91; Señor, D. Luis de Alderete y Soto… dize, que por Cedula de V. Mag. de 21 de enero de 1680… tiene licencia para imprimir la filosofia christiana, Madrid, 1681, edición manejada: B.N. VC 52-27; La verdad acrisolada con letras divinas y humanas…/ escrita por Don Luis de Aldrete y Soto respondiendo al auto del Protomedicato en que prohibe la Medicina Universal, y al papel de Pon Iuan Guerrero que intitula Sol de la Medicina, aprobada por D. Antonio de Ron, Valencia, Benito Macé, 1682, edición manejada: B.N. 2-10715; Crisol de la verdad… respondiendo al auto… va corregido y aumentado de su autor en esta ultima impression, Madrid, 1683, edición manejada: B.N. 2-26427; Señor, Don Luis de Aldrete y Soto dize que ha llegado a su notizia que cierto medico de camara ha assegurado que en el papel que el suplicante escrivió de la Luz de la Medicina…, s.l., s.f., edición manejada: B.N. R-14371-57, Dávila y Heredia, Andrés, Para honra y gloria de dios responde a la apología, en defensa de la medicina substancial, y universal del agua de la vida escrita por el Licenciado Don Luis Amigo y Beltran en que se prueba que no hay medicina universal, 1682, edición manejada:, B.N. R-varios 139-39; Respuesta al discurso filosofico, medico e historial que ha compuesto el Doctor Don Andres Gamez, 1688; Delgado de Vera, Justo, Defensa y respuesta justa y verdadera de la medicina racional y philosophica profanada de las imposturas de la chimica, Madrid, Antonio Román, 1687, edición manejada: B.N. 3-43605; Amigo y Beltrán, Apologia en defensa de la medicina substancial y universal del agua de la vida : en que se haze examen y juizio de los papeles que en orden a ella se han publicado por Don Luis de Alderete y Soto y el Doct. Don Iuan Guerrero: pruebase en ella que la vida se conserva y mantiene con espiritus y que todas las enfermedades entran por ellos… declarase el misterioso y arcano secreto de la materia, Zaragoza, viuda de Agustín Verges, 1682.
[119] No podemos olvidar que las muchas y duras reticencias al uso del antimonio, especialmente tras algún sonoro fracaso tras la aplicación de medicamentos en el que el antimonio era uno de los componentes. Un ejemplo es el de la duquesa de Medinaceli, quien estuvo a punto de morir tras una cura con polvos de Cornachino, compuestos, entre otras cosas de antimonio diaforético. Un memorial de Dionisio de Cardona, médico napolitano adscrito a la Corte de Carlos II, nos informa de ello:
«Las químicas operaciones deben ser sabidas y no imaginadas, y dirigidas con Ciencia engendrada de noticias científicas, que la contraria vive sujeta a un tropel de contingencias y algunas se han producido en esta Corte. Entre ellas, es notoria el peligro de muerte en que se pudo a la Excelentísima Señora duquesa de Medinaceli los años pasados, el uso de los polvos de cornachino ordenados por el Dr. Alba y suministrados de la Botica Real, por la mala corrección del antimonio, uno de los ingredientes de ellos y el más peligroso, siendo mal preparado, por lo cual fue juzgado causa del mal suceso confirmado en tres o cuatro personas, que padecieron las mismas congojas mortales con el dicho remedio, que bien preparado obra con felicidad y la experiencia lo ha confirmado y lo manifiesta su autor con un particular tratado». (Cardona, Dionisio de, Sobre la química. Papel en que se describe cuán importante es de calor que se mantenga el laboratorio de lo químico y algunas reglas e instrucciones que da para ello, Madrid, 1694, AGP, SA, leg. 429, fol. 5).
Sobre Dionisio de Cardona y su actividad: Rey Bueno, Mar, El Hechizazo. Medicina, Alquimia y superstición en la Corte de Carlos II, Madrid, Corona Borealis, 1998, 93-98. Transcripción del memorial en Apéndice 1, 133-138.
[120] Beinza, Matías, Discurso sobre los polvos universales purgantes, Bayona, Antonio Fauvet, 1680.
[121] Gazola, G., El mundo engañado por los falsos médicos. Obra póstuma. Va añadido de un diálogo de Pedro Mejía, por Antonio Balle, Valencia, 1733, [ed. original 1690], cap. III: “De la dificultad de la Medicina, i del engaño de las mas famosas sectas de médicos, i particularmente de los Dogmaticos, i sequaces de los antiguos”, pp. 79-98.
[122] Bercebal, Diego de, Recetario medicinal y espagírico. Obra póstuma de Fr. Diego Bercebal, Enfermero Mayor del Real Convento de San Francisco de Zaragoza, Diego Larumbe, Zaragoza, 1713, 19.
[123] Beínza, Mathias de, Discurso sobre los polvos universales purgantes, Bayona, Antonio Fauvet, 1682, 29-30.
[124] Alves Porto, P., “O laboratorio farmacêutico de J. B. van Helmont”, en O laboratorio, a oficina e o ateliê, Sao Paulo, 2002, 87-113.
[125] Sobre estas cuestiones: López Piñero, J. M., “Juan de Cabriada y la yatroquímica de los novatores de finales del siglo XVII”, en: Los Hijos de Hermes: Alquimia y espagiria en la terapéutica moderna española, Corona Borealis, Madrid, 189-239. López Pérez, M. y Rey Bueno, M., “La instrumentalización de la espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos”, en Idem, 279-346.
[126] Gámez, Andrés, Discurso filosofico, médico, e historial, que a la sombra de la razón, y a la luz de las Apologías, Luz de la Medicina, y Sol de la Medicina, & c. pretende hallar la verdad en la defensa de la Medicina Dogmática, y su Sangría, en la posibilidad del Agua de la Vida, y otras materias adjacentes a estas dos, como principales, Madrid, Antonio Román, 1683, 15-15v.
[127] Juanini, Juan Bautista, Carta escrita al Doctor Don Francisco Redi en la qual se dice que el sal acido y alcali es la materia que construye los espíritus animales, Madrid, imprenta real, 1689. Francesco Redi (1626-1697), en el tomo 2 de sus obras, señala muchas circunstancias dignas de consideración en la formación de las sales, que abren el camino a la explicación de aquellas que la naturaleza hace uniendo el sal-ácido, y errante, con el álcali y el agua.
[128] Por ejemplo por Quercetano.
[129] Pelletier, Jean le, La pyrotecnie de Starkey, ou l’art de volatiliser les alcalis, selon les préceptes de Van Helmont, & la préparation des Remédes Succédanées ou aprochans de ceux que l’on peut préparer par l’Alkahest, Rouen, Guillaume Behourt, 1706, 58-84.
[130] Rossi, Julio María, Crisis physico-medica sobre el impreso laberinto apolineo… en defensa del escrito de la verdad brillante, Granada, en la Imprenta de la Santissima Trinidad, 1701, 51.
[131] Solier Rondón y Velasco, Francisco José, Expresión de la verdad y respuesta medica pharmaceutico practica a los tres dubios de la historia conferencial de Don Joseph Alonso de Ojeda, medico de la Puebla de Cazalla, dedicada al Señor Don Fernando Mir y Rey Ramirez de Cartagena, asistente de esta ilustre villa de Marchena…, s.n., s.l.: 1715: “Parecer de D. Salvador Leonardo de Flores”. Ejemplar manejado: Archivo de la Real Academia de Sevilla, caja 1, RA 18.
[132] Raymond Vieussens, Carta del 6 de junio de 1698, Royal Society Record EL/V/41 / Early Modern Letters Online (EMLO), Redactada en francés (un manuscrito de 4 páginas). Fue leída ante los miembros de la sociedad científica el 22 de junio de 1698. Trata explícitamente sobre el envío de sus investigaciones relativas a los componentes de la sangre. Carta del 3 de agosto de 1698. Royal Society Record EL/V/42 / Early Modern Letters Online (EMLO). Redactada en latín (un manuscrito de 3 páginas) y leída en la sesión del 17 de agosto de 1698. En este escrito, Vieussens defiende su postura teórica y analítica sobre la sangre humana frente a las objeciones y desafíos planteados por su rival científico, el médico francés Dr. Pierre Chirac.
[133] Vieussens, Raymond, Raymundi Vieussens Epistola de sanguinis humani cum sale fixo, spiritum acidum suggerente, tum volatili, in certa proportione sanguinis phlegma, spiritum subrufum ac oleum foetidum ingrediente, nec non de bilis usu,
[134] Bayle, J., Respuesta a una carta que escribió Raymundo Viusense, médico celebérrimo de Monspelier, en que propone algunos experimentos sobre la sal de la sangre humana y los corrobora con eloquentíssimas palabras, remitida al Real Prothomedicato de España, Madrid, 1698.
[135] Chirac, Pierre, Petri Chirac consiliarii medici et professoris Regii Monspeliensis, De motu cordis: adversaria analytica, Montpellier, Jean Martel, 1698.
[136] A este respecto: Rey Bueno, Mar, Tradición y modernidad. La asistencia farmacéutica en la Corte española de los siglos XVI y XVII, cap. 13: «La eclosión de la farmacoquímica en la Corte de Carlos II», Madrid, 1999, tesis doctoral inédita.
[137] Bayle, J., 3-4.
[138] Bayle, J., 11-12.
[139] Sobre Andrés Gámez, me remito al estudio de esta web: Los hijos de Paracelso.
[140] von der Becke, David,Epistola ad præcellentissimum virum Joelem Langelottum… qua salis tartari, aliorumque salium fixorum, ab omnibus philochymicis ac curiosis medicis, hactenus adeò desiderata volatilisatio, ex principiis ac causis, duce natura, comite labore evidentissime demonstratur, Hamburgo, Schultz, 1672. La contrarréplica se la dio Jacob Barner en su Jacobi Barneri D. Dissertatio Epistolica Ad Virum summi Nominis D.D. Joelem Langelott, Serenissimi Holsatiae Principis Regentis Archiatrum. Seu Prodromus Vindiciarum Experimentorum ac Dogmatum suorum, Quae David von der Becke Ph. & Med. D. … pro suis venditavit agiturque de genuino alcalisata volatilisandi modo (Augustae Vindelicorum, Gebel, 1690). Esta publicación es el contraataque directo de Jacob Barner dentro de la gran polémica sobre la volatilización del tártaro que analizamos previamente. Barner acusa aquí formalmente a David von der Becke de haberle plagiado sus ideas y experimentos sobre la sal volátil, apelando directamente a Langelott como juez intelectual para dirimir quién poseía el «modo genuino» de realizar la volatilización en el laboratorio. La agria disputa por plagio intelectual entre el médico Jacob Barner y su rival David von der Becke giraba en torno a experimentos muy específicos para lograr la volatilización de las sales alcalinas fijas (principalmente el carbonato de potasio derivado de la calcinación del tártaro), un procedimiento considerado el «Santo Grial» de la iatroquímica del siglo XVII. Barner acusaba formalmente a Von der Becke de haberle robado y presentado como propios («pro suis venditavit») los siguientes experimentos de laboratorio:
1. La volatilización del «Sal Fijo» de Tártaro mediante un espíritu ácido.
El experimento principal consistía en tomar la sal fija que quedaba tras calcinar el tártaro (una base fuerte) y, en lugar de triturarla mecánicamente (como proponía el molino de Joel Langelott), hacerla reaccionar y destilarla vertiendo de manera sumamente precisa un espíritu ácido volátil (como el espíritu de nitro o ácido nítrico). Al destilar la mezcla, la sal fija ascendía en el alambique combinada con el ácido. Barner afirmaba haber sido el primero en demostrar que este era el verdadero mecanismo químico detrás de la supuesta «transmutación».
2. La obtención de la Sal Enixum (Sal Neutra artificial).
Relacionado con lo anterior, Barner reclamaba la autoría de los experimentos de neutralización exacta, donde al combinar un álcali fijo con un ácido destilado se formaba una sal intermedia o sal enixum. Demostraba que al calentar este compuesto intermedio, la sal se volvía volátil no por un cambio místico en su esencia, sino porque las partículas del ácido «transportaban» mecánicamente a las del álcali en el proceso de evaporación.
3. La teoría de la textura y porosidad de las partículas salinas
Más allá del experimento práctico en el crisol, Barner acusaba a Von der Becke de robarle su explicación teórica corpuscular. Barner había teorizado que las sales fijas poseían poros diminutos en los que los «ganchos» de las partículas de los ácidos volátiles se incrustaban, permitiendo que ambos ascendieran juntos al recibir calor. Von der Becke publicó una explicación idéntica sobre la anatomía de las partículas previas («principiorum anatomiam») en su tratado de 1672, lo que desató la furia de Barner y lo llevó a publicar su pródromo en 1675 (Dissertatio Epistolica Ad Virum summi Nominis D.D. Joelem Langelott… Seu Prodromus Vindiciarum, Augsburgo, Johann Jakob Koppmayer, 1675) para «vindicar» sus descubrimientos. La respuesta formal de David von der Becke no se hizo esperar y quedó plasmada en su célebre tratado de 1674 titulado «Experimenta et meditationes circa naturalium rerum principia« (Experimentos y meditaciones acerca de los principios de las cosas naturales), publicado formalmente en Hamburgo a través de la oficina editorial de Gottfried Schultze en 1674. Aquí, David von der Becke argumentó detalladamente sobre la preexistencia de los componentes del ácido y el álcali en los mixtos antes de la calcinación. Demostró que sus conclusiones nacían de sus propios análisis de laboratorio y no de las ideas de Barner. El núcleo del texto se dedicó a resolver de manera clara las dudas y oscuridades que existían en la época sobre las causas de la volatilización de las sales fijas. Y también, al estar dedicado a resolver los vacíos conceptuales que rodeaban los experimentos en la corte de Holstein-Gottorp, el libro sirvió para apuntalar la teoría corpuscular de que la materia se organiza por texturas de partículas microscópicas y no por principios inmutables o plagios metodológicos.
[141] Mackaile, Matthew, The Diversitie of Salts and Spirits Maintained. Or, The Imaginery Volatility of some Salts and Non-entity of the Alcali, before Cremation and Identity of all Alkalies, all Volatil Salts, and all Vinous Spirits, by an onely Lamp-Furnace resolved into real Improbability. By way of Animadversions, upon Dr. D[aniel]. C[oxe]. his 3 Papers, communicated to the R[oyal]. S[ociety]. and insert in the 9. Vol. of the P[hilosophical]. T[ransactions]. Together, with A New System, of the Order and Gradation, in the Worlds Creation. As Also, Scurvie Alchymie discovered. By Matt[hew]. MacKaile Apoth. and Chirurg. Alias, Chirurgio-Medicine, Aberdeen, Printed by Iohn Forbes, Printer to Town, Anno Dom. 1683. Alberti, Michael, Dissertatio Inauguralis Chemico-Medica, De Salibvs [Salibus] Alkalino-Volatilibus, Halae Magdeburgicae, Hendelius, 1750. Kahn, Didier, Le Fixe et le Volatil. Chimie et alchimie, de Paracelse à Lavoisier, Paris, CNRS Editions, 2016.
[142] Newman, W. R., Gehennical Fire. The Lives of George Starkey, an American Alchemist in the Age ofthe Scientific Revolution, Cambridge, Mass., 1994), 141-164.
[143] Birch, T., The History of the Royal Society of London, 4 vols. (London, 1756-7), vol. I, 123 (un ensayo sobre la degradación del oro leído por P. Stahl); Vol. II, 97; 105; 107; 113 (un artículo sobre la transmutación leído por Daniel Coxe).
[144] Cartas de Coxe a Boyle en: Hunter M. y Clericuzio, A. (eds.), The Correspondence of Robert Boyle, 6 vols., Londres, Nueva-York, Routledge, 2001, Vol. 3 (1666-1667): Carta del 19 de enero de 1966 (páginas 30-43), de 5 de febrero de 1666 (páginas 51-62), hacia el 19 de febrero de 1666 (páginas 69-75), hacia el 5 de marzo de 1966 (páginas 82-90), finales de marzo de 1966 (páginas 132-137), junio de 1966 (páginas 177-181), 14 de octubre de 1966 (páginas 247-251), 2 de noviembre de 1966 (páginas 262-263) 7 de noviembre de 1666 (páginas 264-268).

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